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“Lorca, el poeta y su pueblo” de Arturo Barea

El autor de “La forja de un rebelde” acercaba en 1944 la figura de Lorca a sus lectores ingleses a través de este conjunto de conferencias que hasta ahora nunca antes se había editado en España. Un ensayo que disecciona las claves que hacen del granadino una figura única de la literatura española y que supone también una muestra del buen saber hacer narrativo y de la capacidad de análisis y síntesis de su autor.

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La Guerra Civil mató a Federico y empujó a Arturo al exilio. Ambos se vieron en el punto de mira de los nacionales por su dominio de la palabra y su defensa de la libertad de expresión. Aunque no se llegaron a encontrar nunca en persona, Barea fue un profundo conocedor y admirador de García Lorca, tal y como demuestra este volumen en el que disecciona con suma precisión –a través de una muy cuidadosa selección de versos, diálogos y parlamentos – su obra, estilo e impronta universal –sin dejar de ser profundamente español- en base a cuatro pilares (pueblo, sexo, muerte y arte).

Al contrario de lo que pudiera parecer, el escritor del Romancero gitano o del Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías fue profundamente intelectual, un innovador constructor de versos a la manera de su admirado Góngora, pero fue más allá de esa habilidad para centrarse en lo que para él era importante, en reflejar los sentimientos y las emociones. Esa autoridad y capacidad para llegar, agitar y conmover a todos los públicos, tanto a los formados como a los que no sabían siquiera leer, fue lo que le hizo tan reconocido. Su empatía a la hora de ejercer de altavoz del sentir popular, de ensalzar poéticamente los valores, conceptos y expresiones del común de sus conciudadanos –de su identidad, en definitiva- hizo que los incultos y los iletrados se sintieran valorados y reivindicados. Un logro que consiguió también con su exitosa dirección de La Barraca, trasladando ante este tipo de espectadores el mensaje de autores clásicos como Cervantes, Lope de Vega o Tirso de Molina.

El nacido en Fuentevaqueros describió y dio voz, tanto en su poesía como en su teatro, a un  profundo universo etnográfico, social y cultural como nadie había hecho hasta entonces y como ninguno de sus compañeros de la generación del 27 supo hacer. He ahí dramaturgias como Mariana Pineda, Bodas de sangre, La casa de Bernarda Alba o Yerma en las que sus espectadores y lectores podían ver cómo sus personajes pensaban y actuaban igual que ellos en temas como el honor, la maternidad, el amor o la familia. En sus tramas no se exagera ni se banaliza, no se altera ni se vacía de su esencia el papel y los significados que para la sociedad de su tiempo tenían cuestiones como la muerte o el sexo, así como las jerarquías que había tanto entre hombres y mujeres como entre padres e hijos.

Esta es la clave que según Barea hizo que Lorca fuera considerado revolucionario y peligroso por los que se negaban al cambio y a la evolución. Por su genio para hacer que los hasta entonces no considerados se empoderaran, sintiéndose orgullosos de quiénes eran.

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“Los universos paralelos”

La muerte es una gran paradoja, puede hacer que los fallecidos estén más presentes que cuando estaban vivos. El dolor que surgió inesperadamente supera con creces a la alegría que imperaba en ese lugar que ahora es un páramo inerte. Un texto muy potente que pone a prueba el equilibrio de un matrimonio y una familia con una puesta en escena que, aunque no materialice todo su potencial, cuenta con una Malena Alterio capaz de todo.

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Una sonrisa, incluso una carcajada, ayudan a entrar en la realidad que hay tras una cara seria, una faz aparentemente inexpresiva, sus gestos adustos y su vestimenta de color gris y marrón. Los universos paralelos se inicia con una aparente ligereza, exponiendo la verborrea de una hermana cómica y el lenguaje corporal de una madre que recoge la ropa de un niño que ya no está. Una escena que termina con la primera embarazada y enlaza con la segunda conversando distantemente con un marido sentado a apenas unos centímetros. Para entonces ya ha quedado claro que en esta función hay, aunque convivan, más sombra que luz, más drama que comedia.

El fallecido está en todo lo que se dice y hace, se interpone entre los que fueron sus padres a la par que los sigue uniendo, lastra sus actitudes individuales al tiempo que es el condicionante que intentan sortear en todo momento. Tan solo su abuela parece capaz de convivir con él como muerto igual que debemos suponer lo hacía cuando estaba vivo. Este es el complejo y delicado entramado emocional que va desplegando con mucho cuidado y acierto el texto de David Lindsay-Abaire, hasta hacerse invisiblemente con todo el oxígeno del escenario del Teatro Español.

