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“La muerte del artista” de William Deresiewicz

Los escritores, músicos, pintores y cineastas también tienen que llegar a final de mes. Pero las circunstancias actuales no se lo ponen nada fácil. La mayor parte de la sociedad da por hecho el casi todo gratis que han traído internet, las redes sociales y la piratería. Los estudios universitarios adolecen de estar coordinados con la realidad que se encontrarán los que decidan formarse en este sistema. Y qué decir del coste de la vida en las ciudades en que bulle la escena artística.

Aunque centrado en EE.UU., la conjunción de neoliberalismo y globalización en la que estamos inmersos desde hace décadas, a la que se ha unido el desarrollo de la tecnología, hace que podamos asumir como definitorio de los que vivimos en nuestro propio país cuanto Deresiewicz expone en este largo y detallado ensayo, basado en una profusa investigación previa (entrevistas, datos y citas bibliográficas).  El axioma está claro, si pagamos por lo que comemos, ¿por qué no lo hacemos por los trabajos artísticos que consumimos? ¿Por qué no les reconocemos el valor que tienen y la autoría, valía y dedicación de las personas que están tras ellos?

Como con tantas otras cuestiones, y aunque no es la única respuesta, pero sí la que articula su complejidad, la clave está en cómo ha cambiado la realidad política, económica y social de nuestro mundo desde finales de los años 70. En líneas generales, el arte dejó de ser considerado alimento para el alma, medio para fomentar el espíritu crítico y propulsor de coordenadas de comunidad para ser visto como un elemento a economizar y en el que invertir –tanto pública como privadamente- en función del rédito –marca, estatus o revalorización futura- que este pudiera generar.

Se puso el foco en el producto final, en el cuadro, el guión o la canción y en su tratamiento como una mercancía. Dejó de considerarse cuanto permite a su creador llegar hasta ahí. Conocer el pasado de la historia del arte a través del estudio y la experiencia directa y mantenerse al tanto del presente relacionándose con otros artistas, disponer de un lugar y tiempo durante el que practicar sin fin hasta dar con las claves con que definir un estilo propio, tener acceso directo a los intermediarios –galeristas, agentes, representantes- que conectaban con los potenciales compradores.

Esto ya ocurría antes, pero lo novedoso fue que iniciados los 80 comenzó la escalada de la especulación inmobiliaria –primero en EE.UU., después en Europa-, lo que obligó a que muchos artistas tuvieran que estar aún más pendientes de su cuenta bancaria que de su inspiración. Sin techo bajo el que vivir, poco hay que crear, así que primero garantizarse unos ingresos trabajando en lo que se pueda y después, si acaso, dedicarse a aquello para lo que están dotados. En el caso de las artes plásticas, el mundo económico, además, generó una nueva clase social que prostituyó el mercado, dinamitando los precios y haciendo que también en este sector la especulación fuera la norma.

Por su parte, los medios de comunicación exacerbaron el ideal romántico y bohemio, obviando el lado empresarial que todo artista tiene y transmitiendo al gran público el mensaje de que solo si eran lo suficientemente buenos serían reconocidos con etiquetas como la nueva joven promesa u otra similar. De manera paralela, se le ha ofrecido la zanahoria de la formación universitaria (licenciaturas, grados, cursos de especialización y posgrados) a los deseosos de llegar a ser artistas como manera de entender cómo funciona el mercado y hacerse un hueco en él. ¿De verdad es así o es otra manera de aprovecharse de sus recursos, de retrasar su entrada en las listas del paro y de convertirles en cantera de becarios y ayudantes que apenas cobrarán después?

