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"Prostitución"

De la comedia cabaretera a la verdad del teatro documento y la exposición de la denuncia política. Un recorrido por historias, testimonios y situaciones que hemos escuchado, leído, comentado y banalizado muchas veces. Sin embargo, Andrés Lima consigue centrarnos, sorprendernos e incomodarnos situándonos en los prismas externos no mediáticos y en la complejidad de los internos de una realidad con la que no solo convivimos, sino que fomentamos y sustentamos.

El sexo sobre un escenario suele ser erotismo y pasión, materialización de una atracción, o excusa para la comedia y la hilaridad valiéndose de nuestros pudores y vergüenzas. Cuando quien nos causa la sonrisa es el sarcasmo de una prostituta deslenguada, la carcajada llega enseguida. Pero nos quedamos en la fachada de su discurso, en los eufemismos de su retórica, solo así le permitimos acercarse y dirigirse a nosotros. Así comienza Prostitución, y cuando nos tiene relajados, felices y contentos sintiéndonos lejos, por encima, ajenos a esos y esas que no somos nosotros, entonces es cuando este montaje nos sacude y nos introduce en lo que no queremos escuchar.

Los espejos expuestos hasta entonces, la hipocresía social y la mafiosa criminalidad en que se sustenta esta actividad, estallan en mil pedazos para dar voz a sus protagonistas. Las mujeres -y aunque en menor proporción, también los hombres- que se ven obligadas a dejarse usar para sobrevivir porque nuestro modelo de sociedad no les da un sitio digno en sus coordenadas clasistas, por haber sido condenadas mediante el abuso y la violación con el que fueron dañadas físicamente y heridas psicológicamente, porque el endémico patriarcado dice desde tiempos inmemoriales que el hombre gobierna y la mujer obedece, que él es la razón y ella el cuerpo que ser usado.  

En Prostitución son ellas las que nos cuentan la verdad que no queremos ver ni escuchar, que no nos relatan los medios de comunicación ni nos transmiten la asertividad de las cifras (en España nos gastamos 5 millones de € diarios en servicios de prostitución, actividad ejercida por 100.000 personas) y los discursos oficiales de las instituciones públicas. Meretrices, prostitutas, putas, con dignidad, con orgullo, con derechos, con personalidad, a pesar de los caprichos de sus clientes, de las imposiciones de sus proxenetas, de las barreras del sistema y del rechazo de la sociedad. La dramaturgia de Albert Boronat y Andrés Lima hace visible lo invisible, nos obliga a enfrentar lo que hemos decidido ignorar y evita hábilmente las trampas de la demagogia tertuliana sobre el tema.

Sobre esa base, una puesta en escena dirigida por Andrés Lima de manera inteligente, ágil y con ritmo que lo mismo nos sitúa trabajando al aire libre en un polígono industrial, en mitad de un bosque, en una casa de citas, en un prostíbulo o nos abstrae para trasladarnos las palabras de referentes en la materia como Virginie Despentes o Amelia Tiganus.

Todo lo técnico confluye, subraya y ensalza tanto la propuesta dramatúrgica como lo que Carmen Machi, Nathalie Poza y Carolina Yuste demuestran ser, por si no lo sabíamos ya, tres monstruos interpretativos. No solo por la multitud de personajes que encarnan cada una de ellas, la fastuosa manera en que mutan de unos a otros y la profundidad que les dan, también por la versatilidad de registros que les exige su participación en un recorrido tan extenso.

Prostitución es comedia, drama, acción, monólogo, diálogo, coordinación, música en directo, destrucción de la cuarta pared, movimiento, presencia y entrega corporal, cambios de vestuario y peluquería, acentos extranjeros, inmigrantes irregulares y debate sobre los derechos humanos. Es la intensidad de la tragedia clásica y la versatilidad y experimentación más actual. Igual que Jauría hace un año, esta obra no es solo teatro, es también pedagogía y sensibilización sobre un tema ante el que no hay medias tintas, tanto si pagas como si callas estás colaborando con lo que tiene de ilegal y criminal.  