Una vez llegada a ese punto, esta particular constelación familiar sigue evolucionando, dándonos a conocer más sobre el pasado, la actitud presente y los propósitos futuros de estas personas unidas y separadas tanto por el dolor como por el afecto. Un discurrir del tiempo que gira en torno a esa madre incapaz de superar la tragedia, herida por la pérdida interior sufrida y afligida porque su alrededor sea capaz de sobreponerse.

Un agotador ejercicio de levantamiento de muros, y búsqueda de fisuras a través de las cuales sonreír y respirar, ante todas las formas de afecto con las que convive -marital, fraternal, filial, amistoso-, llevado a cabo con eficaz sobriedad por Malena Alterio. Un viaje interior que también realizan a su manera su marido, su madre y su hermana, pero en su caso ellos son únicamente piezas necesarias para el desarrollo de esta historia, no llegan a convertirse en motor de acción.

En parte porque los actores que los encarnan despliegan registros más limitados, no vemos en ellos nada diferente a lo que puedan habernos ofrecidos en trabajos anteriores (ya sea en teatro, televisión o cine). Pero también porque este montaje parece haber apostado más por ellos que por la creación de una atmósfera que ya existiera antes de subirse el telón, que imprimiera sus caracteres y determinara su devenir. Quizás así los que ocupan el patio de butacas no se sentirían solo espectadores, sino que se verían dentro del hogar de esta familia que se esfuerza por recomponerse.

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Los universos paralelos, en el Teatro Español (Madrid).

“Todo esto te daré” de Dolores Redondo

La novela con el galardón más dotado del año. Probablemente también una de las más vendidas y leídas. ¿De las mejores? No. El Premio Planeta 2016 es a la literatura lo que un telefilm al cine. Una manera de pasar el rato con una intriga en la que inicialmente nada ni nadie es lo que parece y cuyo desarrollo consiste en darle la vuelta a cada uno de sus elementos –personajes presentes e historias pasadas- para lograr la cuadratura final de su círculo argumental.

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Del pre Pirineo navarro a la Ribera Sacra, de la mitología euskaldún a la frondosidad del interior gallego, del boca a boca de la trilogía del Baztán a la hiper promoción mediática de la editorial Planeta. Este es el recorrido que ha hecho en pocos años la creatividad literaria de Dolores Redondo y la pauta común que parecen recorrer ambas creaciones una vez que han entrado en el circuito de explotación del grupo Atresmedia (Antena 3, La Sexta, Onda Cero, La Razón,…). Igual que meses atrás vimos en la gran pantalla la adaptación de El guardián invisible, y mientras esperamos a que llegue su continuación –El legado en los huesos-, seguro que acabaremos asistiendo al estreno de Todo esto te daré.

La duda está en si será en formato cinematográfico o como serie de televisión en horario de máxima audiencia. A lo largo de sus muchas páginas es continua la sensación de estar leyendo la adaptación narrativa de un guión en lugar de una novela. Una lectura amena, pero sin profundidad, muy lineal, con personajes excesivamente simplificados, convertidos en tópicos del género del thriller, y una investigación que se desarrolla con un sentido del tiempo un tanto ajeno al que marcan los relojes y los calendarios.

Desde el momento en que a Manuel le comunican la muerte de su esposo a muchos kilómetros de distancia de donde él le suponía, cuanto ocurre es una continua sucesión de hechos adornados con diálogos y descripciones sin más sorpresa que la de ocultar algo que sabemos que tarde o temprano se nos acabará desvelando. Solo queda esperar a leer capítulos después el giro argumental, la pista que hará que ese plano de la realidad hasta entonces silenciado deliberadamente –ya sea por miedo, por lealtad o por implicación criminal-, salga a la luz.

Un apellido de rancio abolengo con un largo listado de propiedades, una familia unida exclusivamente por las apariencias, un entorno en el que la religión se mezcla con la superstición, investigaciones oficiales rápidamente cerradas, un guardia civil empeñado en llegar más allá, pecados pasados y culpas que siguen presentes pidiendo ser purgadas,… Este es el panorama de clichés que Álvaro le deja en herencia a su viudo. Una sinfonía de desconocimientos y ocultaciones con un pretendido efecto de desconcierto emocional con tanta hondura y verismo como cualquier ficción emitida por nuestras televisiones en horario de sobremesa. De esas que resultan una opción entretenida en las tardes de manta y sofá de otoño e invierno y cuya existencia olvidamos en cuanto llega el buen tiempo.