Pero lo peor de todo ocurrió con la llegada de internet. Un medio que inicialmente se proponía como una plataforma con la que conocer la labor de personas a las que hasta entonces no habíamos tenido acceso, resultó ser la herramienta perfecta para devaluar su trabajo. Utilizamos sus fotografías sin licencia, descargamos sus canciones y sus novelas sin respetar su propiedad intelectual, vemos las películas en páginas que sabemos son ilegales… Algo de lo que somos tan responsables los usuarios como Google o YouTube que permiten existan dichos enlaces. ¿Por qué? Porque el tráfico que generan redunda en sus ingresos publicitarios. ¿Consecuencias? Se producen muchas menos películas, siendo el más afectado el denominado cine de autor, aquel que necesita que vayamos a las salas. Pantallas cada vez más llenas de remakes, sagas y spin-offs de personajes y seriales que no aportan nada extraordinario, pero que les aseguran ingresos a sus promotores. Podría parecer que las plataformas de streaming como Netflix o HBO son la solución, pero tal y como advierte Deresiewicz, cuidado con el oligopolio en el que se está convirtiendo esta nueva dimensión de lo audiovisual.

Y qué decir de las prácticas también monopolísticas de Amazon, una vez que se convirtió en el mayor vendedor del mundo de libros, cambió las reglas del juego en cuanto a precios de venta y márgenes. Curiosamente, la editorial que no las aceptara quedaba escondida en su tienda on line por el capricho de los algoritmos. Algo a lo que juega también Spotify, haciendo que a través de su sistema de listas y novedades, las canciones más reproducidas sean las de un grupo mínimo de solistas y grupos, dejando así con la miel en los labios, y sin apenas ingresos, a todos aquellos músicos que pensaron que a través de este servicio digital podrían darse a conocer y generarse su propio público.  

Siglos atrás los creadores eran artesanos que trabajaban por encargo de la iglesia. Después pasaron a ser artistas gracias al mecenazgo de los monarcas. Tiempo después llegarían los encargos de la burguesía. Con la llegada del capitalismo muchos se liberaron de cualquier dependencia y su labor comenzó a ser producto de un impulso más libre que después era reconocido por los que se convertían en sus clientes. No dejemos que el libre mercado y su supuesta autorregulación, ruido que algunos denominan democracia y libertad, acabe con algo tan inherente al ser humano como es la expresión artística.

La muerte del artista, William Deresiewicz, 2020, Capitán Swing Libros.

“Las amistades peligrosas” de Christopher Hampton

Novela epistolar convertida en un excelente texto teatral lleno de intriga, pasión y deseo mezclado con una soberbia difícil de superar. Tramas sencillas pero llenas de fuerza y tensión por la seductora expresión y actitud de sus personajes. Arquetipos muy bien construidos y enmarcados en su contexto, pero con una violencia psicológica y falta de moral que trasciende al tiempo en que viven.

Dos siglos después de que Pierre Choderlos de Laclos publicara en 1782 su famosa novela, Christopher Hampton la convirtió en una apasionante dramaturgia para la Royal Shakespeare Company. Poco después, en 1988, él mismo la adaptaría al cine en el que es uno de los duelos interpretativos más fascinantes del séptimo arte, el que mantuvieron Glenn Close y John Malkovich como Madame de Merteuil y el vizconde de Valmont. Dos personajes que no tienen más principios y objetivos que su ego. Apoyándose inicialmente el uno en el otro, pero cuando esto no les basta, lanzándose a una batalla psicológica en la que solo puede haber un ganador y superviviente.

Una alianza y un enfrentamiento en el que cuentan con la ventaja de su posición social y su despreocupación por los asuntos materiales, pero en el que él juega, además, con el hecho de ser hombre y las licencias que suponen la arrogancia y la hipocresía del heteropatriarcado (aunque en aquella época este concepto no existiera). Como contrapeso, ella dispone de la inteligencia, astucia y frialdad de quien se construyó a sí misma sabiendo distinguir entre lo que quieres y lo que los demás esperan de ti, entre lo que sientes y lo que has de transmitir. Él, en cambio, más ladino, despliega la ampulosidad y la sinuosidad de sus formas, engañando a los que caen en sus trampas y deleitando a los que saben de sus intenciones. Juntos son también un frente de madurez, paciencia y saber estar frente a la inexperiencia, la ignorancia y la falta de visión de los más jóvenes.

