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“El abanico de Lady Windermere” de Oscar Wilde

El genio del teatro británico más esteta que nunca, deleitándose en el uso del lenguaje y enfrentando a sus personajes con conflictos entre hombres y mujeres y solteros y casados. Diálogos inteligentemente ligeros que destilan un humor ácido lleno de sarcasmo y revelan una corrosiva crítica de la alta burguesía londinense de finales del siglo XIX.

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Cualquier estado es a la vez su contrario en el juego de las apariencias. Oscar Wilde lo sabía muy bien y por eso no duda en plantear que la felicidad es el paso previo a la infelicidad. Quizás por una cuestión absurda de eso que llamamos karma, quizás también porque somos incapaces de disfrutar de lo que tenemos y somos –tanto en el terreno material como en el plano espiritual- en nuestra vida presente. Llegamos a ser ridículos, estúpidos incluso vistos desde fuera, estableciendo prejuicios con los que disculpar nuestras (auto) limitaciones e incapacidades con el único fin de sentirnos dueños y señores del pequeño mundo que es el entorno en que vivimos.

Pero cuidado, que esta no es una obra dramática o pesimista. Es un texto del autor de Un marido ideal, lo que implica un humor corrosivo y una ironía sinfín con la que se disfruta enormemente. Un continuo en el que el que se mantiene inicialmente al margen se ve después rodeado por un torrente satírico que no deja títere con cabeza. Así le ocurre a esa joven casada que juzga a las que considera mujeres de feas costumbres y peores intenciones hasta que por azar del destino se ve en una posición en la que ella misma se ve sentenciada de igual manera. O a su marido, que se inicia como una persona permisiva, liberal y de mentalidad abierta y a quien sentir su reputación afectada le revela como un hombre incrédulo y moralista.

En el entretanto, una realidad que poco a poco deja de ser transparente para convertirse en un espejo alegoría de la justicia que posteriormente revierte para, ya con la lección ética aprendida, devolver el equilibrio formal y emocional a su entorno. Unas horas en la vida social de un grupo de gente adinerada que parecen vivir únicamente de lo lúdico y no tener más actividad que múltiples compromisos sociales.

Un panorama de hombres y mujeres vestidos elegantemente, de formalidad cuando ambos sexos están en la misma habitación y solo sincero cuando los hombres están con los hombres y las mujeres con las mujeres. Relaciones a través de diálogos ligeros tras cuya impostura se esconde una banalidad que dice mucho sobre las diferencias de clases, la debilidad de la educación recibida y la falta de conexión con el mundo real. Intercambios verbales plagados de cinismos que destilan una tramposa pero también inteligente ambigüedad que no tiene mayor fin que el de deleitar.

Wilde no busca profundidad intelectual o plantear debates humanísticos o sociológicos, su único fin es impactar. Hoy en día este fin nos agrada, pero es de suponer que cuando se estrenó en 1892, El abanico de Lady Windermere no solo sorprendiera, sino que escandalizara incluso.

“Matar a un ruiseñor” de Harper Lee

Una historia sobre el artificio y la ilógica de los prejuicios racistas, clasistas y religiosos con los que la población blanca ha hecho de EE.UU. su territorio, a través de la mirada pura y libre de subjetividades de una niña a la que aún le queda para llegar a la adolescencia. Una prosa que discurre fluida, con una naturalidad que resulta aún más grande en su lectura humana que en su valor literario y con la que Harper Lee creó un título que dice mucho, tanto sobre la época en él reflejada, los años 30, como de la del momento de su publicación, 1960.

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El Museo de la Sexta Planta de Dallas está ubicado en el edificio de la plaza Dealey desde el que Lee Harvey Oswald disparó al Presidente Kennedy el 22 de noviembre de 1963. Alrededor de aquella ventana, considerada un punto de interés histórico nacional, está organizada una muestra sobre la carrera política de JFK en cuyo prólogo se cuenta cuál era el contexto social en el que esta se inició. En plena guerra fría contra los rusos y tras la consolidación de su liderazgo mundial una vez acabada la II Guerra Mundial, EE.UU. debía hacer frente a una serie de importantes tensiones internas que ponían en entredicho su supuesta democracia, siendo una de ellas las importantes diferencias, en términos de derechos, de la población negra (o eufemísticamente afro-americana) frente a los de piel blanca. Uno de los elementos utilizados por el museo para mostrar esta reivindicación de aquellos años es el argumento y el importante impacto que tuvo la publicación en 1960 de Matar a un ruiseñor.

