Archivo de la etiqueta: Xenofobia

“The pain and the itch” de Bruce Norris

Tras una aparente comedia costumbrista sobre las relaciones humanas, esta cena de Acción de Gracias revela un drama de múltiples dimensiones (matrimonial, familiar, fraternal, social,…) en el que todo está mucho más relacionado de lo que podríamos imaginar. Un texto que expone miedos y fantasmas con diálogos notables y un ritmo creciente muy bien estructurado y conseguido.

ThePainAndTheItch.jpg

Si en el cine tiene que ser difícil trabajar con niños, en teatro debe serlo aún más. La apuesta de Bruce Norris no es sencilla ya que el punto en torno al cual pivota esta obra es una niña de cuatro años, Kayla, que entra y sale de manera continua de escena. Ella es la hija de Kelly y Clay, anfitriones de la madre y el hermano del segundo, Carol y Cash, así como de la joven novia de este, Kalina, en la cena del último jueves de noviembre. Un tiempo pasado al que se vuelve desde una tarde nevosa de enero en que Kelly y Clay conversan protocolariamente con el señor Hadid, un hombre de apariencia norteafricana y portando un sombrero que le identifica como miembro de una cultura foránea.

Las indicaciones escenográficas de Norris son sencillas, con tan solo un cambio de luces nos trasladamos desde un presente en el que nos falta información para saber qué ocurre, a un ayer reciente en el que no acertamos a pronosticar en qué derivará una tensión cada vez mayor. Inicialmente esta es debida a cuestiones externas, en la casa debe haberse infiltrado un animal que se come los aguacates de la mesa de la cocina cuando nadie le ve, pero poco a poco comienzan a surgir asuntos relacionales que dejan ver un pasado repleto de argumentos pendientes. Temas por resolver que no se explicitan, pero que se demuestran corporal y verbalmente cargando la atmósfera y el tono de las conversaciones de emociones como el rencor, la ira o el enfado, aunque también hay ocasión para la ironía, la complicidad y la comedia.

En The pain and the itch se habla de manera casual sobre asuntos como los abusos (físicos y psicológicos) sufridos en la infancia (tanto en situaciones de guerra como en la convivencia familiar), se exponen y rebaten planteamientos xenófobos, se discute sobre la sociedad norteamericana y se comentan puntos de vista diferentes sobre el consumo de pornografía o el poder de la imagen sobre una correcta autoestima personal.

Pero quienes logran que su acción no se disperse ni se estanque en el pasado, sino que gire en torno al aquí y ahora, son sus dos personajes aparentemente más discretos, casi enigmáticos, la pequeña Kayla y el señor Hadid. Dos caracteres manejados con sumo acierto por su autor, que de manera sencilla, pero efectiva, intervienen dando entrada en escena a los elementos realmente desestabilizadores y conductores invisibles de cuanto está ocurriendo. De la manera más natural posible, aquella inherente a su identidad y rol con respecto a los que les rodean, hace que ambos se conviertan en las personas que den pie al punto de inflexión en el que las vidas de todos ellos ya no volverán a ser las mismas.

Aunque no llegue a su nivel, esta dramaturgia de Bruce Norris evoca a autores como Tennesee Williams o Arthur Miller, maestros en la disección de las dinámicas familiares, o títulos como ¿Quién teme a Virginia Wolf? (Edward Albee) y August. Osage County (Tracy Letts), textos en los que sus personajes viven auténticas catarsis. Curiosamente Letts estrenó esta última poco tiempo después de haber interpretado el personaje de Cash en sus primeras funciones en Chicago en 2005.

The pain and the itch, Bruce Norris, 2008, Northwestern University Press.

Anuncios

“Green book”, buena y efectiva

No nos relata nada que no sepamos acerca de qué suponía ser negro a principios de los 60 en EE.UU., especialmente en los estados del sur. Pero lo hace dando una lección sobre cómo se cuenta y se escribe cinematográficamente una historia, estructurándola correctamente, graduando su ritmo y construyendo unos personajes tan verosímiles como profundos y llenos de matices que Viggo Mortensen y Mahershala Ali interpretan con absoluta perfección.

