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"El otro barrio" de Elvira Lindo

Una pequeña historia que alberga todo un universo sociológico. Un relato preciso que revela cómo lo cotidiano puede esconder realidades, a priori, inimaginables. Una narración sensible, centrada en la brújula emocional y relacional de sus personajes, pero que cuida los detalles que les definen y les circunscriben al tiempo y espacio en que viven.

Los barrios residenciales de las grandes ciudades, aquellos en los que vive la gente humilde, la que no tiene más que lo justo para llegar a final de mes, suelen pasar completamente desapercibidos. Suburbios que sabemos que existen, pero desde fuera se les contempla como lugares ajenos, no importa quién ni por qué se establece en ellos, qué tipo de vida siguen ni qué aspiraciones tienen. Vallecas es uno de esos distritos, tan grande o más que muchas capitales de provincia y a donde, durante décadas, llegaron muchos buscando una oportunidad con la que labrarse un futuro digno.

Cuando Elvira Lindo publicó El otro barrio en 1998 esto era aún más evidente, tal y como transmiten sus páginas. De un lado el costumbrismo y la tradición representados por los mayores, por unos hábitos que les conectaban con la ruralidad de la que muchos procedían, por su manera conservadora de pensar y su proceder consecuente. Y por el otro la modernidad y la adaptación a los nuevos tiempos de sus descendientes, de una juventud que quería conocer, aprender y experimentar, que ya no se conformaba con lo que le había tocado.

Esa es la atmósfera en la que creció el adolescente Ramón Fortuna, el joven que comienza apocado esta novela y que por capricho de las carambolas del destino se ve envuelto en unos acontecimientos que harán que su vida no vuelva a ser la misma. Un punto de inflexión del que Lindo se sirve para ahondar tras la superficie de esa identidad que nos arrojamos o nos imponen para sentir que pertenecemos, a una familia primero y a una comunidad más amplia después. Una realidad aparentemente espontánea, pero también una elaborada construcción tras las que nos refugiamos, o de la que deseamos huir, por miedo a mostrarnos tal y como somos cuando no cumplimos el canon dispuesto por las normas sociales y los referentes que no nos atrevemos a poner en duda.

Esa verdad no dicha, no mostrada o no compartida es la que la creadora de Manolito Gafotas va poco a poco, y con sumo tacto, mostrando. Respetando el ritmo de los acontecimientos que hace que sus personajes descubran lo que no imaginaban, los paréntesis que se toman para asumir lo conocido y las pausas que necesitan para integrar lo descubierto o lo que ya no pueden simular ignorar por más tiempo. Y en el caso de Ramón, en el marco de una edad en que no se cuenta con el prisma adecuado para observar, evaluar y medir lo que está ocurriendo. Lo infantil ya quedó atrás y aunque se está en el camino de la adultez, la responsabilidad que esta implica aun resulta demasiado grande y abrumadora.

Líneas rojas y estrechas sobre la que discurre El otro barrio, pero manteniéndose firme en un trazado salpicado de referencias cinematográficas y literarias en el que su autora integra con solvencia los conflictos personales de cada una de las personas que habitan este microcosmos y desarrollando hábilmente las tramas aisladas, paralelas y cruzadas a que dan pie.

El otro barrio, Elvira Lindo, 1998, Seix Barral.

10 novelas de 2019

Autores que ya conocía y otros que he descubierto, narraciones actuales y otras con varias décadas a sus espaldas, relatos imaginados y autoficción, miradas al pasado, retratos sociales y críticas al presente.

“Juegos de niños” de Tom Perrotta. La vida es una mierda. Esa es la máxima que comparten los habitantes de una pequeña localidad residencial norteamericana tras la corrección de sus gestos y la cordialidad de sus relaciones sociales, la supuesta estabilidad de sus relaciones de pareja y su ejemplar equilibrio entre la vida profesional y la personal. Un panorama relatado con una acidez absoluta, exponiendo sin concesión alguna todo aquello de lo que nos avergonzamos, pero en base a lo que actuamos. Lo primario y visceral, lo egoísta y lo injusto, así como lo que va más allá de lo legal y lo ético.

