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Keith Haring, arte y activismo

Fresco, ingenioso, ágil en su estilo. Comprometido, sagaz y visionario en su enfoque. Síntesis de muchos otros con los que se relacionó. Representativo de su momento, dio identidad y una marca visual a los años 80 que sigue resultando hoy igual de original, dinámica e inspiradora que entonces. La muestra que le dedica la Tate en su sede de Liverpool así lo demuestra.

La década de los 80 fue una mierda, el SIDA se llevó a mucha gente por delante y dejó en el aire un halo de culpa del que todavía no nos hemos desprendido. Pero también trajo una serie de nombres que revolucionaron la creación artística de la capital mundial del arte, Nueva York. La hicieron desprenderse de algunos de sus elitismos y complejos de clase, haciéndola más cercana tanto por los temas que trataban y los medios que utilizaban como por los lugares donde exponían o creaban. Junto a otros como David Wojnarowicz (1954-1992, al que estos días le dedica una gran exposición el Museo Reina Sofía) o Jean Michel Basquiat (1960-1988), quizás el nombre más popular de aquellos años sea el de Keith Haring.

Nacido en 1958, su infancia estuvo marcada como la de muchos niños de su época por lo visual. Por el el boom de lo que hoy denominamos branding y merchandising, la disparidad de mensajes, formatos y estilos de la publicidad gráfica y la universalización de la televisión, medio a través del cual asistió a la llegada del hombre a la luna, descubrió que Martin Luther King había sido asesinado o vio a miles de compatriotas en las calles reclamando el final de la participación americana en la guerra de Vietnam.

De Reading a Nueva York

Mediada la década de los 70 Keith comenzó a formarse artísticamente en su Reading (estado de Pensilvania) natal, pero rápidamente vio que lo que él pretendía hacer no encajaba dentro de las cuadrículas de lo comercial para las que le estaban preparando. Así que marchó a Nueva York y con referentes como los de la libertad formal de Jean Dubuffet o la asociación de ideas de William Burroughs fue encontrando la manera tanto de darle forma a su imaginario visual como de trasladarlo a la realidad personal y social que estaba viviendo.

NYC era una ciudad marcada por la violencia, el racismo y la desigualdad, pero también sede de una red de galerías y jóvenes artistas deseosos de prolongar el terremoto conceptual, comercial y social que, tras el informalismo, había supuesto el pop art. Un ambiente en el que el trazo, composición y colorido sencillo de Haring, su reconocible iconografía (perros ladrando, naves espaciales, televisiones, ordenadores y personas en movimiento) y su concepción performativa del proceso de creación, su inspiración a partir de lo que veía en los medios de comunicación y vivía en la calle, su interacción con las nuevas corrientes musicales (hip hop y disco) y su intención de hacer de su trabajo un elemento de diálogo con sus espectadores e integrado con el lugar donde se expusiera o creara (huyendo de toda sacralización o mitificación) le pusieron en el punto de salida de la carrera que hoy conocemos.

Una de sus primeras señas de identidad fueron, sin duda alguna, además de sus collages expuestos por las calles, sus intervenciones con tiza a modo de grafitis en las estaciones de metro. Práctica perseguida inicialmente por la policía y tiempo después abandonada por Haring por ser extraídas por los más sagaces para lucrarse con ellas. Otra fue utilizar a los simplificados personajes de sus creaciones como altavoces de sus manifestaciones políticas en forma de pinturas (después reproducidas como carteles) en contra del silencio estadounidense ante el Apartheid sudafricano o de la nuclearización y la guerra fría entre EE.UU. y Rusia (en 1986 llegaría a realizar un grafiti de 300 metros sobre el muro de Berlín).

Club 57

Resultados visuales tras lo que se encontraba un hombre que comenzó los 80 organizando tanto sus primeras exposiciones como las de otros, así como fiestas de lo más moderno en el Club 57. Una cercanía y un ambiente festivo que extendió a su carrera como artista. Cuando pudo permitirse tener un estudio, eligió un local a pie de calle, donde se le pudiera ver trabajar y dialogar con él. Y para su segunda muestra en una galería (diciembre de 1983) propuso un montaje diferente, únicamente con luces de neón y música (DJ incluido), para que al entrar en la Tony Shafrazi Gallery sus pinturas fluorescentes te epataran y trasladaran al momento álgido de un sábado noche.  

