Archivo de la etiqueta: empatía

“Un dios salvaje” de Yasmina Reza

La corrección política hecha añicos, la formalidad adulta vuelta del revés y el intento de empatía convertido en un explosivo. Una reunión cotidiana a partir de una cuestión puntual convertida en un campo de batalla dominado por el egoísmo, el desprecio, la soberbia y la crueldad. Visceralidad tan brutal como divertida gracias a unos diálogos que no dejan títere con cabeza ni rincón del alma y el comportamiento humano sin explorar.

El matrimonio es una unión de dos sometido a multitud de pruebas externas. Una de ellas son los hijos y lo que estos conllevan, como que el tuyo se pegue con otro y consideres que la manera de resolver las consecuencias (tu vástago se ha quedado sin dos dientes y con el labio roto) es hablando con los progenitores de su agresor. La teoría dice que el diálogo es la base del entendimiento y la compresión, el medio para llegar a un punto medio que satisfaga a todos los interlocutores. Pero la realidad nos demuestra muchas veces que esta suposición no es más que una aspiración. Cuando no somos capaces de superar las dificultades que nos surgen al recorrer su camino o estas nos tocan el orgullo, comienza un viaje con dos posibles destinos.

O aceptamos que esta situación nos amarga la vida y paramos para calmar, entender y resolver nuestra frustración con el fin de evitar la confrontación en la que no queremos vernos envueltos. O iniciamos una deriva de evitación y salvaguarda personal en la que la falta de modestia y humildad se va transformando en una espiral de desconfianza y descrédito del otro. Primero de manera muy sutil, poniendo en duda el sentido de sus expresiones, después atacando abiertamente la veracidad de sus argumentos y finalmente despreciando quién y cómo es sin importar el motivo ni el objetivo del encuentro.

Lo divertido de Un dios salvaje es que lo que se inicia como una confrontación de dos parejas de padres evoluciona hacia un conflicto que se ve aumentado por la eclosión simultánea y en paralelo de dos guerras civiles, la de cada uno de los matrimonios. Lo que hasta entonces se había intentado encauzar racionalmente a base de apariencia formal, como si se tratara de una negociación o un debate parlamentario con luces y taquígrafos, explota en una locura de visceralidad cuando la conversación ya no versa sobre alguien ausente (los hijos), sino que se entra a criticar impunemente los pilares de la convivencia y el compromiso con aquel con el que se supone que se comparte proyecto de vida.

Lo inteligente de Yasmina Reza es que, no conforme con haber llegado hasta ahí, retuerce mordazmente aún más la situación en un cruce múltiple entre sus cuatro personajes de identificaciones y proyecciones, alianzas y conexiones tan profundas y efímeras como evidentes y contradictorias. Ahí, ya sin vergüenza ni pudor en sus verbalizaciones y extremando cuanto hagan falta las aseveraciones, se manifiestan con orgullo y exaltación las actitudes personales, los valores y los principios éticos (la diferencia de clases, el esnobismo, el machismo, el materialismo…) que nunca reconoceríamos abiertamente si las circunstancias no nos obligaran a quitarnos la careta del civismo que se nos presupone como miembros de una sociedad moderna, educada y democrática.

Un dios salvaje, Yasmina Reza, 2007, Alba Editorial.

10 novelas de 2019

Autores que ya conocía y otros que he descubierto, narraciones actuales y otras con varias décadas a sus espaldas, relatos imaginados y autoficción, miradas al pasado, retratos sociales y críticas al presente.

“Juegos de niños” de Tom Perrotta. La vida es una mierda. Esa es la máxima que comparten los habitantes de una pequeña localidad residencial norteamericana tras la corrección de sus gestos y la cordialidad de sus relaciones sociales, la supuesta estabilidad de sus relaciones de pareja y su ejemplar equilibrio entre la vida profesional y la personal. Un panorama relatado con una acidez absoluta, exponiendo sin concesión alguna todo aquello de lo que nos avergonzamos, pero en base a lo que actuamos. Lo primario y visceral, lo egoísta y lo injusto, así como lo que va más allá de lo legal y lo ético.

