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«Pura vida» de José María Mendiluce

Una historia sobre la relación, los espacios y los límites entre la pasión y el amor muy bien conducida entre EE.UU., Costa Rica y España, pero con un exagerado y excesivo lirismo a medio camino entre la sensualidad del erotismo y la trascendencia espiritual. Con pasajes que enganchan y otros que fluyen sin más habitados por unos personajes bastante esquemáticos, con trazos de realismo mágico latinoamericano y dramatismo cinematográfico estadounidense.

PuraVida

Frente a una gran urbe como Nueva York, convertida en una megalópolis anuladora de personalidades y conciencias individuales, Costa Rica comenzaba a darse a conocer a finales de los 80 del siglo XX como un lugar en el que vivir en contacto con la naturaleza y, por ende, en conexión con uno mismo. La cuestión es si cualquier ciudadano de nivel medio del mundo occidental está preparado para ese diálogo profundo e íntimo que supone vivir en un lugar sin ninguno de los referentes que haya tenido en su trayectoria anterior.

Esto es lo que se pregunta Pura vida a través del personaje de Ariadna, niña bien de Barcelona, máster en Ginebra y novia de un neoyorkino de familia pudiente. Esa clase de persona para la que todo lo material ha sido siempre fácil y que ante la duda opta por hacer punto y aparte. Así, aprovechando la movilidad de su trabajo en una agencia de NN.UU., deja a un lado el aburrimiento que le produce la previsibilidad de su presente para comenzar una aventura personal y social que parece más propia de un expatriado de lujo que de un emprendedor frente al riesgo de la diferencia cultural y la incertidumbre del éxito profesional.

Un camino de fiestas, excesos y desórdenes que tienen como escenario postales costarricenses paradisiacas, parques naturales y playas descritas por alguien que transmite haberlas conocido y quedado verdaderamente enamorado por ellas. Una pulsión que Mendiluce hace saltar del paisaje a sus pobladores autóctonos, a aquellos que habitan la naturaleza comunicándose con ella en una armoniosa simbiosis que les dota de una autenticidad y belleza únicas. Ese poder de atracción es el que Jonás emana, expira, exuda. Un Dios al que es imposible no mirar, no desear, no entregarse en cuerpo y alma.

Y aquí es donde esta novela finalista del Premio Planeta de 1998 deja de intentar ser literatura y se convierte directamente en un folletín. Si hasta ese momento la progresión de los acontecimientos había resultado bastante esquemática, aunque con una línea argumental muy lógica, la sucesión de besos, caricias, entregas y orgasmos que comienza entonces se convierte en un viaje, conducido por los impulsos sexuales, a ninguna parte narrativamente trascendente. Supongo que la intención del autor era resultar sensual y erótico, y aunque no cae en lo pornográfico ni en lo ordinario, el resultado carece de interés alguno.

A partir de ese momento Pura vida se convierte en un melodrama de fácil lectura, sin pretensión alguna, dando pie incluso a plantearse si merece la pena seguir o no. Evitando hacer spoilers, diré que sí, que aunque no cuajen las intenciones narrativas de su autor, merece la pena descubrir cómo convergen en su final las distintas tramas, personajes y localizaciones implicadas.

Pura vida, José María Mendiluce, 1998, Editorial Planeta.

El amor, la belleza y la maestría de “Cyrano de Bergerac” de Edmond Rostand

El amor romántico, la belleza interior y un héroe quijotesco son los tres pilares de esta dramaturgia en verso que produce hilaridad y asombro continuo y sin par por las cómicas e ingeniosas respuestas de su protagonista. Un texto que juega con la pompa y boato de mediados del s. XVII francés en que está ambientado, pero con la fluidez narrativa y la hondura en el retrato de sus personajes propia de la literatura de finales del XIX en que fue escrito.  

Como lector, Cyrano me ha parecido maravilloso, divertido, ocurrente, inteligente, una obra maestra. No es lo mío la producción teatral, pero supongo que desde ese punto de vista, sus múltiples, profusas y detalladas propuestas escenográficas (un teatro, un frente de guerra, un convento, una tienda de comestibles, un jardín y una casa con balcón,…), llenas de personajes secundarios manejando toda clase de atrezo (comidas, medios de transporte,…) y vistiendo de manera acorde a sus papeles (soldados, marqueses, burgueses, monjes y monjas,…) debe ser consideradas una locura, algo imposible, poco menos que un suicidio económico.

Imagino que Edmond Rostand pensaba tan a lo grande mientras escribía esta obra que quiso dar a su protagonista cuanto requiriera para hacerle brillar. La realidad es que el nivel literario que alcanzó es tan excelente que hace que las indicaciones técnicas se entiendan más como una prolongación del alto nivel de su historia que como un soporte de la misma, ya que en ningún momento le hacen sombra a la arrogancia y la sensibilidad de Cyrano, los dos elementos en torno a los cuales giran cuanto acontece. Dos pilares que dicen también mucho sobre su personalidad y su comportamiento. Altivo, sarcástico y retador cuando está en ambientes públicos, fundamentalmente entre hombres. Cercano, empático y atento en todo lo que tiene que ver con el único capítulo de su intimidad, Roxana, su prima y la mujer de la que está enamorado.