Pop Shop

Siguiendo la estela de Andy Warhol, permitió que sus imágenes se plasmaran en todo tipo de soportes, llegando incluso a abrir una tienda, Pop Shop (Lafayette St., 292), para comercializarlos. Era 1986 y Haring había dejado de ser un nombre destacado de la contracultura para pasar a serlo de la cultura popular. Un artista que colaboraba con los más grandes, diseñando vestidos para Vivienne Westwood o para su amiga Madonna (íntimos desde que ambos eran unos desconocidos recién llegados a la Gran Manzana) o pintando el cuerpo de la también cantante y modelo hiper cotizada Grace Jones para una sesión fotográfica de la revista Interview.

VIH/SIDA

Para entonces, la epidemia del VIH y la condena a muerte del SIDA eran algo más que conocido por casi todo el mundo, provocando el estigma de los afectados por la apatía de las autoridades estadounidenses (y de muchos más lugares) y dando pie a un activismo que logró grandes resultados. Viendo que muchas personas de su entorno se veían afectadas y morían por este nuevo virus y enfermedad, Keith asumió que era cuestión de tiempo que él también pasara a ser uno de ellos, motivo por el que puso su creatividad al servicio de la causa. Ya fuera reflejando el miedo y la rabia que le producía lo que se estaba viviendo (Set of ten drawings, 1988) como apoyando, bajo el lema Silence = Death en colaboración con ACT UP, tanto la lucha contra la serofobia como la visibilidad de la homosexualidad y la información sobre prácticas sexuales seguras. Y aunquen no forma parte de esta exposición, no puedo dejar de hacer mención al mural Together we can stop AIDS que pintó en Barcelona el 27 de febrero de 1989 y que el MACBA recuperó en 2014.

Tal y como predijo, en el verano de 1988 descubrió que tenía el VIH y el 16 de febrero de 1990 el SIDA marcó el punto y final de su vida y carrera artística. Él murió, pero como demuestra esta exposición, sus creaciones siguen impactándonos.

Kate Haring, en Tate Liverpool, del 14 de junio al 10 de noviembre de 2019.

Las miradas de “La revolución silenciosa”

Ese pasado doloroso al que algunos no solo no quieren mirar, sino que incluso valoran positivamente, tiene mucho que enseñarnos si queremos evitar volver a él. La libertad de expresión y de conciencia que durante un minuto ejercieron 16 estudiantes de la extinta RDA en 1956 inspira esta película precisa en su narración y directa en su intención de mostrarnos que no debemos renunciar a unos derechos humanos que nunca están suficientemente consolidados.

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El levantamiento de los húngaros frente a las tropas de ocupación rusas en 1956 puso en jaque al sistema comunista que se instauró en la Europa del Este tras el final de la II Guerra Mundial. Los ciudadanos de Budapest reclamaban una libertad que habían perdido con la invasión nazi y que la supuesta paz posterior solo había transformado en una brutal dominación a todos los niveles (económica, ideológica, social,…). Su salida a las calles y sus muchas jornadas de lucha ocasionaron tal ruido que obligó a que la maquinaria de propaganda pro-soviética de sus países vecinos se pusiera en marcha para ocultar la realidad de lo que allí estaba ocurriendo y que desde Berlín Occidental se retransmitía con intención tanto informativa como propagandística contra el Pacto de Varsovia.

En esa frontera entre la libertad y la opresión, la verdad y la ocultación, la elección y la imposición se desarrolla la vida de 16 jóvenes y prometedores estudiantes que impulsados por la rebeldía de su edad, pero también por un innato sentido político, deciden guardar un minuto de silencio como demostración de su solidaridad y empatía con los que se han levantado en defensa de sus derechos. Un acto tan simple como ese desata la maquinaria opresiva de un régimen político que actuaba tal y como narra La revolución silenciosa, con asertiva sencillez y con paso decidido a la hora de tomar medidas sin ética alguna –chantaje, manipulación y mentira- para mantener el status quo dictado desde Moscú.

