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“Los otros Gondra (relato vasco)” o cómo acabar con el dolor

Borja vuelve a Algorta para contarnos qué sucedió con su familia tras los acontecimientos que nos relató en “Los Gondra”. Para ahondar en los sentimientos, las frustraciones y la destrucción que la violencia terrorista deja en el interior de todos los implicados. Con extraordinaria sensibilidad y una humanidad exquisita que se vale del juego ficción-realidad del teatro documento, este texto y su puesta en escena van más allá del olvido o el perdón para llegar al verdadero fin, el cese del sufrimiento.  

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Queda mucho por hacer para resolver la indigestión del sufrimiento que el terrorismo causó durante décadas. No solo la muerte de los centenares de asesinados que dejó, sino también el dolor crónico de los que sobrevivieron quedando marcados e impedidos tanto física como psicológicamente para siempre. ¿Cómo se les puede hablar a estos de etapa superada, de pasar página? Los otros Gondra parte de ese principio, de que el silencio no es sinónimo de paz o muestra de bienestar, sino un cierre que no se calmará mientras no atendamos el lado humano de algo que no es algo tan solo una cuestión política o judicial.

Un silencio que nos obliga a imaginar continuamente cómo fue nuestro pasado, qué sucedió, entenderlo y conocerlos para así liberarnos del peso de su oscuridad. Una imposibilidad, la de la vuelta atrás, que Borja nos propone resolver utilizando la ficción.

Quizás los acontecimientos en su familia no fueron tal y como expone, pero a estas alturas ya sabemos que en muchos hogares del País Vasco se vivieron situaciones como la que nos presenta. Hermanos, primos, padres e hijos enfrentados por unos principios que conllevaban, si era necesario, la extorsión o la muerte del otro si no claudicaba ante sus exigencias. La violencia alcanzaba así otro grado más de visceralidad, cómo hacer frente a aquel que te amenaza y al que la sangre te lleva a sentirte cercano. O cómo relacionarte con alguien que sientes que no apoya tus principios, tu manera de sentir apego a la tierra en la que habéis nacido y de ser fiel a las costumbres y principios en que se os ha educado.

Un pantanal en el que el autor se introduce sin dejarse atrapar en ningún momento por la inestabilidad de su suelo. Utilizando abiertamente los juegos formales de la escritura teatral (auto ficción, teatro documento,…) nos adentra en su proceso mental como creador –a través de los diálogos con su madre y su prima, dirigiéndose directamente al público o charlando a la manera de Unamuno con su propio personaje- para hacernos comprender a qué responde su necesidad de saber cómo se resquebrajó su familia tres décadas atrás y el gran vacío que eso le causa en su presente.

Los Otros Gondra queda así vertebrado por un inteligente recurso que nos demuestra que la literatura es una genial medicina con la que intentar dar respuesta a los asuntos pendientes. Pero lo valiente es que su propuesta no se queda ahí, sino que integra el presente, haciendo ver cómo el paso del tiempo y el dolor ha hecho mella en todos, enfrentando no solo a los que fueron víctimas y verdugos hace treinta años, sino también confrontando hoy a los verdugos consigo mismo. Y situando frente a ellos a los que han nacido más recientemente y miran hacia el futuro al tiempo que se encuentran en la diatriba de ser herederos de algo que consideran que les es totalmente ajeno.

Súmese a este mensaje universal la manera de hacerlo local con el uso del euskera, el frontón como escenografía o las danzas vascas y un elenco en el que todos están perfectos en esa combinación de personajes reales y luces de una constelación familiar que durante su representación integra e implica a todos sus espectadores. Los otros Gondra es también teatro medicina, teatro necesario.

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Los otros Gondra (relato vasco), en el Teatro Español (Madrid).

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10 novelas de 2017

Historias escritas en España, EE.UU., Francia o Panamá, cuentos de apenas unas páginas y relatos largos, narraciones sobre el amor y la amistad, sobre el deseo de conocer y la ilusión de un futuro mejor, habitadas por personas que fueron importantes y por otras que llegan de nuevas a ellas,…

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Las impuras” de Carlos Wynter Melo. Una mujer que no sabe quién es y otra que imagina por ella sus recuerdos. Un ejercicio de creatividad que a esta segunda le vale para alejarse de aquellas vivencias en que el derrumbe de su país, cuando fue ocupado por las tropas norteamericanas en 1989, le hizo sentir que su vida había perdido su sentido, obligándola a huir. Una pequeña novela escrita con la verdad del corazón y contada desde el deseo de honestidad con que se procesan las emociones en el estómago.