De igual manera que Cyrano le cede sus palabras a Christian para que este consolide la atracción recíproca que siente por Roxana, Rostand pone a su disposición una retórica en verso que no solo es siempre recurrente y divertida, sino también vivaz y fluida, que encandila, gusta y asombra tanto por la formalidad de su métrica y sus rimas como por lo que dice y sugiere. En ningún momento presenta fisura alguna e hila los cambios de ritmo y atmósfera haciendo crecer la intensidad y alcance de su relato. Algo en lo que supongo tiene mucho que ver la traducción del francés al castellano de Jayme y Laura Campmany de la edición que he tenido entre mis manos (Espasa Calpe, Colección Austral, 2000).

La bravuconería, testosterona y alarde de violencia con que se rigen los ambientes masculinos contrastan con la admiración por la belleza, la multitud de las emociones y la búsqueda estética cuando se trata de acercarse y ganarse el afecto de aquella por la que ambos hombres se sienten atraídos. Dos mundos enfrentados entre los que hace puente –casi de manera real- la nariz de Cyrano, poniendo sobre la mesa la cuestión de la apariencia física y el papel que esta puede determinar a la hora de relacionarse tanto para los agraciados con el don de una buena prestancia, como para los que se encuentran en sus antípodas. Un plano en el conviven sin un orden determinado la belleza interior con la fealdad exterior, el eufemismo de las apariencias, los cánones físicos y una sinceridad pocas veces verbalizada.

No tengo claro si esto hace de Cyrano de Bergerac una obra atemporal, pero lo que está claro es que a pesar de los casi cuatro siglos de vida que aparenta (cuatro de sus actos se sitúan en 1640 y el último en 1655) y de los 120 años reales que tiene (su estreno fue el 27 de diciembre de 1897) su lectura resulta tan fresca y estimulante como seductora y apasionante.

Cyrano de Bergerac, Edmond Rostand, 1897, Ediciones Austral.

10 textos teatrales de 2021

Obras que ojalá vea representadas algún día. Otras que en el escenario me resultaron tan fuertes y sólidas como el papel. Títulos que saltaron al cine y adaptaciones de novelas. Personajes apasionantes y seductores, también tiernos en su pobreza y miseria. Fábulas sobre el poder político e imágenes del momento sociológico en que fueron escritas.

«The inheritance» de Matthew Lopez. Obra maestra por la sabia construcción de la personalidad y la biografía de sus personajes, el desarrollo de sus tramas, los asuntos morales y políticos que trata y su entronque de ficción y realidad. Una complejidad expuesta con una claridad de ideas que hace grande su escritura, su discurso y su objetivo de remover corazones y conciencias. Una experiencia que honra a los que nos precedieron en la lucha por los derechos del colectivo LGTB y que reflexiona sobre el hoy de nuestra sociedad.

«Angels in America» de Tony Kushner. Los 80 fueron años de una tormenta perfecta en lo social con el surgimiento y expansión del virus del VIH y la pandemia del SIDA, la acentuación de las desigualdades del estilo de vida americano impulsadas por el liberalismo de Ronald Reagan y las fisuras de un mundo comunista que se venía abajo. Marco que presiona, oprime y dificulta –a través de la homofobia, la religión y la corrupción política- las vidas y las relaciones entre los personajes neoyorquinos de esta obra maestra.

“La taberna fantástica” de Alfonso Sastre. Tardaría casi veinte años en representarse, pero cuando este texto fue llevado a escena su autor fue reconocido con el Premio Nacional de Teatro en 1986. Una estancia de apenas unas horas en un tugurio de los suburbios de la capital en la que con un soberbio uso del lenguaje más informal y popular nos muestra las coordenadas de los arrinconados en los márgenes del sistema.

«La estanquera de Vallecas» de José Luis Alonso de Santos. Un texto que resiste el paso del tiempo y perfecto para conocer a una parte de la sociedad española de los primeros años 80 del siglo pasado. Sin olvidar el drama con el que se inicia, rápidamente se convierte en una divertida comedia gracias a la claridad con que sus cinco personajes se muestran a través de sus diálogos y acciones, así como por los contrastes entre ellos. Un sainete para todos los públicos que navega entre la tragedia y nuestra tendencia nacional al esperpento.

«Juicio a una zorra» de Miguel del Arco. Su belleza fue el salvoconducto con el que Helena de Troya contó para sobrevivir en un entorno hostil, pero también la condena que hizo de ella un símbolo de lo que supone ser mujer en un mundo machista como ha sido siempre el de la cultura occidental. Un texto actual que actualiza el drama clásico convirtiéndolo en un monólogo dotado de una fuerza que va más allá de su perfecta forma literaria.

