Archivo de la etiqueta: escribir

“De qué hablo cuando hablo de correr” de Haruki Murakami

“Escritor (y corredor)” es lo que le gustaría a Murakami que dijera su epitafio cuando llegue el momento de yacer bajo él. Le definiría muy bien. Su talento para la literatura está más que demostrado en sus muchos títulos, sus logros en la segunda dedicación quedan reflejados en este. Un excelente ejercicio de reflexión en el que expone cómo escritura y deporte marcan tanto su personalidad como su biografía, dándole a ambas sentido y coherencia.

Comencé a leer este libro por el buen sabor de boca que me han dejado la mayor parte de los Murakami (Kioto, 1949) que he leído hasta la fecha (1Q84, Kafka en la orilla, Tokyo blues…) y también porque soy corredor habitual desde hace más de veinte años y de vez en cuando me pregunto por qué y para qué me calzo las deportivas nada más despertar. Una lucha entre la pereza inicial y la satisfacción posterior que por el momento -y tres veces a la semana durante una hora y doce kilómetros- sigue ganando la segunda de esas dos fuerzas que habitan en algún hondo lugar de mi persona.

Pero lo de Haruki es mucho más, como novelista es un superventas y su nombre suena una y otra vez como candidato al Premio Nobel de Literatura, y como corredor acumula ya muchos maratones y triatlones a sus espaldas (a su lado yo no soy nadie, tan solo dos medias maratones). Para él correr no es solo una muestra de un estilo de vida saludable, es también parte de una filosofía existencial con la que le da equilibrio a su día a día. Como si el estar con los pies en la tierra que conlleva el correr compensara el vuelo de su imaginación en su faceta laboral, en su tarea como escritor. Tal y como relata, su manera de ser y estar en el mundo desde principios de los 80 está basada en la unión y comunicación entre ambas prácticas, habiendo entre ellas una relación de espejo, refuerzo y alivio al basarse en pilares comunes como la técnica, la constancia y la consciencia.

Así es como lo expone volviendo a su juventud y a las insanas costumbres -fumar, trasnochar, alimentación desequilibrada- que practicó mientras fue empresario y barman hasta que la escritura se fue haciendo presente en su vida y llegado el momento, decidió junto con su mujer, dejarlo todo para intentar una actividad en la que ha conseguido unos logros por los que hoy es sobradamente conocido. A partir de ahí, y aunque se centra más en cómo piensa y actúa cuando se anuda las zapatillas que cuando se pone manos a la obra frente al folio en blanco, deja ver con claridad cómo se percibe, analiza e interroga a sí mismo, observándose desde fuera, pero también sintiéndose resonar desde dentro.

Puntos de vista que en las páginas de este volumen -recordando entrenamientos, preparaciones y carreras, éxitos y fracasos, en Grecia, Japón y EE.UU.- no resultan opuestos, tampoco complementarios, sino más que eso. Están compaginados e intrincados, pero también separados y diferenciados. Con esa habilidad tan exquisita y delicada, pero a la par sencilla, honesta y fácilmente comprensible con que Murakami es capaz de exponer y sintetizar -tanto por separado, como conjuntamente- hechos, pensamientos, sensaciones y emociones.

De qué hablo cuando hablo de correr, Haruki Murakami, 2007, Tusquets Editores.

“Nunca sabrás quién fui” de Salvador Navarro

Un thriller, una narración sobre cómo se escribe una novela y un drama envuelto en pasiones amorosas. Tramas y líneas argumentales estructuradas con precisión y desarrolladas a lo largo de varias décadas entre Sevilla, Madrid y Nueva York. Un juego de espejos y reflejos con un ojo puesto en Joël Dicker y otro en Paul Auster.

El sueño de muchos periodistas que se dedican a la palabra impresa no es dar forma a reportajes que se publiquen en cabeceras de grandes tiradas, sino escribir una novela con la que demostrar sus dotes para la investigación, hilvanando la objetividad de los datos con la subjetividad del análisis psicológico y el misterio de la conducta humana, dando como resultado una ficción que informe, enganche y remueva. Ese es Alex, el joven, esbelto y enérgico protagonista de Nunca sabrás quién fui, que se traslada a la capital andaluza por la módica cantidad de cinco mil euros al mes con una misión cuyos fines no le han sido desvelados.