Un tablero de juego en el que ¡ay! de los secundarios que se vean involucrados. Un manual de educación emocional, sentimental y sexual trazado por de Laclos que Hampton sintetiza en una sucesión de escenas en las que no hay una sola gratuidad. No hay frase, por muy banal o ligera que sea que no dé en el blanco, ni encuentro en el que la oportunidad no se aproveche del azar. Sin llegar a monologar, hay intervenciones impactantes como cuando Merteuil relata los mecanismos de los que se sirvió en su muy particular instrucción. O la manera en que se va intensificando la atmósfera de sus encuentros con su contraparte, evolucionando desde la camaradería hasta un cisma de consecuencias imprevisibles.

La fluidez es la norma, pero siempre con dobles intenciones. Unas veces explicitadas y compartidas con el lector/espectador y otras tan bien invisibilizadas que cuando finalmente eclosionan, denotan un plan perfectamente trazado que nos disturba y afecta casi tan hondamente como a sus víctimas.  De fondo, los usos y costumbres -la ópera, las segundas residencias, la doble vida de unos y otros- de la aristocracia francesa, así como las maneras en que se relacionaban a la hora de establecer interesadamente alianzas y parentescos en los años previos a que cayera sobre ellos la guillotina de la Revolución.

Les liaisons dangereuses, Christopher Hampton, 1985, Faber & Faber.

Y después, ¿qué?

El aislamiento físico, que no social por obra y gracia de la tecnología, está haciendo que estas sean jornadas de reflexión y de no pensar, de dejarse llevar sin más y de reparar sobre asuntos en los que no lo hacíamos hasta ahora. De escuchar opiniones que iluminan y leer análisis que decepcionan. De echar la vista atrás para intentar comprender qué nos ha llevado hasta aquí y mirar hacia adelante para dilucidar cómo resolveremos y superaremos las consecuencias de lo que estamos viviendo.

Esto no acaba aquí. Las crisis no finalizan cuando se ha resuelto la urgencia y se cree tener la situación bajo control. Si no se actúa correctamente, ese puede ser un momento tan o más peligroso y potencialmente desestabilizador que los, aparentemente, ya superados. Hay que tomar buena nota de lo sucedido, de cómo nos hemos sentido, de quiénes han dado lo mejor de sí mismos (sanitarios desbordados, transportistas, cajeros y limpiadores soportando los servicios básicos, fuerzas y cuerpos de seguridad manteniendo el orden por el bien de todos), han enfermado o se han quedado en el camino por el dichoso virus. De cómo vamos a levantar los negocios y los medios de ganarse la vida, temporal o definitivamente, derrumbados; acompañar anímica y emocionalmente a los recuperados; y honrar a los que, por desgracia, ya no nos acompañan. Personas con nombres y apellidos, que dejan un vacío en sus familias, círculos de amigos y conocidos, que han de ser respetadas y no formar parte, más que en este sentido, de argumentario ideológico alguno.

Autocrítica antes que crítica. Mirar primero dentro de uno mismo para identificar qué no se hizo y qué se podría haber hecho mejor o de manera más efectiva y eficiente. Qué o a quién no se tuvo en cuenta y por qué. Si por desconocimiento de las habilidades y posibilidades de la institución o personalidad a la que se debería haber recurrido. Si por falta de conocimiento técnico, experiencia o de habilidades como la empatía y el diálogo. O de principios como la honestidad y la transparencia. O por exceso de ego, soberbia e indignidad, tanto de los encargados de gestionar la situación (a nivel científico, administrativo y gubernamental) como de los de interrogar sobre su actuación (oposición política, medios de comunicación).

