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“Arte (in)útil” de Daniel Gasol

Bajo el subtítulo “Sobre cómo el capitalismo desactiva la cultura”, este ensayo expone cómo el funcionamiento del triángulo que conforman instituciones, medios de comunicación y arte es contraproducente para nuestra sociedad. En lugar de estar al servicio de la expresión, la estética y el pensamiento crítico, la creación y la creatividad han sido canibalizadas por el mecanismo de la oferta y la demanda, el espectáculo mediático y la manipulación política.

La segunda aceptación de la RAE define el término “arte” como “manifestación de la actividad humana mediante la cual se interpreta lo real o se plasma lo imaginado con recursos plásticos, lingüísticos o sonoros”. La academia no entra en si el resultado se queda en el ámbito personal del autor o si pasa a ser algo compartido y entonces conocido y, presumiblemente, divulgado y valorado. En lo que supone pasar de una dimensión a otra, de un espacio acotado y restringido a uno social y abierto a la mirada y la opinión de los otros. Sobre todo, en el caso de aquellos que pretenden ganarse la vida con lo que pintan, esculpen, escriben, diseñan o componen.

El fin monetario que esta decisión conlleva -vital para quienes no tienen otros recursos con que llegar a final de mes- hace que entre en juego el mecanismo de la promoción y lo que este trae consigo, como es acceder a las plataformas desde las que dar a conocer lo realizado, los medios de comunicación y los espacios de exhibición. Algo que pasa, necesariamente, por establecer relaciones con las personas que las gestionan o seguir los procedimientos que marcan para que consideren si lo que se les propone se ajusta no solo a sus fines comerciales, formativos e informativos, sino a algo más nuclear, si es “arte”.

Ahí es donde entra de lleno Daniel y explica, poniendo el foco en las artes plásticas, cuán viciado está cuanto rodea a esta cuestión por la mercantilización de todo impulso humano que supone el neoliberalismo. El fin del arte ya no es transmitir belleza o subjetividad, provocar o sugerir, sino que se ha convertido en un medio a través del cual imponer una visión muy concreta de nuestro tiempo. Un medio instrumentalizado tanto por quienes ejercen el poder político como por quienes determinan los mensajes de los medios de comunicación con el fin de consolidar y seguir haciendo crecer el consumismo cortoplacista y el continuo cambio en el que estamos sumidos.

Con un lenguaje académico, pero riguroso y detallista en su análisis, Gasol argumenta cómo lo vivido en las últimas décadas ha sido, más que una evolución artística, una completa intervención en los resortes del arte por parte de quienes han visto en lo creativo un medio con el que enriquecerse aún más y con el que ejercer poder a través del control social. Se ha manipulado hasta el lenguaje, estableciendo categorías como la de arte emergente como etiqueta de lo que se supone actual e innovador, cuando la realidad es que no se le da esa opción, sino que se les exige para comerciar con él.

Un reconocimiento al que se llega con un doble respaldo. Haber sido expuesto en los museos, centros, salas y galerías consideradas como certificadoras de lo que es arte, etiqueta que otorgan a través de sus criterios de programación y selección. Y haber aparecido en los medios de comunicación, altavoces que fijan su importancia y valor en términos casi exclusivamente cuantitativos, cuántos visitantes ha atraído una muestra y qué precios ha alcanzado una pieza en ferias o subastas.

Y entre un punto y otro la cohorte de figuras que ha surgido en torno a los artistas y sus obras como comisarios, críticos, periodistas, programadores y asesores, generadores de una actividad en la que se colocan como filtros con una función también mediatizadora de lo que es arte y determinadora de quién es artista. Por último, el fenómeno que han potenciado las redes sociales con el que se le hace creer a todo ciudadano no solo que él mismo es un artista, un creador, sino también un jurado que decide y valora qué es arte y qué no.   

Arte (in)útil. Sobre cómo el capitalismo desactiva la cultura, Daniel Gasol, 2021, Rayo Verde Editorial.

10 textos teatrales de 2021

Obras que ojalá vea representadas algún día. Otras que en el escenario me resultaron tan fuertes y sólidas como el papel. Títulos que saltaron al cine y adaptaciones de novelas. Personajes apasionantes y seductores, también tiernos en su pobreza y miseria. Fábulas sobre el poder político e imágenes del momento sociológico en que fueron escritas.

