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La convicción de “Maixabel”

Silencio absoluto en la sala al final de la película. Todo el público sobrecogido por la verdad, respeto e intimidad de lo que se les ha contado. Por la naturalidad con que su relato se construye desde lo más hondo de sus protagonistas y la delicadeza con que se mantiene en lo humano, sin caer en juicios ni dogmatismos. Un guión excelente, unas interpretaciones sublimes y una dirección inteligente y sobria.

Si escuece es que te está haciendo bien. Eso te decían cuando eras niño y te trataban cualquier herida que te hubieras causado tras acabar en el suelo por ir a mil por hora. Y tenían razón. Limpiar bien, aplicar tratamiento y dejar que el tiempo le ayudara a tu cuerpo a olvidar los dolores internos y a mitigar las señales externas de lo sucedido. Un proceso que exigía ser seguido paso a paso, utilizando y aplicando los instrumentos y productos adecuados en el momento exacto y en la manera precisa. Estando pendiente de la evolución de la zona dañada y de su posible afectación al resto del cuerpo, dejando que la mejoría siguiera su propio ritmo -muchas veces imperceptible al ojo humano-, evitando cuanta intervención pudiera alterar su correcta evolución y correcto desenlace.

Así de sencilla y de compleja fue Maixabel Laza tanto cuando hizo frente al asesinato de su marido, como cuando aceptó dialogar con dos de los hombres que acabaron con él. Por no dejar que lo sucedido alterara sus principios, que el dolor propio ni el de su hija alterara sus convicciones, ni que la presión del entorno condicionara su comportamiento ni sus decisiones. Y así lo es Maixabel como película.

Por permitir que la política y la sociología intervengan, pero para contextualizar y no para justificar. Por no quedarse en los rostros que ya conocíamos y en el día en que fueron protagonistas, sino por acercarnos los seres humanos que fueron antes y siguieron siendo muchas jornadas después. Por no sentar cátedra, no simplificar ni aleccionar, tan solo dar testimonio de una manera de proceder, de compartir una experiencia vital tan única como excepcional. Pero, sobre todo, por mostrar las contradicciones y las inverosimilitudes de los lazos que, muy a nuestro pesar, pueden llegar a unirnos y hacer que quedes ligado de por vida con aquellos que mataron a la persona con la que compartías tu proyecto de vida.

Maixabel es terapéutica. Y como tal es dolorosa, valiente y arriesgada. Su propuesta es un salto al vacío. Sin embargo, la mano izquierda de Icíar Bollaín hace que este resulte ser -desde la cercanía de la empatía, pero también con la distancia del respeto- una reposada y acompañada disección de emociones y sensaciones sin efectismos, elocuencias ni esteticismos retóricos ni visuales. Un retrato en el que lo racional y lo irracional quedan imbricados, en el que el pasado asesino se describe por la barbarie de sus hechos y se define por sus horribles consecuencias, que no entra en juicios -esa es labor de los tribunales, cuyas sentencias asume-, sino que se centra en la reflexión moral y en la dignidad de todos y cada uno de sus personajes.

Y ese es su valor social y político, que no anula -sino que complementa y enriquece- esas otras lecturas y tratamientos del terrorismo etarra. Lacra que mató a 854 personas, hirió a miles y arruinó la vida de muchas más. Un desgarro en proceso de cicatrización que el guión de Bollaín e Isa Campo muestra con una pulcritud admirable sin contaminación ideológica alguna, y a que le ponen cara, expresión y mirada los sobresalientes trabajos de Blanca Portillo, Luis Tosar, María Cerezuela y Urko Olazábal.

“Secuestro”

Un buen inicio y un brutal y eficaz giro de 360 grados tras al que a la película le cuesta impulsarse de nuevo. Un thriller lleno de convencionalismos, bien utilizados unas veces, puro trámite en otras ocasiones. Actores correctos en una historia que avanza alternando la intriga con la sorpresa.

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El arranque te deja pegado a la butaca, un niño deambula por una carretera por la que parece desorientado. Acto seguido está en un hospital y no responde a las preguntas de la policía. Mientras tanto, Patricia de Lucas, una famosa abogada, gana el juicio en el que ha ayudado a un cargo público a ser declarado inocente de cargos relacionados con malversación y corrupción política. Ellos son la madre y el hijo que ha vivido el acontecimiento que responde al título de la película. La investigación que comienza entonces plantea una serie de interrogantes que nos introducen tanto en la trama como en el hogar de esta mujer soltera, profesional exitosa, influyente y con contactos allí donde haga falta tenerlos.

