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“El hombre que no deberíamos ser” de Octavio Salazar

Los convencidos dirán que lo que su autor cuenta es justo y necesario. Los reaccionarios que su redacción está plagada de generalidades y va en contra de lo que ha sido norma y tradición. Así es como entre unos y otros le dan la razón a su intención pedagógica y a su visión sobre lo desigual que es nuestra sociedad mientras siga definiéndose en términos de masculino y femenino.

Es curioso como la Constitución Española habla de españoles, personas e individuos sin hacer distinción de género. Eran otros tiempos y probablemente sus redactores no tuvieron más intención que seguir la norma de la RAE que dice que el plural se forma utilizando el masculino del sustantivo a utilizar, el tan manido masculino genérico. Pero hay algo que, quizás, también estuvo en su inconsciente y es que tanto antes, como más allá de las imágenes que creamos, transmitimos e interpretamos de nosotros mismos, somos personas. El género es algo que nos describe a posteriori, pero previo a esta construcción somos conciudadanos, seres humanos iguales y diferentes a los otros miles de millones que habitamos este planeta.

Punto de partida de lo que es la humanidad. Sin embargo, negado desde su mismo principio, situándolo no ahí -y ni siquiera en otras peculiaridades como la raza, la cultura o la religión- sino en el resultado del filtro que nos divide en hombres por un lado y mujeres por otro, y asignándonos unos roles con deberes y derechos inamovibles. Encorsetándonos en una injusticia y desigualdad donde ellas son más víctimas que ellos, pero donde lo masculino también resulta herido y mancillado por la falta de libertad a la que se ve condenado. La diferencia está en que en ambos casos quien genera daño y dolor es el hombre, por el sometimiento físico y psicológico que ejerce sobre las mujeres y por el estrechamiento conductual que se impone a sí mismo.

Como bien señala Octavio, los concienciados estamos de acuerdo en que transitamos desde hace tiempo por el largo, lento y tortuoso camino que algún día nos llevará a la igualdad real y del que en algunos momentos vemos destellos que nos hacen sentir que lo tenemos al alcance de la mano. Pero hay algo que evidencia que aún queda mucho por recorrer, y es que prácticamente todo lo logrado ha sido gracias a la insistente reclamación y lucha de las mujeres. Y que parte de lo que creemos conseguido es resultado de las estrategias de marketing del voraz consumismo impulsado por el neoliberalismo. La supuesta sensibilidad del metrosexual y la feminización de algunos puestos directivos esconden en la mayor parte de los casos una nueva visión de la exigencia de transmitir poderío físico y la exaltación de comportamientos fríos y agresivos.

La antropología y la cultura dan fe de cómo ha sido así desde hace siglos, y la sociología atestigua cómo sigue ocurriendo, pero como bien afirma el también autor de Autorretrato de un macho disidente, contamos con un instrumento muy útil con el que transformar el sexismo de nuestra sociedad, la política. Dimensión múltiple en la que se actúa no solo delegando vía voto, sino con el ejemplo personal. Pidiendo que se actúe en campos como el de la educación afectiva y sexual de los más jóvenes y que se ponga el foco no solo en ayudar a las mujeres maltratadas y explotadas sino en prevenir que haya hombres violentos y proxenetas.

Algo en lo que todos y cada uno de nosotros podemos y debemos actuar en nuestro día a día y sea cual sea el ámbito en el que nos movamos y actuemos a nivel laboral, familiar y social. Informándonos para tomar conciencia de cómo seguimos teniendo comportamientos machistas que nos impiden mostrarnos atentos, cercanos y empáticos con quienes nos relacionamos. Denunciando los relatos y prácticas excluyentes en los que se fundamenta el heteropatriarcado -basta acudir a una juguetería para comprobarlo-, y rehuyendo cualquier coordenada en la que se cosifique, mancille o violente a las mujeres -como es la pornografía- por el mero hecho de ser tales.

El hombre que no deberíamos ser, Octavio Salazar, 2018, Editorial Planeta.

10 ensayos de 2021

Reflexión, análisis y testimonio. Sobre el modo en que vivimos hoy en día, los procesos creativos de algunos autores y la conformación del panorama político y social. Premios Nobel, autores consagrados e historiadores reconocidos por todos. Títulos recientes y clásicos del pensamiento.

“La sociedad de la transparencia” de Byung-Chul Han. ¿Somos conscientes de lo que implica este principio de actuación tanto en la esfera pública como en la privada? ¿Estamos dispuestos a asumirlo? ¿Cuáles son sus beneficios y sus riesgos?  ¿Debe tener unos límites? ¿Hemos alcanzado ya ese estadio y no somos conscientes de ello? Este breve, claro y bien expuesto ensayo disecciona nuestro actual modelo de sociedad intentando dar respuesta a estas y a otras interrogantes que debiéramos plantearnos cada día.

“Cultura, culturas y Constitución” de Jesús Prieto de Pedro. Sea como nombre o como adjetivo, en singular o en plural, este término aparece hasta catorce veces en la redacción de nuestra Carta Magna. ¿Qué significado tiene y qué hay tras cada una de esas menciones? ¿Qué papel ocupa en la Ley Fundamental de nuestro Estado de Derecho? Este bien fundamentado ensayo jurídico ayuda a entenderlo gracias a la claridad expositiva y relacional de su análisis.

“Voces de Chernóbil” de Svetlana Alexévich. El previo, el durante y las terribles consecuencias de lo que sucedió aquella madrugada del 26 de abril de 1986 ha sido analizado desde múltiples puntos de vista. Pero la mayoría de esos informes no han considerado a los millares de personas anónimas que vivían en la zona afectada, a los que trabajaron sin descanso para mitigar los efectos de la explosión. Individuos, familias y vecinos engañados, manipulados y amenazados por un sistema ideológico, político y militar que decidió que no existían.

«De qué hablo cuando hablo de correr» de Haruki Murakami. “Escritor (y corredor)” es lo que le gustaría a Murakami que dijera su epitafio cuando llegue el momento de yacer bajo él. Le definiría muy bien. Su talento para la literatura está más que demostrado en sus muchos títulos, sus logros en la segunda dedicación quedan reflejados en este. Un excelente ejercicio de reflexión en el que expone cómo escritura y deporte marcan tanto su personalidad como su biografía, dándole a ambas sentido y coherencia.

“¿Qué es la política?” de Hannah Arendt. Pregunta de tan amplio enfoque como de difícil respuesta, pero siempre presente. Por eso no está de más volver a las reflexiones y planteamientos de esta famosa pensadora, redactadas a mediados del s. XX tras el horror que había vivido el mundo como resultado de la megalomanía de unos pocos, el totalitarismo del que se valieron para imponer sus ideales y la destrucción generada por las aplicaciones bélicas del desarrollo tecnológico.

“Identidad” de Francis Fukuyama. Polarización, populismo, extremismo y nacionalismo son algunos de los términos habituales que escuchamos desde hace tiempo cuando observamos la actualidad política. Sobre todo si nos adentramos en las coordenadas mediáticas y digitales que parecen haberse convertido en el ágora de lo público en detrimento de los lugares tradicionales. Tras todo ello, la necesidad de reivindicarse ensalzando una identidad más frentista que definitoria con fines dudosamente democráticos.