«The inheritance» de Matthew Lopez. Obra maestra por la sabia construcción de la personalidad y la biografía de sus personajes, el desarrollo de sus tramas, los asuntos morales y políticos que trata y su entronque de ficción y realidad. Una complejidad expuesta con una claridad de ideas que hace grande su escritura, su discurso y su objetivo de remover corazones y conciencias. Una experiencia que honra a los que nos precedieron en la lucha por los derechos del colectivo LGTB y que reflexiona sobre el hoy de nuestra sociedad.

«Angels in America» de Tony Kushner. Los 80 fueron años de una tormenta perfecta en lo social con el surgimiento y expansión del virus del VIH y la pandemia del SIDA, la acentuación de las desigualdades del estilo de vida americano impulsadas por el liberalismo de Ronald Reagan y las fisuras de un mundo comunista que se venía abajo. Marco que presiona, oprime y dificulta –a través de la homofobia, la religión y la corrupción política- las vidas y las relaciones entre los personajes neoyorquinos de esta obra maestra.

“La taberna fantástica” de Alfonso Sastre. Tardaría casi veinte años en representarse, pero cuando este texto fue llevado a escena su autor fue reconocido con el Premio Nacional de Teatro en 1986. Una estancia de apenas unas horas en un tugurio de los suburbios de la capital en la que con un soberbio uso del lenguaje más informal y popular nos muestra las coordenadas de los arrinconados en los márgenes del sistema.

«La estanquera de Vallecas» de José Luis Alonso de Santos. Un texto que resiste el paso del tiempo y perfecto para conocer a una parte de la sociedad española de los primeros años 80 del siglo pasado. Sin olvidar el drama con el que se inicia, rápidamente se convierte en una divertida comedia gracias a la claridad con que sus cinco personajes se muestran a través de sus diálogos y acciones, así como por los contrastes entre ellos. Un sainete para todos los públicos que navega entre la tragedia y nuestra tendencia nacional al esperpento.

«Juicio a una zorra» de Miguel del Arco. Su belleza fue el salvoconducto con el que Helena de Troya contó para sobrevivir en un entorno hostil, pero también la condena que hizo de ella un símbolo de lo que supone ser mujer en un mundo machista como ha sido siempre el de la cultura occidental. Un texto actual que actualiza el drama clásico convirtiéndolo en un monólogo dotado de una fuerza que va más allá de su perfecta forma literaria.

«Un hombre con suerte» de Arthur Miller. Una fábula en la que el santo Job es convertido en un joven del interior norteamericano al que le persigue su buena estrella. Siempre recompensado sin haber logrado ningún objetivo previo ni realizado hazaña audaz alguna, lo que despierta su sospecha y ansiedad sobre cuál será el precio a pagar. Una interrogación sobre la moral y los valores del sueño americano en tres actos con una estructura sencilla, pero con un buen desarrollo de tramas y un ritmo creciente generando una sólida y sostenida tensión.

“Las amistades peligrosas” de Christopher Hampton. Novela epistolar convertida en un excelente texto teatral lleno de intriga, pasión y deseo mezclado con una soberbia difícil de superar. Tramas sencillas pero llenas de fuerza y tensión por la seductora expresión y actitud de sus personajes. Arquetipos muy bien construidos y enmarcados en su contexto, pero con una violencia psicológica y falta de moral que trasciende al tiempo en que viven.

“El Rey Lear” de William Shakespeare. Tragedia intensa en la que la vida y la muerte, la lealtad y la traición, el rencor y el perdón van de la mano. Con un ritmo frenético y sin clemencia con sus personajes ni sus lectores, en la que nadie está seguro a pesar de sus poderes, honores o virtudes. No hay recoveco del alma humana en que su autor no entre para mostrar cuán contradictorias y complementarias son a la par la razón y la emoción, los deberes y los derechos naturales y adquiridos.

“Glengarry Glen Ross” de David Mamet. El mundo de los comerciales como si fuera el foso de un coliseo en el que cada uno de ellos ha de luchar por conseguir clientes y no basta con facturar, sino que hay que ganar más que los demás y que uno mismo el día anterior. Coordenadas desbordadas por la testosterona que sudan todos los personajes y unos diálogos que les definen mucho más de lo que ellos serían capaces de decir sobre sí mismos.

