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“Lo real y su doble” de Clément Rosset

¿Cuánta realidad somos capaces de tolerar? ¿Por qué? ¿De qué mecanismos nos valemos para convivir con la ficción que incluimos en nuestras vidas? ¿Qué papel tiene esta ilusión? ¿Cómo se relaciona la verdad en la que habitamos con el espejismo por el que también transitamos? ¿Qué ocurre si no somos capaces de distinguir entre unas y otras coordenadas? ¿Qué pasa si vivimos lo imaginado como si fuera lo auténtico y viceversa?

Carpe diem decimos. Aprovecha, disfruta el momento, deja atrás el pasado, que te estás perdiendo el presente y no te vas a dar cuenta de que llega el futuro. Una manera como tantas otras de no vivir, experimentar y protagonizar el aquí y ahora en que se está desarrollando nuestras vidas. ¿Por qué lo hacemos? Podríamos suponer mil y un motivos, la presión de los objetivos (personales, laborales), los estímulos del entorno (las promesas afectivas, publicitarias), la insatisfacción vital (con nuestra pareja, familia, amigos, trabajo) o incluso por desequilibrios internos (emocionales, aunque si adquieren tintes psiquiátricos quedan fuera de lo que se analiza en este título).

Clément Rosset comienza su exposición relatándonos que, en ocasiones, actuamos conscientemente con la pretensión de ir en contra del destino, para que no se cumpla aquello que este nos ha anunciado como si fuera un oráculo. Y paradójicamente todo cuanto hacemos, pensando que vamos en dirección contraria, provoca que ocurra sin darnos cuenta hasta que ya es demasiado tarde. Huyendo de la realidad, hemos construido otra que ha resultado ser la que tenía que ser. ¿Tenía sentido intentar escapar de ella? ¿Es imposible lograrlo? ¿Cuál era la auténtica, la que vivíamos o aquella de la que escapábamos y que ha terminado siendo la que se ha impuesto?

También puede ser que creamos o nos situemos en otra realidad, en un mundo paralelo. ¿Cómo se activa ese mecanismo? ¿Cómo vivimos aquí mientras estamos allí? ¿Qué efecto causa aquí lo que creemos hacer allí? ¿Cómo nos tomaremos el día que descubramos dónde está lo original y dónde la copia? ¿Seremos capaces de tolerarlo, de desmontar lo falso y reconstruir lo verdadero?

Es posible incluso que la manera de huir del presente no sea desdoblando el acontecimiento profetizado o la realidad que nos incluye, sino duplicándonos a nosotros mismos. Que el yo que siento ser tome por otro, y no por un reflejo, a ese que ve en el espejo, y que incluso tome a ese ser que percibe por el yo que cree encarnar. ¿Qué efecto tendrá en su mundo su comportamiento? ¿Cuál de los dos yoes es el que se propone y cuál el que responde? ¿Qué le ocurre al que se muestra y le sucede al que queda ocultado? ¿Es cada uno de ellos consciente de la existencia del otro? ¿Cómo se relacionan entre ellos?

Una exposición filosófica sobre la existencia y la identidad individual, y un ejercicio de reflexión incluso psicológica sobre el comportamiento humano que Rosset expone con gran profundidad intelectual. Pero también con suma transparencia gracias a su hábil manejo del lenguaje, de la claridad de su exposición narrativa y de los referentes literarios, artísticos y del pensamiento que utiliza para ejemplificar su propuesta.

Lo real y su doble, Clément Rosset, 1976, Editorial Hueders.

“Perro semihundido” (Goya, 1820-1823)

La modernidad comienza aquí, nunca antes la subjetividad había sido tan protagonista como en esta obra”, afirmación catedrática con la esta imagen se quedó grabada en mi memoria décadas atrás y vuelve una y otra vez a primer plano cuando dialogo y discuto conmigo mismo.   

Aparentemente, nadie se atreve a afirmar qué representa esta escena ni el rol que el mejor amigo del hombre desempeña en ella. Tampoco qué quería transmitir, expresar o reflejar el de Fuendetodos. A lo mejor no lo sabía ni él. O sí. Sabe Dios qué pensamiento existencial, asociación surrealista o necesidad expresionista bramaba en su cabeza, cuál de todas las emociones que dieron pie al conjunto de las Pinturas negras tomó protagonismo en esta. Si fue la esperanza, la ansiedad, la aceptación, la depresión, el optimismo o el más absoluto pesimismo.

Los académicos y los historiadores dicen que Goya estaba harto. De todo y de todos. De los desastres y horrores de los que había sido testigo durante la Guerra de la Independencia, así como de esa otra guerra diaria, sin más motivación que el control social y el poder político, en la que resultaban perdedores la mayoría de sus compatriotas. De haber visto comportarse a los hombres y las mujeres de su tiempo como animales, como seres primarios y viscerales, violentos, asesinos y miserables, poseídos por la lujuria, la gula y la avaricia, también por la pereza, la envidia, la soberbia y la ira. Quién sabe, lo mismo este último pecado capital fue el que le inspiró, le impulsó a la acción y le marcó el trazo en la realización de esas catorce obras.