GreenBook.jpg

El green book se publicó en EE.UU. desde 1936 hasta 1966. Era la guía de viaje de referencia para las personas de color, sus páginas les decían donde podían alojarse y comer si se desplazaban por su país para no tener problemas –ser rechazados, violentados o abusados en un local- con el racismo de sus conciudadanos blancos. Una publicación que entregan a Tony Lip, un descendiente de italianos residente en el Bronx, cuando acepta el trabajo de ser el chófer durante una gira de dos meses de un reputado pianista, el Dr. Shiley, por los estados más conservadores y xenófobos de su nación.

Basado en hechos reales, Green book evita todo aquello en lo que podría haber caído, ser un biopic o una road movie con pasajes musicales. O un, a estas alturas ya visto muchas veces, ejercicio emocional sobre la injusticia que suponían y la impotencia que debieron causar estas vivencias. Además de un recordatorio de que aunque hayamos avanzado legal y socialmente, estas situaciones se siguen produciendo hoy en día.

No, lo que Peter Farrelly ha co-escrito y dirigido se limita a cumplir su cometido, presentarnos unos personajes y contarnos la relación laboral y humana que establecen a lo largo de un corto período de tiempo. Más de medio siglo después, se supone que los espectadores ya estamos sobradamente informados sobre cómo se vivía entonces y somos lo suficientemente inteligentes como para hacer dobles lecturas y extraer nuestras propias conclusiones. Así, tras una introducción en la que nos da a conocer el nivel educativo, las relaciones familiares y la personalidad de ambos personajes, la película les sienta en el mismo coche y les hace comenzar a compartir y convivir.

Da igual cuánto de lo que vemos ocurrió realmente, cuánto es ficción y cuánto recreación quizás edulcorada. Lo importante es que el conjunto -siguiendo las mismas pautas que cualquier proceso de conocimiento mutuo- funciona sin transmitir en ningún momento un mensaje pretencioso, artificial o dogmático. Inicialmente se muestran muy superficialmente con pequeños gestos cotidianos que dejan clara la lejanía intelectual entre ambos, pero a medida que cada uno se acostumbra a la presencia física del otro se revelan emocionalmente en un entorno que no se lo pone nada fácil a ninguno de los dos. Ahí es donde surge el punto de encuentro que demuestra la igualdad de todos los seres humanos y el inicio para intentar construir una relación sincera, respetuosa e integradora de todas las características del otro.

Un terreno, el de la humanidad diáfana, en el que no hay más que lo que uno sea y en el que Mortensen y Ali imprimen a los hombres que interpretan una autenticidad que huye del recurso fácil que hubiera sido la caricatura en el primero y la aristocracia y el divismo de la genialidad del segundo. Ambos realizan un trabajo que opta por la dificultad de la sencillez, la espontaneidad y la naturalidad de uno y la sutileza, el detalle y la sensibilidad comedida del otro. De esta manera, su labor se complementa perfectamente con el guión y la dirección de Farrelly y hacen que aunque Green book no resulte una película original, sea buena y efectiva en su propósito.

10 películas de 2017

Cintas españolas y estadounidenses, pero también de Reino Unido, Canadá, Irán y Suecia. Drama, terror y comedia. Aventuras originales y relatos que nacieron como novelas u obras de teatro. Ficciones o adaptaciones de realidades, unas grabadas en el corazón unas, otras recogidas por los libros de Historia. Ganadoras de Oscars, Césars o BAFTAs o nominadas a los próximos Premios Goya. Esta es mi selección de lo visto en la gran pantalla este año.

10peliculas2017.jpg

Solo el fin del mundo“. Sin rodeos, sin adornos, sin piedad, sin límites, una experiencia brutal. Dolan va más allá del texto teatral del que parte para ahondar en la (in)consciencia de las emociones que tejen y entretejen las relaciones familiares. Las palabras cumplen su papel con eficacia, pero lo que realmente transmiten son los rostros, los cuerpos y las miradas de un reparto que se deja la piel y de una manera de narrar tan arriesgada y valiente como visualmente eficaz e impactante.

La ciudad de las estrellas (La La Land)“. El arranque es espectacular. Cinco minutos que dejan claro que lo que se va a proyectar está hecho con el corazón y que nos hará levitar sin límite alguno. La la land está lleno de música con la que vibrar, la magia de las coreografías y la frescura de las canciones consiguen que todo sea completo y felizmente intenso y la belleza, la fantástica presencia y la seducción que transmiten Ryan Gosling y Emma Stone que fluyamos, bailemos, soñemos y nos enamoremos de ellos ya para siempre.

