Archivo de la etiqueta: Mitología

“Juicio a una zorra” de Miguel del Arco

Su belleza fue el salvoconducto con el que Helena de Troya contó para sobrevivir en un entorno hostil, pero también la condena que hizo de ella un símbolo de lo que supone ser mujer en un mundo machista como ha sido siempre el de la cultura occidental. Un texto actual que actualiza el drama clásico convirtiéndolo en un monólogo dotado de una fuerza que va más allá de su perfecta forma literaria.

JuicioAUnaZorra

Helena de Troya nos cuenta su vida a lo largo de doce escenas que son como los doce meses del año o las doce estaciones del via crucis, un viaje que nos devuelve una y otra vez al punto de partida, pero constatando que en ese momento ya no somos quienes éramos, que ya no tenemos nada que ver con quienes fuimos. Así es el viaje biográfico, el vaciado emocional que esta mujer, derrotada por todo lo que le ha sucedido, realiza a lo largo de estas páginas que tan brillantemente ha encarnado Carmen Machi en cada función desde que fuera estrenado en el Festival de Teatro Clásico de Mérida en el verano de 2011.

Esta zorra es mucho más que una puesta al día de una serie de mitos clásicos. Los explica y los relaciona, sí, pero esa no es más que la excusa para conocer las mil formas de maltrato y vapuleo que ha sufrido el corazón, el cuerpo y la dignidad de esta mujer. La violación la marcó antes de que naciera ya que fue concebida de esta manera tan vil, a los nueve años fue raptada y abusada y a los catorce casada con un hombre que la asumió como el peaje necesario para acceder al poder del trono de Esparta. Solo huyendo pudo soñar con un futuro basado en el amor que sentía por Paris, pero la tragedia la siguió hasta Troya generando una guerra que la utilizó como excusa para ser iniciada y prolongarse durante dos décadas de barbarie.

Un historial que Helena expone ante su padre celestial, Zeus, y el público al que pide que la juzgue, llena de rabia, bilis y despecho, pero también sin tapujos. Con la sinceridad de quien no tiene nada que esconder y la honestidad de quien no siente vergüenza de sus imperfecciones, errores y miserias. Con el valor de quien se atreve a poner en duda las verdades establecidas, no dejándose edulcorar por la belleza formal de los mitos y la atracción de su simbolismo. Injusticias que ensalzan a unos y hunden a otros condenándoles al ostracismo y la oscuridad desde la que ella nos habla.

Algo que no hace solo ella, sino también Miguel del Arco a lo largo de todo su texto destacando la falta de humanidad que hay tras la fachada de heroísmo, bravía y superación con que se presenta el protagonismo masculino de nuestra historia desde tiempos pretéritos. Siglos en los que la mujer no ha tenido más opción que ser para los suyos la hija obediente, la esposa abnegada y la madre entregada y aceptar que los contrarios la convirtieran en una víctima o un trofeo del duelo varonil. Hartazgo, cansancio y queja que tan brillantemente manifiesta, refleja y expone su Helena de Troya.

A propósito de las “Invitadas” del Museo del Prado

Después de dos horas de visita disfrutando con esta exposición sobre cómo el mundo de la pintura fue de 1833 a 1931 un espejo de las maneras del heteropatriarcado de la sociedad de entonces, y el escaso hueco que las mujeres pudieron hacerse en él, seguí reflexionando sobre cuánto de lo que había visto y leído sigue vigente en nuestra actualidad.

Falenas, Carlos Verger, 1920 (fragmento).

El mundo de las bellas artes no es la única parcela creativa en la que los hombres han hecho de todo por anular a las mujeres. Desde negarles la formación o la participación en exposiciones, no considerar su valía ni la excelencia de sus trabajos, o cuando la autoría de las obras no estaba clara, dar por hecho que esta correspondía a uno de ellos. Algo así, y aunque sea aplicado a la literatura, a coordenadas anglosajonas y a un marco temporal más amplio, es lo que contaba Joana Russ en 1984 en su ensayo Cómo acabar con la escritura de las mujeres.

Como personajes se las ha caricaturizado (valga como ejemplo Juana I de Castilla en lo político) y si nos fijamos en universos como el de la mitología, hemos justificado con nuestro lenguaje épico y heroico el comportamiento y la actitud del hombre. He ahí el mito de Dafne, a quien no le quedó otra que convertirse en un árbol de laurel para evitar que Apolo ¿se apropiara? de su cuerpo. Frente a la visión condescendiente que hemos leído y escuchado una y mil veces, considérese cómo cambia este episodio al ser narrado desde un punto de vista como el de Irene Vallejo.