El personaje narrador, Scout, es alguien limpio y objetivo en su manera de ver el mundo, libre de adjetivos calificativos, sin filtros que atiendan a valores no universales. Esta niña es ese individuo que la Declaración Universal de los DD.HH. aprobada por la ONU en 1948 aspira a que seamos toda persona, no solo en nuestro pensamiento, sino también en nuestra actuación –convivencia y comunicación- con nuestros semejantes. Para ella no hay diferencias en términos de sexo, color de piel, edad, práctica religiosa o nivel económico, todos somos iguales, vecinos, compañeros, conciudadanos,… Desde esa naturalidad nos muestra todo aquello que no comprende en esa pequeña localidad de EE.UU. en la que reside, todas esas relaciones en las que el diálogo se sustituye por el insulto, la cara amable por una mirada de desprecio, la mano tendida por el gesto de empuñar un arma.

Una realidad gobernada por múltiples prejuicios (segregación racial, diferencias de clase, prácticas religiosas) frente a la que choca de bruces la mente de una niña educada por su padre en valores como la convivencia, la escucha y la equidad y que él mismo ejemplifica tanto en su vida personal como en la profesional ejerciendo el Derecho. Padre e hija comparten punto de vista, aunque con la diferencia de contar, en el caso del primero, con el bagaje que da la experiencia de lo vivido, cuando ha de defender ante los tribunales a un hombre negro acusado de haber violado a una mujer blanca. Es entonces cuando las calles de Maycomb (estado de Alabama) se convierten en el escenario de una guerra de bajo volumen y sutiles movimientos en que el culpable, ese que lo es hasta que no demuestre su inocencia, no solo ha de hacer frente a las endebles pruebas contra su persona, sino también a los falsos conceptos que sobre los de color han promulgado y creado los blancos (al que dejas sin educación lo haces inculto, al que le niegas recursos le conviertes en un usurero,…).

El juicio es una más de las situaciones en la que la mente infantil, aquella con capacidad universal, libre de limites adquiridos, ha de hacer esfuerzo por entender un mundo en el que se desprecia al introvertido hasta encerrarle en vida, donde a los niños se les exige que ejerzan de miniaturas de adultos con fines decorativos o se penaliza socialmente a aquellos que no siguen las prácticas colectivas espirituales. La pequeña localidad en la que esto ocurre es como tantas otras en las que el diálogo solo sirve para reforzar la identidad entre iguales. Cuando no se siguen estas normas no escritas, el lenguaje se convierte en un arma de confrontación con la que iniciar un enfrentamiento que, en ocasiones, va más allá de lo dialéctico.

Detrás de este sensible realismo y la completa radiografía social que hay tras él, está el soberbio trabajo narrativo de Harper Lee, dícese que motivada por la honda impresión que un suceso similar al relatado le produjo cuando tenía una edad como la de su protagonista. Sea el motivo que sea, el ejercicio de empatía poniéndose en el punto de vista de alguien que mira al mundo de igual a igual, directamente a los ojos, sin dejarse doblegar por el continuo ninguneo de sus mayores, es absolutamente perfecto. La espontaneidad con que confluyen diálogos, descripciones y reflexiones desde un punto de vista a varios centímetros por debajo de aquellos que la rodean y a lo largo de los varios años de relato, es tan natural como la vida misma. Parecemos estar más ante una mágica transcripción de los distintos planos de una vida que frente a un ejercicio literario con el que contar una historia.

Matar a un ruiseñor ganó el Premio Pulitzer en 1961 y el medio siglo transcurrido no ha hecho sino darle más brillo y lustre tanto a su estilo como a los temas que cuenta. Que muchos de ellos sigan sucediendo en términos similares a los relatados –he ahí los continuos enfrentamientos raciales o el escaso trato igualitario que muchos niños reciben por parte de sus adultos-hace de ella una novela no solo reflejo de un momento de la historia de EE.UU., sino una obra vigente en vías de convertirse en un clásico literario.

“Sumisión” de Michel Houellebecq

No es esta una novela sobre la islamización de Europa, sino sobre el fin de su identidad cultural cristiana -base de su supremacía intelectual durante más de un milenio- por sustentarse desde hace siglo y medio sobre un sistema social y económico cuya deriva en el contexto actual de globalidad le ha llevado a una ruina no solo material sino también, y fundamentalmente, moral.