«La señorita Julia» de August Strindberg. Sin filtros ni pudor, sin eufemismos ni decoro alguno. Así es como se exponen a lo largo de una noche las diferencias entre clases, así como entre hombres y mujeres, en esta conversación entre la hija de un conde y uno de los criados que trabajan en su casa. Diálogos directos, en los que se exponen los argumentos con un absoluto realismo, se da cabida al determinismo y su autor deja claro que el pietismo religioso no va con él.

10 montajes teatrales de 2021

Obras nuevas y otras vistas tiempo después de que fueran estrenadas. Denuncia política, retrato social y revisión histórica. Producciones financiadas por instituciones públicas y otras como resultado de la iniciativa privada. Realismo y misticismo, diversión y dramatismo, monólogos y representaciones corales.

«Manning» (Umbral de Primavera). Una década después de que este apellido comenzara a sonar en los medios de comunicación por filtrar documentos que revelaban la cara oculta de la actuación militar de EE.UU. en Irak y Afganistán, podemos conocer su vida a través de este monólogo.

«Cluster» (ex límite). una constelación de constelaciones. Perfecta, pero no como resultado de esa unión, sino porque cada uno de esos microcosmos ya era redondo antes de integrarse en el entramado resultante.

«Estado B. Kitchen / Ruz – Barcenas» (Teatro del Barrio). La sobriedad de la puesta en escena y la rotundidad de las interpretaciones dobles de Pedro Casablanc y Manolo Solo dejan claro que la máxima de la dirección de Alberto San Juan es análoga a la objetividad periodística. 

«Descendimiento» (Teatro de la Abadía). La pintura, la poesía y el movimiento. La imagen estática, la palabra escrita y pronunciada y el cuerpo desplegado sobre el escenario. Tres lenguajes, tres medios que confluyen para crear algo que ya son cada uno de ellos por separado, y que juntos son más, arte.

«Shock 2. La Tormenta y la Guerra» (Centro Dramático Nacional). Un puzle de mil piezas que Boronat y Lima han diseñado tan bien sobre el papel que la materialización en escena dirigida por Andrés está a caballo entre lo continuamente fluido y lo casi perfecto.

«Sucia» (Teatro de la Abadía). Bàrbara Mestanza nos sitúa con valentía y claridad frente a la realidad de los abusos sexuales. Un relato en primera persona sobre aquello a lo que menos atención prestamos, a cómo se sintió la víctima cuando la violentaban, cómo convivió en silencio con aquel dolor y cómo fue el proceso de darlo a conocer.

«Una noche sin luna» (Teatro Español). Un texto redondo, una interpretación espléndida y una dirección extraordinaria de Sergio Peris-Menchetta que materializa con inteligencia y sensibilidad la profundidad, capacidad y múltiple expresividad del doble trabajo de Juan Diego Botto. 

«El bar que se tragó a todos los españoles» (Centro Dramático Nacional). Alfredo Sanzol cuenta que su texto está basado e inspirado en su padre. Hay verdad y ficción en lo que nos expone. Drama, comedia, costumbrismo y delirio hilarante. Del pequeño pueblo navarro de San Martín de Unx a Roma pasando por Texas, San Francisco y Madrid.

«N.E.V.E.R.M.O.R.E.» (Centro Dramático Nacional). Una original y trabajada propuesta escrita y dirigida por Xron, con la que el Grupo Chévere nos retrotrae tanto al inicio de la pandemia del covid como al desastre del Prestige veinte años atrás.

«Los remedios» (Teatro Lara). Acción y texto. Vida y actuación. Da igual si lo que relatan sucedió o no tal y como lo representan. Lo importante es que pudo ocurrir así porque suena a sentido y hecho con el corazón, y montado para ser captado y procesado desde ahí.

“La taberna fantástica” de Alfonso Sastre

Tardaría casi veinte años en representarse, pero cuando este texto fue llevado a escena su autor fue reconocido con el Premio Nacional de Teatro en 1986. Una estancia de apenas unas horas en un tugurio de los suburbios de la capital en la que con un soberbio uso del lenguaje más informal y popular nos muestra las coordenadas de los arrinconados en los márgenes del sistema.

Muchos de los lugares hoy urbanizados y edificados de Madrid eran décadas atrás territorios habitados como buenamente podían por los recién llegados desde otras partes del país o por los siempre recluidos en la invisibilidad de la pobreza. Una miseria material que traía consigo penosas condiciones de vida, hábitos nada saludables y coqueteos con la ilegalidad como medio para resolver las necesidades más básicas. Un medio en el que Alfonso Sastre se introduce para mostrar la personalidad y las aspiraciones de los que allí viven, así como la manera en que estas circunstancias marcan su actitud vital.   