Pintadas sobre las paredes de su casa, esa Quinta del Sordo en la que se recluyó, refugiándose tanto en ella como en su sordera del ruido y los estragos del absolutismo. Arrancadas y trasladadas a lienzo décadas después para convertirse en parada, estación y pasaje del recorrido de obras maestras del Museo del Prado. Convertidas por obra y gracia de la labor divulgativa de la institución museística que las alberga, y de la educativa de nuestro sistema del bienestar, en icono, símbolo, ejemplo y muestra de nuestra historia, cultura e identidad, de quienes fuimos y somos, de como pensamos y actuamos, de lo que nos describe y nos define.

Por eso este Perro semihundido está fijado en mi pensamiento desde aquel momento en que lo vi proyectado en una clase de Estética en la Facultad de Ciencias de la Información. Desde aquel día posterior en que mi mirada, ya con otros ojos, se volvió a fijar en él en el edificio Villanueva. Impresión renovada cada vez que vuelvo a la bicentenaria pinacoteca y me acerco, según marque mi estado de ánimo, a recordarlo, observarlo o a seguir descubriéndolo. Recurso al que acudo mentalmente cuando establezco diatribas con las que reflexionar e intentar alcanzar algún tipo de lucidez.

La sobriedad y austeridad de su cromaticidad me resulta árida, adusta, castellana, interior, seca, como si ya hubiera transitado por ella o siguiera haciéndolo. La simplicidad de su composición va más allá de lo visible. Impacta, desnuda, trasciende lo físico hasta llegar a lo espiritual, lo esencial, lo nuclear, allí donde ya no hay refugio ni posibilidad de esconderse, donde no hay otra opción más que la de mostrarse o morir. Un anclaje a la tierra y una infinitud en la que asoma inquietantemente ese perro que somos todos y cada uno nosotros, espectadores, protagonistas, víctimas y figurantes, como él, a medio camino entre el anhelo de la supervivencia y la abnegación por un sueño, una ilusión o una realidad imposible ya de alcanzar.

Perro semihundido, Francisco de Goya, 1820-1823, Museo del Prado (Madrid).

10 películas de 2019

Grandes nombres del cine, películas de distintos rincones del mundo, títulos producidos por plataformas de streaming, personajes e historias con enfoques diferentes,…

Cafarnaúm. La historia que el joven Zain le cuenta al juez ante el que testifica por haber denunciado a sus padres no solo es verosímil, sino que está contada con un realismo tal que a pesar de su crudeza no resulta en ningún momento sensacionalista. Al final de la proyección queda clara la máxima con la que comienza, nacer en una familia cuyo único propósito es sobrevivir en el Líbano actual es una condena que ningún niño merece.


Dolor y gloria. Cumple con todas las señas de identidad de su autor, pero al tiempo las supera para no dejar que nada disturbe la verdad de la historia que quiere contar. La serenidad espiritual y la tranquilidad narrativa que transmiten tanto su guión como su dirección se ven amplificadas por unos personajes tan sólidos y férreos como las interpretaciones de los actores que los encarnan.

Gracias a Dios. Una recreación de hechos reales más cerca del documental que de la ficción. Un guión que se centra en lo tangible, en las personas, los momentos y los actos pederastas cometidos por un cura y deja el campo de las emociones casi fuera de su narración, a merced de unos espectadores empáticos e inteligentes. Una dirección precisa, que no se desvía ni un milímetro de su propósito y unos actores soberbios que humanizan y honran a las personas que encarnan.

Los días que vendrán. Nueve meses de espera sin edulcorantes ni dramatismos, solo realismo por doquier. Teniendo presente al que aún no ha nacido, pero en pantalla los protagonistas son sus padres haciendo frente -por separado y conjuntamente- a las nuevas y próximas circunstancias. Intimidad auténtica, cercanía y diálogos verosímiles. Vida, presente y futura, coescrita y dirigida por Carlos Marques-Marcet con la misma sensibilidad que ya demostró en 10.000 km.

Utoya. 22 de julio. El horror de no saber lo que está pasando, de oír disparos, gritos y gente corriendo contado de manera magistral, tanto cinematográfica como éticamente. Trasladándonos fielmente lo que sucedió, pero sin utilizarlo para hacer alardes audiovisuales. Con un único plano secuencia que nos traslada desde el principio hasta el final el abismo terrorista que vivieron los que estaban en esta isla cercana a Oslo aquella tarde del 22 de julio de 2011.

