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“Un perro” de Alejandro Palomas

El bagaje de cuarenta años de biografía, el balance de todo lo vivido por Fer y de los capítulos que conforman el libro de su presente, el ajuste entre las distintas piezas que conforman el puzle de su familia. Alejandro Palomas plasma con gran belleza, equilibrio y naturalidad cuanto pasa por la mente de su protagonista durante unas horas de tensa y amarga, pero también sosegada y meditada espera. Desde lo más ligero y superficial, los lugares comunes en los que nos refugiamos, a los más íntimos y ocultos, aquellos que rehuimos para no volver a encontrarnos con el dolor que allí dejamos.

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Las páginas se suceden con sensación de estar leyendo un relato en tiempo real. De tener sentado al otro lado de la mesa a un personaje de carne y hueso y mirada honda que se está percatando de lo que sucede a su alrededor, pero cuya atención y verdadero interés está navegando por coordenadas que, a pesar de estar relacionadas con el aquí y el ahora, se encuentran en otra dimensión. Un mundo que está formado por los recuerdos –unos más cercanos y otros más difusos-, el balance -lo logrado y los asuntos pendientes- y la incertidumbre que depara un futuro cuyo devenir no está al alcance de sus manos.

Ese oleaje de suave marejada, pero con pequeños remolinos traidores bajo su superficie es el medio fluido en el que se sumerge Palomas para contarnos todo aquello que se encuentra en ese mapa que su protagonista no tiene completamente cartografiado. Con la misma precisión que un geógrafo nos da a conocer cada elemento, desde ese preciso punto en el que se puede ver su individualidad pero también dejando patente cómo es resultado de aquello con lo que interactúa.

Así es como conocemos a una mujer que es también esposa y madre, o a un hijo que, a pesar de ser adulto, sigue buscando en su progenitora al referente que encontraba cuando era niño. Junto a sus hijas y hermanas, Silvia y Emma, Amalia y Fer forman la familia que son hoy en día. Quizás atípica y poco convencional en sus formas, pero unida por lo mismo que cualquier otra, por el afecto que nace no se sabe cómo de la biología y que perdura y crece con el paso de los años. Ese vínculo invisible es el que Alejandro nos hace tangible en todo momento, tanto cuando toca relatar los comportamientos individuales de cada uno de ellos como a la hora de hacerlos interactuar entre sí en la variedad de registros que tiene la vida.

La comicidad de Amalia, una mujer mayor a la que la velocidad del mundo actual le supera. El afán de control y superación de Silvia y la asertividad de Emma, como manera de evitar que se abran las heridas del pasado o de que surjan otras nuevas. O el momento de examen íntimo y profundo al que se ve obligado Fer por la abrupta amenaza de la soledad. Realidades cotidianas, pero también circunstancias vitales que Alejandro Palomas describe y dialoga con gran naturalidad, emocionándonos y haciendo que nos sintamos partícipes de esa reunión y conversación en la mesa de un bar de Barcelona en la que se siente, y desde la que se ve, la vida pasar.

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“Verano 1993”

El mundo interior de los niños es tan rico como inexplorable para los adultos, todo en él es oportunidad y descubrimiento. El de sus mayores es contradictorio, lo mismo regala abrazos y atenciones que responde con silencios sin lógica alguna, conversaciones incomprensibles y comportamientos inexplicables.  Entre esas dos visiones se mueve de manera equilibrada esta ópera prima, delicada y sutil en la exposición de sus líneas argumentales, honesta y respetuosa con sus personajes y cómplice y guía de sus espectadores.

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Ver la ciudad de Barcelona difuminarse desde el asiento trasero de un coche, al médico recetar anhistamínicos desde la camilla de exploración, a una madre llevarse abruptamente a tu compañera de juegos,…, momentos en la vida de Frida que no entiende muy bien porqué ocurren, pero que algún día comprenderá, cuando tenga la información necesaria para ello.

Nosotros no tenemos seis años como esta niña que se ha ido a vivir con sus tíos, pero compartimos con ella que nadie nos hace explícito qué está ocurriendo. Lo tendremos que ir descubriendo a través de pequeños gestos y retazos de conversaciones, instantes sin importancia para los adultos pero que se convierten en imperceptibles puntos de inflexión para aquellos que no les llegan ni a la cintura. Momentos en los que ambas generaciones conectan sin proponérselo, los primeros se dejan abierta la puerta de su adultez y supuesta madurez y los segundos entran en esa dimensión buscando respuestas a preguntas e inquietudes sobre el futuro, así como sobre las ausencias y la muerte, que nadie les responde.