Una interrogante que le despierta toda clase de suspicacias y que a medida que se introduce en la historia que las genera le provoca un sinfín de hipótesis en las que indagará de manera paralela. Así es como su vida se va complicando en un tablero de sutilezas y suspicacias en el que los comportamientos, dedicaciones y afirmaciones de aquellos con los que se relaciona pueden ser cualquier cosa menos lo que parecen. O no. Desde el punto de vista literario, un continuo de idas y venidas de intrigas, riesgos, tensión, poder y sexo en el que los trayectos de vuelta nunca te devuelven a la casilla anterior, sino que te hacen avanzar en una mezcla de nebulosa y desierto en el que no te queda otra que confiar en la buena fe y el saber hacer de Salvador.

Él lo deja claro desde la presentación de su personaje principal. Su construcción narrativa toma como referente la deconstrucción temporal de La verdad sobre el caso Harry Quebert de Joël Dicker, así como la metaliteratura de Paul Auster. La interrelación entre los planos de la acción, su plasmación sobre el papel y su ideación en la imaginación del escritor. Entre la vivencia, la elaboración consciente y la subjetividad marcada por las pulsiones interiores. Entre la realidad, la reconstrucción y la recreación aplicando los mecanismos y trucos literarios adecuados para conseguir una ficción sólida que quizás contenga dimensiones paralelas no necesariamente explicitadas.

Recuerdo una fotografía que tiempo atrás Navarro subió a su cuenta de Instagram. En ella contaba que llevaba a donde fuera a pasar el fin de semana el corcho plagado de cartulinas de colores en el que estaba la estructura de la que sería entonces su siguiente novela, El hombre que ya no soy (2017). Un recurso que utiliza también Alex. Lo que nos devuelve al primer párrafo de esta reseña. ¿Cuánto hay en Alex de él? ¿En qué medida se ha puesto al servicio de su personaje? ¿Únicamente de manera utilitaria o hay algo expiatorio en ello? Y sea como sea, ¿con qué intención? La respuesta solo la tiene él. Por su parte, su lector se queda con el hecho de haber disfrutado de principio a fin, sintiéndose enredar primero por su propuesta e iluminar inteligentemente después con el trazado por el que la hace crecer hasta resolverla.

Nunca sabrás quién fui, Salvador Navarro, 2020, Algaida Editores.

10 ensayos de 2020

La autobiografía de una gran pintora y de un cineasta, un repaso a las maneras de relacionarse cuando la sociedad te impide ser libre, análisis de un tiempo histórico de lo más convulso, discursos de un Premio Nobel, reflexiones sobre la autenticidad, la dualidad urbanidad/ruralidad de nuestro país y la masculinidad…

“De puertas adentro” de Amalia Avia. La biografía de esta gran mujer de la pintura realista española de la segunda mitad del siglo XX transcurrió entre el Toledo rural y la urbanidad de Madrid. El primero fue el escenario de episodios familiares durante la etapa más oscura de la reciente historia española, la Guerra Civil y la dictadura. La capital es el lugar en el que desplegó su faceta creativa y la convirtió en el hilo conductor de sus relaciones artísticas, profesionales y sociales.

“Cruising. Historia íntima de un pasatiempo radical” de Alex Espinoza. Desde tiempos inmemoriales la mayor parte de la sociedad ha impedido a los homosexuales vivir su sexualidad con la naturalidad y libertad que procede. Sin embargo, no hay obstáculo insalvable y muchos hombres encontraron la manera de vehicular su deseo corporal y la necesidad afectiva a través de esta práctica tan antigua como actual.  

“Pensar el siglo XX” de Tony Judt. Un ensayo en formato entrevista en el que su autor recuerda su trayectoria personal y profesional durante la segunda mitad del siglo, a la par que repasa en un riguroso y referenciado análisis de las causas que motivaron y las consecuencias que provocaron los acontecimientos más importantes de este tiempo tan convulso.

“La maleta de mi padre” de Orhan Pamuk. El día que recibió el Premio Nobel de Literatura, este autor turco dedicó su intervención a contar cómo su padre le transmitió la vivencia de la escritura y el poder de la literatura, haciendo de él el autor que, tras treinta años de carrera y siete títulos publicados, recibía este preciado galardón en 2006. Un discurso que esta publicación complementa con otros dos de ese mismo año en que explica su relación con el proceso de creación y de lectura.

“El naufragio de las civilizaciones” de Amin Maalouf. Un análisis del estado actual de la humanidad basado en la experiencia personal, profesional e intelectual de su autor. Aunando las vivencias familiares que le llevaron del Líbano a Francia, los acontecimientos de los que ha sido testigo como periodista por todo el mundo árabe, y sus reflexiones como escritor.

“A propósito de nada” de Woody Allen. Tiene razón el neoyorquino cuando dice que lo más interesante de su vida son las personas que han pasado por ella. Pero también es cierto que con la aparición y aportación de todas ellas ha creado un corpus literario y cinematográfica fundamental en nuestro imaginario cultural de las últimas décadas. Un legado que repasa hilvanándolo con su propia versión de determinados episodios personales.

