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“Los Gondra” y “Los otros Gondra” de Borja Ortiz de Gondra

Gondra al cubo en un volumen que reúne dos de los montajes teatrales que más me han agitado interiormente en los últimos años. Una excelente escritura que combina con suma delicadeza la construcción de una sólida y compleja estructura dramática con la sensible exposición de dos temas tan sensibles -aquí imbricados entre sí- como son el peso de la herencia, la tradición y el deber familiar con el dolor, el silencio y el vacío generados por el terrorismo.

En febrero de 2017 vi Los Gondra (una historia vasca) en el Teatro Valle Inclán, salí tocado de la sala. Nací en Bilbao en 1976 y dejé de vivir allí en 1980, un “dejar” que tuvo mucho que ver con lo que ocurría entonces en una ciudad a la que me sigo sintiendo unido. En enero de 2019 vi Los otros Gondra (relato vasco) en el Teatro Español. La sensación fue la de que Borja ya no solo mostraba la capa exterior, la superficie de aquello que en mayor o menor medida ya conocemos -más por retazos que por exposiciones completas como la suya-, sino que entraba de lleno en ello. Dejando a un lado las disculpas, los requerimientos y los permisos para saber qué hay en ese territorio interior de tantas personas que hasta ahora se ha manifestado habitualmente como silencios de labios sellados, miradas huidizas y ceños fruncidos. Algo que, sin haberlo vivido con su cercanía, me resultaba familiar.

Movido por el deseo de profundizar en su propuesta dramática -tanto en su contenido como en su saber exponer con tanta claridad el formato del teatro documento-, y quizás como medio para entender en qué consistió aquello que en mi casa nunca me han querido o han sabido contarme, me hice días atrás con este recién editado volumen que reúne ambos textos. Pero antes de entrar en ellos, el prólogo firmado por Eduardo Pérez Rasilla me dejó con una mezcla entre idea y sensación que me perdura. Lo sucedido en el País Vasco no ha sido algo único y diferente, su génesis, evolución y consecuencias guarda extraordinarios parecidos con episodios bíblicos, clásicos o más cercanos como los firmados por Shakespeare.

De alguna manera, esto me dio una clave que no había captado en el patio de butacas y que Ortiz de Gondra explicita en Los otros Gondra. Quizás en su tierra, la suya y la de sus ancestros, y esa en la que yo nací por casualidad (aunque en esta vida nada lo es), la identidad y los proyectos vitales han estado más basados en lo material, en la tierra y los símbolos que en lo relacional, lo emocional y lo espiritual. Tanto que en lugar de convertir lo primero en apoyo o marco de lo segundo, se ha hecho de ello su fin, su dogma y objeto de culto desde tiempos inmemoriales.

Un apego tan fusionado con los habitantes del País Vasco como con cada uno de los capítulos de su historia, como el del terrorismo etarra. Vinculado y derivando, al igual que aquel, no solo de la crudeza de la dictadura y el salvajismo de la guerra civil, sino con raíces que se remontan a la industrialización impulsada por los que regresaban de Cuba tras el desastre de 1898 e, incluso, a la tercera guerra carlista 25 años antes.

Una complejidad casi antropológica que tal y como expone Ortiz de Gondra (autor y también personaje de sus ficciones) tiene tres dimensiones. La del dolor emocional causado en el pasado, y que heredamos en el presente asumiéndolo como propio, por la violencia con que se manifiesta en muchas ocasiones la defensa de unos ideales supuestamente políticos. La del terror, la intimidación y el crimen en que se han apoyado a lo largo de nuestra historia tanto regímenes de gobierno como aspirantes a su ejercicio, llegando a hacer de ello un método de organización (y exclusión) social. Y la del desequilibrio sistémico que genera verse fuera del sistema familiar por leyes casi ancestrales que promulgan el absolutismo del primogénito, así como el inmovilismo al que éste está condenado por el peso de la tradición.