Hasta siempre, hijo mío. Dos familias, dos matrimonios amigos y dos hijos -sin hermanos, por la política del hijo único del gobierno chino- quedan ligados de por vida en el momento en que uno de los pequeños fallece en presencia del otro. La muerte como hito que marca un antes y un después en todas las personas involucradas, da igual el tiempo que pase o lo mucho que cambie su entorno, aunque sea a la manera en que lo ha hecho el del gigante asiático en las últimas décadas.

Joker. Simbiosis total entre director y actor en una cinta oscura, retorcida y enferma, pero también valiente, sincera y honesta, en la que Joaquin Phoenix se declara heredero del genio de Robert de Niro. Un espectador pegado en la butaca, incapaz de retirar los ojos de la pantalla y alejarse del sufrimiento de una mente desordenada en un mundo cruel, agresivo y violento con todo aquel que esté al otro lado de sus barreras excluyentes.

Parásitos. Cuando crees que han terminado de exponerte las diversas capas de una comedia histriónica, te empujan repentinamente por un tobogán de misterio, thriller, terror y drama. El delirio deja de ser divertido para convertirse en una película tan intrépida e inimaginable como increíble e inteligente. Ya no eres espectador, sino un personaje más arrastrado y aplastado por la fuerza y la intensidad que Joon-ho Bong le imprime a su película.

La trinchera infinita. Tres trabajos perfectamente combinados. Un guión que estructura eficazmente los más de treinta años de su relato, ateniéndose a lo que es importante y esencial en cada instante. Una construcción audiovisual que nos adentra en las muchas atmósferas de su narración a pesar de su restringida escenografía. Unos personajes tan bien concebidos y dialogados como interpretados gestual y verbalmente.

El irlandés. Tres horas y medio de auténtico cine, de ese que es arte y esconde maestría en todos y cada uno de sus componentes técnicos y artísticos, en cada fotograma y secuencia. Solo el retoque digital de la postproducción te hace sentir que estás viendo una película actual, en todo lo demás este es un clásico a lo grande, de los que ver una y otra vez descubriendo en cada pase nuevas lecturas, visiones y ángulos creativos sobresalientes.

“Quiltras” de Arelis Uribe

Ocho historias cortas protagonizas por otras tantas jóvenes en un Chile que no es ni tan moderno como nos cuentan ni tan igualitario como nos gustaría suponer. Narraciones ácidas por lo que tienen de certeras. Incisivas por su precisión a la hora de adjetivar. En ellas sus protagonistas son tan únicas como representativas de los dilemas y las barreras humanas, sociales y culturales que muchas mujeres se encuentran hoy en día.

Suele coincidir que en las comunidades menos desarrolladas las relaciones sociales tienen un gran peso en el día a día de sus habitantes. Esto no ha de ser tomado como sinónimo de lazos afectivos fuertes, sino como señal de que no hay otras vías -como formación por resultado de una escasa educación o fuentes de entretenimiento por no contar con infraestructuras o ingresos suficientes para acceder a ellas- para alimentar y vehicular las vivencias interiores. Es en estos lugares donde el mundo se reduce a las calles más próximas de la población donde se reside y a como actúen -qué digan y hagan- tus familiares y vecinos respecto a ti.

Una cercanía claustrofóbica y asfixiante, así es esa atmósfera a la que nos traslada Arelis Urbe en algunos de los relatos de este volumen, como la de Bestias y la de 29 de febrero, con los que conforma un fresco casi antropológico sobre el comportamiento humano a partir de una serie de retratos individuales, pero con muchos elementos en común con cualquier otra persona de coordenadas similares a las expuestas. Valgan como ejemplo las del imaginario de, la también chilena, Marcela Serrano (La llorona o Nosotras que nos queremos tanto).

En Quiltras el entorno -sobre todo cuando es rural- no es únicamente un complemento circunstancial, sino un emplazamiento que marca y condiciona la identidad, la vida y las posibilidades de futuro de quienes residen en él. Especialmente el de las mujeres, haciendo que este tenga connotaciones de imposición, cuando no de condena, y de servilismo y servidumbre ante los hombres -maridos, padres, hijos o hermanos- con los que viven.

En sus ficciones, Uribe muestra con un bello y rico lenguaje cuáles son esos escasos espacios en los que ellas se pueden permitir ser fieles a sí mismas. Sobre todo en lo que tiene que ver con el afecto, conlleve este -o no- una atracción física susceptible de derivar en manifestaciones físicas o, directamente, sexuales. Sitios como los de Ciudad desconocida o Italia que no siempre se identifican con una dirección, que no cuentan con un techo bajo el que resguardarse de la mirada de los demás. Parajes físicos consistentes en sus propios cuerpos acompañándose, entregándose y recibiéndose, dándose cariño –placer incluso- allá donde sea posible y hasta que las obligaciones -en forma de padres vigilantes o de guión de vida- marquen el punto y final que, en la mayoría de los casos las reconduzca a lo esperado, debido y exigido.

