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“Espacios de libertad” de Juan Pablo Fusi

La modernidad y creatividad cultural que en buena medida vivimos hoy en día no tienen nada que ver con la aridez que nuestro país vivió en este campo tras el inicio de la dictadura franquista. Este ágil ensayo nos recuerda cuáles fueron las claves, las etapas, los retos y los nombres que hicieron que la renovación que comenzó en torno a 1960 diera como resultado un sistema completamente diferente una vez consolidada la democracia en la década de los 80.

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El fin de la Guerra Civil trajo consigo un sistema de poder en el que el franquismo negó el pasado más reciente y buscó referenciarse en hitos como la Reconquista, la unión de los Reyes Católicos y el Imperio en el que nunca se ponía el sol, al tiempo que dejaba el sistema y los contenidos educativos en manos de la Iglesia. Súmese a esto la represión expresiva, informativa e ideológica que prorrogaba la ya efectuada durante la contienda y la falta de medios materiales (alimento, transporte,…) para convertir el país en un páramo en el que cualquier atisbo de creación artística no solo tenía limitada la motivación, sino también su materialización y qué decir de su divulgación. Solo era posible aquello que comulgara con los principios del régimen, el ora et labora de la economía agrícola, la exaltación política de lo español y el castrante nacionalcatolicismo en lo social como se podían ver en construcciones como la del Valle de los Caídos o el Arco de la Victoria en Madrid.

Así fue durante las dos primeras décadas, resultado de factores como el aislamiento internacional debido a la II Guerra Mundial y el inicio de la Guerra Fría y a que la mayoría social del país seguía afectada por su vivencia de la fratricida contienda. Sin embargo, los años 50 implicaron una ligera apertura del régimen –acuerdos con EE.UU., entrada en NN.UU.- y la incorporación al sistema social de una nueva juventud que poco a poco fue introduciendo en sus manifestaciones –cine (Juan Antonio Bardem), música (Joaquín Rodrigo), literatura (Camilo José Cela), pintura (Rafael Canogar), ensayo histórico (Claudio Sánchez Albornoz), pensamiento filosófico (Julián Marías), análisis económico (Luis Ángel Rojo),…- un punto de vista realista a la situación que vivían. Un saldar cuentas con el pasado reciente a partir del cual se comenzó a mirar al futuro de manera decidida.

Algo que el conjunto del país fue haciendo a medida que se industrializaba y urbanizaba, aunque de manera muy desigual, y comenzaba a recordar su pasado más reciente –el denostado liberalismo del siglo XIX y el convulso comienzo del XX- y a plantearse nuevamente su identidad regional y nacional -como en la poesía de Blas de Otero y Luis Cernuda-. Tiempos de agitación social con protestas estudiantiles y sindicales y primeras reivindicaciones femeninas que chocaban con la censura y el inmovilismo de un régimen que se anclaba en sus posiciones al no tener una verdadera alternativa, aunque sí cierta oposición política de una izquierda cuya única estructura era la clandestina del Partido Comunista. Mientras el sistema se preocupaba por su pervivencia una vez que estuvo claro que la vida del Caudillo se acercaba a su fin, la sociedad clamaba por la llegada de la democracia, siendo secundario el hecho de que fuera como República o como Monarquía.

Sin embargo, no fue fácil llegar a ello, la violencia de ETA junto a la de otros grupos, además de la justificada como acción policial o judicial del Gobierno, hicieron temblar los cimientos de la evolución hacia nuevas formas de organización y gestión social, política, económica y territorial. Un ambiente de nuevas metas y preocupaciones que los autores de aquel momento recogieron en sus obras, he ahí el cine de Carlos Saura, la pintura de Eduardo Arroyo, los títulos de Fernando Savater o las novelas de Juan Marsé.

Tras el punto de inflexión que supuso el 20 de noviembre de 1975, el país supo hacer frente a las muchas dificultades que tuvo y pasó en cinco años de ser una dictadura a una joven democracia con una Constitución que la convertía en un estado formado por nacionalidades y regiones, regido por una Monarquía parlamentaria y organizado en diecisiete comunidades y dos ciudades autónomas. Una España que comenzó a mirar a su pasado más reciente, editando bibliografía al respecto prohibida hasta entonces (La guerra civil española, Hugh Thomas) o elaborándola ad hoc (Vida, pasión y muerte de Federico García Lorca de Ian Gibson, 1986), acogiendo iconos que la definían (llegada del Guernica de Picasso, 1981), dotándose de nuevas infraestructuras culturales (Museo Reina Sofía,  1986) y relatando nuevas historias (el cine de Pedro Almodóvar, la literatura de Eduardo Mendoza,…).

Tres décadas de nuestra historia formadas por las múltiples referencias que de manera ordenada Juan Pablo Fusil recoge en este ensayo de ágil y comprensible lectura, que se deben a todos los acontecimientos anteriores a los en él relatados y que tienen un epílogo que podemos extender perfectamente hasta nuestro presente.

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“El comensal” de Gabriela Ybarra, una novela muy necesaria

Valiente e íntima a partes iguales, la autora abre su corazón y su pasado para mostrar la realidad de una historia familiar violentada por la barbarie terrorista y un presente cercano asaltado por la destrucción del cáncer. En ambos casos, una emocionante aceptación de la muerte y de saber convivir en el después con las causas que no solo eliminaron a seres queridos, sino que dejaron un tremendo hueco emocional, siempre presente, en la propia biografía.

EL_COMENSAL

El primer paso para hacer frente al miedo y a lo irracional es darle forma mediante palabras. Se crea entonces un ente al que visualizar y mirarle fijamente hasta descubrir cuáles son sus fisuras y a partir de ahí desmontarlo y comenzar ese complicado proceso que es hacer del dolor un compañero de viaje. Un proceso complicado y duro, quizás incomprensible desde fuera, pero tremendamente terapéutico y enriquecedor. Una particular manera de renacer y de hacerse a uno mismo más grande y más humano.