Prostitución, en el Teatro Español (Madrid).

"El oficial y el espía", la verdad y la injusticia

Polanski lo tiene claro. Quien no conozca el caso Dreyfus y el famoso “Yo acuso” de Emile Zola tiene mil fuentes para conocerlo en profundidad. Su objetivo es transmitir la corrupción ética y moral, antisemitismo mediante, que dio pie a semejante escándalo judicial. De paso, y con elegante sutileza, hace que nos planteemos cómo se siguen produciendo episodios como aquel en la actualidad.

Mientras los americanos convierten las adaptaciones cinematográficas de sus luchas contra el sistema en relatos llenos de épica, el cine europeo suele poner el foco en la dureza y desgaste que estas situaciones tienen para quienes las viven (valgan como ejemplo títulos recientes, también de producción francesa, como Los miserables o Gracias a Dios). Así, para el director de Chinatown (1974) o El pianista (2002) lo importante no son las actuaciones y las emociones de los que situamos en el banquillo de los buenos, sino la injusticia a la que tuvieron que enfrentarse. No son héroes, sino personas a las que no les queda otra que la resiliencia para no dejarse eliminar por la tortura física y psíquica (en el caso de Dreyfus) y la corrupción de la administración (en el del coronel Picquart). No hacen de la moral y el sentido de la justicia una cuestión elevada, sino un sentir humilde e irrenunciable en el que reside la esencia del civismo individual y la convivencia colectiva.

Esto hace que el ritmo de El oficial y el espía sea sosegado. Su narración se inicia con lentitud, haciéndonos conscientes de las eventualidades que permitieron descubrir tanto el atropello sufrido por un inocente por el mero hecho de ser judío, como las personas que lo provocaron y pretendieron silenciarlo. Una vez expuestas dichas casualidades y causalidades, la rueda comienza a girar y tras lo puntual y anecdótico, comienza a tomar forma el corazón del guión de Robert Harris y la dirección de Roman Polanski, un panorama de ocultación, manipulación y falsificación combinado con actitudes de soberbia, arbitrariedad y amenaza que desemboca en una tensión judicial y humana tan bien conseguida como mantenida a lo largo del resto de la proyección.  

De fondo, y generando un sordo eco que llega hasta nuestro hoy, cuestiones como la idoneidad de las personas que están al frente de las altas instancias del estado y las motivaciones de sus mentiras, el poder de influencia y el deber informativo de los medios de comunicación, los límites del derecho a la libertad de expresión o la actuación como una jauría de la ciudadanía cuando esta es manipulada.

Y aunque esto hace abrirse el abanico de situaciones, argumentarios y cruces y encuentros de personajes, la película mantiene su tempo contenido. Un tono que le debe mucho a la excelente interpretación protagonista de Jean Dujardin (expresiva contención la suya) y la complementaria de un transformado Louis Garrel, por obra y gracia del maquillaje y la peluquería, en el malogrado Dreyfus. Acompañados ambos por un excelente reparto y sustentados por un notable diseño de producción que entre lo digital y la recreación nos traslada fielmente a los interiores y exteriores del París y el Rennes de finales del s. XIX y principios del XX.  

10 textos teatrales de 2019

Títulos clásicos y actuales, títulos que ya forman parte de la historia de la literatura y primeras ediciones, originales en inglés, español, noruego y ruso, libretos que he visto representadas y otros que espero llegar a ver interpretados sobre un escenario.

“¿Quién teme a Virginia Woolf?” de Edward Albee. Amor, alcohol, inteligencia, egoísmo y un cinismo sin fin en una obra que disecciona tanto lo que une a los matrimonios aparentemente consolidados como a los aún jóvenes. Una crueldad animal y sin límites que elimina pudores y valores racionales en las relaciones cruzadas que se establecen entre sus cuatro personajes. Un texto que cuenta como pocas veces hemos leído cómo puede ser ese terreno que escondemos bajo las etiquetas de privacidad e intimidad.