La reina doña Juana la Loca recluida en Tordesillas con su hija, la infanta doña Catalina, Francisco Pradilla y Ortiz, 1906

Cuando se trata la prostitución se pone el foco en ellas, culpándolas y castigándolas con el desprecio social mientras que ellos, incluso en estas situaciones, suelen aparecer como caballeros galantes. Muchos años después seguimos con prejuicios similares. Incluir la sexualidad en los currículos educativos es casi un tabú, por no habla de poner el foco en el papel proxeneta que los denominados clientes y empresarios del gremio tienen en la oscuridad, violencia y alegalidad de esta actividad. Sin olvidar que quienes más conocen de este asunto, ellas, no son escuchadas como debieran (tal y como denunciaba Prostitución, reciente montaje teatral).

La bestia humana, Antonio Fillol, 1897.

Rostros de niñas, pero cuerpos desnudos con actitud insinuante. Esclavas con un pecho al aire. Tentadoras con curvas sinuosas. ¿A qué nos suena? A cantidad de imágenes fijas y audiovisuales, publicidad y cine, donde el canon impone que ellas tienen que ser belleza, sexo y sugerencia interpretando roles, desplegando actitudes y adoptando poses ficticias. ¿Sucede lo mismo en el caso masculino? ¿Hay consolidado, en ese caso, un referente literario como la Lolita de Nabokov, un estilo fotográfico tan marcado como el de las marcas de lujo o grupos de personajes como las impuras demoníacas que ofrecían a San Antonio lujuria, poder y riqueza?

Inocencia, Pedro Sáenz, 1899.

Otro tanto sucede con los arquetipos de la apariencia. Por un lado, la mujer castiza, encarnación de la identidad, la tradición, los principios y las buenas costumbres de la nación, con asuntos propios al margen de los económicos y políticos que eran “cosas de hombres”. Por otro, las maniquíes de lujo, las abanderadas de las nuevas estéticas y los comportamientos lúdicos asociados a estas. Unas y otras con sus correspondientes vestuarios, complementos y miradas al espectador. ¿No es así como siguen catalogando hoy muchos medios de comunicación a las que ejercen cargos políticos, empresariales o de cualquier otra clase?

Una manola, Ignacio Zuloaga, 1913 y María Hahn, Raimundo de Madrazo, 1901

En cuanto a la censura que sufrieron algunas obras por considerarse moralmente irrespetuosas o explícitamente groseras. ¿Guarda esto similitud con el bloqueo de las redes sociales a las publicaciones que incluyen reproducciones de desnudos artísticos? ¿O con los tapados momentáneos a que son sometidos determinadas representaciones en su lugar de origen para no herir la sensibilidad de visitantes adinerados y poderosos de otras culturas?

La jaula, José María López Mezquita, 1912-14

Como anecdotario, el fondo negro de La Mona Lisa copiada por Emilia Mena en 1847 (Patrimonio Nacional) nos retrotrae al tiempo anterior a que esta supuesta hermana menor de La Gioconda recuperara su paisaje en la restauración que se le realizó entre 2011 y 2012. La composición de las figuras de Adán y Eva con el fondo arbolado en El primer beso de Salvador Viniegra (1891) me recordó a la novia lorquiana cual Pietà, con Leonardo en sus brazos, de la película de Paula Ortiz (2015).

El primer beso, Salvador Viniegra, 1891.

Para finalizar, y ahora que el Museo del Prado ha contado cómo durante el período 1833-1931 las mujeres no tuvieron la oportunidad de participar en la definición y ejemplificación del canon artístico, ¿corregirá su propia versión de este? Sería difícil de comprender que este discurso no fuera integrado en el más amplio de su permanente. No se trata de enmendarlo, sino de ampliarlo. ¿Debiera implicar también una revisión de los textos de su enciclopedia y de las cartelas explicativas que podemos leer actualmente en sus salas tal y como han hecho otras instituciones como el Rijksmuseum? ¿O sucederá como con las alusivas al testimonio LGTB que lucieron en 2017 la treintena de pinturas, dibujos y esculturas que formaron el recorrido La mirada del otro y que desaparecieron tras el fin del WorldPride Madrid? Curiosa coincidencia que Rosa Bonheur sirva de enlace entre aquella y esta muestra.

