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“Hamlet, príncipe de Dinamarca” de William Shakespeare

Más allá del monólogo del “ser o no ser”, esta gran tragedia combina lo político con lo afectivo en una angustia que crece progresivamente hasta llegar a un éxtasis que nos deja emocionalmente arrasados. Una obra maestra que no solo habla sobre la erótica del poder, sino también sobre las exigencias de mantenerse virtuoso, el buen gobierno, el sentido del deber, la sugestión del teatro y el paso del tiempo.

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Shakespeare (1564-1616) apela a la fibra sensible en Hamlet (1601), ¿cómo te sentirías si tu progenitor muere y apenas dos meses después tu madre está casada con el que era su cuñado, haciendo que esa persona a la que despreciabas se convierta en tu nuevo padre y rey? Así arranca esta obra situada en un momento indeterminado en la lejana Dinamarca, enlazando en un fuerte nudo la paz que demanda un corazón herido con la inflexible rectitud y respuesta obediente que exigen las jerarquías de gobierno.

En el palacio real de Elsignor todo gira en torno al deber, el que los súbditos le rinden a su monarca, el que el fantasma del padre asesinado le exige a su hijo heredero al trono, el que el huérfano le manifiesta a su madre (consorte de un nuevo rey), así como con el que toda mujer ha de responder ante el responsable de su honor, padres y hermanos si está soltera, marido si está casada. Esas son las claves que sitúan sobre el tablero de juego a Hamlet con respecto a Claudio y Gertrudis, los monarcas, así como en relación a su amada Ofelia y a Polonio y Laertes, servidores de aquellos. Dos familias ligadas por las responsabilidades de gobierno y por las diferencias sociales, así como por los desiguales vínculos relacionales que estas condicionan entre ellos.

Una situación que hace aguas en el momento en que Hamlet deja de practicar el papel que se le supone, el del hijo fiel y sucesor leal, el de joven apuesto y bravo guerrero que ha de compaginar el ejercicio de la libertad de su edad con la preparación para su futuro cargo como estadista. Esa descomposición del status quo simulando locura –para tras ella tramar y ejecutar la venganza a la que le impulsan la encomienda de su precursor y su dolor interior- es la compleja y muy bien trazada historia en la que nos sumerge Shakespeare. Sus distintas narrativas exponen con tremenda claridad retórica los conflictos a que da pie en todos los niveles el que ya nada sea como se supone que ha de ser en el cumplimiento del deber.

Un conflicto en el que el amor y el odio, combinados con la sospecha, el miedo y el desconcierto, enervan tanto las actitudes y comportamientos de todos los personajes, como la sugerente atmósfera escenográfica, de paisajes evocadoramente románticos e interiores que despiertan la imaginación gótica, en que se relacionan.

Se genera así una oscuridad espiritual que estallará con el fantástico punto de inflexión que marca la representación en los salones de palacio de una obra de teatro. El autor de Romeo y Julieta (1597) y Otelo (1608) reivindica así no solo su función como entretenimiento, sino también el papel social de su trabajo como espejo del estado anímico de un pueblo y de la calidad moral de sus individuos, capaz de revelar los pecados, delitos y culpas que desean ocultar. Esa materialización de lo no pronunciado, de revelar lo escondido, es lo que genera la demanda de justicia, pero que según sea aplicada puede tornar en venganza.

Un terreno moralmente pantanoso, que se cobra víctimas inesperadas y genera un sufrimiento tal que hace que Hamlet sea, quizás, una de las tragedias más grandes e impactantes de la literatura universal.

 

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“Un enemigo del pueblo” de Henrik Ibsen

“El hombre más fuerte es el que está más solo”, ¿cierto o no? Lo que en el siglo XIX escandinavo se redactaba como sentencia, hoy daría pie a un encendido debate. Leída en las coordenadas de democracia representativa y de libertad de prensa y expresión en las que habitamos desde hace décadas, la obra escrita por Ibsen sobre el enfrentamiento de un hombre con la sociedad en la que vive tiene muchos matices que siguen siendo actuales. Una vigencia que junto a su extraordinaria estructura, ritmo, personajes y diálogos hace de este texto una obra maestra que releer una y otra vez.