“Un enemigo del pueblo” de Henrik Ibsen. “El hombre más fuerte es el que está más solo”, ¿cierto o no? Lo que en el siglo XIX escandinavo se redactaba como sentencia, hoy daría pie a un encendido debate. Leída en las coordenadas de democracia representativa y de libertad de prensa y expresión en las que habitamos desde hace décadas, la obra escrita por Ibsen sobre el enfrentamiento de un hombre con la sociedad en la que vive tiene muchos matices que siguen siendo actuales. Una vigencia que junto a su extraordinaria estructura, ritmo, personajes y diálogos hace de este texto una obra maestra que releer una y otra vez.

“La gaviota” de Antón Chéjov. El inconformismo vital, amoroso, creativo y artístico personificado en una serie de personajes con relaciones destinadas –por imperativo biológico, laboral o afectivo- a ser duraderas, pero que nunca les satisfacen plenamente. Cuatro actos en los que la perfecta exposición y desarrollo de este drama existencial se articulan con una fina y suave ironía que tiene mucho de crítica social y de reflexión sobre la superficialidad de la burguesía de su tiempo.

La zapatera prodigiosa” de Federico García Lorca. Entre las múltiples lecturas que se pueden aplicar a esta obra me quedo con dos. Disfrutar sin más de la simpatía, el desparpajo y la emotividad de su historia. Y profundizar en su subtexto para poner de relieve la desigual realidad social que hombres y mujeres vivían en la España rural de principios del siglo XX. Eso sí, ambas quedan unidas por la habilidad de su autor para demostrar la profundidad emocional y la belleza que puede llegar a tener y causar la transmisión oral de lo cotidiano.

“La chunga” de Mario Vargas Llosa. La realidad está a mitad de camino entre lo que sucedió y lo que cuentan que pasó, entre la verdad que nadie sabe y la fantasía alimentada por un entorno que no tiene nada que ofrecer a los que lo habitan. Una desidia vital que se manifiesta en diálogos abruptos y secos en los que los hombres se diferencian de los animales por su capacidad de disfrutar ejerciendo la violencia sobre las mujeres. Mientras tanto, estas se debaten entre renunciar a ellos para mantener la dignidad o prestarse a su juego cosificándose hasta las últimas consecuencias.

“American buffalo” de David Mamet. Sin más elementos que un único escenario, dos momentos del día y tres personajes, David Mamet crea una tensión en la que queda perfectamente expuesto a qué puede dar pie nuestro vacío vital cuando la falta de posibilidades, el silencio del entorno y la soledad interior nos hacen sentir que no hay esperanza de progreso ni de futuro.

“The real thing” de Tom Stoppard. Un endiablado juego entre la ficción y la realidad, utilizando la figura de la obra dentro de la obra, y la divergencia del lenguaje como medio de expresión o como recurso estético. Puntos de vista diferentes y proyecciones entre personajes dibujadas con absoluta maestría y diálogos llenos de ironía sobre los derechos y los deberes de una relación de pareja, así como sobre los límites de la libertad individual.

“Tales from Hollywood” de Christopher Hampton. Cuando el nazismo convirtió a Europa en un lugar peligroso para buena parte de su población, grandes figuras literarias como Thomas Mann o Bertold Brecht emigraron a un Hollywood en el que la industria cinematográfica y la sociedad americana no les recibió con los brazos tan abiertos como se nos ha contado. Christopher Hampton nos traslada cómo fueron aquellos años convulsos y complicados a través de unos personajes brillantemente trazados, unas tramas perfectamente diseñadas y unos diálogos maestros.