El cid, Rosa Bonheur, 1879.

La exposición (131 obras distribuidas en 17 secciones), comisariada por Carlos G. Navarro, queda cerrada con estas palabras de Emilia Pardo Bazán (Memorias de un solterón, 1896) que me parecen de lo más acertadas: “Solo aspiro a gozar de la libertad… no para abusar de ella en cuestiones de amorucos…, sino para interpretarme, para ver de lo que soy capaz, para completar, en lo posible, mi educación, para atesorar experiencia, para…, en fin, para ser algún tiempo y ¡quién sabe hasta cuando!… alguien, una persona, un ser humano en el pleno goce de sí mismo”. El derecho a la libertad como paso previo a la igualdad de oportunidades.

Invitadas. Fragmentos sobre mujeres, ideología y artes plásticas en España (1833-1931), Museo del Prado, hasta el 14 de marzo de 2021.

“Roma, peligro para caminantes” de Rafael Alberti

Tras comenzar a residir en ella en 1963, Alberti fijó su vivencia y experiencia de la ciudad eterna en esta creativa, inteligente y evocadora colección de sonetos, versos sueltos, escenas y canciones. Rápidamente imbuido en la dinámica de su imagen histórica y artística y el ritmo y la cotidianidad de su costumbrismo, sus estrofas nos trasladan hasta un tiempo pasado que aúna la dolorosa vivencia del exilio con la gozosa experiencia de habitar en unas coordenadas siempre sugerentes y estimulantes.

Después de 24 años de exilio en Argentina, Alberti se trasladó a la capital italiana, donde permaneció hasta 1977, fecha en que volvería a España. Su primera residencia estuvo en el número 20 de la calle Monserrato, dirección que da título al poema que inicia este fascinante conjunto. Con los ojos bien abiertos, fascinado por cuanto se encuentra al pisar la calle y dejarse llevar por su enrevesado trazado, Rafael da fe de que la experiencia de Roma es mucho más que lo que relatan los libros. Su desbordante energía se inocula en su pensar y la monumentalidad de su poderío estético se apropia de su alma, aunque sin pedirle que deje de ser quién es ni olvide de dónde viene.

En sus dos bloques de diez sonetos, el poeta fija cuanto observa en versos guiados unas veces por una sensible percepción sensorial, otras por su aguda educación humanista y todas las demás por una lúcida y divertida combinación de ambas. Se sirve de lo aparentemente vulgar (la basura, las meadas, los olores) y cotidiano (los mercados, los gatos callejeros) que el neorrealismo había convertido en algo pintoresco, para trasladarnos hasta la realidad de un presente en que lo mundano convive con el legado de la Historia y la mitología simbolizado por efigies escultóricas de personajes como Giordano Bruno o Pasquino.  

Entre ambos grupos, una serie de creaciones libres que describen y definen la ciudad ruidosa, aparentemente religiosa y profundamente teatral que buscamos cuando la visitamos y que invocamos cuando la recordamos. Historias e imágenes con las que nos transmite el callejero mental de emociones, sensaciones y evocaciones que se construye en su cabeza, formado tanto por lugares concretos (Porta del Popolo, el castillo Sant’Angelo, el Trastevere en el que también residió), como por personajes (las parejas de enamorados, los jóvenes pillos y las mujeres seductoras) y lugares (los puentes sobre el Tíber y las fuentes por doquier) definitorios de su tipismo y su urbanismo.

Construcciones con las que Alberti también se muestra interiormente. Deja clara la jocosidad con que vive su ateísmo, su goce con las reuniones de amigos (mejor si son regadas con vino) y la melancolía que le produce la soledad. Sin practicar el discurso político, exterioriza los motivos de su exilio, reivindica la cultura de la que proviene (Lope, Góngora, Quevedo, Cervantes, Valle Inclán…) y se refiere con admiración a los creadores que antes que él residieron en esta ciudad (John Keats, Miguel Angel). Entusiasmo que hace extensivo a los ocho artistas y también amigos (Bruno Caruso, Guido Strazza…) contemporáneos a los que les dedica de manera individual los poemas con nombre con que cierra este fantástico trabajo.

Roma, peligro para caminantes, Rafael Alberti, 1968 y 1974, Seix Barral.