“Serotonina” de Michel Houellebecq. Doscientas ochenta y ocho páginas sin ganas de vivir, deseando ponerle fin a una biografía con posibilidades que no se han aprovechado, a un balance burgués sin aspecto positivo alguno, a un legado vacío y sin herederos. Pudor cero, misoginia a raudales, límites inexistentes y una voraz crítica contra el modo de vida y el sistema de valores occidental que representan tanto el estado como la sociedad francesa.

“Los pacientes del Doctor García” de Almudena Grandes. La cuarta entrega de los “Episodios de una guerra interminable” hace aún más real el título de la serie. La Historia no son solo las versiones oficiales, también lo son esas otras visiones aún por conocer en profundidad para llegar a la verdad. Su autora le da voz a algunos de los que nunca se han sentido escuchados en esta apasionante aventura en la que logra lo que solo los grandes son capaces de conseguir. Seguir haciendo crecer el alcance y el pulso de este fantástico conjunto de novelas a mitad de camino entre la realidad y la ficción.

“Golpéate el corazón” de Amélie Nothomb. Una fábula sobre las relaciones materno filiales y las consecuencias que puede tener la negación de la primera de ejercer sus funciones. Una historia contada de manera directa, sin rodeos, adornos ni excesos, solo hechos, datos y acción. 37 años de una biografía recogidas en 150 páginas que nos demuestran que la vida es circular y que nuestro destino está en buena medida marcado por nuestro sistema familiar.

“Sánchez” de Esther García Llovet. La noche del 9 al 10 de agosto hecha novela y Madrid convertida en el escenario y el aire de su ficción. Una atmósfera espesa, anclada al hormigón y el asfalto de su topografía, enfangada por un sopor estival que hace que las palabras sean las justas en una narración precisa que visibiliza esa dimensión social -a caballo entre lo convencional y lo sórdido, lo público y lo ignorado- sobre la que solo reparamos cuando la necesitamos.

“Apegos feroces” de Vivian Gornick. Más que unas memorias, un abrirse en canal. Un relato que va más allá de los acontecimientos para extraer de ellos lo que de verdad importa. Las sensaciones y emociones de cada momento y mostrar a través de ellas como se fue formando la personalidad de Vivian y su manera de relacionarse con el mundo. Una lectura con la que su autora no pretende entretener o agradar, sino desnudar su intimidad y revelarse con total transparencia.

“Las madres no” de Katixa Agirre. La tensión de un thriller -la muerte de dos bebés por su madre- combinada con la reflexión en torno a la experiencia y la vivencia de la maternidad por parte de una mujer que intenta compaginar esta faceta en la que es primeriza con otros planos de su persona -esposa, trabajadora, escritora…-. Una historia en la que el deseo por comprender al otro -aquel que es capaz de matar a sus hijos- es también un medio con el que conocerse y entenderse a uno mismo.

“Dicen” de Susana Sánchez Aríns. El horror del pasado no se apagará mientras los descendientes de aquellos que fueron represaliados, torturados y asesinados no sepan qué les ocurrió realmente a los suyos. Una incertidumbre generada por los breves retazos de información oral, el páramo documental y el silencio administrativo cómplice con que en nuestro país se trata mucho de lo que tiene que ver con lo que ocurrió a partir del 18 de julio de 1936.

“El hombre de hojalata” de Sarah Winmann. Los girasoles de Van Gogh son más que un motivo recurrente en esta novela. Son ese instante, la inspiración y el referente con que se fijan en la memoria esos momentos únicos que definimos bajo el término de felicidad. Instantes aislados, pero que articulan la vida de los personajes de una historia que va y viene en el tiempo para desvelarnos por qué y cómo somos quienes somos.

“El último encuentro” de Sándor Márai. Una síntesis sobre los múltiples elementos, factores y vivencias que conforman el sentido, el valor y los objetivos de la amistad. Una novela con una enriquecedora prosa y un ritmo sosegado que crece y gana profundidad a medida que avanza con determinación y decisión hacia su desenlace final. Un relato sobre las uniones y las distancias entre el hoy y el ayer de hace varias décadas.

“El último encuentro” de Sándor Márai

Una síntesis sobre los múltiples elementos, factores y vivencias que conforman el sentido, el valor y los objetivos de la amistad. Una novela con una enriquecedora prosa y un ritmo sosegado que crece y gana profundidad a medida que avanza con determinación y decisión hacia su desenlace final. Un relato sobre las uniones y las distancias entre el hoy y el ayer de hace varias décadas.

