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“La estanquera de Vallecas” de José Luis Alonso de Santos

Un texto que resiste el paso del tiempo y perfecto para conocer a una parte de la sociedad española de los primeros años 80 del siglo pasado. Sin olvidar el drama con el que se inicia, rápidamente se convierte en una divertida comedia gracias a la claridad con que sus cinco personajes se muestran a través de sus diálogos y acciones, así como por los contrastes entre ellos. Un sainete para todos los públicos que navega entre la tragedia y nuestra tendencia nacional al esperpento.

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Un sábado de verano de 1980, hace calor. Tocho y Leandro entran a robar en un estanco de Vallecas. Podría ser el inicio de un thriller, pero la respuesta de la abuela tras el mostrador haciéndoles frente convierte la situación en una batalla campal. Sus gritos, valentía y lo echá pa´lante que se muestra ante el repentino conflicto hacen que la tensión torne en sorpresa y el miedo que podamos sentir en consternación. Una situación tan rápida e inesperada que no podemos imaginar qué ocurrirá a partir de ahí. Más aún cuando los vecinos llaman a las puertas del establecimiento y los ladrones se ven encerrados donde no esperaban pasar más que unos minutos.

Comienza entonces una convivencia ágil, espontánea y sincera entre mayores y jóvenes, hombres y mujeres, trabajadores y delincuentes, personas rectas y botarates sin cabeza trazada con una sencillez de resultado genial. Y aunque cuanto se dicen y argumentan suena personal y a producto del momento, revela mucho sobre aquella España en la que se abría una brecha entre los que se mantenían fieles a la rectitud en la que habían sido educados y los que soñaban con que la libertad alcanzada les diera unas oportunidades que parecían restringidas a tan solo unos pocos. Un país en el que se bromeaba abiertamente con la figura de Franco, pero aún se desconfiaba de la policía y la iglesia se hacía presente en todas las situaciones.

Un aperturismo con el que Alonso de Santos (también conocido por Bajarse al moro) le da aire fresco al humor tradicional patrio, a ese que se basa en personajes ingenuos y tozudos, la joven Ángela y el Tocho, que se complementan con los sagaces y resolutivos, la abuela estanquera y el Leandro. Un conjunto que tiene los pies en la tierra (como cuando hablan sobre el valor del trabajo y el sentido de la justicia), pero que también recurre a hipérboles imposibles (embarazos por el método mariano). Una familia circunstancial que tan pronto vive momentos de baile y alegría, de intimidad y conexión, como de disputa y distancias insalvables.

En La estanquera de Vallecas no hay discursos excelsos ni sentencias elaboradas. Sin caer en lo banal en ningún momento, su sencillez deja claras las motivaciones y las aspiraciones -tanto inmediatas como a largo plazo- de esos dos ladrones de poca monta, así como de las dos mujeres a las que secuestran. Y a pesar de lo lejanos que podrían estar por la circunstancia en que se han conocido, hay algo que tienen en común, su humanidad, lo que les lleva a relacionarse y a dar pie al argumento de fondo de esta función. ¿Qué hacemos y cómo nos mostramos con quien no tenemos nada que ver si nos vemos obligados a pasar tiempo junto a esa persona?

La estanquera de Vallecas, José Luis Alonso de Santos, 1980, Machado Libros.

“Los buenos días perdidos” de Antonio Gala

Una capilla catedralicia convertida en la humilde morada de su sacristán y en alegoría de la España de los primeros años 70. Una síntesis de la tradición, las costumbres, las herencias y los absurdos de un país encarnados en cuatro personajes que no pretenden más que sobrevivir en unas coordenadas donde las posibilidades son escasas. Tras ellos, un escritor con una aguda y sagaz visión de la realidad y una capacidad retórica desbordante.

Leer el Premio Nacional de Literatura de 1972 es adentrarse en la realidad de un país de fachadas meapilas y de interiores de usureros. De una cotidianidad en la que casi cualquier situación exigía quedar a bien con lo que dictaba la represión y, al tiempo, encontrarle las fisuras por las que escapar de su control. Un cuadro que Gala despliega ante sus lectores y espectadores como si se tratara de un fresco viviente, con arte literario, embrujo dialéctico y genialidad teatral.

El patetismo de sus protagonistas no es más que el síntoma de un profundo cuadro de vacío, desapego y búsqueda existencial que no es exclusivo de ellos y que sirve como símbolo, metáfora y representación de la inmensa parte de los habitantes de una nación enclaustrada por la religión, la escasez material y la ilusión capitalista. Un diagnóstico al que esta obra llega tras una exposición de situaciones, encuentros y diálogos con mucho de absurdo escapista, pero también de sainete costumbrista y sátira descarnada.  

Las necesidades primarias, como el comer, el afecto (y el sexo) se combinan con pecados capitales como la vanidad, la avaricia y la erótica del poder. En el inicio, todo parece banal y ligero, casi lúdico, pero poco a poco la atmósfera se torna sarcástica, rozando el esperpento, para llegar a un final que está entre el patetismo y el más profundo, desnudo y crudo realismo. Todo ello en un marco a caballo entre lo cotidiano y lo pintoresco (una pareja que vive con la madre de él, sacristán y barbero, en la capilla de una iglesia), lo que lo hace, si cabe, más cercano a la par que más descabellado (cuando comienza a vivir con ellos un guardia que, además, ejerce como campanero).

Por el camino quedan las miserias de un pueblo entre obligado y tentado a engañar y abusar, robar y trapichear, explotar y prostituirse para mantener una dignidad que unos entienden como estabilidad mental, otros como orgullo y algunos, como una peculiar forma de valentía y rebelión. Un maremágnum de valores, planteamientos, reacciones y respuestas que su autor expone desde un prisma sin moralismos espirituales, centrado única y exclusivamente en lo que nos debería hacer y mantener como seres humanos libres.

La maestría de Gala fue, supongo, ser capaz de exponer esta complejidad dejando contentos tanto a censores del régimen como a sus críticos, consiguiendo el aplauso de los primeros por lo que presenta y el de los segundos por lo que representa. Afortunados aquellos que vieron representados Los buenos días perdidos en el otoño de 1972 por Juan Luis Galiardo, Amparo Baró, Mary Carrillo y Manuel Galiana. A los demás no nos queda otra que esperar un futuro montaje de este gran texto y disfrutar, mientras tanto, de su lectura.

Los buenos días perdidos, Antonio Gala, 1972, Castalia Ediciones.