“Lo real y su doble” de Clément Rosset. ¿Cuánta realidad somos capaces de tolerar? ¿Por qué? ¿De qué mecanismos nos valemos para convivir con la ficción que incluimos en nuestras vidas? ¿Qué papel tiene esta ilusión? ¿Cómo se relaciona la verdad en la que habitamos con el espejismo por el que también transitamos?

“La España vacía” de Sergio del Molino. No es solo una descripción de la inmensidad del territorio nacional actualmente despoblado o apenas urbanizado, “Viaje por un país que nunca fue” es también un análisis de los antecedentes de esta situación. De la manera que lo han vivido sus residentes y cómo se les ha tratado desde los centros de poder, y retratado en medios como el cine o la literatura.

“Un hombre de verdad” de Thomas Page McBee. Reflexión sobre qué implica ser un hombre, cómo se ejerce la masculinidad y el modo en que es percibida en nuestro modelo de sociedad. Un ensayo escrito por alguien que no consiguió que su cuerpo fuera fiel a su identidad de género hasta los treinta años y se topa entonces con unos roles, suposiciones y respuestas que no conocía, esperaba o había experimentado antes.

“La caída de Constantinopla 1453” de Steven Runciman. Sobre cómo se fraguó, desarrolló y concluyó la última batalla del imperio bizantino. Los antecedentes políticos, religiosos y militares que tanto desde el lado cristiano como del otomano dieron pie al inicio de una nueva época en el tablero geopolítico de nuestra civilización.

“A propósito de nada” de Woody Allen

Tiene razón el neoyorquino cuando dice que lo más interesante de su vida son las personas que han pasado por ella. Pero también es cierto que con la aparición y aportación de todas ellas ha creado un corpus literario y cinematográfica fundamental en nuestro imaginario cultural de las últimas décadas. Un legado -término que le repele- que repasa con su muy particular humor, hilvanándolo con episodios personales, unos para dejarse conocer un poco mejor y otros para exponer su propia versión.

Todo el mundo tiene una opinión sobre Woody Allen. Es de esos creadores a los que se le coloca la etiqueta de “o le odias o le amas”. No creo que sea para tanto, al final se resume en si te gusta o no. En mi caso, bastante. La primera película suya que vi en pantalla grande fue Misterioso asesinato en Manhattan (1993), se me quedó grabada aquella línea que le decía a Diane Keaton, “cuando oigo mucho rato a Wagner me entran ganas de invadir Polonia”. Ya había visto por televisión Hannah y sus hermanas (1986), y esta genialidad me reafirmaba que este señor no solo era ingenioso escribiendo, sino también agudo, daba en el blanco a la hora de hacer de lo neurótico el modus operandi de sus personajes y sus tramas.

En esta autobiografía da alas al personaje que creemos que es explicando la persona que considera ser. Se trata a sí mismo como si fuera uno de los caracteres de sus historias. Lo hace jugando con inteligencia y sorna, dando muestras de socarronería con las que relativiza y humaniza cuanto expone. Deja claro a quien admira, es correcto con quien no y obvia toda mención a quien pudiera rechazar o no tolerar. Da las gracias a aquellos que siente le han guiado, aportado y respetado. Expone su versión de lo que ocurrió con Mia Farrow y cómo vivió aquella pesadilla judicial. Y homenajea a los que le han influido, enseñado y hecho feliz tanto en el plano profesional como personal, destacando especialmente a Soon-Yi, su actual esposa.

A pesar de su aparente anarquía y verborrea, su discurso está profundamente estructurado y ordenado. Comienza con su infancia, haciendo de su familia un retrato esperpéntico y absurdo a partes iguales, como tantos otros que hemos visto en su cine. Esta parte del recorrido tiene algo de génesis, de acta psiconalítica de sus inquietudes y preocupaciones, de la imagen que siempre ha transmitido de sí mismo como buscavidas, como un granuja sin mayor capacidad que la de caer en gracia. Así es como se inició en el mundo del show business, como un tipo con suerte que, sin pretenciosidad alguna, hacía reír. Pero no lo hacía solo con su presencia y su mayor o menor desparpajo sobre el escenario, lo lograba trabajándose sus ocurrencias sobre el papel, escribiendo primero para otros y poco a poco, para sí mismo.