“Serotonina” de Michel Houellebecq. Doscientas ochenta y ocho páginas sin ganas de vivir, deseando ponerle fin a una biografía con posibilidades que no se han aprovechado, a un balance burgués sin aspecto positivo alguno, a un legado vacío y sin herederos. Pudor cero, misoginia a raudales, límites inexistentes y una voraz crítica contra el modo de vida y el sistema de valores occidental que representan tanto el estado como la sociedad francesa.

“Los pacientes del Doctor García” de Almudena Grandes. La cuarta entrega de los “Episodios de una guerra interminable” hace aún más real el título de la serie. La Historia no son solo las versiones oficiales, también lo son esas otras visiones aún por conocer en profundidad para llegar a la verdad. Su autora le da voz a algunos de los que nunca se han sentido escuchados en esta apasionante aventura en la que logra lo que solo los grandes son capaces de conseguir. Seguir haciendo crecer el alcance y el pulso de este fantástico conjunto de novelas a mitad de camino entre la realidad y la ficción.

“Golpéate el corazón” de Amélie Nothomb. Una fábula sobre las relaciones materno filiales y las consecuencias que puede tener la negación de la primera de ejercer sus funciones. Una historia contada de manera directa, sin rodeos, adornos ni excesos, solo hechos, datos y acción. 37 años de una biografía recogidas en 150 páginas que nos demuestran que la vida es circular y que nuestro destino está en buena medida marcado por nuestro sistema familiar.

“Sánchez” de Esther García Llovet. La noche del 9 al 10 de agosto hecha novela y Madrid convertida en el escenario y el aire de su ficción. Una atmósfera espesa, anclada al hormigón y el asfalto de su topografía, enfangada por un sopor estival que hace que las palabras sean las justas en una narración precisa que visibiliza esa dimensión social -a caballo entre lo convencional y lo sórdido, lo público y lo ignorado- sobre la que solo reparamos cuando la necesitamos.

“Apegos feroces” de Vivian Gornick. Más que unas memorias, un abrirse en canal. Un relato que va más allá de los acontecimientos para extraer de ellos lo que de verdad importa. Las sensaciones y emociones de cada momento y mostrar a través de ellas como se fue formando la personalidad de Vivian y su manera de relacionarse con el mundo. Una lectura con la que su autora no pretende entretener o agradar, sino desnudar su intimidad y revelarse con total transparencia.

“Las madres no” de Katixa Agirre. La tensión de un thriller -la muerte de dos bebés por su madre- combinada con la reflexión en torno a la experiencia y la vivencia de la maternidad por parte de una mujer que intenta compaginar esta faceta en la que es primeriza con otros planos de su persona -esposa, trabajadora, escritora…-. Una historia en la que el deseo por comprender al otro -aquel que es capaz de matar a sus hijos- es también un medio con el que conocerse y entenderse a uno mismo.

“Dicen” de Susana Sánchez Aríns. El horror del pasado no se apagará mientras los descendientes de aquellos que fueron represaliados, torturados y asesinados no sepan qué les ocurrió realmente a los suyos. Una incertidumbre generada por los breves retazos de información oral, el páramo documental y el silencio administrativo cómplice con que en nuestro país se trata mucho de lo que tiene que ver con lo que ocurrió a partir del 18 de julio de 1936.

“El hombre de hojalata” de Sarah Winmann. Los girasoles de Van Gogh son más que un motivo recurrente en esta novela. Son ese instante, la inspiración y el referente con que se fijan en la memoria esos momentos únicos que definimos bajo el término de felicidad. Instantes aislados, pero que articulan la vida de los personajes de una historia que va y viene en el tiempo para desvelarnos por qué y cómo somos quienes somos.

“El último encuentro” de Sándor Márai. Una síntesis sobre los múltiples elementos, factores y vivencias que conforman el sentido, el valor y los objetivos de la amistad. Una novela con una enriquecedora prosa y un ritmo sosegado que crece y gana profundidad a medida que avanza con determinación y decisión hacia su desenlace final. Un relato sobre las uniones y las distancias entre el hoy y el ayer de hace varias décadas.