El éxito de su realismo está en la fidelidad con que recoge las expresiones y construcciones verbales de sus personajes. Desde los coloquialismos e informalidades de su vocabulario a la simpleza y escasa elocuencia de su sintaxis pasando por las interjecciones e intenciones vocativas de muchas de sus expresiones. Un microcosmos en el que la cercanía de la convivencia está construida a base de amistad y afecto, pero también de agresión e insulto. Violencia física y psicológica no solo en los encuentros que tienen lugar en la taberna El gato negro en el barrio de San Pascual, allá por la zona de Ventas, sino también a lo largo de su biografía tal y como relatan en distintas rememoraciones.

Digresiones del momento presente que Sastre plantea con un humor ácido y socarrón con el que consigue que empaticemos con este mundo de quinquis y delincuentes de medio pelo en el que cuanto sucede se vive con una intensidad y visceralidad tan simpática como bien manejada. Un ritmo dramático en una constante tensión en la que puede ocurrir cualquier cosa en cualquier momento. Recurso manejado con precisión y coherencia al que se añaden las entradas y salidas de personajes, manifestando sus penurias o desvelando los vínculos afectivos, biológicos o conflictivos que tienen entre todos ellos.

En La taberna fantástica confluyen austeros a los que guía la honradez, vivaces que saben desenvolverse para sacar el máximo partido de lo que les ha tocado, conformistas que se dejan llevar por el día a día y escurridizos que huyen de él para salvar su pellejo de las autoridades y de las consecuencias de sus propios hechos. Un costumbrismo que podría pasar por un spin-off teatral del Tiempo de silencio de Luis Martín-Santos (publicado cuatro años antes de la escritura de este texto) pero que a la crudeza de aquel, suma la fantasía de pasajes en los que su autor juega con lo onírico y lo metateatral para subrayar su objetivo de denuncia social.

Crítica política que le valió la imposibilidad de su escenificación entonces, pero con la que finalmente consiguió el aplauso del público y la crítica, así como el reconocimiento institucional, cuando se estrenó el 23 de septiembre de 1985 en el Círculo de Bellas Artes de Madrid.  

La taberna fantástica, Alfonso Sastre, 1966, Ediciones Cátedra.

“La civilización occidental y cristiana” (León Ferrari, 1965)

Esta obra sintetiza buena parte de la declinación del legado artístico y el pensamiento crítico de su autor. Un hombre que, entre otros temas, puso el foco en la crueldad con que han actuado y la destrucción generada por los que se autoproclamaban elegidos por Dios para llevar a cabo su misión evangelizadora. Personas refugiadas en una institución que manipula psicológicamente y amedrenta espiritualmente a sus congéneres desde hace mucho tiempo.

Habrá quien piense que este avión predijo los de las fuerzas militares argentinas que años después arrojarían al mar a los contrarios a su régimen dictatorial. O los que un 11 de septiembre causaron la muerte de casi tres mil personas. Podría ser. Pero en este ensamblaje de maqueta y pieza de santería,  el elemento fundamental es él, Jesús, el hijo del Padre que nos hizo a todos a su imagen y semejanza. Versículo convertido en principio moral como excusa para imponerse al otro. Para someterle si no colabora. Para destruirle si se resiste.

Aunque se puede generalizar su intención, Ferrari (1920-2013) acusaba a las iglesias católica, la protestante y la ortodoxa de complicidad y ejercicio consciente del mal, ya sea por sí mismas, ya sea formando parte de las jerarquías de poder que han regido el devenir de la civilización occidental desde hace dos milenios, con el fin de consolidar su absolutismo. No niega que pueda haber gente bondadosa entre ellos, ejemplos de su credo y fieles cumplidores de sus mandamientos. Pero el bien no sirve como penitencia del mal. Como si reviviera a Lutero cuando en 1511 salió de Roma espantado ante el nivel de corrupción, soberbia y arrogancia del que fue testigo.

