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10 novelas de 2018

Títulos publicados tanto a lo largo de los últimos meses como en años anteriores. Autores españoles y residentes en EE.UU. Recuerdos de la infancia, frescos históricos, crónicas sobre el amor y el desamor y denuncias de la injusticia y la desigualdad.

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“V y V. Violación y venganza” de Pilar Bellver. Con la estructura y el desarrollo tranquilo y de amplio alcance de los clásicos de la literatura del XIX a los que hace referencia, uniéndole una profunda exposición de sus personajes protagonistas a través de unos diálogos –conversados, redactados a mano o tecleados como e-mail- escritos de manera maestra. La historia de dos hermanas de apellido noble a lo largo de un tiempo –desde la pequeña España de los 80 hasta el mundo global del s. XXI- bajo el eterno freno y la pesada sombra del siempre omnipresente yugo invisible del heteropatriarcado.

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“Sol poniente” de Antonio Fontana. Volver la mirada a la Málaga de cuando se era niño para dejar aflorar los recuerdos de aquellos años en que se forjó nuestra identidad. Un ejercicio de intimidad en el que las palabras son el medio para llegar a las sensaciones que se quedaron grabadas en la piel, las verdaderas protagonistas de esta delicada novela. Un relato auténtico, que desprende nostalgia con simpatía y buen humor pero sin añoranzas sentimentales, celebrando que somos el resultado de quienes fuimos y de cuanto nos aconteció.

SolPoniente

“Las tres bodas de Manolita” de Almudena Grandes. Con su habitual saber hacer literario, Grandes desarrolla una serie de tramas en las que los acontecimientos históricos se combinan a la perfección con los dramas personales de sus protagonistas. El tercer episodio de su saga sobre el conflicto interminable que fue la Guerra Civil es una novela que nos permite conocer cómo era la vida de aquellos que intentaron mantener la ilusión a pesar de haber sido derrotados por el fascismo y continuar torturados por el franquismo.

LasTresBodasDeManolita

“El invitado amargo” de Vicente Molina Foix y Luis Cremades. El recuerdo del amor vivido visto con la perspectiva de las tres décadas transcurridas desde entonces. Del ímpetu, el desconocimiento y la experimentación de los que se inician como adultos al reposo, la retirada y el balance de los ya instalados en la madurez. Un intercambio folletinesco con dos voces narradoras, capítulos escritos por separado que enfrentan y complementan dos puntos de vista sobre un enamoramiento difuso y una relación que nunca terminó de cuajar pero que tampoco llegó a disolverse.

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“Llámame por tu nombre” de André Aciman. Una lograda expresión del deseo y la pasión a los diecisiete años. Una narración obsesiva que quiere entender lo que está sucediendo, anárquica en su búsqueda de palabras con las que expresarse, desesperada por convertirlas en hechos que hagan que las emociones individuales se conviertan en sensaciones compartidas. Una historia guiada por el latido del corazón y el impulso de la libido de sus protagonistas.

LlamamePorTuNombre

“Un incendio invisible” de Sara Mesa. La bancarrota y hecatombe de Detroit le inspiran a Sara Mesa una historia sobre una ciudad apocalíptica en la que no quedan más que personas abandonadas o sin lugar al que ir. Una urbe en la que todo lo que conforma nuestro modelo de bienestar alcanza tal nivel de degradación que peligra hasta la convivencia y el carácter humano de las personas. Una inteligente y sugerente ficción que juega con logrado acierto a exponer, sin enjuiciar, la deriva moral de lo que está relatando.

UnIncendioInvisible

“Lecciones de abstinencia” de Tom Perrotta. A caballo entre la sátira y un despiadado realismo, esta novela muestra el control que el fundamentalismo religioso pretende tener de todo individuo convirtiendo su vida privada -el sexo, el consumo o los hábitos lúdicos- en un continuo campo de batalla. Un sarcástico retrato de la clase media estadounidense y de la decadencia de su modelo de sociedad, de su falta de cohesión, de sus endebles valores y de su falta de rumbo.

LeccionesDeAbstinencia

“Middlesex” de Jeffrey Eugenides. Varias buenas novelas en una única y genial. Un muy bien guiado recorrido por el mundo global que va de los conflictos entre Turquía y Grecia tras la I Guerra Mundial al Berlín posterior a la reunificación alemana pasando por el EE.UU. acogedor de miles de refugiados en los años 30 hasta la extensión del movimiento hippie en los 70. Dentro de él una saga familiar que aúna a la perfección lo antropológico y lo sociológico con lo vivencial y lo emocional. Y también un relato valiente, pedagógico, sensible y acertado sobre la verdad y la realidad de la intersexualidad.