La Trilogía del Baztán, entretenida intriga de Dolores Redondo

En el corazón de uno de los valles más hermosos de Navarra se encuentra una fuerza misteriosa que, además de asesinar a niñas y mujeres, parece tener en su punto de mira a la inspectora Salazar. Su investigación policial, sus vivencias personales y su historia familiar conforman un triángulo cuyos tres lados albergan también una intriga correctamente planteada, una exposición pedagógica sobre mitología euskaldún y un intento de saga literaria que sin llegar a brillar, resulta una lectura amena y entretenida.

baztán.jpg

No hace falta recurrir a autores escandinavos ni al americano Dan Brown para sumergirnos en argumentarios sobre comportamientos perversos de la mente humana, introducirnos en los métodos de investigación de los cuerpos y fuerzas de seguridad de distintos países y darnos unos cuantos apuntes prácticos sobre anatomía forense. También hay productos literarios en español que nos prometen buenas dosis de suspense, acción y acontecimientos cuya lógica escapa a nuestra razón pero que podemos llegar a comprender si conocemos todas las piezas que durante largo tiempo se han cocinado para unirse hasta darles forma y resultado en forma de cadáveres.

Dolores Redondo es un ejemplo patrio de ello, se ha documentado acerca de todos estos asuntos y los ha dispuesto en una línea temporal en la que van confluyendo en el presente de Amaia Salazar,  inspectora jefe de homicidios de la Policía Foral de Navarra. Una mujer que no solo es una capaz e inteligente profesional, sino también alguien con una biografía y un sistema familiar que tiene mucho que ver con aquello a lo que ha de hacer frente en su siempre arriesgada profesión.

A medida que profundizamos en las herramientas que esta joven, valiente y decidida mujer utiliza en su trabajo, se nos presenta otra visión de la realidad, aquella que sigue las reglas no escritas de las creencias espirituales. Esas que no son solo una cuestión antropológica, sino que tienen que ver también con la adoración de lo sagrado mediante prácticas religiosas no convencionales. Unas cuestiones –las policiales y las lógicas- y otras -las espirituales e irracionales- que se irán acercando más y más a medida que se resuelven los distintos homicidios que se suceden en el valle del Baztán o guardan una extraña relación con él. Así es como el cierre de cada caso, de la identificación de cada asesino, será también el principio de la siguiente investigación y, por tanto, el motivo del siguiente tomo de esta trilogía en un lugar en el que la naturaleza –bosques frondosos y de difícil acceso, cuevas en lugares remotos, ríos caudalosos- y la climatología -días de lluvia sin parar, nevadas que bloquean carreteras, frío invernal que parece no tener fin- juegan un papel fundamental.

Una serie que se inicia con un thriller más convencional y con gran peso argumental de la mitología vasca, El guardián invisible, que entra en el terreno de lo oscuro y más difícil de definir con Legado en los huesos y alcanza lo esotérico y lo demoníaco en Ofrenda en la tormenta. Tres volúmenes que pueden considerarse independientemente, pero que realmente conforman una unidad. No solo hay una línea narrativa que los enlaza, sino que presenta también una evolución en la biografía de los personajes comunes a los tres y una sucesión cronológica entre los acontecimientos de distinta índole –las relaciones de pareja, los acontecimientos familiares que se van conociendo, los vínculos entre víctimas y sospechosos de cada sumario con los anteriores- que se dan en ellos.

La primera entrega resulta fresca y fluida, engancha con su misterio y la presentación –siempre con un punto velado, de algo que se oculta inquietantemente- de sus protagonistas, incluyendo de manera muy natural acontecimientos que sin tener sentido aparente, resultan creíbles. En la segunda, Legado en los huesos, todo –lo personal y lo profesional, lo dinástico y lo social- resulta muy esquemático, parece responder más a un plan para contar algo que parece previamente trazado, dando la sensación de que la escritura es más un ejercicio con el que dar forma a algo cuya ruta y destino ya está decidido. Así es como la última parte de la trilogía parece más que una entrega en sí, la prolongación de una segunda parte que solo se cerró en apariencia y que aquí se lleva, esta vez ya sí, a su verdadero final.

Podría ser que Amaia Salazar diera más de sí de en el futuro, hay base para ello. Pero está claro que tendría que ser con otra línea argumental y exponiendo otras facetas de su vida personal y profesional  que aquí apenas hemos conocido. Habrá que esperar y ver qué decide sobre ello Dolores Redondo.