Pero además de sobre lo sistémico, estos cuentos tratan también sobre cómo se percibe el mundo en la adolescencia y cómo, en ocasiones, se contempla aquella visión con años de distancia. Con cierto humor (Bienvenida a San Bernardo) y con la entrada en juego de nuevas formas y maneras, como las posibilidades de internet (Rockerito83@yahoo.es), aquella intensidad se convierte en serenidad, las incertidumbres se hacen certezas y los miedos en territorios casi olvidados.

Quiltras, Arelis Uribe, 2019, Editorial Tránsito.

“Fábula de un otoño romano” de Bruno Ruiz-Nicoli

Volver atrás para ordenar tus recuerdos no siempre es cosa fácil. Te atrapa la nebulosa del paso del tiempo, te confundes no sabiendo si fue tal y como lo enuncias o si lo estás reconstruyendo. Te engañas queriendo darle justificación a lo que no tiene por qué tenerla y corres el riesgo de descubrir que sigues anclado a aquel entonces que no quedó allí, sino que te acompaña de manera sorda y silente allá donde vayas y estés.

Roma es eterna, atemporal, en su urbanidad el pasado se confunde con el presente y el futuro tiene como prioridad preservar el legado histórico. Ciudad en la que las emociones brotan en cada esquina ante la repentina aparición de una nueva columna, otro palacio o un teatro, una plaza o una iglesia aún más sorprendente que todas las vistas anteriormente.  Urbe en la que los estímulos monumentales conviven con las sensaciones generadas por el ruido del tráfico, las hordas de turistas, el adoquinado de muchas de sus calles y el brillo de la mirada y la piel de sus viandantes más atractivos.

Es imposible no quedar atrapado por ese laberinto, esa amalgama de sensaciones que te obliga a dejar de ser quien crees que eres para convertirte en alguien que no sabes si es tu yo auténtico, ese con quien consideras no tener nada que ver o con el que sueñas y en quien no te atreves a convertirte. Algo así es lo que le sucede al protagonista de Fábula de un otoño romano cuando llega a la capital del Imperio dejando en Madrid a su mujer y sus hijos, sus costumbres y convenciones. Su estancia, dedicada a la investigación histórica, artística y arqueológica, está destinada a ser temporal, pero lo que no sabía o no quiso reconocer, es que lo que en teoría iba a ser un paréntesis, él lo convirtió en un punto y aparte en su vida.

De ahí que cuando vuelve narrativamente a ello años después, no tenga claro si es para recordar con una sonrisa, reconstruirse con más o menos esfuerzo o enfrentarse desnudamente a lo que pasó en aquel tiempo y lugar, si lo que sucedió con Matteo fue algo extraordinario o la sacudida que necesitaba para marcar un antes y un después tanto en su biografía como en la manifestación de su identidad y personalidad. Intenta lo primero, se ve abocado a lo segundo y finaliza inevitablemente en el tercer estadio de ese mudar de piel. Una metamorfosis que comienza por lo espiritual y lo inconsciente para acabar mostrándose en lo más mundano, en la manera de comportarse, de estar físicamente y de proponerse humana y afectivamente con los demás.

Su relato no es el diario de un viaje, la crónica de una estancia, una declaración de amor ni el testimonio a lo Stendhal de un enamorado de Roma. Lo suyo es como dice su título, una fábula, una historia en la que va de reflejo en reflejo, esperando, deseando y necesitando que los diarios, los correos electrónicos, los retazos de conversaciones y las imágenes evocadas no le aclaren si aquello ocurrió o no con el mayor o menor detalle con que lo evoca, sino que realmente tuvo lugar y que no fue una fantasía, un sueño, una ilusión. Esa afirmación absoluta es la única manera de poder darle sentido y coherencia no solo a aquel episodio de su vida, sino a quien siente ser hoy y muestra ante su mundo.

Fábula de un otoño romano, Bruno Ruiz-Nicoli, 2019, Editorial Dos Bigotes.

“Dolor y gloria” de Pedro Almodóvar

Cumple con todas las señas de identidad de su autor, pero al tiempo las supera para no dejar que nada disturbe la verdad de la historia que quiere contar. La serenidad espiritual y la tranquilidad narrativa que transmiten tanto su guión como su dirección se ven amplificadas por unos personajes tan sólidos y férreos como las interpretaciones de los actores que los encarnan.

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Dolor y gloria permite al menos tres lecturas. Una por sí misma. Otra como continuación y síntesis de toda la filmografía de Almodóvar. Y una tercera en relación a Pedro, a su persona y su biografía. La primera basta por sí sola para considerarla como una cinta sobresaliente, pero la interconexión que tiene con las otras dos la hace aún más sublime. Se sirve de todo lo que hemos visto y conocemos de él para, sin faltar a su esencia, mostrarlo de manera diferente. Mientras en títulos pasados sumaba su mundo personal a la ficción que nos relataba, esta vez todo parece estar impregnado de él, yendo más allá de lo que ya mostró sobre su infancia bajo la sombra del clero en La mala educación y sobre su juventud en el marco de la movida madrileña en La ley del deseo.

