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23 de abril, un año de lecturas

365 días después estamos de nuevo en el día del libro, homenajeando a este bendito invento y soporte con el que nos evadimos, conocemos y reflexionamos. Hoy recordamos los títulos que nos marcaron, listamos mentalmente los que tenemos ganas de leer y repasamos los que hemos hecho nuestros en los últimos meses. Estos fueron los míos.

Concluí el 23 de abril de 2020 con unas páginas de la última novela de Patricia Highsmith, Small g: un idilio de verano. No he estado nunca en Zúrich, pero desde entonces imagino que es una ciudad tan correcta y formal en su escaparatismo, como anodina, bizarra y peculiar a partes iguales tras las puertas cerradas de muchos de sus hogares. Le siguió mi tercer Harold Pinter, The Homecoming. Nada como una reunión familiar para que un dramaturgo buceé en lo más visceral y violento del ser humano. Volví a Haruki Murakami con De qué hablo cuando hablo de correr, ensayo que satisfizo mi curiosidad sobre cómo combina el japonés sus hábitos personales con la disciplina del proceso creativo.  

Amin Maalouf me dio a conocer su visión sobre cómo se ha configurado la globalidad en la que vivimos, así como el potencial que tenemos y aquello que debemos corregir a nivel político y social en El naufragio de las civilizaciones. Después llegaron dos de las primeras obras de Arthur Miller, The Golden Years y The Man Who Had All The Luck, escritas a principios de la década de 1940. En la primera utilizaba la conquista española del imperio azteca como analogía de lo que estaba haciendo el régimen nazi en Europa, en un momento en que este resultaba atractivo para muchos norteamericanos. La segunda versaba sobre un asunto más moral, ¿hasta dónde somos responsables de nuestra buena o mala suerte?

Le conocía ya como fotógrafo, y con Mis padres indagué en la neurótica vida de Hervé Guibert. Con Asalto a Oz, la antología de relatos de la nueva narrativa queer editada por Dos Bigotes, disfruté nuevamente con Gema Nieto, Pablo Herrán de Viu y Óscar Espírita. Cambié de tercio totalmente con Cultura, culturas y Constitución, un ensayo de Jesús Prieto de Pedro con el que comprendí un poco más qué papel ocupa ésta en la cúspide de nuestro ordenamiento jurídico. The Milk Train Doesn´t Stop Here Anymore fue mi dosis anual de Tennessee Williams. No está entre sus grandes textos, pero se agradece que intentara seguir innovando tras sus genialidades anteriores.

Helen Oyeyemi llegó con buenas referencias, pero El señor Fox me resultó tedioso. Afortunadamente Federico García Lorca hizo que cambiara de humor con Doña Rosita la soltera. Con La madre de Frankenstein, al igual que con los anteriores Episodios de una guerra interminable, caí rendido a los pies de Almudena Grandes. Que antes que buen cineasta, Woody Allen es buen escritor, me quedó claro con su autobiografía, A propósito de nada. Bendita tú eres, la primera novela de Carlos Barea, fue una agradable sorpresa, esperando su segunda. Y de la maestra y laboriosa mano teatral de George Bernard Shaw ahondé en la vida, pensamiento y juicio de Santa Juana (de Arco).

Una palabra tuya me hizo fiel a Elvira Lindo. Más vale tarde que nunca. La sacudida llegó con Voces de Chernóbil de Svetlana Alexiévich, literatura y periodismo con mayúsculas, creo que no lo olvidaré nunca. Tras verlo representado varias veces, me introduje en la versión original de Macbeth, en la escrita por William Shakespeare. Bendita maravilla, qué ganas de retornar a Escocia y sentir el aliento de la culpa. Siempre reivindicaré a Stephen King como uno de los autores que me enganchó a la literatura, pero no será por ficciones como Insomnia, alargada hasta la extenuación. Tres hermanas fue tan placentero como los anteriores textos de Antón Chéjov que han pasado por mis manos, pena que no me pase lo mismo con la mayoría de los montajes escénicos que parten de sus creaciones.

Me sentí de nuevo en Venecia con Iñaki Echarte Vidarte y Ninguna ciudad es eterna. Gracias a él llegó a mis manos Un hombre de verdad, ensayo en el que Thomas Page McBee reflexiona sobre qué implica ser hombre, cómo se ejerce la masculinidad y el modo en que es percibida en nuestro modelo de sociedad. The Inheritance, de Matthew López, fue quizás mi descubrimiento teatral de estos últimos meses, qué personajes tan bien construidos, qué tramas tan genialmente desarrolladas y qué manera tan precisa de describir y relatar quiénes y cómo somos. Posteriormente sucumbí al mundo telúrico de las pequeñas mujeres rojas de Marta Sanz, y prolongué su universo con Black, black, black. Con Tío Vania reconfirmé que Chéjov me encanta.