Así es como fue ofreciendo gags, obras de teatro, cuentos y guiones cinematográficos. Base, estos últimos, sobre la que se ha erigido como director de títulos como Annie Hall (1977), La rosa púrpura del Cairo (1985), Poderosa Afrodita (1995) o Match Point (2005). Carrera que salpica con anécdotas más o menos jugosas de los rodajes, así como con entresijos de los procesos de producción y promoción que permiten conocer su particular manera de concebir los procesos creativos y cómo los ha materializado a la hora de seleccionar a su equipo de confianza, de gestionar los castings de intérpretes, de decidir las localizaciones o de realizar los montajes que finalmente hemos visto.

El director de Toma el dinero y corre (1969) y Vicky Cristina Barcelona (2008) tiene ya 85 años y, aún así, no deja de escribir y filmar. Con altibajos, con aciertos y desaciertos, pero siempre teniendo algo que transmitir y compartir. Su último trabajo, Rifkin’s Festival, se estrenará en el próximo Festival de Cine de San Sebastián y llegará a las salas el 25 de septiembre. Contando los días.

A propósito de nada, Woody Allen, 2020, Alianza Editorial.

“La maleta de mi padre” de Orhan Pamuk

El día que recibió el Premio Nobel de Literatura, este autor turco dedicó su intervención a contar cómo su padre le transmitió la vivencia de la escritura y el poder de la literatura, haciendo de él el autor que, tras treinta años de carrera y siete títulos publicados, recibía este preciado galardón en 2006. Un discurso que esta publicación complementa con otros dos de ese mismo año en que explica su relación con el proceso de creación y de lectura.

LaMaletaDeMiPadre.jpg

Cuando era niño y soñaba con ser pintor, Orhan vio multitud de veces a su padre escribiendo en casa, tantas como las que ojeó los cuadernos manuscritos con que volvía en su equipaje de sus viajes a París. Una maleta que le entregó muchos años después, llena de papeles, de todo lo que había escrito –tanto con ánimo creativo como simplemente expresivo- a lo largo de su vida, dándole la libertad, el poder y el mandato de que decidiera qué hacer con ella y lo que guardaba.

De esta manera, ese objeto adquiría un carácter de herencia y testimonio vital que tras la parálisis inicial que le produjo, le impulsó a realizar un viaje interior en el que después de repasar la figura de su padre, su papel como progenitor y la relación entre ambos, llegó a una conclusión tan sorprendente como sosegante.  Darse cuenta y aceptar que su destino como escritor había sido posible gracias a lo que su mayor había construido previamente y que él había prolongado haciéndolo suyo.

Esto le hizo también darse cuenta de cómo su educación había estado marcada por la oposición, transmitida por su progenitor, entre el legado otomano, considerado como un pasado anticuado, y la adopción de estándares occidentales, vistos como lo moderno, durante la formación de la república de Turquía. Una tensión que –según se deduce de sus palabras- no le generó desequilibrio alguno y que le permitió adentrarse en la forma narrativa occidental por excelencia, la novela. Medio con el que ha dado voz a los personajes –con sus circunstancias, vivencias y valores- que habitan la ciudad en que nació y que protagonizan buena parte de su obra, Estambul, y que desde allí viajan a lo largo y ancho del país o se trasladan a otras partes del mundo.

Un ejercicio de consciencia, resultado también de la constancia con que ha practicado la escritura, su pasión y dedicación, y su manera de ser en la vida. Un trabajo que el autor de El museo de la inocencia practica desde hace más de cuatro décadas en estricta soledad, encerrado en una habitación durante diez horas diarias. En el que tiene en mente tanto a los autores a los que admira, Montaigne o Dostoievski, como a los lectores que se adentran en sus historias y con los que siente conformar una comunidad, independientemente de dónde estén. Que le permite dar forma expresiva a ese mundo aparentemente invisible pero que está ahí fuera y que percibe a través de las emociones y sensaciones que le genera, materializando así realidades que de otra manera no llegaríamos a conocer, perdiendo la ocasión de enriquecernos con lo que nos hacen reflexionar sobre nosotros mismos a partir de ellas.

La maleta de mi padre, Orhan Pamuk, 2007, Literatura Random House.

“El nenúfar y la araña” de Claire Legendre

Miedo a morir. A la incertidumbre de no saber cuándo aparecerá el sufrimiento, la soledad o el dolor. Ni bajo qué forma, así que mejor inducir y provocar la situación para hacerle frente que ser atrapado por ella. Miedo al descontrol, una neurosis siempre presente, coaccionando las decisiones, marcando las acciones y tiñendo las emociones con que Claire narra su vida.

