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“Los días felices” de Beckett, Messiez y Orazi

Un texto que se esconde dentro de sí mismo. Una puesta en escena retadora tanto para los que trabajan sobre el escenario como para los que observan su labor desde el patio de butacas. Un director inteligente, que se adentra virtuosamente en la complejidad, y una actriz soberbia que se crece y encumbra en el audaz absurdo de Samuel Beckett.

Abusamos del término surrealista, cuando en realidad debiéramos usar muchas veces el de absurdo. Confundimos como onírico e irracional aquello cuya lógica no entendemos o no conseguimos captar por mucho que nos empeñemos. El autor de Esperando a Godot fue un genio en este sentido, usando las palabras no solo para contarnos algo, sino también para estrujar nuestro estómago, presionar nuestro corazón y aporrear nuestra cabeza cuando nos exponemos a sus neuróticas y aparentemente incomprensibles propuestas.

Una enmarañada complejidad que Pablo Messiez trabaja -desde la escenografía, el sonido y la iluminación- hasta convertir en una experiencia tan inmersiva y sugerente -lo que importa es el trayecto, no el origen ni el destino- como la montaña de cascotes que cubre a Winnie, primero hasta el pecho, después hasta el cuello.

Una mujer de mediana edad, vestida con un palabra de honor, acompañada de su bolso y sin movilidad posible, pero dotada de una locuacidad sin par. De una oralidad que Fernanda Orazi convierte en un derroche de discurso y retórica que viaja libremente entre el psicoanálisis, el lacanismo y la elaboración gestáltica, entre la expresión libre, la indagación introspectiva y la búsqueda de un sentido que quizás no exista, o sí, pero que en cualquier caso no puede ser fijado en un concepto, un proceso o un objetivo con el que el hombre se sienta realizado.

Esta adaptación de Los días felices (obra escrita en 1960) embauca, atrae y conquista. Por la verborrea sin fin con que Winnie ahuyenta el silencio y absorbe el oxígeno. Por la manera en que retuerce la supuesta sencillez de su argumentario, llevándolo hasta un extremo en el que confluyen el vacío, la nada, la angustia y la ansiedad. Por la explosión gestual, tonal y la capacidad de trascenderse físicamente de la Orazi (“la” de diva, de grande, de ama, de dueña y señora del escenario). Por la barbaridad de lograr que durante la hora y media de función sus manos y su rostro -y después solo su rostro- nos atraigan e hipnoticen embaucándonos en una narrativa más vertical que horizontal, más de caída y descenso existencial que de progresión y avance.

Una lógica perturbadora marca Samuel Beckett perfectamente orquestada por Messiez, alcanzando y manteniendo a lo largo de toda la función ese difícil y delicado punto de equilibrio en el que es fiel al autor al que está adaptando, al tiempo que deja impreso su propio sello como director y cocreador de la representación a la que estamos asistiendo. Parece que no hay genio de la dramaturgia que se le resista a Pablo, ya sea Lorca (Bodas de sangre), Chejov (La otra mujer) o ahora Beckett. Quién iba a decir que después de la explosión corporal que fueron Las canciones, iba a llevarnos tan arriba, pero esta vez sin hacernos mover un ápice de la butaca.  

Los días felices, en el Teatro Valle Inclán (Madrid).

“Los buenos días perdidos” de Antonio Gala

Una capilla catedralicia convertida en la humilde morada de su sacristán y en alegoría de la España de los primeros años 70. Una síntesis de la tradición, las costumbres, las herencias y los absurdos de un país encarnados en cuatro personajes que no pretenden más que sobrevivir en unas coordenadas donde las posibilidades son escasas. Tras ellos, un escritor con una aguda y sagaz visión de la realidad y una capacidad retórica desbordante.

Leer el Premio Nacional de Literatura de 1972 es adentrarse en la realidad de un país de fachadas meapilas y de interiores de usureros. De una cotidianidad en la que casi cualquier situación exigía quedar a bien con lo que dictaba la represión y, al tiempo, encontrarle las fisuras por las que escapar de su control. Un cuadro que Gala despliega ante sus lectores y espectadores como si se tratara de un fresco viviente, con arte literario, embrujo dialéctico y genialidad teatral.

