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La verdad de “Fedra”

Lolita es tan animal escénico como bestia humana su personaje y Paco Bezerra ha trabajado la historia de Eurípides hasta hacer que su clasicismo suene actual. Ellos dos son el alma y el cuerpo de una representación que habla sobre el amor, el deseo, el poder y la verdad vs. la mentira, el deber, el anhelo y el odio como respuesta al rechazo. Una historia que es como un disparo, sin rodeos argumentales, con una puesta en escena quizás demasiado asertiva, pero impactante en cualquier caso.

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¡Ay de los lazos políticos que unen tanto o más que los amorosos! Los segundos se sienten, son sello e identidad, estrechan sin tener que preguntarse cómo surgieron o porqué se mantienen, como el cordón que ata a una persona con aquella por la que se siente irremediablemente atraída. Un nudo que siempre estará ahí, invisible para todos, pero llevando a los que están unidos a la acción, antes siquiera de que su pensamiento intervenga. Pero, ¿qué ocurre en el caso del primero? ¿Hasta dónde llega la lealtad que hemos de guardar al soberano que nos gobierna, al cónyuge que nos sustenta?

En esa tesitura se encuentra Fedra, tan harta como extasiada. Tan cansada del absolutismo de Teseo, el marido que la ordena y el rey que la cosifica como agotada por su amor por el hijo de este, Hipólito, por quien su corazón suspira y su cuerpo arde de deseo. Una tragedia por su imposibilidad, una historia sin posibilidad aparente de final feliz, escrita para sacudir la convivencia de sus protagonistas y abrir heridas que causan dolor y sufrimiento, que hacen sangrar, atentando contra el orgullo y la hombría que somete, domina y controla, convocando incluso a la muerte.

Todo eso es lo que Eurípides concibió siglos atrás y que Paco Bezerra ha trabajado hasta hacer que aquel ayer y nuestro hoy se encuentren en un texto en el que ambos se equilibran. Sin perder el clasicismo de su retórica, su discurso tiene más de fondo que de forma, potenciando su capacidad narrativa frente a su fuerza poética, haciendo que la acción –más que las presencias, las relaciones o las evocaciones- sea el impulso que motiva el desarrollo de su drama.

Un texto que es también el gran protagonista de este montaje, el elemento que sobresale en todo momento junto a una escenografía dominada por una construcción de líneas curvas de gran belleza estética y mayor evocación simbolista (el bosque, el lugar en el que se esconde Hipólito, el volcán que nace y ebulle en la anatomía de Fedra), convertida en pantalla para las proyecciones entre escenas, acertadas cuando resultan descriptivas, innecesarias cuando aparentan conceptualidad. Un escenario en el que no hay más –a excepción de una cama que bien podría ser un podium- y en el que los actores resultan más efigies que cuerpos, más presencias escultóricas que personas en movimiento.

Algo que quizás en el Teatro Romano de Mérida, donde se estrenó Fedra hace poco más de un mes, resultara brillante, pero que en las tablas madrileñas del Teatro La Latina no produce el efecto que podría esperarse. Podría haber quedado suplido haciendo que el elenco –fantásticos todos ellos- diera más intensidad a los momentos álgidos de sus conflictos y diferencias, pero tampoco ocurre. Con su sola presencia Lolita, Tina Sainz y Juan Fernández llenan el escenario, un reto a cuya altura están perfectamente Críspulo Cabezas y Eneko Sagardoy, pero se echa en falta más lenguaje no verbal, más corporeidad, menos sobriedad.

Aún así, lo que es, es, y esta Fedra es fantástica.

Fedra, en el Teatro La Latina (Madrid).

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“De hombre a hombre” de Mariano Moro Lorente

El mito de Lolita llevado al aula mediante el diálogo cercano y la tensa distancia entre el adolescente y el adulto, entre los ideales y la experiencia, entre la osadía y las reservas. La homosexualidad como algo velado, expresada y encubierta a partes iguales utilizando los versos de Walt Whitman y Federico García Lorca tanto como forma de declaración como de maniobra de distracción.

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Las once escenas de esta obra son otros tantos combates dialécticos entre Juan Manuel, un profesor de literatura treintañero que destila seguridad y confianza en sí mismo, y Andrés, un joven deseoso de comerse el mundo y cansado de tener que darse de frente una y otra vez con los muros que los adultos ponen en su camino. Cada uno sienta cátedra a su manera desde la etapa en la que nuestra sociedad y el sistema educativo les coloca, en una altiva madurez al primero, en la rebelión constante al segundo.

El profesor juega constantemente a la seducción, desplegando sus encantos y su presencia, verbo mediante, ante el público estudiantil que se encuentra en sus aulas. Mientras tanto, el alumno dispara de manera certera contra la amplitud de sus alardes retóricos buscando las afirmaciones que le confirmen en sus planteamientos o le guíen para llegar a las posiciones desde las que seguir construyéndose a sí mismo. Frente a los circunloquios y los juegos formales del docente, su pupilo se expresa con una claridad que les pone a prueba a los dos. A sí mismo al verse obligado a convertir en acciones su dictado verbal, y a su superior al dar con la clave que desvela a la persona que se encuentra tras el personaje.