Aceptar la imposibilidad de controlarlo y saberlo todo. La naturaleza está por encima del hombre y si algo nos ha dejado claro estas semanas es que somos un elemento más del ecosistema al que da vida. No hay otra opción más que la de respetarla, valgan como ejemplo imágenes como el cielo de grandes urbes sin su característica boina de contaminación o la inaudita transparencia de las aguas de otras tantas ciudades, libres de los miles de turistas que las abarrotaban a diario hasta hace bien poco. Considerarla únicamente como un instrumento, medio o recurso al servicio de nuestra productividad, rentabilidad y funcionalidad nos llevará a darnos de bruces, una y otra vez, contra su poder, fuerza y energía.

Tenemos que cuidar la salud para que la economía vuelva a ser lo primero“, escuché días atrás al Ministro de Sanidad. Claro que la economía es importante, fundamental, básica y prioritaria, pero ¿no debiéramos ser lo primero, y siempre, las personas? ¿Cómo? A través de los pilares del llamado estado del bienestar (sanidad, educación, cultura, derechos laborales…). Un punto fundamental del análisis que debemos hacer tras superar la fase más crítica de lo que estamos viviendo, evitar muertes, será reflexionar sobre el sistema que estructura, dirige y nuestro modelo de sociedad y en el que todo, absolutamente todo, parece estar supeditado a la monetización, valoración y maximización económica y al individualismo, clasismo y sálvese quien pueda que este enfoque, en mayor o menor medida según el país, región o lugar en el que pongamos el foco, suele traer consigo.

Si de verdad queremos ser sostenibles, debemos entender unanimemente que la sostenibilidad no consiste en un ajardinar lo que, por otro lado, esquilmamos medioambientalmente; justificar con eufemismos y discursos vacíos el enriquecimiento de unos pocos a costa de la dignidad de muchos; y compensar con caridad marketiniana el maltrato y la explotación humana que ejercemos fuera de nuestro campo de visión. Solo así, y considerando este enfoque en nuestro ámbito de actuación, por muy pequeño que este nos parezca (a la hora de consumir, viajar o votar) conseguiremos resultados que nos permitan ser una sociedad más cohesionada y coherente y en la que todos sus integrantes tengamos iguales oportunidades, tanto de vivir de manera satisfactoria como de, asumiendo las responsabilidades que nos corresponden, colaborar activamente en su progreso y desarrollo.

“La ola verde (que sea ley)”, la lógica de los derechos humanos

En 2018 Argentina parecía estar dispuesta a aprobar el aborto legal, una práctica que bajo la sombra de la clandestinidad mata, deja malheridas y estigmatiza cada día a muchas mujeres. Una legalización defendida por los que lo han vivido de cerca y por los que tienen una visión legalista de los derechos humanos y a la que se oponen los que la contemplan como una cuestión inmoral bajo el prisma de la religión.

El procedimiento legislativo argentino obliga a que toda ley deba ser primero aprobada por el Congreso y después ratificada por el Senado. Hasta que esto no ocurre, el texto sometido a votación no pasa a formar parte del ordenamiento jurídico del país. La ola verde nos traslada hasta ese tiempo de esperanza e incertidumbre de hace dos años, entre el dictamen positivo de la primera cámara y a la espera del pronunciamiento de la segunda, en que el sueño de muchos parecía que se iba a convertir en realidad. Hoy sabemos que no lo consiguieron.

Y aunque Que sea ley (el lema de los manifestantes a favor) deja claro desde el primer momento que es un manifiesto en defensa de la legalización del aborto, su exposición no maniquea los argumentos a favor ni satiriza a los que están en contra. Está planteado como un documental más cercano al reportaje de investigación periodística que a lo cinematográfico a través de tres hilos conductores -realidad, experiencia y objetividad- que no solo expone, sino que analiza.