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Que el bien común no es siempre lo buscado por los que nos gobiernan es algo que viendo las portadas de los periódicos de cada día no nos sorprende lo más mínimo. Como tampoco la visión a corto plazo de muchas personas cuando se trata de decidir entre la comodidad material o la integridad moral. Este es el conflicto inicial que nos propone Ibsen para hacernos reflexionar sobre cuáles son nuestros valores, si realmente somos leales a aquello en lo que decimos creer, y el precio que estamos dispuestos a pagar por serles fieles.

Cuando la realidad obliga a decidir entre mirar para otro lado o salir de nuestra zona de confort es cuando se demuestra cuánto tenemos de colectividad cohesionada y de ciudadanos conscientes de sus deberes cívicos. Así, en esta imaginaria localidad costera de Noruega todo salta por los aires cuando un hombre le hace saber a sus vecinos que su balneario no es solo una fuente de riqueza como ellos creen, sino también un foco de insalubridad que pone en riesgo la salud y la vida de sus usuarios. Ante la disyuntiva entre los ingresos estables y el esfuerzo de reinventarse, la ciudadanía –con el alcalde y el periódico local a la cabeza- acusan al mensajero de semejante noticia de no buscar otro fin que el de su desgracia llegando a tacharle de “enemigo del pueblo”.

Inteligentemente Ibsen le da una vuelta de tuerca a la situación y nos propone otro conflicto, de orden tan ético como el anterior, ¿es la democracia el mejor sistema de gobierno? ¿No estamos en manos de personas que no solo no conocen, sino que no saben valorar, pensar, reflexionar y decidir justamente? Quien antes fuera vilipendiado por sacudir los cimientos de la convivencia de su pequeña ciudad, responde proponiendo dejar atrás ese sistema de representación y establecer uno en que las decisiones de gobierno sean tomadas por unos pocos elegidos. Como el que dice que ya existe en la sombra, pero cambiando a las personas que lo forman por otras entre las que ha de estar él. ¿Es esto coherente con su postura anterior?

Y entre un pasaje y otro aparece desempeñando un papel fundamental ese pilar de nuestra sociedad que son los medios de comunicación, cuya teórica función es la de informar y denunciar los excesos e incapacidades de políticos y gestores públicos. Pero esta misión puede no estar alineada con los principios de los que los dirigen, sometidos a las presiones de la política y a las tentaciones del dinero. Una distancia entre lo que es y lo que debiera ser que hace todo más complejo y enmarañado, tanto en la superficie como de puertas adentro.

Ibsen escribió Un enemigo del pueblo en 1883, pero bien podría parecer una obra de nuestros días por la tensión y universalidad de los argumentos que se manejan en sus diálogos. Conversaciones en los que cada personaje se expresa con la precisión y exactitud adecuada para que entendamos sus motivaciones personales y los vínculos que les unen con los demás protagonistas. Una extraña combinación de familia y soledad en la que según su autor está la fuerza que puede romper los límites y barreras que nos someten e impulsar nuestro progreso y desarrollo colectivo.

Un enemigo del pueblo, Henrik Ibsen, 1882, Alianza Editorial.

 

“Vendrán del este” de Alejandro Marcos Ortega

Una historia ambientada en un mundo fantástico en el que todo es diferente pero se mueve por los mismos impulsos que el nuestro, el poder, el sentido de la justicia y los afectos. Una realidad y una narración tan bien imaginadas como estructuradas, habitadas por unos personajes dinámicos que llenan las páginas de diálogos entretenidos y acción trepidante.

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No es un género que busque cuando visito una librería y recorro visualmente los títulos que pueblan sus estanterías. Pero el recuerdo de lo mucho que disfruté con la anterior y primera novela de Alejandro, El final del duelo, hizo que no me lo pensara dos veces y me volviera a embarcar en su nueva propuesta fantástica. Un viaje que comienza con una cartografía que presenta cinco parajes, cinco grandes islas separadas por estrechos mares. Y a su este y oeste dos grandes extensiones que, a modo de océanos, nos hacen suponer la inmensidad de lo que queda lejos y es desconocido, amenazante incluso.

