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Larry Kramer, el hombre del corazón normal

Casi veinte años después de conocerle, los textos teatrales, narrativos y políticos que he leído de este autor y activista siguen teniendo para mí la misma fuerza, vigencia y liderazgo que sentí en ellos cuando los descubrí. El destino quiso ayer que, a punto de cumplir 85 años, su vida se acabara. Ahora queda que el futuro le agradezca lo que hizo y la Historia honre el legado que nos deja.     

Tras las dos escenas iniciales renuncié a dormir e hice el salto interoceánico de mi segundo San Francisco – Madrid, allá por 2002, enganchado a The normal heart, obra de teatro escrita por Larry Kramer, hasta entonces alguien desconocido para mí. Llegué a él tras leer And the band played on, el excelente ensayo que sobre los inicios del VIH/SIDA Randy Shilts publicó en 1987 y por sugerencia de varias de las personas con las que en las semanas previas me había entrevistado para conocer más y mejor cómo se formuló en sus inicios el concepto social de ese binomio de virus y enfermedad.

Según el reportero del San Francisco Chronicle, la obra de Kramer fue la primera que se estrenó (21 de abril de 1985) sobre esta pandemia cuando aún no era muy conocida. Su argumento, cómo la homofobia de las administraciones públicas y la mayor parte de la sociedad provocó un desprecio por los primeros afectados -a priori, mayormente homosexuales- que acabó llevándose por delante la vida de muchas personas y retardó la puesta en marcha de los mecanismos de investigación, salud pública y atención social que hubieran evitado la pérdida de muchas más (sin entender de cuestiones como sexo u orientación sexual, género, edad, raza o rincón del mundo en el que se viviera).

Kramer reflejó en esta historia tanto su experiencia personal como sus emociones de aquellos años de incertidumbre y desconcierto en que vio morir a muchos conocidos -sin saber la causa ni el modo de contagio-, maltratados y abandonados por los prejuicios de sus familias y conocidos, mal atendidos por la falta de medios y conocimientos en los hospitales. Situación que le llevó a organizarse junto a personas de su entorno, voluntarios y voluntaristas, para ayudar en la medida de la posible.

Un germen del que, gracias a su empeño y dedicación, surgió Gay Men’s Health Crisis (GMHC), una organización para dar apoyo -comida, limpieza y compañía- a los afectados, y a hacer presión ante los representantes públicos para que actuaran ante lo que estaba ocurriendo. El resultado fue una voz a la que no hicieron callar ni los prejuicios de la derecha norteamericana ni el economicismo y la deshumanización de sus prácticas neoliberales, tal y como se puede leer en ese brillante texto dramático que es The normal heart.

A pesar de la claridad de su discurso, Kramer no era bien visto por muchos. Su actitud y propuestas eran consideradas demasiado directas, promovía el diálogo solo si era efectivo, consideraba que no había que ser tolerante con el intolerante, que había que tomar conciencia de lo que estaba sucediendo y ejercer la responsabilidad personal. Fue expulsado por los suyos de GMHC y ya había sido duramente criticado tras publicar en 1978 Faggots, novela en la que reprochaba el hedonismo y la sobreactuación sexual en que, según él, había caído buena parte de la comunidad homosexual tras la libertad que iniciados los 70 se había conseguido en ciudades como su Nueva York natal. Polémicas aparte de un título tan provocador (Maricones, si lo traducimos), lo que dejan claro sus páginas es que dominaba también el estilo narrativo.

Pero fiel a su espíritu y a su concepción del activismo, en 1987 se unió a Act Up. Organización no solo asistencial e informativa, sino también denunciadora que recurría a acciones de gran impacto mediático como ocupar el parqué de Wall Street o las sedes de empresas farmacéuticas (como pudo verse hace un par de años en la brillante película francesa, 120 pulsaciones por minuto) que retrasaban, con fines especulativos y lucrativos, la puesta a disposición de los afectados de los primeros tratamientos antirretrovirales. El apoyo de artistas como Keith Haring hizo que sus mensajes resultaran más que reconocibles, sobre todo con campañas tan certeras y directas como Silence = Death, con imágenes que denunciaban la serofobia, visibilizaban la homosexualidad y promovían prácticas sexuales seguras.