Tan implacable como aquel régimen dictatorial es la dirección de Lars Kaume, exponiendo sin exaltaciones la injusticia de sus motivaciones, dejando claras sus intenciones y mostrando la determinación de sus métodos para conseguirlo. El retrato individual y familiar que realiza de sus principales protagonistas, así como su relación y enfrentamiento con la maquinaria represora, expone sobre la pantalla un campo de batalla en el que los deseos y las expectativas personales han de hacer frente a la intimidación de las órdenes no escritas y las reglas de un sistema supuestamente legal.

Un enfoque que se ve reforzado por las muy correctas interpretaciones de todos sus actores, maestros en hacer de la contención de sus rostros y la expresividad de sus pupilas el medio a través del cual conocer la doble respuesta, la obligada y la verdadera, que en todo momento exigía y generaba la amenaza comunista. Esa decisión de centrarse en transmitir eficazmente su mensaje, más que en crear una película al uso –de hecho, la única licencia en este sentido, la relación entre el amor y la amistad entre algunos de sus personajes, es su único punto débil- es lo que hace de La revolución silenciosa un auténtico acierto cinematográfico y un título más que recomendable.

“The archbishop’s ceiling” de Arthur Miller

A pesar de ser uno de los acusados de comunismo por el senador McCarthy, Arthur Miller nunca ocultó su simpatía con esta ideología. Sin embargo, con el tiempo, esta afiliación derivó en decepción por la manera en que bajo su etiqueta eran gobernados tanto la URSS como los países de su órbita. Insatisfacción que, al tiempo que señala lo que no le gusta de EE.UU., Miller expone en esta obra que versa sobre la convivencia entre el absolutismo y la amenaza de la censura del poder dictatorial  con la lealtad a aquellos que nos importan y la fidelidad a uno mismo.

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Una antigua residencia eclesiástica con cuatrocientos años de antigüedad, de la que hoy solo se utilizan dos habitaciones, convertidas en domicilio y lugar de encuentro de escritores en una ciudad que podría ser Praga, es el escenario único de esta obra publicada en 1977. En ningún momento se menciona el nombre de la capital checa, pero se dan pistas como la de estar a una hora de avión de París, conservar en sus paredes las huellas de disparos de años atrás o tener en sus exteriores tanques apostados ya convertidos en parte del paisaje cotidiano. Una inquietud, la de no saber dónde estamos, intencionada, un elemento más de la tensión que aporta una localización en la que se sospecha se puede estar siendo escuchado a través de micrófonos ocultos.

Miller expone con diálogos ágiles y directos las opciones que tenían los escritores que vivían al otro lado del telón de acero para combinar su maestría artística con la libertad de expresión. Sus autoridades alababan y valoraban su capacidad literaria siempre y cuando lo que contaran exaltara el régimen en el que vivían o los valores que este promulgaba. Si su relato no era este, serían condenados al silencio y el ostracismo, recibiendo a cambio entonces el halago del bloque occidental que, al tiempo que subrayaba su valía artística, apuntaba lo que sufrían como muestra de los modos anti democráticos de sus líderes.

Pero tal y como apunta Marcus  -ex escritor y preso político durante seis años- EE.UU. es una nación en la que el Gobierno también espía a sus ciudadanos y detiene a los que se manifiestan. La respuesta de Adrián –el autor norteamericano cuya fama le permite conseguir un visado para viajar a la Europa del Este- deja claro el matiz sobre su diferente situación, al menos en su caso la ley dice que eso es ilegal y que tiene derecho a defenderse. Puntos de vista muy diferentes sobre cuestiones ideológico-políticas que tras quedar planteadas y expuestas con una claridad en la que se dilucida la inexistencia de un punto de encuentro dan paso al conflicto humano de The archbishop’s ceiling. A Sigmund, autor de cincuenta años y primera figura literaria de la lengua nacional, le han robado el manuscrito en el que llevaba cinco años trabajando tras la publicación en medios extranjeros de unas duras cartas contra sus gobernantes.