Cada uno de estos parajes es un estado independiente que alberga en su geografía una fuente de la que emanan los poderes mágicos de que dispone su gobernante, alguien cuyo crecimiento físico quedó parado en el momento de recibirlos, lo que hace que pueda tener apariencia de niño. Tal y como le sucede al Protector de Orintia, Mayo, personaje principal de Vendrán del Este. Cuando le conocemos siente que su magia se está debilitando, situación que le lleva a pedir a su hermano Patricio que haga un viaje al sur de su territorio para comprobar qué puede haber sucedido. Una situación en la que quizás tengan algo que ver los invocadores, seres de otra dimensión a los que los humanos expulsaron en su día de sus territorios por su nada bien intencionado uso de su capacidad de evocación de espíritus.

Este es el hilo inicial que derivará en una combinación de libro de viajes –pasando por toda clase de lugares-, sagas familiares –cariño, afecto, amor y odio- y crónica bélica –alianzas, traiciones, sacrificios- en la que Marcos Ortega despliega su capacidad creadora a todos los niveles. Lo mismo para ir dando entrada a nuevos elementos –personajes y acontecimientos- que hagan crecer la trama, cómo para que conozcamos en mayor medida a los ya presentes y evolucionemos junto a ellos. Así, con descripciones fluidas y diálogos esmerados, en los que da cabida única y exclusivamente a lo que es necesario para dirigirnos hacia donde nos quiere llevar, va generando un ritmo y una intriga que enganchan, atrapan y entretienen. Un suspense que nos mantiene en estado de alerta y con ganas de saber qué está sucediendo realmente –y quién está involucrado- más allá de lo que ya conocemos.

Quizás el único pero que se le podría poner a Vendrán del Este es que Alejandro no haya sido más ambicioso. Que no se hubiera quedado en los cánones de lo fantástico y hubiera sacado aún más brillo a su capacidad creativa escribiendo literatura sin más, más allá de su acertada construcción y manejo de las estructuras, los tiempos y las relaciones del género.

Vendrán del Este, Alejandro Marcos Ortega, 2018, Orciny Press.

“Eichmann en Jerusalén” de Hannah Arendt

También conocida como “La banalidad del mal”, esta obra disecciona los muchos factores que pueden permitir y hacer que un individuo colabore con el asesinato de miles de personas. Tras este detallado viaje sobre el comportamiento individual y social, su autora analiza algo no menos importante, los instrumentos judiciales con que contamos tanto para castigar a los culpables y de esa manera rehabilitar a sus víctimas, como para evitar que algo tan tremendo e imaginable como el Holocausto judío pueda volver a ocurrir.

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Quince años después de que acabara la II Guerra Mundial, los servicios secretos del joven estado de Israel capturaron en Argentina a Adolf Eichmann, teniente coronel de las SS al que presentaron ante la comunidad internacional como el responsable de la “solución final”. El plan nazi puesto en marcha en 1941 para acabar definitivamente con toda la población judía que aún vivía en los territorios de la vieja Europa sobre los que el régimen de Hitler extendía su dominio.

Además de para juzgar al supuesto criminal, el juicio fue planteado por las autoridades israelíes como una campaña de imagen cuyo principal objetivo era transmitir al mundo que el pueblo judío tenía derecho a defenderse por sí mismo del mal que le había sido infligido. Una puesta en escena y un discurso que, tal y como argumenta Hannah Arendt, tuvo muchas fisuras conceptuales, lo que hizo que este ensayo fuera muy contestado cuando se publicó en 1963 tras la ejecución de la sentencia.

En primer lugar Eichmann no fue ni el ideólogo ni el líder de la cadena de mando que llevó a la muerte, de manera aún más acelerada que en años anteriores, a muchos miles de personas. Según el trabajo de Arendt, él fue una pieza más de un engranaje administrativo inteligentemente burocratizado para que los encargados de formar parte de él no tuvieran, aparentemente, otra opción más que la de aceptar esta misión. Cuestión aparte es que en muchos casos realizaran tal tarea con agrado y con la convicción de estar haciendo lo correcto.