Una gran “Medea” a pesar de su contención

El texto de Vicente Molina Foix es bueno y Ana Belén está fantástica. Dándole la réplica, una gran Consuelo Trujillo, encabezando el resto del reparto. El saber hacer y la presencia de todos ellos resuelve de manera solvente el reto de darle brillo a una puesta en escena limitada por una dirección que ha optado por limitar los registros vocales y el movimiento sobre las tablas de sus actores. Una función sobre el orgullo, el poder y los vínculos que nos unen, no solo en los buenos momentos, sino aún más, en los malos.

ana-belen-Medea.jpg

Esta es la historia de una mujer que es testigo de como Jasón, su marido, la deja de lado para unirse a otra, que no solo es más joven, sino que también le va a permitir sellar una alianza política con la que consolidar su poder. La humillación no es únicamente hacerla sentirse vieja e inútil, sino además, verse abandonada y físicamente desterrada una vez que deje de ser su esposa y él materialice su nuevo matrimonio. Ese vacío personal al que se ve abocada Medea desata en ella unas ansias de venganza sin límite alguno. Ante su destrucción, ella desata su fuerza. A su muerte en vida, responde arrasando la vida ajena.

Con la promesa de semejante tragedia griega como argumento y una actriz tan solvente como Ana Belén, uno espera asistir a una atmósfera revuelta, ruidosa y enmarañada de sensaciones que haga suyos a cuantos estén sentados en el patio de butacas. Sin embargo, con esta Medea lo que se experimenta es una excesiva contención que desde el lado del espectador resulta dura, excesivamente fría. Se escatima todo aquello que podría hacer que lo que se vive sobre las tablas descienda hasta los que están deseosos de verse involucrados en ese mundo de oscuros intereses y motivaciones, de mitologías convertidas en realidades humanas.

Los movimientos en escena son muy medidos, las figuras humanas parecen casi parte de la escenografía, cediendo incluso protagonismo a unas proyecciones sobre símiles marinos y el influjo lunar como intentos de aportar un sentido lírico a lo que está ocurriendo. Quizás funcionaron eficazmente en el teatro romano de Mérida, donde se estrenó este montaje el verano pasado, pero lo que estas aportan en el Teatro Español se hubiera podido conseguir, de igual o incluso más efectiva manera, con una gama de registros y detalles interpretativos de sus actores más amplia. Esta es la constante que se experimenta escuchando a Medea y a todos los que conviven con ella en este pequeño lugar cargado de desaires, ambiciones desmedidas y anhelo de resarcimiento. Entendemos que está pasando y qué se siente por lo que dice el texto, pero no por el lenguaje corporal de los que lo interpretan. Nos llega lo que acontece porque realizamos el ejercicio de procesar las palabras de Vicente Molina Foix, pero no porque José Carlos Plaza nos las transmita con su puesta en escena.

Quizás algo premeditado para poner de relieve la capacidad interpretativa de Ana Belén, que sin apenas moverse y con un reducido registro tonal construye una mujer que es un cúmulo de femineidad y animalidad, inteligencia racional y visceralidad sin parangón. Todo un reto para cualquier compañero que haya de compartir escenario y diálogos con ella, alguien que con solo estar, con su mera presencia física ya emana la historia y personalidad de su personaje. Sin embargo, Consuelo Trujillo demuestra que más allá de esa primera línea de intérpretes mediáticos, también hay actores y actrices dotados de una capacidad asombrosa para arrastrarnos a mundos, escenarios y acontecimientos que de su mano se convierten en verosímiles. Un lugar, como este de Medea, de difícil acceso y a cuyas puertas nos llevan para ver lo que sucede en su interior, pena que aquellos que han dispuesto de su creación escénica no nos dejen entrar en él.

anaBelen.jpg

“Medea”, en el Teatro Español (Madrid).

Angustia, temor y desesperación, la conmoción de “Las Furias. De Tiziano a Ribera”

00.LasFurias

Imagina que no estás en el Museo del Prado, sino entrando en una gran sala del palacio de Binche (Bélgica). De frente, varios ventanales por los que te da la luz directamente, y entre ellos, escondidos en el contraluz cuatro lienzos en formato horizontal y con medidas de hasta dos metros y medio de altura a los que has de mirar hacia arriba mostrando con un cruel realismo cuatro torturas mitológicas.

Un hombre al que un águila le devora su hígado (Ticio), otro siempre hambriento buscando alimento (Tántalo), un tercero condenado a portar por siempre una piedra de enorme peso (Sísifo) y un último girando de continuo atado a una rueda (Ixión). Todos ellos habían desafiado a los dioses del Hades latino, y su osadía les salió cara, serían castigados por el resto de los tiempos.