En 1992 Kramer volvería a dar muestras de genio teatral con The destiny of me, obra en la que daba continuidad a la vida del protagonista de The normal heart, y ejemplificando cómo se pueden combinar la reivindicación política con la evocación emocional de la creación artística. Senda en la que siguió en las décadas posteriores hasta el momento presente en que estaba trabajando, como se supo hace poco, en un nuevo texto sobre la triple plaga que han vivido muchos gays, el VIH, el COVID y el envejecimiento. Pocas semanas después que Terrence McNally, se va otro grande del teatro norteamericano y un activista que desarrolló los postulados de Harvey Milk, convirtiéndose en un referente al que tener muy en cuenta. Muchas gracias por todo, Larry Kramer.

(Fotografía de Angel Franco, tomada de The New York Times).

Y después, ¿qué?

El aislamiento físico, que no social por obra y gracia de la tecnología, está haciendo que estas sean jornadas de reflexión y de no pensar, de dejarse llevar sin más y de reparar sobre asuntos en los que no lo hacíamos hasta ahora. De escuchar opiniones que iluminan y leer análisis que decepcionan. De echar la vista atrás para intentar comprender qué nos ha llevado hasta aquí y mirar hacia adelante para dilucidar cómo resolveremos y superaremos las consecuencias de lo que estamos viviendo.

Esto no acaba aquí. Las crisis no finalizan cuando se ha resuelto la urgencia y se cree tener la situación bajo control. Si no se actúa correctamente, ese puede ser un momento tan o más peligroso y potencialmente desestabilizador que los, aparentemente, ya superados. Hay que tomar buena nota de lo sucedido, de cómo nos hemos sentido, de quiénes han dado lo mejor de sí mismos (sanitarios desbordados, transportistas, cajeros y limpiadores soportando los servicios básicos, fuerzas y cuerpos de seguridad manteniendo el orden por el bien de todos), han enfermado o se han quedado en el camino por el dichoso virus. De cómo vamos a levantar los negocios y los medios de ganarse la vida, temporal o definitivamente, derrumbados; acompañar anímica y emocionalmente a los recuperados; y honrar a los que, por desgracia, ya no nos acompañan. Personas con nombres y apellidos, que dejan un vacío en sus familias, círculos de amigos y conocidos, que han de ser respetadas y no formar parte, más que en este sentido, de argumentario ideológico alguno.

Autocrítica antes que crítica. Mirar primero dentro de uno mismo para identificar qué no se hizo y qué se podría haber hecho mejor o de manera más efectiva y eficiente. Qué o a quién no se tuvo en cuenta y por qué. Si por desconocimiento de las habilidades y posibilidades de la institución o personalidad a la que se debería haber recurrido. Si por falta de conocimiento técnico, experiencia o de habilidades como la empatía y el diálogo. O de principios como la honestidad y la transparencia. O por exceso de ego, soberbia e indignidad, tanto de los encargados de gestionar la situación (a nivel científico, administrativo y gubernamental) como de los de interrogar sobre su actuación (oposición política, medios de comunicación).

Aceptar la imposibilidad de controlarlo y saberlo todo. La naturaleza está por encima del hombre y si algo nos ha dejado claro estas semanas es que somos un elemento más del ecosistema al que da vida. No hay otra opción más que la de respetarla, valgan como ejemplo imágenes como el cielo de grandes urbes sin su característica boina de contaminación o la inaudita transparencia de las aguas de otras tantas ciudades, libres de los miles de turistas que las abarrotaban a diario hasta hace bien poco. Considerarla únicamente como un instrumento, medio o recurso al servicio de nuestra productividad, rentabilidad y funcionalidad nos llevará a darnos de bruces, una y otra vez, contra su poder, fuerza y energía.

Tenemos que cuidar la salud para que la economía vuelva a ser lo primero“, escuché días atrás al Ministro de Sanidad. Claro que la economía es importante, fundamental, básica y prioritaria, pero ¿no debiéramos ser lo primero, y siempre, las personas? ¿Cómo? A través de los pilares del llamado estado del bienestar (sanidad, educación, cultura, derechos laborales…). Un punto fundamental del análisis que debemos hacer tras superar la fase más crítica de lo que estamos viviendo, evitar muertes, será reflexionar sobre el sistema que estructura, dirige y nuestro modelo de sociedad y en el que todo, absolutamente todo, parece estar supeditado a la monetización, valoración y maximización económica y al individualismo, clasismo y sálvese quien pueda que este enfoque, en mayor o menor medida según el país, región o lugar en el que pongamos el foco, suele traer consigo.

