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“Vestidas de azul” de Valeria Vegas

A partir del documental con el mismo título que sobre seis mujeres transexuales Antonio Giménez-Rico dirigiera en 1983, Valeria nos cuenta cómo era percibida la transexualidad en España en los años de la transición. También, y valiéndose de sus protagonistas, relata las escasas posibilidades que este colectivo tenía de ganarse la vida y cómo esto afectaba tanto a su bienestar presente como a sus posibilidades de futuro.

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El término diversidad ha existido desde siempre en nuestro diccionario. Acompañado del adjetivo sexual solo recientemente en nuestra sociedad. Un concepto inimaginable hace cuarenta años cuando solo se consideraba la heterosexualidad normativa en la que el hombre era el sujeto activo y dominante y la mujer alguien sumisa y sin voz ni voto.

Una herencia de la imposición ultracatólica de la dictadura franquista que había tomado forma en leyes como la de peligrosidad social y rehabilitación social aprobada en 1970 (que sustituía a la anterior de vagos y maleantes vigente desde 1933) y que no se derogaría completamente hasta 1989. Cualquier expresión de la identidad y la orientación sexual considerada desordenada y anómala no solo no era respetada, sino que se perseguía, se penaba y condenaba legal y socialmente.

Pero a medida que se materializó la apertura que trajeron consigo la transición y la consolidación democrática en España, se fueron haciendo visibles otras maneras de vivir y manifestar la sexualidad. Aunque durante mucho tiempo solo se permitió en las coordenadas sórdidas de la prostitución y en las lúdicas de la diversión nocturna unida al morbo del desnudo integral de las mujeres transexuales no operadas. Una cosificación de su cuerpo y simplificación de su realidad que se convertía en caricatura con sorna y burla -ignorante unas veces, malintencionada otras- en la mayoría de los títulos que tanto en el cine como en la televisión comenzaron a dar cabida a personajes transexuales.

En todo momento, y con un relato bien estructurado y conciso en su redacción, Vegas expone de manera clara la compleja red de consecuencias que este tratamiento casi universal provocaba en estas personas. Eran ignoradas legal y judicialmente (hasta 2007 no fue posible que su DNI reflejara el género sexual que sienten como propio), lo que hacía imposible su acceso al mercado laboral y las convertía en un colectivo marginado y altamente vulnerable (proxenetismo, drogas,…). Los prejuicios en forma de rechazo familiar y social, hostigamiento policial y desinformación periodística (ligando la transexualidad a la homosexualidad y simplificándola bajo el término de travestismo, tal y como deja claro el buceo en la hemeroteca que ha realizado Valeria) fueron la tónica durante muchos años.

Pero en septiembre de 1983 se proyectó en el Festival de Cine de San Sebastián Vestidas de azul, un documental que por primera vez mostraba a diferentes mujeres transexuales tal y como eran, sin enjuiciarlas ni ridiculizarlas. Un logro resultado del planteamiento respetuoso de Antonio Giménez-Rico y su acierto a la hora de realizar el casting, de dirigir a las mujeres seleccionadas para que se manifestaran libre y espontáneamente, y de contar a través de cada una de ellas algunas de los muchos retos que se encontraban en su día a día.

Un punto de inflexión en unas vidas difíciles, que tal y como muestran las bien planteadas entrevistas con que se cierra este análisis social y cinematográfico de la mujer transexual en los años de la transición española siguieron siéndolo después, pero que iniciaron un camino hacia la normalización y la visibilidad en el que se ha avanzado mucho aunque aún quede otro tanto por conseguir.

Vestidas de azul, Valeria Vegas, 2019, Editorial Dos Bigotes.

“Lucy”: Scarlett Johansson

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El trailer, el nombre de su director y el de su actriz protagonista te hace pensar antes de entrar en la sala que “Lucy” va a ser un despliegue de fotogenia de Scarlett Johansson y ritmo y estética visual de la mano de Luc Besson. Y te vas a encontrar los dos, pero con la sensación de que has visto 90 minutos de metraje, pero sin que te hayan contado realmente una historia que te haya llegado al corazón o a la mente.

¿Qué pasaría si el hombre llegara a ser capaz de poder utilizar el 100% de su capacidad cerebral? Una promesa de intriga médico-biológica y ciencia-ficción con el contrapeso de una historia paralela de traficantes de drogas taiwaneses con ramificaciones globales. La analogía queda establecida: la mente humana no tiene límites y las ansias de poder no entienden de fronteras.

Hasta aquí el planteamiento. Ahora queda unir las piezas y que el resultado que ofrece Luc Besson (guionista además de director) sea más que la suma de todas ellas. Sin embargo, ese momento no llega. En el argumento, por incluir -con un estilo entre un preciosista documental y el más estético videoclip- una reflexión, con un velado juicio moral, sobre el papel del hombre en la naturaleza y su previsible futuro. En lo visual por cubrir el hueco de la falta de guión y de historia que contar con prolongados momentos de manga, así como al ritmo y montaje de las películas de acción por el París más monumental.

La base que sostiene la película es sin duda alguna Scarlett Johansson. Su rostro, su cuerpo, su simple presencia es mágica y hace de cada plano una imagen inevitablemente llena de magnetismo. Sus movimientos, su mirada, resultan ser el eje central –y el motivo para acudir al cine- con el que se compenetran perfectamente dos de los buenos elementos de esta película, la fotografía de Thierry Arbogast, la música de Eric Serra, así como las correctas intervenciones de otros dos rostros que solo saber hacerlo bien frente a la cámara, Morgan Freeman y Amr Waked.

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