“El ocaso de la democracia” de Anne Applebaum. La Historia no es una narración lineal como habíamos creído. Es más, puede incluso repetirse como parece que estamos viviendo. ¿Qué ha hecho que después del horror bélico de décadas atrás volvamos a escuchar discursos similares a los que precedieron a aquel desastre? Este ensayo acude a la psicología, a la constatación de la complacencia institucional y a las evidencias de manipulación orquestada para darnos respuesta.

“Guerra y paz en el siglo XXI” de Eric Hobsbawm. Nueve breves ensayos y transcripciones de conferencias datados entre los años 2000 y 2006 en los que este historiador explica cómo la transformación que el mundo inició en 1989 con la caída del muro de Berlín y la posterior desintegración de la URSS no estaba dando lugar a los resultados esperados. Una mirada atrás que demuestra -constatando lo sucedido desde entonces- que hay pensadores que son capaces de dilucidar, argumentar y exponer hacia dónde vamos.

“La muerte del artista” de William Deresiewicz. Los escritores, músicos, pintores y cineastas también tienen que llegar a final de mes. Pero las circunstancias actuales no se lo ponen nada fácil. La mayor parte de la sociedad da por hecho el casi todo gratis que han traído internet, las redes sociales y la piratería. Los estudios universitarios adolecen de estar coordinados con la realidad que se encontrarán los que decidan formarse en este sistema. Y qué decir del coste de la vida en las ciudades en que bulle la escena artística.

«Algo va mal» de Tony Judt. Han pasado diez años desde que leyéramos por primera vez este análisis de la realidad social, política y económica del mundo occidental. Un diagnóstico certero de la desigualdad generada por tres décadas de un imperante y arrollador neoliberalismo y una silente y desorientada socialdemocracia. Una redacción inteligente, profunda y argumentada que advirtió sobre lo que estaba ocurriendo y dio en el blanco con sus posibles consecuencias.

Ambición, divergencias y cortinas de humo

Liderar el partido a nivel regional y hacer de la cámara legislativa un lugar de mayor bronca aún. Dos frentes para un único objetivo, llegar a la cúspide de la pirámide. Y el ruido de cada uno de ellos concebido para tapar e impulsar el alboroto del otro. La política como un juego de estrategia sin principios ni límites.

Su ambición -y la de los que la apoyan, jalean y colaboran en su propósito-, y no el deber que conllevan sus responsabilidades públicas -servir al interés general- como motor de sus acciones. Sea como sea, seguir un día sí y otro también en el candelero. Y hacer de todo ello una sucesión de hitos mediáticos creando un personaje poliédrico que le da a cada segmento de la opinión pública lo que ésta espera de ella. Indigna y enerva a unos, asusta y tensa a los siguientes, alegra y exalta a otros. En el fondo, la determinación de expulsar de las coordenadas de la política a los que la conciben como foro de encuentro, debate, negociación y acuerdo.  

Es una experta en cómo ser noticia. Comienza la jornada a cara de perro, insultando a sus oponentes, saltándose cuanto indica el respeto, la educación y el pudor que se le presupone a cualquier ciudadano decente, y un rato después se presenta en un entorno totalmente diferente con ritmo pausado, sonrisa relajada y chascarrillos recurrentes como si fuera una estrella del pop o una celebridad cinematográfica. Una bipolaridad perfectamente recogida por todos los medios de comunicación. Con perspectiva crítica, presuntamente objetiva por parte de determinadas cabeceras, con descarada intención propagandística y clientelar por las demás. Cortinas de humo concebidas, diseñadas y ejecutadas para tapar el ruido que van a generar distintas votaciones en los próximos días y semanas en la Asamblea de Madrid.

La certificación de la ocupación sine die de Telemadrid con el nombramiento como indefinido de su administrador único. Accediendo a reducir su presupuesto para ganarse el voto cómplice del partido amigo, lo que es de suponer que supondrá la cancelación de contratos con productoras externas y cuantas medidas laborales sean necesarias para reducir la masa salarial (y crítica) del ente público. No es descabellado imaginar que esto sea un paso con el que facilitar una hipoteca privatización o el fin de sus emisiones. Aunque es previsible que no ocurra antes de las elecciones de 2023. Dudo mucho de que, por el momento, los titulares de los despachos de la Real Casa de Correos renuncien al tremendo potencial publicitario que les supone tener a su entera, exclusiva y plenipotenciaria disposición semejante equipo técnico y humano.

El colectivo LGTBI en el centro de la diana. Le renta más ir en su contra que estar a su favor. En la saca de los votos y apoyos parlamentarios cotizan al alza el egoísmo y el desprecio frente a los derechos y las libertades fundamentales. La Constitución Española reducida a las dos palabras que le dan título, a una portada sin contenido, una tapa dura con las páginas en blanco. No son buenos tiempos para la empatía. Las cuestiones que afectan a minorías no interesan o no permean en una parte importante de la mayoría –cierto es que muchos de ellos ya tienen bastante con llegar a final de mes-. Esto hace que, por tradición, sentido de la democracia o coherencia -o todo a la vez-, el arco iris, la femineidad o el haber nacido en otro país, sean cuestiones defendidas solo por una determinada parte del espectro ideológico. Excusa perfecta para combinar en un mismo argumentario dos mentiras, la vacuidad de la exigencia de igualdad de los afectados y el carácter inventivo, instrumentalizador y manipulador de sus valedores.

Movimiento con derivada, la previsión de que sus retrocesos en esta materia quedarán anulados con la supuesta futura Ley LGTBI estatal le servirán como munición con la que seguir azuzando en este frente. Asuntos en los que se valdrá de su poder ejecutivo para llevar a la organización pública que gestiona a la inacción administrativa, como ya está haciendo en campos como el de la eutanasia o la dependencia.      

La cultura no se libra de la tergiversación. Enarbola la bandera del español, envolviendo en paño rojigualda cuanto ya existía y estaba programado. Encarga la creación de un nuevo logotipo a plasmar en tamaño superlativo en el cartel de organizadores de cuanto evento sea necesario, ante cuya visión y verbalización llevarse la mano derecha extendida al pecho y destilar patriotismo excluyente. O conmigo o contra mí. Se conceden espacios públicos de manera irregular a amigos particulares con actitudes de palmero para la ejecución de proyectos de dudosa calidad artística -ya sean con forma de pirámide, ya sea para realizar proyecciones inmersivas-, mientras compañeros de partido afirman sin pudor que hay que “poner el acento en que la programación cultural sirva para la moderación de nuestro pensamiento crítico”. Es decir, convertir la cultura en entretenimiento, en ocio, en anestesia con la que desactivar la posibilidad de imaginar y reclamar, por ejemplo, un sistema social, educativo o sanitario más justo y equitativo.

De manera paralela, y mientras esperamos las sorpresas que seguro traerán los próximo presupuestos regionales, su jefe de gabinete y máximo asesor personal ya ha puesto en marcha la estrategia de comunicación pertinente para que dentro de su casa no solo la reconozcan, sino que le concedan de manera oficial los galones, pleitesía y poder de decisión que considera le corresponde. Amenaza con utilizar la influencia que ya tiene para poner en duda la valía y las posibilidades de quien la nombró en su día. Predecesoras afines -que seguro ven en ella una manera de reivindicarse y seguir estando presentes- ya se han puesto manos a la obra haciendo lo que más les gusta, practicar el ego, desplegar retórica y jugar a la fotogenia. Tanto fuera como dentro, sea como sea, se trata de ganar.