“Los Gondra” y “Los otros Gondra” de Borja Ortiz de Gondra. Gondra al cubo en un volumen que reúne dos de los montajes teatrales que más me han agitado interiormente en los últimos años. Una excelente escritura que combina con suma delicadeza la construcción de una sólida y compleja estructura dramática con la sensible exposición de dos temas tan sensibles -aquí imbricados entre sí- como son el peso de la herencia, la tradición y el deber familiar con el dolor, el silencio y el vacío generados por el terrorismo.

“This was a man” de Noël Coward. En 1926 esta obra fue prohibida en Reino Unido por la escandalosa transparencia con que hablaba sobre la infidelidad, las parejas abiertas y la libertad sexual de hombres y mujeres. Una trama sencilla cuyo propósito es abrir el debate sobre en qué debe basarse una relación amorosa. Diálogos claros y directos con un toque ácido y crítico con la alta sociedad de su tiempo que recuerdan a autores anteriores como Oscar Wilde o George B. Shaw.

“Hamlet, príncipe de Dinamarca” de William Shakespeare

Más allá del monólogo del “ser o no ser”, esta gran tragedia combina lo político con lo afectivo en una angustia que crece progresivamente hasta llegar a un éxtasis que nos deja emocionalmente arrasados. Una obra maestra que no solo habla sobre la erótica del poder, sino también sobre las exigencias de mantenerse virtuoso, el buen gobierno, el sentido del deber, la sugestión del teatro y el paso del tiempo.

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Shakespeare (1564-1616) apela a la fibra sensible en Hamlet (1601), ¿cómo te sentirías si tu progenitor muere y apenas dos meses después tu madre está casada con el que era su cuñado, haciendo que esa persona a la que despreciabas se convierta en tu nuevo padre y rey? Así arranca esta obra situada en un momento indeterminado en la lejana Dinamarca, enlazando en un fuerte nudo la paz que demanda un corazón herido con la inflexible rectitud y respuesta obediente que exigen las jerarquías de gobierno.

En el palacio real de Elsignor todo gira en torno al deber, el que los súbditos le rinden a su monarca, el que el fantasma del padre asesinado le exige a su hijo heredero al trono, el que el huérfano le manifiesta a su madre (consorte de un nuevo rey), así como con el que toda mujer ha de responder ante el responsable de su honor, padres y hermanos si está soltera, marido si está casada. Esas son las claves que sitúan sobre el tablero de juego a Hamlet con respecto a Claudio y Gertrudis, los monarcas, así como en relación a su amada Ofelia y a Polonio y Laertes, servidores de aquellos. Dos familias ligadas por las responsabilidades de gobierno y por las diferencias sociales, así como por los desiguales vínculos relacionales que estas condicionan entre ellos.

Una situación que hace aguas en el momento en que Hamlet deja de practicar el papel que se le supone, el del hijo fiel y sucesor leal, el de joven apuesto y bravo guerrero que ha de compaginar el ejercicio de la libertad de su edad con la preparación para su futuro cargo como estadista. Esa descomposición del status quo simulando locura –para tras ella tramar y ejecutar la venganza a la que le impulsan la encomienda de su precursor y su dolor interior- es la compleja y muy bien trazada historia en la que nos sumerge Shakespeare. Sus distintas narrativas exponen con tremenda claridad retórica los conflictos a que da pie en todos los niveles el que ya nada sea como se supone que ha de ser en el cumplimiento del deber.

Un conflicto en el que el amor y el odio, combinados con la sospecha, el miedo y el desconcierto, enervan tanto las actitudes y comportamientos de todos los personajes, como la sugerente atmósfera escenográfica, de paisajes evocadoramente románticos e interiores que despiertan la imaginación gótica, en que se relacionan.