“El último encuentro” de Sándor Márai

Una síntesis sobre los múltiples elementos, factores y vivencias que conforman el sentido, el valor y los objetivos de la amistad. Una novela con una enriquecedora prosa y un ritmo sosegado que crece y gana profundidad a medida que avanza con determinación y decisión hacia su desenlace final. Un relato sobre las uniones y las distancias entre el hoy y el ayer de hace varias décadas.

ElUltimoEncuentro.jpg

41 años después de verse por última vez, Konrad y Henry se encuentran de nuevo en la casa del segundo, en el mismo salón y con la misma disposición de la mesa, para cenar el mismo menú que aquel día no olvidado. Una puesta en escena que da vía libre a que se manifiesten los fantasmas que durante tanto tiempo se hicieron dueños del espacio y tiempo que ambos no compartieron. Una reunión que se presenta como una oportunidad única para saber qué pasó con su amistad, qué hizo cada uno con su vida tras su abrupta separación y con qué bagaje se colocan ahora frente a frente, si tienen algo pendiente o si aún hay algo positivo que les une.

A pesar del tiempo transcurrido, en El último encuentro no hay confrontación o vacío, sino diálogo y ánimo de entendimiento y comprensión. La empatía es el principio que marca el planteamiento con que Márai hace que Henry y Konrad se vuelvan a relacionar. Tras unos primeros capítulos en que nos cuenta cómo se conocieron en la Viena imperial de finales del siglo XIX y cómo surgió el vínculo entre ellos a pesar de las diferencias externas –nivel económico de sus familias e intereses personales-, abre la herida que aún sigue abierta. Con una sensibilidad excepcional y una sobresaliente selección de detalles, da la palabra a Henry para poner de relieve no sólo bajo qué formas se desarrolló su amistad, sino que sentimientos la forjaron y qué sensaciones compartieron en los muchos episodios que compartieron.

La enriquecedora intensidad que gana en ese momento la narración es pareja al sosiego con que son relatados los acontecimientos que se describen, dejando claro que son siempre la experiencia subjetiva de quien los cuenta, pero haciendo ver el esfuerzo que éste hace por contemplar, entender e integrar en su discurso otros puntos de vista que van más allá de su terrenal, sesgada y limitada individualidad. Un concienzudo ejercicio de reflexión sobre las motivaciones de las relaciones interpersonales, un esfuerzo intelectual en torno a la esencia y la exigencia de valores como la generosidad, la solidaridad y el altruismo y lo que nos hace no solo seres humanos y sociales, sino afectivos.

Al tiempo, Sándor Márai introduce otros elementos importantes como la manera de contemplar el futuro cuando somos jóvenes y parece que gobernamos el mundo en el que vivimos, y de revisar el pasado cuando ya somos muy mayores y nuestro entorno parece funcionar con un manual de instrucciones que desconocemos. De esta manera, aun sin hacer referencia directa a ello, habla también sobre el desconcertante presente en que escribió esta novela, en 1942, cuando el nazismo y la II Guerra Mundial asolaban su Hungría natal.

El último encuentro, Sándor Márai, 1942, Narrativa Salamandra.

“Algunas razones” de Paco Tomás

Una de las herramientas de trabajo de todo periodista son las palabras. Son el medio con el que –sobre todo los que trabajan en cabeceras impresas u on line- nos hacen llegar lo que ven, escuchan y conocen, pero también lo que a título personal opinan, se interrogan y plantean. Pero solo los buenos generan recuerdo con lo que escriben y agitan la conciencia de quien les lee. Uno de esos es el Sr. Paco Tomás, valga como ejemplo este recopilatorio de artículos publicados en distintas cabeceras, escritos unas veces con el humor del que sabe reírse hasta de sí mismo y otras con la seriedad de aquel que está comprometido con unos valores colectivos.  

AlgunasRazones.jpg

No acudan a las librerías sino a internet si queréis conseguir este volumen. Debe ser –quizás, también puede que me equivoque- que ningún departamento de marketing de las editoriales de nuestro país ha considerado que merecería la pena financiar su maquetación, impresión y distribución. Error similar al de las dependientas de Rodeo Drive que no querían atender a Vivian Pretty Woman por el look fresco y la actitud desenfadada con que se adentraba en sus locales.