Verano 1993 muestra con absoluta naturalidad la ingenuidad, sencillez y limpieza espiritual tanto de ese tiempo compartido como de aquel en el que los menores exploran, descubren y se dejan llevar por los estímulos del alrededor.  Ese en el que no existe contaminación acústica ni visual, el camino está por trazar y la guía es la del impulso interior. Un presente en el que se quiere conocer cuáles pueden ser las consecuencias de actos que aún no se saben medir, en el que no se le pone la etiqueta de imposible a nada y se puede vivir combinando perfectamente la fantasía y la realidad.

El trabajo de dirección de Carla Simón es formidable a la hora de retratar las tres realidades que conviven en esta masía en la Girona rural, el de las niñas, el de estas cuando se relacionan con sus mayores y el lejano aunque protector, pero también normativo, de estos. Su punto de vista varía muy sutilmente, lo justo para hacernos notar las diferencias, pero sin posicionarse ni alterar la unión y la distancia que hay entre ellas.

A su vez, el servirse de Frida como guía e hilo conductor entre todos ellos, nos permite entrar en otra dimensión y constatar cómo desde tan pronta edad –además de tener otro tempo a la hora de observar y asimilar- se perciben las diferencias, los prejuicios y los valores y cómo brotan, se alimentan y conducen los afectos. Un reto en el que juegan un papel fundamental Bruna Cusi y David Verdaguer, los tíos convertidos también en padres y dos actores tan resueltos como eficaces, discretos en sus papeles como secundarios pero sabiendo ser el referente fundamental de aquellos que viven bajo su protección.

“Diarios, 1956-1985” de Jaime Gil de Biedma

Pensamientos íntimos, impresiones y vivencias de toda clase. La narrativa de un poeta en continua búsqueda, tanto formal como temática. La prosa de un alto ejecutivo. Gran lector y ensayista inconformista. Un hombre que exprimió todo el contenido –amargo, dulce, agrio, intenso- posible a cada segundo de su vida. Ese es el Gil de Biedma que desvelan sus diarios.

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En 1956 Jaime es un joven de 26 años que viaja por trabajo a Filipinas y recorre tanto las plantaciones de tabaco que le exige su deber laboral, como la noche y los clubs de Manila llevado por sus pulsiones internas. Un estar de varias semanas fuera de las coordenadas burguesas de su Barcelona natal que nos revelan a un hombre sin pudor ni vergüenza, espontáneo e impulsivo, orgulloso de ser quien y como es, con capacidad para expresarse tanto creativa como formalmente en las rigideces del lenguaje empresarial. Un hedonista que con el paso de los años se convierte en un obsesivo perseguidor de la belleza en el uso del lenguaje para convertir en estrofas y poemas las sensaciones, visiones y recuerdos que nacen de lo más profundo de su persona. Una exploración emocional e intelectual que le lleva a una trayectoria –que también utiliza para distraerse de dicha búsqueda- de camas, hombres y alcohol que compagina con viajes, tertulias literarias y vínculos amistosos y amorosos. Más libres los primeros, más dramáticos los segundos. Una ruta de mil caminos abiertos que vuelven a juntarse al final de su biografía con la noticia en 1985 de que un virus escasamente conocido entonces,  llamado VIH, ha invadido su sangre y comenzado a hacer estragos por su cuerpo.

Pero esto no es lo importante de estos Diarios. Su valor está en los muchos nombres sobre los que Jaime posa su mirada (Jorge Guillén, Antonio Machado, Espronceda, T.S. Eliot,…), los lugares en los que vive y visita (París, Roma, Madrid y muchas ciudades más de la geografía española), así como las personas (hombres, mujeres, matrimonios, solteros, amigos, amantes, conocidos,…) con las que comparte tiempo, experiencias y afectos. Estas son las coordenadas en las que su mente, su corazón y sus vísceras cocinan de continuo los versos que han hecho de Gil de Biedma uno de los autores más brillantes y desnudos de la poesía española de la segunda mitad del siglo XX. No hay palabra, línea o signo de puntuación que no analice desde varios puntos de vista y desgrane en sus múltiples significados hasta dar con el resultado que está buscando, ese que se sabe alcanzado cuando lo elaborado deja de ser algo propio de su escritor para pasar a serlo de sus lectores.