Vorágine de ruido con la que demostrar hasta donde es capaz de llegar para construir su personaje y llegar a esa meta que está dos pasos más allá -o seis plantas más arriba y cinco kilómetros hacia el noroeste- de aquella a la que dice aspirar. Da igual cuanto tenga que hacer y decir para ser la número uno, la primera, la única, quien decide y manda.

(imagen tomada de infolibre.com, EFE)

Nuevo ministro, ¿nuevo rumbo del Ministerio de Cultura?

De José Manuel Rodríguez Uribes a Miquel Iceta. Cambia el nombre, pero los retos siguen siendo los mismos. Gestionar una cartera con competencias altamente transferidas a las comunidades autónomas, sacar adelante legislaciones ancladas en despachos, apoyar a una confluencia de sectores muy afectados por la crisis y conseguir resultados tangibles más allá de protocolarios posados oficiales y correctas declaraciones institucionales.

José Manuel Rodríguez Uribes y Miquel Iceta

La llegada de Rodríguez Uribes en enero de 2020 fue recibida con sorpresa tras el buen sabor de boca que dejó José Guirao[1], aparentemente el Presidente del Gobierno quería para el puesto un perfil “más político y más relacionado con el deporte”[2]. Llegó el covid y ante las críticas que generó el silencio del nuevo ministrio, su primera intervención pública -bien por el desconcierto del momento, bien por su falta de conocimiento de las dinámicas del sector- no pudo ser más desafortunada , “primero va la vida y después el cine[3]. Lo que muchos consideraron una falta de tacto se vio acrecentado con su renuencia a buscar soluciones ad hoc y resolverlo con un  “hemos movilizado fondos generales”.

Actuación frente a la pandemia

Cuando por fin se decidió a hacerlo, comenzó una ronda de reuniones telemáticas con diferentes asociaciones (cine, artes escénicas, plásticas, música, libro…) en las que se comprometió a tomar medidas que ayudaran tanto en lo urgente, el corto plazo, como en lo importante. Las primeras llegaron el 5 de mayo de 2020[4], con un Real decreto-ley, resultando ser una adaptación a las circunstancias -ampliación temporal del alcance de los Acontecimientos de Excepcional Interés Público paralizados por la pandemia-, y la consideración de tales de otros que seguro lo hubieran sido aún no habiendo crisis sanitaria -como el 175 aniversario de la construcción del Teatro del Liceo o la participación de España como país invitado de honor en la Feria del Libro de Frankfurt en este 2021-. Así mismo, se amplió en un 5% de la deducción del IRPF de los donativos, donaciones y aportaciones a instituciones culturales. Algo irrisorio si tenemos en cuenta que la tremenda caída del PIB habrá generado un enorme descenso de este método de cofinanciación y que la Agencia Tributaria es incapaz de decir cuánto de lo que destinamos a este fin (estimación de 930 M€ en 2017) va específicamente al sector cultural.

Después llegarían otras que flexibilizaban algunas normativas como ayudas a películas que se estrenen en plataformas, y no solo en pantalla grande, o para la promoción del arte contemporáneo español, cuya lista de destinatarios fue anunciada en el mes de noviembre, pero que meses después aún no las habían recibido[5].

En el fragor de vuelta a la aparente normalidad de hace un año llegó el anuncio del Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia, por el que nuestro Gobierno le proponía a la Unión Europea como invertiría 140.000 millones de euros para convertirnos en un país moderno bajo las claves de la transición verde, la digitalización y la cohesión social y territorial[6]. Tras su aprobación final, el Ministerio de Cultura y Deporte recibirá, entre 2021 y 2023, 825 millones de euros de los primeros 72.000, 525 si le restamos lo dedicado al deporte, es decir, el 0,07 % (cuando el sector supone el 3,2% del PIB). Cifras desalentadoras que tendrán como fin, algo que se concretó en “la revalorización de las industrias culturales, dinamizar la cultura como elemento de cohesión social y territorial y digitalizar e impulsar los grandes servicios culturales[7]. Veremos en qué queda una vez que todo ello se comience a ejecutar.

Tras lo urgente, lo importante

Eso en lo que respecta al terremoto que paralizó la vida de todos. Pero, al margen de esto, ¿qué ha hecho el Ministerio de Cultura en los últimos 18 meses? Uno de los proyectos que se quedó a medias por el fin de la legislatura anterior, fue la actualización de la Ley del Patrimonio Histórico Español, que data de 1985 y que tiene vacíos propios de las más de tres décadas transcurridas al no considerar realidades como las del universo digital, el videojuego o las posibilidades de internet. Lo que le impide ejercer, además, como norma jerárquicamente superior a las aprobadas por las comunidades autónomas desde entonces, con la consiguiente función armonizadora. Según el actual Plan Anual Normativo del Gobierno, está previsto que se actualice a lo largo de este año[8]. Por el momento se ha aprobado el anteproyecto de ley[9], incluyendo las categorías de patrimonio industrial, cinematográfico, audiovisual, subacuático y paisajístico.

Una de las promesas de Pedro Sánchez en su discurso de investidura el 4 de enero de 2020 fue el desarrollo del Estatuto del Artista[10]. Una ambición transversal que implica a otros ministerios como el de Trabajo, Haciendo o Seguridad Social y que, hoy por hoy, sigue estando en la categoría de compromisos[11] y no de logros[12].

Por el lado positivo, se cerró el acuerdo para que la Colección Carmen Thyssen-Bornemisza siga estando alojada en el número ocho del madrileño Paseo del Prado, con el titular de que entre las más de cuatrocientas obras estará el Mata Mua de Paul Gauguin (1892)[13], que en un extraño movimiento fue trasladado desde el Palacio de Villanueva hasta Andorra en mayo del año pasado tras haber obtenido el permiso de exportación dos meses atrás[14].  A su vez, el Observatorio de Igualdad de Género -en el que participan distintas asociaciones- ofreció sus primeras recomendaciones.  

Lo pendiente

Muchos asuntos. Además de que todo lo señalado se convierta en resultados tangibles que consolidar con el tiempo, también está el hacer de ellos elementos tractores de nuestra sociedad y economía, y no solo un elemento con el que resolver la obligación de cumplir el artículo 44 de la Constitución (Los poderes públicos promoverán y tutelarán el acceso a la cultura, a la que todos tienen derecho) o con el que articular o complementar la oferta turística de nuestras ciudades o pueblos.

Los museos estatales[15] (más allá del Prado y el Reina Sofía que cuentan con leyes reguladoras propias o el Thyssen-Bornemisza, constituido como una fundación perteneciente al sector público estatal) piden una asignación de recursos superior que ayude a poner en valor sus colecciones.

No se entiende lo poco que giran por el país montajes de instituciones de carácter nacional como la Compañía Nacional de Danza, la Compañía Nacional de Teatro Clásico o los montajes del Centro Dramático Nacional. Afortunado aquel que viva en Madrid que tendrá acceso a todos ellos, pero los de fuera tendrán que conformarse con las migajas que les lleguen, algo que ya señaló Alfredo Sanzol, director del CDN, en la presentación de su próxima temporada[16].