El patetismo de sus protagonistas no es más que el síntoma de un profundo cuadro de vacío, desapego y búsqueda existencial que no es exclusivo de ellos y que sirve como símbolo, metáfora y representación de la inmensa parte de los habitantes de una nación enclaustrada por la religión, la escasez material y la ilusión capitalista. Un diagnóstico al que esta obra llega tras una exposición de situaciones, encuentros y diálogos con mucho de absurdo escapista, pero también de sainete costumbrista y sátira descarnada.  

Las necesidades primarias, como el comer, el afecto (y el sexo) se combinan con pecados capitales como la vanidad, la avaricia y la erótica del poder. En el inicio, todo parece banal y ligero, casi lúdico, pero poco a poco la atmósfera se torna sarcástica, rozando el esperpento, para llegar a un final que está entre el patetismo y el más profundo, desnudo y crudo realismo. Todo ello en un marco a caballo entre lo cotidiano y lo pintoresco (una pareja que vive con la madre de él, sacristán y barbero, en la capilla de una iglesia), lo que lo hace, si cabe, más cercano a la par que más descabellado (cuando comienza a vivir con ellos un guardia que, además, ejerce como campanero).

Por el camino quedan las miserias de un pueblo entre obligado y tentado a engañar y abusar, robar y trapichear, explotar y prostituirse para mantener una dignidad que unos entienden como estabilidad mental, otros como orgullo y algunos, como una peculiar forma de valentía y rebelión. Un maremágnum de valores, planteamientos, reacciones y respuestas que su autor expone desde un prisma sin moralismos espirituales, centrado única y exclusivamente en lo que nos debería hacer y mantener como seres humanos libres.

La maestría de Gala fue, supongo, ser capaz de exponer esta complejidad dejando contentos tanto a censores del régimen como a sus críticos, consiguiendo el aplauso de los primeros por lo que presenta y el de los segundos por lo que representa. Afortunados aquellos que vieron representados Los buenos días perdidos en el otoño de 1972 por Juan Luis Galiardo, Amparo Baró, Mary Carrillo y Manuel Galiana. A los demás no nos queda otra que esperar un futuro montaje de este gran texto y disfrutar, mientras tanto, de su lectura.

Los buenos días perdidos, Antonio Gala, 1972, Castalia Ediciones.

“La vida a ratos” de Juan José Millás

Surrealista, onírico, ¿irreal?, sincero, absurdo, neurótico y hasta un poco paranoico. Diario, autobiografía, transcripción psicoanalítica e, incluso, un poco de juerga y fiesta daliniana. En primera persona como manifiesto de sí mismo, para comprobarse en el reflejo del papel, para liberar al yo que nunca permite mostrarse en público. Tres años de terapia y escritura automática, pero también de juegos con el lenguaje y el sentido de la realidad.

Juan José Millás no es solo el autor de esta novela, también es su protagonista. Pero aunque ambos tienen el mismo nombre y apellido, quizás no sean la misma persona. Puede que el Millás personaje no sea más que un recurso del Millás autor para liberarse y practicar una escritura menos narrativa, aunque sin dejar de serlo, y más estilística de la que se podría esperar de un novelista. O quizás el altavoz Millás sea el Millás escritor que quiere seguir en la ficción pero esta vez se ha dado el capricho de emplear horas y horas gastando tinta o aporreando el teclado pensando en un único lector, él mismo.

O quién sabe, lo mismo lo que ha hecho en La vida a ratos es tratarnos como si fuéramos la psicoanalista a la que visita todas las semanas y contarnos todo aquello que ha supuesto nos relataría si estuviera tumbado en el diván de nuestra consulta. El resultado es algo que aúna el absurdo de lo que no siempre guarda una lógica que lo explique y mecanismos surrealistas como la irracionalidad de muchas de sus situaciones, la excusa onírica en que se encuadran otras tantas y la escritura automática con que se hilvanan.

Un cruce en el que no está claro dónde quedan la credibilidad, la verosimilitud y el realismo a la hora de contarnos lo que supuestamente le pasa en su día a día. De entrada sorprende, provocando incluso una amalgama de reacciones hasta enfrentadas por no tener la certeza de qué pretende Millás. Si mostrarse naif como resultado de su falta de pudor y de haberse liberado, con humor y sin miedo a rozar el patetismo, del filtro de las formalidades. Si liberarse de las convenciones y avanzar sin rumbo definido y dejarse sorprender por lo que le surja en el camino. Cabe pensar incluso si está construyendo un gran relato a base de microrrelatos en los que combina vivencia y reflexión, recuerdo e introspección, proyección y reinterpretación.