Ácido, cínico y sarcástico en ocasiones, Don Jaime –a alguien tan grande sale de manera involuntaria colocarle el Don por delante- contaba con una agudeza y capacidad tan incisiva como innata con la que plasmaba en sus escritos y ensayos el encorsetamiento humano e intelectual que suponía para él el país inmovilista en el que vivía y la sociedad conservadora que lo habitaba. Una evolución a lo largo de treinta años en los que unas veces utilizaba una prosa profunda y descriptiva, y otras tan telegráfica que quedaba reducida a meros apuntes.

Si un pero tienen estos Diarios -que abarcan de 1956 a 1965 para después dar un salto hasta 1978 y 1985- es que quizás están tan bien comentados y apuntados –como si se tratara de un ensayo de teoría literaria- que uno debe acercarse a ellos tras haber leído algo o buena parte de su obra para así saber entender y apreciar todo el valor de lo recogido en ellos. Si no es así, su lectura puede tener un punto denso y hasta tedioso, una dificultad en el camino que, sin embargo, quedará ampliamente superada por el poder seductor y cautivador de la palabra, la expresión y la evocación de la capacidad comunicativa y creativa de su autor.

“La canción pop” de Raúl Portero habla de ti

La música tiene el mágico poder de ser capaz de contar una historia en muy pocos minutos, presentándote los personajes involucrados, relatando qué sucede entre ellos, qué viven y qué sienten, de dónde vienen y a dónde desean ir. Todos tenemos una canción de nuestra vida, esa que imaginábamos que hablaba de nosotros y que con su ritmo nos llegó muy hondo la primera vez que la escuchamos, haciendo que afloraran a la superficie emociones cuya intensidad no creíamos ser capaces de sentir pero que deseábamos vivir. Un sueño que ya no perseguimos pero al que no renunciamos. Eso es esta novela contenida, auténtica, una partitura fresca y ágil, aparentemente liviana, pero que dispara de manera certera y da de pleno en el blanco.

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A los veinte años el futuro es una página en blanco sobre la que se puede escribir una y otra vez cómo creemos que vamos a ser, imaginando mil quiénes diferentes como compañía, otros tantos lugares en los que estar simultáneamente y cómos de lo más dispar. Pero el tiempo pasa y nada o muy poco de aquello ocurrió. La fantasía, el deseo, la ilusión de Simón no se convirtió en realidad. Quizás porque era irrealizable. Puede ser que él no fuera capaz de materializarla o que a sus 35 años aún no haya sido capaz de aceptar que la vida es esto que él tiene ahora, la nada, y no aquello que creía iba a poseer, el todo.

Hasta que el suicidio de uno de sus antiguos amigos, Carlos, le da la bofetada que le hace abrir los ojos y afrontar que ni ha cumplido nada de lo que se propuso ni consiguió retener lo bueno que un día creyó tener cerca de él, el amor y también la posibilidad de una manera de construir su propio futuro. La situación no es alegre, pero tampoco es un drama, es lo que toca, es lo que hay, resignación. ¿No es lo que le sucede a todos los de la generación educados y formados para ser capaces de lo que se propusieran y que después se vieron abocados sin anestesia ni remedio al fracaso y la decepción laboral, social, sentimental,…?

A eso vuelve Simón a Barcelona. Todo lo que le rodea, ya sea en Londres como en la ciudad condal, es la monotonía agridulce de las posibilidades imposibles, de los sueños irrealizados y de un presente resignadamente carpe diem porque el futuro no es más que incertidumbre. Eso es lo que cuenta la narrativa de Raúl Portero, que tiene forma de novela pero que se lee con la misma pasión con la que hasta hace unos años devorábamos los libretos de los cd’s para memorizar las letras de las canciones. Cada uno de sus capítulos es un tema trabajado meticulosamente, con el fin de que tenga entidad propia, que pueda llegar a funcionar por sí mismo, pero que cumple un papel fundamental en el conjunto que es este álbum, La canción pop.