Utilizo este símil por un doble motivo. Primero porque me gusta y segundo porque es una imagen llena de humor y acidez que me vino a la cabeza al leer el primer bloque de Algunas razones, el titulado 37 grados. Con mucha sorna y más desparpajo aún, el Sr. Paco Tomás describe en sus diversas entradas las aventuras y desventuras de un grupo de pijas en los veranos de la Mallorca de principios de los 2000. Mientras la Susi de Eduardo Mendicutti seguía desde El Mundo a la familia real, él se ocupaba de los que pretendían salir en el Hola pero eran carne de cañón del Pronto. Un universo de personajes absurdos, situaciones aberrantes y vivencias petulantes que recuerdan a la disparatada pirotecnia multicolor del Terenci Moix de Garras de astracán, Mujercísimas y Chulas y famosas.

A continuación, con un verbo más templado, Tienes un e-mail recopila una serie de correos electrónicos en los que un amigo le cuenta a otro que se ha mudado a EE.UU. qué sucede en la vida de aquellos que se quedaron en su país. Aquí la flema ya no lo llena todo y con fino humor hace espacio para una realidad que comienza siendo aquella en la que vivíamos por encima de nuestras posibilidades y deja espacio para reflexionar sobre cuánto había de artificio en lo que se había vivido hasta entonces.

En 2009 comienza El ingenuo seductor, que se prolonga hasta 2013. La crisis financiera, económica, institucional, política,…, comienza a hacer estragos a nuestro alrededor y nuestro autor se posiciona ante lo que está ocurriendo. Pero no como un tertuliano que opina de todo, sino como un mástil que defiende unos valores –igualdad, libertad, convivencia, empatía,…-  que ve en peligro por las acciones y decisiones de unos gobernantes que imponen el neoliberalismo económico como manera de fomentar el individualismo, la cultura del mérito y la ley de la oferta y la demanda para conseguir el divide y vencerás con el que implantar un canibalismo que acabe con la cohesión social.

Aquí es donde el Sr. Paco Tomás se despliega. Sabe argumentar, expone con claridad, deja claro cuál es su punto de vista y los referentes que maneja, así como los propósitos –unas veces genéricos y otras más concretos- que pretende. Es decir, escribe bien, se le entiende y al acabar no queda duda alguna de lo que nos ha contado.

Son artículos como los de We are not in Kansas anymore (2013-2014) en los que, mostrando incluso sus experiencias personales, expone las muchas trabas que la población y las circunstancias LGTB han de hacer frente en una sociedad que aún ha de evolucionar para llegar a disfrutar de la riqueza de su diversidad, en lugar de percibirla como una debilidad. Textos con un logrado equilibro entre lo emocional y el sentir político que, al igual que los anteriores, dejan un poso de reflexión que en la mayoría de las ocasiones suele dar pie tanto al debate como a la introspección. A bucear dentro de uno mismo recordando cómo te percibías durante tu niñez –con ilusión pero también con dolor-, la primera vez que escuchaste al artista que desde siempre ha puesto banda sonora a tu vida (David Bowie en su caso) o cómo actúas ante las injusticias con la que convivimos pasivamente (ej. el acoso escolar, la violencia en el fútbol o las injerencias de la Conferencia Episcopal).

Si al acabar Algunas razones se quedan con ganas de más Paco Tomás, recuperen su primera novela, Los lugares pequeños, y sigan disfrutando.

“El ciclo del amor marica” de Gabriel J. Martín

Entender cómo funciona el sentimiento del amor es fundamental no solo si se quiere vivir una relación a largo plazo, sino si también se desea vivir plenamente, pero de manera individual, aquellas facetas personales que se comparten en una pareja.  De manera clara y didáctica, a la par que amena y hasta divertida, este título realiza un somero repaso de todos esos factores que hay que tener en cuenta para enunciar esa ecuación cuya verdadera fórmula y resultado, única en cada caso, solo conocerán de verdad los encargados de ponerla en marcha y reelaborarla continuamente a lo largo del tiempo.