Dicen que escribir es una forma de hacer terapia, que ayuda a liberar aquello que nos oprime en nuestro interior para liberarnos de lo que no nos pertenece, no nos incumbe o no somos, de lo que nos impide sentirnos plenos. Ahora bien, escribir con esa motivación no convierte lo que recoja el papel en un relato comprensible para cualquiera que no sea su autor. Si eso ocurre, si su redacción nos motiva, evoca o apela de alguna manera, puede ser que nos encontremos ante un texto que además de ser un desahogo, sea también una entidad autónoma, independiente, una expresividad con categoría literaria que nos permita adentrarnos y dialogar con el universo de quien lo firma.

Eso es lo que sucede con Claire Legendre y El nenúfar y la araña. Pero que ella nos abra sus puertas no implica que sea fácil entrar en su mundo, que nos vaya a guiar con una sonrisa para que nos sintamos cómodos. Bastante hace con encontrar las palabras que vehiculen lo que siente y elaborar las frases con que hacer comprensible y presentar ordenadamente ese maremágnum interno que es su neurosis. Un mapa en el que tan pronto cambian los sentidos de orientación como muta la ubicación de sus puntos cardinales o afloran y se esfuman los accidentes geográficos en su trazado.

Hay una lógica interna en la expresión de todo neurótico, pero sea cual sea su articulación, hay que partir de la premisa de que este solo se dará a conocer si se siente respetado y escuchado, si no se le intenta atrapar, delimitar y conducir. Así es como hay que entender el esfuerzo de Claire por darle un hilo conductor a su crónica estructurándola en breves capítulos en los que sigue una línea cronológica que combina lo general con lo concreto y lo continuo con lo puntual, tanto en el plano familiar como en el afectivo o el social. Un fondo permanente de temor y pánico que se manifiesta en episodios y anécdotas -generalmente alarmantes en relación a la salud, el amor y la estabilidad- que aunque siempre diferentes no son más que una y otra vez lo mismo, el bucle en el que están atrapadas tanto su biografía como su razón y su estado anímico.

Pero cuando el ejercicio de escritura, de la introspección, de la búsqueda y la mirada interior se combina con la inteligencia, hace que se sea consciente del desequilibrio en el que se vive y de la paradoja total que provoca. Controlar el descontrol elaborando un destino oscuro sin base alguna, pero agarrándose a ello hasta convertirlo en una profecía que cumplir para proclamarse después en víctima y sujeto pasivo de los acontecimientos. Una manipulación que hace de Legendre una persona oscura en su transparencia y de la claridad expositiva de El nenúfar y la araña algo realmente críptico y no apto para los no dispuestos a contemplar otros puntos de vista ni a salir de su zona de confort.

El nenúfar y la araña, Claire Legendre, 2019, Editorial Tránsito.

10 funciones teatrales de 2018

Monólogos y obras corales; textos originales y adaptaciones de novelas; títulos que se ven por primera vez, que continúan o que se estrenan en una nueva versión; autores nacionales y extranjeros; tramas de rabiosa actualidad y temas universales,…

10funcionesteatrales2018.jpg

“Unamuno, venceréis pero no convenceréis”. José Luis Gómez se desdobla para demostrarnos porqué Don Miguel sigue presente y vigente. Sus palabras definieron la naturaleza de una nación, la nuestra, que en muchos de sus aspectos son hoy muy similares a como lo eran cuando él vivía. La perspectiva del tiempo nos permite también entender las contradicciones de un hombre que, tras apoyarlo inicialmente, pronunció una de las frases más críticas y definitorias del franquismo.

Unamuno

“Gloria”. La persona detrás del personaje adorado por los niños. La mujer que vivía más allá de lo que contaban sus versos. La adulta que mira hacia atrás recordando de dónde vino, qué hizo a lo largo de su vida –escribir y amar- y en quién se convirtió. Un monólogo vibrante que retrata a Gloria con sencillez y homenajea a Fuertes con la misma humildad que ella siempre transmitió.

Gloria

“El tratamiento”. Cada día de función es un día de estreno en el que convergen 40 años de biografía y la ilusión de dedicarse al cine. Un arte que para Martín constituye el lenguaje a través del cual expresa sus obsesiones y emociones y se relaciona con el mundo acelerado, salvaje y neurótico en que vivimos. Hora y media de humor y comedia, de drama e intimidad, de fluidez y ritmo, de diálogos ágiles y actores excelentes.

ElTratamiento

“Los días de la nieve”. Un monólogo en el que el ausente Miguel Hernández está presente en todo momento sin por ello restarle un ápice de protagonismo a la que fuera su mujer. Una Josefina Manresa escrita por Alberto Conejero, puesta en escena por Chema del Barco e interpretada por Rosario Pardo que atrae por su carácter sencillo, engancha por su transparencia emocional y enamora por la generosidad de su discurso.