Sergio del Molino cumplió las expectativas con las que inicié La España vacía. Acto seguido una apuesta segura, Alberto Conejero. Los días de la nieve es un monólogo delicado y humilde, imposible no enamorarse de Josefina Manresa y de su recuerdo de Miguel Hernández. Otro autor al que le tenía ganas, Abdelá Taia. El que es digno de ser amado hará que tarde o temprano vuelva a él. Henrik Ibsen supo mostrar cómo la corrupción, la injusticia y la avaricia personal pueden poner en riesgo Los pilares de la sociedad. Me gustó mucho la combinación de soledad, incomunicación e insatisfacción de la protagonista de Un amor, de Sara Mesa. Y con los recuerdos de su nieta Marina, reafirmé que Picasso dejaba mucho que desear a nivel humano.

Regresé al teatro de Peter Shaffer con The royal hunt of the sun, lo concluí con agrado, aunque he de reconocer que me costó cogerle el punto. Manuel Vicent estuvo divertido y costumbrista en ese medio camino entre la crónica y la ficción que fue Ava en la noche. Junto al Teatro Monumental de Madrid una placa recuerda que allí se inició el motín de Esquilache que Antonio Buero Vallejo teatralizó en Un soñador para un pueblo. El volumen de Austral Ediciones en que lo leí incluía En la ardiente oscuridad, un gol por la escuadra a la censura, el miedo y el inmovilismo de la España de 1950. Constaté con Mi idolatrado hijo Sisí que Miguel Delibes era un maestro, cosa que ya sabía, y me culpé por haber estado tanto tiempo sin leerle.

La sociedad de la transparencia, o nuestro hoy analizado con precisión por Byung-Chul Han. Masqué cada uno de los párrafos de El amante de Marguerite Duras y prometo sumergirme más pronto que tarde en Andrew Bovell. Cuando deje de llover resultó ser una de esas constelaciones familiares teatrales con las que tanto disfruto. Colson Whitehead escribe muy bien, pero Los chicos de la Nickel me resultó demasiado racional y cerebral, un tanto tramposo. Acabé Smart. Internet(s): la investigación pensando que había sido un ensayo curioso, pero el tiempo transcurrido me ha hecho ver que las hipótesis, argumentos y conclusiones de Frédéric Martel me calaron. Y si el guión de Las amistades peligrosas fue genial, no lo iba a ser menos el texto teatral previo de Christopher Hampton, adaptación de la famosa novela francesa del s.XVIII.   

Terenci Moix que estás en los cielos, seguro que El arpista ciego está junto a ti. Lope de Vega, Castro Lago y Arthur Schopenhauer, gracias por hacerme más llevaderos los días de confinamiento covidiano con vuestros Peribáñez y el comendador de Ocaña, cobardes y El arte de ser feliz. Con Lo prohibido volví a la villa, a Pérez Galdós y al Madrid de Don Benito. Luego salté en el tiempo al de La taberna fantástica de Alfonso Sastre. Y de ahí al intrigante triángulo que la capital formaba con Sevilla y Nueva York en Nunca sabrás quién fui de Salvador Navarro. El Canto castrato de César Aira se me atragantó y con la Eterna España de Marco Cicala conocí los porqués de algunos episodios de la Historia de nuestro país.

Lo confieso, inicié How to become a writer de Lorrie Moore esperando que se me pegara algo de su título por ciencia infusa. Espero ver algún día representado The God of Hell de Sam Shepard. Shirley Jackson hizo que me fuera gustando Siempre hemos vivido en el castillo a medida que iba avanzando en su lectura. Master Class, Terrence McNally, otro autor teatral que nunca defrauda. Desmonté algunas falsas creencias con El mundo no es como crees de El órden mundial y con Glengarry Glen Ross satisfice mis ansiosas ganas de tener nuevamente a David Mamet en mis manos. Y en la hondura, la paz y la introspección del Hotel Silencio de la islandesa de Auður Ava Ólafsdóttir termino este año de lecturas que no es más que un punto y seguido de todo lo que literariamente está por venir, vivir y disfrutar desde hoy.

“De qué hablo cuando hablo de correr” de Haruki Murakami

“Escritor (y corredor)” es lo que le gustaría a Murakami que dijera su epitafio cuando llegue el momento de yacer bajo él. Le definiría muy bien. Su talento para la literatura está más que demostrado en sus muchos títulos, sus logros en la segunda dedicación quedan reflejados en este. Un excelente ejercicio de reflexión en el que expone cómo escritura y deporte marcan tanto su personalidad como su biografía, dándole a ambas sentido y coherencia.