Se genera así una oscuridad espiritual que estallará con el fantástico punto de inflexión que marca la representación en los salones de palacio de una obra de teatro. El autor de Romeo y Julieta (1597) y Otelo (1608) reivindica así no solo su función como entretenimiento, sino también el papel social de su trabajo como espejo del estado anímico de un pueblo y de la calidad moral de sus individuos, capaz de revelar los pecados, delitos y culpas que desean ocultar. Esa materialización de lo no pronunciado, de revelar lo escondido, es lo que genera la demanda de justicia, pero que según sea aplicada puede tornar en venganza.

Un terreno moralmente pantanoso, que se cobra víctimas inesperadas y genera un sufrimiento tal que hace que Hamlet sea, quizás, una de las tragedias más grandes e impactantes de la literatura universal.

 

“Un enemigo del pueblo” de Henrik Ibsen

“El hombre más fuerte es el que está más solo”, ¿cierto o no? Lo que en el siglo XIX escandinavo se redactaba como sentencia, hoy daría pie a un encendido debate. Leída en las coordenadas de democracia representativa y de libertad de prensa y expresión en las que habitamos desde hace décadas, la obra escrita por Ibsen sobre el enfrentamiento de un hombre con la sociedad en la que vive tiene muchos matices que siguen siendo actuales. Una vigencia que junto a su extraordinaria estructura, ritmo, personajes y diálogos hace de este texto una obra maestra que releer una y otra vez.

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Que el bien común no es siempre lo buscado por los que nos gobiernan es algo que viendo las portadas de los periódicos de cada día no nos sorprende lo más mínimo. Como tampoco la visión a corto plazo de muchas personas cuando se trata de decidir entre la comodidad material o la integridad moral. Este es el conflicto inicial que nos propone Ibsen para hacernos reflexionar sobre cuáles son nuestros valores, si realmente somos leales a aquello en lo que decimos creer, y el precio que estamos dispuestos a pagar por serles fieles.

Cuando la realidad obliga a decidir entre mirar para otro lado o salir de nuestra zona de confort es cuando se demuestra cuánto tenemos de colectividad cohesionada y de ciudadanos conscientes de sus deberes cívicos. Así, en esta imaginaria localidad costera de Noruega todo salta por los aires cuando un hombre le hace saber a sus vecinos que su balneario no es solo una fuente de riqueza como ellos creen, sino también un foco de insalubridad que pone en riesgo la salud y la vida de sus usuarios. Ante la disyuntiva entre los ingresos estables y el esfuerzo de reinventarse, la ciudadanía –con el alcalde y el periódico local a la cabeza- acusan al mensajero de semejante noticia de no buscar otro fin que el de su desgracia llegando a tacharle de “enemigo del pueblo”.

Inteligentemente Ibsen le da una vuelta de tuerca a la situación y nos propone otro conflicto, de orden tan ético como el anterior, ¿es la democracia el mejor sistema de gobierno? ¿No estamos en manos de personas que no solo no conocen, sino que no saben valorar, pensar, reflexionar y decidir justamente? Quien antes fuera vilipendiado por sacudir los cimientos de la convivencia de su pequeña ciudad, responde proponiendo dejar atrás ese sistema de representación y establecer uno en que las decisiones de gobierno sean tomadas por unos pocos elegidos. Como el que dice que ya existe en la sombra, pero cambiando a las personas que lo forman por otras entre las que ha de estar él. ¿Es esto coherente con su postura anterior?

Y entre un pasaje y otro aparece desempeñando un papel fundamental ese pilar de nuestra sociedad que son los medios de comunicación, cuya teórica función es la de informar y denunciar los excesos e incapacidades de políticos y gestores públicos. Pero esta misión puede no estar alineada con los principios de los que los dirigen, sometidos a las presiones de la política y a las tentaciones del dinero. Una distancia entre lo que es y lo que debiera ser que hace todo más complejo y enmarañado, tanto en la superficie como de puertas adentro.

