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“La muerte del artista” de William Deresiewicz

Los escritores, músicos, pintores y cineastas también tienen que llegar a final de mes. Pero las circunstancias actuales no se lo ponen nada fácil. La mayor parte de la sociedad da por hecho el casi todo gratis que han traído internet, las redes sociales y la piratería. Los estudios universitarios adolecen de estar coordinados con la realidad que se encontrarán los que decidan formarse en este sistema. Y qué decir del coste de la vida en las ciudades en que bulle la escena artística.

Aunque centrado en EE.UU., la conjunción de neoliberalismo y globalización en la que estamos inmersos desde hace décadas, a la que se ha unido el desarrollo de la tecnología, hace que podamos asumir como definitorio de los que vivimos en nuestro propio país cuanto Deresiewicz expone en este largo y detallado ensayo, basado en una profusa investigación previa (entrevistas, datos y citas bibliográficas).  El axioma está claro, si pagamos por lo que comemos, ¿por qué no lo hacemos por los trabajos artísticos que consumimos? ¿Por qué no les reconocemos el valor que tienen y la autoría, valía y dedicación de las personas que están tras ellos?

Como con tantas otras cuestiones, y aunque no es la única respuesta, pero sí la que articula su complejidad, la clave está en cómo ha cambiado la realidad política, económica y social de nuestro mundo desde finales de los años 70. En líneas generales, el arte dejó de ser considerado alimento para el alma, medio para fomentar el espíritu crítico y propulsor de coordenadas de comunidad para ser visto como un elemento a economizar y en el que invertir –tanto pública como privadamente- en función del rédito –marca, estatus o revalorización futura- que este pudiera generar.

Se puso el foco en el producto final, en el cuadro, el guión o la canción y en su tratamiento como una mercancía. Dejó de considerarse cuanto permite a su creador llegar hasta ahí. Conocer el pasado de la historia del arte a través del estudio y la experiencia directa y mantenerse al tanto del presente relacionándose con otros artistas, disponer de un lugar y tiempo durante el que practicar sin fin hasta dar con las claves con que definir un estilo propio, tener acceso directo a los intermediarios –galeristas, agentes, representantes- que conectaban con los potenciales compradores.

Esto ya ocurría antes, pero lo novedoso fue que iniciados los 80 comenzó la escalada de la especulación inmobiliaria –primero en EE.UU., después en Europa-, lo que obligó a que muchos artistas tuvieran que estar aún más pendientes de su cuenta bancaria que de su inspiración. Sin techo bajo el que vivir, poco hay que crear, así que primero garantizarse unos ingresos trabajando en lo que se pueda y después, si acaso, dedicarse a aquello para lo que están dotados. En el caso de las artes plásticas, el mundo económico, además, generó una nueva clase social que prostituyó el mercado, dinamitando los precios y haciendo que también en este sector la especulación fuera la norma.

Por su parte, los medios de comunicación exacerbaron el ideal romántico y bohemio, obviando el lado empresarial que todo artista tiene y transmitiendo al gran público el mensaje de que solo si eran lo suficientemente buenos serían reconocidos con etiquetas como la nueva joven promesa u otra similar. De manera paralela, se le ha ofrecido la zanahoria de la formación universitaria (licenciaturas, grados, cursos de especialización y posgrados) a los deseosos de llegar a ser artistas como manera de entender cómo funciona el mercado y hacerse un hueco en él. ¿De verdad es así o es otra manera de aprovecharse de sus recursos, de retrasar su entrada en las listas del paro y de convertirles en cantera de becarios y ayudantes que apenas cobrarán después?

Pero lo peor de todo ocurrió con la llegada de internet. Un medio que inicialmente se proponía como una plataforma con la que conocer la labor de personas a las que hasta entonces no habíamos tenido acceso, resultó ser la herramienta perfecta para devaluar su trabajo. Utilizamos sus fotografías sin licencia, descargamos sus canciones y sus novelas sin respetar su propiedad intelectual, vemos las películas en páginas que sabemos son ilegales… Algo de lo que somos tan responsables los usuarios como Google o YouTube que permiten existan dichos enlaces. ¿Por qué? Porque el tráfico que generan redunda en sus ingresos publicitarios. ¿Consecuencias? Se producen muchas menos películas, siendo el más afectado el denominado cine de autor, aquel que necesita que vayamos a las salas. Pantallas cada vez más llenas de remakes, sagas y spin-offs de personajes y seriales que no aportan nada extraordinario, pero que les aseguran ingresos a sus promotores. Podría parecer que las plataformas de streaming como Netflix o HBO son la solución, pero tal y como advierte Deresiewicz, cuidado con el oligopolio en el que se está convirtiendo esta nueva dimensión de lo audiovisual.

