“Una mujer sin importancia” de Oscar Wilde

Las diferencias entre sexos, pero también entre británicos y norteamericanos, así como entre pudientes y nobles y el resto de la sociedad. Un retrato ácido e irónico sobre el ser y el parecer plagado de juegos retóricos en base a contrastes e hipérboles en las que su autor, como es habitual en él, se revela inteligente y recurrente, a la par que crítico y sarcástico.  

Oscar Wilde se desenvuelve como pez en el agua escribiendo sobre la vida en sociedad, los encuentros mundanos, aquellos que se suponen motivados por la amistad, pero realmente impulsados por la imperiosa necesidad de huir del aburrimiento y del vacío interior. Mientras que para sus habitantes tienen algo maníaco y depresivo, él se divierte sacando a la luz su verdadera faz. Como si se tratara de un ejercicio freudiano, los pone a hablar hasta conseguir que liberen la verdad que no solo les desnuda, sino que demuestra su pobreza espiritual y su escasa moralidad. De ahí su contrariedad y su paradoja ya que resultan erigidos como dogma y representantes de todo lo contrario.

En Una mujer sin importancia, estrenada en Londres y Nueva York en 1893, se centra en tres asuntos. La pompa con que las clases altas del Imperio Británico organizan su vida social y las conversaciones que mantienen en dichas coordenadas. Centrados más en las apariencias y las formas, en las jerarquías y en los juegos de poder, que en establecer y mantener vínculos sinceros y humanamente enriquecedores. La diferencia que esto supone con respecto a los norteamericanos, a los que se dirigen con la curiosidad de la distancia, así como con la superioridad del eco colonial. Una suerte de grandilocuencia que aplican también sobre aquellos que no tienen títulos nobiliarios o una solvencia catastral y económica como la suya. Es decir, sobre cuantos tienen que trabajar. Y por último, el artificio de las convenciones que enfrentan a hombres y mujeres, impidiendo una relación sana, equilibrada y justa entre ambos sexos.

Wilde se desenvuelve en este embrollo y complejidad con una fineza elegante y sinuosa, organizando un divertimento en el que los similares a lo que muestra se sentirán halagados y los diferentes verán en ello una crítica mordaz. Podría interpretarse como un inteligente ejercicio de cinismo por la indisolubilidad de su admiración estética y su rechazo intelectual. Se aprecia su gusto y búsqueda de lo sensorial, pero también su abominación de cuanto limita o cancela la libertad individual. Aunque no queda claro si esto tiene que ver única y exclusivamente consigo mismo, con su condición de hombre, consciente de sus inclinaciones y satisfecho de sus actos, o si está también del lado de las mujeres que se ven perjudicadas por las injustas y caprichosas reglas morales con que solo se les juzga a ellas.

Estructurada en cuatro actos, este texto progresa yendo de lo genérico a lo concreto y de lo colectivo a lo individual. Un inicio en el que nos da las claves generales del mundo y de la sociedad en la que se adentra. Un desarrollo en el que crea una atmósfera espontánea, pero también inevitable, y expone las relaciones y roles de sus protagonistas. Y, finalmente, un desenlace más rítmico y dinámico en el que todo lo anterior se convierte en acción, con su consiguiente despliegue de causas y consecuencias, puntos de no retorno, giros y sorpresas que culminan la puesta a prueba tanto de las convenciones sociales (sexo fuera del matrimonio, madres solteras y mujeres con criterio propio) como de los recursos literarios (con aforismos tan sentenciosos como divertimentos lógicos).

Una mujer sin importancia, Oscar Wilde, 1892, Editorial Edaf.   

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