Una situación a la que no se llegó de un día para otro, sino que tuvo una preparación de casi una década en la que a la par que se desensibilizaba a la población local, se hostigaba a la judía despojándola de sus propiedades, expulsándola de sus hogares y haciendo que fueran ellos mismos –a través de los Consejos Judíos- los que determinaran quiénes podían salvarse a costa de señalar a aquellos que debían ser deportados a los campos de exterminio (eufemísticamente llamados “de reasentamiento”).

Recordar mecanismos de selección como este, las medidas antisemita adoptadas por  Eslovaquia, el planteamiento de su expulsión de Francia antes de la invasión nazi, o la ligereza con que el asunto se trató en la Alemania posterior a 1945, obviando casi lo que había sucedido en la década anterior, pusieron sobre la mesa cuestiones que no debían volver a ocurrir para una correcta convivencia entre personas, pueblos, culturas y naciones.

A propósito de esto Hannah Arendt dedica especial atención al papel que el Derecho y la administración de la Justicia deben desempeñar a la hora de establecer las líneas rojas en situaciones límite como un conflicto bélico, así como la manera de atender a las víctimas. Lo que ocurrió durante la II Guerra Mundial fue algo que no estaba tipificado y sobre lo que no había jurisprudencia, fue más allá de los crímenes de guerra y solo se podía concebir como un hecho delictivo contra el conjunto de la humanidad. El único referente anterior al paso por el tribunal de Eichmann eran los juicios de Nuremberg, en los que la necesidad de resarcir a los aún conmocionados por lo que habían tenido que pasar hizo que el proceso se llevara a cabo sin tener resueltas estas cuestiones formales.

Motivo este por el que la autora considera que Eichmann debiera haber sido juzgado por un tribunal internacional y no por el de un país que no solo se disponía a tratar asuntos ocurridos fuera de su territorio, sino que había capturado al acusado a miles de kilómetros de distancia. Hecho que ocurrió sin haber establecido ningún tipo de relación ni comunicación formal con las autoridades argentinas, lugar al que el ex oficial nazi –al igual que otros muchos compañeros de barbarie- había emigrado años después de finalizar su labor asesina.

“Consentimiento”

No es no. Pero cuando se le intentan buscar grietas jurídicas a una afirmación tan tajante, el destino hace de las suyas con quien osó poner en duda que el negarse a tener sexo fuera pronunciado con convicción.  Ese es el propósito de una función con un mensaje muy bien intencionado, pero a la que le sobran minutos para transmitirnos lo que pretende.

Consentimiento

Hace un año Magüi Mira presentaba en esta misma sala Festen. Salí de la representación con sensaciones parecidas a las que me ha provocado esta función. El escenario dispuesto en forma de U, con los personajes entrando desde su lateral abierto, momentos del conjunto humano comportándose como una masa anárquicamente compacta para generar una intencionada crispación en una situación muy límite. También entonces, como ahora, la diatriba argumental entre el que necesita que su dolor sea reparado y el que pone en duda lo que pasó, los efectos que esto generó o su carácter agresivo.

En su nueva propuesta, Mira ahonda en lo injusto que es para la víctima tener que defenderse utilizando el exclusivo y dialécticamente enrevesado lenguaje judicial. Y hacerlo, además, en un entorno de procedimientos solo comprensibles para los formados en él, en el que el valor de la justicia ha de luchar contra la habilidad de la retórica y la capacidad de la elocuencia. Pero Consentimiento no se queda ahí sino que da un paso más allá y nos presenta cómo se enfrentan a esta situación los habilidosos de la palabra y el Derecho cuando son ellos los que han de justificar sus afirmaciones.

Un viaje de un lado a otro que Mina Raime (autora del texto estrenado en Londres meses atrás) hace que acabe siendo completamente circular. Nos obliga a sustituir los planteamientos teóricos por la vivencia, las huellas y las cicatrices de la experiencia de la violencia sobre las dos dimensiones de toda persona. La física, atentada por la violación sexual y la moral, atacada por la deslealtad. Un claro propósito que, sin embargo, no es tan directo como sería de esperar, sino que se comporta como el Guadiana en una ruta dramática en la que la generación, la vivencia y la resolución de los conflictos –individuales, amistosos y conyugales- se confunden con la presentación y el retrato de los hombres y mujeres que los viven.