Middlesex

“Honrarás a tu padre” de Gay Talese. Excelente crónica publicada en 1971, entre la ficción literaria y la objetividad periodística, sobre la evolución de la Mafia en la ciudad de Nueva York –y sus ramificaciones en otras partes de EE.UU.- en la que las influencias y las luchas de poder se combinan con la vida personal y familiar de Bill Bonanno. Un sobresaliente retrato de las raíces, las motivaciones y los fines de aquellos que hacían de la ilegalidad –cuando no, la criminalidad- las coordenadas en las que desarrollaban sus trayectorias vitales.

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“Haz memoria” de Gema Nieto. La historia de tres generaciones de mujeres que es también la no contada de muchas familias de nuestro país. De un tiempo aun convulso que pide volver a él para calmar los asuntos pendientes, para darle luz a aquellos pasajes vividos a escondidas y después condenados al olvido. Una sentencia de negación que anuló el futuro de los que sobrevivieron y lastró a sus descendientes.

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10 películas de 2018

Cine español, francés, ruso, islandés, polaco, alemán, americano…, cintas con premios y reconocimientos,… éxitos de taquilla unas y desapercibidas otras,… mucho drama y acción, reivindicación política, algo de amor y un poco de comedia,…

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120 pulsaciones por minuto. Autenticidad, emoción y veracidad en cada fotograma hasta conformar una completa visión del activismo de Act Up París en 1990. Desde sus objetivos y manera de funcionar y trabajar hasta las realidades y dramas individuales de las personas que formaban la organización. Un logrado y emocionante retrato de los inicios de la historia de la lucha contra el sida con un mensaje muy bien expuesto que deja claro que la amenaza aún sigue vigente en todos sus frentes.

Call me by your name. El calor del verano, la fuerza del sol, el tacto de la luz, el alivio del agua fresca. La belleza de la Italia de postal, la esencia y la verdad de lo rural, la rotundidad del clasicismo y la perfección de sus formas. El mandato de la piel, la búsqueda de las miradas y el corazón que les sigue. Deseo, sonrisas, ganas, suspiros. La excitación de los sentidos, el poder de los sabores, los olores y el tacto.

Sin amor. Un hombre y una mujer que ni se quieren ni se respetan. Un padre y una madre que no ejercen. Dos personas que no cumplen los compromisos que asumieron en su pasado. Y entre ellos un niño negado, silenciado y despreciado. Una desoladora cinta sobre la frialdad humana, un sobresaliente retrato de las alienantes consecuencias que pueden tener la negación de las emociones y la incapacidad de sentir.

Yo, Tonya. Entrevistas en escenarios de estampados imposibles a personajes de lo más peculiar, vulgares incluso. Recreaciones que rescatan las hombreras de los 70, los colores estridentes de los 80 y los peinados desfasados de los 90,… Un biopic en forma de reality, con una excepcional dirección, que se debate entre la hipérbole y la acidez para revelar la falsedad y manipulación del sueño americano.

Heartstone, corazones de piedra. Con mucha sensibilidad y respetando el ritmo que tienen los acontecimientos que narra, esta película nos cuenta que no podemos esconder ni camuflar quiénes somos. Menos aun cuando se vive en un entorno tan apegado al discurrir de la naturaleza como es el norte de Islandia. Un hermoso retrato sobre el descubrimiento personal, el conflicto social cuando no se cumplen las etiquetas y la búsqueda de luz entre ambos frentes.

Custodia compartida. El hijo menor de edad como campo de batalla del divorcio de sus padres, como objeto sobre el que decide la justicia y queda a merced de sus decisiones. Hora y media de sobriedad y contención, entre el drama y el thriller, con un soberbio manejo del tiempo y una inteligente tensión que nos contagia el continuo estado de alerta en que viven sus protagonistas.

El capitán. Una cinta en un crudo y expresivo blanco y negro que deja a un lado el basado en hechos reales para adentrarse en la interrogante de hasta dónde pueden llevarnos el instinto de supervivencia y la vorágine animal de la guerra. La sobriedad de su fotografía y la dureza de su dirección construyen un relato árido y áspero sobre esa línea roja en que el alma y el corazón del hombre pierden todo rastro y señal de humanidad.

El reino. Ricardo Sorogoyen pisa el pedal del thriller y la intriga aún más fuerte de lo que lo hiciera en Que Dios nos perdone en una ficción plagada de guiños a la actualidad política y mediática más reciente. Un guión al que no le sobra ni le falta nada, unos actores siempre fantásticos con un Antonio de la Torre memorable, y una dirección con sello propio dan como resultado una cinta que seguro estará en todas las listas de lo mejor de 2018.