Y ya puestos, Miquel Iceta podría plantear si la tauromaquia debe ser asunto que gestionar desde la cartera de Cultura en lugar de hacerlo, por ejemplo, desde Agricultura, Pesca y Alimentación. Habrá quien diga que los asuntos taurinos están considerados patrimonio cultural inmaterial (por obra y gracia del Gobierno de Mariano Rajoy que así lo aprobó por Ley en 2013[17], punto de vista con el que la Unesco no coincide[18]), pero también lo es la gastronomía y a nadie se le ocurre sugerir que deje de ser responsabilidad de este ministerio. Y otro tanto con Deporte, si lo enfocamos como un tema de promoción de valores, ¿no debiera estar bajo el paraguas de Educación? Así es como está en Portugal, en Francia es ministerio en sí (aunque eso haría que pasáramos de 22 a 23, quizás demasiados), en Italia lo es junto a Juventud (área que aquí está en Derechos Social y Agenda 2030), aunque también es cierto que en la Comisión Europea forma parte de la cartera de Educación, Cultura, Multilingüismo y Juventud.

Sea como sea, mucha suerte al nuevo ministro en su tarea. Sus éxitos no serán solo suyos, sino que redundarán en beneficio de todos nosotros.


[1] Blanes, Pepa. (11/01/2020). El cine recibe con ‘cautela y sorpresa’ el nombramiento de Rodríguez Uribes en Cultura. Cadenaser.com. https://cadenaser.com/ser/2020/01/11/cultura/1578780102_706324.html

[2] Corroto, Paula. (14/01/2020). “¿Vas a contar conmigo?”: así cayó Guirao, el ministro de Cultura que quería seguir. ElConfidencial.com. https://www.elconfidencial.com/cultura/2020-01-14/guirao-pedro-sanchez-cultura-baloncesto-deportes-733_2410643/

[3] García, Fernando. (07/04/2020). El ministro de Cultura justifica la falta de ayudas concretas citando a Orson Welles: “Primero la vida y luego el cine”. LaVanguardia.com. https://www.lavanguardia.com/cine/20200407/48382830821/ministro-cultura-ayudas-cine-vida-orson-welles.html

[4] Boe.es. (06/07/2020). Real Decreto-ley 17/2020, de 5 de mayo, por el que se aprueban medidas de apoyo al sector cultural y de carácter tributario para hacer frente al impacto económico y social del COVID-2019. https://www.boe.es/buscar/act.php?id=BOE-A-2020-4832

[5] Marta Pérez Ibáñez (@mperezib). La lista de artistas a quienes se concedieron ayudas para creación de proyectos artísticos se publicó en noviembre de 2020… 8:20 AM · May 4, 2021. https://twitter.com/mperezib/status/1389464983411597315

[6] Gobierno de España. (20/04/2021). Plan de recuperación, transformación y resiliencia. https://www.lamoncloa.gob.es/temas/fondos-recuperacion/Documents/30042021-Plan_Recuperacion_%20Transformacion_%20Resiliencia.pdf

[7] Lamoncloa.gob.es. (14/05/2021). Rodríguez Uribes: «El plan fortalecerá las industrias culturales y deportivas como motor económico y de futuro de nuestro país». https://www.lamoncloa.gob.es/serviciosdeprensa/notasprensa/cultura/Paginas/2021/150421-plan-recuperacion-cultura.aspx

[8] Portal de la Transparencia. (11/09/2020). Plan anual Normativo 2020. Ministerio de Cultura y Deporte. https://transparencia.gob.es/transparencia/transparencia_Home/index/PublicidadActiva/Normativa/PlanAnualNormativo.html#MCUD

[9] Lamoncloa.gob.es (22/06/2021). El Gobierno toma conocimiento de la modificación de las leyes de Patrimonio Histórico y para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial. https://www.culturaydeporte.gob.es/gl/actualidad/2021/06/210622-anteproyecto-leyes-patrimonio.html

[10] Lamoncloa.gob.es (04/01/2020). Discurso de investidura del candidato a la presidencia del Gobierno ante el Congreso de los Diputados. https://www.lamoncloa.gob.es/presidente/intervenciones/Paginas/2020/prsp04012020.aspx

[11] Ministerio de Cultura y Deporte. (21/04/2021). Rodríguez Uribes: “El Estatuto del Artista es un compromiso y una prioridad de este Gobierno”. https://www.culturaydeporte.gob.es/actualidad/2021/04/210421-pleno-congreso.html

[12] Ballesteros, Inmaculada. (05/07/2021). La necesidad imperiosa del Estatuto del Artista. https://elpais.com/economia/2021/07/05/alternativas/1625481396_006415.html

[13] Ministerio de Cultura y Deporte. (29/01/2021). El ministro de Cultura y Deporte cierra un acuerdo por el que la Colección Carmen Thyssen-Bornemisza permanecerá en España. https://www.culturaydeporte.gob.es/actualidad/2021/01/210129-acuerdo-thyssen.html

[14] Montañés, José Angel. (25/06/2020). El ‘Mata Mua’ de Carmen Cervera se verá en Andorra. https://elpais.com/cultura/2020-06-25/el-mata-mua-de-carmen-thyssen-se-vera-en-andorra.html

[15] Ministerio de Cultura y Deporte. ¿Cuáles son los museos de la Subdirección General de Museos Estatales? https://www.culturaydeporte.gob.es/cultura/museos/presentacion/preguntas-frecuentes/cuales-museos-sgme.html

[16] García, Rocío. (22/06/2021). El Centro Dramático Nacional invita a superar la pandemia a través del teatro. https://elpais.com/cultura/2021-06-22/el-centro-dramatico-nacional-invita-a-superar-la-pandemia-a-traves-del-teatro.html

[17] Boe.es. (13/11/2013). Ley 18/2013, de 12 de noviembre, para la regulación de la Tauromaquia como patrimonio cultural. https://www.boe.es/diario_boe/txt.php?id=BOE-A-2013-11837

[18] Elmundo.es. (01/12/2020). La Unesco rechaza considerar la tauromaquia como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. https://www.elmundo.es/cultura/toros/2020/12/01/5fc5e0f5fdddffc75e8b45c8.html

¿Quién se acuerda de los periodistas culturales?

En su último informe anual de la profesión periodística, la Asociación de la Prensa de Madrid (APM) señalaba[1] que los principales problemas de la profesión son “la mala retribución, el paro y la precariedad, la falta de independencia de los medios y la falta de rigor y neutralidad”. Una situación de la que es un ejemplo perfecto, el periodismo cultural.

