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“El efecto del aleteo de una mariposa en Japón” de Ruth Ozeki, best seller con aspiraciones

Dos mujeres en diferentes localizaciones y tiempos comunicándose e influyéndose mutuamente en una historia que recoge múltiples aspectos que dan forma y sentido a sus vidas. Un relato bien estructurado, pero descafeinado en su intento de conseguir una atmósfera espiritual a la manera oriental.

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Un buen día, caminando por la playa en una isla del oeste de Canadá en la que vive, Ruth se encuentra una bolsa que en su interior guarda varios elementos: un ejemplar de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust, que tras su portada esconde un diario escrito en japonés, una serie de cartas manuscritas en francés y un reloj de pulsera masculino. De vuelta a su casa inicia la lectura de las páginas que han llegado a sus manos, introduciéndonos así en la historia de Noa, una adolescente nacida en EE.UU., pero trasladada apenas unos meses antes al Japón del que es originaria su familia. Guiados por lo que ha redactado conoceremos algunos de los contrastes del país del sol naciente, como el del el acoso escolar con sus múltiples formas de violencia física y psíquica, y la tradición espiritual de comunicación, mimetización y empatía con el entorno encarnada por la bisabuela Jiko, mujer con 104 años de vida.

Alternando los capítulos que protagonizan cada una de ellas, se combina una doble narrativa. Por una lado, la autobiográfica de Noa al oeste del Pacífico, y por el otro, la de Ruth, residente en tierras norteamericanas y cuyos aconteceres conocemos en tercera persona contados por la autora (que se llame como este personaje que también es escritora, ¿mera coincidencia o hay algo de identificación en ello?). Dos realidades paralelas separadas no solo por una miles de kilómetros, sino también por años en el calendario. Mientras en Japón viven en el 2001 acontecimientos lejanos como el 11-S, en Canadá siguen con gran atención una década después las consecuencias del tsunami que arrasó la costa occidental japonesa en 2011.

En esa distancia geográfico-temporal es donde reside la paradoja sobre la que se construye un relato que se presenta como paralelo y recíprocamente influenciado. Según el planteamiento de Ruth Ozeki, la existencia humana es energía que se materializa en personas, lugares y acontecimientos, pero en algo que supera las coordenadas físicas y la linealidad cronológica. Una idea que va más allá de las simplificaciones que en este lado del mundo hacemos de las distintas corrientes de pensamiento oriental, valga como ejemplo la desacertada traducción en español que se la ha dado al título original de esta novela, A tale for the time being.

Junto a algunos de los asuntos ya señalados, hay otros que se tratan de manera amplia y bien estructurada, como la relaciones entre padres e hijos y las líneas genealógicas que unen varias generaciones, la muerte como una cuestión natural o como una elección (el suicidio), los principios que motivan nuestro proyecto de vida o la actitud que tenemos ante las distintas formas de brutalidad humana (guerras, explotación laboral, prostitución,…) que nos podemos encontrar a lo largo de nuestra biografía.

Lo que no alcanza esa misma altura es el tono de la narración. Intentando adoptar modos orientales en sus descripciones y diálogos, se queda en ese punto intermedio entre lo sencillo y lo simple, lo que impide cuajar una novela que acaba pareciendo una combinación de dos, una para adolescentes con aspiraciones de adultos y un best-seller de los que se pueden encontrar, tal y como indica semejante término, en las estanterías de los más vendidos de muchas librerías.

El efecto del aleteo de una mariposa en Japón, Ruth Ozeki, 2013, Editorial Planeta.

“Cuando caiga la nieve”

Los cruces de caminos son una metáfora más de las muchas que utilizamos para explicar la vida. En multitud de ocasiones nos pasan desapercibidos, pero en otras suponen puntos de inflexión que recordaremos siempre. Esta obra nos traslada a uno de esos momentos, a las historias que confluyeron cuando un desconocido se llevó algo que no era suyo y a todo lo que vino después.

Hay personas que cuando fallecen resultan estar más presentes que cuando vivían. Cuando quien exhala su último suspiro es quien te dio la vida tu interior se pone patas arriba. Lo que dijiste y lo que no, lo que quedó por explicar o preguntar. En las primeras horas y días tras el deceso, cuanto sucede tiene una carga simbólica que parece imposible un después en que la calma vuelva a ser la tónica. Para ello es necesario pasar por el tránsito del entierro o la cremación, opción ésta que suele ir seguida del arrojo de las cenizas en algún lugar de referencia para el difunto. En esos preparativos estaban dos hermanos cuando en un descuido a la hora de cargar todo en el coche, alguien les roba la urna funeraria con los restos incinerados de su padre.