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El amor del revés” de Luis G. Martín. Bajo el formato de autobiografía, un relato de la vivencia de la homosexualidad en la España de las últimas décadas. En un país retrasado, trasnochado, nacional católico primero e insensible, embrutecido y no tan progre como se creía aún mucho tiempo después. Una narración íntima y desnuda que muestra sin pudor, pero también sin lástima ni compasión, el dolor, las lágrimas y el terror que conlleva aceptarse, mostrarse y vivirse cuando se inicia ese proceso en la más absoluta soledad. Un ejercicio literario de sinceridad y honestidad en el que queda plasmado cómo se pueden sanar las heridas y hacer de la debilidad, fortaleza y de la vergüenza sufrida, orgullo de ser como se es y ser quién se es.

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La conjura de los necios” de John Kennedy Toole. Una lectura tan divertida como estimulante. Una ácida y corrosiva narrativa que no deja títere con cabeza en su disección de cada personaje y situación en mil piezas. Una abrumadora construcción de una serie de situaciones y entornos en los que se pone patas arribas múltiples aspectos de la sociedad actual (la familia, el trabajo, la educación,…). Una ironía y una sátira brutales con las que quedan al descubierto todas nuestras imperfecciones, contradicciones y paradojas.

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La vida ante sí” de Romain Gary. Literatura de alto nivel, exquisita y elevada, pero accesible para todos los públicos. Por su protagonista, un niño árabe criado por una antigua meretriz judía, ahora metida a regente de una pequeña residencia de hijos de mujeres que ejercen la que fuera su profesión. Por su punto de vista, el del menor, espontáneo en sus respuestas y aplastantemente lógico en sus planteamientos. Pero sobre todo por la humanidad con que el autor nos presenta las relaciones entre personas de todo tipo, los retos cotidianos que supone el día a día y las dificultades de vivir al margen del sistema en el París de los años 60.

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La canción pop” de Raúl Portero. La música tiene el mágico poder de ser capaz de contar una historia en muy pocos minutos, presentándote los personajes involucrados, relatando qué sucede entre ellos, qué viven y qué sienten, de dónde vienen y a dónde desean ir. Todos tenemos una canción de nuestra vida, esa que imaginábamos que hablaba de nosotros y que con su ritmo nos llegó muy hondo la primera vez que la escuchamos, haciendo que afloraran a la superficie emociones cuya intensidad no creíamos ser capaces de sentir pero que deseábamos vivir. Un sueño que ya no perseguimos pero al que no renunciamos. Eso es esta novela contenida, auténtica, una partitura fresca y ágil, aparentemente liviana, pero que dispara de manera certera y da de pleno en el blanco.

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La noche del oráculo” de Paul Auster. El libro dentro del libro. El autor que se imagina la historia de un personaje que se propone iniciar una nueva vida, como si se colocara ante una hoja en blanco, tal y como hace desde este otro plano contrapuesto a la ficción que es la realidad. Un mundo de carne y hueso en el que suceden acontecimientos que adquieren un significado más allá cuando son contextualizados por un editor que sabe cómo relacionarlos entre sí. Ese es el laberinto mágico de paralelismos, espejos, verdades e irrealidades perfectamente trazado por el que nos hace transitar Paul Auster.

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La tierra convulsa” de Ramiro Pinilla. Del Getxo agrícola y ganadero de finales del siglo XIX al Gran Bilbao industrial, burgués y capitalista del XX. Del idealismo costumbrista con que se recuerda el pasado al que nos aferramos, al realismo social de un entorno cambiado tras un proceso de profunda agitación. La primera y bien planteada entrega de una trilogía, “Verdes valles, colinas rojas”, en la que su autor prima en ocasiones sus habilidades como escritor sobre la fluidez de su relato.

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Nubosidad variable” de Carmen Martín Gaite. La bruma del título es también la de la mente de las dos protagonistas de mediana edad de esta ficción que no aciertan a saber cómo enfocar correctamente sus vidas. Una revisión de pasado, entre epistolar y monologada, y un poner orden en el presente a través de una prosa menuda y delicada con la que llegar mediante las palabras hasta lo más íntimo y sensible. De fondo, un retrato social de la España de los 80 finamente disuelto a lo largo de una historia plagada de acertadas referencias literarias.

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Patria” de Fernando Aramburu. Una obra que toca todos los palos de lo que por distintos motivos unos y otros llamaron conflicto. La visión política, la realidad social y la vivencia personal en un entorno en el que todo se movía aparentemente en un amplio rango de grises tras el que se ocultaba la cruda realidad de la vida o la muerte, o conmigo o contra mí. Un relato ambicioso y muy bien estructurado al que se le echa en falta ir más allá de su hoja de ruta para emocionarnos no solo por lo que narra en su trama principal, sino también por lo que cuenta y propone en las secundarias.