Moonlight“. Un guión muy bien elaborado que se introduce en las emociones que nos construyen como personas, señalando el conflicto entre la vivencia interior y la recepción del entorno familiar y social en el que vivimos. Un acierto de casting, con tres actores –un niño, un adolescente y un adulto- que comparten una profunda mirada y una expresiva quietud con su lenguaje corporal. Una dirección que se acerca con respeto y sensibilidad, manteniendo realismo, credibilidad y veracidad al tiempo que construye un relato lleno de belleza y lirismo.

El viajante“. Con un ritmo preciso en el que se alternan la tensión con la acción transitando entre el costumbrismo, el drama y el thriller. Consiguiendo un perfecto equilibrio entre el muestrario de costumbres locales de Irán y los valores universales representados por el teatro de Arthur Miller. Un relato minucioso que expone el conflicto entre la necesidad de justicia y el deseo de venganza y por el que esta película se ha llevado merecidamente el Oscar a la mejor película de habla no inglesa.

Verano 1993“. El mundo interior de los niños es tan rico como inexplorable para los adultos, todo en él es oportunidad y descubrimiento. El de sus mayores es contradictorio, lo mismo regala abrazos y atenciones que responde con silencios sin lógica alguna, conversaciones incomprensibles y comportamientos inexplicables.  Entre esas dos visiones se mueve de manera equilibrada esta ópera prima, delicada y sutil en la exposición de sus líneas argumentales, honesta y respetuosa con sus personajes y cómplice y guía de sus espectadores.

Dunkerque“. No es una película bélica al uso, no es una representación más de un episodio de la II Guerra Mundial. Christopher Nolan deja completamente de lado la Historia y se sumerge de lleno en el frente de batalla para trasladar fielmente al otro lado de la pantalla el pánico por la invisibilidad de la amenaza, la ansiedad por la incapacidad de poder salir de allí y la angustia de cada hombre por la incertidumbre de su destino. Un meticuloso y logrado ejercicio narrativo que sorprende por su arriesgada propuesta, abduce por su tensión sin descanso y arrastra al espectador en su lucha por el honor y la supervivencia.

Verónica“. Hora y media de tensión muy bien creada, contada y mantenida sin descanso. Genera tanto o más horror y angustia la espera y la sensación de amenaza que el mal en sí mismo en ese escenario kitsch que es 1991 visto desde ahora. Una historia muy bien dirigida por Paco Plaza y protagonizada brillantemente por una novel Sandra Escacena.

Detroit“. Kathryn Bigelow ahonda en los aspectos más sórdidos de la conciencia norteamericana por los que ya transitó en “La noche más oscura” y “En tierra hostil”. Esta vez la herida está en su propio país, lo que le permite construir un relato aún más preciso y dolorosamente humano al mostrar las dos caras del conflicto. Detroit no solo es el lado oscuro de la desigualdad racial del sueño americano, sino que es también una perfecta sinfonía cinematográfica en la que intérpretes, guión y montaje son la base de un gran resultado gracias a una minuciosa y precisa dirección.

The square“. Esta película no retrata el mundo del arte, sino el de aquel que nos dice y cuenta qué es el arte. Dos horas y media de ironía, sarcasmo y humor grotesco en las que se expone la falsedad de esas personas que se suponen sensibles y resultan ególatras narcisistas.  Una historia que muestra entre situaciones paradójicas y secuencias esperpénticas el lado más ruin de nuestro avanzado modelo de sociedad.

Tierra de Dios“. Con el mismo ritmo con el que avanza la vida en el mundo rural en el que sucede su historia y transmitiendo con autenticidad la claustrofobia anímica y la posibilidad de plenitud emocional que dan los lugares de horizontes infinitos. Una oda a la comunicación, al diálogo y al amor, a abrirse y exponerse, a crecer y conocerse a través de la entrega y de ser parte de un nosotros.