Si de verdad queremos ser sostenibles, debemos entender unanimemente que la sostenibilidad no consiste en un ajardinar lo que, por otro lado, esquilmamos medioambientalmente; justificar con eufemismos y discursos vacíos el enriquecimiento de unos pocos a costa de la dignidad de muchos; y compensar con caridad marketiniana el maltrato y la explotación humana que ejercemos fuera de nuestro campo de visión. Solo así, y considerando este enfoque en nuestro ámbito de actuación, por muy pequeño que este nos parezca (a la hora de consumir, viajar o votar) conseguiremos resultados que nos permitan ser una sociedad más cohesionada y coherente y en la que todos sus integrantes tengamos iguales oportunidades, tanto de vivir de manera satisfactoria como de, asumiendo las responsabilidades que nos corresponden, colaborar activamente en su progreso y desarrollo.

“Los buenos días perdidos” de Antonio Gala

Una capilla catedralicia convertida en la humilde morada de su sacristán y en alegoría de la España de los primeros años 70. Una síntesis de la tradición, las costumbres, las herencias y los absurdos de un país encarnados en cuatro personajes que no pretenden más que sobrevivir en unas coordenadas donde las posibilidades son escasas. Tras ellos, un escritor con una aguda y sagaz visión de la realidad y una capacidad retórica desbordante.

Leer el Premio Nacional de Literatura de 1972 es adentrarse en la realidad de un país de fachadas meapilas y de interiores de usureros. De una cotidianidad en la que casi cualquier situación exigía quedar a bien con lo que dictaba la represión y, al tiempo, encontrarle las fisuras por las que escapar de su control. Un cuadro que Gala despliega ante sus lectores y espectadores como si se tratara de un fresco viviente, con arte literario, embrujo dialéctico y genialidad teatral.

El patetismo de sus protagonistas no es más que el síntoma de un profundo cuadro de vacío, desapego y búsqueda existencial que no es exclusivo de ellos y que sirve como símbolo, metáfora y representación de la inmensa parte de los habitantes de una nación enclaustrada por la religión, la escasez material y la ilusión capitalista. Un diagnóstico al que esta obra llega tras una exposición de situaciones, encuentros y diálogos con mucho de absurdo escapista, pero también de sainete costumbrista y sátira descarnada.  

Las necesidades primarias, como el comer, el afecto (y el sexo) se combinan con pecados capitales como la vanidad, la avaricia y la erótica del poder. En el inicio, todo parece banal y ligero, casi lúdico, pero poco a poco la atmósfera se torna sarcástica, rozando el esperpento, para llegar a un final que está entre el patetismo y el más profundo, desnudo y crudo realismo. Todo ello en un marco a caballo entre lo cotidiano y lo pintoresco (una pareja que vive con la madre de él, sacristán y barbero, en la capilla de una iglesia), lo que lo hace, si cabe, más cercano a la par que más descabellado (cuando comienza a vivir con ellos un guardia que, además, ejerce como campanero).

Por el camino quedan las miserias de un pueblo entre obligado y tentado a engañar y abusar, robar y trapichear, explotar y prostituirse para mantener una dignidad que unos entienden como estabilidad mental, otros como orgullo y algunos, como una peculiar forma de valentía y rebelión. Un maremágnum de valores, planteamientos, reacciones y respuestas que su autor expone desde un prisma sin moralismos espirituales, centrado única y exclusivamente en lo que nos debería hacer y mantener como seres humanos libres.

La maestría de Gala fue, supongo, ser capaz de exponer esta complejidad dejando contentos tanto a censores del régimen como a sus críticos, consiguiendo el aplauso de los primeros por lo que presenta y el de los segundos por lo que representa. Afortunados aquellos que vieron representados Los buenos días perdidos en el otoño de 1972 por Juan Luis Galiardo, Amparo Baró, Mary Carrillo y Manuel Galiana. A los demás no nos queda otra que esperar un futuro montaje de este gran texto y disfrutar, mientras tanto, de su lectura.

Los buenos días perdidos, Antonio Gala, 1972, Castalia Ediciones.

10 novelas de 2019

Autores que ya conocía y otros que he descubierto, narraciones actuales y otras con varias décadas a sus espaldas, relatos imaginados y autoficción, miradas al pasado, retratos sociales y críticas al presente.