Comencé a leer este libro por el buen sabor de boca que me han dejado la mayor parte de los Murakami (Kioto, 1949) que he leído hasta la fecha (1Q84, Kafka en la orilla, Tokyo blues…) y también porque soy corredor habitual desde hace más de veinte años y de vez en cuando me pregunto por qué y para qué me calzo las deportivas nada más despertar. Una lucha entre la pereza inicial y la satisfacción posterior que por el momento -y tres veces a la semana durante una hora y doce kilómetros- sigue ganando la segunda de esas dos fuerzas que habitan en algún hondo lugar de mi persona.

Pero lo de Haruki es mucho más, como novelista es un superventas y su nombre suena una y otra vez como candidato al Premio Nobel de Literatura, y como corredor acumula ya muchos maratones y triatlones a sus espaldas (a su lado yo no soy nadie, tan solo dos medias maratones). Para él correr no es solo una muestra de un estilo de vida saludable, es también parte de una filosofía existencial con la que le da equilibrio a su día a día. Como si el estar con los pies en la tierra que conlleva el correr compensara el vuelo de su imaginación en su faceta laboral, en su tarea como escritor. Tal y como relata, su manera de ser y estar en el mundo desde principios de los 80 está basada en la unión y comunicación entre ambas prácticas, habiendo entre ellas una relación de espejo, refuerzo y alivio al basarse en pilares comunes como la técnica, la constancia y la consciencia.

Así es como lo expone volviendo a su juventud y a las insanas costumbres -fumar, trasnochar, alimentación desequilibrada- que practicó mientras fue empresario y barman hasta que la escritura se fue haciendo presente en su vida y llegado el momento, decidió junto con su mujer, dejarlo todo para intentar una actividad en la que ha conseguido unos logros por los que hoy es sobradamente conocido. A partir de ahí, y aunque se centra más en cómo piensa y actúa cuando se anuda las zapatillas que cuando se pone manos a la obra frente al folio en blanco, deja ver con claridad cómo se percibe, analiza e interroga a sí mismo, observándose desde fuera, pero también sintiéndose resonar desde dentro.

Puntos de vista que en las páginas de este volumen -recordando entrenamientos, preparaciones y carreras, éxitos y fracasos, en Grecia, Japón y EE.UU.- no resultan opuestos, tampoco complementarios, sino más que eso. Están compaginados e intrincados, pero también separados y diferenciados. Con esa habilidad tan exquisita y delicada, pero a la par sencilla, honesta y fácilmente comprensible con que Murakami es capaz de exponer y sintetizar -tanto por separado, como conjuntamente- hechos, pensamientos, sensaciones y emociones.

De qué hablo cuando hablo de correr, Haruki Murakami, 2007, Tusquets Editores.

“Escucha la canción del viento y Pinball 1973”, los primeros intentos de Haruki Murakami

Las dos primeras novelas cortas de este autor sinónimo de lirismo, hipnosis y realidades de lo más peculiar. Dos relatos en los que se ven los motivos predominantes de su narrativa: protagonistas solitarios, relaciones de endebles vínculos, situaciones sin una lógica aparente pero con gran sentido, bares con banda sonora de jazz,… Un doble ejercicio de escritura en el queda evidente su soltura para desarrollar ideas pero al que aún le falta el efectivo hilo conductor de sus títulos posteriores.

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Hay autores a los que se conoce a través de sus grandes obras, cuando ya tienen tras de sí una consolidada trayectoria avalada por muchas críticas y mayores cifras de venta en multitud de idiomas. Ese es mi caso con Murakami, quien me convirtió en adicto suyo con las magistrales dos primeras partes de 1Q84 y me fidelizó aún más con Kafka en la orilla, Al sur de la frontera, al oeste del sol, Tokio blues y Hombres sin mujeres. Movido por la curiosidad de querer seguir conociendo el mundo de este autor japonés y por casualidades (que nunca son tales) del destino, llegó a mis manos este volumen, traducido al español en 2015, pero originalmente editado en 1979.

Que hayan pasado años desde entonces le permite contar con un muy acertado extra, el prólogo en el que su autor explica el contexto y el momento personal en que escribió estas dos novelas cortas. Cuando aún estaba en la década de los veinte y buscando las coordenadas en las que dar forma a su vida, en aquel momento viviendo en pareja y ganándose la vida gestionando su propio club de jazz. Un negocio con el que ganar dinero sirviendo cocteles mientras escuchaba, en vivo o con vinilos girando, su estilo musical favorito.