Un teatro en el que tras la máscara de la piedad se oculta la aniquiladora. Una dramaturgia a la que quizás dio forma siendo testigo en su Buenos Aires natal de los proyectos arquitectónicos de iglesias de los que su padre era máximo responsable. Visión que trasladaría a la serie Relecturas de la Biblia que inició en 1985. Collages y composiciones en los que ligaba la belleza de las representaciones artísticas de ángeles, santos y escenas de las sagradas escrituras con el dramatismo del belicismo, el horror del fascismo y la procacidad de una sexualidad impudorosa. Narrativa que une las dos caras de una farsa delincuente, de una hipocresía asesina. Provocación intolerable y blasfemia según algunos. Denuncia social y reivindicación política según su autor.  

Ferrari también jugó con la plasticidad, el cromatismo y la perspectiva renacentista que conoció a su llegada a Italia en 1952 en instalaciones como Jaula con aves (1985). Estas, colocadas sobre una reproducción del Juicio final de Miguel Angel, defecaban sobre dicha imagen generando un resultado con aires de ready made y arte povera, que después enmarcó aunando la intervención de lo biológico, la susceptibilidad de lo sacrílego y la sátira del canon y el proceso artístico. La razón y la censura, el academicismo y el dogmatismo puestos a prueba. La experiencia estética al servicio de la libertad de expresión, la creación artística como voz ante la opresión.

La bondadosa crueldad. León Ferrari, 100 años, en el Museo Reina Sofía (Madrid).

Miss Beige se lanza a las calles

Un personaje llegado del cielo con gesto adusto y mirada incisiva nos planta cara poniendo el foco en cuestiones absurdas de nuestro mundo, destacando los prejuicios machistas y evidenciando banalidades varias de la modernidad inteligente en las que nos creemos vivir. Anacrónica e inquietante en su apariencia, pero certera e incisiva en su relato.

La familia no se elige, 2017.

Allí donde fueres haz lo que vieres. O no. Basta ya. Algo así debió pensar Ana Esmith (Madrid, 1976) cuando a la hora de concebir la imagen e identidad, la apariencia y la actitud de una personalidad como la de Miss Beige y darle rienda suelta performativa, decidió prescindir de cuántas características se le exigen a un arquetipo femenino. No es esposa ni madre ni superheroína. Los mal pensados se plantearán su orientación sexual, pero la pregunta no tiene respuesta, no es asunto de ellos. No tiene tipazo y si lo tiene no lo muestra. La moda no es lo suyo. No viste prêt-à-porter, ni tendencias de temporada ni un fondo de armario, sino un modelito cualquiera que encontró en el rastro de Madrid con el único fin de cubrir su anatomía y pasar lo más desapercibida posible.

No me gusta destacar, 2018

Ha habido posibilidades de encontrársela en ferias y festivales, en la playa de Benidorm congeniando con sonrosados guiris o llevando la glovolización hasta lugares recónditos de la España vacía. Estos días recibe con actitud entronizada a quienes quieran conocerla en la galería Ponce+Robles. Desde un pedestal tan deliberadamente ambiguo como su mudez y la imaginación a la que incita por el aturdimiento que provoca su silencio y la fijación de su retina en la tuya. ¿Será la distancia de seguridad que manda la pandemia? ¿Será el perímetro de terreno propio que exige toda estrella? ¿Será un truco para elevarse conceptualmente? ¿O un recurso sin más como tantos otros que conlleva el lenguaje expositivo?

A su alrededor, un vídeo que recoge algunas de sus acciones artísticas y fotografías en la que su ironía subraya cómo el heteropatriarcado acampa en nuestras calles en forma de sucias pintadas reproductoras de eslóganes patéticos; en símbolos de dimensiones hiperbólicas que las excelencias políticas que nos gobiernan consideran iconos de nuestro tiempo y legados para la posteridad de su gestión; y en frases de autoayuda que condenan y enervan más que apoyan.

Twenty 4 Seven, 2018.

Aunque su rictus parezca un tres en uno en el que confluyen el del ama de llaves de Rebeca, la mujer del leño de Twin Peaks y una ferviente y convencida creyente a pies juntillas de los principios del nacionalcatolicismo, Miss Beige, color anodino donde lo haya, también tiene sentido del humor. La literalidad de nuestro idioma y el costumbrismo vintage de nuestro imaginario visual dan en la mente de Ane Smith para mucho. Su dominio del arte de la mofa, la juerga, la sorna y la burla le permiten conseguir resultados que parecen un punto de encuentro, sin pudor ni vergüenza, entre una greguería y un esperpento. Su ingenio e inteligencia hacen que su criatura le trascienda, como si se tratara de un spin-off de sí misma, una nivola unamuniana que ha superado sus expectativas y propósitos. Estemos atentos a sus cuentas en Facebook e Instagram. Quién sabe hasta dónde llegará, a quién hará partícipe de sus impulsos y qué más hará objetivo de la acidez y la sentencia de su mirada.