“Juegos de niños” de Tom Perrotta. La vida es una mierda. Esa es la máxima que comparten los habitantes de una pequeña localidad residencial norteamericana tras la corrección de sus gestos y la cordialidad de sus relaciones sociales, la supuesta estabilidad de sus relaciones de pareja y su ejemplar equilibrio entre la vida profesional y la personal. Un panorama relatado con una acidez absoluta, exponiendo sin concesión alguna todo aquello de lo que nos avergonzamos, pero en base a lo que actuamos. Lo primario y visceral, lo egoísta y lo injusto, así como lo que va más allá de lo legal y lo ético.

“Serotonina” de Michel Houellebecq. Doscientas ochenta y ocho páginas sin ganas de vivir, deseando ponerle fin a una biografía con posibilidades que no se han aprovechado, a un balance burgués sin aspecto positivo alguno, a un legado vacío y sin herederos. Pudor cero, misoginia a raudales, límites inexistentes y una voraz crítica contra el modo de vida y el sistema de valores occidental que representan tanto el estado como la sociedad francesa.

“Los pacientes del Doctor García” de Almudena Grandes. La cuarta entrega de los “Episodios de una guerra interminable” hace aún más real el título de la serie. La Historia no son solo las versiones oficiales, también lo son esas otras visiones aún por conocer en profundidad para llegar a la verdad. Su autora le da voz a algunos de los que nunca se han sentido escuchados en esta apasionante aventura en la que logra lo que solo los grandes son capaces de conseguir. Seguir haciendo crecer el alcance y el pulso de este fantástico conjunto de novelas a mitad de camino entre la realidad y la ficción.

“Golpéate el corazón” de Amélie Nothomb. Una fábula sobre las relaciones materno filiales y las consecuencias que puede tener la negación de la primera de ejercer sus funciones. Una historia contada de manera directa, sin rodeos, adornos ni excesos, solo hechos, datos y acción. 37 años de una biografía recogidas en 150 páginas que nos demuestran que la vida es circular y que nuestro destino está en buena medida marcado por nuestro sistema familiar.

“Sánchez” de Esther García Llovet. La noche del 9 al 10 de agosto hecha novela y Madrid convertida en el escenario y el aire de su ficción. Una atmósfera espesa, anclada al hormigón y el asfalto de su topografía, enfangada por un sopor estival que hace que las palabras sean las justas en una narración precisa que visibiliza esa dimensión social -a caballo entre lo convencional y lo sórdido, lo público y lo ignorado- sobre la que solo reparamos cuando la necesitamos.

“Apegos feroces” de Vivian Gornick. Más que unas memorias, un abrirse en canal. Un relato que va más allá de los acontecimientos para extraer de ellos lo que de verdad importa. Las sensaciones y emociones de cada momento y mostrar a través de ellas como se fue formando la personalidad de Vivian y su manera de relacionarse con el mundo. Una lectura con la que su autora no pretende entretener o agradar, sino desnudar su intimidad y revelarse con total transparencia.

“Las madres no” de Katixa Agirre. La tensión de un thriller -la muerte de dos bebés por su madre- combinada con la reflexión en torno a la experiencia y la vivencia de la maternidad por parte de una mujer que intenta compaginar esta faceta en la que es primeriza con otros planos de su persona -esposa, trabajadora, escritora…-. Una historia en la que el deseo por comprender al otro -aquel que es capaz de matar a sus hijos- es también un medio con el que conocerse y entenderse a uno mismo.

“Dicen” de Susana Sánchez Aríns. El horror del pasado no se apagará mientras los descendientes de aquellos que fueron represaliados, torturados y asesinados no sepan qué les ocurrió realmente a los suyos. Una incertidumbre generada por los breves retazos de información oral, el páramo documental y el silencio administrativo cómplice con que en nuestro país se trata mucho de lo que tiene que ver con lo que ocurrió a partir del 18 de julio de 1936.

“El hombre de hojalata” de Sarah Winmann. Los girasoles de Van Gogh son más que un motivo recurrente en esta novela. Son ese instante, la inspiración y el referente con que se fijan en la memoria esos momentos únicos que definimos bajo el término de felicidad. Instantes aislados, pero que articulan la vida de los personajes de una historia que va y viene en el tiempo para desvelarnos por qué y cómo somos quienes somos.