Cold war. El amor y el desamor en blanco y negro. Estético como una ilustración, irradiando belleza con su expresividad, con sus muchos matices de gris, sus claroscuros y sus zonas de luz brillante y de negra oscuridad. Un mapa de quince años que va desde Polonia hasta Berlín, París y Splitz en un intenso, seductor e impactante recorrido emocional en el que la música aporta la identidad del folklore nacional, la sensualidad del jazz y la locura del rock’n’roll.

Quién te cantará. Un misterio redondo en una historia circular que cuando vuelve a su punto inicial ha crecido, se ha hecho grande gracias a un guión perfecto, una puesta en escena precisa y unas actrices que están inmensas. Una cinta que evoca a algunos de los grandes nombres de la historia del cine pero que resulta auténtica por la fuerza, la seducción y la hipnosis de sus imágenes, sus diálogos y sus silencios.

“Hacia las luces del norte” de Angel Valenzuela

Un viaje spanglish en coche de dos jóvenes que recorren Estados Unidos partiendo desde México para llegar a Canadá. Un trayecto por esa América anodina, salvaje y vacía que con su silencio obliga a la búsqueda y al diálogo interior. Un relato directo y sin rodeos sobre la identidad, el deseo, la comunicación con el otro, la necesidad de poner palabras a lo que no se nombra y de hacer tangible la abstracción del futuro.

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Cuando tienes veinte años el mundo no está a tus pies como nos suelen decir, lo que ocurre es que cuentas con la energía, las ganas, la falta de compromisos y el desconocimiento suficiente para moverte sobre él sin dejarte atrapar por las múltiples formalidades y protocolos que suele exigir hacerse un hueco en él. Si además tienes una familia que te soporta en lo material, dándote casa, estudios y posibilidades para tu vida social, se te coloca esta etiqueta sin que nadie te explique qué supone exactamente.

Aparentemente, Demetrio y Andy son dos jóvenes que vistos desde fuera podrían pasar por esa clase de personas libres de preocupaciones y sin mayor obligación que cumplir el guión que les asignaron sus mayores cuando nacieron. Formarse y conseguir un buen empleo. Casarse heterosexualmente. Reproducirse y dar pie a que el ciclo se siga repitiendo.

Pero antes de que el primero consolide el segundo paso, le pide a su mejor amigo hacer un viaje como última oportunidad teórica de poder hacer algo por impulso, al margen de reglas civiles y deberes familiares aún por conocer. Hacia las luces del norte se inicia en ese mundo de hábitos establecidos por el american way of life que va más allá de la frontera que marca el Río Grande. Pero una vez que se alejan de esas coordenadas, Andy –narrador en primera persona- se va quitando las capas de pudor, formalidad y vergüenza con las que se ha ido cubriendo a medida que se hacía adulto para revelarnos quién es y cómo se siente en su relación con el mundo familiar y social en el que vive.

Así es como a lo largo de una atractiva narración de kilómetros de rodaje por paisajes infinitos, y paradas en ciudades cortadas por el mismo patrón con la intención de llegar hasta Calgary para ver la aurora boreal, toma forma la exposición de su homosexualidad. Algo que no iría más allá de no ser por el deseo y la turbación que su amigo Demetrio le ha causado desde que las hormonas se colocaron en el puesto de gobierno que tienen en toda persona desde su adolescencia.

Una tensión en la que la honestidad, la cercanía corporal, el calor ambiental, la indefinición de la noche y el imán de la piel harán de las suyas generando una atmósfera de atracción, carnalidad, morbo y deseo. Una vivencia en la que Angel Valenzuela nos implica con un estilo sobrio y coloquial que va más allá de lo erótico, pero sin eludir lo físico ni lo sexual ni endulzar las consecuencias de las reacciones químicas y los comportamientos humanos –unos marcados por la razón, otros por la emoción- que nos relata con acertada precisión. Ese es el verdadero viaje de Hacia las luces del norte y el motivo por el que me apetece leer más de este autor para así también volver a disfrutar con cómo combina el español con el inglés en su escritura.

“No pasar (Do Not Cross)” de Dora Pavel

¿Qué puede hacer que un secuestrado decida quedarse con el hombre que le retiene en lugar de marcharse con la policía cuando le encuentran? La respuesta es este relato árido y oscuro que bucea en la mente de una personalidad que no se atiene a patrones para entender en qué punto de su pasado, su educación y su relación con la sociedad está la clave que explique su comportamiento.  