Ponerse manos a la obra ante una aventura así requiere, entre otros dones, de valor y de ser capaz de escuchar en la oscuridad, de paciencia infinita y mucho tesón. Además de unas potentes habilidades narrativas cuando el resultado es un libro tan impactante en su estilo, claro en su redacción y generador de emociones en su lector como este viaje desde los años 70 hasta hoy, desde Getxo hasta Nueva York pasando por Madrid, que ha escrito Gabriela Ybarra.

El abuelo

Su propuesta comienza dejando claro que la biología no es solo una cuestión de ADN, sino que es también la línea afectiva que nos une con los que estuvieron antes que nosotros y con los que están por venir. Quizás fue este el principio, aparentemente inexplicable, el que le llevó a querer saber quién era y qué pasó con su abuelo, Javier Ybarra. Debemos suponer que las referencias a su figura en su casa eran, si es que la había, veladas e indirectas, llenas de evasión y silencio. Algo comprensible en la figura de su padre que tuvo que ver secuestrar a su progenitor y convivir con su asesinato, y que posteriormente, junto a su mujer, siguió viviendo día a día bajo la amenaza de la sinrazón. Lo que para sus padres debía ser algo dotado de cierta lógica, conocían y vivían la causa, para su hija, al no hablarse nunca,  no comentarse jamás, acabó convirtiéndose en huecos en su personalidad y su biografía.

Lo interesante que tiene “El comensal” es el doble resultado de ese proceso de documentación del pasado y de integración emocional en el presente. Por un lado, haber descubierto las piezas que faltaban utilizando los medios ajenos a su familia (internet fundamentalmente). Por el otro, hacer una lectura humana de todo ello, dándole a la razón y a la emoción su peso exacto y centrarse en lo importante, en ponerle nombres, fechas y acontecimientos a lo anterior a ella. Labor que probablemente sea la que le haya permitido, aun reconociendo a los causantes, no dejarse atrapar por el torrente visceral del dolor causado por los salvajes, que no solo dejaron una huella perenne en su día, sino que intentaron amplificarla continuamente.

La madre

Y frente a lo que parece fácilmente localizable, los culpables tienen nombres y apellidos, el sufrimiento más intangible, el originado por la enfermedad. ¿Puede haber mayor sensación de derrota y de imposibilidad que ver cómo se le va la vida a tu madre por un cáncer que la arrasa en apenas seis meses? ¿Cómo encajarlo? ¿Cómo convivir con ello no solo durante el proceso, sino posteriormente?

Un transcurso que debemos suponer muy complejo y delicado, lleno de filigrana interna y difícilmente comunicable. La virtud de Gabriela, además de haber sido capaz de superarlo, es la de haber sabido elaborar el discurso con el que va más allá de transmitirnos la película de lo sucedido y alcanza un estadio superior. Ese en el que lo escrito trasciende lo impreso sobre el papel y se convierte en una lección de vida que comparte abiertamente con todo el que la lee.

El puzle

La cuestión aún más grande es cuando se es capaz de exponer ambos episodios como lo que son, vivencias paralelas, pero a la par entrelazadas, historias diferentes pero formando una única que se influencian y se retroalimentan. Gabriela es tan clara y sencilla en su discurso como difícil lo que le ha tocado vivir. Y así es como se ha situado por encima de lo sucedido y ha hecho de su saber aceptar lo que para otros hubiera sido imposible de digerir, tanto una oportunidad de crecimiento personal como una impactante propuesta literaria.

“La suerte de los irlandeses. Un caso del detective Pat MacMillan” de J.L. Rod

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He leído una novela policíaca, pero según avanzaba las páginas se convertían en mi cabeza en un thriller proyectado sobre una pantalla cinematográfica. El arranque pide que a tu alrededor todo se quede en silencio: terroristas asesinados, un detective reclamado por la vicepresidenta del gobierno, secretos de estado, la amenaza de un atentado de masas,…

J.L. Rod ha creado en las algo más de 300 páginas un relato policiaco en sentido estricto, puzle con piezas que no encajan, personajes íntegros con sombras, sospechosos escurridizos, evidencias intangibles, tiempo en modo cuenta atrás, y una atmósfera de riesgo y amenaza, de la inevitabilidad de asumir riesgos desconocidos y cueste lo que cueste para defender el bien contra el mal. Una maquinaria que cuando se pone en marcha ya no para, avanza con ritmo creciente, si comienzas a leer no hay otra salida que llegar hasta el final.

El hilo conductor es el protagonista del título, el detective Pat MacMillan, un tipo ácido, agrio, bebedor y fumador, sin pelos en la lengua con el resto del reparto de la novela y más allá aún, sin pudor alguno en su relación con el lector como narrador en primera persona a la hora de comentarlo y criticarlo –a veces en modo positivo- absolutamente todo. Este es el único riesgo de “La suerte de los irlandeses”, que consideres que de encontrarte con Pat MacMillan no podríais ser amigos.

Cuestión de afinidades aparte, la trama está bien construida, apelando a la emocionalidad del lector con referencias a la actualidad española: ETA en proceso de liquidación, un país en crisis por el abuso de las clases dirigentes, el exceso material instalado entre los pudientes mientras aumentan las colas del paro y de los que piden caridad,…

Ahora queda esperar la siguiente novela protagonizada por Pat MacMillan y comprobar si la vivencia cinematográfica que he tenido con esta lectura se convierte en realidad, promesas anunciadas por J.L. Rod en su página web.

(imagen tomada de jlrodbooks.com)