«Un hombre con suerte» de Arthur Miller. Una fábula en la que el santo Job es convertido en un joven del interior norteamericano al que le persigue su buena estrella. Siempre recompensado sin haber logrado ningún objetivo previo ni realizado hazaña audaz alguna, lo que despierta su sospecha y ansiedad sobre cuál será el precio a pagar. Una interrogación sobre la moral y los valores del sueño americano en tres actos con una estructura sencilla, pero con un buen desarrollo de tramas y un ritmo creciente generando una sólida y sostenida tensión.

“Las amistades peligrosas” de Christopher Hampton. Novela epistolar convertida en un excelente texto teatral lleno de intriga, pasión y deseo mezclado con una soberbia difícil de superar. Tramas sencillas pero llenas de fuerza y tensión por la seductora expresión y actitud de sus personajes. Arquetipos muy bien construidos y enmarcados en su contexto, pero con una violencia psicológica y falta de moral que trasciende al tiempo en que viven.

“El Rey Lear” de William Shakespeare. Tragedia intensa en la que la vida y la muerte, la lealtad y la traición, el rencor y el perdón van de la mano. Con un ritmo frenético y sin clemencia con sus personajes ni sus lectores, en la que nadie está seguro a pesar de sus poderes, honores o virtudes. No hay recoveco del alma humana en que su autor no entre para mostrar cuán contradictorias y complementarias son a la par la razón y la emoción, los deberes y los derechos naturales y adquiridos.

“Glengarry Glen Ross” de David Mamet. El mundo de los comerciales como si fuera el foso de un coliseo en el que cada uno de ellos ha de luchar por conseguir clientes y no basta con facturar, sino que hay que ganar más que los demás y que uno mismo el día anterior. Coordenadas desbordadas por la testosterona que sudan todos los personajes y unos diálogos que les definen mucho más de lo que ellos serían capaces de decir sobre sí mismos.

«La señorita Julia» de August Strindberg. Sin filtros ni pudor, sin eufemismos ni decoro alguno. Así es como se exponen a lo largo de una noche las diferencias entre clases, así como entre hombres y mujeres, en esta conversación entre la hija de un conde y uno de los criados que trabajan en su casa. Diálogos directos, en los que se exponen los argumentos con un absoluto realismo, se da cabida al determinismo y su autor deja claro que el pietismo religioso no va con él.

«La señorita Julia» de August Strindberg

Sin filtros ni pudor, sin eufemismos ni decoro alguno. Así es como se exponen a lo largo de una noche las diferencias entre clases, así como entre hombres y mujeres, en esta conversación entre la hija de un conde y uno de los criados que trabajan en su casa. Diálogos directos, en los que se exponen los argumentos con un absoluto realismo, se da cabida al determinismo y su autor deja claro que el pietismo religioso no va con él.

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Los casi 130 años transcurridos desde que Strindberg (Estocolmo, 1848-1912) escribiera La señorita Julia en 1888 no han hecho mella en ella. Su lectura impresiona hoy como si fuera un texto recién publicado por la descarnada manera con que trata cuestiones como el sexo y la atracción, las diferencias entre clases y las argumentaciones que sus personajes manejan para manipular a aquel a cuyo control aspiran.

La conversación que inicia Julia con Juan en presencia de Cristina, la cocinera y novia de éste, deriva en un duelo sin reglas entre ellos dos en el que no se persigue otro fin que dominar, destruyendo al otro si es necesario para conseguirlo. Un canibalismo que ella ejercita como patrona explotadora del empleado contratado por su padre, y que él también practica para intentar conseguir lo que le interesa de ella. En su caso apelando a aquello que ella cree que la libera, el deseo sexual, pero que al tiempo la hace esclava de él. Más allá de lo explícito de lo que se dicen y del lenguaje no verbal que esto conlleva, pasajes como el del beso de los zapatos de ella o el recuerdo de cómo atizaba a su novio con una fusta avivan un fuego físico y psicológico de consecuencias imprevisibles.

A medida que ambos revelan el momento presente en el que se encuentran y la historia individual y familiar que albergan detrás, queda claro que lo que está sucediendo entre ellos no alcanzará un punto de equilibrio. O ella pierde el honor y la virtud que se le suponen por su apellido y su condición de mujer, o él asume que es el esclavo que las normas sociales le consideran aunque se niegue a reconocerlo. Las mentiras, la amenaza y el chantaje serán las armas que ambos empuñarán con sadismo para intentar conseguir la sumisión y rendición de su adversario. Y sin reparar en la forma en que esta derrota se materializará -la huida, la deshonra, la vida- ni las consecuencias que pueda tener tanto para ellos como para sus allegados.