“Smoking room”

Las circunstancias más cotidianas son las que mejor demuestran quiénes somos. Pedir dejar de pasar frío a la hora de fumar da pie en esta función a un carrusel de soberbia y ambición que dejan patentes los anhelos y miserias de seis hombres tan vulgares como sorprendentes en un entorno de lo más despiadado y competitivo. Diálogos reveladores e interpretaciones potentes en la adaptación teatral, con ecos de David Mamet, de una historia que vio la luz en 2002 como guión cinematográfico.

cartel_SMOKING-ROOM.jpg

Consideramos el trabajo como el lugar y tiempo en que ganamos el dinero que necesitamos para dar forma a nuestra vida personal, pero olvidamos que son también coordenadas y circunstancias en las que tras la fachada profesional dejamos ver facetas, ángulos y lugares interiores de quienes somos. Áreas de nosotros mismos que quizás desconocemos  o que asumimos como un personaje que ejercemos para evitar mostrar quiénes somos en realidad, pero a través de las cuales enseñamos más de lo que creemos, más de lo que estamos dispuestos a reconocer.

En Smoking room la petición de un espacio para fumar en la oficina no es más que la excusa para acceder al plano invisible de la emocionalidad de esas seis masculinidades corroídas por las distintas formas que puede tomar el orgullo cuando adopta el camino del miedo y la evitación o el de la arrogancia y la insolencia. Individualidades tan concretas y tangibles que contrastan con la abstracción e invisibilidad de las reglas que rigen la jerarquización de las relaciones en la corporación internacional en la que trabajan. Un cóctel hecho experiencia teatral a través de una conseguida compenetración de los dos elementos que dan forma a este arte y que confluyen en este montaje, texto e interpretaciones. Mérito que comparten a partes iguales Roger Igual y su elenco en un trabajo coral perfectamente sincronizado.

Los diálogos y monólogos ponen de relieve el protagonismo que tienen en las vidas de estos hombres sus frustraciones e incapacidades, vacíos que no solo no pretenden resolver sino que apuntalan a través de su egolatría –más apariencia que realidad-, falta de autocrítica e incapacidad para la escucha.  Un universo heteropatriarcal donde las justificaciones surgen y pasan en muchas ocasiones por la entrepierna y así todo lo que podría ser sensato, inteligente, creativo, original o templado adquiere siempre un punto visceral, primario y, precisamente por ello, creíble, cotidiano y cercano. Los personajes de esta ficción podrían ser perfectamente nuestros compañeros, vecinos o, incluso, cualquier otra persona a la que adscribir bajo la categoría de “cuñado”. O lo que es peor, ¡nosotros mismos! De ahí los momentos de risas y carcajadas, pero también los de asombro y estupefacción.

Un fondo de insatisfacción, además de otras vergüenzas deliberadamente ocultadas y camufladas bajo la sobrada autosuficiencia de Miki Esparbé, la meliflua equidistancia de Secun de la Rosa, el agresivo arrojo de Edu Soto, la asertiva equidistancia de Manuel Morón, el pretencioso gesto de Pepe Ocio y la sinuosa nadería de Manolo Solo. Imposturas bajo las que se deslizan enconadas amarguras personales, actitudes agresivas y suciedades como la del machismo o la xenofobia que además de entretenernos, nos dejan una sensación de desconcierto sobre la que reflexionar.

smokingroom2.jpg

Smoking Room, en El Pavón. Teatro Kamikaze (Madrid).

“Detroit” duele

Kathryn Bigelow ahonda en los aspectos más sórdidos de la conciencia norteamericana por los que ya transitó en “La noche más oscura” y “En tierra hostil”. Esta vez la herida está en su propio país, lo que le permite construir un relato aún más preciso y dolorosamente humano al mostrar las dos caras del conflicto. Detroit no solo es el lado oscuro de la desigualdad racial del sueño americano, sino que es también una perfecta sinfonía cinematográfica en la que intérpretes, guión y montaje son la base de un gran resultado gracias a una minuciosa y precisa dirección.

detroit-1024x379

De lo que ya es pasado a lo que es eterno, de lo que ocurrió en 1967 a lo que perdura, los sentimientos de las personas y las relaciones humanas. Un viaje de lo lejano a lo cercano, de lo específico de un lugar y un tiempo que a muchos nos es ajeno a aquello que somos todos. Esta es la equilibrada propuesta de Bigelow, sin caer en el academicismo historicista ni el melodrama épico propio de los norteamericanos, mostrar cómo nuestro hoy guarda muchas similitudes con el ayer de hace medio siglo.