¿Qué nos ha llevado hasta aquí? Entre otros, podemos señalar factores como:

  • La crisis financiera de los medios. El sector ha tardado en intentar actualizar su modelo de negocio para hacer frente a la caída de ingresos (de publicidad y venta de ejemplares). Primero ejecutó recortes de costes, estrategia que el tiempo ha demostrado errónea, afectando tanto al tiempo/espacio dedicado a lo cultural, como a la calidad de su tratamiento. Está por ver si funcionan los muros de pago en lo digital (tanto de cabeceras generalistas como específicas de lo cultural) y si las publicaciones impresas resisten la caída de su tirada (60% de reducción de ingresos y lectores entre 2009 y 2021[2]).
  • La multiplicidad de fuentes de información que permite Internet: (i) las rr.ss. y las avanzadas páginas webs de muchos organismos y creadores que nos dan acceso directo a su actualidad; (ii) y prescriptores que por sí solos se han posicionado en este entorno atrayendo a un público que busca información gratuita y enfoques diferentes.
  • La política de comunicación de muchas instituciones, con un enfoque más orientado al marketing (ej. consecución de patrocinios de grandes empresas) que al diálogo. Valgan como ejemplo las AA.PP. y sus titulares (con tintes de comunicación política y marca personal) o grandes entidades (ej. el Jefe de Comunicación del Museo del Prado fue antes, y durante más de una década, DIRCOM de Coca-Cola). 
  • El tono de algunos redactores y críticos culturales tradicionales. En palabras de Bieito Rubido[3] (ex director de ABC), “en ocasiones, su lenguaje es muy obtuso y escriben alejados del lector. Existe también cierto esnobismo con desprecio a lo masivo. Y su aburrimiento es manifiesto”.

¿En qué situación deja esto a los periodistas? Volviendo con el informe de la APM:

  • Alto índice de paro (8.636 registrados en el SEPE, el 62% de ellos, mujeres).
  • Precariedad (el 14% de los integrados en alguna empresa son falsos autónomos, y del total de estos, el 18% tiene un único cliente).

¿Y a los que buscamos informarnos a través de ellos? Como se puede ver en la siguiente figura, a falta de rigor, neutralidad e independencia por su parte.

¿Qué hacer?

El momento de incertidumbre que estamos viviendo como resultado de la pandemia tendría que ser un incentivo para que administraciones públicas y sociedad civil hicieran más hincapié en el papel de la cultura como medio de transmisión de valores. No hay recetas mágicas. Si las hubiera no estaríamos como estamos. ¿Opciones?

En un mundo en el que lo digital (páginas web, redes sociales, apps…) permiten una relación directa entre instituciones, empresas, creadores y público, el valor de los periodistas está en su labor de análisis, aportando puntos de vista diferentes sobre la oferta de contenidos que vaya más allá del circuito oficial de las políticas de comunicación y de marketing.

Deben actuar -algunos ya lo hacen- como generadores y regidores de una comunidad, complementar la labor como redactores y editores con presencia activa en rr.ss., ponencias, publicaciones o comisariados, generando diálogo y conversación, y no únicamente como prescriptores unidireccionales. Es la manera de crearse un nombre reconocido que, a su vez, de prestigio a la cabecera en la que trabajan. Algo para lo que, sin duda alguna han de contar con el apoyo de estas, ofreciéndoles unas condiciones laborales dignas y dedicando espacio y minutos a las múltiples áreas de la cultura (literatura, artes plásticas, teatro, cine, danza…) en sus páginas y programaciones, y haciendo de ella uno de los pilares de su línea y misión editorial y empresarial.

Y no olvidemos el apoyo al derecho a la información (art. 20 de la Constitución Española) y, por extensión, al periodismo, que hemos de exigir a las AA.PP. y a sus organismos (museos, festivales, archivos…). Por eso, y en un ejercicio de coherencia (consideración de la cultura como bien esencial[4]) y de transparencia, estas deben colaborar con los profesionales que les solicitan información u opinión, y no limitarse únicamente a la oficialidad de sus discursos. Una buena práctica que debiera asumir también el sector privado para colaborar tanto con su propia sostenibilidad como con la del sector. 

Bibliografía

Hernández, Esteban. (2009). Tres crisis en una: el periodismo cultural. Madrid: Revista Trama & Texturas, nº 8, pp. 27-34. http://www.revistasculturales.com/revistas/127/trama-and-texturas/num/8/

Hernández, Esteban. (2009). Tres crisis en una: el periodismo cultural (y 2). Madrid: Revista Trama y Texturas, nº 9, pp. 47-56. http://www.revistasculturales.com/articulos/127/trama-and-texturas/1157/1/tres-crisis-en-una-el-periodista-cultural-y-2.html


[1] Martín, Xose. (16/12/2020). El paro de los periodistas aumenta un 29% por el impacto de la COVID-19. Apmadrid.es, https://www.apmadrid.es/comunicado/el-paro-de-los-periodistas-aumenta-un-29-por-el-impacto-de-la-covid-19/

[2] Plaza, Analía. (13/10/2021). El hundimiento imparable de las revistas: han perdido el 60% de sus ingresos y lectores en doce años. Eldiario.es. https://www.eldiario.es/economia/hundimiento-imparable-revistas-han-perdido-60-ingresos-lectores-doce-anos_1_8028427.html

[3] Cuéllar, José Manuel (05/03/2015). Bieito Rubido: «La cultura periodística ayuda a entender el mundo sin prejuicios». Abc.es. https://www.abc.es/cultura/20150305/abci-casa-lector-periodismo-cultural-201503042115.html

[4] Senado. (28/09/2020). Declaración institucional por la que el Senado anima al Gobierno a declarar la cultura como bien esencial, así como a analizar medidas fiscales que contribuyan a la universalización del sector. Boletín oficial de las Cortes Generales, nº 87, pág. 8-9. https://www.senado.es/legis14/publicaciones/pdf/senado/bocg/BOCG_D_14_87_692.PDF

Teatro denuncia

Coinciden en la cartelera teatral madrileña dos obras que exponen cuestiones de las que somos tan elegidamente ignorantes como bravuconamente charlatanes. De un lado la deriva belicista del neoliberalismo en sus ansias por el poder, el dominio y la sumisión que retrata Shock 2 (La tormenta y la guerra). Del otro, la cotidianidad de las muchas expresiones de la violencia de género que disecciona Sucia.

Una de las posibles misiones del teatro es confrontarnos con nosotros mismos, situarnos frente al espejo de quiénes y cómo somos. Habrá quien rehúya del reto tomándoselo como un juego a la manera de Alicia, pero también quién por valentía, porque está dispuesto a asumir el riesgo de reconocerse, o porque cae cautivo del truco dramatúrgico, se vea involucrado en un tablero que hace evidente todo aquello que fuera de la sala está en un aparente segundo plano tras la urgencia y la necesidad de los múltiples compromisos y exigencias personales, sociales y laborales con que estructuramos, completamos y saturamos nuestras vidas.

Ya he escrito desde un punto de vista teatral sobre La tormenta y la guerra y Sucia, pero sigo pensando en su mensaje y en que, a pesar de sus muchas diferencias, ambos títulos conforman una superposición de coordenadas imposibles de ignorar. Podemos excusarnos de Shock 2 diciendo que lo que Andrés Lima cuenta en ella nos es ajeno, que las decisiones de la política están tomadas en niveles a los que no tenemos acceso. Falso, cada vez que votamos elegimos el nombre y apellidos de quienes después toman decisiones como invadir un país, recortar la inversión pública en sanidad o educación -fomentando el clasismo y la ignorancia (con todo lo que ambas conllevan: xenofobia, homofobia…)-, o convertir cárceles en centros de tortura.