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Desde la primera página Houellebecq quiere dar un poso de reflexión real a “Sumisión” y para ello dota a su relato de un fondo intelectual, haciendo protagonista a un profesor universitario estudioso del escritor Huysmans, autor que en su época manifestó desacuerdo con un mundo compuesto por “bribones e imbéciles”. De esta manera nos retrotrae en el inicio hasta las ideas y principios de la segunda mitad del siglo XIX, ese momento de la historia en que se formaron los grandes imperios. El prólogo sobre el que, tras dos guerras mundiales, surgió el mapa geopolítico que conocemos desde 1945 y el estado del bienestar social europeo que dan coordenadas a nuestras vidas hoy en día.

Sin embargo, la entrada en ese tablero de decisión de China y de los países árabes, junto a la crisis financiera y económica iniciada en 2007, no solo han alterado el orden mundial altamente estable desde hacía décadas, sino que también han infundido una profunda sensación de inseguridad e inestabilidad en el entorno micro en que habitamos cada ciudadano occidental. Se ha puesto en duda todo, desde la sostenibilidad de los sistemas públicos (educación, sanidad, transporte,…) hasta la supuesta igualdad de todas las personas (inmigración ilegal, convivencias entre culturas, religiones y razas en ciudades como París) pasando por poner en duda si vivimos en regímenes verdaderamente democráticos. No solo por el nivel de corrupción de nuestros gestores, sino por los movimientos en las sombras de los abstractos y anónimos poderes económicos.

Tomando esta situación como caldo de cultivo, el autor lanza una serie de hipótesis que encadena sucesivamente hasta llegar a un imaginario escenario político y social para la Francia de 2022. Fecha en la que el país de la Liberté! Egalité! Fraternité! contaría con un gobierno musulmán y la Unión Europea tendría ya entre sus miembros a Turquía. Una imagen de futuro a medio plazo con ánimo de generar interrogante al respecto. ¿Pura ficción literaria? ¿Una realidad con mayor o menor grado de probabilidad? ¿O un acontecimiento ya iniciado e irreversible?

En su exposición, Houellebecq deja claro que todo régimen es conquistado porque previamente se ha canibalizado, ha caído derrotado por sí mismo. Una debacle de la que hace responsable al sistema capitalista, que en un lugar de ser un mecanismo proporcionado y equitativo de reparto de la carga del trabajo y de sus beneficios, ha acabado por convertirse en un sistema de explotación y de acopio egoísta por parte de unos pocos. Avaricia que ha traído consigo el fin de la familia como modo de organización de las personas y de las creencias espirituales con el individualismo generado. Supuestos con los que podemos estar más o menos de acuerdo, pero que seguro que no dejan indiferente a nadie y provocan debate.

Sensación en la que el escritor francés ahonda de manera inteligente retratando a un protagonista poco dotado para las relaciones sociales, un hombre que transforma su incapacidad social e insatisfacción íntima en misoginia y clasismo. Un profesional supuestamente humanista que en sus diatribas intelectuales consigo mismo según avanza la acción recurre a otro polémico referente, Nietzsche (“… si el Islam desprecia el cristianismo, tiene mil veces derecho a hacerlo, el Islam tiene como presupuesto suyo varones… el cristianismo nos arrebató la cosecha de la cultura antigua, más tarde volvió a arrebatarnos la cosecha de la cultura islámica…”), ese mismo del que se dice que pudo inspirar a Hitler. En definitiva, François es una clara e inteligente alegoría del entorno en el que ha crecido y se ha formado a lo largo de varias décadas y de la situación que le toca vivir en el hoy.

En lo estrictamente formal, “Sumisión” es literatura muy bien planteada, con una estructura que avanza de manera clara en su exposición de supuestos, hechos y consecuencias prácticas. Una narrativa en la que se alternan los diálogos de exposición de ideas, principios y teorías, con monólogos interiores. Sin pudor alguno, desnudos y descarnados, agrestes, primarios, casi animales en algunos momentos, Michel Houellebecq deja claro que hay quien no tiene mayor interés por la vida que el del beneficio propio en el día a día y el de la supervivencia, cueste lo que cueste, llegada una situación límite.