Desde esa perspectiva es la que corresponde acercarse a Escucha la canción del viento y Pinball 1973, como una puerta de entrada no solo a sus inicios como escritor, sino a la génesis de su tan especial narrativa. Habiendo leído títulos posteriores suyos es muy evidente ver cómo comenzaba a bocetar en estas dos historias a esos protagonistas masculinos que pasan horas en la barra de un bar esperando a que no ocurra nada; mujeres de mínima expresividad y máximo enigma; relaciones sexuales de formal visceralidad y libres de emotividad alguna; un Japón en el que sus lugares parecen un personaje más, silenciosos pero capaces de ejercer una invisible pero inquietante influencia sobre sus habitantes.

Llegar a este primer Hurakami habiéndole experimentado posteriormente resulta enriquecedor. Si no es el caso, esta lectura probablemente resulte anodina y quizás insustancial. Dudo que se acierte a descubrir cuál es el germen de lo que está aconteciendo y el objetivo, el lugar al que se nos quiere llevar. Su autor no llega a transmitir el sentido de esos cuadros, imágenes y comportamientos que no acertamos a saber si son surrealistas, simbólicos, eclécticos o fábulas a partir de grabados ukiyo-e, las tradicionales estampas japonesas, de nuestro tiempo. Hay una correcta descripción de todos ellos, pero falta ese algo que es más que un hilo argumental sólido que haga que tanto su combinación como la manera en que se suceden, motivan e interrelacionan, resulten verosímiles.

10 novelas de 2015

Son estas como podrían haber sido otras. Pero el destino, la coincidencia, el boca a boca y la búsqueda personal quisieron que fueran estos autores y estos títulos, editados en 2015 o en años anteriores, los que tras pasar por mis manos y atraer mi atención, me causaran una honda impresión durante su lectura y hayan dejado una huella profunda en mi recuerdo.

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“El cielo protector” de Paul Bowles. Una guía de cómo trascendernos  –tanto en el contacto horizontal con el otro como en la profundización vertical en uno mismo- y llegar así a cotas de la vida y de nosotros mismos en las que alcanzar dimensiones personales hasta ahora desconocidas e inconcebibles.

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“Estupor y temblores” de Amélie Nothomb. Acidez, ironía y sobriedad en un retrato sin tapujos de la realidad laboral (japonesa).

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“Los aires difíciles” de Almudena Grandes. Personajes que viven más allá de las páginas, un completo repaso desde la cotidianeidad a las últimas décadas de nuestra historia, un placer para el corazón, un estímulo para el cerebro.

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“El extranjero” de Albert Camus. Lo que decimos y hacemos nos define, unas veces como miembros de una cultura, de un país, otras sobre una manera de ver la vida y nuestro papel como seres humanos, algo que nos puede hacer aún más foráneos respecto a nuestros congéneres que las coordenadas geográficas.

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“Los lugares pequeños” de Paco Tomás. Muchas vidas acaban siendo un gran círculo. Por mucho tiempo que pase hay que volver al inicio para cerrar lo que no quedó curado o para concluir un proyecto de extraño sentido que se hizo grande con el trabajo meticuloso de cada día durante semanas, meses y años, muchos años.

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“Hombres sin mujeres” de Haruki Murakami. Siete relatos en los que el maestro nipón demuestra una vez más su hábil capacidad para mostrar lo que hay tras la capa visible de cada persona. Un camino hacia la intimidad combinado con sus habituales viajes por Japón, referencias musicales y un particular homenaje a Kafka.

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“Sumisión” de Michel Houellebecq. No es esta una novela sobre la islamización de Europa, sino sobre el fin de su identidad cultural cristiana -base de su supremacía intelectual durante más de un milenio- por sustentarse desde hace siglo y medio sobre un sistema social y económico cuya deriva en el contexto actual de globalidad le ha llevado a una ruina no solo material sino también, y fundamentalmente, moral.

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“Suburbana” de Claudio Mazza. Una de las novelas más íntima y humana, a la par que genialmente escrita, que haya leído en mucho tiempo. Un completo viaje hasta la esencia de lo que somos como personas y como miembros de una familia, y cómo nos influye en ambos planos el devenir del país que nos da la nacionalidad, en este caso la Argentina de las últimas décadas. Un volver narrado con una extraordinaria sensibilidad con el que cerrar el ciclo que se inició con la huida motivada por la imperiosa necesidad de vivir.

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“Nocturnos” de Kazuo Ishiguro. Con la música como fondo, marcando ritmo y subrayando cuanto ocurre; las narraciones, descripciones y diálogos de estos cinco relatos fluyen con una asombrosa naturalidad, una autenticidad con la que se disfruta como si la vida fuera algo tan etéreo y espiritual como mágico.