Pero según se suceden las jornadas de los algo más de tres años que abarca La vida a ratos, si nos liberamos de nosotros mismos como hace él, de nuestras exigencias de saber dónde estamos y a dónde vamos, qué se nos pide y qué se nos dará, qué tenemos y qué seremos. Si cuando nos surgen cualquiera de esas interrogantes optamos por ignorarlas, su lectura fluye de manera tan libre, alegre y espontánea como lo hace lo que le da título a su narración, la vida. Es entonces cuando comenzamos a ver que no hay diferentes Millás, sino distintas capas de uno mismo entre las que nos podemos adentrar para estar igual de cerca del hombre que es y siente que del que piensa y escribe y del que vive y se relaciona con su mujer, sus alumnos y sus amigos.

La vida a ratos, Juan José Millás, 2019, Editorial Alfaguara.

“Camino real” de Tennessee Williams

En el prólogo de la edición de Penguin Classics de 1956 su autor cuenta que no tiene porqué explicar qué es lo que quiere contar en esta obra y nos sugiere que nos dejemos llevar sin más por su representación. Una idea que amplía exponiendo que texto y montaje son realidades diferentes y que este último, y nunca el soporte impreso, es el medio por el que debemos valorar una creación teatral. Este conjunto de 17 escenas, llenas de anotaciones y con una propuesta de lo más compleja, son un claro ejemplo de esta visión del arte de la dramaturgia.

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Tennessee Williams acabó la primera versión de esta obra en 1949. La ampliaría en 1953, haciendo que sus 10 bloques (block es el término utilizado por él) iniciales se convirtieran en 16 más un prólogo en el que Don Quijote y Sancho Panza son los primeros personajes que llegan a ese lugar único que es Camino Real.  Ellos nos abren las puertas de un emplazamiento ubicado en mitad de la nada mexicana, al que es fácil llegar pero del que parece imposible marchar, que es principio y fin.

La claustrofobia que genera esta localización incierta va in crescendo a medida que se suceden las escenas. No hay una única línea argumental, sino que se abordan múltiples situaciones, lo que hace de este texto una realidad poliédrica que se abre en múltiples planos paralelos a la par que evoluciona, por lo que no resulta nada fácil de seguir.  Hay mucho movimiento en él, momentos festivos –con música y algarabía-, distintos niveles de interactuación desde el escenario –a pie de calle, en interiores, en balconadas- y multitud de personajes –con nombre propio, anónimos y otros que tienen un gran peso simbólico- que tratan toda clase de asuntos.

Entre estos últimos, y junto a los cervantinos ya señalados, Esmeralda, espejo de la gitana de El jorobado de Notre Dame de Victor Hugo, encargada de encandilar con su recurrente virginidad al héroe desconcertado. Margarita, penando como La dama de las camelias de Alejandro Dumas frente a la resistencia de su esposo apellidado Casanova, con el que mantiene un arduo debate sobre el amor y su relación con la fidelidad, la lealtad y la traición. También aparece por este lugar inhóspito un tal Lord Byron enamorado de la cultura clásica.

La ley existe, pero no se practica, no hay una lógica comprensible en Camino Real. En su fuente puede faltar el agua, pero en sus establecimientos siempre habrá alcohol. Sus rincones están llenos de prostitutas, mendigos y ladrones, testigos de cuanto acontece pero sin memoria a la de recordar robos de dinero o sustracciones de documentación, que dejan sin recursos y sin identidad oficial a los recién llegados. No se puede confiar en quien te ayuda, no puedes creer que lo que te digan es verdad ni dar por hecho que eso convierte lo escuchado en mentira.

Además del famoso y prestigioso autor de impactantes torrentes emocionales (como los de El zoo de cristal o Un tranvía llamado deseo de los que pueden verse algunos trazos aquí), Williams fue también capaz de practicar otros registros como esta combinación de horror vacui, absurdo y existencialismo que se hace cercano al Esperando a Godot de Samuel Beckett, estrenado también en 1953.