No hay intermediarios entre lo que quiere contar y sus espectadores en esta historia de un director de cine que mira hacia atrás, tanto en lo profesional como en lo personal, para situarse en un presente en el que siente débil, sin ánimo ártistico ni ganas de futuro. No hay mujeres con una presencia visceral y un carácter enérgico ni diálogos con sentencias que se queden grabadas a fuego. Dolor y gloria es extraordinariamente esteta en todo lo creativo (escenografía, banda sonora, grafismos, fotografía,…), pero en lo que incumbe a sus personajes es profundamente serena, fluye sin necesidad de licencias dramáticas, con una emocionalidad plena y una vitalidad auténtica. Hace que conectemos con sus personajes, entendiendo lo que les ocurre, empatizando con lo que sienten y comprendiendo cómo actúan.

Antonio Banderas está perfecto, no solo como alter ego de quien ya le dirigiera en Átame o en La piel que habito, sino como actor. Es extraordinaria la cantidad de matices que es capaz de darle a su personaje con un trabajo tan contenido. Tan asceta en las secuencias en las que aparece él solo, y tan dispuesto a la complementariedad con Asier Etxeandía y la simbiosis con Leonardo Sbaraglia y Julieta Serrano cuando aparece junto a ellos. Tres secundarios de lujo que aportan a Dolor y gloria -tanto con sus personajes como con sus interpretaciones- la montaña rusa de la creatividad artística, la huella de la pasión que no pudo ser y las imperfecciones del amor materno-filial. Y aunque no comparta plano con ninguno de ellos, esto mismo es aplicable a la frescura que Penélope Cruz le aporta en su ir y venir a la historia de Salvador Mallo cada vez que viaja cincuenta años atrás para irse desde el urbanismo de Madrid hasta la ruralidad Paterna.

Dolor y gloria tiene argumentalmente cuanto necesitamos para conocer la intimidad y el momento de su protagonista, así como para entender su relación con las personas que forman y han formado parte de su vida. Un conjunto compacto trasladado a la pantalla con un tono siempre comedido y un ritmo acorde a los acontecimientos y emociones que se están relatando. Aunque haga guiños expresos al melodrama del Hollywood clásico y al lirismo del teatro de Jean Cocteau, Almodóvar vence la barrera del pudor para mostrarse tal y como es y se siente, en línea con lo que decía la Agrado en Todo sobre mi madre, “una es más auténtica cuanto más se parece a lo que ha soñado de sí misma”.

“La geometría del trigo” y de lo pendiente

Meses después de ser editado, Alberto Conejero dirige sobre las tablas del Teatro Valle Inclán su propio texto con una puesta en escena que gira en torno al poder de la palabra, la presencia física y la ausencia espiritual. Tres elementos fundamentales con los que conecta el presente con un potente pasado gracias al excelente trabajo de los intérpretes que encarnan a los personajes que lo habitan.

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Las limitaciones presupuestarias de producción mandan y el montaje de esta excelente creación de Conejero no cuenta con las propuestas escenográficas que planteaba en la primera edición (ya va por la segunda) que la editorial Dos Bigotes publicó en junio pasado. Pero la solución por la que opta para resolverlo es más que correcta, hacer aún más protagonistas a los personajes sobre el escenario, a lo que tienen que decir y a lo que callan, y a cómo están unidos se relacionen o no. Bajo esa premisa es como una joven pareja se traslada desde la Barcelona actual hasta un pueblo minero jienense de décadas atrás. Allí, un reciente matrimonio espera a su primer hijo y reciben la visita de un amigo del marido al que este hacía muchos años que no veía.

La motivación del viaje es la noticia de que el padre de Joan, hombre al que nunca conoció, ha muerto, lo que pone de relieve no solo esa ausencia perenne, sino la falta de rumbo en que parece estar sumida tanto su relación como él mismo. Esa búsqueda de sentido, de objetivos, de proyecto de vida no solo suya, sino de casi todos los personajes es lo que se respira de principio a fin de la representación. Les falta el oxígeno de la identidad, de saber quiénes son de manera individual y si pertenecen a un nosotros, de qué está formado ese hipotético binomio de complementariedad y reciprocidad.

Una atmósfera de intimidad cercana a la confesión y de anhelo de comunión creada con los claroscuros y las penumbras de una excelente iluminación, con un escenario que aúna de manera natural en su suelo rural y su pared agrietada todas las dimensiones (espaciales, temporales y emocionales) que se relatan, y con una dimensión acústica que aúna en las mismas coordenadas el ritmo respiratorio, el pulso cardíaco y el latido anímico de los personajes y de sus espectadores.