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“Lo peor de todo es la luz” de José Luis Serrano. Un doble recorrido de amor a través de dos parejas masculinas. Una unida por un compromiso de vida, la otra por el lazo de la amistad. Una real y recreada, la otra de ficción y, por tanto, imaginada. Una narrativa sinuosamente analítica, envolvente, que va más allá de lo visible, profundizando en sus personajes hasta llegar a ese momento inicial y mágico en que nacen las emociones y las sensaciones que se convierten en recuerdos de un pasado, que se desdibuja con el paso del tiempo, o derivan en sentimientos que perviven y evolucionan hasta convertirse en parte intrínseca de nuestra identidad y nuestro proyecto vital.

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Leyendo (diálogos en metro de Madrid VII)

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Hola, hoy voy escuchando música porque no había ningún libro en casa que me llamara la atención. Acabé anoche el último con el que estaba, y suelo necesitar un tiempo, unas horas, quizás un día o dos, a veces hasta varios, para coger uno nuevo, abrirlo y comenzar a caminar en él como el que inicia una ruta que no conoce. Al principio despacio, como si lo leyera en voz alta pasando el dedo bajo cada palabra para no perder el hilo. Después, a medida que te adentras en su atmósfera, en sus lugares, en su tiempo, en sus personajes, vas mucho más rápido. ¿No os pasa a vosotros también?

Aún no sé cuál será el siguiente. Me dejo llevar por el impulso, por lo que me diga el corazón en el momento. Lo que suelo hacer es reunir varios que estén por casa, como si fuera una ronda preliminar, y los pongo en mi mesa de estudio. Los hojeo, los toco, quizás lea la sinopsis, quizás no. Recuerdo cómo me llegó cada uno, si lo compré yo, si me lo regalaron o me lo han prestado, o si me lo he llevado yo temporalmente prestado… Sí, a veces hago eso, los cojo de sitios donde están para el que pasa por allí, como en las recepciones de los hoteles donde me alojo cuando viajo. ¿No lo habéis hecho nunca? Yo sí, de cuando en cuando. Tomo prestado uno y ya dejaré yo otro. Si no ahí, ya lo haré en otro sitio.

¡Los libros son seres vivos! ¡Están para ser leídos, para incitar a la imaginación, a viajar mentalmente! Leyendo aprendemos cosas nuevas, detalles, fechas, nombres que nos ayudan a entender qué pasó, quiénes somos, de dónde venimos. Hay historias que estimulan, que nos hacen soñar que podríamos ser otros, que incluyen dentro de sí esas señales que nos dicen por dónde debemos ir para llegar a convertirnos en quienes queremos ser. Y lo que decía, los libros son como las personas, que somos humanos porque nos relacionamos. Pues un libro es igual, su sentido es pasar de unas manos a otras para llenarse de la energía que le va a entregar cada lector.

Yo no concibo acabarlo y dejarlo muerto y olvidado en una estantería, convertido en un lomo decorativo entre otros muchos para formar una mancha multicolor en el armario del salón. Eso cuando tienes pocos, que cuando no, la cosa va creciendo y acaban en cajas en un armario o en un trastero. Me dirás que los tienes ahí de recuerdo, para rememorar lo que te hicieron sentir, que los guardas para volver a leerlos algún día. Pero confiesa, ¿cuántos libros has releído? ¿No acabas olvidándote de los títulos de los que mandaste al fondo del garaje?

Yo los doy. O los regalo. Llámalo como quieras. O como he dicho antes, también los dejo en los sitios donde me quedo cuando viajo. En ocasiones los intercambio. Con quien surja. El otro día, por ejemplo, con un compañero de clase nos pusimos a hablar de los últimos que habíamos tenido entre manos y nos los pasamos. Yo a él “La perla” de Yukio Mishima y él a mí “Tokio blues” de Haruki Murakami, japonés por japonés. Ese ha sido el último que he leído. Y me ha encantado. Por eso estoy así, que hoy soy incapaz de nada mentalmente, todavía estoy atrapado por él, cuesta salir de una novela de Murakami aunque se hayan acabado las páginas. Los que le hayáis leído alguna vez y disfrutado con él, sabéis de lo que hablo.

También me gusta que me recomienden títulos, que me sugieran autores que no conozco o que no haya leído. ¿Alguno que recomendarme? ¿Cuál fue la última novela que os sorprendió gratamente? ¿Esa que creéis que podría apasionarme tanto como a vosotros? Venga, decidme.

(Fotografía tomada en Madrid el 22 de Mayo de 2014).