Detroit sigue siendo una ciudad rota, entonces lo era racialmente y recientemente volvió a quebrar, en esta ocasión financieramente, siendo los más perjudicados los descendientes de su pasado. Las diferencias entre negros y blancos siguen a la orden del día en EE.UU., una mecha que acaba derivando en disturbios como los sucedidos este verano en Charlottesville o días atrás en St. Louis tras la absolución de un policía acusado de haber matado a un afroamericano de 24 años del que no se ha demostrado ni que portara armas ni que amenazara al agente.

Pero este Detroit no es un panegírico doliente sobre lo poco o nada que se ha cambiado. Su historia y mensaje es mucho más profundo, no se queda solo en lo visible, sino que va más allá para contarnos cómo se inicia la violencia, qué hay tras ella, de qué se alimenta, qué ocasiona y hasta dónde puede llegar su poder y capacidad de destrucción. Sin intenciones ni juicios moralistas, sin manipular ni posicionarse, dejando que los hechos hablen por sí mismos, pero contextualizándolos en las maneras y los valores del momento en que se produjeron.  Un espejo de cuyo reflejo no hay escapatoria porque no solo nos vemos en él como individuos, sino también como integrantes de una sociedad que, por activa o por pasiva, ha generado, permitido y convivido con ese tipo de realidades y comportamientos.

El ritmo de esta ciudad es trepidante, combinando el estilo del reporterismo periodístico cámara en mano con breves recursos documentales que dejan ver que la recreación no va más allá de lo que fue la realidad. Acto seguido el elemento protagonista es una cuidada fotografía que da forma a las atmósferas, personalidades y actitudes de los personajes que nos encontramos en los ambientes, mayoritariamente nocturnos, de esperanza y desilusión por los que se transita. Sentimientos y sensaciones que cuando se personalizan llenan la pantalla, ofreciendo el largo culmen emocional que ejemplifica a la perfección todos los elementos –sociales, institucionales, antropológicos, históricos, culturales, educativos,…- que conforman el caldo de cultivo y de actuación del racismo y del abuso policial.

Este Detroit solo tiene algo que serle echado en cara. Es una película tan buena y auténtica y con una dirección tan minuciosa, detallada y de resultados tan estremecedores que la consideremos solo como una obra cinematográfica y no, también, como un relato verosímil de lo que fuimos y quizás sigamos siendo.

“Matar a un ruiseñor” de Harper Lee

Una historia sobre el artificio y la ilógica de los prejuicios racistas, clasistas y religiosos con los que la población blanca ha hecho de EE.UU. su territorio, a través de la mirada pura y libre de subjetividades de una niña a la que aún le queda para llegar a la adolescencia. Una prosa que discurre fluida, con una naturalidad que resulta aún más grande en su lectura humana que en su valor literario y con la que Harper Lee creó un título que dice mucho, tanto sobre la época en él reflejada, los años 30, como de la del momento de su publicación, 1960.

MatarAunRuiseñor.jpg

El Museo de la Sexta Planta de Dallas está ubicado en el edificio de la plaza Dealey desde el que Lee Harvey Oswald disparó al Presidente Kennedy el 22 de noviembre de 1963. Alrededor de aquella ventana, considerada un punto de interés histórico nacional, está organizada una muestra sobre la carrera política de JFK en cuyo prólogo se cuenta cuál era el contexto social en el que esta se inició. En plena guerra fría contra los rusos y tras la consolidación de su liderazgo mundial una vez acabada la II Guerra Mundial, EE.UU. debía hacer frente a una serie de importantes tensiones internas que ponían en entredicho su supuesta democracia, siendo una de ellas las importantes diferencias, en términos de derechos, de la población negra (o eufemísticamente afro-americana) frente a los de piel blanca. Uno de los elementos utilizados por el museo para mostrar esta reivindicación de aquellos años es el argumento y el importante impacto que tuvo la publicación en 1960 de Matar a un ruiseñor.