‘Miss Beige: Taking The sTreeTs’, Ana Esmith, en Ponce+Robles (Madrid).

«Las tres hermanas» de Antón Chéjov

Un retrato claro y crítico de la burguesía rusa de principios del siglo XX a través de un reducido círculo de personajes en una localización incierta. Un costumbrismo que alberga el drama de la insatisfacción y la incapacidad de disfrutar de los que tienen oportunidades y medios para llevarlas a cabo. Coordenadas en las que la falta de voluntad para encontrarle sentido al momento presente se esconde en la utopía de la felicidad futura.

Cuatro hermanos ya sin padres. La novia del chico, el marido de una de las tres del título, una de las personas de servicio de la residencia familiar, un médico y una serie de militares de distinto rango de la brigada establecida en la ciudad sin nombre en la que residen. Personas con una vida social y dedicaciones laborales sujetas a rutinas que conducen a la monotonía y de ahí al aburrimiento y al hartazgo en un lugar sin mayor aliciente que el entorno natural que les rodea.

La motivación a la que se agarran las protagonistas de esta obra estrenada en 1901 es volver a Moscú, la urbe en la que nacieron y se criaron hasta que, hace ya once años y por exigencias del ascenso a brigada de su progenitor, llegaron a este emplazamiento del que solo piensan en marchar. Mientras esperan a que se den las circunstancias que lo permitan -a priori, el trabajo de su hermano-, viven su día a día relacionándose con lo más granado de la escasa sociedad local, en su mayor parte hombres que exhiben galones, ejercen profesiones como la medicina y ostentan títulos nobiliarios.

Supuestos caballeros que se relacionan con ellas a través del halago, el cortejo y la propuesta de promesas que, en ocasiones, conducen al compromiso. Y que entre ellos debaten y filosofan sobre lo etéreo y lo mundano, el sentido del trabajo, el encuentro de la felicidad y la plenipotencia del amor, pero sin llegar a ninguna parte, más por placer retórico que por buscar un punto de encuentro. Entre medias, el paso del tiempo -jugando entre acto y acto con el efecto simbólico de las estaciones – y su efecto desmoralizante sobre Olga, Masha e Irina. Moscú sigue a una distancia insalvable. La primera trabaja hasta la extenuación en la escuela local, primero como maestra y después como directora. La segunda, infelizmente casada con un colega de su hermana, pero dejándose querer por quien ahora tiene la máxima responsabilidad militar. Y la última, la más joven, la más ilusa y soñadora, que ni busca ni sabe ni siente lo que es el amor.

La capacidad como retratista y analista de Chéjov logra que, a pesar de la aparente simpleza de todos estos dramas individuales, queden entrelazados y supeditados a las exigencias de costumbrismo, cotidianidad y formalidad. En una sociedad que critica por su conformismo e inmovilismo (si el Imperio no está luchando no sabe hacia dónde orientar sus esfuerzos y voluntades) y su clasismo (el materialismo como lacra para la empatía y la convivencia), así como por sus vicios (la corrupción política, el alcohol, el juego) y no saber adaptar sus anhelos vitales a la realidad (noviazgos que se derrumban cuando se convierten en marido y mujer y se convierten en parejas que funcionan por separado).

Las tres hermanas, Anton Chéjov, 1901, Alianza Editorial.

Larry Kramer, el dramaturgo del corazón normal

Casi veinte años después de conocerle, los textos teatrales, narrativos y políticos que he leído de este autor y activista siguen teniendo para mí la misma fuerza, vigencia y liderazgo que sentí en ellos cuando los descubrí. El destino quiso ayer que, a punto de cumplir 85 años, su vida se acabara. Ahora queda que el futuro le agradezca lo que hizo y la Historia honre el legado que nos deja.     

Tras las dos escenas iniciales renuncié a dormir e hice el salto interoceánico de mi segundo San Francisco – Madrid, allá por 2002, enganchado a The normal heart, obra de teatro escrita por Larry Kramer, hasta entonces alguien desconocido para mí. Llegué a él tras leer And the band played on, el excelente ensayo que sobre los inicios del VIH/SIDA Randy Shilts publicó en 1987 y por sugerencia de varias de las personas con las que en las semanas previas me había entrevistado para conocer más y mejor cómo se formuló en sus inicios el concepto social de ese binomio de virus y enfermedad.