Ibsen escribió Un enemigo del pueblo en 1883, pero bien podría parecer una obra de nuestros días por la tensión y universalidad de los argumentos que se manejan en sus diálogos. Conversaciones en los que cada personaje se expresa con la precisión y exactitud adecuada para que entendamos sus motivaciones personales y los vínculos que les unen con los demás protagonistas. Una extraña combinación de familia y soledad en la que según su autor está la fuerza que puede romper los límites y barreras que nos someten e impulsar nuestro progreso y desarrollo colectivo.

Un enemigo del pueblo, Henrik Ibsen, 1882, Alianza Editorial.

 

“Vendrán del este” de Alejandro Marcos Ortega

Una historia ambientada en un mundo fantástico en el que todo es diferente pero se mueve por los mismos impulsos que el nuestro, el poder, el sentido de la justicia y los afectos. Una realidad y una narración tan bien imaginadas como estructuradas, habitadas por unos personajes dinámicos que llenan las páginas de diálogos entretenidos y acción trepidante.

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No es un género que busque cuando visito una librería y recorro visualmente los títulos que pueblan sus estanterías. Pero el recuerdo de lo mucho que disfruté con la anterior y primera novela de Alejandro, El final del duelo, hizo que no me lo pensara dos veces y me volviera a embarcar en su nueva propuesta fantástica. Un viaje que comienza con una cartografía que presenta cinco parajes, cinco grandes islas separadas por estrechos mares. Y a su este y oeste dos grandes extensiones que, a modo de océanos, nos hacen suponer la inmensidad de lo que queda lejos y es desconocido, amenazante incluso.

Cada uno de estos parajes es un estado independiente que alberga en su geografía una fuente de la que emanan los poderes mágicos de que dispone su gobernante, alguien cuyo crecimiento físico quedó parado en el momento de recibirlos, lo que hace que pueda tener apariencia de niño. Tal y como le sucede al Protector de Orintia, Mayo, personaje principal de Vendrán del Este. Cuando le conocemos siente que su magia se está debilitando, situación que le lleva a pedir a su hermano Patricio que haga un viaje al sur de su territorio para comprobar qué puede haber sucedido. Una situación en la que quizás tengan algo que ver los invocadores, seres de otra dimensión a los que los humanos expulsaron en su día de sus territorios por su nada bien intencionado uso de su capacidad de evocación de espíritus.

Este es el hilo inicial que derivará en una combinación de libro de viajes –pasando por toda clase de lugares-, sagas familiares –cariño, afecto, amor y odio- y crónica bélica –alianzas, traiciones, sacrificios- en la que Marcos Ortega despliega su capacidad creadora a todos los niveles. Lo mismo para ir dando entrada a nuevos elementos –personajes y acontecimientos- que hagan crecer la trama, cómo para que conozcamos en mayor medida a los ya presentes y evolucionemos junto a ellos. Así, con descripciones fluidas y diálogos esmerados, en los que da cabida única y exclusivamente a lo que es necesario para dirigirnos hacia donde nos quiere llevar, va generando un ritmo y una intriga que enganchan, atrapan y entretienen. Un suspense que nos mantiene en estado de alerta y con ganas de saber qué está sucediendo realmente –y quién está involucrado- más allá de lo que ya conocemos.

Quizás el único pero que se le podría poner a Vendrán del Este es que Alejandro no haya sido más ambicioso. Que no se hubiera quedado en los cánones de lo fantástico y hubiera sacado aún más brillo a su capacidad creativa escribiendo literatura sin más, más allá de su acertada construcción y manejo de las estructuras, los tiempos y las relaciones del género.

Vendrán del Este, Alejandro Marcos Ortega, 2018, Orciny Press.

“Eichmann en Jerusalén” de Hannah Arendt

También conocida como “La banalidad del mal”, esta obra disecciona los muchos factores que pueden permitir y hacer que un individuo colabore con el asesinato de miles de personas. Tras este detallado viaje sobre el comportamiento individual y social, su autora analiza algo no menos importante, los instrumentos judiciales con que contamos tanto para castigar a los culpables y de esa manera rehabilitar a sus víctimas, como para evitar que algo tan tremendo e imaginable como el Holocausto judío pueda volver a ocurrir.