Una noche de San Juan a escondidas de todos en la que él manifiesta su anhelo por llegar a ser alguien, considerado por sus propiedades y sus títulos, así como su sentimiento de superioridad por el hecho de ser hombre. Ella, a su vez, le arroja a la cara la imposibilidad de convertirse en una persona diferente a quien ya se es antes del nacimiento, de dejar de ser invisible mientras no se tengan recursos materiales ni educación ni haber sido considerado y aceptado por aquellos que gobiernan la sociedad de la que se quiere ser parte.

Una lucha verbal en la que el lenguaje es utilizado siempre como un medio de extraordinaria potencia por sus personajes, nunca como un instrumento literario por su creador. Y un combate también corporal, en el que cada uno intenta subyugar al otro a través de la provocación, la atracción sexual y el contacto físico que esta puede conllevar.

Una valiente y avanzada exposición para su tiempo del comportamiento humano que no ignora la omnipresente presencia de la religión. Factor que entra en escena con la casi siempre ausente Cristina y su exposición de que ésta es únicamente refugio en el que buscar y encontrar penitencia si no se tiene nada material que perder. Algo así como “el opio del pueblo” que tantas luchas y conflictos le generó a Strindberg a lo largo de su vida.

La señorita Julia, August Strindberg, 1888, Alianza Editorial.

10 novelas de 2018

Títulos publicados tanto a lo largo de los últimos meses como en años anteriores. Autores españoles y residentes en EE.UU. Recuerdos de la infancia, frescos históricos, crónicas sobre el amor y el desamor y denuncias de la injusticia y la desigualdad.

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«V y V. Violación y venganza» de Pilar Bellver. Con la estructura y el desarrollo tranquilo y de amplio alcance de los clásicos de la literatura del XIX a los que hace referencia, uniéndole una profunda exposición de sus personajes protagonistas a través de unos diálogos –conversados, redactados a mano o tecleados como e-mail- escritos de manera maestra. La historia de dos hermanas de apellido noble a lo largo de un tiempo –desde la pequeña España de los 80 hasta el mundo global del s. XXI- bajo el eterno freno y la pesada sombra del siempre omnipresente yugo invisible del heteropatriarcado.

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«Sol poniente» de Antonio Fontana. Volver la mirada a la Málaga de cuando se era niño para dejar aflorar los recuerdos de aquellos años en que se forjó nuestra identidad. Un ejercicio de intimidad en el que las palabras son el medio para llegar a las sensaciones que se quedaron grabadas en la piel, las verdaderas protagonistas de esta delicada novela. Un relato auténtico, que desprende nostalgia con simpatía y buen humor pero sin añoranzas sentimentales, celebrando que somos el resultado de quienes fuimos y de cuanto nos aconteció.

SolPoniente

«Las tres bodas de Manolita» de Almudena Grandes. Con su habitual saber hacer literario, Grandes desarrolla una serie de tramas en las que los acontecimientos históricos se combinan a la perfección con los dramas personales de sus protagonistas. El tercer episodio de su saga sobre el conflicto interminable que fue la Guerra Civil es una novela que nos permite conocer cómo era la vida de aquellos que intentaron mantener la ilusión a pesar de haber sido derrotados por el fascismo y continuar torturados por el franquismo.

LasTresBodasDeManolita

“El invitado amargo” de Vicente Molina Foix y Luis Cremades. El recuerdo del amor vivido visto con la perspectiva de las tres décadas transcurridas desde entonces. Del ímpetu, el desconocimiento y la experimentación de los que se inician como adultos al reposo, la retirada y el balance de los ya instalados en la madurez. Un intercambio folletinesco con dos voces narradoras, capítulos escritos por separado que enfrentan y complementan dos puntos de vista sobre un enamoramiento difuso y una relación que nunca terminó de cuajar pero que tampoco llegó a disolverse.

ElInvitadoAmargo

“Llámame por tu nombre” de André Aciman. Una lograda expresión del deseo y la pasión a los diecisiete años. Una narración obsesiva que quiere entender lo que está sucediendo, anárquica en su búsqueda de palabras con las que expresarse, desesperada por convertirlas en hechos que hagan que las emociones individuales se conviertan en sensaciones compartidas. Una historia guiada por el latido del corazón y el impulso de la libido de sus protagonistas.

LlamamePorTuNombre

“Un incendio invisible” de Sara Mesa. La bancarrota y hecatombe de Detroit le inspiran a Sara Mesa una historia sobre una ciudad apocalíptica en la que no quedan más que personas abandonadas o sin lugar al que ir. Una urbe en la que todo lo que conforma nuestro modelo de bienestar alcanza tal nivel de degradación que peligra hasta la convivencia y el carácter humano de las personas. Una inteligente y sugerente ficción que juega con logrado acierto a exponer, sin enjuiciar, la deriva moral de lo que está relatando.