Tras ello, una visión donde lo que prima es la economía, la ley de la oferta y la demanda, los futuribles y en la que ganar más hoy obliga a ganar aún más mañana. Está claro que las cuentas tienen que salir, que lo que valen son los números positivos, que las cifras en rojo son el desastre, pero si para lograrlo es a costa de la vida, la integridad y el bienestar de muchos y de nuestro entorno, del planeta en el que vivimos, la fórmula está mal diseñada. Quizás lo que falle sea su propia concepción, el dar primacía a lo cuantitativo sobre lo cualitativo. Y cambiar el orden de prioridades no implica hacer un factor menos importante de lo que es, sino situarlo en el lugar complementario, y no superior, que le corresponde frente a otros.

Cuando introducimos la papeleta en la urna el día de las elecciones debemos tener en cuenta no sólo a quién queremos que nos gobierne o a qué partido o candidato castigamos, sino las consecuencias que esto tendrá. Precio que no exime a las posibles alternativas de ofrecer propuestas acordes al momento presente. No trabajar por ello, tenerse a sí mismos como prioridad bajo el camuflaje de estrategias de imagen y marketing políticos, te lleva a la tentación de pensar si de verdad son diferentes o si son la otra cara de la moneda indivisible, inseparable y bipolar que ambos conforman. Es señal de megalomanía y nos pone a los ciudadanos en la más triste y desesperada de las diatribas, elegir entre ser vilipendiados o ignorados y, por tanto, también agraviados, menospreciados y manipulados.

Ahora bien, la política no es algo que delegamos, entregamos o abandonamos en manos de los que democráticamente nos representan. Todos y cada uno de nosotros somos seres políticos, tenemos principios que determinan cómo actuamos y nos relacionamos, cómo tratamos a los demás y el modelo de sociedad en que vivimos o en la que podemos llegar a hacerlo. En el tan manoseado concepto de la responsabilidad individual está el que sepamos ejercer nuestra libertad, algo que pasa, sin duda alguna, por el diálogo, la empatía, la consideración y el respeto al otro. Sucia nos demuestra que hay terrenos en los que estamos muy alejados de esto.

¿Por qué una mujer que denuncia haber sido violada, agredida, abusada, tiene no solo que explicarse hasta la extenuación, sino que justificarse y hasta defenderse? ¿Por qué en multitud de ocasiones se la pone en tela de juicio sin más? ¿Qué extraños mecanismos antropológicos, sociológicos o culturales desatan esta tesitura? Lo interesante de la propuesta autobiográfica de Bàrbara Mestanza es que apela no solo a los principios de sus espectadores, sino a sus propias experiencias.

Las encuestas, los estudios y las investigaciones nos dicen que la teoría sobre lo que es justo y está bien en este asunto tan delicado está más o menos generalizado, pero la respuesta interior, la sentida y la que nace de las emociones que nos mueven, y en consecuencia, hacen girar al mundo, está en otras preguntas y ahí es donde Sucia da en el clavo. Interrogantes que responder en primera persona y mirando a los ojos, desde la sinceridad del estómago y la honestidad del corazón y menos desde la retaguardia de la razón cerebral. ¿Han abusado de ti alguna vez? ¿Por qué crees que actuaste de la manera en que lo hiciste? ¿Has abusado tú? ¿Qué te llevó a ello? ¿Conoces a alguien que fuera abusado/a? ¿Cómo respondiste? ¿Conoces a alguien que haya abusado? ¿Cuál fue tu reacción al enterarte?

Que la cultura es segura en términos pandémicos es una realidad que ha quedado demostrada en los últimos meses. Que es un arma influyente, crítica y revolucionaria, que incita a la reflexión, al movimiento y a la acción es algo que saben muchos. Que supone una amenaza para el status quo de muchos queda claro por su actitud -personal, política y partidista- ante un sector, actividad y demostración humana que tiene entre otros fines, el de señalar las contradicciones, incoherencias e injusticias que todos y cada uno de nosotros cometemos en todo, muchos o algún momento sobre los que nos rodean.

Shock 2 (La tormenta y la guerra), Teatro Valle Inclán (Centro Dramático Nacional, Madrid) y Sucia, Teatro de la Abadía (Madrid).

“Cultura, culturas y Constitución” de Jesús Prieto de Pedro

Sea como nombre o como adjetivo, en singular o en plural, este término aparece hasta catorce veces en la redacción de nuestra Carta Magna. ¿Qué significado tiene y qué hay tras cada una de esas menciones? ¿Qué papel ocupa en la Ley Fundamental de nuestro Estado de Derecho? Este bien fundamentado ensayo jurídico ayuda a entenderlo gracias a la claridad expositiva y relacional de su análisis.

¿A qué se refiere nuestra Constitución cada vez que hace referencia a la “cultura”? Sobre todo, teniendo en cuenta el uso polisémico con que maneja el término. ¿Qué derechos y deberes implican cada uno de los sentidos y significados agrupados bajo este vocablo considerando los antecedentes y los propósitos con que nuestro país proclamó esta ley de leyes en 1978?

Valga como ejemplo su preámbulo. En él se habla de “los españoles y los pueblos de España”, de “sus culturas” y “el progreso de la cultura”, lo que hace que tengamos que recurrir a la antropología para comprender cada uno de los conceptos referidos. Simplificando mucho, podríamos considerar cultura todo aquello que surge de las capacidades de los hombres, que articula sus relaciones como grupo que convive y que transmite como legado que las siguientes generaciones desarrollarán y harán evolucionar . Colectividades identificables por utilizar una lengua propia, por estar enmarcadas en una geografía que haya ejercido de frontera natural, por haberse orientado hacia unas determinadas influencias… Originarias de un tiempo en que existía más el poder que la administración política y con las que esta ha chocado en multitud de ocasiones desde su génesis.

Especialmente desde que este sistema de gestión derivó en el siglo XIX en la creación y consolidación de la entidad “nación”,  y que rara vez surgió como evolución natural de un pueblo, sino como un ensamblaje, suma o agregado de estos. En muchas ocasiones el resultado no fue una convivencia de estos, sino la asunción de la “cultura” del grupo mayoritario como la propia e identificadora de la nación. Situación de la que se aleja nuestra Constitución reconociendo la existencia en España de distintos pueblos, nacionalidades, culturas y lenguas, que deben cuidarse y fomentarse, pero subrayando al tiempo que existe una lengua y una cultura que nos une a todos los españoles como resultado del diálogo, la convivencia y los intercambios en multitud de aspectos y facetas de la vida.

Ahora bien, ¿se puede concretar qué compone nuestra cultura? Esta está marcada por muchos aspectos (económicos, sociales, políticos), pero se impone delimitar qué se encuentra bajo su paraguas terminológico para así protegerlo e incentivarlo adecuadamente. Aunque en ningún momento esté explicitado de tal manera, si nos atenemos al artículo 20.1.b de la Constitución, la cultura está formada por las manifestaciones literarias, artísticas, científicas y técnicas tanto pasadas (siendo entonces consideradas como patrimonio) como presentes (fomentando su conocimiento, divulgación y estudio) y futuras (a partir de la creación actual).