LosDiasDeLaNieve

“Tiempo de silencio”. La genial novela de Luis Martín Santos convertida en un poderoso texto dramático. Una escueta y lograda ambientación –áspera escenografía y asertiva iluminación- que nos traslada al páramo social y emocional que fue aquella España franquista que se asfixiaba en su autarquía. Una puesta en escena que es teatro en estado puro con una soberbia dirección de actores cuyas interpretaciones resultan perfectas en todos y cada uno de sus registros.

TiempoDeSilencio

“Los mariachis”. Una perfecta exposición a golpe de carcajada y con un fino sentido del humor de cómo la corrupción y la incultura están interrelacionadas entre sí y de cómo nos lastran a todos. Cuatro intérpretes que con su exultante comicidad dan rienda suelta a todas las posibilidades de un texto excelente. Una obra que cala hondo y toca la conciencia de sus espectadores.

LosMariachis_TeatrosCanal_Madrid_2018.jpg

“La ternura”. ¡Bravo! Todo el público en pie al acabar la función, aplaudiendo a rabiar y sonriendo llenos de felicidad, con la sensación de haber visto teatro clásico, pero con la frescura y el dinamismo de los autores más actuales. Una historia cómica que juega con los roles de género y parte de la eterna dicotomía entre hombres y mujeres para exponer con sumo acierto lo que supone el amor, lo que nos entrega y nos exige.

LaTernura

“Lehman trilogy”. Triple salto mortal técnicamente perfecto y artísticamente excelente que nos narra la vida y obra de tres generaciones de la familia Lehman -así como el desarrollo de los EE.UU. y del capitalismo desde la década de 1840- gracias al ritmo frenético que marca la dirección de Sergio Peres-Mencheta y la extraordinaria versatilidad de sus seis actores en una miscelánea de comedia del teatro de varietés, exceso cabaretero, expresividad gestual y corporal de cine mudo aderezada con la energía y fuerza de la música en vivo.

LehmanTrilogy

“El curioso incidente del perro a medianoche”. Comienza como una intriga con un tono ligero cercano casi a la comedia y poco a poco va derivando en una historia costumbrista en torno a un joven diferente que nos lleva finalmente al terreno del drama y la acción. Un montaje inteligente en el que el sofisticado despliegue técnico se complementa con absoluta precisión con el movimiento, el ritmo y la versatilidad de un elenco perfectamente compenetrado en el que Alex Villazán brilla de manera muy especial.

curiosoincidente

“El castigo sin venganza”. Todavía sigo paralizado por la intensidad de esta tragedia, en la que no sé qué llega más hondo, si la crudeza del texto de Lope de Vega, la claridad con la que lo expone Helena Pimienta o la contagiosa emoción con que lo representa todo su elenco. Una historia en la que la comicidad de su costumbrismo y tranquilidad inicial deriva en una opresiva atmósfera en la que se combinan el amor imposible, la amenaza del poder y las jerarquías afectivas y sociales.

el-castigo-sinvenganza-cuaderno-62.jpg

“Cómo acabar con la escritura de las mujeres” de Joanna Russ

Queda mucho por hacer para conseguir la igualdad real de las mujeres en nuestra sociedad. Una buena manera de lograrlo es mirar atrás y ver los muchos recursos que el heteropatriarcado ha utilizado para dividirnos entre ciudadanos de primera y de segunda. Esto es lo que propone este sesudo y bien explicado ensayo centrado en el mundo de la literatura y cuyas líneas generales se pueden aplicar a cualquier colectivo que no esté formado por hombres blancos heterosexuales y occidentales.

Como-acabar-con-la-escritura-de-las-mujeres.jpg

Joanna Russ lo explica muy bien y lo deja claro con los muchos ejemplos que utiliza, las mujeres han sido negadas, impedidas, menospreciadas y minusvaloradas de muchas maneras en el campo de la literatura a lo largo de la historia. No ha sido el único ámbito creativo, artístico o de vida donde el hombre se lo ha puesto muy difícil, casi imposible, pero nos vale como muestra de lo mucho que tenemos que cambiar para llegar a disfrutar de todas las potencialidades que tiene la sociedad plural y diversa –racial, cultural, sexual,…- que verdaderamente somos.

A lo largo de sus once capítulos -publicados originalmente en 1983 y ahora por primera vez en castellano-, Russ expone las muchas formas que han tenido esos mecanismos de exclusión y cómo han evolucionado en los últimos dos siglos a medida que los logros de las autoras o los avances de la sociedad obligaban a que también lo hicieran las estrategias de ocultación. Así, la inicial o primera etapa de negar la posibilidad de acceso a la educación que suele ser la vía de desarrollo del hábito lector y del impulso escritor dio pie a otras como a no considerar que la obra valorada por su calidad hubiera sido escrita por una mujer o afirmar que la creación era de calidad “a pesar” de su autoría femenina.