ElCicloDelAmorMarica.jpg

A priori el amor no debiera entender de género, identidad u orientación sexual, hombres y mujeres, cis y transexuales, homosexuales, bisexuales y heterosexuales somos susceptibles de enamorarnos, de ser correspondidos y de querer vivir ese afecto a través de un proyecto de vida a cuya construcción ambas partes nos comprometamos. Sin embargo, basta mirar el recorrido histórico que llevamos desde hace siglos hasta hoy mismo para saber que en la sociedad en la que vivimos se denigra a muchas personas por múltiples motivos. He ahí las obvias diferencias entre hombres y mujeres, pero igual de claras y evidentes, aunque mucho más silentes, son las también sufridas desde tiempos inmemoriales por –entre otros muchos colectivos- los hombres homosexuales.

Un legado que sigue vigente y contra el que, como Gabriel bien indica, se ha de luchar utilizando herramientas como la del lenguaje normalizador, entendido este no como una tabula rasa que elimina diferencias y homogeneiza características, sino como el que da los términos exactos a las realidades en las que vivimos. Un novio es un novio, y no un “amigo”, y a un marido no se le presenta como “mi pareja”.  El segundo pilar es hablar de cómo pueden ser las etapas de una relación afectiva entre dos hombres, como entre un hombre y una mujer o entre dos mujeres, desde un punto de vista realista, dejando a un lado todos los mitos, fantasías y leyendas que han empañado la educación que hemos tenido -si es que alguien nos la ha proporcionado- sobre el amor.

Así que si el amor no es a primera vista ni para siempre, no lo redime todo ni mueve montañas, ¿en qué consiste exactamente?

En primer lugar, para que el amor llegue a formularse y construirse necesita que las dos personas que intentan formar una pareja sean equilibradas, que se hayan aceptado a sí mismas y que vivan su orientación sexual de manera natural e integrada en todas las áreas de su vida, sin traza alguna –o estar en proceso de resolverla- de homofobia interiorizada. Un tema que ya trató Gabriel J. Martín en su también muy bien planteado y desarrollado Quiérete mucho maricón. Factor importante es, también, no tener pendientes de resolución otras cuestiones psicológicas que no solo impiden a esos hombres tener relaciones fructíferas, sino que les convierte en personas tóxicas con capacidad de herir a aquellos con quienes, aparentemente, lo intentan.

Dejando atrás las rémoras, para aquellos que lo desean y les surge la oportunidad de llevarlo a la práctica, el amor sigue una serie de fases que tienen un discurrir más o menos lineal y que cada persona -y por tanto, cada pareja- vive de una manera diferente en base a su personalidad, experiencia e, incluso, estructura neuronal.  Desde la pasión inicial en la que cada cuerpo es un torrente hormonal y el deseo físico es lo más protagonista, pasando por la etapa de la intimidad, de exponer y conocer las motivaciones y planteamientos personales del otro ante la vida para llegar a la posibilidad de plantearse un proyecto conjunto. Un compromiso que posteriormente hay que mantener y adaptar a las circunstancias cambiantes que vayan surgiendo. Y si llega el día en que este se acaba, hay que saber ver y aceptar las señales que lo indican y ponerle fin a la relación de la manera más adecuada para que no solo no deje mal recuerdo, sino para que no se convierta en un lastre que impida disfrutar del futuro.

Este es el eje más habitual del amor, entre dos personas, aunque Gabriel J. Martín también considera otras casuísticas existentes como la del poliamor, o las de relaciones con características propias como son las intergeneracionales o las de entre personas que viven distanciadas por muchos kilómetros.

Como bien dice su autor, El ciclo del amor marica no ofrece una receta mágica, pero sí una completo y claro mapa a partir del cual un hombre homosexual –aunque también a otros públicos con capacidad de empatía ante los ejemplos y supuestos prácticos expuestos,que se decidan a leer este libro- pueda plantearse y reflexionar cómo quiere vivir el amor de pareja y todos aquellos ingredientes que lo conforman, pero que también se pueden disfrutar fuera de ella.