Sin embargo, no es mitología lo que estás viendo. Es un mensaje claro y alto. Si alguien más vuelve a retar al emperador, acabará condenado, como lo hicieron los cuatro príncipes alemanes que se enfrentaron a Carlos I de España y V de Alemania. Fueron derrotados en la famosa batalla de Muhlberg en 1547, esa que nos dejó el famoso retrato de Carlos V a caballo de la mano de Tiziano. Mitológicamente Carlos V se ve a sí mismo como el todopoderoso Júpiter y a sus contrincantes como a estos cuatro personajes que merecen castigo eterno. Así es como su hermana, María de Hungría, pidió a Tiziano que realizara estas cuatro obras para provocar con sus perspectivas en escorzo, disposiciones posturales retorcidas, rostros con máxima gestualización y cuerpos de rotunda corporalidad un gran impacto psicológico en su espectador, el terror al sufrimiento, el temor a las consecuencias de la no fidelidad al emperador.

01_Sisifo_Ticio_Tiziano

“Sísifo” y “Tizio”, ambos por Tiziano, 1548-49, Museo del Prado

Antes que Tiziano

La exaltación del movimiento, la expresividad corporal y la fuerza del cuerpo humano son elementos que el arte ya había sabido expresar desde la antigüedad clásica, he ahí la escultura del “Laocoonte” descubierta a principios del siglo XV. Un hallazgo que sin duda alguna impulsó a Miguel Angel, precisamente él fue el único que compaginó estas características para representar a Ticio por primera vez en el Renacimiento en uno de sus detallados dibujos, hoy presentes en la Real Colección de S.M. Isabel II en Londres. Tiempo después Miguel Angel haría esas figuras realidades casi tridimensionales que nos miran desde la bóveda y el ábside de la Capilla Sixtina.

02._Ticio__Miguel_Angel

Y después

Las furias de Tiziano no sólo impresionaban a aquellos a los que estaba destinado su mensaje alegórico-político, sino que sus sombras y penumbras, el horror y la monstruosidad que se intuye en sus fondos también sobrecogieron por el aspecto creativo y expresivo a los artistas. Las furias comenzaron a ser tema tratado o estilo recogido por los más dotados pintores como los flamencos Rubens y Snyders o sus vecinos holandeses como Cornelis Cort. En sus obras las anatomías de los personajes retratados se hipertrofian y los escorzos se hacen aún más inverosímiles tanto en lienzos como en dibujos o grabados.

04_Prometeo.Rombouts

“Prometeo” de Theodoor Rombouts, Royal Museum of Fines Arts of Belgium

El horror se convierte así en belleza, en arte, en estética que seduce por la rotundidad de los sujetos protagonistas, como el Prometeo de Theodor Rombouts o la expresiva intensidad tenebrista de José de Ribera en un Ticio con una desgarradora expresión facial y un Ixión luchando en primer plano apelando a un espectador casi en escena.

05_Ixion_JoseRibera

El spagnoletto junto con Caravaggio fue el iniciador del tenebrismo, tendencia que tras ellos ascendió al norte de Italia, hacia Venecia de la mano de otros autores como Battista Langetti o Salvator Rosa. He ahí la carnalidad del Ixión del primero y  “El suplicio de Prometeo” del segundo, conmovedor por su grito apagado, el dolor provocando la contracción de su rostro, de los ojos, de la boca. Con ellos, el horror ha llegado a un punto superior al de la belleza, y el dolor que vemos en el lienzo supone una prueba que hay que resistir porque el destino, Dios, así lo ha querido y lo ha determinado en nuestro camino.

Ixion_Prometeo

“Ixión”, Giovanni Battista Langetti, Museo de Arte de Ponce y “El suplicio de Prometeo”, Salvator Rosa, 1646-48, Galeria Nazionale d´Arte Antica Palazzo Corsini

Una exposición que impresiona, que se vive y conmueve con sus representaciones dramáticas del dolor extremo con un lenguaje clásico que los autores del siglo XVI y XVII supieron hacer suyo. Valga como cierre la sentencia de Albert Camus que finaliza su montaje: “Los mitos están hechos para que la imaginación los anime”.

Las Furias. Alegoría política y desafío artístico” en el Museo del Prado hasta el próximo 4 de mayo.

(imágenes tomadas de museodelprado.es)