El personaje narrador, Scout, es alguien limpio y objetivo en su manera de ver el mundo, libre de adjetivos calificativos, sin filtros que atiendan a valores no universales. Esta niña es ese individuo que la Declaración Universal de los DD.HH. aprobada por la ONU en 1948 aspira a que seamos toda persona, no solo en nuestro pensamiento, sino también en nuestra actuación –convivencia y comunicación- con nuestros semejantes. Para ella no hay diferencias en términos de sexo, color de piel, edad, práctica religiosa o nivel económico, todos somos iguales, vecinos, compañeros, conciudadanos,… Desde esa naturalidad nos muestra todo aquello que no comprende en esa pequeña localidad de EE.UU. en la que reside, todas esas relaciones en las que el diálogo se sustituye por el insulto, la cara amable por una mirada de desprecio, la mano tendida por el gesto de empuñar un arma.

Una realidad gobernada por múltiples prejuicios (segregación racial, diferencias de clase, prácticas religiosas) frente a la que choca de bruces la mente de una niña educada por su padre en valores como la convivencia, la escucha y la equidad y que él mismo ejemplifica tanto en su vida personal como en la profesional ejerciendo el Derecho. Padre e hija comparten punto de vista, aunque con la diferencia de contar, en el caso del primero, con el bagaje que da la experiencia de lo vivido, cuando ha de defender ante los tribunales a un hombre negro acusado de haber violado a una mujer blanca. Es entonces cuando las calles de Maycomb (estado de Alabama) se convierten en el escenario de una guerra de bajo volumen y sutiles movimientos en que el culpable, ese que lo es hasta que no demuestre su inocencia, no solo ha de hacer frente a las endebles pruebas contra su persona, sino también a los falsos conceptos que sobre los de color han promulgado y creado los blancos (al que dejas sin educación lo haces inculto, al que le niegas recursos le conviertes en un usurero,…).

El juicio es una más de las situaciones en la que la mente infantil, aquella con capacidad universal, libre de limites adquiridos, ha de hacer esfuerzo por entender un mundo en el que se desprecia al introvertido hasta encerrarle en vida, donde a los niños se les exige que ejerzan de miniaturas de adultos con fines decorativos o se penaliza socialmente a aquellos que no siguen las prácticas colectivas espirituales. La pequeña localidad en la que esto ocurre es como tantas otras en las que el diálogo solo sirve para reforzar la identidad entre iguales. Cuando no se siguen estas normas no escritas, el lenguaje se convierte en un arma de confrontación con la que iniciar un enfrentamiento que, en ocasiones, va más allá de lo dialéctico.

Detrás de este sensible realismo y la completa radiografía social que hay tras él, está el soberbio trabajo narrativo de Harper Lee, dícese que motivada por la honda impresión que un suceso similar al relatado le produjo cuando tenía una edad como la de su protagonista. Sea el motivo que sea, el ejercicio de empatía poniéndose en el punto de vista de alguien que mira al mundo de igual a igual, directamente a los ojos, sin dejarse doblegar por el continuo ninguneo de sus mayores, es absolutamente perfecto. La espontaneidad con que confluyen diálogos, descripciones y reflexiones desde un punto de vista a varios centímetros por debajo de aquellos que la rodean y a lo largo de los varios años de relato, es tan natural como la vida misma. Parecemos estar más ante una mágica transcripción de los distintos planos de una vida que frente a un ejercicio literario con el que contar una historia.

Matar a un ruiseñor ganó el Premio Pulitzer en 1961 y el medio siglo transcurrido no ha hecho sino darle más brillo y lustre tanto a su estilo como a los temas que cuenta. Que muchos de ellos sigan sucediendo en términos similares a los relatados –he ahí los continuos enfrentamientos raciales o el escaso trato igualitario que muchos niños reciben por parte de sus adultos-hace de ella una novela no solo reflejo de un momento de la historia de EE.UU., sino una obra vigente en vías de convertirse en un clásico literario.

LUCHAR CONTRA EL SIDA: contra la naturaleza, la desinformación y los prejuicios.

LazoRojo1Diciembre

El 1 de diciembre es el Día Mundial de la Lucha contra el Sida. Un acontecimiento que para muchos queda vahído en el calendario entre otras 364 cuestiones que tienen también su día anual. Pero es total merecedor que por unas horas lo hagamos protagonista absoluto, que cuando veamos el lazo rojo recordemos que el síndrome de inmunodeficiencia adquirida existe. Que es un elemento más de la cotidianeidad en la que vivimos. Que le dimos nombre en 1982 y que desde entonces sigue entre nosotros con el único objetivo de destruirnos. Por eso debemos luchar contra él.

