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“El Reino” nada claro de Emmanuel Carrère

La religión cristiana tiene un papel fundamental en las coordenadas identitarias del mundo occidental y, en consecuencia, de todos los que lo habitamos desde hace veinte siglos. No está claro dónde ni cuándo comenzó exactamente a adoctrinarnos y ni siquiera en qué se basa, pero su poder de influencia –tanto en el sistema político, social y cultural en que vivimos como en nuestras individualidades- sigue vigente. Carrère se propone bucear en su génesis para descubrir los momentos, personas y discursos que la iniciaron, al tiempo que nos ofrece cómo ha variado su vivencia del cristianismo a lo largo de su biografía. El resultado, un tremendo lío.

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Compartir vivencias o pensamientos en un ejercicio de desnudez interior o de reflexión, o hacerme testigo de una historia inventada o recreada. Eso es lo que -en un breve y como tal, siempre escaso, resumen- espero me ofrezca un escritor a la hora de comenzar a leer uno de sus títulos. Con tal predisposición comencé El Reino. Inicialmente pensé que eso era lo que estaba experimentando, pero las páginas se sucedían y no me quedaba claro cuál era el escenario en el que me estaba situando Carrère. Inquietud que progresivamente se fue transformando en desasosiego por una redacción que en ocasiones me resultó tosca y agreste, despertándome la duda de si esta era la intención de su autor o si ha ocurrido algo en el paso de su francés a mi español.

De un lado, un relato biográfico en el que hace repaso a la etapa en que, en un momento de intensa y prolongada crisis personal, abrazó una intensa práctica diaria del cristianismo (lecturas, reflexiones y asistencia a servicios eclesiásticos). Hábitos que le dieron la sensación de haber encontrado las respuestas que necesitaba para hacer frente a sus inseguridades e inestabilidades. Posteriormente, ese remanso de paz resultó ser un lugar vacío y sin rumbo, lleno de dogma inducido desde la institución católica como medio con el que anular el razonamiento crítico y el debate, y en consecuencia, la posibilidad de progreso y evolución individual. Paso previo para que todo hombre y mujer deje de ser un sujeto político y se convierta en una persona manipulable y manipulada, un soldado de un ejército de fieles que cumple reglas sin lógica ni verosimilitud demostrada alguna.

Quizás por lo que tiene de vivencia, y la facilidad de los mecanismos de identificación y proyección que surgen en toda lectura, estos pasajes de El Reino, protagonistas en sus páginas iniciales y anotaciones intercaladas en los siguientes, resultan atractivos e interesantes para conocer cómo puede llegar a funcionar y evolucionar la mente y el espíritu humano en sus momentos de debilidad y de fortaleza.

En la margen opuesta, un ejercicio entre el ensayo, la reflexión y la divagación sobre las distintas fuentes documentales que nos cuentan el inicio del cristianismo, de sus principales actores y mensajes, tomando como referente las figuras de San Pablo y San Lucas el Evangelista. Su punto de partida son las diferencias entre los mensajes de estos, supuestamente recogidos por testigos directos de su escucha o redactados por ellos mismos (cartas a los Corintios o los Hechos de los Apóstoles escritos por San Lucas) y los que el Vaticano ha establecido como enunciados por Jesucristo, y de los que hay múltiples versiones como demuestran los distintos evangelios (tanto los oficiales como los apócrifos). Narraciones con las que nos lleva de viaje en un área geográfica que va desde Jerusalén a Roma o desde Macedonia y Efeso hasta Siria, contándonos cómo los cristianos se fueron conformando como un grupo definido con reglas propias al margen de los judíos dentro del Imperio Romano.

Un sinfín de fechas, lugares, nombres, declaraciones, datos contrastados y otros supuestos que Carrère entremezcla con símiles y ocurrencias de su amplio acerbo intelectual que dan como resultado una miscelánea que, si bien deja claro que la versión oficial de los inicios del cristianismo no tiene lógica ninguna (como tampoco sus creencias), tampoco llega a convertirse en una lectura que aporte nada nuevo a alguien que no sea él mismo en su necesidad de crearse su propio mapa y argumentario mental al respecto de este tema.

“Sumisión” de Michel Houellebecq

No es esta una novela sobre la islamización de Europa, sino sobre el fin de su identidad cultural cristiana -base de su supremacía intelectual durante más de un milenio- por sustentarse desde hace siglo y medio sobre un sistema social y económico cuya deriva en el contexto actual de globalidad le ha llevado a una ruina no solo material sino también, y fundamentalmente, moral.

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Desde la primera página Houellebecq quiere dar un poso de reflexión real a “Sumisión” y para ello dota a su relato de un fondo intelectual, haciendo protagonista a un profesor universitario estudioso del escritor Huysmans, autor que en su época manifestó desacuerdo con un mundo compuesto por “bribones e imbéciles”. De esta manera nos retrotrae en el inicio hasta las ideas y principios de la segunda mitad del siglo XIX, ese momento de la historia en que se formaron los grandes imperios. El prólogo sobre el que, tras dos guerras mundiales, surgió el mapa geopolítico que conocemos desde 1945 y el estado del bienestar social europeo que dan coordenadas a nuestras vidas hoy en día.