“El último encuentro” de Sándor Márai. Una síntesis sobre los múltiples elementos, factores y vivencias que conforman el sentido, el valor y los objetivos de la amistad. Una novela con una enriquecedora prosa y un ritmo sosegado que crece y gana profundidad a medida que avanza con determinación y decisión hacia su desenlace final. Un relato sobre las uniones y las distancias entre el hoy y el ayer de hace varias décadas.

“Alta cultura descafeinada” de Alberto Santamaría

El capitalismo en su versión más actual, el neoliberalismo, ha conseguido que todo se convierta en mercancía y sea considerado por la cifra que determina su valor económico. El mundo del arte no es menos, y no solo en su faceta tangible y material, las piezas en sí, también en todo lo que tiene que ver con su papel expresivo, informativo, crítico y cohesionador de nuestra sociedad.  

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No luches contra tu enemigo, haz de él tu mejor portavoz. Algo así es lo que ha sucedido en las últimas décadas en el mundo del arte, esfera en la que a golpe de talonario se ha acabado con las propuestas realmente críticas y se ha hecho de él un medio con el que ensalzar la imagen elitista e instruida de unos, y la social y altruista de otros, cuando no la de unos cuantos que combinan a la perfección ambas posibilidades. ¿Cómo ha sido posible que hayamos llegado a este punto?

La respuesta es capitalismo y globalización, ley de la oferta y la demanda, referentes que se diluyen o se dan a conocer vagamente, valor económico presente y futuro, y activos utilizables como moneda de cambio, entre otras. Atrás quedan esas dimensiones que las vanguardias pusieron tan en boga durante las primeras décadas del siglo XX como el debate, la reflexión, la investigación o el análisis con intención social, ideológica, filosófica o política. El mecanismo es sutil, de acción radial como el de una telaraña, pero eficaz en sus objetivos y, aparentemente, difícilmente desmontable.

Pasa por controlar factores como el de la entrada al circuito profesional del arte, las galerías, haciendo que el papel de estas , más que apoyar y dar a conocer a los artistas, sea ser agentes comerciales impulsándoles a convertirse en emprendedores, en marcas sólidas y reconocibles. Y si lo consiguen, ser fieles -es decir, no evolucionar- al estilo y temáticas que les ha hecho  conocidos, expuestos y cotizados.

A nivel expositivo se ha complejizado la relación entre el artista y el espectador con figuras como las de los comisarios y a los críticos se les han unido los medios de tratando a los artistas no como creadores, sino como banales personajes de sociedad. Súmese a ello el cada vez mayor peso de instituciones -museos, fundaciones,…- supuestamente filantrópicas y citas -ferias y bienales que se presentan como mosaicos de la creatividad más actual- que determinan qué ha de ser conocido y expuesto, pero con intereses en el mundo empresarial, financiero y político contra los que chocan los autores con propuestas más valientes.

Una antítesis con la que paradójicamente se consigue la cuadratura del círculo, derivando a las coordenadas del primer entorno el diálogo que correspondería a las del segundo y haciendo pasar por crítica y dinamización cultural lo que no es más que permisividad y marketing. Un entorno de apropiación que anestesia el ánimo de progreso y desarrollo de los autores premiando propuestas que distorsionan conceptos como los de autenticidad, interpretación u homenaje.

No se promueve que la creatividad artística alcance nuevas cotas técnicas, expresivas o inspiracionales. Se dirige su discurso hacia la forma y su presentación, anestesiando el fondo y su mensaje, haciendo pasar por original lo que en muchas ocasiones no es más que copia, reproducción o reiteración. O de exotismo esnob incluso, al utilizar códigos o referencias de otras culturas, ahora que es habitual y cotidiano tener acceso a ellas a través del mundo virtual, exposiciones blockbuster que viajan de unos continentes a otros o haberlos convertido, incluso, en elementos ornamentales.

El mercado se ha apropiado de los ready made de Duchamp, convirtiendo su espíritu crítico en entretenimiento, y su efecto shock ha quedado diluido en lo que hoy en día son poco más que diseños e instalaciones decorativas. ¿Volveremos a tener algún día un arte realmente innovador, progresista y radical tanto en sus propuestas como en sus efectos sobre nuestra sociedad?

Alta cultura descafeinada, Alberto Santamaría, 2019, Siglo XXI Editores.