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41 años después de verse por última vez, Konrad y Henry se encuentran de nuevo en la casa del segundo, en el mismo salón y con la misma disposición de la mesa, para cenar el mismo menú que aquel día no olvidado. Una puesta en escena que da vía libre a que se manifiesten los fantasmas que durante tanto tiempo se hicieron dueños del espacio y tiempo que ambos no compartieron. Una reunión que se presenta como una oportunidad única para saber qué pasó con su amistad, qué hizo cada uno con su vida tras su abrupta separación y con qué bagaje se colocan ahora frente a frente, si tienen algo pendiente o si aún hay algo positivo que les une.

A pesar del tiempo transcurrido, en El último encuentro no hay confrontación o vacío, sino diálogo y ánimo de entendimiento y comprensión. La empatía es el principio que marca el planteamiento con que Márai hace que Henry y Konrad se vuelvan a relacionar. Tras unos primeros capítulos en que nos cuenta cómo se conocieron en la Viena imperial de finales del siglo XIX y cómo surgió el vínculo entre ellos a pesar de las diferencias externas –nivel económico de sus familias e intereses personales-, abre la herida que aún sigue abierta. Con una sensibilidad excepcional y una sobresaliente selección de detalles, da la palabra a Henry para poner de relieve no sólo bajo qué formas se desarrolló su amistad, sino que sentimientos la forjaron y qué sensaciones compartieron en los muchos episodios que compartieron.

La enriquecedora intensidad que gana en ese momento la narración es pareja al sosiego con que son relatados los acontecimientos que se describen, dejando claro que son siempre la experiencia subjetiva de quien los cuenta, pero haciendo ver el esfuerzo que éste hace por contemplar, entender e integrar en su discurso otros puntos de vista que van más allá de su terrenal, sesgada y limitada individualidad. Un concienzudo ejercicio de reflexión sobre las motivaciones de las relaciones interpersonales, un esfuerzo intelectual en torno a la esencia y la exigencia de valores como la generosidad, la solidaridad y el altruismo y lo que nos hace no solo seres humanos y sociales, sino afectivos.

Al tiempo, Sándor Márai introduce otros elementos importantes como la manera de contemplar el futuro cuando somos jóvenes y parece que gobernamos el mundo en el que vivimos, y de revisar el pasado cuando ya somos muy mayores y nuestro entorno parece funcionar con un manual de instrucciones que desconocemos. De esta manera, aun sin hacer referencia directa a ello, habla también sobre el desconcertante presente en que escribió esta novela, en 1942, cuando el nazismo y la II Guerra Mundial asolaban su Hungría natal.

El último encuentro, Sándor Márai, 1942, Narrativa Salamandra.

10 novelas de 2018

Títulos publicados tanto a lo largo de los últimos meses como en años anteriores. Autores españoles y residentes en EE.UU. Recuerdos de la infancia, frescos históricos, crónicas sobre el amor y el desamor y denuncias de la injusticia y la desigualdad.

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“V y V. Violación y venganza” de Pilar Bellver. Con la estructura y el desarrollo tranquilo y de amplio alcance de los clásicos de la literatura del XIX a los que hace referencia, uniéndole una profunda exposición de sus personajes protagonistas a través de unos diálogos –conversados, redactados a mano o tecleados como e-mail- escritos de manera maestra. La historia de dos hermanas de apellido noble a lo largo de un tiempo –desde la pequeña España de los 80 hasta el mundo global del s. XXI- bajo el eterno freno y la pesada sombra del siempre omnipresente yugo invisible del heteropatriarcado.

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“Sol poniente” de Antonio Fontana. Volver la mirada a la Málaga de cuando se era niño para dejar aflorar los recuerdos de aquellos años en que se forjó nuestra identidad. Un ejercicio de intimidad en el que las palabras son el medio para llegar a las sensaciones que se quedaron grabadas en la piel, las verdaderas protagonistas de esta delicada novela. Un relato auténtico, que desprende nostalgia con simpatía y buen humor pero sin añoranzas sentimentales, celebrando que somos el resultado de quienes fuimos y de cuanto nos aconteció.