Atrapado por “La seducción” de Coppola

Un relato ambientado en 1864 que adopta formas decimonónicas en su desarrollo. Todo lo visible se muestra y comporta con una gran formalidad, pero tras ello hay un sutil y sordo caudal de impulsos y pasiones que abarcan un amplio registro de comportamientos y emociones del ser humano. Un fino y delicado trabajo de Sofia Coppola con un exquisito despliegue interpretativo de todo su reparto.

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El frondoso entorno natural del estado de Virginia, la arquitectura neoclásica de aire francés de la residencia en la que tiene lugar toda la acción, la vibrante luz de las distintas horas del día y la de las velas cuando cae la noche, la precisión con que está siempre colocado el servicio en la mesa, las lecciones de francés, los ampulosos vestidos perfectamente almidonados de todas las mujeres y la corrección con que se comportan en todo momento. La puesta en escena concebida por Coppola hace que su propuesta parezca la plasmación visual de una novela escrita en la segunda mitad del siglo XIX.

Motivo este por el que La seducción no es solo lo que se ve, sino también lo que hay tras ello, lo que tampoco se dice, que tan solo se sugiere o se deja intuir para que la imaginación lo amplifique. Se percibe tras ello una extraordinaria sensibilidad femenina a la hora de construir los personajes y elaborar y desplegar la trama argumental en la que conviven. En ningún momento la dirección de Sofía Coppola está enfocada para dirigir nuestro pensamiento y establecer qué tenemos que sentir. Su trabajo es más de fondo, es como un director de orquesta que conduce todos los elementos  –escenografía, fotografía, banda sonora,…- dejando que estos fluyan libremente, haciendo que en su encuentro con ellos el espectador se sienta fuertemente atraído por la atmósfera ambiental y sensorial creada.

Una nebulosa en la que el relato de La seducción va acumulando capas que se funden entre sí dándole profundidad y complejidad a los distintos comportamientos humanos que evolucionan a partir de una situación tan límite como la de un grupo de mujeres -solidarias pero también competitivas entre sí- en un mundo masculino, que están cerca del frente de batalla de la Guerra de Secesión y se ven en la obligación cristiana de acoger a un soldado enemigo que parece al borde de la muerte. Hora y media de proyección que dan para pasar de la intriga al drama con puntos de comedia y notas de sensualidad y erotismo, y de ahí al suspense y el thriller, demostrando que lo que comenzaba como un aparente relato clásico tiene también una concepción y una factura muy moderna.

Registros varios en los que Colin Farrell demuestra que cuando está bien dirigido es capaz de dar lo mejor de sí mismo y la joven Ellen Fanning deja claro que tiene un gran potencial por delante.  Kirsten Dunst va camino de ser la eterna pero perfecta secundaria, conquistando al espectador cada vez que aparece y aportando a la historia elementos de peso que la mantienen en tensión y la impulsan cuando es necesario. Y Nicole Kidman resulta siempre perfecta, desenvolviéndose como pez en el agua tanto a la hora de interpretar como a la de derrochar fotogenia, no hay quiebro, matiz o dificultad de las muchas que presenta La seducción que ella no sea capaz de resolver con elevada solvencia.

“La rosa tatuada” de Tennessee Williams

Trágica y dramática pero también cómica y divertida. Serafina delle Rose es un huracán que lo invade todo a golpe de carácter, valores católicos y tradición siciliana. Una intensidad que solo se doblega ante el poder de una aparición masculina que reúna presencia física con voluntad amorosa. Uno de los grandes textos de Tennessee Williams y una oportunidad única para cualquier actriz encargada de protagonizarlo.

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La rosa tatuada se presenta como una tragedia sobre una temprana viudedad aumentada por el descubrimiento de la infidelidad, pero tras ella Williams enmascara una historia profundamente humana sobre la necesidad afectiva y el deseo sexual. Y en ambos casos por partida doble, desde la perspectiva protagonista de una mujer ya madura y desde el punto de vista secundario de una joven que desea iniciarse en todas las facetas de la vida adulta.

Tanto un asunto como otro están salpicados de los juicios de valor de la moral cristiana y su amenazadora derivada del qué dirán social, lo que genera buena parte del conflicto tanto familiar de los delle Rose como individual de Serafina. Entre medias una batalla generacional entre madre e hija que Tennessee contextualiza en el ambiente de una pequeña comunidad de origen siciliano –incluyendo sus tópicos sobre la mafia, las formalidades católicas y los segregados papeles del hombre y la mujer- situada en la húmeda y cálida costa cerca de Nueva Orleans. Una climatología que, sin duda alguna, cumple un papel no solo circunstancial, sino también muy simbólico.