Hoy es la fecha marcada en el almanaque para decirnos a nosotros mismos que debemos intentar –cada uno por sus propio medios- acabar con el sida, tanto con la enfermedad como con el concepto imaginario que en estas más de tres décadas desde que comenzamos a escuchar de él se ha creado a su alrededor.

Debemos luchar en tres ámbitos contra el sida: contra la naturaleza, contra la desinformación y contra los prejuicios.

Luchar contra la naturaleza

La naturaleza tiene sus propias reglas y traza por sí misma su camino y los humanos somos seres condicionados a su devenir como parte de ella que somos. Pero si algo nos ha demostrado la historia hasta ahora es que el hombre es capaz de domesticar a la naturaleza o si no, tomar los hábitos oportunos para adaptarse a ella y así sobrevivir.

La ciencia es el medio para conseguirlo, a través de ella hemos llegado a minimizar los efectos de los procesos víricos (he ahí los analgésicos y antibióticos), o a controlar y hacer desaparecer –según el punto del mundo en el que vivas- enfermedades como la tuberculosis, la peste o la sarna. Con respecto al sida, cada día se consiguen nuevos avances científicos, nuevos logros. Por lo tanto, ¿no va a ser capaz de hacerlo también con el sida? Está en ello, hay hitos ya alcanzados, pero nos queda mucho por conseguir.

La comunidad científica lleva luchando contra el sida –como contra otras muchas enfermedades- desde que surgieron los primeros síntomas de su existencia. La suya es una lucha estratégica, que requiere recursos, personal formado, dotación técnica, fondos económicos y tiempo. Y los que no somos comunidad científica debemos confiar en sus criterios y sus decisiones. Entender que la ciencia es un camino de largo recorrido que se construye al andar, que los logros no se pueden planificar y que sólo son producto del tesón y del día a día. La ciencia necesita nuestro apoyo. Debemos hacer nuestra su visión.

Las instituciones públicas –las que nos representan a todos, las que somos todos- en relación a la ciencia deben funcionar bajo criterios científicos, y no políticos y menos aún partidistas (temporales, ideológicos). Es decir, al revés de como está pasando. ¿Una incompetente actuación pública  -en el ámbito científico- provocará más casos de sida? Sí, todo lo que dificulte el desarrollo científico dificulta la mejora de nuestra calidad de vida. Dificultar la investigación sobre el sida retrasará la solución y mientras tanto se infectarán personas que podrían haberlo no hecho, y se dificultará la calidad de enfermos que podrían haber tenido soluciones antes.

Luchar contra la desinformación

El ser humano, ¿nace o se hace? Nace como ser vivo y se hace como humano, ¿cómo? A través de la educación. Sabemos lo que nos enseñan, lo que nos transmiten si haberlo pedido, cuando eres niño a través del ejemplo de tus mayores, o mediante la formación reglada del currículum académico. Y sabemos también lo que aprendemos a partir –literal o adaptado en función del espíritu crítico que le apliquemos- de las personas e instituciones (ej. medios de comunicación, entidades y personalidades públicas,…) a las que nos acercamos. Todos ellos tienen una responsabilidad, tanto a la hora de ejercer el papel de transmisores (de información, de valores) como de fomentar el espíritu crítico constructivo (objetividad, relatividad, circunstancialidad, multitud de puntos de vista,…).

El resultado, información adquirida y capacidad crítica, forman los conocimientos que tenemos del mundo (el personal, el colectivo en el que estamos enmarcados y el global que va más allá de los dos anteriores) en que vivimos y de las circunstancias en que desarrollamos nuestra vida en todas sus facetas.

Dicho esto, ¿qué sabemos de muchas realidades científicas como son las médicas? ¿Qué sabemos del sida? ¿Cuál ha sido la fuente de dichas ideas? La mayoría de los casos de infección que han ocurrido y siguen ocurriendo son producto de la falta de conocimiento de cómo evitar que esto suceda. Llevamos ya tres décadas conviviendo con el sida, ¿cómo es posible que esto siga ocurriendo? ¿Qué falla para que no se llegue a saber –o a aplicar- cómo prevenir o a bajar la guardia –que en el fondo es no haber adquirido la dimensión real de los conocimientos-? Fallan los que nos transmiten los conocimientos, fallamos nosotros por no aplicar espíritu crítico –quizás por falta de esta habilidad- a nuestros propios actos y peor aún, prolongaremos la desinformación hacia aquellos sobre los que ejerceremos papel de formadores.