“Juegos de niños” de Tom Perrotta

La vida es una mierda. Esa es la máxima que comparten los habitantes de una pequeña localidad residencial norteamericana tras la corrección de sus gestos y la cordialidad de sus relaciones sociales, la supuesta estabilidad de sus relaciones de pareja y su ejemplar equilibrio entre la vida profesional y la personal. Un panorama relatado con una acidez absoluta, exponiendo sin concesión alguna todo aquello de lo que nos avergonzamos, pero en base a lo que actuamos. Lo primario y visceral, lo egoísta y lo injusto, así como lo que va más allá de lo legal y lo ético.

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El futuro ya está aquí y con él no ha llegado nada de lo que esperabas. Más bien todo lo contrario. Da igual si no estás dispuesto a ser sincero o si te falta el valor para reconocerlo, ya se encarga Tom Perrotta de lanzarte a la cara tu propia vida. Tus amarguras, inseguridades, miedos e incapacidades. Las opciones son hundirte y deprimirte o regodearte en tu propia miseria echándole un poco de humor.

Tú decides. El opta por lo segundo, pero sin obviar lo primero, que tus circunstancias no te satisfacen lo más mínimo, aunque en ello haya mucho de victimismo por tu parte. Y tanto lo uno como lo otro lo muestra muy bien, apuntando al blanco de la clase media norteamericana, disparando con precisión sobre su estilo de vida y dando de lleno en sus mediocridades e hipocresías.

En el parque de una ciudad residencial del noreste de EE.UU. confluyen amas de casa de rígidos principios conservadores –más como contención de sus frustraciones que por una convicción real- al cuidado de sus hijos y un padre que ha intercambiado con su esposa el rol de cuidador, dejando que sea ella la que trabaje para mantener a la familia. Un lugar en el que tienen como vecinos a personajes tan variopintos como un expresidiario condenado por exhibicionismo ante menores o un policía retirado por haber matado a un joven negro indefenso. En el que la vida comunitaria gira en torno a las creencias que simular en la iglesia, el cuerpo que mostrar en la piscina o el poder adquisitivo que demostrar en el centro comercial. Actitudes con las que esconder la falta de aptitudes para haber alcanzado las coordenadas de éxito deportivo, logros profesionales, felicidad conyugal o satisfacción sexual que se soñaban en los años de instituto.

Hasta que un día surge la oportunidad de materializar el impulso de ser fiel a ti mismo y de actuar tal y como te dicta tu cabeza y te marca tu corazón con el refrendo de tus instintos más bajos. De enmendarle la plana al presente, haciendo morir de envidia a todos aquellos a los que saludan ofreciéndose recíprocamente una falsa amistad y deshaciéndose de ese o esa con el que se comprometieron por inercia, más que por un sentimiento real.  Y si el día a día en esta comunidad artificial era ya un despiporre para el lector de Juegos de niños, en ese momento coge una velocidad de crucero digna de las más grandes borracheras narrativas de sarcasmo, ironía y humor negro. Podría parecer que es mala leche, pero no, no es más que esa realidad, esa verdad, ese tú que te niegas a ver y afrontar.

Y si no has tenido bastante con esta novela o quieres más de Tom Perrotta, ahora ponte a (re)leer Lecciones de abstinencia.

Juegos de niños, de Tom Perrota, 2007, Ediciones Salamandra.

“Algunas razones” de Paco Tomás

Una de las herramientas de trabajo de todo periodista son las palabras. Son el medio con el que –sobre todo los que trabajan en cabeceras impresas u on line- nos hacen llegar lo que ven, escuchan y conocen, pero también lo que a título personal opinan, se interrogan y plantean. Pero solo los buenos generan recuerdo con lo que escriben y agitan la conciencia de quien les lee. Uno de esos es el Sr. Paco Tomás, valga como ejemplo este recopilatorio de artículos publicados en distintas cabeceras, escritos unas veces con el humor del que sabe reírse hasta de sí mismo y otras con la seriedad de aquel que está comprometido con unos valores colectivos.  

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No acudan a las librerías sino a internet si queréis conseguir este volumen. Debe ser –quizás, también puede que me equivoque- que ningún departamento de marketing de las editoriales de nuestro país ha considerado que merecería la pena financiar su maquetación, impresión y distribución. Error similar al de las dependientas de Rodeo Drive que no querían atender a Vivian Pretty Woman por el look fresco y la actitud desenfadada con que se adentraba en sus locales.