Relato a modo de hemeroteca audiovisual de las sesiones de debate en el Senado. Entrevistas a diferentes perfiles que tienen algo que decir sobre el tema (políticos, médicos, asistentes sociales y mujeres que han pasado por un aborto ilegal). Y datos, con la dificultad de obtener indicadores de fiabilidad absoluta al seguir siendo una práctica penada.

¿Cuáles son los perfiles de las mujeres que abortan en el país? ¿Cómo influye en que se queden embarazadas, sin desearlo, su nivel educativo, económico y las coordenadas familiares en que viven? ¿De qué prácticas abortivas se sirven para poner fin a una gestación no deseada? ¿En qué condiciones de salubridad son practicadas y bajo la dirección de qué clase de profesionales? ¿Qué ocurre cuando no sale bien y acuden al sistema sanitario para ser ayudadas? ¿Cómo son tratadas allí física y afectivamente? ¿Qué les ocurre después?

Pero La ola verde va más allá y tal y como relata Juan Diego Solanas, debatir sobre el aborto no es hacerlo únicamente sobre si llevar a término un embarazo no deseado, sino que implica cuestiones de gran calado sobre el régimen social y político en que vivimos y que no parecen formar parte del argumentario de los que se aferran a Dios y a la fe cristiana para negarse de manera tajante a él.

¿Les vamos a dar unas condiciones de vida dignas a los que hayan de llegar a nuestro mundo? ¿Qué ocurre si la gestante no está en condiciones (físicas y psicológicas) de poder afrontar el embarazo? ¿Qué ocurre con los casos de violación, especialmente cuando son menores?

Preguntas que nos llevan al terreno de las desigualdades endémicas, a la separación de clases (¿por qué para las que tienen dinero que abortan en el extranjero -aun siendo un proceso emocional difícil- no implica riesgos sanitarios extra?) que revelan que este asunto no es solo una cuestión feminista, sino un capítulo más de esa gran ambición por ser completamente conseguida que es la Declaración Universal de los Derechos Humanos (NN.UU., 1948) y cuyo primer artículo dice que todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.

10 novelas de 2018

Títulos publicados tanto a lo largo de los últimos meses como en años anteriores. Autores españoles y residentes en EE.UU. Recuerdos de la infancia, frescos históricos, crónicas sobre el amor y el desamor y denuncias de la injusticia y la desigualdad.

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“V y V. Violación y venganza” de Pilar Bellver. Con la estructura y el desarrollo tranquilo y de amplio alcance de los clásicos de la literatura del XIX a los que hace referencia, uniéndole una profunda exposición de sus personajes protagonistas a través de unos diálogos –conversados, redactados a mano o tecleados como e-mail- escritos de manera maestra. La historia de dos hermanas de apellido noble a lo largo de un tiempo –desde la pequeña España de los 80 hasta el mundo global del s. XXI- bajo el eterno freno y la pesada sombra del siempre omnipresente yugo invisible del heteropatriarcado.

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“Sol poniente” de Antonio Fontana. Volver la mirada a la Málaga de cuando se era niño para dejar aflorar los recuerdos de aquellos años en que se forjó nuestra identidad. Un ejercicio de intimidad en el que las palabras son el medio para llegar a las sensaciones que se quedaron grabadas en la piel, las verdaderas protagonistas de esta delicada novela. Un relato auténtico, que desprende nostalgia con simpatía y buen humor pero sin añoranzas sentimentales, celebrando que somos el resultado de quienes fuimos y de cuanto nos aconteció.

SolPoniente

“Las tres bodas de Manolita” de Almudena Grandes. Con su habitual saber hacer literario, Grandes desarrolla una serie de tramas en las que los acontecimientos históricos se combinan a la perfección con los dramas personales de sus protagonistas. El tercer episodio de su saga sobre el conflicto interminable que fue la Guerra Civil es una novela que nos permite conocer cómo era la vida de aquellos que intentaron mantener la ilusión a pesar de haber sido derrotados por el fascismo y continuar torturados por el franquismo.