Un drama, pero también una comedia teniendo en cuenta la personalidad y circunstancias de los involucrados y de la cadena de acontecimientos a que darán pie. Javier Vicedo Alós se introduce en cada uno de ellos para, de monólogo en monólogo, relatar la hoja de ruta seguida por la urna y su contenido, así como exponer las diversas reacciones, suposiciones y reflexiones de esas personas ante la extraña manera en que el destino les hace lidiar con una cuestión tan trascendental e imponente como es la muerte.

Con el común denominador de la culpa, unos se afligen por no poder realizar lo que sienten que es su deber, y otros se lamentan por haberse entrometido en un asunto tan íntimo y delicado. Estos últimos con la derivada, además, de verse obligados a reflexionar desde un presente que no les satisface sobre qué sucederá con ellos, con su cuerpo, y cómo será la ceremonia de su descanso, el día que su vida llegue a su fin.

El texto bascula muy bien entre lo anecdótico y lo trascendente, lo pintoresco y lo reflexivo, algo que le permite a Julio Provencio obtener muy buen resultado de sus intérpretes. Tanto de sí mismo, en un papel que tiene tono de narrador, como de Chupi Llorente, con un costumbrismo, gracia y salero que genera empatía y cariño, de Juan Carlos Talavera, con un sarcasmo y realismo que no elude lo patético, y de Efraín Rodríguez, con un personaje que aúna lo delicado y lo emocional con la crónica y la crítica de los contrastes y las incongruencias de la sociedad de nuestro tiempo.

Todo ello con el envoltorio de una puesta en escena en la que convergen con sencillez y belleza lo delicado de lo tratado, la nieve climatológica que circunscribe algunos de los acontecimientos expuestos y la textura pulverulenta que a todos trae de cabeza.

Cuando caiga la nieve, en Sala Teatro Cuarta Pared (Madrid).

“Pampanitos verdes” de Óscar Esquivias

Diez historias que nos introducen en la cotidianidad, en el día a día, en el anecdotario de sus protagonistas. Lecturas inspiradoras por la franqueza, sencillez y transparencia con que están narradas y lo reveladoras que son de las personalidades, temperamentos y trayectorias vitales de los hombres y mujeres que transitan por ellas.

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Me ha vuelto a suceder lo mismo que con Andarás perdido por el mundo. Me da la impresión de que los relatos de Oscar Esquivias están elaborados a partir de una imagen fija, de un retazo perdido de una conversación escuchada en una terraza, de la visión de unos viandantes durante apenas unos segundos desde la ventanilla de un medio de transporte, del instante en que paseando se ha cruzado con alguien que iba en dirección contraria. Algo mínimo pero que le basta para deducir, imaginar o elucubrar el universo que se puede esconder tras esa congelación del tiempo, realidades no ocultas, únicamente esperando su visita para posteriormente ser convertidas en ficción por él.

Personas que podríamos ser cualquiera de nosotros, que nos quejamos en multitud de ocasiones de que no nos ocurre nada interesante ni destacable, pero que lo somos precisamente por eso. Los protagonistas de Pampanitos verdes lo son por lo mucho en común – dudas, sueños, recuerdos, frustraciones, incertidumbres- que tenemos con ellos en infinidad de cuestiones -la muerte, el deseo, el futuro, el despertar sexual-. Una cercanía sentida, además, por la sencillez con que Óscar les describe, la transparencia con que les sigue y la naturalidad con que transmite sus pensamientos y narra sus acciones.

Y aunque algunos de ellos viajan hasta Chicago o viven en Roma, la mayoría de sus singularidades comparten coordenadas en ese cosmos tan particular que es Castilla. Una tierra en la que el que establece las normas pide que los demás se hagan los ciegos y los sordos cuando es él quien no las cumple (la bipolaridad del que se impone como caudillo); en la que se cree que no hablando de un asunto se consigue su no existencia (y el resultado es hacerlo aún más presente); y en la que se es incapaz de considerar otras maneras de disfrutar y sentir que la de uno mismo (viviendo así de espaldas al de al lado). Una actitud que nadie reconoce tener pero que presupongo Esquivias conoce bien como burgalés que es y que aunque está en lo que refleja, no influye en su percepción ni en su manera de relatarlo.

De ahí que, más allá de la comedia o el drama, el costumbrismo o la invención, la representación o la recreación que caracterizan cada uno de estos cuentos, en todos ellos nos encontramos con una mirada empática, siempre amable, respetuosa y considerada con cuantos los habitan. Así, al no caer en la tentación del juicio o la crítica, su punto de vista resulta más amplio y nos ofrece una visión totalmente humana y verosímil. Esto hace que más que historias con principio y final, Pampanitos verdes sea una colección de fragmentos de vida tan interesantes como presuponemos ha de ser lo anterior y lo posterior a lo que nos muestra de ellas.