Y qué decir de las prácticas también monopolísticas de Amazon, una vez que se convirtió en el mayor vendedor del mundo de libros, cambió las reglas del juego en cuanto a precios de venta y márgenes. Curiosamente, la editorial que no las aceptara quedaba escondida en su tienda on line por el capricho de los algoritmos. Algo a lo que juega también Spotify, haciendo que a través de su sistema de listas y novedades, las canciones más reproducidas sean las de un grupo mínimo de solistas y grupos, dejando así con la miel en los labios, y sin apenas ingresos, a todos aquellos músicos que pensaron que a través de este servicio digital podrían darse a conocer y generarse su propio público.  

Siglos atrás los creadores eran artesanos que trabajaban por encargo de la iglesia. Después pasaron a ser artistas gracias al mecenazgo de los monarcas. Tiempo después llegarían los encargos de la burguesía. Con la llegada del capitalismo muchos se liberaron de cualquier dependencia y su labor comenzó a ser producto de un impulso más libre que después era reconocido por los que se convertían en sus clientes. No dejemos que el libre mercado y su supuesta autorregulación, ruido que algunos denominan democracia y libertad, acabe con algo tan inherente al ser humano como es la expresión artística.

La muerte del artista, William Deresiewicz, 2020, Capitán Swing Libros.

“Smart. Internet(s): la investigación” de Frédéric Martel

Han pasado varios años desde la publicación de este ensayo, pero está bien volver a él para comprobar lo mucho que acertó su autor en su previsión sobre el futuro de la red. Plataforma global, pero contenidos parcelados en función de coordenadas políticas, lingüísticas y personales y un futuro en manos de quienes inviertan en su innovación, en su desarrollo tecnológico y en resolver las complejidades legales asociadas a ella.  

La consolidación de internet parecía que iba a acabar con todo, con los libros en formato impreso, con las reuniones presenciales en lo empresarial y con algo tan cotidiano como ir al supermercado. Cierto es que no ha supuesto el punto de no retorno que algunos pronosticaban, aunque sí una importante inflexión tras la que ya nada es igual, pero teniendo en cuenta que hay un elemento inalterable, la necesidad humana de comunicarnos y de compartir nuestras vivencias y necesidades con aquellos que sentimos cercanos o parte de nuestra comunidad.

Y esto, cuando se trata del alcance y las posibilidades de la red, implica condicionantes como compartir idioma y cultura (no solo en términos de valores sino de maneras de funcionar) o, incluso, estar en el mismo huso horario. Circunstancias que mitigan, o incluso anulan, el efecto tabula rasa que algunos temían causaría el dominio internauta del neoliberalismo norteamericano. Por lo pronto, señalar que hay zonas del mundo que no comparten nuestro internet, he ahí países como China, Rusia o Irán que han creado sus propios modelos, con sus correspondientes sistemas de supervisión y censura, con los que mantienen y acrecientan el control político sobre su territorio y su población.

Por otro lado, las telecomunicaciones no han dejado de ofrecernos nuevas posibilidades. En poco tiempo los smartphones se han convertido en poco menos que asistentes personales resolviéndonos multitud de cuestiones. Una labor en la que colaboramos permitiéndole a las empresas titulares del acceso que hemos contratado, de las apps que nos hemos descargado y de las webs que consultamos, conocer nuestra geolocalización en tiempo real y disponer de la información que encriptan las cookies a las que damos ok diciendo qué buscamos, qué nos gusta y qué no, qué preguntamos, cuánto tiempo le dedicamos, en qué momento del día.

Asunto que pone el foco en el uso que hacen de nuestros datos empresas como Google, Facebook, Twitter o Amazon. Interlocutores ante los que EE.UU. y Europa parecen tener posicionamientos distintos -libre competencia vs. privacidad de los usuarios-, también cuando se entra en cuestiones como la fiscalidad -tributar en el lugar de origen o allí donde se factura- y los dictados de propiedad intelectual que han de cumplir. Asuntos de gran importancia tanto para el comercio mundial como para sectores como el de la cultura que se han visto profundamente transformados por formatos como el streaming y la suscripción, haciendo que sus creaciones pasen de ser productos (libro, cd o dvd) a también servicios y contenidos (como sucede igualmente en los medios de comunicación).

Una verdadera revolución tras la que está una forma de trabajar en un lugar en el que todo el mundo pone sus ojos, Silicon Valley, deseando conseguir sus logros allí desde donde es observado. Se habla de smart cities, viveros de empresas o hubs digitales, pero muchos fallan por la rigidez con que son concebidos por las administraciones públicas, la insuficiente preparación de sectores colaterales como el de la educación o su contexto, falto de empuje en prácticas como la del emprendimiento o de un sector privado en el que escasean los inversores con visión de futuro.