Recursos a los que le siguieron otros más centrados en el contenido, como la de aplicar distinto rasero si lo escrito era por una autora en lugar de por un autor. Si lo escribía él, tenía capacidad de imaginación, elocuencia y habilidad –incluso cuando inventa personajes femeninos-, si lo hacía ella, o hablaba de algo propio de mujeres o era obsceno, indecente y grosero –si escribía personajes masculinos o sus mujeres de ficción no se comportaban con la formalidad exigida-.  Otra táctica ha sido la de calificar las creaciones como de un género diferente al de su realidad, algo que le ha sucedido a muchas mujeres viendo como sus historias eran tildadas de regionalistas o costumbristas, y no como creaciones dramáticas, góticas, románticas o como realmente correspondiera.

Y por si esto no es suficiente, lo que muchas han sufrido es ser consideradas únicamente por una de sus creaciones, como si lo suyo hubiera sido algo puntual resultado de una coincidencia o producto de la suerte. Una manera más de negar su capacidad creativa y artística, haciendo que el resto de su producción quedara oculta en antologías, biografías, estudios y demás tras un único título.

Súmese a esto el aparecer referenciadas como “mujer de” en lugar de hacerlo por sí mismas o considerarlas como entes autónomos, obviando las relaciones que pudieran tener con sus contemporáneos. O darles una presencia mínima en los programas formativos diseñados por el mundo académico. Etcétera, etcétera,  etcétera,… Lo miremos por donde lo miremos, un catálogo de impedimentos de lo más variado por el que han pasado, o están haciéndolo, infinidad de escritoras.

Y aunque Cómo acabar con la escritura de las mujeres se centra en las letras anglosajonas –contando lo vivido por autoras como Emily Dickinson, Mary Shelley, Edith Wharton o Charlotte Bronte- su profundidad, claridad y tono deja claro que cuanto expone ha sido una tendencia universal vivida por creadoras de otras lenguas. Y si no, que se lo digan a algunas de nuestras grandes como Emilia Pardo Bazán, Carmen Laforet o Gloria Fuertes.

Cómo acabar con la escritura de las mujeres, Joana Russ, 1983, Editorial Dos Bigotes y Editorial Barrett.

“Mientras escribo” de Stephen King

Podría haberlo titulado “cómo convertirte en un escritor superventas”, pero no hubiera sido honesto ni realista, que es lo que promulga el rey del terror literario a lo largo de todas sus páginas. Su receta tiene tres ingredientes, mucha dedicación, más paciencia y ganas de pasarlo bien. Un ensayo apto tanto para los fans del autor de “It” o “La torre oscura” como para los que sueñan con convertirse en escritores y más aún para los que cumplen ambos requisitos.

MientrasEscribo.jpg

Leer mucho y escribir otro tanto. Todo se reduce a esto. Sin práctica no hay manera de pulirse, mejorar y avanzar. Sin adentrarse en las creaciones de otros autores es imposible conocer otros puntos de vista, otras maneras de construir historias, personajes y tramas. La narrativa puede ser arte o entretenimiento, pero en cualquier caso es un oficio que según Stephen King exige un compromiso formado por un compendio de hábito –las musas no vienen a buscarte, solo aparecen tras esperarlas trabajando durante mucho tiempo-, método –cada escritor tiene el suyo, no hay fórmulas mágicas- y diálogo con aquello que estás trayendo al mundo real desde la oscuridad de tu imaginación para dejar que tome su propia forma.

Mientras escribo está dividido en tres bloques. En el primero King cuenta a modo de autobiografía cómo se inició en la escritura como diversión infantil en su humilde Maine natal en la década de los 50. Posteriormente convirtió este hábito en un hobby adolescente que con perseverancia y gracias al éxito de Carrie, su primera novela publicada en 1974, acabó convirtiéndose en su profesión y su manera de ganarse la vida. Un punto de inflexión en una biografía cuyos pilares han sido hasta el día de hoy –al menos hasta que este título vio la luz en el año 2000- un matrimonio sólido, la escritura de muchos best-sellers y un mundo interior en el que la creatividad convivió durante mucho tiempo con el consumo de alcohol y cocaína.

Sin alardes literarios, pero como sucede con sus ficciones, siendo efectivo y estimulante, enganchando, Stephen King explica a continuación cuáles son los pilares técnicos, las herramientas tal y como él las denomina, sobre los que fundamenta su manera de escribir. Conocer el lenguaje y la gramática es la base, después está el ser capaz de utilizarlos sobre el papel de la misma manera en que se hace en la realidad. Lo que se lee tiene que sonar como cuando dialogamos con otros o reflexionamos interiormente, a la par que creamos un estilo propio y le damos a la historia que estamos elaborando el ritmo que esta requiere.