Utilizo este símil por un doble motivo. Primero porque me gusta y segundo porque es una imagen llena de humor y acidez que me vino a la cabeza al leer el primer bloque de Algunas razones, el titulado 37 grados. Con mucha sorna y más desparpajo aún, el Sr. Paco Tomás describe en sus diversas entradas las aventuras y desventuras de un grupo de pijas en los veranos de la Mallorca de principios de los 2000. Mientras la Susi de Eduardo Mendicutti seguía desde El Mundo a la familia real, él se ocupaba de los que pretendían salir en el Hola pero eran carne de cañón del Pronto. Un universo de personajes absurdos, situaciones aberrantes y vivencias petulantes que recuerdan a la disparatada pirotecnia multicolor del Terenci Moix de Garras de astracán, Mujercísimas y Chulas y famosas.

A continuación, con un verbo más templado, Tienes un e-mail recopila una serie de correos electrónicos en los que un amigo le cuenta a otro que se ha mudado a EE.UU. qué sucede en la vida de aquellos que se quedaron en su país. Aquí la flema ya no lo llena todo y con fino humor hace espacio para una realidad que comienza siendo aquella en la que vivíamos por encima de nuestras posibilidades y deja espacio para reflexionar sobre cuánto había de artificio en lo que se había vivido hasta entonces.

En 2009 comienza El ingenuo seductor, que se prolonga hasta 2013. La crisis financiera, económica, institucional, política,…, comienza a hacer estragos a nuestro alrededor y nuestro autor se posiciona ante lo que está ocurriendo. Pero no como un tertuliano que opina de todo, sino como un mástil que defiende unos valores –igualdad, libertad, convivencia, empatía,…-  que ve en peligro por las acciones y decisiones de unos gobernantes que imponen el neoliberalismo económico como manera de fomentar el individualismo, la cultura del mérito y la ley de la oferta y la demanda para conseguir el divide y vencerás con el que implantar un canibalismo que acabe con la cohesión social.

Aquí es donde el Sr. Paco Tomás se despliega. Sabe argumentar, expone con claridad, deja claro cuál es su punto de vista y los referentes que maneja, así como los propósitos –unas veces genéricos y otras más concretos- que pretende. Es decir, escribe bien, se le entiende y al acabar no queda duda alguna de lo que nos ha contado.

Son artículos como los de We are not in Kansas anymore (2013-2014) en los que, mostrando incluso sus experiencias personales, expone las muchas trabas que la población y las circunstancias LGTB han de hacer frente en una sociedad que aún ha de evolucionar para llegar a disfrutar de la riqueza de su diversidad, en lugar de percibirla como una debilidad. Textos con un logrado equilibro entre lo emocional y el sentir político que, al igual que los anteriores, dejan un poso de reflexión que en la mayoría de las ocasiones suele dar pie tanto al debate como a la introspección. A bucear dentro de uno mismo recordando cómo te percibías durante tu niñez –con ilusión pero también con dolor-, la primera vez que escuchaste al artista que desde siempre ha puesto banda sonora a tu vida (David Bowie en su caso) o cómo actúas ante las injusticias con la que convivimos pasivamente (ej. el acoso escolar, la violencia en el fútbol o las injerencias de la Conferencia Episcopal).

Si al acabar Algunas razones se quedan con ganas de más Paco Tomás, recuperen su primera novela, Los lugares pequeños, y sigan disfrutando.

10 películas de 2017

Cintas españolas y estadounidenses, pero también de Reino Unido, Canadá, Irán y Suecia. Drama, terror y comedia. Aventuras originales y relatos que nacieron como novelas u obras de teatro. Ficciones o adaptaciones de realidades, unas grabadas en el corazón unas, otras recogidas por los libros de Historia. Ganadoras de Oscars, Césars o BAFTAs o nominadas a los próximos Premios Goya. Esta es mi selección de lo visto en la gran pantalla este año.

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Solo el fin del mundo“. Sin rodeos, sin adornos, sin piedad, sin límites, una experiencia brutal. Dolan va más allá del texto teatral del que parte para ahondar en la (in)consciencia de las emociones que tejen y entretejen las relaciones familiares. Las palabras cumplen su papel con eficacia, pero lo que realmente transmiten son los rostros, los cuerpos y las miradas de un reparto que se deja la piel y de una manera de narrar tan arriesgada y valiente como visualmente eficaz e impactante.

