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“Trapicheos en la Segunda Avenida” de Joyce Brabner & Mark Zingarelli

Propuesta gráfica sobre cómo se vivió el comienzo de la pandemia del VIH cuando aún no se sabía lo que era y Nueva York había dejado de ser la ciudad que nunca duerme para convertirse en una urbe oscura, sórdida y carente de humanidad. Un relato –por momentos diferente, aunque finalmente desemboca en terreno conocido- sobre cómo una pequeña parte de la sociedad se organizó para hacer frente a la enfermedad y al dolor.

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Ha pasado mucho tiempo desde que Randy Shilts publicara en 1987 And the band played on, excepcional ensayo en el que detallaba cómo fueron los primeros años de lo que inicialmente se llamó el cáncer gay. Curiosamente, mientras se mantuvo aquella denominación, la inacción de las administraciones públicas, de la industria farmacéutica y del conjunto de la sociedad fue casi absoluta. Tan solo los allegados dotados de esa virtud que es la empatía dejaban a un lado los prejuicios y el desconocimiento para atender y cuidar a los afectados. Uno de esos casos, el número 24, es el que se cruza en la vida del enfermero Ray. Su particular vivencia de lo que sucedió a partir de entonces es lo que le narra décadas después a Joyce Brabner, un flashback que ella ha convertido en esta novela gráfica.

A pesar de lo mucho que se ha relatado sobre aquellos días tan duros y complicados para la comunidad homosexual, todavía quedan muchas pequeñas historias por contar de lo que sucedió. En este sentido, Trapicheos en la Segunda Avenida complementa perfectamente desde el punto de vista bibliográfico el relato humano de textos teatrales como The normal heart de Larry Kramer o Angels in America de Tony Kushner. Y aunque no entre en ello en profundidad, también deja ver el momento social y político estadounidense en que está enmarcado su relato, coordenadas similares a las de películas recientes como la británica Pride o la francesa 120 pulsaciones por minuto.

El tándem Brabner & Zingarelli nos trasladan inicialmente a antes de aquel entonces en que los gays y lesbianas que habían salido del armario vivían su condición con orgullo tras la visibilidad alcanzada con los disturbios de Stonewall en 1969. Un mar de tranquilidad que se vio roto por una incertidumbre en el que la desinformación hizo creer que un fármaco llamado ribavirina podía ser la solución médica a la hecatombe, pastillas cuya consecución implicaban ir hasta México y salvar el obstáculo de las aduanas. A partir de este momento Trapicheos se centra en aquellos viajes al otro lado del Río Bravo y en el compromiso que Ray y su novio Ben asumieron con la causa y en todo lo que hicieron para mejorar las condiciones de vida de aquellos a los que el destino sentenció con lo que después se denominó como SIDA.

Lo que había comenzado como algo relajado y como el retrato de la vida de una pareja va adquiriendo, a medida que se conocen las casuísticas de las personas de su entorno, tintes cada vez más dramáticos. Un drama que resulta real por las circunstancias que complicaban cada una de esas tragedias, ya fuera la inmigración ilegal, el rechazo familiar, el mensaje apocalíptico de las organizaciones religiosas o la falta de medios económicos. Pero a medida que estas tramas se suceden, la de la ribavirina se va desdibujando haciendo que las viñetas de Segunda Avenida se conviertan en terreno conocido, compartiendo mensaje activista y reivindicativo –pero no fuerza narrativa-, con títulos como los antes referidos.

“The normal heart” de Larry Kramer

Un brutal ejercicio literario en forma teatral, un relato sociológico sobre los primeros años de la epidemia del VIH y el SIDA, una declaración política contra la discriminación asesina de las administraciones públicas estadounidenses sobre el colectivo homosexual. Una obra maestra del género dramático, un texto dotado de una fuerza extraordinaria que sigue sacudiendo la conciencia de sus espectadores y lectores a pesar de las más de tres décadas transcurridas desde su estreno en 1985.

