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“La vida a ratos” de Juan José Millás

Surrealista, onírico, ¿irreal?, sincero, absurdo, neurótico y hasta un poco paranoico. Diario, autobiografía, transcripción psicoanalítica e, incluso, un poco de juerga y fiesta daliniana. En primera persona como manifiesto de sí mismo, para comprobarse en el reflejo del papel, para liberar al yo que nunca permite mostrarse en público. Tres años de terapia y escritura automática, pero también de juegos con el lenguaje y el sentido de la realidad.

Juan José Millás no es solo el autor de esta novela, también es su protagonista. Pero aunque ambos tienen el mismo nombre y apellido, quizás no sean la misma persona. Puede que el Millás personaje no sea más que un recurso del Millás autor para liberarse y practicar una escritura menos narrativa, aunque sin dejar de serlo, y más estilística de la que se podría esperar de un novelista. O quizás el altavoz Millás sea el Millás escritor que quiere seguir en la ficción pero esta vez se ha dado el capricho de emplear horas y horas gastando tinta o aporreando el teclado pensando en un único lector, él mismo.

O quién sabe, lo mismo lo que ha hecho en La vida a ratos es tratarnos como si fuéramos la psicoanalista a la que visita todas las semanas y contarnos todo aquello que ha supuesto nos relataría si estuviera tumbado en el diván de nuestra consulta. El resultado es algo que aúna el absurdo de lo que no siempre guarda una lógica que lo explique y mecanismos surrealistas como la irracionalidad de muchas de sus situaciones, la excusa onírica en que se encuadran otras tantas y la escritura automática con que se hilvanan.

Un cruce en el que no está claro dónde quedan la credibilidad, la verosimilitud y el realismo a la hora de contarnos lo que supuestamente le pasa en su día a día. De entrada sorprende, provocando incluso una amalgama de reacciones hasta enfrentadas por no tener la certeza de qué pretende Millás. Si mostrarse naif como resultado de su falta de pudor y de haberse liberado, con humor y sin miedo a rozar el patetismo, del filtro de las formalidades. Si liberarse de las convenciones y avanzar sin rumbo definido y dejarse sorprender por lo que le surja en el camino. Cabe pensar incluso si está construyendo un gran relato a base de microrrelatos en los que combina vivencia y reflexión, recuerdo e introspección, proyección y reinterpretación.

Pero según se suceden las jornadas de los algo más de tres años que abarca La vida a ratos, si nos liberamos de nosotros mismos como hace él, de nuestras exigencias de saber dónde estamos y a dónde vamos, qué se nos pide y qué se nos dará, qué tenemos y qué seremos. Si cuando nos surgen cualquiera de esas interrogantes optamos por ignorarlas, su lectura fluye de manera tan libre, alegre y espontánea como lo hace lo que le da título a su narración, la vida. Es entonces cuando comenzamos a ver que no hay diferentes Millás, sino distintas capas de uno mismo entre las que nos podemos adentrar para estar igual de cerca del hombre que es y siente que del que piensa y escribe y del que vive y se relaciona con su mujer, sus alumnos y sus amigos.

La vida a ratos, Juan José Millás, 2019, Editorial Alfaguara.

“Camino real” de Tennessee Williams

En el prólogo de la edición de Penguin Classics de 1956 su autor cuenta que no tiene porqué explicar qué es lo que quiere contar en esta obra y nos sugiere que nos dejemos llevar sin más por su representación. Una idea que amplía exponiendo que texto y montaje son realidades diferentes y que este último, y nunca el soporte impreso, es el medio por el que debemos valorar una creación teatral. Este conjunto de 17 escenas, llenas de anotaciones y con una propuesta de lo más compleja, son un claro ejemplo de esta visión del arte de la dramaturgia.

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Tennessee Williams acabó la primera versión de esta obra en 1949. La ampliaría en 1953, haciendo que sus 10 bloques (block es el término utilizado por él) iniciales se convirtieran en 16 más un prólogo en el que Don Quijote y Sancho Panza son los primeros personajes que llegan a ese lugar único que es Camino Real.  Ellos nos abren las puertas de un emplazamiento ubicado en mitad de la nada mexicana, al que es fácil llegar pero del que parece imposible marchar, que es principio y fin.

La claustrofobia que genera esta localización incierta va in crescendo a medida que se suceden las escenas. No hay una única línea argumental, sino que se abordan múltiples situaciones, lo que hace de este texto una realidad poliédrica que se abre en múltiples planos paralelos a la par que evoluciona, por lo que no resulta nada fácil de seguir.  Hay mucho movimiento en él, momentos festivos –con música y algarabía-, distintos niveles de interactuación desde el escenario –a pie de calle, en interiores, en balconadas- y multitud de personajes –con nombre propio, anónimos y otros que tienen un gran peso simbólico- que tratan toda clase de asuntos.