Sin embargo, la entrada en ese tablero de decisión de China y de los países árabes, junto a la crisis financiera y económica iniciada en 2007, no solo han alterado el orden mundial altamente estable desde hacía décadas, sino que también han infundido una profunda sensación de inseguridad e inestabilidad en el entorno micro en que habitamos cada ciudadano occidental. Se ha puesto en duda todo, desde la sostenibilidad de los sistemas públicos (educación, sanidad, transporte,…) hasta la supuesta igualdad de todas las personas (inmigración ilegal, convivencias entre culturas, religiones y razas en ciudades como París) pasando por poner en duda si vivimos en regímenes verdaderamente democráticos. No solo por el nivel de corrupción de nuestros gestores, sino por los movimientos en las sombras de los abstractos y anónimos poderes económicos.

Tomando esta situación como caldo de cultivo, el autor lanza una serie de hipótesis que encadena sucesivamente hasta llegar a un imaginario escenario político y social para la Francia de 2022. Fecha en la que el país de la Liberté! Egalité! Fraternité! contaría con un gobierno musulmán y la Unión Europea tendría ya entre sus miembros a Turquía. Una imagen de futuro a medio plazo con ánimo de generar interrogante al respecto. ¿Pura ficción literaria? ¿Una realidad con mayor o menor grado de probabilidad? ¿O un acontecimiento ya iniciado e irreversible?

En su exposición, Houellebecq deja claro que todo régimen es conquistado porque previamente se ha canibalizado, ha caído derrotado por sí mismo. Una debacle de la que hace responsable al sistema capitalista, que en un lugar de ser un mecanismo proporcionado y equitativo de reparto de la carga del trabajo y de sus beneficios, ha acabado por convertirse en un sistema de explotación y de acopio egoísta por parte de unos pocos. Avaricia que ha traído consigo el fin de la familia como modo de organización de las personas y de las creencias espirituales con el individualismo generado. Supuestos con los que podemos estar más o menos de acuerdo, pero que seguro que no dejan indiferente a nadie y provocan debate.

Sensación en la que el escritor francés ahonda de manera inteligente retratando a un protagonista poco dotado para las relaciones sociales, un hombre que transforma su incapacidad social e insatisfacción íntima en misoginia y clasismo. Un profesional supuestamente humanista que en sus diatribas intelectuales consigo mismo según avanza la acción recurre a otro polémico referente, Nietzsche (“… si el Islam desprecia el cristianismo, tiene mil veces derecho a hacerlo, el Islam tiene como presupuesto suyo varones… el cristianismo nos arrebató la cosecha de la cultura antigua, más tarde volvió a arrebatarnos la cosecha de la cultura islámica…”), ese mismo del que se dice que pudo inspirar a Hitler. En definitiva, François es una clara e inteligente alegoría del entorno en el que ha crecido y se ha formado a lo largo de varias décadas y de la situación que le toca vivir en el hoy.

En lo estrictamente formal, “Sumisión” es literatura muy bien planteada, con una estructura que avanza de manera clara en su exposición de supuestos, hechos y consecuencias prácticas. Una narrativa en la que se alternan los diálogos de exposición de ideas, principios y teorías, con monólogos interiores. Sin pudor alguno, desnudos y descarnados, agrestes, primarios, casi animales en algunos momentos, Michel Houellebecq deja claro que hay quien no tiene mayor interés por la vida que el del beneficio propio en el día a día y el de la supervivencia, cueste lo que cueste, llegada una situación límite.

“Salomé” de Oscar Wilde: deseo, belleza y desenfreno sin límites

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Con las palabras justas, la cadencia necesaria y la intervención de cada personaje en el momento exacto, “Salomé” es una brillante ficción de intriga, misterio, sensualidad y sexualidad. Un conjunto que se lee y se ve representado con el estómago y el corazón, por momentos casi con la pelvis. Aquí no hay nada que pensar, cuanto sucede en las páginas o sobre el escenario apela directamente a los instintos, a las pulsiones, a los anhelos,…

No es de extrañar que en el momento de su estreno el texto fuera denostado por críticos y espectadores atados a los formalismos y a la negación de la existencia de todo aquello que no cumpliera los convencionalismos académicos. Oscar Wilde va más allá de las provocaciones que habían supuesto los descaros y juegos de palabras de sus personajes en “El abanico de Lady Windermere” o los que más tarde le harían celebre por “La importancia de llamarse Ernesto”. Los diálogos de “Salomé” introducen con sinuosidad el lenguaje corporal, están llenos de evocaciones sensoriales (tacto, vista, gusto, olor, sabor) con un ritmo que avanza plagado de erotismo y emociones en estado puro como el miedo y la ira. Y sin dejar de lado la precisa recreación de la corte del rey Herodes -los inicios del Cristianismo y sus distintas ramas, su relación con el Imperio Romano- con detalles realistas como los vinos que tomaban (de Samos, Chipre y Sicilia) y las joyas y materiales preciosos que atesoraban.

La estructura formal con que Wilde crea “Salomé” es brillante, convierte la pausa en frenetismo y el deseo en barbarie, un torrente que arrastra tanto a sus personajes como a sus espectadores, testigos de ese convite en el que la hija de Herodes pidió la cabeza de San Juan Bautista en una bandeja de plata. Todo ello con la atmósfera de la amenaza de un posible castigo divino y un juicio final sine die, y contado en un solo acto, sin descansos, hace que su lectura/representación se convierte en un desenfreno in crescendo hacia el éxtasis final.

La belleza por la belleza, el placer de sentir, el gozo de la vanidad, el hedonismo, eso es “Salomé”, como también lo era Oscar Wilde y por eso nos gusta tanto.

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