Pampanitos verdes, Óscar Esquivias, 2010, Ediciones del Viento.

“Mori(r) de amor”, el karaoke de los sentimientos

Un lugar en el que lo festivo es la puerta de entrada a la verdad de uno mismo. En el que puedes revelar lo que te inquieta sin tener que guardar etiqueta alguna. De ahí su contraste y su acierto, la alegría de la música y las luces de colores conviviendo con lo íntimo y sensible, con lo que es difícil de mostrar y compartir.  

Buena parte del encanto del teatro off está en su aparente informalidad. Cuestión que torna en su favor cuando se sirve de ella como prólogo a la historia de la que vas a ser espectador. Así sucede cuando entras en la sala de El Umbral de Primavera y su sencillez escenográfica y disposición de las sillas a modo de patio de butacas torna en lo que podría pasar por un cabaré o una sala de fiestas, pero que resulta ser un karaoke. Que sea lo que tenga que ser. Lo destacable es que automáticamente genera una expectativa compartida entre todos los presentes de música, diversión y energía positiva.  

El comienzo es titubeante, con una Georgina Rey que no sabemos si a la par que la gerente del negocio es también la maestra de ceremonias o la estrella principal del espectáculo. Lo que si deja claro es que no hay cuarta pared porque los allí presentes estamos dentro de la escena y somos susceptibles tanto de ser llamados a intervenir en su devenir como de convertirnos en el medio por el que este encuentre su cauce. Da igual si no somos artistas ni cantantes ni tenemos una gran voz o nos da un miedo horroroso ser el centro de atención, de lo que se trata es de abrirnos a los demás y soltar, abrir, compartir y liberar lo que llevamos dentro sin pudor ni vergüenza, sin necesidad de orden ni concierto.

Así es como de entre los sentados surge Jesús, que ni corto ni perezoso se presta a jugar a lo que quiera que sea este karaoke (en el que no hay directos, sino playbacks) con lo que él trae. La memoria y la ausencia de su madre provocada por la contaminadora crueldad del cáncer. El vacío, el silencio y la tristeza como material que se concreta, desacraliza y humaniza en una doble dualidad. En el drama y la comedia de un personaje y un actor y dramaturgo que se llaman igual. Y en la de un texto que es autoficción.

Con actitud y una maleta cual relicario cargada de símbolos y fetiches que Díaz Morcillo maneja como si se tratara de piezas mágicas con las que conectar con un más allá temporal y espiritual que evoca e invoca con una interpretación ágil en la que lo absurdo y lo disparatado de su tono casan con la serenidad de su relato y la sensatez de su mensaje. Atmósfera con la travesura añadida de un papel secundario encarnado en cada función por un actor o actriz diferente (Clara Garrido, Eva Llorach, Pepe Viyuela, Jorge Usón o Tomás Pozzi han sido algunos de ellos).

La muerte como hecho que humanizar, hito del que ser testigo,  final que asimilar y recuerdo que no rehuir. Las dos máscaras del teatro sobrevolando simbólicamente una propuesta que aúna realidad y evasión, la catarsis sanadora de Jesús y la sonrisa y la emotividad que provoca en su público.

Mori(r) de amor, en El Umbral de Primavera (Madrid).

10 novelas de 2020

Publicadas este año y en décadas anteriores, ganadoras de premios y seguro que candidatas a próximos galardones. Historias de búsquedas y sobre la memoria histórica. Diálogos familiares y continuaciones de sagas. Intimidades epistolares y miradas amables sobre la cotidianidad y el anonimato…

“No entres dócilmente en esa noche quieta” de Rodrigo Menéndez Salmón. Matar al padre y resucitarlo para enterrarlo en paz. Un sincero, profundo y doloroso ejercicio freudiano con el que un hijo pone en negro sobre blanco los muchos grises de la relación con su progenitor. Un logrado y preciso esfuerzo prosaico con el que su autor se explora a sí mismo con detenimiento, observa con detalle el reflejo que le devuelve el espejo y afronta el diálogo que surge entre los dos.

“El diario de Edith” de Patricia Highsmith. Un retrato de la insatisfacción personal, social y política que se escondía tras la sonrisa y la fotogenia de la feliz América de mediados del siglo XX. Mientras Kennedy, Lyndon B. Johnson y Nixon hacían de las suyas en Vietnam y en Sudamérica, sus ciudadanos vivían en la bipolaridad de la imagen de las buenas costumbres y la realidad interior de la desafección personal, familiar y social.