Entre estos últimos, y junto a los cervantinos ya señalados, Esmeralda, espejo de la gitana de El jorobado de Notre Dame de Victor Hugo, encargada de encandilar con su recurrente virginidad al héroe desconcertado. Margarita, penando como La dama de las camelias de Alejandro Dumas frente a la resistencia de su esposo apellidado Casanova, con el que mantiene un arduo debate sobre el amor y su relación con la fidelidad, la lealtad y la traición. También aparece por este lugar inhóspito un tal Lord Byron enamorado de la cultura clásica.

La ley existe, pero no se practica, no hay una lógica comprensible en Camino Real. En su fuente puede faltar el agua, pero en sus establecimientos siempre habrá alcohol. Sus rincones están llenos de prostitutas, mendigos y ladrones, testigos de cuanto acontece pero sin memoria a la de recordar robos de dinero o sustracciones de documentación, que dejan sin recursos y sin identidad oficial a los recién llegados. No se puede confiar en quien te ayuda, no puedes creer que lo que te digan es verdad ni dar por hecho que eso convierte lo escuchado en mentira.

Además del famoso y prestigioso autor de impactantes torrentes emocionales (como los de El zoo de cristal o Un tranvía llamado deseo de los que pueden verse algunos trazos aquí), Williams fue también capaz de practicar otros registros como esta combinación de horror vacui, absurdo y existencialismo que se hace cercano al Esperando a Godot de Samuel Beckett, estrenado también en 1953.

“Jumpers”, el reductio ad absurdum de Tom Stoppard

¿Se puede demostrar un asesinato si no se encuentra el cadáver? ¿La existencia de Dios queda probada con nuestra continua explicación de su no existencia? Un hombre y una mujer en la misma cama, ¿son amantes o un doctor y su paciente? Si un todo es divisible por su mitad y cada una de sus mitades por sus mitades y así sucesivamente, ¿seremos capaces de tener de abarcar el todo de esa unidad? ¿A dónde quiere llevarnos Tom Stoppard? ¿Qué pretende contarnos?

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El símbolo del infinito es una línea recta que se hace sinuosa para después de avanzar dar la vuelta hasta devolvernos al punto de origen. Un inicio que ya no es el mismo porque está contaminado de lo vivido, aprendido y experimentado en ese viaje que aunque nos ha elevado a otra dimensión, no nos ha llevado a ningún lugar diferente a ese en el que ya estábamos y en el que ahora seguimos. Eso es lo que sucede cuando planteas preguntas para las que no hay respuestas, cuando el lenguaje sabotea a aquel que pretende servirse de él, haciendo que en lugar de un medio de expresión sea un instrumento de auto destrucción, que en lugar de ponernos en contacto con otras personas, mundos y realidades sea un medio para encerrarnos, oscurecernos y hacernos prisioneros de nosotros mismos.

Una propuesta claustrofóbica, un escenario con puerta de entrada pero sin salida, un espacio para la agorafobia en el que se muere sin saber cómo, se investiga sin finalidad, se acusa sin cargos y se argumenta sin pruebas. Un lugar en el que las cantantes no se saben las letras de sus canciones, los espejos se utilizan para ver en lugar de para mirarse, las tortugas recorren distancias inabarcables por la mente humana y los suicidas se disparan sin dejar rastro del arma utilizada.

Todo avance es una no consecución. Cada logro es una pérdida y cada un éxito un fracaso. Las dudas son certidumbres, las peticiones negaciones y las ofrendas rechazos. Toda manifestación de amor es un desamor. La frustración es la atmósfera natural de cada hombre y cada mujer, el aire que respiran las parejas y en el que se sienten cómodos, porque así lo han aprendido y así hemos sido educados todos los individuos. La angustia es la sensación dominante en este universo en el que no se avanza, no se progresa, no se crece, se consigue tanto como se pierde, lo negativo contrarresta a lo positivo y el no pesa tanto como el sí. La desazón se confunde con Descartes, el ruido con Mozart, la urbanidad con Voltaire y el bien y el mal son categorías establecidas por los hombres al margen de Dios.

Tras el éxito de su ópera prima unos años antes, Rosencrantz y Guildenstern han muerto, Tom Stoppard decide en 1972 ir a más en su juego de darle la vuelta a la realidad, retorciéndola y deconstruyéndola. Rompiendo los esquemas mentales de su espectador, no dejándole respirar, asfixiándole, agobiándole, inundándole de palabras y de significados, atrayéndole para rechazarle después, expulsándole para llamarle acto seguido.

Jumpers supone someterse a una tensión que resulta casi insoportable, es ir más allá de los límites para transitar por lo inhóspito y lo desconocido. Es la contención del exceso y el derroche de lo comedido. Una psicodelia dramática con profundos efectos secundarios.