A su vez, el derecho de acceso a la cultura, recogido en el artículo 44, ha de ser facilitado -pero nunca marcando sus contenidos- por la acción de la administración central y las CC.AA., al ser esta una competencia compartida entre ambos niveles ejecutivos. Una labor imbricada con otros derechos fundamentales con los que proporcionar entidad y autonomía a los individuos y facilitar, a la par, que funcionemos como sociedad. He ahí el derecho a la educación, a la libertad de cátedra o a la libertad de expresión en la creación, pero con límites como el derecho al honor, a la intimidad o la protección de la infancia. Ideas quizás excesivamente simplificadas en esta redacción, pero que indica mucho de lo que se puede entender, aprender y comprender leyendo a De Pedro y teniendo este ensayo como un libro de consulta al que volver una y otra vez.

Cultura, culturas y constitución, Jesús Prieto De Pedro, 1992, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales.

“Smart. Internet(s): la investigación” de Frédéric Martel

Han pasado varios años desde la publicación de este ensayo, pero está bien volver a él para comprobar lo mucho que acertó su autor en su previsión sobre el futuro de la red. Plataforma global, pero contenidos parcelados en función de coordenadas políticas, lingüísticas y personales y un futuro en manos de quienes inviertan en su innovación, en su desarrollo tecnológico y en resolver las complejidades legales asociadas a ella.  

La consolidación de internet parecía que iba a acabar con todo, con los libros en formato impreso, con las reuniones presenciales en lo empresarial y con algo tan cotidiano como ir al supermercado. Cierto es que no ha supuesto el punto de no retorno que algunos pronosticaban, aunque sí una importante inflexión tras la que ya nada es igual, pero teniendo en cuenta que hay un elemento inalterable, la necesidad humana de comunicarnos y de compartir nuestras vivencias y necesidades con aquellos que sentimos cercanos o parte de nuestra comunidad.

Y esto, cuando se trata del alcance y las posibilidades de la red, implica condicionantes como compartir idioma y cultura (no solo en términos de valores sino de maneras de funcionar) o, incluso, estar en el mismo huso horario. Circunstancias que mitigan, o incluso anulan, el efecto tabula rasa que algunos temían causaría el dominio internauta del neoliberalismo norteamericano. Por lo pronto, señalar que hay zonas del mundo que no comparten nuestro internet, he ahí países como China, Rusia o Irán que han creado sus propios modelos, con sus correspondientes sistemas de supervisión y censura, con los que mantienen y acrecientan el control político sobre su territorio y su población.

Por otro lado, las telecomunicaciones no han dejado de ofrecernos nuevas posibilidades. En poco tiempo los smartphones se han convertido en poco menos que asistentes personales resolviéndonos multitud de cuestiones. Una labor en la que colaboramos permitiéndole a las empresas titulares del acceso que hemos contratado, de las apps que nos hemos descargado y de las webs que consultamos, conocer nuestra geolocalización en tiempo real y disponer de la información que encriptan las cookies a las que damos ok diciendo qué buscamos, qué nos gusta y qué no, qué preguntamos, cuánto tiempo le dedicamos, en qué momento del día.

Asunto que pone el foco en el uso que hacen de nuestros datos empresas como Google, Facebook, Twitter o Amazon. Interlocutores ante los que EE.UU. y Europa parecen tener posicionamientos distintos -libre competencia vs. privacidad de los usuarios-, también cuando se entra en cuestiones como la fiscalidad -tributar en el lugar de origen o allí donde se factura- y los dictados de propiedad intelectual que han de cumplir. Asuntos de gran importancia tanto para el comercio mundial como para sectores como el de la cultura que se han visto profundamente transformados por formatos como el streaming y la suscripción, haciendo que sus creaciones pasen de ser productos (libro, cd o dvd) a también servicios y contenidos (como sucede igualmente en los medios de comunicación).

Una verdadera revolución tras la que está una forma de trabajar en un lugar en el que todo el mundo pone sus ojos, Silicon Valley, deseando conseguir sus logros allí desde donde es observado. Se habla de smart cities, viveros de empresas o hubs digitales, pero muchos fallan por la rigidez con que son concebidos por las administraciones públicas, la insuficiente preparación de sectores colaterales como el de la educación o su contexto, falto de empuje en prácticas como la del emprendimiento o de un sector privado en el que escasean los inversores con visión de futuro.

Tras la sociedad de la información vino la del conocimiento. ¿Y después? No estaría de más que Frédéric Martel volviera a recorrer el mundo y entrevistara a toda clase de perfiles del sector -empresarios, ingenieros, inversores, reguladores, usuarios…- para dilucidar cuál será el siguiente estadio de nuestra evolución tecnológica y vislumbrar las oportunidades que ésta nos deparará.

Smart. Internet(s): la investigación, Frédéric Martel, 2014, Editorial Taurus.

Y después, ¿qué?

El aislamiento físico, que no social por obra y gracia de la tecnología, está haciendo que estas sean jornadas de reflexión y de no pensar, de dejarse llevar sin más y de reparar sobre asuntos en los que no lo hacíamos hasta ahora. De escuchar opiniones que iluminan y leer análisis que decepcionan. De echar la vista atrás para intentar comprender qué nos ha llevado hasta aquí y mirar hacia adelante para dilucidar cómo resolveremos y superaremos las consecuencias de lo que estamos viviendo.

Esto no acaba aquí. Las crisis no finalizan cuando se ha resuelto la urgencia y se cree tener la situación bajo control. Si no se actúa correctamente, ese puede ser un momento tan o más peligroso y potencialmente desestabilizador que los, aparentemente, ya superados. Hay que tomar buena nota de lo sucedido, de cómo nos hemos sentido, de quiénes han dado lo mejor de sí mismos (sanitarios desbordados, transportistas, cajeros y limpiadores soportando los servicios básicos, fuerzas y cuerpos de seguridad manteniendo el orden por el bien de todos), han enfermado o se han quedado en el camino por el dichoso virus. De cómo vamos a levantar los negocios y los medios de ganarse la vida, temporal o definitivamente, derrumbados; acompañar anímica y emocionalmente a los recuperados; y honrar a los que, por desgracia, ya no nos acompañan. Personas con nombres y apellidos, que dejan un vacío en sus familias, círculos de amigos y conocidos, que han de ser respetadas y no formar parte, más que en este sentido, de argumentario ideológico alguno.

Autocrítica antes que crítica. Mirar primero dentro de uno mismo para identificar qué no se hizo y qué se podría haber hecho mejor o de manera más efectiva y eficiente. Qué o a quién no se tuvo en cuenta y por qué. Si por desconocimiento de las habilidades y posibilidades de la institución o personalidad a la que se debería haber recurrido. Si por falta de conocimiento técnico, experiencia o de habilidades como la empatía y el diálogo. O de principios como la honestidad y la transparencia. O por exceso de ego, soberbia e indignidad, tanto de los encargados de gestionar la situación (a nivel científico, administrativo y gubernamental) como de los de interrogar sobre su actuación (oposición política, medios de comunicación).