“Los besos en el pan” de Almudena Grandes

La vida transcurre por las calles y hogares de esta novela con la misma naturalidad y espontaneidad que en las ciudades y pueblos que habitamos cada uno de sus lectores.  Un relato verosímil sobre la cara humana de la crisis que llevamos viviendo desde hace casi una década. Historias cruzadas que encajan con la misma fluidez con que discurren en un equilibrio perfecto entre la ficción inspirada en la actualidad y el docudrama cinematográfico.

LosBesosEnElPan.jpg

Los besos en el pan son la verdad, esos relatos que rara vez nos cuentan los medios de comunicación cuando dicen transmitirnos los acontecimientos que estamos viviendo. La prima de riesgo sube, el Gobierno no tiene ingresos suficientes y para que le cuadren las cuentas, recorta los presupuestos de sanidad, se ordena el cierre del centro de salud del barrio, los vecinos se manifiestan pidiendo que siga abierto,… Llegamos a ver alguna pieza de hasta un minuto en televisión, quizás un reportaje de dos, tres o cuatro páginas en un periódico o un suplemento dominical. Pero, ¿qué hay más allá de esa imagen de una familia –que tan rápido nos impacta como olvidamos- que no puede pagarse los medicamentos o la asistencia especializada o no puede desplazarse a donde le dicen que tiene que acudir ahora para recibir sus cuidados paliativos?

Tras esos gestos hay un largo recorrido de sueños e ilusiones que un día se vivieron como una satisfactoria realidad que poco a poco pasó a ser un escenario de lucha contra lo invisible y lo imposible. No bastó con asumir cambios ni convivir resignadamente con las dificultades, tras ellas llegaron los gastos inasumibles, las horas del día sin nada que hacer y la aceptación de la derrota, la sensación de apocalipsis. Una amalgama de nervios, ansiedad y desesperación que se tradujo en gestos adustos y conversaciones, si acaso, monosilábicas; lágrimas amargas y rostros que ya no saben sonreír. Silencios prolongados tras los que llegó la condena social de la soledad, que acaba siendo también auto infligida. Una condena previa a otra mayor en forma de aislamiento, depresiones, divorcios o radicalizaciones ideológicas.

Hasta ese cercano pozo de infinita oscuridad que nadie quiere ver ni aceptar llega Almudena Grandes en un ejercicio que tiene tanto de literario como de tremenda empatía con el género humano para mostrar las mil caras de esos muchos, miles, cientos de miles, millones incluso, afectados por eso que unos han llamado crisis y que otros creemos que es una asfixiante vuelta de tuerca del sistema social, político y económico en el que vivimos. Personas de carne y hueso y no solo números que conforman las estadísticas que se leen en despachos ajenos a nosotros, seres que se merecen ser escuchados y a los que solo les dedicamos una evasiva mirada cuando nuestros ojos se cruzan con los suyos. Pero Grandes es valiente y por eso la minuciosidad de lo que nos cuenta, la franca desnudez de sus descripciones y el vibrar de sus diálogos produce un profundo efecto conmovedor por su claridad y autenticidad.

Decenas de nombres y apellidos, de hombres y mujeres, casados y solteros, padres e hijos, hermanos y amigos, vecinos y compañeros de trabajos que confluyen, se cruzan, se unen, se separan, coinciden y divergen ayer, hoy y mañana con la misma anárquica precisión con que funciona cualquier red, sistema o medio que da servicio o coordina a una multitud indefinida de usuarios. Almudena nos lleva, nos hace ir y venir entre ellos sin establecer ninguna ruta a priori, pero haciendo que el camino resulte de una lógica aplastante y los pequeños detalles, instantes y momentos que nos relata, formen una completa panorámica 360º de nuestra sociedad y nuestro tiempo.

Por eso Los besos en el pan es una ficción que no solo nos resulta creíble y verosímil, sino también cercana. Sentimos como propio lo que les ocurre, piensan y escuchan los que la habitan; hacemos nuestra su impotencia y sensación de indefensión, así como su coraje y su capacidad para, a pesar de todo, sobrevivir, mantenerse en pie y confiar en un futuro mejor.