“Mis padres” de Hervé Guibert. Hay escritores a los imaginamos frente a la página en blanco como si estuvieran en el diván de un psicólogo. Algo así es lo que provoca esta sucesión de momentos de la vida de su autor, como si se tratara de una serie fotográfica que recoge acontecimientos, pensamientos y sensaciones teniendo a sus progenitores como hilo conductor, pero también como excusa y medio para mostrarse, interrogarse y dejarse llevar sin convenciones ni límites literarios ni sociales.

“Como la sombra que se va” de Antonio Muñoz Molina. Los diez días que James Earl Gray pasó en Lisboa en junio de 1968 tras asesinar a Martin Luther King nos sirven para seguir una doble ruta. Adentrarnos en la biografía de un hombre que caminó por la vida sin rumbo y conocer la relación entre Muñoz Molina y esta ciudad desde su primera visita en enero de 1987 buscando inspiración literaria. Caminos que enlaza con extraordinaria sensibilidad y emoción con otros como el del movimiento de los derechos civiles en EE.UU. o el de su propia maduración y evolución personal.

“La madre de Frankenstein” de Almudena Grandes. El quinto de los “Episodios de una guerra interminable” quizás sea el menos histórico de todos los publicados hasta ahora, pero no por eso es menos retrato de la España dibujada en sus páginas. Personajes sólidos y muy bien construidos en una narrativa profunda en su recorrido y rica en detalles y matices, en la que todo cuanto incluye y expone su autora constituye pieza fundamental de un universo literario tan excitante como estimulante.

“El otro barrio” de Elvira Lindo. Una pequeña historia que alberga todo un universo sociológico. Un relato preciso que revela cómo lo cotidiano puede esconder realidades, a priori, inimaginables. Una narración sensible, centrada en la brújula emocional y relacional de sus personajes, pero que cuida los detalles que les definen y les circunscriben al tiempo y espacio en que viven.

“pequeñas mujeres rojas” de Marta Sanz. Muchas voces y manos hablando y escribiendo a la par, concatenándose y superponiéndose en una historia que viene y va desde nuestro presente hasta 1936 deconstruyendo la realidad, desvelando la cara oculta de sus personajes y mostrando la corrupción que les une. Una redacción con un estilo único que amalgama referencias y guiños literarios y cinematográficos a través de menciones, paráfrasis y juegos tan inteligentes y ácidos como desconcertantes y manipuladores.

“Un amor” de Sara Mesa. Una redacción sosegada y tranquila con la que reconocer los estados del alma y el cuerpo en el proceso de situarse, conocerse y comunicarse con un entorno que, aparentemente, se muestra tal cual es. Una prosa angustiosa y turbada cuando la imagen percibida no es la sentida y la realidad da la vuelta a cuanto se consideraba establecido. De por medio, la autoestima y la dignidad, así como el reto que supone seguir conociéndonos y aceptándonos cada día.

“84, Charing Cross Road” de Helene Hanff. Intercambio epistolar lleno de autenticidad y honestidad. Veinte años de cartas entre una lectora neoyorquina y sus libreros londinenses que muestran la pasión por los libros de sus remitentes y retratan la evolución de los dos países durante las décadas de los 50 y los 60. Una pequeña obra maestra resultado de la humildad y humanidad que destila desde su primer saludo hasta su última despedida.

“Los chicos de la Nickel” de Colson Whitehead. El racismo tiene muchas manifestaciones. Los actos y las palabras que sufren las personas discriminadas. Las coordenadas de vida en que estos les enmarcan. Las secuelas físicas y psíquicas que les causan. La ganadora del Premio Pulitzer de 2020 es una novela austera, dura y coherente. Motivada por la exigencia de justicia, libertad y paz y la necesidad de practicar y apostar por la memoria histórica como medio para ser una sociedad verdaderamente democrática.

“No entres dócilmente en esa noche quieta” de Rodrigo Menéndez Salmón

Matar al padre y resucitarlo para enterrarlo en paz. Un sincero, profundo y doloroso ejercicio freudiano con el que un hijo pone en negro sobre blanco los muchos grises de la relación con su progenitor. Un logrado y preciso esfuerzo prosaico con el que su autor se explora a sí mismo con detenimiento, observa con detalle el reflejo que le devuelve el espejo y afronta el diálogo que surge entre los dos.

El 12 de junio de 2015 fallecía en Gijón el padre de Rodrigo Menéndez Salmón. Después de 33 años de enfermedad, por fin descansaba. Él y los suyos, diríamos. Pero no su único descendiente, o no de la manera que podríamos suponer. Su hijo comenzó entonces un proceso de búsqueda, análisis, repaso y soliloquio mental que casi un lustro después ha dado como resultado este volumen con presunción de honestidad y sinceridad en el que lo biográfico toma forma literaria y la creación literaria se funde con las memorias personales y familiares.