UnIncendioInvisible

“Lecciones de abstinencia” de Tom Perrotta. A caballo entre la sátira y un despiadado realismo, esta novela muestra el control que el fundamentalismo religioso pretende tener de todo individuo convirtiendo su vida privada -el sexo, el consumo o los hábitos lúdicos- en un continuo campo de batalla. Un sarcástico retrato de la clase media estadounidense y de la decadencia de su modelo de sociedad, de su falta de cohesión, de sus endebles valores y de su falta de rumbo.

LeccionesDeAbstinencia

“Middlesex” de Jeffrey Eugenides. Varias buenas novelas en una única y genial. Un muy bien guiado recorrido por el mundo global que va de los conflictos entre Turquía y Grecia tras la I Guerra Mundial al Berlín posterior a la reunificación alemana pasando por el EE.UU. acogedor de miles de refugiados en los años 30 hasta la extensión del movimiento hippie en los 70. Dentro de él una saga familiar que aúna a la perfección lo antropológico y lo sociológico con lo vivencial y lo emocional. Y también un relato valiente, pedagógico, sensible y acertado sobre la verdad y la realidad de la intersexualidad.

Middlesex

“Honrarás a tu padre” de Gay Talese. Excelente crónica publicada en 1971, entre la ficción literaria y la objetividad periodística, sobre la evolución de la Mafia en la ciudad de Nueva York –y sus ramificaciones en otras partes de EE.UU.- en la que las influencias y las luchas de poder se combinan con la vida personal y familiar de Bill Bonanno. Un sobresaliente retrato de las raíces, las motivaciones y los fines de aquellos que hacían de la ilegalidad –cuando no, la criminalidad- las coordenadas en las que desarrollaban sus trayectorias vitales.

HonrarasATuPadre

“Haz memoria” de Gema Nieto. La historia de tres generaciones de mujeres que es también la no contada de muchas familias de nuestro país. De un tiempo aun convulso que pide volver a él para calmar los asuntos pendientes, para darle luz a aquellos pasajes vividos a escondidas y después condenados al olvido. Una sentencia de negación que anuló el futuro de los que sobrevivieron y lastró a sus descendientes.

HazMemoria

10 películas de 2018

Cine español, francés, ruso, islandés, polaco, alemán, americano…, cintas con premios y reconocimientos,… éxitos de taquilla unas y desapercibidas otras,… mucho drama y acción, reivindicación política, algo de amor y un poco de comedia,…

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120 pulsaciones por minuto. Autenticidad, emoción y veracidad en cada fotograma hasta conformar una completa visión del activismo de Act Up París en 1990. Desde sus objetivos y manera de funcionar y trabajar hasta las realidades y dramas individuales de las personas que formaban la organización. Un logrado y emocionante retrato de los inicios de la historia de la lucha contra el sida con un mensaje muy bien expuesto que deja claro que la amenaza aún sigue vigente en todos sus frentes.

Call me by your name. El calor del verano, la fuerza del sol, el tacto de la luz, el alivio del agua fresca. La belleza de la Italia de postal, la esencia y la verdad de lo rural, la rotundidad del clasicismo y la perfección de sus formas. El mandato de la piel, la búsqueda de las miradas y el corazón que les sigue. Deseo, sonrisas, ganas, suspiros. La excitación de los sentidos, el poder de los sabores, los olores y el tacto.

Sin amor. Un hombre y una mujer que ni se quieren ni se respetan. Un padre y una madre que no ejercen. Dos personas que no cumplen los compromisos que asumieron en su pasado. Y entre ellos un niño negado, silenciado y despreciado. Una desoladora cinta sobre la frialdad humana, un sobresaliente retrato de las alienantes consecuencias que pueden tener la negación de las emociones y la incapacidad de sentir.

Yo, Tonya. Entrevistas en escenarios de estampados imposibles a personajes de lo más peculiar, vulgares incluso. Recreaciones que rescatan las hombreras de los 70, los colores estridentes de los 80 y los peinados desfasados de los 90,… Un biopic en forma de reality, con una excepcional dirección, que se debate entre la hipérbole y la acidez para revelar la falsedad y manipulación del sueño americano.

Heartstone, corazones de piedra. Con mucha sensibilidad y respetando el ritmo que tienen los acontecimientos que narra, esta película nos cuenta que no podemos esconder ni camuflar quiénes somos. Menos aun cuando se vive en un entorno tan apegado al discurrir de la naturaleza como es el norte de Islandia. Un hermoso retrato sobre el descubrimiento personal, el conflicto social cuando no se cumplen las etiquetas y la búsqueda de luz entre ambos frentes.

Custodia compartida. El hijo menor de edad como campo de batalla del divorcio de sus padres, como objeto sobre el que decide la justicia y queda a merced de sus decisiones. Hora y media de sobriedad y contención, entre el drama y el thriller, con un soberbio manejo del tiempo y una inteligente tensión que nos contagia el continuo estado de alerta en que viven sus protagonistas.