Según el reportero del San Francisco Chronicle, la obra de Kramer fue la primera que se estrenó (21 de abril de 1985) sobre esta pandemia cuando aún no era muy conocida. Su argumento, cómo la homofobia de las administraciones públicas y la mayor parte de la sociedad provocó un desprecio por los primeros afectados -a priori, mayormente homosexuales- que acabó llevándose por delante la vida de muchas personas y retardó la puesta en marcha de los mecanismos de investigación, salud pública y atención social que hubieran evitado la pérdida de muchas más (sin entender de cuestiones como sexo u orientación sexual, género, edad, raza o rincón del mundo en el que se viviera).

Kramer reflejó en esta historia tanto su experiencia personal como sus emociones de aquellos años de incertidumbre y desconcierto en que vio morir a muchos conocidos -sin saber la causa ni el modo de contagio-, maltratados y abandonados por los prejuicios de sus familias y conocidos, mal atendidos por la falta de medios y conocimientos en los hospitales. Situación que le llevó a organizarse junto a personas de su entorno, voluntarios y voluntaristas, para ayudar en la medida de la posible.

Un germen del que, gracias a su empeño y dedicación, surgió Gay Men’s Health Crisis (GMHC), una organización para dar apoyo -comida, limpieza y compañía- a los afectados, y a hacer presión ante los representantes públicos para que actuaran ante lo que estaba ocurriendo. El resultado fue una voz a la que no hicieron callar ni los prejuicios de la derecha norteamericana ni el economicismo y la deshumanización de sus prácticas neoliberales, tal y como se puede leer en ese brillante texto dramático que es The normal heart.

A pesar de la claridad de su discurso, Kramer no era bien visto por muchos. Su actitud y propuestas eran consideradas demasiado directas, promovía el diálogo solo si era efectivo, consideraba que no había que ser tolerante con el intolerante, que había que tomar conciencia de lo que estaba sucediendo y ejercer la responsabilidad personal. Fue expulsado por los suyos de GMHC y ya había sido duramente criticado tras publicar en 1978 Faggots, novela en la que reprochaba el hedonismo y la sobreactuación sexual en que, según él, había caído buena parte de la comunidad homosexual tras la libertad que iniciados los 70 se había conseguido en ciudades como su Nueva York natal. Polémicas aparte de un título tan provocador (Maricones, si lo traducimos), lo que dejan claro sus páginas es que dominaba también el estilo narrativo.

Pero fiel a su espíritu y a su concepción del activismo, en 1987 se unió a Act Up. Organización no solo asistencial e informativa, sino también denunciadora que recurría a acciones de gran impacto mediático como ocupar el parqué de Wall Street o las sedes de empresas farmacéuticas (como pudo verse hace un par de años en la brillante película francesa, 120 pulsaciones por minuto) que retrasaban, con fines especulativos y lucrativos, la puesta a disposición de los afectados de los primeros tratamientos antirretrovirales. El apoyo de artistas como Keith Haring hizo que sus mensajes resultaran más que reconocibles, sobre todo con campañas tan certeras y directas como Silence = Death, con imágenes que denunciaban la serofobia, visibilizaban la homosexualidad y promovían prácticas sexuales seguras.

En 1992 Kramer volvería a dar muestras de genio teatral con The destiny of me, obra en la que daba continuidad a la vida del protagonista de The normal heart, y ejemplificando cómo se pueden combinar la reivindicación política con la evocación emocional de la creación artística. Senda en la que siguió en las décadas posteriores hasta el momento presente en que estaba trabajando, como se supo hace poco, en un nuevo texto sobre la triple plaga que han vivido muchos gays, el VIH, el COVID y el envejecimiento. Pocas semanas después que Terrence McNally, se va otro grande del teatro norteamericano y un activista que desarrolló los postulados de Harvey Milk, convirtiéndose en un referente al que tener muy en cuenta. Muchas gracias por todo, Larry Kramer.

(Fotografía de Angel Franco, tomada de The New York Times).

Y después, ¿qué?