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Un perro” de Alejandro Palomas. El bagaje de cuarenta años de biografía, el balance de todo lo vivido por Fer y de los capítulos que conforman el libro de su presente, el ajuste entre las distintas piezas que conforman el puzle de su familia. Alejandro Palomas plasma con gran belleza, equilibrio y naturalidad cuanto pasa por la mente de su protagonista durante unas horas de tensa y amarga, pero también sosegada y meditada espera. Desde lo más ligero y superficial, los lugares comunes en los que nos refugiamos, a los más íntimos y ocultos, aquellos que rehuimos para no volver a encontrarnos con el dolor que allí dejamos.

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“La tierra convulsa” de Ramiro Pinilla

Del Getxo agrícola y ganadero de finales del siglo XIX al Gran Bilbao industrial, burgués y capitalista del XX. Del idealismo costumbrista con que se recuerda el pasado al que nos aferramos, al realismo social de un entorno cambiado tras un proceso de profunda agitación. La primera y bien planteada entrega de una trilogía, “Verdes valles, colinas rojas”, en la que su autor prima en ocasiones sus habilidades como escritor sobre la fluidez de su relato.

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En las primeras páginas Cristina Oiaindia se desplaza junto a sus hijos en un coche tirado por caballos para acercarse a una playa virgen de Algorta a la que tan solo acuden habitualmente las barcas de los pescadores. Páginas y años después es un tranvía el que comunica su Getxo natal con Bilbao, una máquina alimentada con carbón con la que salvar en un corto espacio de tiempo los kilómetros que hasta su entrada en funcionamiento solo los más pudientes podían recorrer sin dejarse la piel en el camino.

Apenas unas décadas en las que los ricos de la margen izquierda del Nervión aseguraban tener un objetivo vital encomendado por una fuerza superior, nada menos que preservar la pureza de sus apellidos y sus títulos nobiliarios, viviendo en un entorno de armonía ambiental, de suelos verdes y horizonte azul. Mientras, obtenían grandes sumas de dinero con la explotación de sus minas de hierro en la margen izquierda, impulsando así un desarrollo industrial –siderurgia, astilleros,…- que trajo consigo una inmigración y un proletariado obrero que despreciaban tanto desde el punto de vista político-nacionalista como social-diferencia de clases. Una nueva realidad que supuso el caldo de cultivo del nacimiento, implantación y consolidación del socialismo en la que fue durante mucho tiempo una de sus zonas de liderazgo más emblemático.

Un ejemplo de esos que se consideraban dueños y señores, no solo materiales sino también espirituales, del suelo que pisaban, eran los Baskardo. Uno de los linajes originales de ese Getxo que hasta bien entrado el Medievo estuvo libre del influjo del cristianismo. Villa al lado del mar, territorio de leyendas como la del altar destinado a la basílica romana de San Pedro y que acabó convertido en barra de la venta donde se juntaban cada día los clientes de los Ermo. Donde acudían también los Altube cuando se lo permiten sus compromisos con la tierra y sus calendarios de siembras y recogidas.

Estos apellidos son algunos de los que dan identidad a los personajes, protagonistas y secundarios, de esta novela. A través de ellos vemos, vivimos y damos forma a la transformación de una tierra que dejó de ser gobernada por la madera para pasar a serlo por el hierro y donde el naciente nacionalismo político sustituyó el purismo de la sangre por lo abultado de las cuentas corrientes.  La tierra convulsa es un título ambicioso, su objetivo es abordar todas las piezas que conforman no solo las relaciones entre los vecinos de Getxo, sino también de su identidad como sociedad. Un fin para el que Ramiro Pinilla no se establece límite alguno y le dedica a cuanto considera las páginas y la narración que su inspiración le demanda.

Queda claro que sabe escribir, que tiene verbo y retórica, que sabe diseccionar, profundizar y detallar, manteniéndose siempre fiel a su idea de darnos a conocer qué hay detrás de lo que se ve, cómo piensa esa persona, qué mecanismo energético hay tras esa realidad, qué múltiples acontecimientos dieron pie a ese momento que nos parece que fue solo un instante. Sin embargo, hay pasajes en que es excesivo el nivel de milimétrico detalle al que llega, la prosa pesa más que la ficción y esta se resiente del ardid literario de su autor. De todas maneras, un hándicap que merece la pena superar para pasar a Los cuerpos desnudos, el segundo volumen de Verdes valles, colinas rojas y seguir profundizando en la historia más social del País Vasco.