El capitán. Una cinta en un crudo y expresivo blanco y negro que deja a un lado el basado en hechos reales para adentrarse en la interrogante de hasta dónde pueden llevarnos el instinto de supervivencia y la vorágine animal de la guerra. La sobriedad de su fotografía y la dureza de su dirección construyen un relato árido y áspero sobre esa línea roja en que el alma y el corazón del hombre pierden todo rastro y señal de humanidad.

El reino. Ricardo Sorogoyen pisa el pedal del thriller y la intriga aún más fuerte de lo que lo hiciera en Que Dios nos perdone en una ficción plagada de guiños a la actualidad política y mediática más reciente. Un guión al que no le sobra ni le falta nada, unos actores siempre fantásticos con un Antonio de la Torre memorable, y una dirección con sello propio dan como resultado una cinta que seguro estará en todas las listas de lo mejor de 2018.

Cold war. El amor y el desamor en blanco y negro. Estético como una ilustración, irradiando belleza con su expresividad, con sus muchos matices de gris, sus claroscuros y sus zonas de luz brillante y de negra oscuridad. Un mapa de quince años que va desde Polonia hasta Berlín, París y Splitz en un intenso, seductor e impactante recorrido emocional en el que la música aporta la identidad del folklore nacional, la sensualidad del jazz y la locura del rock’n’roll.

Quién te cantará. Un misterio redondo en una historia circular que cuando vuelve a su punto inicial ha crecido, se ha hecho grande gracias a un guión perfecto, una puesta en escena precisa y unas actrices que están inmensas. Una cinta que evoca a algunos de los grandes nombres de la historia del cine pero que resulta auténtica por la fuerza, la seducción y la hipnosis de sus imágenes, sus diálogos y sus silencios.

“Hacia las luces del norte” de Angel Valenzuela

Un viaje spanglish en coche de dos jóvenes que recorren Estados Unidos partiendo desde México para llegar a Canadá. Un trayecto por esa América anodina, salvaje y vacía que con su silencio obliga a la búsqueda y al diálogo interior. Un relato directo y sin rodeos sobre la identidad, el deseo, la comunicación con el otro, la necesidad de poner palabras a lo que no se nombra y de hacer tangible la abstracción del futuro.

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Cuando tienes veinte años el mundo no está a tus pies como nos suelen decir, lo que ocurre es que cuentas con la energía, las ganas, la falta de compromisos y el desconocimiento suficiente para moverte sobre él sin dejarte atrapar por las múltiples formalidades y protocolos que suele exigir hacerse un hueco en él. Si además tienes una familia que te soporta en lo material, dándote casa, estudios y posibilidades para tu vida social, se te coloca esta etiqueta sin que nadie te explique qué supone exactamente.

Aparentemente, Demetrio y Andy son dos jóvenes que vistos desde fuera podrían pasar por esa clase de personas libres de preocupaciones y sin mayor obligación que cumplir el guión que les asignaron sus mayores cuando nacieron. Formarse y conseguir un buen empleo. Casarse heterosexualmente. Reproducirse y dar pie a que el ciclo se siga repitiendo.

Pero antes de que el primero consolide el segundo paso, le pide a su mejor amigo hacer un viaje como última oportunidad teórica de poder hacer algo por impulso, al margen de reglas civiles y deberes familiares aún por conocer. Hacia las luces del norte se inicia en ese mundo de hábitos establecidos por el american way of life que va más allá de la frontera que marca el Río Grande. Pero una vez que se alejan de esas coordenadas, Andy –narrador en primera persona- se va quitando las capas de pudor, formalidad y vergüenza con las que se ha ido cubriendo a medida que se hacía adulto para revelarnos quién es y cómo se siente en su relación con el mundo familiar y social en el que vive.

Así es como a lo largo de una atractiva narración de kilómetros de rodaje por paisajes infinitos, y paradas en ciudades cortadas por el mismo patrón con la intención de llegar hasta Calgary para ver la aurora boreal, toma forma la exposición de su homosexualidad. Algo que no iría más allá de no ser por el deseo y la turbación que su amigo Demetrio le ha causado desde que las hormonas se colocaron en el puesto de gobierno que tienen en toda persona desde su adolescencia.

Una tensión en la que la honestidad, la cercanía corporal, el calor ambiental, la indefinición de la noche y el imán de la piel harán de las suyas generando una atmósfera de atracción, carnalidad, morbo y deseo. Una vivencia en la que Angel Valenzuela nos implica con un estilo sobrio y coloquial que va más allá de lo erótico, pero sin eludir lo físico ni lo sexual ni endulzar las consecuencias de las reacciones químicas y los comportamientos humanos –unos marcados por la razón, otros por la emoción- que nos relata con acertada precisión. Ese es el verdadero viaje de Hacia las luces del norte y el motivo por el que me apetece leer más de este autor para así también volver a disfrutar con cómo combina el español con el inglés en su escritura.