Tres niveles que Borja expone ejemplificándolos con su familia, elaborando con ellos un extraordinario fresco -tan bien estructurado como dialogado- que abarca a más de 30 personajes de hasta siete generaciones, en la localidad vizcaína de Algorta, a lo largo de casi 150 años de historia real -la ficción que pueda haber en ella resulta tan verosímil y creíble como la misma realidad-. Un conjunto con el que no solo mira hacia atrás, para recordar lo que ya sabía, tomar nota de lo que le había pasado desapercibido y conocer momentos y respuestas que hasta ahora no conocía.

Un trabajo cuya exitosa resolución hace que su lectura y representación resulte catártica y sanadora y cuya escritura supongo debe haber sido todo un reto tanto en lo personal como en lo creativo. En definitiva, dos obras que exponen con valentía y cero pudor emocional lo que hasta ahora no ha sido suficiente o debidamente tratado -aunque haya ya referentes como los de Fernando Aramburu, Edurne Portela o Harkaitz Cano- para conseguir que el silencio derive en olvido y este en perdón. Meta que si consolidamos, supongo irá seguida de una paz con la que construir un futuro en el que hacer de las diferencias motivos de unión y no de desunión.  

Los Gondra (una historia vasca) y Los otros Gondra (relato vasco), Borja Ortiz de Gondra, 2019, Punto de Vista Editores.

“La tierra de los abetos puntiagudos” de Sarah Orne Jewett

Los lugares en los que aparentemente no sucede nada tienen el potencial para ser los más interesantes, esos en los que podemos vivir nuestro interior –corazón y mente- de manera más humana y natural, haciendo de él el verdadero protagonista de nuestra existencia al margen de normas o convenciones. Hasta ese espacio de autenticidad es donde nos propone llegar esta obra escrita en 1896 y que Dos Bigotes rescatan en su nueva propuesta editorial.

LaTierraDeLosAbetosPuntiagudos

Buscar el progreso personal es algo tan natural como el hecho de respirar o alimentarse cada día. Recurrimos para ello a multitud de recursos en los que esperamos encontrar la clave, la pieza o la respuesta que creemos nos falta o que nos haga sentir que hemos dado un paso adelante. Sin embargo, en muchas ocasiones bastaría con que miráramos a nuestro alrededor para encontrar las respuestas que nos den la inspiración que necesitamos para alcanzar la paz y la plenitud que deseamos. Esta pequeña novela de Sara Orne Jewett, bien podría ser esa joya que nos anime a sentir que si queremos, podemos, que el secreto de la satisfacción y la felicidad está en convivir con el lugar que nos rodea, conversar con las personas que lo habitan y conocer el legado de su historia, complementándonos con sus estaciones y su particular discurrir del tiempo.

El siglo XIX es en la literatura el de la sensibilidad a flor de piel, el de dejarse llevar por los impulsos y escuchar al corazón luchando contra las imposiciones de la razón. Es también el del realismo a la hora de mirar al entorno, haciendo de él un personaje con el que se convive y dialoga, dándole así un protagonismo que hasta entonces no había tenido.  Estilos, visiones y objetivos que confluyen haciendo surgir narraciones como la de la protagonista, y narradora en primera persona, de este título. Su búsqueda y sus ganas tranquilas de descubrir los referentes que la rodean invisiblemente en la pequeña localidad costera de Dunnet Landing (lugar de ficción en el estado de Maine, noreste de EE.UU.) se desarrollan con sosiego, las emociones fluyen libremente buscando en la naturaleza su reflejo, el devenir no es algo marcado sino que está por ser construido día a día. Las normas y las convenciones se diluyen y se percibe y disfruta la belleza de lo efímero, la fugacidad del instante.