“Los Gondra (una historia vasca)”

Una familia, un pueblo, una nación a lo largo de un siglo. Del terrorismo practicado con pistolas y silencio, a la guerra civil entre hermanos, herederos de aquellos que se fueron por haber sido considerados traidores de una patria que no sentían suya. Un texto que llega a la esencia de las relaciones familiares y sociales en un montaje coral con una buena dirección de actores al que le sobran algunos artificios de su puesta en escena.

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Borja Ortiz de Gondra abre la función desde el centro del escenario como autor, narrador y actor novel. Antes que los demás actores –que interpretan, cantan y bailan- sale él para contarnos que lo que vamos a ver y escuchar no es la historia de una familia de ficción, es la de una auténtica, la suya. Un ejercicio de autobiografía colectiva cuyos resultados seguro han asombrado a Borja en muchos sentidos. No es lo mismo la sensación interior de lo vivido, y la recreación mental de lo escuchado, que la encarnación corporal de todo esto a cargo de terceros. Seguro que ha sentido una amalgama de emociones y ha tomado conciencia de realidades que antes le pasaron desapercibidas o para las que no tuvo la fuerza o las habilidades necesarias para hacerles frente. Un arriesgado reto en el que se sumerge este hermano, hijo, nieto y bisnieto buscando en lo más actual y cercano de su familia los hilos narrativos que la conforman. Un viaje que le lleva en una primera parada a la oscuridad etarra de 1985, de ahí a la opresión dictatorial de 1940 y finalmente hasta 1898,  año de vuelta de muchos de aquellos obligados a emigrar a América en 1874.

Una boda y un coche bomba ponen de relieve los vínculos biológicos que unen a los Gondra, pero también los ideológicos que les separan. En Algorta se convive con aquel que está cercano a los que asesinan, pero se es incapaz de hacer frente a esa realidad, se sabe que está mal, pero no se actúa frente a ello. Se responde con un silencio que el tiempo ha demostrado que no era mantenerse al margen, sino una enferma y cobarde complicidad que aun pide ser expiada y expurgada.

Sombras y pasajes sin iluminación de una falsa guerra que no era como la verdadera de casi medio siglo atrás en que quedó claro donde estaba cada uno, quién apoyaba a los nacionales y quién a los republicanos, quien optó por salvar su pellejo y quién por defender su ideales y principios, jugándose la vida en el frente, en la ruleta rusa de las redadas y en el terreno sin ley de la prisión. Una guerra civil que no solo enfrentó a españoles contra españoles, sino también a vascos contra vascos y a hermanos contra hermanos. Un conflicto del que no se podía escapar, o demostrabas cumplir las normas y hábitos del bando vencedor, o estabas condenado a castigo perpetuo. Una broma macabra que volvía a repetirse, la apisonadora del Estado centralista ya había intentado acabar con el sentido colectivo de las gentes de esta tierra bajo la excusa de haber optado por el bando equivocado en el momento de la sucesión monárquica (carlistas vs. isabelinos).

Todo un siglo, casi cien años en que los hijos evolucionan respecto a los padres y sus maneras de ver el mundo, y de tomar conciencia de su lugar en él, plantean conflictos a sus progenitores. Unas veces de valores (aceptación de la homosexualidad), otras ideológicos (la violencia como recurso para defender ideales) y en muchas ocasiones, combinándose con los anteriores, identitarios (contar con derechos adquiridos si se originario de la tierra que se pisa). Los Gondra es una lograda disección del costumbrismo euskaldún y de la convivencia de una familia que, aunque sea única, es también como muchas otras del País Vasco por el entorno cultural, social, ideológico y político tan intenso, exigente y presente en sus vidas cotidianas. Un marco del que difícilmente se podía uno mantener al margen, o se tomaba parte activa en él o este podría volverse en contra, respondiendo con una asfixiante opresión.

Casi dos horas de continuos diálogos en que todos estos aspectos quedan muy hilvanados y que no necesitan del recurso de las proyecciones a que son tan dados los centros con grandes equipamientos técnicos, como es el Teatro Valle-Inclán. No molestan, pero si no estuvieran harían que la palabra fuera aún más importante y protagonista de lo que Borja Ortiz de Gondra logra con su escritura y su apuesta por mostrarse, tanto a sí mismo como a su apellido.

Los Gondra (una historia vasca), en el Teatro Valle-Inclán (Madrid).