Un drama aún más profundo y personal, aquel en el que siente en riesgo hasta su integridad física, haciendo que parezcan menores o asumibles cuestiones como el acoso sufrido por policías de paisano o el que su mujer haya sido relegada de su puesto como química para trabajar en la limpieza de las instalaciones aeroportuarias. ¿Qué hacer? ¿Aceptar la oferta de desarrollo intelectual de una universidad norteamericana o un editor francés que conllevaría exiliarse y vivir en un entorno cuyo idioma no domina? ¿O quedarse para seguir en contacto con sus raíces e identidad pero a riesgo de ser llevado a prisión y de arrastrar tras de sí a sus familiares, amigos y compañeros de profesión?

Interrogantes que se antojan demasiado grandes como para ser respondidos de manera rápida, segura y satisfactoria para todos los involucrados. Reflexiones en voz alta que derivan en una esquizofrenia compartida cuando el corazón pide hablar con libertad y la cabeza en clave para no despertar sospechas o dar argumentos para ser acusado de delitos inexistentes. Una ansiedad trasladada al escenario, con una habitación principal en la que no se sabe si son o no escuchados, y un pasillo al que se sale para explotar, pero siempre por corto espacio de tiempo para no despertar sospechas.

Un texto magistral en el que Arthur Miller adelanta las cuestiones políticas que le preocupaban y que posteriormente expondría en sus memorias (Vueltas al tiempo) y que demuestran que desarrolló una larga carrera más allá de éxitos como Las brujas de Salem, Después de la caída o El precio.

“El caso Fischer”

Una película basada en hechos reales, el combate en 1972 entre el americano hecho a sí mismo y la todo poderosa amenaza rusa por el campeonato mundial de ajedrez. Un relato de tintes épicos que intenta mostrar el lado humano del genio, pero que no pasa de su superficie, quedándose en la mayoría de ocasiones en lo meramente gestual y resultando casi una confusa caricatura tanto de su protagonista como del mundo –político y deportivo- en el que se desenvuelve.

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Cada momento de la historia tiene unos héroes y unos hábitos que durante un tiempo estuvieron en boca de todos, pero igual que se hicieron populares casi de un día para otro, dejaron de serlo de la misma manera. Algo así sucedió con Bobby Fischer, el hombre que fue capaz de quitarle a los rusos uno de los tronos que alegóricamente se utilizaba como señal de superioridad intelectual entre los dos bloques políticos en que estaba dividido el mundo occidental durante la Guerra Fría, el del ajedrez. A modo de biopic, esta cinta nos cuenta la trayectoria de aquel que comenzó como niño prodigio y que acabó dando momentos únicos a la historia de este deporte.

Fischer es presentado como un niño que no conoció a su padre, hijo de una madre de ideas políticas nada acordes con el correcto pensamiento norteamericano de la década de los 50. El joven Bobby fue poco a poco iniciándose en la práctica del ajedrez y despuntando con sus resultados hasta iniciarse en su práctica profesional y hacer de ello tanto su manera de ganarse la vida como el medio con el que independizarse de los suyos. Proceso en el que su duro carácter y su obsesión por ser el número uno le llevan al más completo aislamiento. Una vida en la que rápidamente comienzan las paranoias de sentirse espiado y controlado por fuerzas –los rusos y los judíos- que según él conspiraban para que no pudiera desplegar y materializar todo su potencial.

Ese triángulo de exceso, obsesión y afán de liderazgo es el que se propone contar El caso Fischer (adaptación comercial de El sacrificio del peón, título original haciendo mención a una de las tácticas utilizadas para hacerse con el campeonato mundial). Sin embargo, vemos a un Tobey Maguire continuamente con el ceño fruncido, levantando la voz y de movimientos bruscos, pero no se nos da acceso a la mente de su personaje, a qué pasaba dentro de él, a de dónde venía esa manera tan particular de interpretar lo que ocurría a su alrededor. En el terreno visual, además, se cae en lo recurrente, grafismos con los que plasmar la ciencia que tiene tras de sí una partida de ajedrez o los interludios a modo de videoclip para trasladarnos geográficamente o para sumar elementos argumentales, como el eco mediático que se une a la trama a partir de un momento determinado.