Las expresiones y reflexiones que contienen sus diálogos y el espíritu con que fluyen sus descripciones tienen su génesis en ese punto en que la poesía se libera de las reglas de la literatura y se convierte en letras musicales que desde su aparente sencillez exudan una expresividad llena de garra y fuerza, sin aspavientos, pero que por su fina y eficaz elaboración resultan tremendamente atrayentes y pegadizas. Seguro que muchos de los lectores de esta canción pop sentirán que, de alguna manera, esta habla de ellos y quién sabe, puede ser que con el paso del tiempo vuelvan a ella para recordar quienes fueron un día.

10 novelas de 2016

No todas fueron publicadas este año, algunas incluso décadas atrás, pero casi todas ellas tienen el denominador común de contar con protagonistas deseosos de comprender qué está pasando a su alrededor y de buscar ese punto, ya sea un lugar o un tiempo, en el que diferentes maneras de entender la vida puedan convivir pacíficamente.

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“Para acabar con Eddy Bellegueule” de Édouard Louis. De una manera cercana, directa y clara, el joven Édouard supera las expectativas que suscitó la atención crítica y mediática que tuvo su relato cuando se dio a conocer hace algo más de un año. Esta no es tan sólo la historia de un joven homosexual en un entorno que le rechaza por su orientación sexual. Es la exposición de un mundo en el que se lucha por sobrevivir y no verse arrastrado al fondo del pozo de la dignidad humana por la ignorancia intelectual y los prejuicios culturales de aquellos con los que se convive, así como de un entorno social sin opciones de futuro.

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“Los nombres del fuego” de Fernando J. López. Dos mundos separados por quinientos años, dos protagonistas unidas por un mismo deseo vital. Una historia de intriga y misterio en un escenario habitado por personajes sólidos y completos gracias al tratamiento de igual a igual que su creador establece con ellos. Un relato protagonizado por adolescentes llenos de ganas de vivir y de deseos por cumplir, un espejo en el que pueden verse reflejados todos los públicos.

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“Algún día este dolor te será útil” de Peter CameronTener 18 años no ha sido fácil para casi nadie. Y escribir sobre ello con honestidad menos aún. Con Cameron lo primero queda bien claro. De su mano, lo segundo se convierte en una historia llena de respeto y cercanía, sin condescendencia ni juicio alguno. Algún día… resulta una lectura apasionante por su estilo directo y sin adornos y unos diálogos ágiles, frescos y prolíficos con los que nos hace llegar el conflicto que es la vida cuando no se dispone de experiencia ni de conocimientos contrastados para hacer frente ni a las interrogantes ni a las expectativas de los demás.

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“Sudor” de Alberto Fuguet. Un profundo retrato del lado más visceral de las relaciones homosexuales y una disección sin escrúpulos de la cara interior del negocio editorial en una historia contada sin pudor ni vergüenza alguna, con una prosa sin adornos, articulada y plasmada con la misma informalidad, contaminación y suciedad con que nos comunicamos verbalmente.

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“Los besos en el pan” de Almudena Grandes. La vida transcurre por las calles y hogares de esta novela con la misma naturalidad y espontaneidad que en las ciudades y pueblos que habitamos cada uno de sus lectores.  Un relato verosímil sobre la cara humana de la crisis que llevamos viviendo desde hace casi una década. Historias cruzadas que encajan con la misma fluidez con que discurren en un equilibrio perfecto entre la ficción inspirada en la actualidad y el docudrama cinematográfico.

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“A Virginia le gustaba Vita” de Pilar Bellver. El relato con el que se abría Ábreme con cuidado a principios de año crece para convertirse en una excitante novela corta. Un intercambio epistolar lleno de sensibilidad a través del cual conocer cómo vivieron estas dos mujeres el proceso de enamorarse, su materialización carnal y la, similar y a la par tan diferente, vivencia posterior del sentimiento del amor recíproco.

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“Soldados de Salamina” de Javier Cercas. La Guerra Civil que comenzó hace 80 años es un tremendo agujero negro con muchas piezas aún por conocer y conectar tanto a aquel entonces como a nuestro presente. Una de esas, la de la supuesta salvación de morir fusilado del fundador de la Falange, Rafael Sánchez Mazas, es la que despierta la curiosidad de Cercas. Investigación, periodismo y ficción se combinan, se unen y se separan en esta historia que atrae por lo que cuenta y que destaca por haber tan pocas como ella.