LasTresBodasDeManolita

“El invitado amargo” de Vicente Molina Foix y Luis Cremades. El recuerdo del amor vivido visto con la perspectiva de las tres décadas transcurridas desde entonces. Del ímpetu, el desconocimiento y la experimentación de los que se inician como adultos al reposo, la retirada y el balance de los ya instalados en la madurez. Un intercambio folletinesco con dos voces narradoras, capítulos escritos por separado que enfrentan y complementan dos puntos de vista sobre un enamoramiento difuso y una relación que nunca terminó de cuajar pero que tampoco llegó a disolverse.

ElInvitadoAmargo

“Llámame por tu nombre” de André Aciman. Una lograda expresión del deseo y la pasión a los diecisiete años. Una narración obsesiva que quiere entender lo que está sucediendo, anárquica en su búsqueda de palabras con las que expresarse, desesperada por convertirlas en hechos que hagan que las emociones individuales se conviertan en sensaciones compartidas. Una historia guiada por el latido del corazón y el impulso de la libido de sus protagonistas.

LlamamePorTuNombre

“Un incendio invisible” de Sara Mesa. La bancarrota y hecatombe de Detroit le inspiran a Sara Mesa una historia sobre una ciudad apocalíptica en la que no quedan más que personas abandonadas o sin lugar al que ir. Una urbe en la que todo lo que conforma nuestro modelo de bienestar alcanza tal nivel de degradación que peligra hasta la convivencia y el carácter humano de las personas. Una inteligente y sugerente ficción que juega con logrado acierto a exponer, sin enjuiciar, la deriva moral de lo que está relatando.

UnIncendioInvisible

“Lecciones de abstinencia” de Tom Perrotta. A caballo entre la sátira y un despiadado realismo, esta novela muestra el control que el fundamentalismo religioso pretende tener de todo individuo convirtiendo su vida privada -el sexo, el consumo o los hábitos lúdicos- en un continuo campo de batalla. Un sarcástico retrato de la clase media estadounidense y de la decadencia de su modelo de sociedad, de su falta de cohesión, de sus endebles valores y de su falta de rumbo.

LeccionesDeAbstinencia

“Middlesex” de Jeffrey Eugenides. Varias buenas novelas en una única y genial. Un muy bien guiado recorrido por el mundo global que va de los conflictos entre Turquía y Grecia tras la I Guerra Mundial al Berlín posterior a la reunificación alemana pasando por el EE.UU. acogedor de miles de refugiados en los años 30 hasta la extensión del movimiento hippie en los 70. Dentro de él una saga familiar que aúna a la perfección lo antropológico y lo sociológico con lo vivencial y lo emocional. Y también un relato valiente, pedagógico, sensible y acertado sobre la verdad y la realidad de la intersexualidad.

Middlesex

“Honrarás a tu padre” de Gay Talese. Excelente crónica publicada en 1971, entre la ficción literaria y la objetividad periodística, sobre la evolución de la Mafia en la ciudad de Nueva York –y sus ramificaciones en otras partes de EE.UU.- en la que las influencias y las luchas de poder se combinan con la vida personal y familiar de Bill Bonanno. Un sobresaliente retrato de las raíces, las motivaciones y los fines de aquellos que hacían de la ilegalidad –cuando no, la criminalidad- las coordenadas en las que desarrollaban sus trayectorias vitales.

HonrarasATuPadre

“Haz memoria” de Gema Nieto. La historia de tres generaciones de mujeres que es también la no contada de muchas familias de nuestro país. De un tiempo aun convulso que pide volver a él para calmar los asuntos pendientes, para darle luz a aquellos pasajes vividos a escondidas y después condenados al olvido. Una sentencia de negación que anuló el futuro de los que sobrevivieron y lastró a sus descendientes.