Una base sobre la que Consuelo Trujillo borda a esa mujer que representa la autoridad, la entrega y el instinto protector de la maternidad, pero también la sabiduría, la sensatez y la tranquilidad reposada de la experiencia de vida, de quien es la más vieja del lugar. Tras ella el triángulo afectivo-amistoso que conforman Zaira Montes, Juan Vinuesa y José Troncoso, tres presencias energéticas que lo llenan todo con su derroche de poesía, con la transparencia con que dejan ver a quienes encarnan y con el equilibrio con que transmiten la tensión entre el deseo y el deber, los anhelos y la frustración y el protagonismo que su ayer tiene en nuestro hoy. Un presente que pasa más desapercibido por lo que tiene de cercanía y de proyecto en construcción, pero que cumple su papel de motivar la mirada hacia el pasado y de mostrar el vacío de los asuntos por resolver, comprender y respetar.

La geometría del trigo es aparentemente sencilla en su propuesta escénica –con todos los personajes siempre en escena- y en su mensaje –con un lirismo de aires lorquianos-, pero la claridad de su exposición hace que llegue hondo y provoque un eco de profunda emoción, ese por el que merece mucho la pena ir al teatro a ver y a verse.

La geometría del trigo, en el Teatro Valle Inclán (Centro Dramático Nacional, Madrid).

10 novelas de 2018

Títulos publicados tanto a lo largo de los últimos meses como en años anteriores. Autores españoles y residentes en EE.UU. Recuerdos de la infancia, frescos históricos, crónicas sobre el amor y el desamor y denuncias de la injusticia y la desigualdad.

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“V y V. Violación y venganza” de Pilar Bellver. Con la estructura y el desarrollo tranquilo y de amplio alcance de los clásicos de la literatura del XIX a los que hace referencia, uniéndole una profunda exposición de sus personajes protagonistas a través de unos diálogos –conversados, redactados a mano o tecleados como e-mail- escritos de manera maestra. La historia de dos hermanas de apellido noble a lo largo de un tiempo –desde la pequeña España de los 80 hasta el mundo global del s. XXI- bajo el eterno freno y la pesada sombra del siempre omnipresente yugo invisible del heteropatriarcado.

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“Sol poniente” de Antonio Fontana. Volver la mirada a la Málaga de cuando se era niño para dejar aflorar los recuerdos de aquellos años en que se forjó nuestra identidad. Un ejercicio de intimidad en el que las palabras son el medio para llegar a las sensaciones que se quedaron grabadas en la piel, las verdaderas protagonistas de esta delicada novela. Un relato auténtico, que desprende nostalgia con simpatía y buen humor pero sin añoranzas sentimentales, celebrando que somos el resultado de quienes fuimos y de cuanto nos aconteció.

SolPoniente

“Las tres bodas de Manolita” de Almudena Grandes. Con su habitual saber hacer literario, Grandes desarrolla una serie de tramas en las que los acontecimientos históricos se combinan a la perfección con los dramas personales de sus protagonistas. El tercer episodio de su saga sobre el conflicto interminable que fue la Guerra Civil es una novela que nos permite conocer cómo era la vida de aquellos que intentaron mantener la ilusión a pesar de haber sido derrotados por el fascismo y continuar torturados por el franquismo.

LasTresBodasDeManolita

“El invitado amargo” de Vicente Molina Foix y Luis Cremades. El recuerdo del amor vivido visto con la perspectiva de las tres décadas transcurridas desde entonces. Del ímpetu, el desconocimiento y la experimentación de los que se inician como adultos al reposo, la retirada y el balance de los ya instalados en la madurez. Un intercambio folletinesco con dos voces narradoras, capítulos escritos por separado que enfrentan y complementan dos puntos de vista sobre un enamoramiento difuso y una relación que nunca terminó de cuajar pero que tampoco llegó a disolverse.

ElInvitadoAmargo

“Llámame por tu nombre” de André Aciman. Una lograda expresión del deseo y la pasión a los diecisiete años. Una narración obsesiva que quiere entender lo que está sucediendo, anárquica en su búsqueda de palabras con las que expresarse, desesperada por convertirlas en hechos que hagan que las emociones individuales se conviertan en sensaciones compartidas. Una historia guiada por el latido del corazón y el impulso de la libido de sus protagonistas.

LlamamePorTuNombre

“Un incendio invisible” de Sara Mesa. La bancarrota y hecatombe de Detroit le inspiran a Sara Mesa una historia sobre una ciudad apocalíptica en la que no quedan más que personas abandonadas o sin lugar al que ir. Una urbe en la que todo lo que conforma nuestro modelo de bienestar alcanza tal nivel de degradación que peligra hasta la convivencia y el carácter humano de las personas. Una inteligente y sugerente ficción que juega con logrado acierto a exponer, sin enjuiciar, la deriva moral de lo que está relatando.