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Las primeras noticias lo llamaban el cáncer gay por su especial afectación entre este público en sus primeros meses. No se sabía qué lo causaba ni cómo tratarlo, todo apuntaba a que los contagiados eran hombres con una intensa y promiscua vida sexual, sus síntomas eran muy visibles y la muerte solía llegar en cuestión de pocos meses. Momentos de una dura incertidumbre que rápidamente aumentó el estigma de la discriminación que el colectivo LGTBI ha sufrido históricamente. Algo con lo que no contaban aquellos que consideraban que los disturbios de Stonewall en junio de 1969 habían supuesto el punto de inflexión a partir del cual se progresaría hasta hacer realidad el sueño de la visibilidad y la normalización.

Ese es el momento de 1981 en que se sitúan las primeras escenas de The normal heart, plasmando con gran crudeza el desconocimiento de los médicos que no sabían determinar el origen ni las consecuencias de lo que estaba ocurriendo, la negación del colectivo homosexual que no quería reconocer lo que estaba sucediendo por ver en ello la exigencia de abandonar la libertad sexual que consideraban habían ganado una década atrás, y la ignorancia del resto de la sociedad que no solo se veía ajena a esta situación, sino que parte de ella juzgaba lo que pasaba como un castigo bíblico merecido por los desviados del camino de la corrección moral.

Esa impotencia, rabia y dolor es el que mueve a la acción al personaje de Ned Weeks en Nueva York, el activista alter ego de Larry Kramer que apunta con gran claridad en sus intervenciones que toda reivindicación social es también política, que el tiempo vivido sin tener los mismos derechos civiles que el resto de tus conciudadanos –matrimonio, educación, sanidad- es tiempo robado a tu vida, y que no hay otra opción más que la de la lucha y hacerse notar ante aquellos –líderes políticos, administraciones públicas y medios de comunicación- que no respetan tu existencia ni reconocen la diversidad de nuestra sociedad.

Circunstancias que parecen haber cambiado en sus aspectos más formales –el reconocimiento legal-, pero que esconden tras de sí aspectos como los que muestran con gran crudeza los diálogos y situaciones elegidas por Kramer. Circunstancias con las que seguimos conviviendo y que hacen que este texto duela, agite y escueza, como la crueldad de la homofobia que puede aparecer en cualquier momento en nuestro entorno, el daño perenne sufrido por muchas personas por la no aceptación plena de sí mismos, el anhelo vital de ser escuchados y comprendidos y la necesidad humana de amar y ser amados.

El recorrido temporal que propone este gran dramaturgo en este ejercicio de concienciación acaba en 1984, cuando los EE.UU. ya habían reconocido oficialmente que el virus de inmunodeficiencia humana, ese que arrasa con nuestro sistema inmunitario, se transmitía también por la sangre, que no discriminaba por razón sexual (género u orientación) ni de edad y que se había extendido por todos los rincones del mundo. Para entonces miles de personas ya habían muerto de SIDA y muchas más se habían infectado de VIH sin que la administración Reagan, ni la de muchos otros países, hubiera hecho nada para evitarlo.

“Sebastián en la laguna”, belleza y empatía de la mano de José Luis Serrano

Las observaciones, sentimientos e interacciones de un adolescente con su entorno conforman en la narrativa de José Luis Serrano una ficción hilada a través del respeto, delicadeza y empatía con que nos hace llegar las vivencias, sensaciones y descubrimientos de su protagonista en esta historia contada en primera persona.

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Los años previos a la adultez suelen ser tratados en muchas ocasiones –tanto desde la literatura como desde los medios de comunicación o el entramado institucional y político- como un purgatorio, un trance de incomprensión, lucha y rebeldía transitoria que posteriormente llevará al saber estar, a aceptar las normas del sistema o incluso a convertirse en legislador y garante del mismo. “Sebastián en la laguna” demuestra que no es así, que no existen esos lugares comunes cuando se tienen doce, catorce o dieciséis años.