HazMemoria

“Palabra de Lorca. Declaraciones y entrevistas completas”

Si leer o escuchar representadas sus creaciones es un goce para el alma y los sentidos, no menos lo es adentrarse en su persona a través de lo que recogieron múltiples publicaciones periodísticas a lo largo de su corta vida. Además de su extraordinaria sensibilidad, estos artículos, entrevistas y reportajes dejan clara la transparencia y diafanidad de un hombre cuya máxima fue siempre la de transmitir con honestidad aquello que hacía único, a la par que universal, a su pueblo.

PalabraDeLorca

Quizás sea la figura más nombrada de la historia de la literatura española, pero el hecho de que aún no sepamos dónde reposa su cuerpo tras aquella cruel madrugada del 18 de agosto de 1936 demuestra que todavía queda mucho por conocer y recuperar de él. Tanto de su obra y de su vida como de su intimidad, de quién era más allá de las páginas que escribió, de las conferencias que impartió y de los amigos, familiares y personalidades con quien se le vio en público.

El que hasta más de 80 años después de su muerte no se haya publicado un volumen como este, Declaraciones y entrevistas completas,  evidencia tanto esta realidad como la de su otra cara, la negación que por distintos motivos –censura política y prejuicios sexuales, fundamentalmente- ha sufrido su persona y, por su extensión, su obra.  En este sentido, no queda otra que alabar el trabajo de investigación realizado por Rafael Inglada con la colaboración del periodista Victor Fernández, y el legado que este título supone para estudiosos y entusiastas de la figura de Federico.

Palabra de Lorca se inicia con un joven entusiasta que comienza a ser conocido en 1922, a sus 24 años, por sus primeras poesías y llega hasta 1936, hasta un hombre consolidado en la escena cultural como un extraordinario poeta y un excelente dramaturgo. No solo un gran creador sino también un convencido del papel cultural, identitario y pedagógico del teatro, tal y como hizo al frente de La Barraca (1932-1934) llevando la tradición de los grandes clásicos –Lope de Vega, Tirso de Molina, Calderón, Cervantes,…- al colectivo más llano de un pueblo obviado por unos gestores y autores entregados a las banalidades que demandaba la burguesía urbana de las décadas de los 20 y los 30.

Todo lo contrario de lo que pensaba de la poesía de su tiempo, declarándose admirador de nombres como Vicente Aleixandre, Rafael Alberti, Rubén Darío o Juan Ramón Jiménez. Un terreno este, el del verso, que fue el que le convirtió en una figura pública, sobre todo a raíz de la publicación en 1928 del Romancero gitano. Para entonces ya había demostrado con Mariana Pineda su potencial dramático y su capacidad de captar lo más individual, íntimo y local y transmitirlo conectando con lo que eso tiene de común y universal con cualquier otro individuo a lo largo del mundo. Después llegarían otras dramaturgias que, tal y como cuenta, ya estaban en su cabeza o habían comenzado a tomar forma, como Doña Rosita la soltera o Bodas de sangre y Yerma, títulos con los que se propuso hacer actual la tragedia griega y lo consiguió con extraordinario éxito de crítica y público.

Capítulo aparte de sus vivencias son sus viajes. He ahí la intensidad con que transmite el hondo resonar que le provocó el mar de acero, hormigón e inhumanidad de Nueva York que daría como resultado el poemario allí situado. Nada que ver con su paso por La Habana o sus estancias posteriores en Montevideo y Buenos Aires, ciudades en las que disfrutó con la fantástica recepción que tuvieron sus obras y sintiéndose como uno más en la sociedad de aquellos países con los que compartía idioma y referentes históricos literarios.

Curioso es también leer cómo le describen los otros. Alegre, jovial y extrovertido en sociedad, un niño grande con los suyos, escurridizo con los periodistas insolentes, e introvertido e inmerso en su profundidad interior cuando estaba a solas. Una sombra esta que se fue haciendo más patente a medida que la inestabilidad política enrarecía el clima social español, y del Madrid en el que vivía, a lo largo de 1935 y 1936. Hasta que estalló la contienda que le encontró en casa de sus padres en la vega granadina, de donde le sacó para asesinarle.