Por otro lado, no queda clara cuál es la trayectoria, la progresión que convierte a un aficionado en un aspirante al título mundial. Se suceden las partidas, los lugares en los que se juega adquieren talla internacional pero el guión no da a conocer en ningún momento la lógica, el calendario o el procedimiento competitivo que hay tras ello. Está claro lo que quiere contar esta película, pero le faltan piezas y profundidad. Más que entretener y dar a conocer, la cinta de Edward Zwick confunde –y casi aburre- al dejar demasiadas cuestiones sin explicar.

“Después de la caída”, Arthur Miller se abre en canal

Desde la relación con sus padres en su infancia al suicidio de Marilyn Monroe, pasando por la caza de brujas y un primer matrimonio fallido, Arthur Miller expone una manera descarnada y sin pudor alguno su visión del ser humano como individuos faltos de moral, viviendo una triste y conflictiva soledad compartida.

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Las anotaciones del autor, antes de comenzar a leer el primero de los dos actos, nos advierten de que lo que nos vamos a encontrar no es real, sino algo parecido a un sueño, o quizás a una pesadilla, que ocurre en la mente de Quentin, su protagonista. En este texto de Miller –y sobre el escenario en que lo imaginemos representado- se suceden personajes, diálogos, entradas y salidas a través de los cuales somos testigos directos de los valores, tormentos y vivencias del que parece ser su alter ego. “Después de la caída” es un texto con una compleja estructura que hilvana con gran inteligencia sus varias líneas argumentales, historias que surgen como fantasmas, que aparecen y desaparecen dejando preguntas abiertas, hechos por conocer y razones por entender.

Todas juntas forman un entramado de tinieblas en el que la tensión va in crescendo porque, aparentemente, nada se resuelve. Ante los conflictos, la opción elegida siempre en primer lugar es la de huir en lugar de afrontar su resolución, convirtiendo así los males en endémicos, en algo perpetuo. Arthur Miller repasa en el plano más íntimo episodios de infancia en los que se sintió abandonado por sus progenitores o fagocitado por su madre; o las relaciones que de adulto mantuvo con mujeres, unas matrimoniales, otras sin etiquetar, y en las que el común denominador fue el ser acusado de no hacerlas sentirse queridas por él. En el plano social los ecos de la II Guerra Mundial se dan de bruces con la caza de brujas que el senador McCarthy puso en marcha contra aquellos con sintonía con la ideología comunista o con contactos con la Rusia de la Guerra Fría. Personas que tras el desencanto que se habían llevado al conocer lo diferente que era la realidad de lo predicado por la hoz y el martillo, veían que en su país pasaba otro tanto con las libertades individuales.

En este mar de aguas revueltas Arthur Miller –contaba con 49 años cuando la obra se estrenó en Nueva York en 1964- se zambulle dispuesto a poner a poner negro sobre blanco en sus recuerdos y vivencias, exponiendo sus heridas, debilidades y errores sin pudor alguno. El resultado es un retrato profundamente humano, un camino en el que reconoce que tropieza una y otra vez con la misma piedra, dándose cuenta de realidades como que la opción de acabar con la propia vida es algo que siempre ha formado parte de su entorno. Valga como ejemplo el personaje de Maggie, quien bien podría ser un espejo de su segunda esposa, la mítica Marilyn Monroe, fallecida de esta manera en 1962, un año después de su divorcio. Un viaje en el que es capaz de reconocer y establecer analogías entre el presente cercano y el pasado lejano cuando se trata de desenvolverse en el terreno de la profunda intimidad.

Un ejercicio de gran valentía en el que se trasciende a sí mismo para llegar a la conclusión de que aunque los seres humanos somos seres sociales, no sabemos estar juntos. Para unirnos, primero tendríamos que estar en paz con nosotros mismos y hacer el duro esfuerzo de acallar nuestros propios demonios, algo que evitamos emparejándonos con otros. De esta manera creamos un horror compartido que nos aliena aún más y nos aleja en mayor medida de la posibilidad de sanarnos.

“Después de la caída” es un texto descarnado a base de profusos diálogos y anotaciones con las que Arthur Miller demuestra su enorme y visionaria capacidad creativa. Una propuesta más compleja que los títulos que le dieron fama como “Muerte de un viajante”, “Panorama desde el puente”, “Las brujas de Salem” o “Todos eran mis hijos”, y que abre la puerta a otros que llegaron después como el análisis de la familia que realizó en “El precio”.