Tras la sociedad de la información vino la del conocimiento. ¿Y después? No estaría de más que Frédéric Martel volviera a recorrer el mundo y entrevistara a toda clase de perfiles del sector -empresarios, ingenieros, inversores, reguladores, usuarios…- para dilucidar cuál será el siguiente estadio de nuestra evolución tecnológica y vislumbrar las oportunidades que ésta nos deparará.

Smart. Internet(s): la investigación, Frédéric Martel, 2014, Editorial Taurus.

¿Dónde está la gente en Seattle?

Preguntamos la primera mañana al chico que nos sirvió el desayuno en Top Pot Doughnouts (con un nombre así, la oferta principal son donuts de todos los tipos y de tamaños ideales si eres un gran goloso). Lo que nos respondió no resolvió por completo la pregunta: “Esto es así, es una ciudad tranquila, es cuestión de ir a los sitios y allí os encontraréis con la gente”, a lo que añadió manuscritos en una envoltorio de los de “para llevar” donuts un listado de posibles lugares a los que ir a comer, cenar o tomar copas.

Y guía Lonely Planet, mapa-callejero y listado en mano nos dispusimos a recorrer Seattle. Ya la tarde anterior nos habíamos acercado al icono de la ciudad, el Space Needle y una vez allí, la verdad, la sensación fue la de qué fotogenia la de sus 182 metros de altura. Vista desde abajo te rodea una impresión de irrealidad, ¿qué hace esto aquí? Cuando la inauguraron en 1962 junto al monorail elevado que la comunica con el centro de la ciudad, situado a kilómetro y medio, debía semejar un escenario de ciencia-ficción, de modernidad futurista; hoy la impresión es más la de una escenografía holliwoodyense, ¿listos para el remake de “Regreso al futuro”?

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Un poco más allá, a apenas unos minutos andando y mirando al Océano Pacífico encuentras el Olympic Sculpture Park al abrigo de, entre otras piezas, la fantástica águila de acero rojo del ingeniero y escultor Alexander Calder. Protegido por ella puedes sentarte en los bancos de este paseo –dalo por hecho, habrá poca gente- y disfrutar de las vistas del atardecer, imaginando que los extensos trenes de mercancías que transitan junto a la línea del agua irán hacia el norte pasando la barrera de las Montañas Olímpicas llegando a Canadá y siguiendo más y más kilómetros hasta volver a territorio estadounidense en Alaska.

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Pike Place Market

Es el lugar al que hay que ir, este mercado está en el número uno de todas las listas de lo que debes ver en Seattle. Según entras sensación de autenticidad, puestos de alimentos frescos con variedad de producto y clientes y turistas asistiendo al espectáculo de los dependientes de las pescaderías tirándose las piezas como si estuvieran en un concurso de lanzamiento.

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Y así es el resto de este lugar con encanto, entre los locales que acuden a comprar y vender, y los turistas que por allí se pasean dejándose llevar por el impacto visual de floristerías, artesanos y artistas, decoradores, diseñadores de ropa étnica y moderna, los sabores que sugieren confiterías y puestos de golosinas o el recuerdo que despiertan los libros, vinilos, cd’s y dvd’s de varias tiendas de segunda mano en el piso inferior.

Enfrente del mercado un pequeño local del que dicen que fue el primer Starbucks allá por la década de los 70. Una de las varias cadenas que se ven por toda la ciudad –como Top Pot Doughnuts o Pegassus-, con su puerta batiente de entrada, recibiendo gente que salen a ritmo tranquilo con sus cafés en mano y sus bolsas de papel con la pieza de bollería para el desayuno o el sándwich de media mañana.

De paseo por el centro

Tranquilo, que no vas a encontrar grandes aglomeraciones,…, ni pequeñas. Ni a la hora de comer ni a las cinco de la tarde cuando esperas que se vacíen los grandes edificios de oficinas. Entre esas torres te preguntas si estás en una ciudad fantasma o en un post-escenario apocalíptico, pero caminas y de repente surge entre la calma y el silencio una inmensidad arquitectónica que trasciende sus paredes de cristal, es la Biblioteca Central de Seattle. Espectáculo de vidrio, de acero, de los muchos números que los ingenieros debieron hacer en el diseño y construcción de sus 11 plantas inauguradas en 2004. Merece la pena entrar por su puerta oeste, coger el ascensor hasta la última planta y recorrer hasta abajo todas una a una entre estanterías llenas de libros, las mesas de la hemeroteca y los puestos de visionado de material audiovisual, la planta del auditorio, las zonas de juegos para niños o las de encuentro para adultos.