“Jumpers”, el reductio ad absurdum de Tom Stoppard

¿Se puede demostrar un asesinato si no se encuentra el cadáver? ¿La existencia de Dios queda probada con nuestra continua explicación de su no existencia? Un hombre y una mujer en la misma cama, ¿son amantes o un doctor y su paciente? Si un todo es divisible por su mitad y cada una de sus mitades por sus mitades y así sucesivamente, ¿seremos capaces de tener de abarcar el todo de esa unidad? ¿A dónde quiere llevarnos Tom Stoppard? ¿Qué pretende contarnos?

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El símbolo del infinito es una línea recta que se hace sinuosa para después de avanzar dar la vuelta hasta devolvernos al punto de origen. Un inicio que ya no es el mismo porque está contaminado de lo vivido, aprendido y experimentado en ese viaje que aunque nos ha elevado a otra dimensión, no nos ha llevado a ningún lugar diferente a ese en el que ya estábamos y en el que ahora seguimos. Eso es lo que sucede cuando planteas preguntas para las que no hay respuestas, cuando el lenguaje sabotea a aquel que pretende servirse de él, haciendo que en lugar de un medio de expresión sea un instrumento de auto destrucción, que en lugar de ponernos en contacto con otras personas, mundos y realidades sea un medio para encerrarnos, oscurecernos y hacernos prisioneros de nosotros mismos.

Una propuesta claustrofóbica, un escenario con puerta de entrada pero sin salida, un espacio para la agorafobia en el que se muere sin saber cómo, se investiga sin finalidad, se acusa sin cargos y se argumenta sin pruebas. Un lugar en el que las cantantes no se saben las letras de sus canciones, los espejos se utilizan para ver en lugar de para mirarse, las tortugas recorren distancias inabarcables por la mente humana y los suicidas se disparan sin dejar rastro del arma utilizada.

Todo avance es una no consecución. Cada logro es una pérdida y cada un éxito un fracaso. Las dudas son certidumbres, las peticiones negaciones y las ofrendas rechazos. Toda manifestación de amor es un desamor. La frustración es la atmósfera natural de cada hombre y cada mujer, el aire que respiran las parejas y en el que se sienten cómodos, porque así lo han aprendido y así hemos sido educados todos los individuos. La angustia es la sensación dominante en este universo en el que no se avanza, no se progresa, no se crece, se consigue tanto como se pierde, lo negativo contrarresta a lo positivo y el no pesa tanto como el sí. La desazón se confunde con Descartes, el ruido con Mozart, la urbanidad con Voltaire y el bien y el mal son categorías establecidas por los hombres al margen de Dios.

Tras el éxito de su ópera prima unos años antes, Rosencrantz y Guildenstern han muerto, Tom Stoppard decide en 1972 ir a más en su juego de darle la vuelta a la realidad, retorciéndola y deconstruyéndola. Rompiendo los esquemas mentales de su espectador, no dejándole respirar, asfixiándole, agobiándole, inundándole de palabras y de significados, atrayéndole para rechazarle después, expulsándole para llamarle acto seguido.

Jumpers supone someterse a una tensión que resulta casi insoportable, es ir más allá de los límites para transitar por lo inhóspito y lo desconocido. Es la contención del exceso y el derroche de lo comedido. Una psicodelia dramática con profundos efectos secundarios.

“Descalzos por el parque” de Neil Simon

Comedia endiabladamente divertida, con un ritmo trepidante y diálogos ágiles con un fino y agudo uso del lenguaje. Cuatro personajes cuyas personalidades se complementan a la perfección en la evolución que experimentan sus relaciones a lo largo de la función. Un texto que muestra con gran sentido del humor algunos de los temas que se planteaba la acomodada juventud norteamericana de principios de los 60.

DescalzosPorElParque

La aparentemente banal conversación con que se inicia la función entre una joven veinteañera y un instalador de la compañía telefónica nos hace saber que Corrie y Paul se casaron hace seis días en Nueva York. Casi una semana de luna de miel que pasaron en el Hotel Plaza hasta que en la mañana del primer acto él se fue al bufete de abogados en el que trabaja y ella al apartamento recién alquilado, en el que nos encontramos, para acondicionarlo. Una presentación en la que queda claro que esta mujer es despierta e ingeniosa, nada dúctil ni dócil, sonriente, amable y graciosa, pero con carácter, iniciativa y decisión, todo fuego, capaz de improvisar cuanto sea necesario.