El respeto con el que José Luis Serrano da rienda narrativa a los pensamientos de su protagonista demuestra que cada etapa de la vida tiene un sentido y una manera de expresarse, resultado de las herramientas y habilidades de que se dispone para lidiar con aquello que se está viviendo. Para ello utiliza una sintaxis propia de la edad del personaje que conduce la historia, un reto que resuelve con absoluta maestría. Me pregunto si para ello, José Luis hizo como Miguel Delibes con “Cinco horas con Mario” y se pasó horas en los parques escuchando la manera de hablar de los chavales de hoy en día o si tiró de memoria para que su pluma escribiera en la manera en que él lo hacía tres décadas atrás.

En manos de este autor un adolescente no es un adulto inmaduro o aún por formar; es un niño que crece integrando en su persona y en su experiencia aquellos terrenos humanos que hasta entonces no habían existido para él –el impulso de la sexualidad, los afectos que van más allá de la biología, las relaciones sin garantía de reciprocidad fuera del entorno familiar- y cómo hay que hacerlo sin información alguna (la sexualidad) ni referentes (homosexualidad) en un entorno lleno de prejuicios (los rojos son unos progres, el sida es cosa de maricones).

El señor Serrano, el adulto, se limita a su papel como conductor literario de esa subjetividad que solo quiere conocer los por qué y comprender los para qué, saber de dónde se viene y hacia dónde se va, entender qué le daban hecho y qué tiene que construir por sí mismo en el futuro inminente. Preguntas e interrogantes cuyas respuestas se van formando y enriqueciendo poco a poco, en una cadencia muy bien estructurada a base de pequeños capítulos (la organización social y temporal –estacional y diaria- de lugar en el que se veranea; qué se conoce mediante la propia observación o a través de la subjetividad de otros; los límites entre las vivencias de la chavalería y de los que son más mayores, lejanas de los etiquetados como adultos; los lugares cercanos y los lejanos que parecen inimaginables como Noruega, París o Nueva York,…) y transmitida al lector con un rico vocabulario con el  que escritor y narrador en primera persona se fusionan de manera continua con resultado beneficioso para ambos. Mientras el creador enriquece su novela, el observador del mundo que le rodea hace crecer su persona.

José Luis escribe con una extremada delicadeza, desplegando una absoluta empatía con esa etapa vital que no transcurre tan rápido como se dice desde la posición madura y experimentada que se presuponen para sí los mayores de edad. “Sebastián en la laguna” hace patente, a pesar de durar tan solo un verano, que esos años en que el cuerpo físico se transforma son una etapa llena de pliegues en muchas de sus capas, de recodos en sus múltiples caminos, que en ella no todos los minutos duran los mismos sesenta segundos.

Con su referencia a Marcel Proust y su “En busca del tiempo perdido” deja claro que no todo es una línea recta de principio a fin, que hay que ir y venir para reformular y construir a base de reconstruir. Así es como crece su relato y se va asentando en la mente y el corazón de su lector, haciéndole reflexionar sobre cómo fue su infancia, su despertar sexual o cómo el término sida se convirtió para él en algo más que una palabra, primero un fantasma y después una realidad de la que saber prevenirse,  ser vecino o llegado el caso, convivir. Son esos primeros años 80 en los que mientras en EE.UU. se vivía en el mundo político y mediático lo que contaban Randy Shilts en “And the band played on” o en la comunidad homosexual lo que Larry Kramer en “The normal heart”, en nuestro país el común de los mortales murmuraban inicialmente en pequeños grupos, y comentaban posteriormente en voz alta, lo que se puede leer en esta novela.

Sea por la estética de su narración, la belleza de su discurso o la latente historicidad de su relato, “Sebastián en la laguna” bien merece la pena.