El texto tiene como telón de fondo ese costumbrismo en el que rápidamente se desata la tragedia que tras el shock inicial se transforma en un drama árido en el que se para hasta el aire para poco a poco dejar que vaya volviendo la vida. Primero llega el amargor de tener que hacer frente a los deseos de una juventud dispuesta a saltarse las normas de las relaciones con el otro sexo en las que ha sido educada. Con las ventanas ya abiertas entra una luz con un efecto agridulce al hacer patente el efecto negativo que, tanto para el carácter como para el propio cuerpo, tienen tanto el abatimiento interior como la auto imposición de una masoquista introversión. Una tierra agrietada que vuelve a hacerse fértil cuando entra en escena el apuesto y extrovertido Alvaro trayendo consigo una caja de chocolates, tan dulces y sabrosos que se deshacen con solo tocarlos.

Para entonces la comicidad se ha hecho ya un sitio en las páginas de esta obra que hasta entonces ha combinado valiente y brillantemente, pensemos en que se estrena en 1950, sexo –dentro y fuera del matrimonio- y religión –más como código de convivencia social que como guía espiritual-. Y lo ha contrastado salpicándolo de las barras y estrellas de la bandera y los himnos americanos que ondean y suenan en la ceremonia de graduación de la joven Rosa y que representan también tanto el marino de ajustado traje. Otra mención nada sutil a la sexualidad masculina y al deseo femenino, con el que esta quiere intimar, al igual que sus vecinas con los muchos colegas del joven patriota que han inundado la ciudad tras atracar su barco en su puerto.

Un fantástico texto, que al igual que otras creaciones del autor de Out cry o El zoo de cristal, del que es inevitable recordar la brillante adaptación cinematográfica que tuvo pocos años después de su estreno teatral con una brutal Anna Magnani como Serafina della Rosa.

“Reparar a los vivos”

Para que alguien que necesita un corazón lo reciba hace falta que previamente fallezca quien se lo vaya a donar. Ambas situaciones conllevan un drama familiar de difícil enunciación cuya realidad solo conocen los equipos médicos involucrados. Esa energía que se mueve entre unos y otros en unas circunstancias tan difíciles, únicas y rápidas en el tiempo es lo que sabe elaborar y transmitir con suma precisión esta cinta. Mucha sensibilidad y delicadeza en una narración salpicada de momentos de gran lirismo.

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Los primeros minutos son todo ritmo, un joven apuesto de melena rubia deja a su chica durmiendo y él se desplaza por la noche de una ciudad francesa combinando bici y monopatín hasta subirse a un coche en el que junto a dos amigos se desplaza hasta una playa en la que se enfunda en un traje de neopreno y y se lanza al mar a surfear. En ese momento la historia que estaba comenzando a ser proyectada se transforma en una inmersión sensorial que va más allá de la experiencia subacuática de sus protagonistas. Es el primer gancho que Reparar a los vivos lanza al espectador para que este se sienta dentro del torrente emocional que está a punto de comenzar.

A partir de este momento la película deja de verse con los ojos y pasa a ser seguida con los latidos del corazón que se acompasan a la cadencia con que se desarrollan y suceden los acontecimientos. En primer lugar en el hospital en el que asistimos a una serie de secuencias magistrales en las que se combina a la perfección el proceso de estabilización médica con el aviso a la familia, la certificación del diagnóstico con el shock al recibir la crudeza de la información y el momento que confirma que no hay marcha atrás con la propuesta de proceder a la donación de los órganos. La tensión de la situación, la angustia emocional que desprenden los protagonistas –Emmanuelle Seigner llena la pantalla con su madurez actual igual que lo hacía con su belleza hace dos décadas- y la dureza de aceptar que lo que está ocurriendo solo tiene como opción aceptar su final no permiten un segundo de descanso.

Fuera del hospital la realidad es diferente, es calmada y reposada, como la de la resignación de Claire –Anne Dorval enamora a la cámara igual que lo hacía en la Mommy de Xavier Dolan- al asumir que su corazón está en su recta final. La intensidad de la anterior trama torna aquí en un melodrama más convencional, y por ello menos sorprendente, en el que se intuye una carrera profesional truncada, la renuncia a una historia de amor y una maternidad que después de dos décadas de ejercicio sigue siendo para ella la máxima prioridad personal.

Tanto en una historia como en otra, Katell Quillévéré va un paso más allá, se sumerge en la oscuridad emocional de sus tramas, evitando la manipulación sensible y los convencionalismos médicos para hacer que su película resulte veraz y creíble. En su primera parte recuerda vagamente al pasaje hospitalario de la Manuela de Almodovar en Todo sobre mi madre. En la segunda, los personajes tienen tras de sí mucho más de lo que muestran y bien podrían haber sido concebidos por Paul Verhoeven, aunque a buen seguro él los hubiera llevado por otros derroteros.