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Ya fuera del edificio, un tranquilo paseo te lleva hasta el barrio que muchas ciudades americanas tienen, Chinatown. También ellos, como nativos que llegaron del resto del país, comenzaron a establecerse aquí a finales del siglo XIX con el boom de la minería que dio origen a Seattle. Y al igual que muchas otras ciudades americanas, Seattle tiene en su historia su propio desastre, en 1889 un incendio arrasó con casi todas las edificaciones existentes –entonces de madera- aprovechándose entonces la reconstrucción para poner en marcha la planificación urbanística que dio pie a la metrópoli que visitamos hoy.

Boeing, Microsoft, Amazon

Tras la minería llegó el gran desarrollo a este rincón de los EE.UU. de la mano de una actividad que nace con el siglo XX, la ingeniería aeronáutica, impulsada por la que sigue siendo hoy una de las grandes compañías del sector a nivel mundial, Boeing. El fin del siglo XX también impulsó la ciudad con otra de las empresas que es líder a nivel mundial, Microsoft, en una industria aún más joven, la programación informática. ¿Se puede seguir innovando? Parece que sí, ahora Seattle vive el esplendor del comercio electrónico al ser también la cuna y sede central de la principal empresa global de esta actividad, Amazon.

Cada una de estas empresas da trabajo a miles de personas, pero nos las verás paseando por Seattle. Están situadas en las afueras, en grandes campus, pequeñas ciudades en sí mismas donde las compañías dan a sus empleados la posibilidad de desarrollar toda su vida. Dicen que ellos están contentos a nivel personal, y que sus empresas lo están con su productividad y compromiso. El tráfico de salida a primera hora y el de entrada una vez ha caído la noche te dice dónde están situadas estas corporaciones. Amazon al sur, Boeing aún más al sur –de camino a Tacoma, la ciudad con la que Seattle comparte su aeropuerto- y Microsoft al este.

La historia empresarial de Seattle puede tener una lectura paralela a través del arte en el Seattle Museum of Art. Paisajismo y retratos de mediados del siglo XIX, impresionismo americano posterior, colecciones etnográficas de las tribus que habitaron este territorio antes de ser EE.UU., depósitos de colecciones que recorren la historia del arte de todos los continentes desde el medievo hasta hoy formadas por ricos filántropos a golpe de talonario, el liderazgo americano en el mundo del arte con el estallido del expresionismo abstracto y el pop,… En conjunto una colección de tamaño mediano, con la que realizar un completo recorrido por la historia del arte con autores estadounidenses como Cleveland Rockwell, Katharina Fritsch, Mark Rothko, Pollock, Frank Stella o Kehinde Wiley.

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Al caer la noche

Miras por la ventana del hotel y aunque no ves gente caminando por la calle, ves luces encendidas aquí y allá. Seattle es una ciudad tranquila, con lo que puedes salir a pasear en cualquier momento del día y dejarte llevar por los barrios de Queen Anne, Belltown o Capitol Hill y parar cada noche en uno de sus diferentes restaurantes y estilos de comida: americana en Julia’s on Broadway, tailandesa en Jamjuree, mexicana en Poquitos,…  En todos ellos, buen servicio, cantidades abundantes y locales con ambientación evocadora de los lugares que sus ofertas gastronómicas evocan.

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Y después, ¿qué tal unas copas? Si buscas ambiente, las guías te recomiendan lugares como R Place, Neighbours o Purr Cocktail Lounge entre First Hill y Hilltop, nombres que denotan que para llegar hasta allí hay que estar dispuesto a subirse unas cuestas.

A todos fuimos, y en todos nos preguntamos, ¿dónde está la gente en Seattle? En Neighbours nos dijeron que llegábamos demasiado pronto, que el local se llenaba en torno a la medianoche (hora muy tardías en el mundo norteamericano). Al entrar en R Place una pequeña placa te dice que la capacidad del local es de 287 personas entre sus dos plantas, pues bien, cuando nosotros fuimos en total estábamos allí 12, sí, ¡12 personas entre clientes y camareros! Sin embargo, a los allí presentes esto no era problema alguna y a modo de reunión de amigos disfrutaban interpretando en su karaoke canciones de Bonnie Tyler, Whitney Houston o Roy Orbison. Más gente, decenas incluso, fueron las que encontramos en Purr Cocktail Lounge -muchas de ellas repetidas en la segunda noche que lo visitamos- tomando copas y también, cantando y disfrutando de su karaoke repartidos entre la barra, las mesas altas y los sofás.

Si te gustan las ciudades tranquilas y los karaokes, sin duda alguna Seattle puede ser tu destino.