La desinformación, la ignorancia, se cura con educación formal e informal. ¿A más educación formal menos casos de sida? Sí. ¿Cómo informar más y mejor? Con un sistema académico dotado de recursos (profesionales y técnicos) y con un currículum de conocimientos a transmitir basado en la objetividad científica y en la necesidad humana de los mismos. ¿Sucede esto así? No. Se editan los conocimientos a transmitir en base a criterios subjetivos, a prejuicios, que sólo contribuyen a una visión sesgada de la realidad y a una disminución del potencial del desarrollo individual y colectivo. De esta manera se dificulta también que la educación informal pueda ser eficaz ya que no ha sido alimentada correctamente por la educación formal. Y en este caso no estamos hablando de ignorancia, falta de conocimientos, sino de desinformación, conocimientos erróneos –o malintencionados incluso- y por lo tanto peligrosos para aquellos a los que se transmiten.

¿Puede nuestro sistema educativo/académico hacer que haya menos casos de sida? Sí. ¿Por qué no lo hace? La respuesta tendrían que dárnosla los gestores de nuestras instituciones públicas –las que nos representan a todos, las que somos todos-. Si no hay respuesta positiva, entonces la pregunta debiera ser a nosotros mismos: ¿por qué permitimos esto?

 Luchar contra los prejuicios

En su definición de prejuicio, la segunda acepción que da la RAE dice: “Opinión previa y tenaz, por lo general desfavorable, acerca de algo que se conoce mal.”

¿Qué lleva a los prejuicios? Complicada pregunta a la que se le puede dar la sencilla respuesta de otorgarse la potestad del poder, de establecer qué está bien y qué está mal con el fin de situarse en una posición de superioridad. ¿A qué coste? Sin límites, el que establece o perpetúa un prejuicio sólo tiene como objetivo su supremacía. No sólo formula condiciones para el halago subjetivo, sino que establece características para el desprecio social. La historia nos ha dado multitud de ejemplos a lo largo de muchos siglos, unos han desaparecido y otros perviven adaptándose a las circunstancias del momento presente.

El sida fue conocido en su inicio como la enfermedad de las cuatro haches por los colectivos en los que en EE.UU. en los primeros meses se vieron más casos: homosexuales, haitianos, hemofílicos y heroinómanos. Tras estos colectivos prejuicios como la homofobia o la xenofobia transformada en cruel desatención y culpabilización por parte de las instituciones públicas y muchas de las sociales (todas las oficiales de los credos religiosos y las que se nutren fielmente de sus doctrinas ideológicas). Un estigma que afectó no sólo a los que tuvieron la desgracia de infectarse, sino que se convirtió en calificativo injusto y perseguidor de toda persona que cumpliera con la característica de homosexual o de raza no blanca.

Prejuicios que existían y que siguen fuertes en todo el mundo y que se propagan e inoculan en la sociedad y en las personas con la misma virulencia con que lo hace el vih en el cuerpo de los humanos. Los prejuicios impiden una correcta información acerca del virus, son motores intencionados de desinformación. Los prejuicios son fuente de desasosiego en los portadores del virus por el papel de sentenciador de culpabilidad que pueda desempeñar en las coordenadas sociales en las que estos vivan.

¿Los prejuicios son causantes de mayores casos de sida? Sí, sin ninguna duda, imposibilitan una correcta información y la capacidad de espíritu crítico,  y su irracionalidad impide el correcto desempeño del mundo científico.

¿Cómo luchar contra los prejuicios? Luchando contra aquellos que los detentan con la opción de negarles la escucha o con la vía de los hechos y los datos, informando y educando, sosteniendo con tesón y perseverancia un discurso moderado en sus formas pero continuamente activo. Labor de nuestras instituciones públicas –las que nos representan a todos, las que somos todos- y también labor de todos y cada uno de nosotros a título individual.