“Descalzos por el parque” de Neil Simon

Comedia endiabladamente divertida, con un ritmo trepidante y diálogos ágiles con un fino y agudo uso del lenguaje. Cuatro personajes cuyas personalidades se complementan a la perfección en la evolución que experimentan sus relaciones a lo largo de la función. Un texto que muestra con gran sentido del humor algunos de los temas que se planteaba la acomodada juventud norteamericana de principios de los 60.

DescalzosPorElParque

La aparentemente banal conversación con que se inicia la función entre una joven veinteañera y un instalador de la compañía telefónica nos hace saber que Corrie y Paul se casaron hace seis días en Nueva York. Casi una semana de luna de miel que pasaron en el Hotel Plaza hasta que en la mañana del primer acto él se fue al bufete de abogados en el que trabaja y ella al apartamento recién alquilado, en el que nos encontramos, para acondicionarlo. Una presentación en la que queda claro que esta mujer es despierta e ingeniosa, nada dúctil ni dócil, sonriente, amable y graciosa, pero con carácter, iniciativa y decisión, todo fuego, capaz de improvisar cuanto sea necesario.

Acto seguido llega su marido. Alguien correcto, organizado, pausado, todo aquello que se pueda englobar bajo las características de formal y paciente, las de un hombre pegado a la tierra, necesitado de orden y previsión. Tan diferentes y tan opuestos, y por ello tan cercanos y complementarios. Lo que se dicen y lo que las notas de Neil Simon disponen sobre sus movimientos en escena y el lenguaje no verbal entre ellos, revelan el potencial volcán de alta actividad que es su unión.

Y por si saltaban pocas chispas en esta pareja unida por el amor y el desconocimiento práctico que tienen el uno del otro, hay dos personajes más, tan opuestos a cada uno de ellos como entre sí, y que elevan el humor a niveles absurdamente hilarantes. Ethel, la madre de Corrie, resulta superlativa en todas sus intervenciones, tanto por sus costumbres conservadoras y sus respuestas liberales como por su protector comportamiento y sus condescendientes consejos. Por su parte, el peculiar Víctor, el histriónico señor Velasco, condensa en su persona a un vecindario de hábitos de lo más inusual en un inmueble que parece más un espacio diseñado para una gymkana gimnástica que para residir en él.

De dos en dos las situaciones son divertidas, los diálogos resultan ingeniosos, las conversaciones tienen un punto de carrera retórica que las hace rabiosamente atractivas y sugerentes. Pero cuando se juntan todos en esta vivienda de reducido tamaño, la combinación de las particularidades de cada uno de ellos, del inicio de una convivencia tan deseada como explosiva y de las visitas inesperadas, da como resultado un auténtico espectáculo de fuegos artificiales teatrales en el que no hay un segundo de silencio literario ni de quietud escénica.

Un total no solo divertido e ingenioso, sino extremadamente inteligente. Un ejercicio de dramaturgia sin una línea o un momento por debajo del sobresaliente que permite que miremos con indulgencia la distancia de más de medio siglo que nos separa de la realidad social estadounidense que refleja. Aquella en que las esposas cuidaban del hogar mientras sus cónyuges trabajaban, en que la madurez solo se alcanzaba asumiendo el sacramento del matrimonio y la castidad era imperativo para todo aquel que no estuviera casado.

“El balcón” de Jean Genet

La balaustrada de esta representación es el lugar desde el que los elegidos miran con aires de superioridad a sus súbditos. Es también la ventana que cierran para, de vuelta en el interior, dar rienda suelta a sus más bajos instintos. Un burdel donde muestran su parte animal y las personas que son consigo mismos dialogan esquizofrénicamente con los personajes que son para los demás. Jean Genet vomita con inteligencia la absurdez del ser humano, haciendo de ella el arma, el escenario y la consecuencia de su megalomanía.

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Un coronel que gobierna soldados, un obispo que conduce almas, un juez que condena a los culpables. Formados para vencer, para desterrar al mal, para hacer justicia. Líderes que se quedan al otro lado del espejo, reflejos muy lejanos de ese hombre que exige rendición a la mujer que se encierra con él, a la que le viste, ante la que se arrastra suplicando que le permita ejercer su papel. Una casa de latrocinio que es un oasis de relax, una isla amurallada a salvo de la rebelión extramuros, en la que lo que ocurre quizás no sea real, aunque sí verdad, ni las personas que transitan por ella sean auténticas, aunque sí los personajes que encarnan.