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“Las tres bodas de Manolita” de Almudena Grandes. Con su habitual saber hacer literario, Grandes desarrolla una serie de tramas en las que los acontecimientos históricos se combinan a la perfección con los dramas personales de sus protagonistas. El tercer episodio de su saga sobre el conflicto interminable que fue la Guerra Civil es una novela que nos permite conocer cómo era la vida de aquellos que intentaron mantener la ilusión a pesar de haber sido derrotados por el fascismo y continuar torturados por el franquismo.

LasTresBodasDeManolita

“El invitado amargo” de Vicente Molina Foix y Luis Cremades. El recuerdo del amor vivido visto con la perspectiva de las tres décadas transcurridas desde entonces. Del ímpetu, el desconocimiento y la experimentación de los que se inician como adultos al reposo, la retirada y el balance de los ya instalados en la madurez. Un intercambio folletinesco con dos voces narradoras, capítulos escritos por separado que enfrentan y complementan dos puntos de vista sobre un enamoramiento difuso y una relación que nunca terminó de cuajar pero que tampoco llegó a disolverse.

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“Llámame por tu nombre” de André Aciman. Una lograda expresión del deseo y la pasión a los diecisiete años. Una narración obsesiva que quiere entender lo que está sucediendo, anárquica en su búsqueda de palabras con las que expresarse, desesperada por convertirlas en hechos que hagan que las emociones individuales se conviertan en sensaciones compartidas. Una historia guiada por el latido del corazón y el impulso de la libido de sus protagonistas.

LlamamePorTuNombre

“Un incendio invisible” de Sara Mesa. La bancarrota y hecatombe de Detroit le inspiran a Sara Mesa una historia sobre una ciudad apocalíptica en la que no quedan más que personas abandonadas o sin lugar al que ir. Una urbe en la que todo lo que conforma nuestro modelo de bienestar alcanza tal nivel de degradación que peligra hasta la convivencia y el carácter humano de las personas. Una inteligente y sugerente ficción que juega con logrado acierto a exponer, sin enjuiciar, la deriva moral de lo que está relatando.

UnIncendioInvisible

“Lecciones de abstinencia” de Tom Perrotta. A caballo entre la sátira y un despiadado realismo, esta novela muestra el control que el fundamentalismo religioso pretende tener de todo individuo convirtiendo su vida privada -el sexo, el consumo o los hábitos lúdicos- en un continuo campo de batalla. Un sarcástico retrato de la clase media estadounidense y de la decadencia de su modelo de sociedad, de su falta de cohesión, de sus endebles valores y de su falta de rumbo.

LeccionesDeAbstinencia

“Middlesex” de Jeffrey Eugenides. Varias buenas novelas en una única y genial. Un muy bien guiado recorrido por el mundo global que va de los conflictos entre Turquía y Grecia tras la I Guerra Mundial al Berlín posterior a la reunificación alemana pasando por el EE.UU. acogedor de miles de refugiados en los años 30 hasta la extensión del movimiento hippie en los 70. Dentro de él una saga familiar que aúna a la perfección lo antropológico y lo sociológico con lo vivencial y lo emocional. Y también un relato valiente, pedagógico, sensible y acertado sobre la verdad y la realidad de la intersexualidad.

Middlesex

“Honrarás a tu padre” de Gay Talese. Excelente crónica publicada en 1971, entre la ficción literaria y la objetividad periodística, sobre la evolución de la Mafia en la ciudad de Nueva York –y sus ramificaciones en otras partes de EE.UU.- en la que las influencias y las luchas de poder se combinan con la vida personal y familiar de Bill Bonanno. Un sobresaliente retrato de las raíces, las motivaciones y los fines de aquellos que hacían de la ilegalidad –cuando no, la criminalidad- las coordenadas en las que desarrollaban sus trayectorias vitales.

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“Haz memoria” de Gema Nieto. La historia de tres generaciones de mujeres que es también la no contada de muchas familias de nuestro país. De un tiempo aun convulso que pide volver a él para calmar los asuntos pendientes, para darle luz a aquellos pasajes vividos a escondidas y después condenados al olvido. Una sentencia de negación que anuló el futuro de los que sobrevivieron y lastró a sus descendientes.