“No pasar (Do Not Cross)” de Dora Pavel

¿Qué puede hacer que un secuestrado decida quedarse con el hombre que le retiene en lugar de marcharse con la policía cuando le encuentran? La respuesta es este relato árido y oscuro que bucea en la mente de una personalidad que no se atiene a patrones para entender en qué punto de su pasado, su educación y su relación con la sociedad está la clave que explique su comportamiento.  

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Las primeras páginas de No pasar son las de un thriller convencional. La policía busca con todos los medios a un hombre retenido contra su voluntad por un demente. Pero cuando logran dar con él acontece lo inesperado, el secuestrado opta por ponerse del lado de quien le niega la libertad y huir junto a él de las fuerzas y cuerpos de seguridad que ahora les asedian a los dos con todos los medios a su alcance. Comienza entonces una doble intriga tan angustiosa como inquietante, cómo evadir el cerco de la ley y entender por qué ha actuado así el joven Cesar Braia.

Y si su comportamiento no es convencional, menos aún lo es su mente y, por tanto, su narración en primera persona. La ficción de Dora Pavel no entra en qué consiste o en qué se basa el síndrome de Estocolmo, su empeño es el de mostrar con total asertividad quién y cómo es esa persona que quiere ser en todo momento alguien imprevisible a ojos de los demás. Desde la ansiedad, pero también la tranquilidad, de la nocturnidad del bosque a través del cual huye, y en el que también se refugia, nos relata su biografía mediante una serie de flashbacks que nos dan a conocer a un individuo siempre contrario a lo que se esperaba de él, siempre opuesto a su entorno.

Tanto que hasta el supuesto ejercicio de sinceridad de su narración resulta escurridizo. Su transparencia es real, pero requiere el esfuerzo de hacer frente a un estilo sinuoso, un tránsito por arenas movedizas que exige una lectura atenta y entregada para conseguir captar cuanto este ser profundamente neurótico quiere, aparentemente, compartir con nosotros. Sin embargo, el esfuerzo merece la pena, y si se es capaz de entrar en su discurso y dedicarle atención plena, su relato es fascinante. Un viaje por una configuración personal única y diferente a cualquier otra que hayamos conocido, que no se atiene a cánones ni esquemas preconcebidos basados en la experiencia.

Una vuelta atrás que llega hasta la infancia y que desde el inicio de su biografía repasa tanto las distintas etapas de su vida como su visión de las mismas y su relación con las personas que formaron parte de cada una de ellas. Episodios en los que sintetiza su conflictiva relación con sus padres, el lazo de reciprocidad que mantuvo con su hermano y, sobre todo, una vez entrado en la adolescencia, la atracción por los hombres y su compleja vivencia desde entonces de la sensualidad, la sexualidad y el deseo.

Áreas de la intimidad en las que la lucha por encajar es tan ardua como la de empeñarse en no hacerlo, y en la que el conflicto, la provocación, la pasividad y la agresividad revelan un desconcertante paralelismo con el momento presente en el que aparentemente no hay otra opción vital más que la de una doble huida hacia adelante.

“Cold war”, pasión musical en blanco y negro

El amor y el desamor en blanco y negro. Estético como una ilustración, irradiando belleza con su expresividad, con sus muchos matices de gris, sus claroscuros y sus zonas de luz brillante y de negra oscuridad. Un mapa de quince años que va desde Polonia hasta Berlín, París y Splitz en un intenso, seductor e impactante recorrido emocional en el que la música aporta la identidad del folklore nacional, la sensualidad del jazz y la locura del rock’n’roll.

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Los primeros planos son paisajes nevados de una Polonia rural en 1949 que bien podrían pasar por óleos o por páginas de una historia ilustrada en las que el movimiento sale de ellas por el ángulo de sus esquinas inferiores. Escenas que se llenan de vida con una serie de audiciones en las que se está seleccionando a artistas amateur para formar una compañía dedicada a interpretar danzas y canciones populares que transmitan a su público la alegría y el orgullo de su identidad nacional. En una de esas jornadas de reclutamiento coinciden Wiktor, un director musical, y Zula, una joven dotada de una voz y una presencia cargadas de energía y autenticidad.

Comienza entonces una historia de atracción que saltará de las miradas y la coordinación musical a lo físico, lo anímico y lo espiritual, acercándoles y separándoles de igual manera, pero manteniendo siempre intacto el lazo que los une más allá de la lógica y de la razón. La política a la que alude el título no solo marca el tiempo y los lugares en los que se desarrolla su relación, sino que es también la perfecta definición de una reciprocidad en la que la pasión visceral, casi animal, es más fuerte que cualquier posibilidad de equilibrio. Quince años condensados en apenas noventa minutos de proyección en los que el hilo conductor de su atracción y necesidad mutua se adapta perfectamente a la evolución de las circunstancias, las personalidades, las reacciones y las motivaciones de sus protagonistas.