“Hombre sin mujeres”, registros varios de Haruki Murakami

Siete relatos en los que el maestro nipón demuestra una vez más su hábil capacidad para mostrar lo que hay tras la capa visible de cada persona. Un camino hacia la intimidad combinado con sus habituales viajes por Japón, referencias musicales y un particular homenaje a Kafka.

HombresSinMujeres

De alguien que ya vivió y mira hacia atrás recordando, a quien acaba de llegar a la adultez y tiene aún que iniciar su camino en la vida, del que tuvo la oportunidad del amor y no supo vivirlo al que se negó a él hasta que ya fue quizás demasiado tarde. Entre ellos, aquel al que la cuestión sentimental parecía serle ajena a su persona hasta que la vida le dio la ocasión de tener la oportunidad de sentirla por primera vez.  Personajes masculinos entre los que también está al que la llegada del amor le hizo ver que este sentimiento no era lo que él había creído hasta entonces.

Todos ellos “hombres sin mujeres” de distintas edades, situaciones socioeconómicas y bagaje intelectual, elegidos por el autor para formar un completo caleidoscopio –cerrado, compacto, sin fisura alguna, no se le escapa nada- con el que contarnos cómo es la existencia cuando ésta no es compartida. Una situación que no es la falta de un nombre en el buzón o que el estado civil no sea la casilla de “casado” o “en pareja”. Un estado interior que provoca que la vida se vea en tonos mate, que la música pierda sus notas más altas y se anestesie el sentido del gusto, ya no se come para hacer disfrutar al paladar, tan solo para mantenerse en pie.

Los siete relatos de este volumen funcionan de manera individual, pero en conjunto forman una imagen que es más que la suma de todos ellos, un prolífico y lírico recorrido por llegar hasta las sensaciones más básicas y auténticas, aquellas que nos hacen seres humanos. Con gran delicadeza y asombrosa sutileza, Murakami describe en sus narraciones y diálogos cómo nacen las emociones, el tremendo estímulo que suponen para aquel en cuyo corazón surgen y desde cuya piel se transmiten. Por último, y sin pudor alguno, deja claro cuál es para él la mayor y más bonita energía que pueda tener una persona, el amor.

¿Qué nos encontramos en el camino que marcan estas siete etapas?

  • “Drive my car” es la comunicación en silencio, las conexiones energéticas entre personas sin lógica alguna, pero con un nudo tan fuerte como la convicción y precisión con que el nacido en Kioto en 1949 expone la situación.
  • “Yesterday” nos inunda de espontaneidad para intentar dilucidar las diferentes lógicas con las que podemos iniciarnos en la vivencia de los afectos.
  • “Un órgano independiente” es la intuición con la que se puede entrar en el interior de una persona hasta llegar a su corazón y descubrir cómo son las capas de tejido de distinta naturaleza que lo cubren, unas veces para cuidarlo, otras para todo lo contrario.
  • “Sherezade” exige que no haya preguntas, en ocasiones somos más auténticos cuanto menos se sabe de nosotros mismos.
  • “Kino”, con su protagonista dueño de un bar y profundo aficionado al jazz podría hacernos pensar que es el cuento que más apuntes autobiográficos podría tener de Haruki, al compartir ambas circunstancias con su trayectoria personal.
  • “Samsa enamorado” despierta en la mente “La metamorfosis” de Kafka, ¿y si un día nos levantamos como un cuerpo que sentimos ajenos a nosotros mismos en un sitio que no conocemos?
  • Por último, “Hombres sin mujeres” hace patente ese momento en que el vacío se hace presente, tangible, toda una contrariedad con la que aprender a convivir, reconociendo su existencia le daremos sentido a nuestra vida, algo que hasta entonces no tenía.

El último título en la bibliografía de Haruki Murakami supone un  paso más en su interés por temas, que ya ha tocado en otros títulos de sus más de tres décadas de trayectoria, como esa realidad visible solo para unos pocos (“1Q84”), la búsqueda de algo que siempre ha estado ahí y no hemos sido capaces de comprender (“Kafka en la orilla”), de querer conseguir lo que parece fuera de nuestro alcance (“Al sur de la frontera, al oeste del sol”) o de encontrar las piezas que hagan que nuestro proyecto de vida sea un verdadero presente y no una continua utopía (“Tokio blues”).

“Tokio blues” de Haruki Murakami

Maravilloso viaje literario entre la adolescencia y la adultez, entre la vida y la muerte, entre la plenitud del amor y el vacío existencial.