El sexo y el desnudo físico es el marketing eficaz, la medusa que atrae con su promesa de placer y sensualidad, una puerta de entrada a algo más oscuro y recóndito, sin lógica ni razón, resbaladizo y camaleónico, salvaje y escurridizo, que se asoma altivo y solemne al balcón que da a la calle para después arrastrarse sinuosamente por el suelo cuando nadie es testigo de él. En este lugar las personas, las mentes y los cuerpos juegan a ser quienes desean ser, pero sin estar dispuestos a renunciar a lo que son fuera de allí. Dos papeles muy alejados, dos caras que nunca se ven, pero unidas en una sucia simbiosis de dependencia, incongruencia e hipocresía.

Ese es el género humano que Jean Genet había conocido y experimentado en los 46 años de vida que tenía cuando estrenó El balcón.  Tiempo en que vio cómo dos guerras mundiales habían matado millones de personas, las familias se traicionaban, los vecinos se vendían y jóvenes como él habían comido lo conseguido en la calle, yendo de cama en cama, de abuso en abuso y de delito en delito. Una experiencia que está tras la supervivencia, la inteligencia, la habilidad y la ausencia de una norma o moral establecida que puede sentirse en todas y cada una de las escenas de esta obra.

Un texto provocador no solo por mostrar mujeres con los pechos descubiertos u hombres vestidos de cuero manejando un látigo para humillar, sino transgresor por hacer de estos elementos recursos necesarios en su propuesta teatral. Muestras de lo profundamente deseado, pero nunca reconocido ni expresado verbalmente y que Genet utiliza de esa manera, integrándolos en lo visual del escenario, en lo gestual de sus actores, pero sin llegar a darles palabras. De esa manera carga su texto y su representación de una tensión tan inteligente como inevitable, que no hace sino aumentar, reforzar y verse apoyada por unos diálogos sagazmente mordaces que revelan a un ser humano hambriento de poder, egoísta, manipulador y banal.

“La increíble boda de Gilbert y Moira” de Joe Keenan

Un despropósito, una locura, un enredo lleno de momentos absurdos cargados de una desbordante hilaridad. No hay boda interesada sin mil flecos que conviertan su organización y celebración en una esquizofrénica sucesión de detalles, instantes, anécdotas e historias que Joe Keenan hilvana con hábil fluidez. Una novela que además de ser una lectura divertida, es también un gran disfrute literario.

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Nueva York, años 80. La ciudad de la gran manzana es conocida en todo el mundo por los grandes rascacielos de la isla de Manhattan, el ritmo frenético de su tráfico y la proliferación de hombres y mujeres –vestidos a la última moda- a todas horas por sus aceras. Si siempre ha habido un sitio donde lo más insospechado pudiera ser posible, sería aquí, en la capital del mundo. Lo que en otros lugares es inconcebible, en New York se organiza en un chasquido de dedos. Así es como Gilbert y Moira –hombre gay él, mujer materialista ella- idean casarse para hacerse con el botín de los regalos. Pero del dicho al hecho hay un trecho en que comunicárselo a la familia y amigos, organizar tanto la ceremonia nupcial como las despedidas de soltero y las reuniones previas familiares, diseñar la lista de bodas, los trajes, las invitaciones,… Nadie sabe la verdad de este interesado compromiso y a cada paso que dan todo se complica un poco más, unas veces por la falsedad de lo suyo, otras por sus grandes egos y demás aspectos de sus complicadas y retorcidas personalidades.

Una introducción argumental aparentemente frívola tras la que se esconden asuntos de gran calado como clanes mafiosos de origen italiano o la jet set de una sociedad de jóvenes creadores sin ideas ni resultados que mostrar. Los diálogos frescos, ágiles y recurrentes de Joe Keenan hacen que todo tenga una gran naturalidad y verosimilitud, acrecentado irónicamente, por su exceso y absurdo. A medida que avanza la organización de la boda, el mapa de personajes está cada vez más poblado, con lo que la historia se llena de chantajes múltiples, consumos ilícitos y momentos de travestismo. En definitiva, más desvaríos, imposibles y esperpentos. El efecto es un crecimiento exponencial de lo hilarante de este lío en el que se han metido Moira y Gilbert y de lo maestro que es el ácido creador de este universo, el después guionista de las televisivas Mujeres desesperadas.

Por momentos, La increíble boda de Gilbert y Moira recuerda a la despiadada crítica a la sociedad y el estilo de vida neoyorquino del Tom Wolfe de La hoguera de las vanidades, y en otras ocasiones al enredo británico del Wilt de Tom Sharpe, pero lo que siempre está claro es la intención de Keenan de verle el lado humorístico a cuanto acontece. Aquí no hay dramas ni tragedias, solo comedia, mucha, disparatada, sin tregua, sin un segundo de descanso. Pero nunca resulta excesiva, gratuita o innecesaria. No hay nada recurrente en su narración ni en la evolución in crescendo de sus acontecimientos. Una historia original, desternillante y sin prejuicio alguno –que incluso se ríe de sí misma- que seguro dejará un muy buen y prolongado recuerdo en quien decida leerla.