Acto seguido llega su marido. Alguien correcto, organizado, pausado, todo aquello que se pueda englobar bajo las características de formal y paciente, las de un hombre pegado a la tierra, necesitado de orden y previsión. Tan diferentes y tan opuestos, y por ello tan cercanos y complementarios. Lo que se dicen y lo que las notas de Neil Simon disponen sobre sus movimientos en escena y el lenguaje no verbal entre ellos, revelan el potencial volcán de alta actividad que es su unión.

Y por si saltaban pocas chispas en esta pareja unida por el amor y el desconocimiento práctico que tienen el uno del otro, hay dos personajes más, tan opuestos a cada uno de ellos como entre sí, y que elevan el humor a niveles absurdamente hilarantes. Ethel, la madre de Corrie, resulta superlativa en todas sus intervenciones, tanto por sus costumbres conservadoras y sus respuestas liberales como por su protector comportamiento y sus condescendientes consejos. Por su parte, el peculiar Víctor, el histriónico señor Velasco, condensa en su persona a un vecindario de hábitos de lo más inusual en un inmueble que parece más un espacio diseñado para una gymkana gimnástica que para residir en él.

De dos en dos las situaciones son divertidas, los diálogos resultan ingeniosos, las conversaciones tienen un punto de carrera retórica que las hace rabiosamente atractivas y sugerentes. Pero cuando se juntan todos en esta vivienda de reducido tamaño, la combinación de las particularidades de cada uno de ellos, del inicio de una convivencia tan deseada como explosiva y de las visitas inesperadas, da como resultado un auténtico espectáculo de fuegos artificiales teatrales en el que no hay un segundo de silencio literario ni de quietud escénica.

Un total no solo divertido e ingenioso, sino extremadamente inteligente. Un ejercicio de dramaturgia sin una línea o un momento por debajo del sobresaliente que permite que miremos con indulgencia la distancia de más de medio siglo que nos separa de la realidad social estadounidense que refleja. Aquella en que las esposas cuidaban del hogar mientras sus cónyuges trabajaban, en que la madurez solo se alcanzaba asumiendo el sacramento del matrimonio y la castidad era imperativo para todo aquel que no estuviera casado.

“El balcón” de Jean Genet

La balaustrada de esta representación es el lugar desde el que los elegidos miran con aires de superioridad a sus súbditos. Es también la ventana que cierran para, de vuelta en el interior, dar rienda suelta a sus más bajos instintos. Un burdel donde muestran su parte animal y las personas que son consigo mismos dialogan esquizofrénicamente con los personajes que son para los demás. Jean Genet vomita con inteligencia la absurdez del ser humano, haciendo de ella el arma, el escenario y la consecuencia de su megalomanía.

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Un coronel que gobierna soldados, un obispo que conduce almas, un juez que condena a los culpables. Formados para vencer, para desterrar al mal, para hacer justicia. Líderes que se quedan al otro lado del espejo, reflejos muy lejanos de ese hombre que exige rendición a la mujer que se encierra con él, a la que le viste, ante la que se arrastra suplicando que le permita ejercer su papel. Una casa de latrocinio que es un oasis de relax, una isla amurallada a salvo de la rebelión extramuros, en la que lo que ocurre quizás no sea real, aunque sí verdad, ni las personas que transitan por ella sean auténticas, aunque sí los personajes que encarnan.

El sexo y el desnudo físico es el marketing eficaz, la medusa que atrae con su promesa de placer y sensualidad, una puerta de entrada a algo más oscuro y recóndito, sin lógica ni razón, resbaladizo y camaleónico, salvaje y escurridizo, que se asoma altivo y solemne al balcón que da a la calle para después arrastrarse sinuosamente por el suelo cuando nadie es testigo de él. En este lugar las personas, las mentes y los cuerpos juegan a ser quienes desean ser, pero sin estar dispuestos a renunciar a lo que son fuera de allí. Dos papeles muy alejados, dos caras que nunca se ven, pero unidas en una sucia simbiosis de dependencia, incongruencia e hipocresía.