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“Llámame por tu nombre” de André Aciman

Una lograda expresión del deseo y la pasión a los diecisiete años. Una narración obsesiva que quiere entender lo que está sucediendo, anárquica en su búsqueda de palabras con las que expresarse, desesperada por convertirlas en hechos que hagan que las emociones individuales se conviertan en sensaciones compartidas. Una historia guiada por el latido del corazón y el impulso de la libido de sus protagonistas.

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Las coordenadas que marcan los acontecimientos de esta novela son las de un verano de temperaturas sofocantes y con la humedad propia de los lugares junto al mar, a principios de los 80 en el norte de Italia. El marco en el que se circunscriben, y del que se contagian, es el de una naturaleza aletargada por un sol omnipotente bajo cuyo influjo todo se mueve laciamente. Durante el día el reloj parece no avanzar y por la noche lo hace de manera indolente. Un ritmo al que se adapta como un camaleón Elio, un adolescente resuelto, amante de la música, de escucharla e interpretarla, ávido lector y más reservado que introvertido.

Hasta que llega a su casa Oliver, un joven estadounidense recién licenciado, de atractivo atemporal y belleza clásica, presencia escultórica y sonrisa cinematográfica para trabajar en un proyecto literario junto a su padre las siguientes seis semanas. Tiempo en el que vivirá bajo su mismo techo dando pie a que la que hasta entonces había sido una vida tranquila y de evolución bajo control se convierta en un calendario sin fechas definidas y un mapa de trazado desconocido y sucesión de paisajes emocionales de lo más abrupto.

Llámame por tu nombre no responde a reglas literarias ni a lógicas relacionales. Su propuesta narrativa está plenamente guiada por los impulsos humanos que marcan su devenir. Sin duda alguna es una novela de sensaciones en la que las percepciones a través de los cinco sentidos tiene tanto o más protagonismo que cualquier planteamiento racional o reflexión intelectual. Algo que tiene especial mérito si se tiene en cuenta la vertiente erudita de la mayor parte de sus personajes y el ambiente humanista en el que conviven.

Oliver descoloca a Elio y su relato en primera persona. Desatando reclamaciones de lo más bárbaro por parte de su piel, poniendo a su vista al servicio de su osada imaginación, causándole ansiedad por degustarle. Una locura llena de sensualidad y sexualidad en la que su expresión interior se hace libre e impudorosa llevándole a territorios íntimos desconocidos que no elude. Pero ante los que no puede evitar un profundo desasosiego al no acertar a dilucidar sus motivaciones y no ser capaz de prever sus consecuencias ni sobre sí mismo ni sobre su relación con el mundo.

Ese es el mayor acierto, a la par que la mayor dificultad, de lo que propone y transmite André Amacin. En ningún momento hace de intermediario entre el adolescente al que le presta su voz y sus lectores, sino que nos convierte en sus compañeros de viaje. Una odisea que Elio emprende movido por su incansable empeño por experimentar y ubicarse ante la dimensión carnal, afectiva y amorosa que acaba de descubrir de manera totalmente inesperada.

Su atropellada, obsesiva e insistente búsqueda nos seduce sin remedio haciendo que nos identifiquemos con el caos de su inexperiencia, que hagamos nuestro el páramo de su inseguridad, que lloremos la impotencia de sus frustraciones y sonriamos sus logros. ¿Resultado? Que quedemos plenamente vinculados y unidos tanto a él como al hombre por el que se siente terriblemente atraído.

“Los ochenta son nuestros” de Ana Diosdado

Ocho personajes que son lo que fueron los años ochenta para nuestro país, que se creía adulto y maduro pero era apenas un iniciado en la convivencia libre, diversa y pacífica que se supone conlleva la democracia. Uno de los textos más conocidos de Ana Diosdado y en el que queda clara no solo su capacidad para proponer escenografías eficaces y manejar el tiempo con absoluta precisión, sino para crear caracteres de gran veracidad y autenticidad. 

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La monotonía de cada día se rompe con los convencionalismos de aquellas fechas que grabamos a fuego no solo en el calendario que cuelga de las paredes de nuestras cocinas, sino también del que llevamos interiorizado dentro de nosotros mismos. Como el día de Nochevieja, ese que hacemos grande porque le damos el simbolismo de ser fin y principio. Un punto de inflexión en el que la sinceridad del monólogo interior se da de bruces contra la corrección que exigen las buenas formas sociales con la familia y los amigos.  Tan solo aquellos que se encuentran al final de la adolescencia y en el inicio de la adultez, buscando las maneras de tener una trayectoria autónoma al margen de sus mayores, se atreven a hacer de sus impulsos interiores el motor que guíe sus acciones.