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“Matar a un ruiseñor” de Harper Lee. Una historia sobre el artificio y la ilógica de los prejuicios racistas, clasistas y religiosos con los que la población blanca ha hecho de EE.UU. su territorio, a través de la mirada pura y libre de subjetividades de una niña a la que aún le queda para llegar a la adolescencia. Una prosa que discurre fluida, con una naturalidad que resulta aún más grande en su lectura humana que en su valor literario y con la que Lee creó un título que dice mucho, tanto sobre la época en él reflejada, los años 30, como de la del momento de su publicación, 1960.

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“París-Austerlitz” de Rafael Chirbes. Sin pudor alguno, sin nada que esconder, sin miedo ni vergüenza, sin lágrimas ya y sin más dolor que sufrir y padecer. Un relato con el corazón crujido, la mente explotada y el estómago descompuesto por la digestión nunca acabada del vínculo del amor, del fin de una relación imposible y del recuerdo amable y esclavo que siempre quedará dentro. Una joya esculpida con palabras en ese milimétrico punto de equilibrio entre el vómito emocional y el soporte de la razón, sabiéndose preso de las emociones pero también incapaz de ir más allá del vértice del acantilado al que nos llevan.

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“La ciudad de los prodigios” de Eduardo Mendoza. Una ficción que toma como base la historia real para con humor inteligente y sarcasmo incisivo mostrar cómo hemos evolucionado y crecido en lo material, pero siendo igual de desgraciados y canallas según nos toque vivir del lado de la miseria o de la abundancia. Un gran retrato de la ciudad de Barcelona y una aguda disección de los años que entre las Exposiciones Universales de 1888 y 1929 la proyectaron hacia la modernidad en una España empeñada en no evolucionar.

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“La ciudad de los prodigios” de Eduardo Mendoza

Una ficción que toma como base la historia real para con humor inteligente y sarcasmo incisivo mostrar cómo hemos evolucionado y crecido en lo material, pero siendo igual de desgraciados y canallas según nos toque vivir del lado de la miseria o de la abundancia. Un gran retrato de la ciudad de Barcelona y una aguda disección de los años que entre las Exposiciones Universales de 1888 y 1929 la proyectaron hacia la modernidad en una España empeñada en no evolucionar.

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A finales del siglo XVIII Inglaterra prendió la mecha del progreso con la primera Revolución Industrial, un fenómeno que a España tardaría en llegar y que cogería ritmo cuando buena parte de nuestros vecinos europeos ya estaban en su segunda oleada.  Por este motivo su puesta en marcha lo hizo a paso apretado para intentar recuperar el retraso, lo que sabiendo cómo somos implicaría buenos resultados y chapuzas a partes iguales en los logros conseguidos, así como duras vivencias, más propias de una indigna inhumanidad, para aquellos a los que les tocó dejarse la vida en ella. En ese barrizal simbolizado por la construcción del recinto de la Exposición Universal de 1888 es donde se zambulle Eduardo Mendoza para hacernos palpar el frío, la suciedad, el calor y la nula higiene que sufrieron muchos, así como la falta de principios y escrúpulos de los que se creían más y mejores que los que no formaban parte de su círculo, ese cuyo diámetro quedaba marcado por la solera de su apellido y la cantidad de billetes de su chequera.

Dejando claro que su intención es entretener y divertir haciéndonos fantasear, pero sin faltar a una verdad a cuyas líneas generales –nombres, fechas y acontecimientos- le es fiel, el autor que deslumbró con La verdad sobre el caso Savolta logra su doble objetivo. La ciudad de los prodigios resulta pedagógica sin que nos demos cuenta. Cuando la hayamos concluido nos daremos cuenta de que hemos leído, incluso aprendido, las líneas generales de cómo Barcelona evolucionó en lo social, lo político y lo empresarial, así como su siempre difícil relación con la capital del Reino de España y el resultado de su comparación con las grandes metrópolis de finales del siglo XIX y principios del XX a las que miraba, imitaba y aspiraba incluso a superar.

Como hilo conductor, el personaje de Onofre Bouvila resulta el perfecto compendio de todas las caras del comportamiento humano, desde las más sociales y habituales hasta las más particulares y ocultas, esas que solo mostramos cuando la vergüenza, el pudor o el respeto por nuestros semejantes no forma parte de nuestra persona. El que comienza siendo un niño pobre y condenado a sobrevivir en el día a día, es capaz de valerse de las debilidades de sus semejantes para hacer de ello sus fortalezas y a partir de ahí construirse una sólida estabilidad que es tan endeble como potente. Él es esa ciudad condal que acoge a los que llegan del mundo rural buscando alimento y les convierte en canallas, en hombres y mujeres elegantes con una cara informal y otra tan golfa como viciosa en la que se dejan de lado los principios y las buenas formas en lo referente a la identidad y las prácticas sexuales, las ideas políticas y el ejercicio de la función pública, la ética en los negocios o los lazos afectivos.