No entres dócilmente en esa noche quieta no es un ajuste de cuentas ni una elegía. Tiene algo de ambas, pero sería demasiado superficial definirlo como tal. El padre es el inicio, la excusa, el motivo y el hilo conductor para que Rodrigo indague en sí mismo y descubra quién y cómo es, sus lagunas, sus faltas, sus imperfecciones y, sobre todo, sus miedos. Pero no solo los de ahora, los del hombre adulto, maduro y capaz de autogestionarse, sino también los de aquel chaval de diez años que sin tener a donde agarrarse o proyectarse, vio como su vida cambiaba bruscamente tras el infarto de su progenitor. Comenzaba entonces para él una prolongada convivencia con la muerte, presencia que se instaló en su casa de manera permanente amenazando con ejecutar su sentencia en cualquier momento.

Ese es el punto de inflexión que tal y como describe, transmite y ejemplifica con multitud de situaciones, comportamientos, reflejos y respuestas, anuló su niñez, oscureció su adolescencia y tiñó de gris y de neurosis tanto su trayectoria personal y profesional, como su manera de contemplar el mundo y de relacionarse con él.

Su hondo relato, su precisa narración y su claridad argumental traen a la luz al muchacho que creció en aquella atmósfera sin oxígeno y con aquel padre anclado por su diagnóstico médico. Al joven que después huyó de aquella figura que no respondía a lo que esperaba de ella. Al adulto que, sin acercarse en exceso, volvería sin terminar de reconocerla. Y al hombre maduro que con el tiempo, quizás tarde, quizás cuando tocaba, fue capaz de captar, entender e interiorizar las lecciones de vida que tanto la eternidad de esa situación como las luces y las sombras de su padre le habían mostrado y ofrecido.

Anclándose a símbolos y símiles literarios (como el verso de Dylan Thomas del que toma el título, Kafka o Philip Roth), cinematográficos (Interstellar, John Gielgud o Louis Malle), filosóficos (Sócrates, Spinoza, Jean Améry), musicales (Erik Satie, Nirvana, Pearl Jam) y mitológicos (Jano, la isla de Atlántida), Menéndez Salmón bucea entre sus recuerdos y vivencias. Una inmersión en la que establece conexiones nunca antes percibidas y toma conciencia de lo hasta ahora negado, obviado o evitado -y por ello confundido o malinterpretado- para, gracias al poder sanador de la escritura, darle un orden y un sentido en este valiente, desnudo y profundo ejercicio de auto descubrimiento.  

No entres dócilmente en esa noche quieta, Rodrigo Menéndez Salmón, 2020, Seix Barral.

“Bill Viola. Espejos de lo invisible”

La combinación de tecnología, espiritualidad y estética del máximo exponente del videoarte no solo lleva un paso más allá la evolución de las bellas artes, sino también su papel como medio con el que expresarnos e indagar en esas eternas interrogantes, quiénes y cómo somos, a las que no conseguimos dar respuesta.

Más de cuarenta años de trayectoria le han permitido a Bill Viola (Nueva York, 1951) desarrollar una carrera y una obra única en sentido estricto. Basta con ver unos cuantos fotogramas de cualquiera de sus piezas para identificarlas con él y con su muy particular concepción y búsqueda de nuevos registros y sentidos de la imagen, uniendo al uso de la composición, la luz y el color de lo pictórico, el movimiento y el imponente silencio de la dimensión audiovisual.

Tecnología. Espejos de lo invisible es una síntesis de la producción de Viola (desde The reflecting pool, 1977-1979) y de su capacidad para aprovechar las posibilidades artísticas y técnicas de los distintos medios de grabación y reproducción con los que ha trabajado.

Desde lo analógico -con su correspondiente grano y afectación en la calidad de la luz y los colores- y lo digital -dejando atrás la postproducción artesanal para pasar a convertirla en un código de ceros y unos-, desde la reproducción mediante proyección a los terminales con memoria integrada y desde los monitores catódicos hasta las pantallas de alta definición de la serie de los martirios (Earth, Air, Wind, Fire, 2014).

Espiritualidad. A Bill Viola le interesa la esencia del ser humano, aquello que somos antes y después de los códigos sociales, las reglas morales y los valores espirituales. El nacimiento y la muerte. El principio y el fin (Heaven and earth, 1992) frente a frente, combinándose, uniéndose y solapándose en dos imágenes que se miran, pero que también se reflejan, hasta el punto de contenerse mutua y recíprocamente.  

Y entre uno y otro punto, ¿qué media? ¿Por qué etapas pasamos? ¿Qué tienen en común y qué diferente la infancia, la juventud y la madurez que reflejan las mujeres de Three Women (2006)? ¿Qué nos dice que ha llegado nuestro momento y qué que debemos esperar o pasar a un segundo plano? ¿Qué nos enlaza? ¿El hecho humano en sí o el biológico entendido como la genética que nos vincula emotivamente?