En Los ochenta son nuestros, Ana Diosdado construye a partir de ese debate interior de ocho jóvenes reunidos para festejar un 31 de diciembre, una alegoría de la España que, como ellos, estaba empeñada en mirar únicamente hacia el futuro. Sin tener en cuenta no solo de dónde venía, sino también el poso de las maneras viciadas que décadas, o quizás siglos de nuestra historia nacional, habían dejado en su identidad y su manera de sentir, pensar y actuar. Ni niños ni adultos que renegaban de sus mayores, porque no les permitían elegir por sí mismos o porque les dejaban solos ante la responsabilidad de sus decisiones, sin respaldo ante sus posibles errores. Emitiendo juicios, rara vez beneficiosos, fundamentados en prejuicios, unas veces positivos y otras negativos, basados en las apariencias. Con un débil sentido de la equidad, de desprecio al diferente y de apoderamiento de la justicia haciendo de la visión propia un dogma de fe.

Heridas, imperfecciones y desafecciones camufladas entre risas, deseos y excesos provocados por el hambre de querer conocer y experimentar. Diosdado hace suya aquella sentencia filosófica que dice que toda evolución conlleva un período de crisis para hacernos ver que la juventud de los años 80 del pasado siglo vivió un momento cargado de oportunidades, pero no tan fácil como muchos decían. Les tocó dar por sí mismo, sin casi apoyo ni referente cercano alguno, el primer paso para disfrutar sin remordimientos, gozar con espontaneidad y mostrar tal cual son los múltiples registros que conforman una personalidad.

Todo esto es lo que de manera aparentemente fácil transmiten unos diálogos vibrantes y fluidos, cargados de la energía que tienen aquellas personalidades con capacidad para conquistar el mundo. Unos a escala macro, dispuestos a viajar miles de kilómetros, y otros en el corto recorrido, haciendo suyos y presentes los lugares que fueron antes sede de las generaciones que les precedieron. Un presente que la autora de Camino de plata o 321, 322 sintetiza en un espacio tan aparentemente anodino como el garaje y el jardín de un chalet en la sierra de Madrid, pero que resulta ser un escenario perfecto para hilvanar un tiempo no siempre lineal, con personajes entrando y saliendo de él con absoluta naturalidad y en el momento preciso para ejercer de narradores o conductores de la acción.

“Lady Bird”, vuelta a los 17 años

Una historia como tantas otras de una adolescente insatisfecha con el mundo en el que vive, pero narrada sin drama ni condescendencia, con el humor que da la distancia de la experiencia y la madurez alcanzada. Si tienes su edad es probable que te identifiques con ella. Si hace tiempo que pasaste por ello hará que eches la vista atrás y recuerdes que tú también viviste un maremágnum de emociones, vivencias y descubrimientos similar al suyo.

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Estudias para ir a una universidad que esté lejos, muy lejos, esperando convertirte una vez que acabes la carrera en alguien que trabaje y gane dinero haciendo lo que le gusta en lugar de enfrentarse cada mañana a aburridos profesores y apuntes aún más soporíferos. Sueñas con pasar al menos un día, ¡uno!, sin que tus padres te corrijan continuamente, sin que te marquen el terreno y te adoctrinen sobre aquello de lo que consideras que no tienen ni idea. Imaginas que puedes hacer con tus amigos lo que realmente deseas. En definitiva, estás harto o harta de tanto mirar hacia el futuro desde un presente que para ti es poco más que nada.

¿Te suena? ¿Es lo que estás viviendo? Vaya mierda, ¿eh? ¿Lo recuerdas? ¿Era así como te sentías? ¿Y qué opinas ahora de cómo eras entonces, de cómo te lo tomabas, de qué pensabas y cómo reaccionabas? ¿Cuánto has cambiado? ¿Qué ha pasado?