Una atracción y un enfrentamiento ambientados en nuestro presente (De hombre a hombre fue publicada originalmente en 2008) con dos barreras que terminan haciendo acto de presencia, la diferencia de edad y una homosexualidad que se manifiesta inicialmente con circunloquios poéticos. Hasta que se sabe que se puede hablar con claridad y entonces se pone sobre el tablero de juego otra partida más, la de la aceptación y los prejuicios del entorno familiar, social y laboral. Frente a estos frenos, el deseo, la atracción y la ilusión del amor que se manifiestan recurriendo a la poesía de Walt Whitman (Canto a mí mismo) y a la de quien le admiró y le dedicó una oda, Federico García Lorca, así como a uno de sus más claros referente musicales, el cubano Silvio Rodríguez (Por quien merece amor).

Así es como Mariano Moro Lorente hila con efectiva sencillez en una progresión lineal –directa a su objetivo, sin otras tramas o personajes que desvíen nuestra atención- las diferentes etapas que recorre la relación en la que se van trenzando sus dos personajes. Un vínculo que se puede comparar con otros de similares características, como el narrativo de Nabokov o el clásico entre Sócrates y Alcíbiades. Menciones expresas que dan pie a reflexionar sobre la separación y la unión de los planos físico y emocional que se le supone al amor correspondido, así como a su posibilidad de materializarse ante las presión y el escrutinio de las convenciones sobre las que edificamos nuestras vidas.

Lolita vive en “La plaza del diamante”

Simbiosis de texto y actriz. Un somero y cuidado recorrido en forma de monólogo desde la ingenuidad de la más tierna juventud hasta el diálogo maduro frente a frente, de igual a igual, con la vida. Una hábil y sobria Lolita que, con el único instrumento de su voz, nos lleva con paso firme desde la esperanza de los años 20 a la incertidumbre de los 30 y la posterior hecatombe y penumbra de la posguerra.

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La adaptación teatral que Cales Guillén y Joan Ollé han realizado de la novela de Mercè Rodoreda tiene una gran fuerza. Sin necesidad de escenografía, apenas unas luces de fiesta y el banco en el que se sienta la Colometa, la historia que esta mujer nos cuenta nos traslada a una época cuya huella invisible nos rodea y a una biografía de la que somos descendientes.

Esta plaza, la del diamante, del barrio de Gracia de Barcelona recoge con sosiego las palabras amables con las que, sin culpar ni victimar, una de sus vecinas recorre las turbulencias, la agitación y los sacrificios sin límites que supuso buena parte de la historia española del siglo XX. Un marco temporal en el que las esperanzas, los sueños y las ilusiones de muchos niños se dieron de bruces con la realidad. Durante la infancia se les hizo fantasear con mundos y posibilidades que solo existían en la imaginación para posteriormente, dejada esta etapa atrás, encontrarse con un entorno en el que para hacerse un sitio había que contar con medios que no tenían con los que luchar contra la desigualdad y la injusticia. Ocurría que después, cuando ya como adultos habían aprendido a lidiar con el mundo, la sinrazón se apoderó de él. La barbarie no solo les golpeó con violencia y crueldad, sino que les inoculó el germen de la desesperación, prolegómeno de la autodestrucción. Sin ni siquiera haber estado destinados en el frente y con la contienda habiendo llegado a su fin, se desencadenó entonces la batalla más dura y larga de la guerra, esa que tuvo como fin preservar la conciencia, la dignidad y la razón, lo que nos hace seres humanos, sentirnos personas.

Y en todo ese maremágnum, un ser aparentemente débil, pero que con la fuerza que revelan los ojos, el tono de voz y las manos de Lolita demuestra la serenidad de saberse fuerte por haber superado las pruebas, golpes y avatares que el trazado del destino le tenía preparado a las mujeres de su tiempo. Una joven prometida a la que su novio la obliga a arrodillarse por dentro, que como mujer debe someterse al visto bueno de su suegra, madre que trabaja durante horas de rodillas para dar de comer a sus hijos, convertida en viuda por una guerra que no le da siquiera un cuerpo que enterrar, al borde del colapso por el hambre generada por el racionamiento alimenticio de la posguerra,… Y sin embargo, alguien que a pesar de su pobreza económica, su mínima educación formal y su limitada experiencia en la vida, con su aprender mirando, su sentido de la prudencia y su saber dar pasos certeros, no solo mantiene la cabeza bien alta, sino que sale adelante triunfante y vencedora sin necesidad de haber causado daños ni dejar víctima alguna en su camino.

La Colometa y Lolita comparten el impulso que las mueve, el instinto, animal, femenino, visceral, resultado de la experiencia y las crisis vividas, pero que en ambos casos hace de ellas dos grandes mujeres. Una como personaje literario y teatral, y otra como la actriz que la ha convertido en alguien real y a recordar sobre el escenario.

“La plaza del diamante”, en el Teatro Bellas Artes (Madrid).