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Larry Kramer, el hombre del corazón normal

Casi veinte años después de conocerle, los textos teatrales, narrativos y políticos que he leído de este autor y activista siguen teniendo para mí la misma fuerza, vigencia y liderazgo que sentí en ellos cuando los descubrí. El destino quiso ayer que, a punto de cumplir 85 años, su vida se acabara. Ahora queda que el futuro le agradezca lo que hizo y la Historia honre el legado que nos deja.     

Tras las dos escenas iniciales renuncié a dormir e hice el salto interoceánico de mi segundo San Francisco – Madrid, allá por 2002, enganchado a The normal heart, obra de teatro escrita por Larry Kramer, hasta entonces alguien desconocido para mí. Llegué a él tras leer And the band played on, el excelente ensayo que sobre los inicios del VIH/SIDA Randy Shilts publicó en 1987 y por sugerencia de varias de las personas con las que en las semanas previas me había entrevistado para conocer más y mejor cómo se formuló en sus inicios el concepto social de ese binomio de virus y enfermedad.

Según el reportero del San Francisco Chronicle, la obra de Kramer fue la primera que se estrenó (21 de abril de 1985) sobre esta pandemia cuando aún no era muy conocida. Su argumento, cómo la homofobia de las administraciones públicas y la mayor parte de la sociedad provocó un desprecio por los primeros afectados -a priori, mayormente homosexuales- que acabó llevándose por delante la vida de muchas personas y retardó la puesta en marcha de los mecanismos de investigación, salud pública y atención social que hubieran evitado la pérdida de muchas más (sin entender de cuestiones como sexo u orientación sexual, género, edad, raza o rincón del mundo en el que se viviera).

Kramer reflejó en esta historia tanto su experiencia personal como sus emociones de aquellos años de incertidumbre y desconcierto en que vio morir a muchos conocidos -sin saber la causa ni el modo de contagio-, maltratados y abandonados por los prejuicios de sus familias y conocidos, mal atendidos por la falta de medios y conocimientos en los hospitales. Situación que le llevó a organizarse junto a personas de su entorno, voluntarios y voluntaristas, para ayudar en la medida de la posible.

Un germen del que, gracias a su empeño y dedicación, surgió Gay Men’s Health Crisis (GMHC), una organización para dar apoyo -comida, limpieza y compañía- a los afectados, y a hacer presión ante los representantes públicos para que actuaran ante lo que estaba ocurriendo. El resultado fue una voz a la que no hicieron callar ni los prejuicios de la derecha norteamericana ni el economicismo y la deshumanización de sus prácticas neoliberales, tal y como se puede leer en ese brillante texto dramático que es The normal heart.

A pesar de la claridad de su discurso, Kramer no era bien visto por muchos. Su actitud y propuestas eran consideradas demasiado directas, promovía el diálogo solo si era efectivo, consideraba que no había que ser tolerante con el intolerante, que había que tomar conciencia de lo que estaba sucediendo y ejercer la responsabilidad personal. Fue expulsado por los suyos de GMHC y ya había sido duramente criticado tras publicar en 1978 Faggots, novela en la que reprochaba el hedonismo y la sobreactuación sexual en que, según él, había caído buena parte de la comunidad homosexual tras la libertad que iniciados los 70 se había conseguido en ciudades como su Nueva York natal. Polémicas aparte de un título tan provocador (Maricones, si lo traducimos), lo que dejan claro sus páginas es que dominaba también el estilo narrativo.

Pero fiel a su espíritu y a su concepción del activismo, en 1987 se unió a Act Up. Organización no solo asistencial e informativa, sino también denunciadora que recurría a acciones de gran impacto mediático como ocupar el parqué de Wall Street o las sedes de empresas farmacéuticas (como pudo verse hace un par de años en la brillante película francesa, 120 pulsaciones por minuto) que retrasaban, con fines especulativos y lucrativos, la puesta a disposición de los afectados de los primeros tratamientos antirretrovirales. El apoyo de artistas como Keith Haring hizo que sus mensajes resultaran más que reconocibles, sobre todo con campañas tan certeras y directas como Silence = Death, con imágenes que denunciaban la serofobia, visibilizaban la homosexualidad y promovían prácticas sexuales seguras.

En 1992 Kramer volvería a dar muestras de genio teatral con The destiny of me, obra en la que daba continuidad a la vida del protagonista de The normal heart, y ejemplificando cómo se pueden combinar la reivindicación política con la evocación emocional de la creación artística. Senda en la que siguió en las décadas posteriores hasta el momento presente en que estaba trabajando, como se supo hace poco, en un nuevo texto sobre la triple plaga que han vivido muchos gays, el VIH, el COVID y el envejecimiento. Pocas semanas después que Terrence McNally, se va otro grande del teatro norteamericano y un activista que desarrolló los postulados de Harvey Milk, convirtiéndose en un referente al que tener muy en cuenta. Muchas gracias por todo, Larry Kramer.

(Fotografía de Angel Franco, tomada de The New York Times).