UnIncendioInvisible

“Lecciones de abstinencia” de Tom Perrotta. A caballo entre la sátira y un despiadado realismo, esta novela muestra el control que el fundamentalismo religioso pretende tener de todo individuo convirtiendo su vida privada -el sexo, el consumo o los hábitos lúdicos- en un continuo campo de batalla. Un sarcástico retrato de la clase media estadounidense y de la decadencia de su modelo de sociedad, de su falta de cohesión, de sus endebles valores y de su falta de rumbo.

LeccionesDeAbstinencia

“Middlesex” de Jeffrey Eugenides. Varias buenas novelas en una única y genial. Un muy bien guiado recorrido por el mundo global que va de los conflictos entre Turquía y Grecia tras la I Guerra Mundial al Berlín posterior a la reunificación alemana pasando por el EE.UU. acogedor de miles de refugiados en los años 30 hasta la extensión del movimiento hippie en los 70. Dentro de él una saga familiar que aúna a la perfección lo antropológico y lo sociológico con lo vivencial y lo emocional. Y también un relato valiente, pedagógico, sensible y acertado sobre la verdad y la realidad de la intersexualidad.

Middlesex

“Honrarás a tu padre” de Gay Talese. Excelente crónica publicada en 1971, entre la ficción literaria y la objetividad periodística, sobre la evolución de la Mafia en la ciudad de Nueva York –y sus ramificaciones en otras partes de EE.UU.- en la que las influencias y las luchas de poder se combinan con la vida personal y familiar de Bill Bonanno. Un sobresaliente retrato de las raíces, las motivaciones y los fines de aquellos que hacían de la ilegalidad –cuando no, la criminalidad- las coordenadas en las que desarrollaban sus trayectorias vitales.

HonrarasATuPadre

“Haz memoria” de Gema Nieto. La historia de tres generaciones de mujeres que es también la no contada de muchas familias de nuestro país. De un tiempo aun convulso que pide volver a él para calmar los asuntos pendientes, para darle luz a aquellos pasajes vividos a escondidas y después condenados al olvido. Una sentencia de negación que anuló el futuro de los que sobrevivieron y lastró a sus descendientes.

HazMemoria

10 películas de 2018

Cine español, francés, ruso, islandés, polaco, alemán, americano…, cintas con premios y reconocimientos,… éxitos de taquilla unas y desapercibidas otras,… mucho drama y acción, reivindicación política, algo de amor y un poco de comedia,…

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120 pulsaciones por minuto. Autenticidad, emoción y veracidad en cada fotograma hasta conformar una completa visión del activismo de Act Up París en 1990. Desde sus objetivos y manera de funcionar y trabajar hasta las realidades y dramas individuales de las personas que formaban la organización. Un logrado y emocionante retrato de los inicios de la historia de la lucha contra el sida con un mensaje muy bien expuesto que deja claro que la amenaza aún sigue vigente en todos sus frentes.

Call me by your name. El calor del verano, la fuerza del sol, el tacto de la luz, el alivio del agua fresca. La belleza de la Italia de postal, la esencia y la verdad de lo rural, la rotundidad del clasicismo y la perfección de sus formas. El mandato de la piel, la búsqueda de las miradas y el corazón que les sigue. Deseo, sonrisas, ganas, suspiros. La excitación de los sentidos, el poder de los sabores, los olores y el tacto.

Sin amor. Un hombre y una mujer que ni se quieren ni se respetan. Un padre y una madre que no ejercen. Dos personas que no cumplen los compromisos que asumieron en su pasado. Y entre ellos un niño negado, silenciado y despreciado. Una desoladora cinta sobre la frialdad humana, un sobresaliente retrato de las alienantes consecuencias que pueden tener la negación de las emociones y la incapacidad de sentir.

Yo, Tonya. Entrevistas en escenarios de estampados imposibles a personajes de lo más peculiar, vulgares incluso. Recreaciones que rescatan las hombreras de los 70, los colores estridentes de los 80 y los peinados desfasados de los 90,… Un biopic en forma de reality, con una excepcional dirección, que se debate entre la hipérbole y la acidez para revelar la falsedad y manipulación del sueño americano.

Heartstone, corazones de piedra. Con mucha sensibilidad y respetando el ritmo que tienen los acontecimientos que narra, esta película nos cuenta que no podemos esconder ni camuflar quiénes somos. Menos aun cuando se vive en un entorno tan apegado al discurrir de la naturaleza como es el norte de Islandia. Un hermoso retrato sobre el descubrimiento personal, el conflicto social cuando no se cumplen las etiquetas y la búsqueda de luz entre ambos frentes.

Custodia compartida. El hijo menor de edad como campo de batalla del divorcio de sus padres, como objeto sobre el que decide la justicia y queda a merced de sus decisiones. Hora y media de sobriedad y contención, entre el drama y el thriller, con un soberbio manejo del tiempo y una inteligente tensión que nos contagia el continuo estado de alerta en que viven sus protagonistas.