Ese es el género humano que Jean Genet había conocido y experimentado en los 46 años de vida que tenía cuando estrenó El balcón.  Tiempo en que vio cómo dos guerras mundiales habían matado millones de personas, las familias se traicionaban, los vecinos se vendían y jóvenes como él habían comido lo conseguido en la calle, yendo de cama en cama, de abuso en abuso y de delito en delito. Una experiencia que está tras la supervivencia, la inteligencia, la habilidad y la ausencia de una norma o moral establecida que puede sentirse en todas y cada una de las escenas de esta obra.

Un texto provocador no solo por mostrar mujeres con los pechos descubiertos u hombres vestidos de cuero manejando un látigo para humillar, sino transgresor por hacer de estos elementos recursos necesarios en su propuesta teatral. Muestras de lo profundamente deseado, pero nunca reconocido ni expresado verbalmente y que Genet utiliza de esa manera, integrándolos en lo visual del escenario, en lo gestual de sus actores, pero sin llegar a darles palabras. De esa manera carga su texto y su representación de una tensión tan inteligente como inevitable, que no hace sino aumentar, reforzar y verse apoyada por unos diálogos sagazmente mordaces que revelan a un ser humano hambriento de poder, egoísta, manipulador y banal.

“La increíble boda de Gilbert y Moira” de Joe Keenan

Un despropósito, una locura, un enredo lleno de momentos absurdos cargados de una desbordante hilaridad. No hay boda interesada sin mil flecos que conviertan su organización y celebración en una esquizofrénica sucesión de detalles, instantes, anécdotas e historias que Joe Keenan hilvana con hábil fluidez. Una novela que además de ser una lectura divertida, es también un gran disfrute literario.

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Nueva York, años 80. La ciudad de la gran manzana es conocida en todo el mundo por los grandes rascacielos de la isla de Manhattan, el ritmo frenético de su tráfico y la proliferación de hombres y mujeres –vestidos a la última moda- a todas horas por sus aceras. Si siempre ha habido un sitio donde lo más insospechado pudiera ser posible, sería aquí, en la capital del mundo. Lo que en otros lugares es inconcebible, en New York se organiza en un chasquido de dedos. Así es como Gilbert y Moira –hombre gay él, mujer materialista ella- idean casarse para hacerse con el botín de los regalos. Pero del dicho al hecho hay un trecho en que comunicárselo a la familia y amigos, organizar tanto la ceremonia nupcial como las despedidas de soltero y las reuniones previas familiares, diseñar la lista de bodas, los trajes, las invitaciones,… Nadie sabe la verdad de este interesado compromiso y a cada paso que dan todo se complica un poco más, unas veces por la falsedad de lo suyo, otras por sus grandes egos y demás aspectos de sus complicadas y retorcidas personalidades.

Una introducción argumental aparentemente frívola tras la que se esconden asuntos de gran calado como clanes mafiosos de origen italiano o la jet set de una sociedad de jóvenes creadores sin ideas ni resultados que mostrar. Los diálogos frescos, ágiles y recurrentes de Joe Keenan hacen que todo tenga una gran naturalidad y verosimilitud, acrecentado irónicamente, por su exceso y absurdo. A medida que avanza la organización de la boda, el mapa de personajes está cada vez más poblado, con lo que la historia se llena de chantajes múltiples, consumos ilícitos y momentos de travestismo. En definitiva, más desvaríos, imposibles y esperpentos. El efecto es un crecimiento exponencial de lo hilarante de este lío en el que se han metido Moira y Gilbert y de lo maestro que es el ácido creador de este universo, el después guionista de las televisivas Mujeres desesperadas.

Por momentos, La increíble boda de Gilbert y Moira recuerda a la despiadada crítica a la sociedad y el estilo de vida neoyorquino del Tom Wolfe de La hoguera de las vanidades, y en otras ocasiones al enredo británico del Wilt de Tom Sharpe, pero lo que siempre está claro es la intención de Keenan de verle el lado humorístico a cuanto acontece. Aquí no hay dramas ni tragedias, solo comedia, mucha, disparatada, sin tregua, sin un segundo de descanso. Pero nunca resulta excesiva, gratuita o innecesaria. No hay nada recurrente en su narración ni en la evolución in crescendo de sus acontecimientos. Una historia original, desternillante y sin prejuicio alguno –que incluso se ríe de sí misma- que seguro dejará un muy buen y prolongado recuerdo en quien decida leerla.