La ciudad de las estrellas (La La Land)“. El arranque es espectacular. Cinco minutos que dejan claro que lo que se va a proyectar está hecho con el corazón y que nos hará levitar sin límite alguno. La la land está lleno de música con la que vibrar, la magia de las coreografías y la frescura de las canciones consiguen que todo sea completo y felizmente intenso y la belleza, la fantástica presencia y la seducción que transmiten Ryan Gosling y Emma Stone que fluyamos, bailemos, soñemos y nos enamoremos de ellos ya para siempre.

Moonlight“. Un guión muy bien elaborado que se introduce en las emociones que nos construyen como personas, señalando el conflicto entre la vivencia interior y la recepción del entorno familiar y social en el que vivimos. Un acierto de casting, con tres actores –un niño, un adolescente y un adulto- que comparten una profunda mirada y una expresiva quietud con su lenguaje corporal. Una dirección que se acerca con respeto y sensibilidad, manteniendo realismo, credibilidad y veracidad al tiempo que construye un relato lleno de belleza y lirismo.

El viajante“. Con un ritmo preciso en el que se alternan la tensión con la acción transitando entre el costumbrismo, el drama y el thriller. Consiguiendo un perfecto equilibrio entre el muestrario de costumbres locales de Irán y los valores universales representados por el teatro de Arthur Miller. Un relato minucioso que expone el conflicto entre la necesidad de justicia y el deseo de venganza y por el que esta película se ha llevado merecidamente el Oscar a la mejor película de habla no inglesa.

Verano 1993“. El mundo interior de los niños es tan rico como inexplorable para los adultos, todo en él es oportunidad y descubrimiento. El de sus mayores es contradictorio, lo mismo regala abrazos y atenciones que responde con silencios sin lógica alguna, conversaciones incomprensibles y comportamientos inexplicables.  Entre esas dos visiones se mueve de manera equilibrada esta ópera prima, delicada y sutil en la exposición de sus líneas argumentales, honesta y respetuosa con sus personajes y cómplice y guía de sus espectadores.

Dunkerque“. No es una película bélica al uso, no es una representación más de un episodio de la II Guerra Mundial. Christopher Nolan deja completamente de lado la Historia y se sumerge de lleno en el frente de batalla para trasladar fielmente al otro lado de la pantalla el pánico por la invisibilidad de la amenaza, la ansiedad por la incapacidad de poder salir de allí y la angustia de cada hombre por la incertidumbre de su destino. Un meticuloso y logrado ejercicio narrativo que sorprende por su arriesgada propuesta, abduce por su tensión sin descanso y arrastra al espectador en su lucha por el honor y la supervivencia.

Verónica“. Hora y media de tensión muy bien creada, contada y mantenida sin descanso. Genera tanto o más horror y angustia la espera y la sensación de amenaza que el mal en sí mismo en ese escenario kitsch que es 1991 visto desde ahora. Una historia muy bien dirigida por Paco Plaza y protagonizada brillantemente por una novel Sandra Escacena.

Detroit“. Kathryn Bigelow ahonda en los aspectos más sórdidos de la conciencia norteamericana por los que ya transitó en “La noche más oscura” y “En tierra hostil”. Esta vez la herida está en su propio país, lo que le permite construir un relato aún más preciso y dolorosamente humano al mostrar las dos caras del conflicto. Detroit no solo es el lado oscuro de la desigualdad racial del sueño americano, sino que es también una perfecta sinfonía cinematográfica en la que intérpretes, guión y montaje son la base de un gran resultado gracias a una minuciosa y precisa dirección.

The square“. Esta película no retrata el mundo del arte, sino el de aquel que nos dice y cuenta qué es el arte. Dos horas y media de ironía, sarcasmo y humor grotesco en las que se expone la falsedad de esas personas que se suponen sensibles y resultan ególatras narcisistas.  Una historia que muestra entre situaciones paradójicas y secuencias esperpénticas el lado más ruin de nuestro avanzado modelo de sociedad.

Tierra de Dios“. Con el mismo ritmo con el que avanza la vida en el mundo rural en el que sucede su historia y transmitiendo con autenticidad la claustrofobia anímica y la posibilidad de plenitud emocional que dan los lugares de horizontes infinitos. Una oda a la comunicación, al diálogo y al amor, a abrirse y exponerse, a crecer y conocerse a través de la entrega y de ser parte de un nosotros.