Un lugar en el tiempo y el espacio creado con una prosa delicada y sensible, que se acerca a cada lugar que visita, a cada persona con la que se encuentra y a cada evento al que acude, con todos los sentidos a pleno rendimiento, pero siempre estableciendo vínculo, creando cercanía y ofreciendo intimidad. La narrativa de Orne Jewett hace de cada momento una experiencia completa eligiendo las palabras precisas, uniéndolas con el ritmo adecuado en sus frases y estructurando su historia en los capítulos necesarios para introducirnos, al igual que hace ella, en ese pequeño universo al que ha ido a parar para, poco a poco, dejar de ser una visitante y convertirse en una más de sus habitantes.

Aunque en ocasiones creamos que el pasado ya nos ha aportado todo lo que tenía, no está de más mirar hacia atrás, de cuando en cuando, en la historia de la literatura universal para llegar a coordenadas en las que no habíamos reparado hasta ahora. Como las de “La tierra de los abetos puntiagudos”, que nos hacen ver que el futuro se construye no solo creando, sino también conociendo y recuperando.

“El descendimiento de la cruz” de Caravaggio

La fuerza de su luz y la autenticidad de sus protagonistas hace que ante su visión tiemble el suelo y se pare el tiempo.

Caravaggio descenso

Agosto de 2006. Roma. Caminando por la pinacoteca de los Museos Vaticanos. Impresionado por todo lo que llevaba visto, pero al llegar a esta pieza se paró el tiempo. No llegaron a brotar, pero dentro de mí surgieron las lágrimas, el dolor. Busqué un asiento y ahí me quedé durante muchos minutos mirando, observando, viviendo dentro de esa escena pintada 400 años atrás.

Deslumbrado por Jesucristo, por ese cuerpo extenuado por la tortura inhumana, pero aun así hermoso, bello, fuerte, solemnemente protagonista. Tan místico como humano, tan divino como carnal, tan inalcanzable como cercano gracias a la genial iluminación de Caravaggio. Sentía y deseaba a la par. Tocarle, recogerle, abrazarle, ayudarle a sanar, a volver a la vida. Veía la carne y el cuerpo definido antes que a ese que dicen el salvador, el hijo de Dios. Caí totalmente embaucado en la monumental ilusión del más grande del barroco.

¡Cómo era posible que de la muerte pudiera surgir tanta luz! Ese cuerpo inerte envuelto en una deslumbrante túnica blanca haciendo aún más negra la espesura en la que lloran su sufrimiento la Virgen, María Magdalena y María Cleofás. Entre él y ellas esos dos hombres firmes y serios, San Juan y Nicodemo, pragmáticos y serviciales cumplidores de su papel como porteadores. El sufrimiento humano conviviendo con el equilibrio visual dando como resultado una infinita belleza. He ahí la alegoría de la paz, de la tranquilidad de espíritu.

En el verano de 2011 el cuadro viajó hasta Madrid y estuvo expuesto de manera temporal en el Museo del Prado. Rápido y veloz acudí a verlo, y sucedió lo mismo. Resulté nueva y profundamente impresionado. Así cada una de las varias veces que me coloqué frente a él. A pesar del silencio, a pesar de los demás visitantes con los que compartía la vivencia, el corazón sobrecogido. Algo me dice que así es como fue pintado este descendimiento, como un torrente sin fin de energía, fuerza y rabia, que a Caravaggio le fluía a partes iguales desde el estómago y desde el centro del pecho.

Ese agosto Roma volvió a ser el destino elegido para aprovechar las vacaciones como lugar en el que viajar al pasado. Buscando los referentes que nos han construido y hecho ser quienes somos acudí nuevamente a la Ciudad del Vaticano. Lo sabía, pero quería comprobarlo. Aunque no estaba físicamente allí y la cartela decía “en préstamo para exhibición temporal”, aquella sala de la pinacoteca de los Museos Vaticanos me volvió a transmitir la misma sensación que la primera vez. Auténtico, pleno y máximo placer estético el que volví a sentir con solo rememorar esta obra de Caravaggio.

Tarde o temprano volveré a Roma. Dialogar con “El descendimiento de la cruz” será uno de los motivos para ello.