“Extinción” de David Foster Wallace

Una extremada inteligencia, casi sobrehumana, que recoge absolutamente todo, a la manera de un escáner -pensamientos y descripciones hasta el más ínfimo detalle- de alta resolución de los escenarios propuestos. Un punto de vista ácido e irónico, unas veces frío, cruel otras, tras el que se encuentra una deliberada falta de empatía con el lector, sustituida por una conseguida transmisión al otro lado del papel de sensaciones como angustia, ansiedad, ahogo o asfixia.

DavidFosterWallace

Haciendo un símil con el cine, la adaptación cinematográfica de una narración de David Foster Wallace necesitaría muchos más que 24 fotogramas por segundo para recoger todo lo que una descripción suya transmite. Su mirada es como la de una cámara infrarrojos a la que no se le escapa nada, tanto del plano tangible como del atmosférico, tanto del exterior de los lugares, como del interior de las personas. Y no solo lo que el ojo humano es capaz de ver, sino también aquello que nuestro cerebro discrimina –y que no recuerda haber visto- para formar las imágenes que  finalmente fijamos en nuestra retina y en nuestros recuerdos.

Su capacidad para recoger todos los elementos que forman una realidad es casi sobrehumana. ¿Cómo lo hacía? ¿Va y viene a la escena sumando sus distintas capas y/o puntos de vista o antes siquiera de haber comenzado a escribir lo tiene ya todo montado en su cabeza pidiendo únicamente que se ponga manos a la obra? Foster Wallace no cuenta una visión de la realidad, cuenta “la realidad”. Como si fuera una única, leerle es aceptar que el universo está formado por los elementos que él ha recogido en los cuentos que forman “Extinción”. Unas veces en sucesión, otras en paralelo, porque la vida no es lineal, sino que son múltiples pequeños acontecimientos ocurriendo simultáneamente. Ahí es donde este autor es un maestro, en recoger ese todo tridimensional, existencial y compuesto por múltiples planos, capas y puntos de vista, y transformarlo en historias escritas sobre el papel. Ahora bien, ¿estamos los lectores medios capacitados para reconstruir posteriormente este universo completo en nuestras mentes? ¿Somos capaces de asimilar tantos detalles, matices y tonos de cada uno de sus aspectos? ¿Qué sucede si los lectores no tenemos la habilidad complementaria que necesita el don de Foster Wallace y nos ahoga en esa barbarie de datos presentados de manera presuntamente literaria? ¿Es la suya una visión rayana en la locura?

Junto a este enfoque de lo cuantitativo de su creación, tiene tanta importancia o más lo cualitativa. En tanta precisión de información, el tono asertivo genera una distancia continua, una imposibilidad real de llegar a sentir, de tocar esa sala en la que se está llevando a cabo una dinámica de grupo (“Señor blandito”) o el aula en la que los alumnos asisten al extraño comportamiento de su profesor (“El alma no es una forja”). Otras, el deliberado uso de los adjetivos de un modo solo descriptivo y nunca calificativo, resulta de una extremada crueldad para el lector hecho espectador de un suceso como el de “Encarnaciones de niños quemados”, o de un extremado cinismo y acidez cuando lo hace al revés (“La filosofía y el espejo de la naturaleza”).

Su juego con la lógica de las situaciones, del lenguaje y de los comportamientos humanos sobrepasa el esperpento (“El canal del sufrimiento” con ese artista famoso por su manejo creativo de la mierda) o es de un deliberado absurdo a la hora de tratar la búsqueda existencial (la búsqueda de la identidad en “El neón de siempre”), las relaciones de pareja (las dos personas que se acusan mutuamente de lo mismo en un juego en el que solo uno puede tener razón, “Extinción”) o las colectivas (el niño hecho líder espiritual en “Otro pionero”).

Hace algo más de un siglo la llegada de las vanguardias hizo evolucionar, en mayor o menor grado según cual, las distintas artes mediante el trabajo de artistas que trasgredieron las formas, normas y convenciones, y su fondo, los valores y prioridades de lo establecido. Desde entonces ha habido muchos que han intentado ir a contracorriente o iniciar su propio lenguaje con el ánimo de ser pioneros y abrir nuevas puertas para seguir evolucionando y creciendo, o simplemente de destacar por impulso de la vanidad. ¿En cuál de estos dos lados está David Foster Wallace? ¿En cuál se le considerará dentro de un tiempo?