El capitán. Una cinta en un crudo y expresivo blanco y negro que deja a un lado el basado en hechos reales para adentrarse en la interrogante de hasta dónde pueden llevarnos el instinto de supervivencia y la vorágine animal de la guerra. La sobriedad de su fotografía y la dureza de su dirección construyen un relato árido y áspero sobre esa línea roja en que el alma y el corazón del hombre pierden todo rastro y señal de humanidad.

El reino. Ricardo Sorogoyen pisa el pedal del thriller y la intriga aún más fuerte de lo que lo hiciera en Que Dios nos perdone en una ficción plagada de guiños a la actualidad política y mediática más reciente. Un guión al que no le sobra ni le falta nada, unos actores siempre fantásticos con un Antonio de la Torre memorable, y una dirección con sello propio dan como resultado una cinta que seguro estará en todas las listas de lo mejor de 2018.

Cold war. El amor y el desamor en blanco y negro. Estético como una ilustración, irradiando belleza con su expresividad, con sus muchos matices de gris, sus claroscuros y sus zonas de luz brillante y de negra oscuridad. Un mapa de quince años que va desde Polonia hasta Berlín, París y Splitz en un intenso, seductor e impactante recorrido emocional en el que la música aporta la identidad del folklore nacional, la sensualidad del jazz y la locura del rock’n’roll.

Quién te cantará. Un misterio redondo en una historia circular que cuando vuelve a su punto inicial ha crecido, se ha hecho grande gracias a un guión perfecto, una puesta en escena precisa y unas actrices que están inmensas. Una cinta que evoca a algunos de los grandes nombres de la historia del cine pero que resulta auténtica por la fuerza, la seducción y la hipnosis de sus imágenes, sus diálogos y sus silencios.

“Hacia las luces del norte” de Angel Valenzuela

Un viaje spanglish en coche de dos jóvenes que recorren Estados Unidos partiendo desde México para llegar a Canadá. Un trayecto por esa América anodina, salvaje y vacía que con su silencio obliga a la búsqueda y al diálogo interior. Un relato directo y sin rodeos sobre la identidad, el deseo, la comunicación con el otro, la necesidad de poner palabras a lo que no se nombra y de hacer tangible la abstracción del futuro.

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Cuando tienes veinte años el mundo no está a tus pies como nos suelen decir, lo que ocurre es que cuentas con la energía, las ganas, la falta de compromisos y el desconocimiento suficiente para moverte sobre él sin dejarte atrapar por las múltiples formalidades y protocolos que suele exigir hacerse un hueco en él. Si además tienes una familia que te soporta en lo material, dándote casa, estudios y posibilidades para tu vida social, se te coloca esta etiqueta sin que nadie te explique qué supone exactamente.

Aparentemente, Demetrio y Andy son dos jóvenes que vistos desde fuera podrían pasar por esa clase de personas libres de preocupaciones y sin mayor obligación que cumplir el guión que les asignaron sus mayores cuando nacieron. Formarse y conseguir un buen empleo. Casarse heterosexualmente. Reproducirse y dar pie a que el ciclo se siga repitiendo.

Pero antes de que el primero consolide el segundo paso, le pide a su mejor amigo hacer un viaje como última oportunidad teórica de poder hacer algo por impulso, al margen de reglas civiles y deberes familiares aún por conocer. Hacia las luces del norte se inicia en ese mundo de hábitos establecidos por el american way of life que va más allá de la frontera que marca el Río Grande. Pero una vez que se alejan de esas coordenadas, Andy –narrador en primera persona- se va quitando las capas de pudor, formalidad y vergüenza con las que se ha ido cubriendo a medida que se hacía adulto para revelarnos quién es y cómo se siente en su relación con el mundo familiar y social en el que vive.

Así es como a lo largo de una atractiva narración de kilómetros de rodaje por paisajes infinitos, y paradas en ciudades cortadas por el mismo patrón con la intención de llegar hasta Calgary para ver la aurora boreal, toma forma la exposición de su homosexualidad. Algo que no iría más allá de no ser por el deseo y la turbación que su amigo Demetrio le ha causado desde que las hormonas se colocaron en el puesto de gobierno que tienen en toda persona desde su adolescencia.

Una tensión en la que la honestidad, la cercanía corporal, el calor ambiental, la indefinición de la noche y el imán de la piel harán de las suyas generando una atmósfera de atracción, carnalidad, morbo y deseo. Una vivencia en la que Angel Valenzuela nos implica con un estilo sobrio y coloquial que va más allá de lo erótico, pero sin eludir lo físico ni lo sexual ni endulzar las consecuencias de las reacciones químicas y los comportamientos humanos –unos marcados por la razón, otros por la emoción- que nos relata con acertada precisión. Ese es el verdadero viaje de Hacia las luces del norte y el motivo por el que me apetece leer más de este autor para así también volver a disfrutar con cómo combina el español con el inglés en su escritura.