Mendoza no deja títere con cabeza y no hay gobierno, político, institución o capa social que se libre de su pluma mordaz y el sarcasmo de su construcción literaria. La ciudad de los prodigios prolonga a autores anteriores como Mihura o Valle-Inclán que encandilaban y seducían con sus formas para a través de la ironía dejar claro y patente que no todo lo que nos rodea es tan alegre y ligero como parece, pero que con buen humor se digiere mucho mejor.

 

“El laberinto mágico”, excelente ejercicio de memoria

Impactante de principio a fin. Un texto que repasa perfectamente las mil caras que tuvo nuestra guerra civil desde el lado de los violentados y finalmente perdedores. Un compenetrado elenco actoral que da vida a esos compatriotas que se sentían nación y acabaron siendo miles de víctimas anónimas enterradas nadie sabe dónde. Un soberbio uso de un casi vacío espacio escénico que se convierte en todos los lugares en los que desarrolló la contienda, desde el frente y los despachos policiales a los dormitorios, los museos y los teatros.

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Se encienden las luces y el escenario adquiere la crudeza de aquellos grabados de Goya que no se sabe bien si pertenecen a la serie de la Tauromaquia o a la de los Desastres de la Guerra. Asistimos a una corrida de toros donde la bestia jaleada y sometida hasta la muerte no es otro animal que uno de los actores en la que es una de las claves de esta función, el soberbio trabajo corporal. En apenas unos segundos se crea una atmósfera que lo llena todo de luz y ruido, aparentemente anárquica y salvaje, pero profundamente etnográfica y vivencial para los allí presentes.

Al principio de la guerra civil, en el bando republicano todos se unieron para lanzarse a la defensa de sus ideales. Contagiados de la ilusión de los más jóvenes, se trasladaron hasta el frente convencidos de que la justicia de sus principios y la bondad de las buenas intenciones lo podrían todo. Pero rápido verían que las ensalzadas conversaciones entre convecinos sin experiencia existencial no tendrían nada que ver con la lucha cuerpo a cuerpo, a cientos de kilómetros de sus hogares, contra soldados de un levantamiento militar que eran mucho más fuertes al contar con el apoyo de los aplastantes recursos prestados por italianos y alemanes. Fue así como España dejó de ser un mapa para convertirse en el laberinto mágico que Max Aub describió en sus novelas, un estado donde las coordenadas geográficas pasaron a ser bombardeos, fusilamientos, hambre, traiciones, tortura y rutas de huida y evacuación.

Todos esos lugares y momentos a lo largo de tres años son los que José Ramón Fernández sintetiza con maestra fluidez  y Ernesto Caballero dirige sin dejarnos un segundo de respiro. Un perfecto collage en el que se tiene que evacuar el Museo del Prado, los teatros son utilizados como refugios frente a los aviones enemigos, los interrogatorios policiales resultan el paso previo a la desaparición y contar con un pasaporte la única posibilidad de, quizás, seguir con vida. Cuadros diferentes que se suceden con quince actores encarnando en multitud de registros y diversidad de acciones en Madrid, Valladolid, Alicante, Valencia o Barcelona a personas auténticas y reales, con nombres y apellidos a las que la historia no recuerda.

El laberinto mágico es un excelente trabajo creativo y un ejercicio de memoria. Un recuerdo de esa España que de tanto dividirse y no escucharse acabó torturándose a sí misma, forzó tanto la máquina de la confrontación que la lucha iniciada no se sabe cuándo, acabó convirtiéndose en un conflicto bélico que impuso tras su fin un silencio aún no resuelto. Una ausencia, un no conocer qué pasó exactamente que nos impide saber si hemos dejado ya de luchar, unos contra otros, en lo que no queda claro si fue esquizofrenia, paranoia, bipolaridad o sigue siendo un bucle continuo.

El laberinto mágico, en el Teatro Valle-Inclán (Madrid).