Blanca Portillo domina la cámara casi tanto como las tablas teatrales y no hay línea o plano que se le resista, aunque destile un saber hacer tan extraordinario que en algún momento haga que su presencia sea más grande que la de su personaje. Cuando los acontecimientos dan su primer gran giro, el argumento se abre y con él también los registros que ella ha de mostrar, eficaz en todos ellos, pero ocurre como con la historia y los encajes de sus piezas, tan correcto y pulcro que no brilla. Así sucede también con José Coronado en un papel con el que su presencia ante la cámara resulta efectivo, pero con la sensación de que esos gestos y miradas ya se los hemos vistos en anteriores trabajos como Cien años de perdón o El cuerpo.

Una vez introducido él, la policía deja de ser quien diga hacia dónde hemos de ir, la realidad toma otro cariz y entran muchos más elementos en juego. Sin embargo, el inicio ha quedado tan bien explicado –y el personaje del niño ha estado tan bien desarrollado como interpretado, al igual que la pareja de los bajos fondos formada por Macarena Gómez y Andrés Herrera- que resulta casi cerrado y los caracteres que dan continuidad a lo que están sucediendo parecen más rescatados que protagonistas. A partir de ese momento Secuestro tiene todo lo que necesita para apretar el acelerador de la intriga, pero algunos recursos son demasiado manidos –noches de lluvia, antros de escasa limpieza y menor iluminación- y en su puesta en escena la dirección de Mar Targarona parece estar tan preocupada porque resulten impactantes que a algunos de ellos les quita naturalidad en su fluidez y, por tanto, valor narrativo.

La proyección avanza haciéndonos ver cómo evolucionan –unas veces de manera lineal, otras sinuosa y en ocasiones cambiando drásticamente la orientación- sus distintas líneas argumentales hasta confluir. Siempre bien introducidas y solventemente desarrolladas, pero cuando al final se produce la cuadratura del círculo queda la sensación de que lo que sobre el papel parecía un guión bien estructurado no se ha convertido en todo lo buena película que prometía iba a ser.

Teatro: 10 funciones de 2015

Cantaba La Lupe que en algunos casos el teatro es falsedad bien ensayada. No en todos. En estos que recuerdo de los vistos a lo largo de este año fueron experiencias de un extremado verismo, pequeños mundos que duraron quizás más tiempo que su representación y que hicieron sentir y emocionarse a los que fueron testigos de su acontecer. 

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“La ola” (Centro Dramático Nacional). Texto, dirección y actores perfectamente engranados entre sí en un montaje que demuestra que uniendo buenas piezas, el todo conseguido es aún más que la suma de ellas.

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“Héroes” (La Pensión de las Pulgas). Una obra bien estructurada y  dialogada convertida en una gran representación gracias al versátil y entregado trabajo de sus tres actores.

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“Ivan Off” (La Casa de la Portera). Del drama a la tragedia, intensidad con momentos de hilaridad en un reparto coral con buenos secundarios y un soberbio Raúl Tejón como protagonista.

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“Invernadero” (Teatro de la Abadía). Tras aparentes diálogos recurrentes y situaciones absurdas se esconde la autoridad mal ejercida, el anhelo de poder y la tragedia y el drama de las injusticias a que juntos dan lugar.

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“Confesiones a Alá” (Teatro Lara). Una fantástica María Hervás se deja la piel sobre el escenario contándonos diferentes etapas en la vida de una joven musulmana en una sociedad injusta y discriminatoria.

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“El testamento de María” (Centro Dramático Nacional). Blanca Portillo desborda con su energía en un papel que le hace ser mujer y madre, compañera seguidora e incrédula a partes iguales, una veces narradora de una historia que vivió y otras fiscal de lo que creemos hoy que sucedió.

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“Yernos que aman” (La Pensión de las Pulgas). Un puzle familiar de diez personajes en el que cada uno de ellos cumple con creces su misión en un complejo engranaje en el que todo encaja: el conjunto de historias y sus tiempos, los diálogos, las entradas y salidas de escena, los cambios de ritmo,… Dos horas brillantes que dejan en el cuerpo sensaciones como las que provocan Tennessee Williams o Eugene O’Neill.

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“Tres” (Teatro Lara). Por separado podríamos considerar las interpretaciones del trío protagonista femenino como histriónicas, insulsa en el caso del hombre que las acompaña, y el libreto como una sucesión de gags de programa televisivo de variedades. Sin embargo, el buen trabajo actoral da la vuelta a la tortilla y lo que vemos sobre escena es a tres actrices solventes, un actor resultón y un texto que entretiene y que genera sonrisas de principio a fin.

