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“Los pilares de la sociedad” de Henrik Ibsen

Cuidado con los principios que articulan el bienestar, el honor y la reputación de la colectividad de la que formamos parte, porque además de encorsetarnos y oprimirnos pueden estar ocultando corrupción económica, injusticia social y avaricia personal. Cuatro actos en los que su fluidez literaria y su logrado retrato social se combinan con altas dosis de denuncia y reivindicación política.

Toda apariencia de perfección acaba revelando las grietas por las que demuestra que no era tal. Lo que se escondía termina saliendo a la luz, no solo destruyendo sino convirtiéndose en la tacha por la que serán considerados a futuro los responsables de semejante artífice. Ese es el temor del Cónsul Bernick, uno de Los pilares de la sociedad en 1877 de una pequeña localidad portuaria de Noruega, cuando reaparecen Johan y Lorna. Dos antiguos vecinos sabedores y víctimas del artificio sobre el que construyó su imagen pública hace quince años. Bases sobre las que ha cimentado desde entonces su liderazgo económico y político, así como su encarnación de la ejemplaridad pública a través de la familia que creó al casarse con Betty.

Sin embargo, dicha rectitud y supuesta moralidad amenazan con derrumbarse, lo que le sitúa en la diatriba de reconocer sus errores y ver cómo se arruina, o seguir escondiendo lo que sucedió -cueste lo que cueste- para mantenerse como figura poderosa e influyente. Un conflicto que Ibsen expone con claridad tras habernos introducido en las claves que articulan y definen a esta comunidad. Mujeres dedicadas a la logística del hogar y la intimidad y a complementar con sus sonrisas y buenas formas la labor como agentes sociales que desarrollan sus maridos. Más que ser bueno, lo importante es parecerlo.

Un maniqueísmo que exige homogeneidad, cumplimiento y anulación de la necesidad de libertad, del impulso de expresividad y el deseo de creatividad. Pero, aunque sea en petit comité y de manera poco audible, hay quienes no están dispuestos a dejarse callar e inmovilizar, aun a riesgo de verse ignorados y negados. Una situación límite de la que Henrik se sirve para introducir en su texto unas notas de feminismo ya que serán dos mujeres las que pondrán en duda el status quo de este lugar. La más joven revelándose contra su hipocresía y la que tiene unas convicciones morales sólidas -verdad y justicia- plantándole cara a su falsedad.

Pero el también autor de Casa de muñecas (1879) o Un enemigo del pueblo (1883) no se limita a las coordenadas personales, sino que refleja también algunas dinámicas del poder como el papel influyente sobre la opinión pública de la prensa, la prevaricación a la hora de definir proyectos que afectan a todos y el uso fraudulento de información confidencial en beneficio propio. Todo ello en un marco en el que se lucha por mantener las esencias de la que se considera una identidad propia frente a los efectos perniciosos de lo que, visto desde hoy, podríamos considerar primeras consecuencias a gran escala del capitalismo.

No solo opresión laboral y desigualdad de clases, sino también compromisos empresariales sin ética alguna, cuyas posibles consecuencias, tal y como expone Ibsen con sus inteligentes y complementarias tramas secundarias, pueden afectar a todos por igual. Sin sentenciar dogmáticamente, Los pilares de la sociedad abre el debate de cómo evolucionar y aprovechar los beneficios del progreso, sin por ello perder la perspectiva humana.

Los pilares de la sociedad, Henrik Ibsen, 1877, Nórdica Libros.

“Los años dorados” de Arthur Miller

Escrita con tan solo veinticinco años, su autor ya dejaba ver en ella los asuntos que le seguirían preocupando y el punto de vista desde que los observaría a lo largo de toda su carrera. El encaje del hombre en su sociedad, sus principios de gobierno y cómo estos hacen factible, o no, su bienestar individual y la convivencia con sus semejantes. Un análisis que se hace aún más incisivo al situarlo en el encuentro entre los conquistadores españoles y el imperio azteca a principios del siglo XVI.