El aislamiento físico, que no social por obra y gracia de la tecnología, está haciendo que estas sean jornadas de reflexión y de no pensar, de dejarse llevar sin más y de reparar sobre asuntos en los que no lo hacíamos hasta ahora. De escuchar opiniones que iluminan y leer análisis que decepcionan. De echar la vista atrás para intentar comprender qué nos ha llevado hasta aquí y mirar hacia adelante para dilucidar cómo resolveremos y superaremos las consecuencias de lo que estamos viviendo.

Esto no acaba aquí. Las crisis no finalizan cuando se ha resuelto la urgencia y se cree tener la situación bajo control. Si no se actúa correctamente, ese puede ser un momento tan o más peligroso y potencialmente desestabilizador que los, aparentemente, ya superados. Hay que tomar buena nota de lo sucedido, de cómo nos hemos sentido, de quiénes han dado lo mejor de sí mismos (sanitarios desbordados, transportistas, cajeros y limpiadores soportando los servicios básicos, fuerzas y cuerpos de seguridad manteniendo el orden por el bien de todos), han enfermado o se han quedado en el camino por el dichoso virus. De cómo vamos a levantar los negocios y los medios de ganarse la vida, temporal o definitivamente, derrumbados; acompañar anímica y emocionalmente a los recuperados; y honrar a los que, por desgracia, ya no nos acompañan. Personas con nombres y apellidos, que dejan un vacío en sus familias, círculos de amigos y conocidos, que han de ser respetadas y no formar parte, más que en este sentido, de argumentario ideológico alguno.

Autocrítica antes que crítica. Mirar primero dentro de uno mismo para identificar qué no se hizo y qué se podría haber hecho mejor o de manera más efectiva y eficiente. Qué o a quién no se tuvo en cuenta y por qué. Si por desconocimiento de las habilidades y posibilidades de la institución o personalidad a la que se debería haber recurrido. Si por falta de conocimiento técnico, experiencia o de habilidades como la empatía y el diálogo. O de principios como la honestidad y la transparencia. O por exceso de ego, soberbia e indignidad, tanto de los encargados de gestionar la situación (a nivel científico, administrativo y gubernamental) como de los de interrogar sobre su actuación (oposición política, medios de comunicación).

Aceptar la imposibilidad de controlarlo y saberlo todo. La naturaleza está por encima del hombre y si algo nos ha dejado claro estas semanas es que somos un elemento más del ecosistema al que da vida. No hay otra opción más que la de respetarla, valgan como ejemplo imágenes como el cielo de grandes urbes sin su característica boina de contaminación o la inaudita transparencia de las aguas de otras tantas ciudades, libres de los miles de turistas que las abarrotaban a diario hasta hace bien poco. Considerarla únicamente como un instrumento, medio o recurso al servicio de nuestra productividad, rentabilidad y funcionalidad nos llevará a darnos de bruces, una y otra vez, contra su poder, fuerza y energía.

«Tenemos que cuidar la salud para que la economía vuelva a ser lo primero«, escuché días atrás al Ministro de Sanidad. Claro que la economía es importante, fundamental, básica y prioritaria, pero ¿no debiéramos ser lo primero, y siempre, las personas? ¿Cómo? A través de los pilares del llamado estado del bienestar (sanidad, educación, cultura, derechos laborales…). Un punto fundamental del análisis que debemos hacer tras superar la fase más crítica de lo que estamos viviendo, evitar muertes, será reflexionar sobre el sistema que estructura, dirige y nuestro modelo de sociedad y en el que todo, absolutamente todo, parece estar supeditado a la monetización, valoración y maximización económica y al individualismo, clasismo y sálvese quien pueda que este enfoque, en mayor o menor medida según el país, región o lugar en el que pongamos el foco, suele traer consigo.

Si de verdad queremos ser sostenibles, debemos entender unanimemente que la sostenibilidad no consiste en un ajardinar lo que, por otro lado, esquilmamos medioambientalmente; justificar con eufemismos y discursos vacíos el enriquecimiento de unos pocos a costa de la dignidad de muchos; y compensar con caridad marketiniana el maltrato y la explotación humana que ejercemos fuera de nuestro campo de visión. Solo así, y considerando este enfoque en nuestro ámbito de actuación, por muy pequeño que este nos parezca (a la hora de consumir, viajar o votar) conseguiremos resultados que nos permitan ser una sociedad más cohesionada y coherente y en la que todos sus integrantes tengamos iguales oportunidades, tanto de vivir de manera satisfactoria como de, asumiendo las responsabilidades que nos corresponden, colaborar activamente en su progreso y desarrollo.