La ausencia de palabras, el silencio de sus proyecciones, hace que nos planteemos bajo qué filtro nos acercamos a sus propuestas y, por extensión, al mundo en el que vivimos. ¿Por qué Ablutions (2005) nos hace pensar en un ritual de pureza de religiones como el Islam o el catolicismo? ¿Dónde situaríamos los seis minutos de Basin of Tears (2009)? ¿En la filosofía zen por la indumentaria de sus protagonistas? ¿En el valle de lágrimas del cristianismo al que podríamos derivar por su título?

Estética. La oscuridad y la carnalidad del barroco está en muchas de sus piezas, especialmente en aquellas en las que la luz, a la manera de Caravaggio, tiene como único fin destacar, perfilar y tridimensionalizar la figura humana. Un logro aumentado tanto por la estaticidad de sus modelos -apenas el parpadeo de su mirada en casos como el de The Quintet of the Astonished (2000)- como por la proyección a cámara lenta y por un fondo que más que sugerido, es intuido.

También hay lugares, escenografías y decorados que remiten a la delicada humildad de los interiores de Zurbarán (Catherine’s room, 2011), con detalles y recursos en los que podemos presuponer, imaginar o antojar a la madre de James Whistler, la cotidianidad de Vermeer o, incluso, las ramas de los almendros en flor de Van Gogh.

Las dos mujeres y el hombre de Anima (2000) evocan la manera de analizar y destacar a los retratados en el Renacimiento, estilo que enmarca también el pódium y la triada protagonista de Study for Emergence (2009) sobre un azul que nos permitiría enlazar con las madonas de Rafael, con la Capilla Sixtina de Miguel Angel o con tantos otros.

Pero más allá del óleo, Viola fija también su ojo en los paisajes infinitos, en horizontes que se pierden en un más allá que lo mismo pueden ser el inicio de un encuentro (The Encounter, 2012) que de una separación de rumbos (Walking on the Edge, 2012). Miradas que más que al óleo, remiten en lo pictórico a la acuarela, a las aguadas que sobre el papel -o la pantalla en su caso- convierten en una experiencia emocional la sobrexposición lumínica de visiones desérticas como la de Chott el-Djerid (A Portrait in Light and Heat, 1979).

Bill Viola. Espejos de lo invisible, en Espacio Fundación Telefónica (Madrid), hasta el 17/05/2020.

10 películas de 2019

Grandes nombres del cine, películas de distintos rincones del mundo, títulos producidos por plataformas de streaming, personajes e historias con enfoques diferentes,…

Cafarnaúm. La historia que el joven Zain le cuenta al juez ante el que testifica por haber denunciado a sus padres no solo es verosímil, sino que está contada con un realismo tal que a pesar de su crudeza no resulta en ningún momento sensacionalista. Al final de la proyección queda clara la máxima con la que comienza, nacer en una familia cuyo único propósito es sobrevivir en el Líbano actual es una condena que ningún niño merece.


Dolor y gloria. Cumple con todas las señas de identidad de su autor, pero al tiempo las supera para no dejar que nada disturbe la verdad de la historia que quiere contar. La serenidad espiritual y la tranquilidad narrativa que transmiten tanto su guión como su dirección se ven amplificadas por unos personajes tan sólidos y férreos como las interpretaciones de los actores que los encarnan.

Gracias a Dios. Una recreación de hechos reales más cerca del documental que de la ficción. Un guión que se centra en lo tangible, en las personas, los momentos y los actos pederastas cometidos por un cura y deja el campo de las emociones casi fuera de su narración, a merced de unos espectadores empáticos e inteligentes. Una dirección precisa, que no se desvía ni un milímetro de su propósito y unos actores soberbios que humanizan y honran a las personas que encarnan.

Los días que vendrán. Nueve meses de espera sin edulcorantes ni dramatismos, solo realismo por doquier. Teniendo presente al que aún no ha nacido, pero en pantalla los protagonistas son sus padres haciendo frente -por separado y conjuntamente- a las nuevas y próximas circunstancias. Intimidad auténtica, cercanía y diálogos verosímiles. Vida, presente y futura, coescrita y dirigida por Carlos Marques-Marcet con la misma sensibilidad que ya demostró en 10.000 km.

Utoya. 22 de julio. El horror de no saber lo que está pasando, de oír disparos, gritos y gente corriendo contado de manera magistral, tanto cinematográfica como éticamente. Trasladándonos fielmente lo que sucedió, pero sin utilizarlo para hacer alardes audiovisuales. Con un único plano secuencia que nos traslada desde el principio hasta el final el abismo terrorista que vivieron los que estaban en esta isla cercana a Oslo aquella tarde del 22 de julio de 2011.