Cuenta Arthur Miller en el prólogo que en el momento de escribir este texto, probablemente se vio influido por la postura que adoptaban el gobierno y la sociedad norteamericana en los primeros meses de la II Guerra Mundial. Como si no fuera con ellos, incluso con un punto de atracción ante el argumentario, la actitud y los logros que cada día transmitía, mantenía y conseguía el régimen nacionalsocialista. Pero como buen observador, lo que al autor de Después de la caída (1964) le llamaba la atención de esta situación no era qué hacía sugerentes a los nazis, sino qué vacío vital o falta de ética podría estar cubriendo su atractivo entre sus conciudadanos.

Años después entraría más de lleno en este tipo de cuestiones en títulos como Todos eran mis hijos (1947) o The archbishop’s ceiling (1977), pero en esta ocasión llevó su imaginación hasta un lugar y un tiempo anteriores. Hasta la llegada en 1519 de los conquistadores españoles, con Hernán Cortés a la cabeza, al imperio azteca, liderado por Moctezuma II. Dos civilizaciones que nunca antes se habían encontrado y entre las que rápidamente se desató un conflicto que le sirve a Arthur Miller para interrogarse sobre los límites de la libertad de culto y las imposiciones ideológicas. También para indagar sobre las excusas que utilizan en toda contienda los atacantes para ejercer la violencia y la barbarie, y las razones ocultas que pueden provocar que los asaltados no sean capaces de defenderse, tal y como podrían y deberían hacer en semejante situación.

Moralidad, existencialismo y búsqueda de propósito y sentido en un texto nunca llevado a escena. Su producción debe ser costosa, cantidad de personajes, vestuarios para trasladarnos a cientos de años atrás y elaboradas escenografías con las que simular suntuosos interiores de templos y palacios y los majestuosos exteriores de templos de la ciudad de Tenochtitlan. En el momento de su escritura la situación económica y política no lo permitió y después, tras el éxito aliado en la contienda, la moral del gigante yanqui anuló cualquier posibilidad de ver representadas historias en que los que encarnaban la cristiandad se comportaran como tiranos sanguinarios.

Hasta ahora Los años dorados tan solo ha podido ser escuchada en un montaje radiofónico de BBC Radio en 1987. No me consta siquiera que esté traducida al español (yo me hice con ella en una librería de segunda mano en Dublín en una edición que incluye otra obra, Un hombre con suerte, que Miller también escribió en 1940). Pero considerando las lecturas que se hacen hoy en día de la conquista de América, no sería descartable que alguien pusiera en marcha su primera producción. ¿La llegaremos a ver?

Los años dorados, Arthur Miller, 1940, Methuen Books.

“La ola verde (que sea ley)”, la lógica de los derechos humanos

En 2018 Argentina parecía estar dispuesta a aprobar el aborto legal, una práctica que bajo la sombra de la clandestinidad mata, deja malheridas y estigmatiza cada día a muchas mujeres. Una legalización defendida por los que lo han vivido de cerca y por los que tienen una visión legalista de los derechos humanos y a la que se oponen los que la contemplan como una cuestión inmoral bajo el prisma de la religión.

El procedimiento legislativo argentino obliga a que toda ley deba ser primero aprobada por el Congreso y después ratificada por el Senado. Hasta que esto no ocurre, el texto sometido a votación no pasa a formar parte del ordenamiento jurídico del país. La ola verde nos traslada hasta ese tiempo de esperanza e incertidumbre de hace dos años, entre el dictamen positivo de la primera cámara y a la espera del pronunciamiento de la segunda, en que el sueño de muchos parecía que se iba a convertir en realidad. Hoy sabemos que no lo consiguieron.

Y aunque Que sea ley (el lema de los manifestantes a favor) deja claro desde el primer momento que es un manifiesto en defensa de la legalización del aborto, su exposición no maniquea los argumentos a favor ni satiriza a los que están en contra. Está planteado como un documental más cercano al reportaje de investigación periodística que a lo cinematográfico a través de tres hilos conductores -realidad, experiencia y objetividad- que no solo expone, sino que analiza.