Lady Bird no es una película de emociones fuertes, la dirección y el guión de Greta Gerwig optan por lo real y lo auténtico, por mostrar cómo se busca, una y otra vez en cuanto se hace y se vive, la satisfacción. Esa es la meta y no la felicidad, un concepto demasiado lejano, casi abstracto, difícil creer en él. Lady Bird es también un acertado relato sobre la convivencia entre dos generaciones. Entre la imposibilidad de los jóvenes de entender que sus padres lo están haciendo lo mejor posible, y probablemente mucho mejor de lo que lo hicieron con ellos, y la frustración de estos al no entender cómo lo que desearon recibir dos décadas antes provoca ahora reacciones aún más desairadas que las que ellos manifestaron.

La identificación del espectador con Saoirse Ronan es total. La acompaña en su casa y en su habitación. Se percata como ella de la presencia eterna de su padre en el sofá ignorando al resto del mundo. Tampoco soporta el silencio cuando se desplaza en coche con su madre. Se aburre sin remedio en el aula en que sus maestros hacen poco para que las materias de estudio resulten atractivas. Se siente ridículo y valiente, a partes iguales, en el parking en el que esta joven del montón se encuentra con sus compañeros del instituto y se hace la interesante a sabiendas de que aquello tiene más artificio que las modelos de las revistas a las que da por hecho que nunca se parecerá. Cuerpos falsos e irreales pero que viven vidas más interesantes y divertidas, con muchas más posibilidades que las que ella tiene en la anodina Sacramento en la que ha pasado toda su existencia.

Ese es el drama de la joven que desea convertirse en Lady Bird. Quiere dejar de ser Christine, de ser ella, lo que pasa por mudarse a otra ciudad donde todo sea posible, como Nueva York, la ciudad que nunca duerme. Ese es el anhelo, la ilusión y el objetivo que la motivan, a pesar de las frustraciones y los errores, a seguir hacia delante, al igual que a esta sencilla pero brillante película.

“Sol poniente” de Antonio Fontana

Volver la mirada a la Málaga de cuando se era niño para dejar aflorar los recuerdos de aquellos años en que se forjó nuestra identidad. Un ejercicio de intimidad en el que las palabras son el medio para llegar a las sensaciones que se quedaron grabadas en la piel, las verdaderas protagonistas de esta delicada novela. Un relato auténtico, que desprende nostalgia con simpatía y buen humor pero sin añoranzas sentimentales, celebrando que somos el resultado de quienes fuimos y de cuanto nos aconteció.

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Vivimos millones de minutos a lo largo de nuestra vida, pero algunos se nos quedan especialmente grabados, dando la impresión de que nuestra biografía es únicamente un recopilatorio de estos entre una inmensidad de descartes. Así le sucede al protagonista de esta novela que desde su posición de adulto viaja a aquellos momentos que siguen vivos en su memoria, ya fuera por el efecto novedad, por lo inexplicable de lo sucedido o por las respuestas evasivas y nada creíbles de sus padres.

El nacimiento de su hermano Curro y sus necesidades especiales, los peculiares comportamientos de su abuela, la evolución del matrimonio de sus padres, la climatología y la orografía de su ciudad, profesores que le llegaron, amigos que le acompañaron,… Sin seguir un estricto orden cronológico, el narrador de Sol poniente recupera la mirada inocente y sin filtros con que miraba lo que pasaba a su alrededor, respondía a lo que le llamaba la atención y reparaba en aquello que le provocaba emociones que le perturbaban.

Con las mismas palabras con que se iba configurando su visión de ese gran mundo que es el alrededor cuando tu universo no va más allá de este. Un espacio sin límites y un tiempo de costumbrismo y convivencia intergeneracional en una sociedad, la España de los 70 y los 80, que se iniciaba en prácticas modernas como la de coger el coche para ir a la playa o incinerar a los muertos. Una vuelta  atrás sin edulcorante ni brillos, con honestidad y simpatía hasta en los momentos más dramáticos. A aquel entonces en que utilizábamos términos que significaban más que lo que define el diccionario y expresiones que no se encuentran en este.

Quizás nada ocurrió con la exactitud que lo relata el alter ego de Antonio Fontana, pero lo que sí sucedieron fueron los sentimientos que le provocaron. Ahí sí que percibimos que sus palabras son fieles, donde conectamos con ese niño que contempla con extrañeza las réplicas de los adultos y los dobles significados de sus diálogos, con ese adolescente que se ve condicionado por lo que sus hormonas le dictan, con ese joven que asume que su padre y su madre ya no son sus referentes, sino únicamente sus mayores.