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“MBIG” (La Pensión de las Pulgas). Una valiente y creativa puesta al día del “Macbeth” de Shakespeare sin alterar su retrato de las consecuencias de la ambición humana sin límite. Una dinámica puesta en escena valiéndose de la escenografía vintage de la Pensión de las Pulgas. Un gran trabajo de texto y dirección de José Martret con un espléndido Francisco Boira como protagonista y un brillante elenco de secundarios.

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“El público” (Teatro de la Abadía). Un texto tan atemporal e hipnótico como deslumbrante la puesta en escena dirigida por Alex Rigoda. Un espectáculo profundamente poético en lo verbal y plástico, con ecos de surrealismo pictórico, en lo visual. Provocación inteligente en una autopsia humana, intelectual y social que pone patas arriba prejuicios sin lógica ni coherencia, planos de lectura establecidos y órdenes impuestos.

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“El testamento de María”, la historia tal y como no nos la contaron

Blanca Portillo desborda con su energía en un papel que le hace ser mujer y madre, compañera seguidora e incrédula a partes iguales, una veces narradora de una historia que vivió y otras fiscal de lo que creemos hoy que sucedió.

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Tantas veces se nos ha contado la vida y milagros –nunca hubo una expresión más certera- de Jesucristo que jamás nos hemos planteado cuáles son las fuentes que manejamos y cuán cercanas fueron estas a ese hombre que supuestamente vivió hace dos mil años. En torno a él, además, se disponen una serie de secundarios a los que se hace cargar con unas funciones que les convierte en personajes sin personalidad propia. He ahí su madre, la siempre presente Virgen María, devota, fiel, eternamente servicial, progenitora del hijo de Dios antes que del suyo propio.

Pero, ¿de verdad sucedió así? ¿Solo los no creyentes fueron los únicos incrédulos? ¿Fue Santo Tomás el único que exigió tener una prueba real para confirmar la autenticidad de lo que unos y otros contaban? ¿Y si María, esa que no fue solo la madre de Cristo, sino que es el referente materno de todos los que hemos nacido en Occidente, fuera la primera que no entendiera nada de lo que afirmaba ser su hijo ni lo que decían los demás que era y hacía? Esa es la ficción que el novelista Colm Toibin escribió en 2012 y que a finales del pasado año Agustín Villaronga estrenó  en el Centro Dramático Nacional de Madrid en un monólogo teatral interpretado por Blanca Portillo.

En apenas hora y media de función repasa sus 33 años de convivencia junto al que comenzó siendo su retoño y acabó siendo un cadáver en sus brazos. Una versátil escenografía, una eficaz y tenebrista iluminación –al menos en el montaje del Teatro Lliure de Barcelona- y unos resueltos cambios de vestuario en escena son las herramientas con las que cuenta su protagonista para apoyar su intervención en un único acto. Y prepárense ustedes, no se van a quedar como meros espectadores que chequean lo que les van a contar con lo que hasta creían o sabían. Blanca les agarrará por el estómago y les arrastrará por ese tobogán que ha sido su vida viendo como el que ella sentía propio le decían que era hijo de otro padre, un joven que abandonaba el hogar familiar para formar su propia comunidad, un hombre buscado para multiplicar los panes y los peces y dar la vida a los muertos.

La Portillo es un genio, lo domina todo, la voz, el movimiento, el gesto, el matiz, el detalle. Hace de cada momento algo grande, la verán exponer su cotidianeidad, gritar su angustia, chillar su incomprensión, llorar su dolor, querer a la carne de su carne, preguntar a los que hablan sobre una realidad y un mundo por venir que ella ni ve ni concibe, desear ser alguien cotidiano y anodino y no esa a quien la Historia colocó después en lugares en los que nunca estuvo, liberarse de ataduras y supuestos, enfadarse ante la irracionalidad de los demás,… Un recital de registros a los que el texto da pie con absoluta fluidez y su intérprete encadena sumando facetas, aristas y puntos de vista a un personaje y un trabajo interpretativo que bajo la apariencia de intensidad resulta ser realmente complejo. Un reto que Blanca Portillo resuelve de manera sobresaliente gracias a su excepcional trabajo, perfecta técnica y capacidad escénica derrochando momentos dignos de una dama del teatro como cuando con tan solo una sábana se convierte en una piedad que sufre por la muerte de su hijo. Grande, muy grande Blanca Portillo.

“El testamento de María”, próximas fechas por toda España.