Hasta siempre, hijo mío. Dos familias, dos matrimonios amigos y dos hijos -sin hermanos, por la política del hijo único del gobierno chino- quedan ligados de por vida en el momento en que uno de los pequeños fallece en presencia del otro. La muerte como hito que marca un antes y un después en todas las personas involucradas, da igual el tiempo que pase o lo mucho que cambie su entorno, aunque sea a la manera en que lo ha hecho el del gigante asiático en las últimas décadas.

Joker. Simbiosis total entre director y actor en una cinta oscura, retorcida y enferma, pero también valiente, sincera y honesta, en la que Joaquin Phoenix se declara heredero del genio de Robert de Niro. Un espectador pegado en la butaca, incapaz de retirar los ojos de la pantalla y alejarse del sufrimiento de una mente desordenada en un mundo cruel, agresivo y violento con todo aquel que esté al otro lado de sus barreras excluyentes.

Parásitos. Cuando crees que han terminado de exponerte las diversas capas de una comedia histriónica, te empujan repentinamente por un tobogán de misterio, thriller, terror y drama. El delirio deja de ser divertido para convertirse en una película tan intrépida e inimaginable como increíble e inteligente. Ya no eres espectador, sino un personaje más arrastrado y aplastado por la fuerza y la intensidad que Joon-ho Bong le imprime a su película.

La trinchera infinita. Tres trabajos perfectamente combinados. Un guión que estructura eficazmente los más de treinta años de su relato, ateniéndose a lo que es importante y esencial en cada instante. Una construcción audiovisual que nos adentra en las muchas atmósferas de su narración a pesar de su restringida escenografía. Unos personajes tan bien concebidos y dialogados como interpretados gestual y verbalmente.

El irlandés. Tres horas y medio de auténtico cine, de ese que es arte y esconde maestría en todos y cada uno de sus componentes técnicos y artísticos, en cada fotograma y secuencia. Solo el retoque digital de la postproducción te hace sentir que estás viendo una película actual, en todo lo demás este es un clásico a lo grande, de los que ver una y otra vez descubriendo en cada pase nuevas lecturas, visiones y ángulos creativos sobresalientes.

“Hasta siempre, hijo mío”

Dos familias, dos matrimonios amigos y dos hijos -sin hermanos, por la política del hijo único del gobierno chino- quedan ligados de por vida en el momento en que uno de los pequeños fallece en presencia del otro. La muerte como hito que marca un antes y un después en todas las personas involucradas, da igual el tiempo que pase o lo mucho que cambie su entorno, aunque sea a la manera en que lo ha hecho el del gigante asiático en las últimas décadas.

Desde las primeras secuencias Hasta siempre, hijo mío deja claro que su propuesta no es solo narrativa, sino también emocional. No solo te cuenta qué sucede, sino que te traslada la atmósfera en la que se producen los acontecimientos que relata y la que estos generan. Puede parecer que algunas secuencias se alargan en exceso, pero en el momento en que te percatas del objetivo de Wang Xiaoshuai, cuanto se proyecta te resulta tan lógico como hermoso e hipnótico.

Esto nos lleva a darnos cuenta de que su cinta no combina dos historias, una privada, qué sucede tras el ahogamiento del joven protagonista, y una pública, la evolución económica y social de China desde los años 80 hasta hoy. La segunda ejerce un papel fundamental en la primera, no solo marcando sus coordenadas temporales y geográficas, sino también el carácter, el comportamiento y hasta muchas de las posibilidades vitales de sus protagonistas, tal y como hacía -y sigue haciendo- con la vida de cientos de millones de personas.

Un ambicioso fresco, perfectamente mostrado, que va desde la organización comunitaria de la vida laboral y personal de los trabajadores en las grandes fábricas en la que está marcado hasta qué poder hacer en el tiempo libre, a la eclosión del urbanismo de rascacielos, avenidas transitadas por coches de última generación, grandes aeropuertos y viviendas construidas con materiales de primera calidad. Un cambio radical que, sin embargo, queda en segundo plano en la vida de Yaoyun y Liyun cuando muere su hijo. Desde ese momento el dolor y el silencio lo llena todo, no solo les aísla y les traslada a cientos de kilómetros, sino que, incluso, les abstrae melancólicamente del mundo real, de las relaciones, el contacto y el diálogo con los demás.