Relato a modo de hemeroteca audiovisual de las sesiones de debate en el Senado. Entrevistas a diferentes perfiles que tienen algo que decir sobre el tema (políticos, médicos, asistentes sociales y mujeres que han pasado por un aborto ilegal). Y datos, con la dificultad de obtener indicadores de fiabilidad absoluta al seguir siendo una práctica penada.

¿Cuáles son los perfiles de las mujeres que abortan en el país? ¿Cómo influye en que se queden embarazadas, sin desearlo, su nivel educativo, económico y las coordenadas familiares en que viven? ¿De qué prácticas abortivas se sirven para poner fin a una gestación no deseada? ¿En qué condiciones de salubridad son practicadas y bajo la dirección de qué clase de profesionales? ¿Qué ocurre cuando no sale bien y acuden al sistema sanitario para ser ayudadas? ¿Cómo son tratadas allí física y afectivamente? ¿Qué les ocurre después?

Pero La ola verde va más allá y tal y como relata Juan Diego Solanas, debatir sobre el aborto no es hacerlo únicamente sobre si llevar a término un embarazo no deseado, sino que implica cuestiones de gran calado sobre el régimen social y político en que vivimos y que no parecen formar parte del argumentario de los que se aferran a Dios y a la fe cristiana para negarse de manera tajante a él.

¿Les vamos a dar unas condiciones de vida dignas a los que hayan de llegar a nuestro mundo? ¿Qué ocurre si la gestante no está en condiciones (físicas y psicológicas) de poder afrontar el embarazo? ¿Qué ocurre con los casos de violación, especialmente cuando son menores?

Preguntas que nos llevan al terreno de las desigualdades endémicas, a la separación de clases (¿por qué para las que tienen dinero que abortan en el extranjero -aun siendo un proceso emocional difícil- no implica riesgos sanitarios extra?) que revelan que este asunto no es solo una cuestión feminista, sino un capítulo más de esa gran ambición por ser completamente conseguida que es la Declaración Universal de los Derechos Humanos (NN.UU., 1948) y cuyo primer artículo dice que todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.

“El dilema del doctor” de George Bernard Shaw

¿A quién debe salvar un médico? ¿Al primero que llame a su puerta, a quien le tenga más aprecio o a quien aporte al progreso de nuestra sociedad? ¿Dónde termina la práctica médica contrastada y comienza la experimentación con sus pacientes? Estos son las cuestiones éticas que en 1906 planteaba esta obra excelentemente dialogada, aunque dando prioridad a la exposición deontológica sobre su desarrollo dramático.

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La convivencia laboral entre Redpenny, el asistente del Doctor Ridgeon, y Emmy, su sirvienta, hace que El dilema del doctor parezca que vaya a ser una comedia costumbrista. Pero aunque nunca deja de lado los sarcasmos, la acidez y la ironía propia de la flema británica, Bernard Shaw va más allá para plantear cuestiones muy serias sobre los límites, posibilidades y dilemas de la medicina.

Todo comienza cuando a nuestro protagonista le nombran Sir y pasan por su consulta distintos colegas para felicitarle, dando pie a que se hable tanto de su labor investigadora (con aplicación al sistema inmunológico), como de los pacientes a los que puede haber ayudado (miembros de la realeza) y de las prácticas más novedosas (el uso de anestesia para realizar operaciones). El contrapunto a este ambiente científico lo provoca Jennifer, una mujer que se presenta en la consulta de Sir Ridgeon pidiendo que trate a su marido, Louis. Algo que rechaza hacer por tener su agenda completa hasta que descubre que es un artista especialmente brillante, ofreciendo entonces a la pareja acudir a un encuentro con sus colegas médicos.

Momento social que se utiliza para poner sobre el tablero de juego su propósito de confrontar las posibilidades curativas de la medicina con lo restringido de su alcance. Por un lado, las garantías por contrastar y consolidar de su métodos y medios, y los pocos profesionales conocedores de las mismas, así como que solo tuvieran acceso a ellos los pacientes que pudieran pagar las tarifas establecidas. Añádase por último el dilema de si desde un punto de vista moral hay personas más merecedoras que otras de atención y tratamiento y si los propios médicos pueden elegir a quién tratar o no.