Una realidad paralela a la de las películas, al maquillaje del hombre de hojalata de El mago de Oz,  al Oscar que ganó Hattie McDaniel como mejor actriz secundaria por Lo que el viento se llevó, al magnetismo que desprendía Greta Garbo y a la ansiedad que transmitía Alien. Imágenes que seguimos observando como si fuera la primera vez que lo hacemos y que valieron para ocultar tras ellas lo que dolía y no podíamos compartir. Leer Sol poniente y sentir su luz es también mostrar lo que había quedado oculto y liberarlo para integrarlo con todo aquello con lo que convivió.

“#Malditos16” de Fernando J. López

Un texto que no se anda con rodeos ni eufemismos, que deja un eco que reverbera en las conciencias de quien se adentre en él. Diálogos sinceros y honestos que exudan verdad y transmiten realidad en una estructura narrativa que combina con suma precisión la progresión con los paralelismos y las conjunciones temporales. Seis protagonistas auténticos que dan voz a muchos de los silencios que nos rodean, a vergüenzas que escondemos, a incomodidades a las que no queremos hacer frente y a egoísmos a los que no estamos dispuestos a renunciar.

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Lo que no se cuenta no es conocido. A lo que no se le pone palabras no existe. Dos axiomas que Fernando J. López se ha propuesto aniquilar en lo que respecta a su aplicación sobre ese período de la vida tan fundamental como es la adolescencia y a esos coprotagonistas tan ignorados de nuestra sociedad como son los adolescentes. Un objetivo plenamente conseguido con la sacudida moral y la incomodidad política que provoca la lectura de un texto tan eficaz y valiente como es #Malditos16.

Una obra que parte de un hecho objetivo, el suicidio es la segunda causa de muerte entre los adolescentes. Una realidad ignorada por el mundo adulto, tanto a nivel generalista categorizando despectivamente a esa etapa con el sambenito de edad difícil, como de manera organizada al ignorarla desde las administraciones públicas, especialmente desde el ámbito cultural y educativo. Una situación cuya fuerza opresora se respira en el interlineado de estas páginas y sobre cuyas consecuencias –violencia física, abusos sexuales, lgtbfobia, mobbing, adicciones,…- se combinan en la perfecta trenza de sus diferentes tramas individuales y emocionales.

Sin convertir sus reflexiones y diálogos en mítines o panegíricos políticos, sino en muestras de biografías y situaciones de total credibilidad, Nando J. López traza las vivencias y experiencias de sus cuatro adolescentes protagonistas en un ejercicio de lograda profundidad. La línea narrativa de #Malditos16 combina de manera excelente sus dos momentos temporales, el ahora y el hace cinco años, mostrando –por momentos de manera simultánea- a lo largo de unas horas los elementos de conexión, así como los símiles y diferencias entre ambos. Entre el tiempo inmediatamente posterior al intento de suicidio de todos ellos y su vuelta, un lustro después, al centro en el que se trataron para participar en un programa de ayuda a jóvenes que acaban de pasar por lo que ellos vivieron.

Un relato que va más allá de describir unos acontecimientos para sumergirnos en un torrente de emociones de múltiples planos y niveles. Desde las impostadas a modo de defensa –ya sea de los otros, ya sea de uno mismo- a las más honestas e íntimas. Esas que cuando son admitidas y expresadas en voz alta por primera vez desnudan no solo a quien las expresa desde su profunda soledad, sino que escuecen y duelen también a quien le escucha o le lee, originando un balsámico y enriquecedor proceso de aceptación, descubrimiento y crecimiento.

Pero lo que el autor de novelas como Los nombres del fuego, El sonido de los cuerpos o Cuando todo era fácil expone no es una catarsis redentora a modo de punto y aparte, sino la lucha por alcanzar, y el esfuerzo por consolidar, la integridad personal (física y psicológica) en un entorno, como es el nuestro, lleno de prejuicios sobre cuestiones como la identidad sexual o los cánones estéticos, cuando no directamente torturador y agresivo.

#Malditos16 es un grito de dolor, un golpe de atención y una mirada esperanzadora en una exposición clara y un discurso muy bien presentado y desarrollado de una parte de nuestra sociedad presente y futura a la que no podemos seguir sin escuchar y mandando callar.