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Murakami es un maestro en hacer transitar a sus personajes e historias entre espacios y tiempos que son a la par coordenadas del mundo en el que habitamos y ejes de un universo etéreo en el que transitamos sin saber cómo hemos llegado a él ni el destino al que nos conducen. Un devenir en el que en “Tokio blues” se avanza impulsados por la profunda búsqueda existencial a la que se somete a su protagonista. Un viaje en el que solo se da entidad a las personas, lugares, acontecimientos y músicas –cada título de este autor cuenta con su propia banda sonora formada por los artistas y canciones citadas a lo largo de sus páginas- con los que Toru establece conexión emocional. Todo lo demás queda reducido a meros apuntes circunstanciales necesarios, la rutina procedimental de la residencia o las huelgas en el campus, para que cuanto le acontece a este joven que inicia la universidad tenga un soporte material.

Cuanto sucede a Toru se desarrolla entre triángulos, el de la amistad adolescente con Naoko y Kizuki y en del amor que le introduce en la vida adulta con Naoko y Midori. Símiles geométricos finamente hilados que nos atrapan a medida que se hacen sólidos, una vez dentro ya no hay salida. La evolución de lo que va sucediendo está al margen de la intervención del hombre, queda a voluntad de la naturaleza por una regla así escrita en esta novela, “la muerte no existe en contraposición a la vida sino como parte de ella”. También hay personas que llegan a través de otras, Hatsumi via Nagasawa y Reiko mediante Naoko, luces en el camino que aportan bocanadas de aire que guían a nuestro hilo conductor, “no te reprimas por nadie, y cuando la felicidad llame a tu puerta, aprovecha la ocasión y sé feliz”, ante lo que es más fuerte que el hombre, “si no quieres acabar en un manicomio, abre tu corazón y abandónate al curso natural de la vida”.

Otro punto importante en Murakami, y “Tokio blues” es muestra de ello, es el sexo. No como algo carnal o meramente genital, sino como ese impulso interior que arrastra a la acción a quien lo siente. Un torrente inevitable, provocador de un profundo conflicto entre el corazón y la razón, aliado seductor del primero y generador de estupor ante las estructuras que rompe en el segundo. Ahí es donde está la maestría de este japonés que todos los años suena como candidato al Premio Nobel de Literatura. Llega hasta el magma, la esencia, ese punto original en el que está el inicio de todo a partir de una energía que fluye y va tomando formas cada vez más complejas y elaboradas. Algo inmaterial e invisible que el también autor de “Kafka en la orilla”, “1Q84” o “Al sur de la frontera, al oeste del sol” maneja con suma delicadeza, haciendo de sus descripciones y diálogos palabras que se combinan para crear retazos de realidad y retratos humanos de un extraordinario verismo por su gran sensibilidad.

Hay algo profundamente vital en el estilo de Haruki Murakami que contagia a quien lo lee, y que queda muy bien descrito por esta (auto) definición que pone en boca de uno de los habitantes de esta ficción, “soy ese tipo de personas que no acaba de comprender las cosas hasta que las pone por escrito”.

“El mar llegaba hasta aquí” de Alex Pler

Mágico y realista a la par, tan ilusionante como veraz, no se lee, se vive, se siente.

ElMarLlegabaHastaAqui

Leo desde hace tiempo a Alex con frecuencia, sea por entretenimiento de manera casi diaria a través de twitter o de vez en cuando, buscando un momento de evasión de la rutina, en su blog “Sombras de neón”. En el recuerdo tengo también la alegre sorpresa que fue descubrir el recopilatorio de posts de su bitácora digital anterior, “La noche nos alumbrará”. Meses atrás ya dejó leer para todo aquel que lo quisiera el primer capítulo de la que desde el pasado 13 de enero es la ficción “El mar llegaba hasta aquí”. Tras finalizarlo le hice llegar vía mensaje mi impresión: “ganas de más”.

Ahora que ya es una novela lanzada al mundo y cobrando vida al margen de su autor, pasando a ser moldeada por las impresiones de sus lectores, diré que aquellas páginas iniciales son la puerta de entrada a un universo mágico y realista a la par. Siguiendo el símil de su título, bucear en esta creación literaria es ilusión para el espíritu y realismo para la piel de los que se decidan a sumergirse en sus aguas. “El mar llegaba hasta aquí” no se lee, trasciende el código de las palabras y sus estrictos significados y va más allá, se vive, se siente.

En su manera de relatar Alex va más allá de concatenar hechos y reflexiones, sino que entra dentro de de las motivaciones y las causas de sus personajes, dotando a sus narraciones y diálogos de una gran sensibilidad. Aunque sus protagonistas puedan actuar por lo que les dicte su cabeza o los convencionalismos, Pler plasma con gran delicadeza las emociones que fluyen por su interior, tanto aquellas que llegan a expresar como las que no son capaces de dejar fluir. Así es como Leo, Adán, Javi o Verónica se hacen grandes, completos, humanos, haciendo que la identificación o la proyección con ellos de sus lectores surja de manera casi instantánea.