Palabra de Lorca no se acaba ahí, sino que sigue a través del recuerdo que algunas firmas le dedicaron años después, atreviéndose a entrar –aunque no con total apertura- en aquellos aspectos que le condenaron, su homosexualidad y su planteamiento público en pro de una cultura accesible para toda la sociedad y no como algo elitista y restringido para aquellos que hicieran de ella un símbolo y señal de su clase social y económica. En definitiva, un volumen extenso, con artículos y entrevistas firmadas por toda clase de autores y calidades, pero que resulta fantástico para descubrir el lado más espontáneo, dialogante y conversador  de un hombre profundamente reflexivo y tan sensible como creativo y visionario.

“El viaje de Nisha”

De Noruega a Pakistán por imposición familiar en una cinta que nos plantea hasta dónde alcanza la integración real en nuestro sistema occidental de las familias que acuden buscando nuevas y mejores oportunidades desde otras culturas. Una convivencia que genera un fuerte conflicto generacional entre los que llegaron, los padres que siguen los dictados en los que se educaron a miles de kilómetros, y los ya criados aquí, los hijos que asumen con naturalidad los modos y maneras del que es su entorno natural.

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Nisha es una adolescente que con sus amigos habla en noruego, coquetea con el alcohol y el tabaco, baila, viste ropa atrevida y lleva el pelo suelto. Cuando llega a casa, se comunica con los suyos en urdu y su madre le exige que utilice prensas holgadas y completamente abrochadas, que salude educadamente a las visitas y colabore en la cocina. Un hogar al que llegaron sus padres desde Pakistán, país que dejaron buscando prosperar materialmente, atravesando para ello Europa hasta llegar a este lugar del mundo en el que se han hecho un hueco a base de realizar aquellos trabajos que los locales rechazan. Sin embargo, tras la puerta de su casa, sus costumbres y reglas de convivencia son las mismas con que se regían a 6.600 kilómetros de donde están ahora.

Cuando como resultado de la edad se produce el choque entre lo que se dicta en la residencia familiar –virginidad hasta el matrimonio- y lo que se hace en el ambiente social –flirtear con los chicos-, Nisha se ve envuelta en una espiral de opresión y desconcierto psicológico que no se ve resuelta hasta que los fríos y ordenados ambientes nórdicos son sustituidos por los calurosos y anárquicos pakistaníes a los que es trasladada obligatoriamente por su padre para su reeducación. Un cambio de coordenadas geográficas con una lógica argumental totalmente convincente, pero que en su plasmación en la pantalla se deja por el camino buena parte de la tensión  y ansiedad que había conseguido transmitirnos.

A partir de ese punto de inflexión comienza la dura aventura de la supervivencia, de la lucha de nuestra protagonista por sobrevivir mentalmente en un ambiente en el que no tiene más opción que la de someterse. Sin embargo, la inquietud que sentimos en esta parte de El viaje de Nisha se debe más a la lejanía espiritual y moral que tienen para nosotros las distintas situaciones –familiares, sociales y legales- a que ha de hacer frente esta joven noruega de rasgos pakistaníes, que a una atmósfera angustiosa conseguida con su guión y dirección por Iram Haq.

No se pierde en ningún momento el sentido de lo que se nos está contando, pero sí que tiene alguna secuencia de tintes costumbristas cuyo propósito resulta difuso, pareciendo más propias de un telefilm en el que hay que rellenar minutos de emisión televisiva, que de un ejercicio de intentar conseguir una buena película. Afortunadamente un propósito que no olvida y en el que se vuelve a centrar en su tramo final volviendo a hacer del drama de la injusticia, del chantaje de la lealtad familiar y de la crueldad del maltrato psicológico su leit motiv.