Cuestión esta que Bernard Shaw utilizar para establecer una conexión emocional entre lectores/espectadores con la acción, al descubrir que el tuberculoso y joven artista deja, aparentemente, mucho que desear en términos de honestidad. Su manejo de los asuntos materiales, la libertad con que vive el sentimiento del amor y la consciencia sin tapujos con que habla sobre el don artístico que posee, junto a la mediación de su bella y resuelta mujer, dan a The doctor’s dilemma la tensión que necesita para compensar el excesivo peso que tienen en su trama los asuntos racionales.

Cabe pensar a favor del autor de la posterior Pygmalion (1912) que en la época en que escribió esta obra, estos temas debían ser protagonistas de un arduo y acalorado debate tanto en las altas instancias del pensamiento como en las páginas de la prensa (de cuyas pocas habilidades comprensoras y menores capacidades redactoras se burla abiertamente).

El dilema del doctor, George Bernard Shaw, 1906, Penguin Books.

“El abanico de Lady Windermere” de Oscar Wilde

El genio del teatro británico más esteta que nunca, deleitándose en el uso del lenguaje y enfrentando a sus personajes con conflictos entre hombres y mujeres y solteros y casados. Diálogos inteligentemente ligeros que destilan un humor ácido lleno de sarcasmo y revelan una corrosiva crítica de la alta burguesía londinense de finales del siglo XIX.

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Cualquier estado es a la vez su contrario en el juego de las apariencias. Oscar Wilde lo sabía muy bien y por eso no duda en plantear que la felicidad es el paso previo a la infelicidad. Quizás por una cuestión absurda de eso que llamamos karma, quizás también porque somos incapaces de disfrutar de lo que tenemos y somos –tanto en el terreno material como en el plano espiritual- en nuestra vida presente. Llegamos a ser ridículos, estúpidos incluso vistos desde fuera, estableciendo prejuicios con los que disculpar nuestras (auto) limitaciones e incapacidades con el único fin de sentirnos dueños y señores del pequeño mundo que es el entorno en que vivimos.

Pero cuidado, que esta no es una obra dramática o pesimista. Es un texto del autor de Un marido ideal, lo que implica un humor corrosivo y una ironía sinfín con la que se disfruta enormemente. Un continuo en el que el que se mantiene inicialmente al margen se ve después rodeado por un torrente satírico que no deja títere con cabeza. Así le ocurre a esa joven casada que juzga a las que considera mujeres de feas costumbres y peores intenciones hasta que por azar del destino se ve en una posición en la que ella misma se ve sentenciada de igual manera. O a su marido, que se inicia como una persona permisiva, liberal y de mentalidad abierta y a quien sentir su reputación afectada le revela como un hombre incrédulo y moralista.

En el entretanto, una realidad que poco a poco deja de ser transparente para convertirse en un espejo alegoría de la justicia que posteriormente revierte para, ya con la lección ética aprendida, devolver el equilibrio formal y emocional a su entorno. Unas horas en la vida social de un grupo de gente adinerada que parecen vivir únicamente de lo lúdico y no tener más actividad que múltiples compromisos sociales.

Un panorama de hombres y mujeres vestidos elegantemente, de formalidad cuando ambos sexos están en la misma habitación y solo sincero cuando los hombres están con los hombres y las mujeres con las mujeres. Relaciones a través de diálogos ligeros tras cuya impostura se esconde una banalidad que dice mucho sobre las diferencias de clases, la debilidad de la educación recibida y la falta de conexión con el mundo real. Intercambios verbales plagados de cinismos que destilan una tramposa pero también inteligente ambigüedad que no tiene mayor fin que el de deleitar.

Wilde no busca profundidad intelectual o plantear debates humanísticos o sociológicos, su único fin es impactar. Hoy en día este fin nos agrada, pero es de suponer que cuando se estrenó en 1892, El abanico de Lady Windermere no solo sorprendiera, sino que escandalizara incluso.