Aceptar la imposibilidad de controlarlo y saberlo todo. La naturaleza está por encima del hombre y si algo nos ha dejado claro estas semanas es que somos un elemento más del ecosistema al que da vida. No hay otra opción más que la de respetarla, valgan como ejemplo imágenes como el cielo de grandes urbes sin su característica boina de contaminación o la inaudita transparencia de las aguas de otras tantas ciudades, libres de los miles de turistas que las abarrotaban a diario hasta hace bien poco. Considerarla únicamente como un instrumento, medio o recurso al servicio de nuestra productividad, rentabilidad y funcionalidad nos llevará a darnos de bruces, una y otra vez, contra su poder, fuerza y energía.

«Tenemos que cuidar la salud para que la economía vuelva a ser lo primero«, escuché días atrás al Ministro de Sanidad. Claro que la economía es importante, fundamental, básica y prioritaria, pero ¿no debiéramos ser lo primero, y siempre, las personas? ¿Cómo? A través de los pilares del llamado estado del bienestar (sanidad, educación, cultura, derechos laborales…). Un punto fundamental del análisis que debemos hacer tras superar la fase más crítica de lo que estamos viviendo, evitar muertes, será reflexionar sobre el sistema que estructura, dirige y nuestro modelo de sociedad y en el que todo, absolutamente todo, parece estar supeditado a la monetización, valoración y maximización económica y al individualismo, clasismo y sálvese quien pueda que este enfoque, en mayor o menor medida según el país, región o lugar en el que pongamos el foco, suele traer consigo.

Si de verdad queremos ser sostenibles, debemos entender unanimemente que la sostenibilidad no consiste en un ajardinar lo que, por otro lado, esquilmamos medioambientalmente; justificar con eufemismos y discursos vacíos el enriquecimiento de unos pocos a costa de la dignidad de muchos; y compensar con caridad marketiniana el maltrato y la explotación humana que ejercemos fuera de nuestro campo de visión. Solo así, y considerando este enfoque en nuestro ámbito de actuación, por muy pequeño que este nos parezca (a la hora de consumir, viajar o votar) conseguiremos resultados que nos permitan ser una sociedad más cohesionada y coherente y en la que todos sus integrantes tengamos iguales oportunidades, tanto de vivir de manera satisfactoria como de, asumiendo las responsabilidades que nos corresponden, colaborar activamente en su progreso y desarrollo.

Sin ideas ni voluntad cultural

Decepcionante rueda de prensa ayer del Ministro de Cultura, anunciando que no se implementarán medidas específicas de apoyo al sector al que representa hasta que se solucione la crisis sanitaria que estamos viviendo.

Primero la vida y después el cine”, dijo usted ayer parafraseando a Orson Welles. Por supuesto, Señor Rodríguez Uribes, por supuesto. Pero ya hay quien, en el Gobierno del que usted forma parte, se está encargando de tan innegable prioridad, no necesita usted que se lo recordemos. De hecho, está apoyado en tarea tan vital de los titulares de otras carteras, y no siendo la que usted lidera una de ellas en primera instancia, le presuponemos -además de colaborando con sus colegas en lo que corresponda- dedicado a capa y espada a alentar, ayudar y apoyar la defensa, promoción y desarrollo de los diferentes gremios a los que representa. Como bien sabe, la gestión de toda crisis implica no solo resolver la urgencia del ahora, sino evitar o minimizar, en la medida de lo posible, las dolorosas consecuencias posteriores.

Estamos de acuerdo en que estamos viviendo jornadas complicadas, arduas, muy difíciles, donde todo está sucediendo muy rápido y apenas hay tiempo de contrastar y valorar con detalle cómo responder. En las que lo nunca antes considerado, lo no preparado, las muchas faltas (de formación, experiencia y habilidades) y los postulados teóricos nunca antes, afortunadamente, llevados a la práctica están haciendo que los resultados sean una amalgama inevitable de caos, lentitud, impaciencia e incertidumbre. También con destellos de saber hacer gracias a la buena voluntad, disciplina y colaboración tanto de los que están tomando decisiones y ejecutándolas como de los que estamos de este lado. De los que nos quedamos en casa y seguimos trabajando para que nuestras vidas y nuestra sociedad, tal y como está diseñada hoy en día, sigan funcionando. Algo que, las cosas como son, no es motivo de alabanza ya que es nuestro deber como ciudadanos.  

Destacaba usted ayer el papel que la cultura está teniendo en estas jornadas de confinamiento, siendo el cine, la lectura, la música o las visitas on line a museos el refugio, el bálsamo y el aliciente que están ayudando a muchos a evadirse, reflexionar o dar forma a las cuestiones que les inquietan, preocupan y motivan. Agradecimiento que entiendo implica el reconocimiento que el arte y la creatividad tienen en el bienestar y nuestro desarrollo individual y colectivo, descubriéndonos, relacionándonos y cohesionándonos. Que está usted lejos de los que consideran estas expresiones como elementos únicamente para el ocio y el entretenimiento, y en las antípodas de los que tildan a sus autores de titiriteros.

Pero resulta poco esperanzador que en dicha rueda de prensa también afirmara que, en la convulsión en la que estamos sumidos, la cultura ya queda suficientemente atendida con los fondos transversales movilizados hasta la fecha por el Ministerio de Asuntos Económicos y Transformación Digital y que hay que esperar a que se resuelva la crisis sanitara (hoy por hoy, y no es por ser pesimista, sin previsión a corto plazo). O que comentara jornadas atrás que estaba manteniendo contactos discretos con representantes (productores, exhibidores y programadores, galeristas y artistas plásticos, intérpretes, músicos, libreros, escritores y editores…)  de las actividades que tienen en usted su máximo interlocutor, animándoles a que le enviaran sus propuestas.

¿No tiene usted iniciativa propia? ¿Un equipo de colaboradores y asesores que puedan aportar también ideas? La impresión que dichas afirmaciones transmiten es una nula proactividad -no sé si por su parte, su Ministerio o el Gobierno en sí- y en esta vida, o te adelantas o la realidad te lleva por delante. Algunos de sus homólogos europeos ya han anunciado dotaciones económicas extraordinarias para apoyar al sector en sus naciones. Dentro de nuestras fronteras algunas administraciones como la Comunidad de Madrid han puesto, incluso, alguna iniciativa en marcha. Tome buena nota de ellos y copie cuanto nos sea útil, complemente cuanto sea posible y desarrolle por iniciativa propia, cuanto sea necesario.

Esperamos que su discurso futuro se base en principios seguidos, medidas implementadas y resultados conseguidos, y no en el papel que la cultura tiene en nuestras vidas, en su aportación al PIB y al empleo nacional, su importancia como pilar de la marca España, la reputación y liderazgo de algunas de nuestras instituciones, los creadores y artistas patrios que triunfan más allá de nuestras fronteras… Ese argumentario ya nos lo sabemos, resulta manido, el propio de aquellos a los que la cultura les parece algo accesorio y secundario, de los que consideran la productividad económica no solo por encima de la dimensión humana, sino que ven a ésta al servicio de aquella. Estamos obligados a adaptarnos a lo que el destino nos ha puesto en el camino, sí. Es tiempo de innovar, más aún. No toca otra que reinventarse, cierto. Predique usted, por favor, con su ejemplo y liderazgo como impulsor y ejecutor de la política cultural de nuestro país.  

(Fotografía de la agencia EFE tomada de lavanguardia.com)