“La tierra de los abetos puntiagudos” de Sarah Orne Jewett

Los lugares en los que aparentemente no sucede nada tienen el potencial para ser los más interesantes, esos en los que podemos vivir nuestro interior –corazón y mente- de manera más humana y natural, haciendo de él el verdadero protagonista de nuestra existencia al margen de normas o convenciones. Hasta ese espacio de autenticidad es donde nos propone llegar esta obra escrita en 1896 y que Dos Bigotes rescatan en su nueva propuesta editorial.

LaTierraDeLosAbetosPuntiagudos

Buscar el progreso personal es algo tan natural como el hecho de respirar o alimentarse cada día. Recurrimos para ello a multitud de recursos en los que esperamos encontrar la clave, la pieza o la respuesta que creemos nos falta o que nos haga sentir que hemos dado un paso adelante. Sin embargo, en muchas ocasiones bastaría con que miráramos a nuestro alrededor para encontrar las respuestas que nos den la inspiración que necesitamos para alcanzar la paz y la plenitud que deseamos. Esta pequeña novela de Sara Orne Jewett, bien podría ser esa joya que nos anime a sentir que si queremos, podemos, que el secreto de la satisfacción y la felicidad está en convivir con el lugar que nos rodea, conversar con las personas que lo habitan y conocer el legado de su historia, complementándonos con sus estaciones y su particular discurrir del tiempo.

El siglo XIX es en la literatura el de la sensibilidad a flor de piel, el de dejarse llevar por los impulsos y escuchar al corazón luchando contra las imposiciones de la razón. Es también el del realismo a la hora de mirar al entorno, haciendo de él un personaje con el que se convive y dialoga, dándole así un protagonismo que hasta entonces no había tenido.  Estilos, visiones y objetivos que confluyen haciendo surgir narraciones como la de la protagonista, y narradora en primera persona, de este título. Su búsqueda y sus ganas tranquilas de descubrir los referentes que la rodean invisiblemente en la pequeña localidad costera de Dunnet Landing (lugar de ficción en el estado de Maine, noreste de EE.UU.) se desarrollan con sosiego, las emociones fluyen libremente buscando en la naturaleza su reflejo, el devenir no es algo marcado sino que está por ser construido día a día. Las normas y las convenciones se diluyen y se percibe y disfruta la belleza de lo efímero, la fugacidad del instante.

Un lugar en el tiempo y el espacio creado con una prosa delicada y sensible, que se acerca a cada lugar que visita, a cada persona con la que se encuentra y a cada evento al que acude, con todos los sentidos a pleno rendimiento, pero siempre estableciendo vínculo, creando cercanía y ofreciendo intimidad. La narrativa de Orne Jewett hace de cada momento una experiencia completa eligiendo las palabras precisas, uniéndolas con el ritmo adecuado en sus frases y estructurando su historia en los capítulos necesarios para introducirnos, al igual que hace ella, en ese pequeño universo al que ha ido a parar para, poco a poco, dejar de ser una visitante y convertirse en una más de sus habitantes.

Aunque en ocasiones creamos que el pasado ya nos ha aportado todo lo que tenía, no está de más mirar hacia atrás, de cuando en cuando, en la historia de la literatura universal para llegar a coordenadas en las que no habíamos reparado hasta ahora. Como las de “La tierra de los abetos puntiagudos”, que nos hacen ver que el futuro se construye no solo creando, sino también conociendo y recuperando.

“Sebastián en la laguna”, belleza y empatía de la mano de José Luis Serrano

Las observaciones, sentimientos e interacciones de un adolescente con su entorno conforman en la narrativa de José Luis Serrano una ficción hilada a través del respeto, delicadeza y empatía con que nos hace llegar las vivencias, sensaciones y descubrimientos de su protagonista en esta historia contada en primera persona.