Pero la película no se queda ahí, en las primeras consecuencias, sino que profundiza en ello y expone con sumo respeto cómo se actúa y se vive, incluso pasados los años, cuando el vacío impuesto por el destino -y las normas totalitarias del régimen comunista- se instala de manera permanente en la cotidianidad exterior y en el ánimo interior de quienes han visto eliminados de un plumazo sus roles de padre y madre hacia un tercero, y de integrantes de una familia ahora incompleta. Un universo desconocido para quien no se haya visto obligado a recorrerlo y en cuya profundidad Xiaoshuai se sumerge con total valentía para traernos hasta la superficie un relato cuya delicada y acertada exposición hace que resulte sublime.

Un círculo completo en el que queda claramente expuesto el rol y evolución de cada uno de los personajes, las relaciones -grupales e individuales- que mantienen en la constelación perfectamente diseñada que conforman, así como las múltiples formas que adquiere la vida para, a pesar de todo y aunque muchas veces ellos no lo sepan, no se percaten de ello o no quieran aceptarlo, mantenerles unidos.

“Cabalgando con la muerte” (Jean-Michel Basquiat, 1988)

Pocos meses antes de su muerte a los 27 años de edad, Jean Michel realizaba esta obra que siendo fiel a su estilo, se alejaba de muchas de sus señas de identidad. Una imagen premonitoria de lo que sucedería el 12 de agosto de ese año a causa de una sobredosis de heroína.

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Cuando muchos aún están intentando conseguir un primer reconocimiento, este neoyorquino del Bronx, de padre haitiano y madre puertorriqueña, ya era alguien cotizado que había expuesto tanto en su país como en Europa, colaborado largamente con autores como Andy Warhol, además de alabado por la crítica que al hablar de él hacía referencia a nombres anteriores como Dubuffet o Twombly o clásicos de la categoría de Durero, Leonardo da Vinci, Caravaggio o Van Gogh.

Quizás sea una de sus creaciones más sencillas. Dos figuras apenas trazadas, sin intervención tipográfica ni añadidos a modo de collage, sobre un fondo indefinido de 249 x 289.5 cm. No aparecen tampoco sus conocidas coronas ni sus característicos trazos angulosos. La gama cromática es muy reducida. El negro para los contornos, el hombre que suponemos es él aparece rellenado de manera imperfecta de granate, y el animal sobre el que cabalga de blanco. Podríamos suponer que es un caballo por la primera palabra del título o por la composición que nos evoca a reyes y emperadores de siglos atrás. Podría ser incluso otro ser humano a cuatro patas, de rodillas, dominado por quien está sentado sobre su espalda.

Pero sea quien sea, la calavera de su rostro, la toxicidad de su mirada deja claro que esto no es un juego ni una pose. Lo que Basquiat nos muestra es un camino de ida sin marcha atrás. No queda otra que seguir hasta diluirse, derrumbarse, caer o estamparse fatalmente contra el final. A lo siete años fue atropellado por un coche, desde entonces, la idea de que la muerte podía hacer acto de presencia de manera inminente, en cualquier momento, le rondó siempre en su mente.

Quizás por eso decidió adelantarse a ese momento y ser él quien lo dirigiera. Para que no le pasara como a otros cuyas vidas había visto arrasadas por el SIDA o por el crack y la heroína que tantos estragos habían causado en su Nueva York natal. Esa ciudad cuyos museos visitaba de la mano de su madre cuando era niño y en cuyas paredes descubrió años después que ninguno de sus autores era de piel negra. Como sí lo era la de las personas sobre las que los uniformes de policía solían ejercer su poder, las que desempeñaban los puestos de trabajo peor pagados y la mayoría de los que veía dormir en la calle.

Callejero en el que comenzó a desenvolverse con apenas 18 años, firmando como SAMO (Same Old Shit)y de donde cogió el hábito de convertir cualquier soporte en superficie sobre la que contar lo que bullía en su mente. Ya fuera relativo a la música de todo tipo que escuchaba sin fin, al boxeo, a los referentes culturales traídos por los antepasados esclavos desde África o a cuanto le fuera útil del torbellino de imágenes a que estaba sometido cualquier individuo (televisión, revistas, videojuegos, publicidad, cine,…). Y de una manera completamente novedosa, que vista desde la digitalización de nuestro hoy resulta visionaria por la cohesión con que manejaba la amalgama de recursos de que se servía y la infinitud de significados que era capaz de utilizar, unir y conseguir.

Por eso mismo impacta sobremanera este Cabalgando con la muerte con que termina el recorrido formado por 130 obras suyas con que la Fundación Louis Vuitton repasa su trayectoria. Porque demuestra que con poco era capaz de conseguir tanto como con mucho y, sobre todo, porque no habla de su entorno, su lugar o su comunidad, sino única y exclusivamente de él, de un Jean-Michel Basquiat que de tanto querer comerse la vida, estaba próximo a aniquilarse a sí mismo.

Jean-Michel Basquiat en Fundación Louis Vuitton (París) hasta el 21 de enero de 2019.