Pawel Pawlikowski maneja a la perfección la música como guía de una historia en la que vemos los múltiples significados que esta puede tener, desde instrumento de las políticas nacionalistas de los regímenes comunistas del telón de acero a un lenguaje muy personal de expresión emocional. La sensibilidad, el ritmo y el derroche de sensaciones que transmiten y contagian todas las secuencias que giran en torno a su interpretación en directo son sublimes, desde las de bailes folklóricos en grupo sobre un escenario teatral al libre albedrío del rock’n’roll o la intimidad de una balada a ritmo de jazz.

Un lenguaje con el que el de la fotografía se une en una perfecta simbiosis, haciendo que las tonalidades de aquella y la luz, los blancos, los grises, los negros y la oscuridad revelen lo que es necesario en cada secuencia. Ya sea la belleza de la atracción, el impulso del deseo, la felicidad de la complicidad, la crudeza de la inacción, la impotencia de la insatisfacción, el derroche de lo primario o la dureza de lo inevitable. Si a esto se le une la fotogenia, la brutal presencia y la excelente interpretación de Tomasz Kot y Joanna Kulig, Cold War se convierte en una película tan excepcional como brillante.

«Llámame por tu nombre» de André Aciman

Una lograda expresión del deseo y la pasión a los diecisiete años. Una narración obsesiva que quiere entender lo que está sucediendo, anárquica en su búsqueda de palabras con las que expresarse, desesperada por convertirlas en hechos que hagan que las emociones individuales se conviertan en sensaciones compartidas. Una historia guiada por el latido del corazón y el impulso de la libido de sus protagonistas.

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Las coordenadas que marcan los acontecimientos de esta novela son las de un verano de temperaturas sofocantes y con la humedad propia de los lugares junto al mar, a principios de los 80 en el norte de Italia. El marco en el que se circunscriben, y del que se contagian, es el de una naturaleza aletargada por un sol omnipotente bajo cuyo influjo todo se mueve laciamente. Durante el día el reloj parece no avanzar y por la noche lo hace de manera indolente. Un ritmo al que se adapta como un camaleón Elio, un adolescente resuelto, amante de la música, de escucharla e interpretarla, ávido lector y más reservado que introvertido.

Hasta que llega a su casa Oliver, un joven estadounidense recién licenciado, de atractivo atemporal y belleza clásica, presencia escultórica y sonrisa cinematográfica para trabajar en un proyecto literario junto a su padre las siguientes seis semanas. Tiempo en el que vivirá bajo su mismo techo dando pie a que la que hasta entonces había sido una vida tranquila y de evolución bajo control se convierta en un calendario sin fechas definidas y un mapa de trazado desconocido y sucesión de paisajes emocionales de lo más abrupto.

Llámame por tu nombre no responde a reglas literarias ni a lógicas relacionales. Su propuesta narrativa está plenamente guiada por los impulsos humanos que marcan su devenir. Sin duda alguna es una novela de sensaciones en la que las percepciones a través de los cinco sentidos tiene tanto o más protagonismo que cualquier planteamiento racional o reflexión intelectual. Algo que tiene especial mérito si se tiene en cuenta la vertiente erudita de la mayor parte de sus personajes y el ambiente humanista en el que conviven.

Oliver descoloca a Elio y su relato en primera persona. Desatando reclamaciones de lo más bárbaro por parte de su piel, poniendo a su vista al servicio de su osada imaginación, causándole ansiedad por degustarle. Una locura llena de sensualidad y sexualidad en la que su expresión interior se hace libre e impudorosa llevándole a territorios íntimos desconocidos que no elude. Pero ante los que no puede evitar un profundo desasosiego al no acertar a dilucidar sus motivaciones y no ser capaz de prever sus consecuencias ni sobre sí mismo ni sobre su relación con el mundo.

Ese es el mayor acierto, a la par que la mayor dificultad, de lo que propone y transmite André Amacin. En ningún momento hace de intermediario entre el adolescente al que le presta su voz y sus lectores, sino que nos convierte en sus compañeros de viaje. Una odisea que Elio emprende movido por su incansable empeño por experimentar y ubicarse ante la dimensión carnal, afectiva y amorosa que acaba de descubrir de manera totalmente inesperada.

Su atropellada, obsesiva e insistente búsqueda nos seduce sin remedio haciendo que nos identifiquemos con el caos de su inexperiencia, que hagamos nuestro el páramo de su inseguridad, que lloremos la impotencia de sus frustraciones y sonriamos sus logros. ¿Resultado? Que quedemos plenamente vinculados y unidos tanto a él como al hombre por el que se siente terriblemente atraído.