La misma interrogante cien años después: “El último verano de Europa: ¿quién comenzó la Gran Guerra en 1914?” de David Fromkin

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En estos tiempos en que cada día del año tiene sus onomásticas y celebraciones se hace necesario reflexionar porqué algunos acontecimientos están inscritos en nuestro calendario marcando con su recuerdo –o con quizás su estela por en cierto modo no haber terminado aún- nuestro presente a pesar de haber transcurrido, como es el caso de los tratados en este libro, ya más de un siglo.

El relato ya conocido dice que el 28 de junio de 1914 el archiduque Francisco Fernando de Austria, heredero del trono del Imperio Austro-Húngaro, fue asesinado junto a su mujer en Sarajevo, capital de Bosnia-Herzegovina, territorio que formaba parte del imperio. El asesino, capturado al momento y que aparentemente actuaba por iniciativa individual, era de nacionalidad serbia. Justo un mes después, el 28 de julio, el Imperio Austro-Húngaro declaraba la guerra al Reino de Serbia, estado independiente que hasta 1878 había formado parte del Imperio.

Al día siguiente Rusia movilizaba sus tropas en la frontera del imperio, hecho que lleva a Alemania a acusarla de estar preparándose para entrar en conflicto con su aliado y le declara la guerra el 1 de agosto. Dos días después, el 3 de agosto Alemania se declaraba en guerra también contra Francia por su alianza con Rusia. Para atacar Francia las tropas alemanas ocuparon, contra la voluntad de su gobierno, Bélgica el 4 de agosto, lo que motivó la intervención del Imperio Británico declarando la guerra a Alemania.

¿Qué ocurrió entre el 28 de junio y el 28 de julio para que el asesinato acabara dando pie a la declaración de guerra? ¿Qué otros factores hubo además del asesinato del archiduque? ¿Se pudo haber evitado? ¿A qué dio pie el que hasta entonces fuera conocido como el mayor conflicto bélico jamás vivido por la humanidad –“La Gran Guerra”-?

La historia no es una ciencia exacta ni un discurso lineal, sino -en función de la información más o menos veraz y objetiva que de los hechos acontecidos tengamos- una reinterpretación más o menos certera –pero nunca absoluta- sobre los mismos. En este marco de volubilidad David Fromkin recoge aspectos que presenta como ya analizados por los historiadores, otros que han tardado más en conocerse y lagunas por aclarar. De manera minuciosa detalla antecedentes bélicos, posicionamientos geoestratégicos y situación socioeconómica de cada una de las potencias; personalidades involucradas, motivaciones personales y relaciones entre ellos,… Su presentación y concatenación ordenada de los hechos, junto a una redacción fluida y asertiva, le da solidez y verosimilitud a los acontecimientos que recoge en sus páginas y que a su juicio son las que generaron el clima necesario para que dado el momento y los detonantes necesarios se desatara la tormenta perfecta que ya no tuvo marcha atrás posible y que se transformaría en la I Guerra Mundial.

En manos de los expertos queda el valorar si ha tenido en cuenta si las informaciones y datos considerados son las adecuadas y si están correctamente unidas e interpretadas. Como lector, su relato supone un puzzle de piezas bien hilvanadas que se lee de manera apasionada y con la tensión de quien hubiera tenido la oportunidad de vivir aquellos días en tiempo real.

Un relato que no se queda tan sólo en 1914 sino que abre la puerta al debate. A juicio de Fromkin y tal como expone de manera precisa, esta fue una pugna sobre el liderazgo mundial, los  equilibrios de poderes y las definiciones de fronteras entre naciones y estados. Un conflicto no resuelto en 1918 y que se prolongaría hasta 1989 con dos guerras más, la II Guerra Mundial y la Guerra Fría.

Y mientras seguimos buscando explicación a lo que pasó en el inicio del verano de 1914, no perdamos de vista una fecha en el calendario. Queda poco menos de un mes para el 1 de septiembre y su efeméride correspondiente con la previsible avalancha de análisis de qué pasó entonces también, el 75 aniversario del inicio de la II Guerra Mundial.

(imagen tomada de amazon.es)