Así, el caso inicial, el de la mujer de estrato social humilde e intelectualmente limitada, violada que acude a los tribunales, se diluye en el momento en que el poder económico y el esnobismo pijo y snob de tres abogados, acompañados de las parejas de dos de ellos y una amiga común, hace acto de presencia y lo llenan todo con su verbo fácil, sus convencionalismos de clase media alta y profesiones liberales y sus conversaciones recurrentes. Tampoco ayuda, aunque no influye negativamente, el que este sea un montaje sin más escenografía que unas pocas cajas que los actores mueven por el escenario y de las que sacan los escasos elementos de atrezzo con que cuentan.

Consentimiento, en el Teatro Valle Inclán (Centro Dramático Nacional, Madrid).

“Tres anuncios en las afueras”

Tras media hora de proyección parece que vamos camino de una gran obra del séptimo arte, pero en uno de sus giros la cinta de Martin McDonagh deja de arriesgar en su propuesta narrativa y adopta una serie de comodidades argumentales que la llevan al terreno de las convenciones. Pero tanto en una parte como en otra Frances McDormand brilla con su protagonismo y su magistral interpretación, construyendo un personaje lleno de matices en su aparente hieratismo.  

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A tu hija la asesinan y a ti se te paraliza la vida, hasta el gesto. Eso es lo que le sucede a Mildred, que pasados unos meses de esperar a que la policía de con el asesino, decide ponerse manos a la acción presionando para que el caso no se olvide. En el mundo de la imagen y la reputación pública en el que vivimos, nada mejor que servirse de la publicidad para ello, y en el entorno local de Ebbing, estado de Missouri, pedir respuestas y justicia desde tres vallas situadas a sus afueras son el mejor proyectil con el que poner patas arriba a su pequeña comunidad.

Así comienzan estos Tres anuncios, con un triángulo argumental en el que se nos presenta a los peculiares agentes sociales del pueblo, el horrible asesinato sucedido meses atrás y la hipnótica personalidad encarnada por Frances McDormand. Un entorno en el que los anodinos acontecimientos de su alterado día a día se suceden a golpe de comedia negra y un ácido y corrosivo humor que constituye todo un acierto con su costumbrista mar de fondo, reflejando tanto su aburrida cotidianidad de valores trasnochados (racismo, machismo y homofobia) como su lado más caricaturesco.

En la primera parte estos excesos provocan la risa y la carcajada, pero sin afectar a su argumento, es más, profundizan en su carga dramática. Un lugar en mitad de la nada en el que la vida está para vivirla y hacer poco más con ella. En el que la policía acepta la imposibilidad por falta de pruebas de no poder resolver la intriga, la incertidumbre y la angustia de no saber quién fue el asesino de una joven que también fue violada. Y está bien que el pasado no sea la trama argumental principal, pero tras un muy conseguido tour de force,  la unión entre aquel y el presente queda desdibujada, haciendo que este avance de manera casi automática, sin una motivación clara, más por inercia que un objetivo claro.

A partir de ese momento los excesos y los paroxismos en la historia de esta mujer que encarna que el fin justifica los medios, con los que pone a prueba algunos de nuestros prejuicios (la apariencia física), se convierten en una excusa –algunas maquilladas como catarsis personales- para hacer que la película avance, en lugar de ser sátiras que le den amplitud como había sucedido previamente. Todo lo que antes había resultado creíble, ahora es ya solo ficción, lo que nos había tenido en tensión ahora es únicamente entretenido. Eso sí, muy bien construido cinematográficamente, con una excelente factura técnica y unos soberbios trabajos interpretativos de Sam Rockwell y de quien ya ganara el Oscar a la mejor interpretación femenina por Fargo en 1997 y que quizás vuelva a hacerlo por ser, sin duda alguna, lo mejor de estos Tres anuncios en las afueras.