Ante su narración en primera persona es inevitable preguntarse cuánto de autobiográfico hay a lo largo de sus trescientas páginas. Mi apuesta es que mucho, quizás no todo vivido por Alex, pero sí a su alrededor, experiencias que le habrán llegado a través de sus propias vivencias o del relato de otros cercanos a él. El conjunto que forman es de un gran realismo, sin crudezas ni excesos ni gratuidades, la vida tal cual ha sido o podido ser hasta ahora para aquellos que hoy nos consideramos jóvenes aunque la niñez quede ya lejos, aunque aún miremos hacia ella más veces que hacia el futuro por venir. Y para darle continente a ese contenido vital no faltan referencias literarias (Tom Spanbauer, David Foster Wallace, Stephen King, Michael Crichton,…), musicales (Whitney Houston, Madonna, Céline Dion, Alanis Morissette, Rihanna, Fangoria,…)  o cinematográficas (El mago de Oz, Lost in translation, Smoke, Mi vida sin mí, Azul oscuro casi negro,…),  además de cómics, programas de tv y redes sociales que componen un completo marco generacional.

El vértice en el que confluyen autenticidad, sensibilidad y verismo es en la fluidez y espontaneidad con que van evolucionando los acontecimientos que con el sexo, el amor y la amistad junto a las ganas de crecer y descubrir como telón de fondo se desarrollan en el triángulo Barcelona-Granada-Madrid. De ahí la historia salta a Japón y con esa distancia geográfica su ficción adopta nuevas coordenadas no solo geográficas sino evolutivas. Se dejan las coordenadas espacio-temporales como cuadro de escena para adoptar modos orientales, como los de Haruki Murakami cuando confronta en sus novelas el mundo en el que estamos físicamente con otro paralelo y aparentemente irreal en  el que nos sentimos vivir de manera más plena, completa y auténtica. Se pasa de lo lineal a un caleidoscopio de emociones, un salto que supone una inicial bajada de ritmo que despierta dudas sobre hacia dónde quiere llevarnos Alex Pler, pero resituados en las nuevas coordenadas narrativas en que nos coloca está clara que su intención es llevarnos hacia la alegría, el positivismo, el tener fe y empeño. Su intención es que disfrutemos con su lectura de igual manera que hemos de hacerlo con la vida, tanto cuando miramos hacia atrás como cuando miramos hacia delante desde el hoy en el que estamos.

“Al sur de la frontera, al oeste del sol” de Haruki Murakami, algo muy grande, hermoso y suave.

AlSurDeLaFrontera

Desde sus 37 años actuales y los dos locales que regenta en Tokio, Hajime recuerda cómo ha sido su vida desde su nacimiento el 4 de enero de 1951. Los momentos de la niñez y la magia de la música vivida con Shimamoto, el despertar sexual adolescente junto con Izumi, la estabilidad adulta alcanzada con Yukiko,…, hasta que Shimamoto vuelve a aparecer en su momento presente.

Las palabras elegidas para este relato en primera persona conforman una energía que fluye de manera imparable con un doble cometido. Por un lado crear un universo entre la ficción y la realidad que da cobijo a personajes tangibles y lectores intangibles –estamos ahí, anónimos, etéreos, caminando por las calles, visitando los clubs. Por otro desarrollar una atmósfera de inevitabilidad en la que protagonistas y espectadores -al otro lado del papel- aceptan cuanto ocurre como determinación del destino y lo viven sin emplear tiempo buscando porqués, confirmaciones o alternativas.

A lo largo del recorrido hasta “Al sur de la frontera, al oeste del sol” sentirás emociones y sensaciones con una mezcla de calma y ansiedad, de fluir con la vida y de tensión catártica, combinación propia de la narrativa de Haruki Murakami. A medida que completas las páginas, estas desaparecen de tus manos y se funden con tu cuerpo, con tu corazón, formando una simbiosis entre relato y lector, entre él y tú. Unión en la que se difuminan las fronteras y distancias entre ficción y no ficción, entre su creación y tu recreación. Lo escrito solo existe si es leído. Y lo leído se convierte en parte de tu realidad al hacer sentir y emocionarte. No podrás dejar de pensar en ello no solo hasta que llegues a su fin, sino hasta que tras este, su recuerdo se difumine.

El latido de tu corazón al albor de los ritmos musicales (Nat King Cole, Duke Ellington, Talking Heads, Mozart, Schubert, Haendel) delatará el intenso magnetismo y la magia emocional con el que vivirás la vida de Hajime así como tu papel en la misma.  

(imagen tomada de amazon.es)