650_1000_20140612_sebastian-laguna

Los años previos a la adultez suelen ser tratados en muchas ocasiones –tanto desde la literatura como desde los medios de comunicación o el entramado institucional y político- como un purgatorio, un trance de incomprensión, lucha y rebeldía transitoria que posteriormente llevará al saber estar, a aceptar las normas del sistema o incluso a convertirse en legislador y garante del mismo. “Sebastián en la laguna” demuestra que no es así, que no existen esos lugares comunes cuando se tienen doce, catorce o dieciséis años.

El respeto con el que José Luis Serrano da rienda narrativa a los pensamientos de su protagonista demuestra que cada etapa de la vida tiene un sentido y una manera de expresarse, resultado de las herramientas y habilidades de que se dispone para lidiar con aquello que se está viviendo. Para ello utiliza una sintaxis propia de la edad del personaje que conduce la historia, un reto que resuelve con absoluta maestría. Me pregunto si para ello, José Luis hizo como Miguel Delibes con “Cinco horas con Mario” y se pasó horas en los parques escuchando la manera de hablar de los chavales de hoy en día o si tiró de memoria para que su pluma escribiera en la manera en que él lo hacía tres décadas atrás.

En manos de este autor un adolescente no es un adulto inmaduro o aún por formar; es un niño que crece integrando en su persona y en su experiencia aquellos terrenos humanos que hasta entonces no habían existido para él –el impulso de la sexualidad, los afectos que van más allá de la biología, las relaciones sin garantía de reciprocidad fuera del entorno familiar- y cómo hay que hacerlo sin información alguna (la sexualidad) ni referentes (homosexualidad) en un entorno lleno de prejuicios (los rojos son unos progres, el sida es cosa de maricones).

El señor Serrano, el adulto, se limita a su papel como conductor literario de esa subjetividad que solo quiere conocer los por qué y comprender los para qué, saber de dónde se viene y hacia dónde se va, entender qué le daban hecho y qué tiene que construir por sí mismo en el futuro inminente. Preguntas e interrogantes cuyas respuestas se van formando y enriqueciendo poco a poco, en una cadencia muy bien estructurada a base de pequeños capítulos (la organización social y temporal –estacional y diaria- de lugar en el que se veranea; qué se conoce mediante la propia observación o a través de la subjetividad de otros; los límites entre las vivencias de la chavalería y de los que son más mayores, lejanas de los etiquetados como adultos; los lugares cercanos y los lejanos que parecen inimaginables como Noruega, París o Nueva York,…) y transmitida al lector con un rico vocabulario con el  que escritor y narrador en primera persona se fusionan de manera continua con resultado beneficioso para ambos. Mientras el creador enriquece su novela, el observador del mundo que le rodea hace crecer su persona.

José Luis escribe con una extremada delicadeza, desplegando una absoluta empatía con esa etapa vital que no transcurre tan rápido como se dice desde la posición madura y experimentada que se presuponen para sí los mayores de edad. “Sebastián en la laguna” hace patente, a pesar de durar tan solo un verano, que esos años en que el cuerpo físico se transforma son una etapa llena de pliegues en muchas de sus capas, de recodos en sus múltiples caminos, que en ella no todos los minutos duran los mismos sesenta segundos.

Con su referencia a Marcel Proust y su “En busca del tiempo perdido” deja claro que no todo es una línea recta de principio a fin, que hay que ir y venir para reformular y construir a base de reconstruir. Así es como crece su relato y se va asentando en la mente y el corazón de su lector, haciéndole reflexionar sobre cómo fue su infancia, su despertar sexual o cómo el término sida se convirtió para él en algo más que una palabra, primero un fantasma y después una realidad de la que saber prevenirse,  ser vecino o llegado el caso, convivir. Son esos primeros años 80 en los que mientras en EE.UU. se vivía en el mundo político y mediático lo que contaban Randy Shilts en “And the band played on” o en la comunidad homosexual lo que Larry Kramer en “The normal heart”, en nuestro país el común de los mortales murmuraban inicialmente en pequeños grupos, y comentaban posteriormente en voz alta, lo que se puede leer en esta novela.

Sea por la estética de su narración, la belleza de su discurso o la latente historicidad de su relato, “Sebastián en la laguna” bien merece la pena.