Hasta aquí lo relativo a los elementos a manejar, pero no basta con ello, escribir es una labor ardua, de largo recorrido, que según el padre de Jack Torrance (El resplandor) y Paul Sheldon (Misery) exige constancia, autocrítica y visión a largo plazo para llegar a dar resultados positivos.

Él lo ha hecho fijando en su casa un sitio de trabajo en el que se sienta todos los días a la misma hora, cerrando la puerta y poniendo música heavy a todo volumen para dejar las distracciones del mundo exterior al otro lado y no levantarse hasta muchas horas después y habiendo escrito un mínimo de muchas palabras. Y tan importante como esto son los procesos de corrección que comienzan por uno mismo y continúan por confiar en el criterio de personas de confianza.

Un proceso que Stephen King comparte apuntando que cada aspirante a escritor debe modificar y adaptar estas guías genéricas, si las considera útiles, hasta hacerlas suyas. Pero sin olvidar que la ruta que quizás le haga llegar a conseguir resultados –concluir una novela, que después sea editada y posteriormente leída- sea la de la auto motivación, tal y como le sucedió a él con esta obra tras el fatídico atropello que sufrió durante su escritura.

Gloria Fuertes manda

La persona detrás del personaje adorado por los niños. La mujer que vivía más allá de lo que contaban sus versos. La adulta que mira hacia atrás recordando de dónde vino, qué hizo a lo largo de su vida –escribir y amar-  y en quién se convirtió. Un monólogo vibrante que retrata a Gloria con sencillez y homenajea a Fuertes con la misma humildad que ella siempre transmitió.

Gloria.jpg

La fama puede llegar a ser injusta, haciendo que aquellos sobre los que recae sean solo conocidos y valorados por una pequeña parte de lo que son, y no por el conjunto de todas sus acciones y creaciones. La poeta de los niños, Gloria Fuertes, podría ser un ejemplo de ello. Quizás ella, la auténtica, al igual que la que tan entrañablemente interpreta Ana Rayo, también estuviera harta del encasillamiento casi caricaturesco al que la llevaron sus intervenciones en Un globo, dos globos, tres globos. ¡Hasta el coño! dice elocuentemente cuando aparece en el escenario que simula ser su camerino. Expresión que revela al individuo, a la ciudadana y a la mujer que Noelia Adánez y Valeria Alonso, ella también como directora, se han propuesto acercarnos con su texto.

Un objetivo que busca su propio camino integrando en él a la creadora, a la poetisa y al personaje público. Las autoras de Gloria muestran estas dimensiones, pero van más allá de ellas y viajan hasta su infancia humilde en el barrio de Lavapiés (donde nació en 1917) y el árido Madrid de la postguerra, recrean su primera clase como profesora universitaria en 1961 en Pensilvania, evocan la relación que mantuvo con el amor de su vida, Phyllis Tumbul, y dedican atención a su posicionamiento tanto personal como político antes las autoridades censoras de un país conservador, pacato y de moral trasnochada.

Esta Gloria se expresa con sus propias palabras. Toma como punto de partida su obra literaria y a partir de ahí lo mismo utiliza sus versos que los convierte en prosa o se inspira en ellos para relatarnos los estados de ánimo que le generan las evocaciones de otras épocas, las añoranzas de los afectos que nunca fueron suficientes o las heridas del amor que jamás cicatrizaron. Un fluido viaje biográfico gracias a la fuerza de sus palabras y a la claridad con que se exponen y quedan ordenados sobre las tablas los distintos episodios, anécdotas y momentos referenciados.

Alegrías y dramas, costumbrismo y modernidad relatados con mucho y buen humor por una mujer que bebe whisky y viste pantalón con pinzas, camisa y corbatas estridentes. Siempre con una sonrisa, pero no para camuflar o maquillar la realidad, sino todo lo contrario, para desnudarla y mostrarla con naturalidad. Ofreciendo la experiencia acumulada con la aceptación de quien va por la vida de frente, mira a sus interlocutores directamente a los ojos y les habla con la convicción que da no solo la razón, sino también la sensatez del corazón. Y por si a alguien le quedaba alguna duda, a mitad de función ella misma escribe sobre la pared “Gloria Fuertes manda”, dejando claro que era dueña de su tiempo, señora de su destino y protagonista absoluta de este recuerdo y homenaje a su persona en forma teatral.

Gloria2.jpg

Gloria, en el Teatro del Barrio (Madrid).