EichmannEnJerusalen

Quince años después de que acabara la II Guerra Mundial, los servicios secretos del joven estado de Israel capturaron en Argentina a Adolf Eichmann, teniente coronel de las SS al que presentaron ante la comunidad internacional como el responsable de la “solución final”. El plan nazi puesto en marcha en 1941 para acabar definitivamente con toda la población judía que aún vivía en los territorios de la vieja Europa sobre los que el régimen de Hitler extendía su dominio.

Además de para juzgar al supuesto criminal, el juicio fue planteado por las autoridades israelíes como una campaña de imagen cuyo principal objetivo era transmitir al mundo que el pueblo judío tenía derecho a defenderse por sí mismo del mal que le había sido infligido. Una puesta en escena y un discurso que, tal y como argumenta Hannah Arendt, tuvo muchas fisuras conceptuales, lo que hizo que este ensayo fuera muy contestado cuando se publicó en 1963 tras la ejecución de la sentencia.

En primer lugar Eichmann no fue ni el ideólogo ni el líder de la cadena de mando que llevó a la muerte, de manera aún más acelerada que en años anteriores, a muchos miles de personas. Según el trabajo de Arendt, él fue una pieza más de un engranaje administrativo inteligentemente burocratizado para que los encargados de formar parte de él no tuvieran, aparentemente, otra opción más que la de aceptar esta misión. Cuestión aparte es que en muchos casos realizaran tal tarea con agrado y con la convicción de estar haciendo lo correcto.

Una situación a la que no se llegó de un día para otro, sino que tuvo una preparación de casi una década en la que a la par que se desensibilizaba a la población local, se hostigaba a la judía despojándola de sus propiedades, expulsándola de sus hogares y haciendo que fueran ellos mismos –a través de los Consejos Judíos- los que determinaran quiénes podían salvarse a costa de señalar a aquellos que debían ser deportados a los campos de exterminio (eufemísticamente llamados “de reasentamiento”).

Recordar mecanismos de selección como este, las medidas antisemita adoptadas por  Eslovaquia, el planteamiento de su expulsión de Francia antes de la invasión nazi, o la ligereza con que el asunto se trató en la Alemania posterior a 1945, obviando casi lo que había sucedido en la década anterior, pusieron sobre la mesa cuestiones que no debían volver a ocurrir para una correcta convivencia entre personas, pueblos, culturas y naciones.

A propósito de esto Hannah Arendt dedica especial atención al papel que el Derecho y la administración de la Justicia deben desempeñar a la hora de establecer las líneas rojas en situaciones límite como un conflicto bélico, así como la manera de atender a las víctimas. Lo que ocurrió durante la II Guerra Mundial fue algo que no estaba tipificado y sobre lo que no había jurisprudencia, fue más allá de los crímenes de guerra y solo se podía concebir como un hecho delictivo contra el conjunto de la humanidad. El único referente anterior al paso por el tribunal de Eichmann eran los juicios de Nuremberg, en los que la necesidad de resarcir a los aún conmocionados por lo que habían tenido que pasar hizo que el proceso se llevara a cabo sin tener resueltas estas cuestiones formales.

Motivo este por el que la autora considera que Eichmann debiera haber sido juzgado por un tribunal internacional y no por el de un país que no solo se disponía a tratar asuntos ocurridos fuera de su territorio, sino que había capturado al acusado a miles de kilómetros de distancia. Hecho que ocurrió sin haber establecido ningún tipo de relación ni comunicación formal con las autoridades argentinas, lugar al que el ex oficial nazi –al igual que otros muchos compañeros de barbarie- había emigrado años después de finalizar su labor asesina.