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Las primeras páginas de No pasar son las de un thriller convencional. La policía busca con todos los medios a un hombre retenido contra su voluntad por un demente. Pero cuando logran dar con él acontece lo inesperado, el secuestrado opta por ponerse del lado de quien le niega la libertad y huir junto a él de las fuerzas y cuerpos de seguridad que ahora les asedian a los dos con todos los medios a su alcance. Comienza entonces una doble intriga tan angustiosa como inquietante, cómo evadir el cerco de la ley y entender por qué ha actuado así el joven Cesar Braia.

Y si su comportamiento no es convencional, menos aún lo es su mente y, por tanto, su narración en primera persona. La ficción de Dora Pavel no entra en qué consiste o en qué se basa el síndrome de Estocolmo, su empeño es el de mostrar con total asertividad quién y cómo es esa persona que quiere ser en todo momento alguien imprevisible a ojos de los demás. Desde la ansiedad, pero también la tranquilidad, de la nocturnidad del bosque a través del cual huye, y en el que también se refugia, nos relata su biografía mediante una serie de flashbacks que nos dan a conocer a un individuo siempre contrario a lo que se esperaba de él, siempre opuesto a su entorno.

Tanto que hasta el supuesto ejercicio de sinceridad de su narración resulta escurridizo. Su transparencia es real, pero requiere el esfuerzo de hacer frente a un estilo sinuoso, un tránsito por arenas movedizas que exige una lectura atenta y entregada para conseguir captar cuanto este ser profundamente neurótico quiere, aparentemente, compartir con nosotros. Sin embargo, el esfuerzo merece la pena, y si se es capaz de entrar en su discurso y dedicarle atención plena, su relato es fascinante. Un viaje por una configuración personal única y diferente a cualquier otra que hayamos conocido, que no se atiene a cánones ni esquemas preconcebidos basados en la experiencia.

Una vuelta atrás que llega hasta la infancia y que desde el inicio de su biografía repasa tanto las distintas etapas de su vida como su visión de las mismas y su relación con las personas que formaron parte de cada una de ellas. Episodios en los que sintetiza su conflictiva relación con sus padres, el lazo de reciprocidad que mantuvo con su hermano y, sobre todo, una vez entrado en la adolescencia, la atracción por los hombres y su compleja vivencia desde entonces de la sensualidad, la sexualidad y el deseo.

Áreas de la intimidad en las que la lucha por encajar es tan ardua como la de empeñarse en no hacerlo, y en la que el conflicto, la provocación, la pasividad y la agresividad revelan un desconcertante paralelismo con el momento presente en el que aparentemente no hay otra opción vital más que la de una doble huida hacia adelante.

“Middlesex” de Jeffrey Eugenides

Varias buenas novelas en una única y genial. Un muy bien guiado recorrido por el mundo global que va de los conflictos entre Turquía y Grecia tras la I Guerra Mundial al Berlín posterior a la reunificación alemana pasando por el EE.UU. acogedor de miles de refugiados en los años 30 hasta la extensión del movimiento hippie en los 70. Dentro de él una saga familiar que aúna a la perfección lo antropológico y lo sociológico con lo vivencial y lo emocional. Y también un relato valiente, pedagógico, sensible y acertado sobre la verdad y la realidad de la intersexualidad.

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Middlesex bien podría tomarse como una muestra actual de la influencia de la cultura clásica griega, como una narración que ficciona algunas de las múltiples caras de la realidad del siglo XX. Sin embargo, en sus páginas no hay mitos explicativos de situaciones y circunstancias que necesiten de un halo de magia y ficción para ser comprendidos. Lo que en ellas se relata son historias, circunstancias y vivencias que podrían contar muchas más personas que las que conforman la familia Stephanides.   El acierto está en hacerlo como si fueran una sucesión de muñecas rusas, con la salvedad de que entre estas matrioskas hay una serie de vasos comunicantes que hace que al tiempo que conforman un relato lineal, todas ellas sean protagonistas y secundarias a la vez, continentes y contenido a la par.

Eugenides inicia su novela relatando uno de los últimos ocasos históricos de los helenos, cuando las tropas turcas les expulsaron, finalmente, en 1922 de su territorio asiático. Un prólogo que sirve para explicarnos la formación de EE.UU. como una nación crisol de orígenes, culturas y etnias. Millones de personas acudieron hasta allí a lo largo de mucho tiempo por un doble motivo, huyendo de los conflictos y la pobreza de sus lugares de origen y atraídos por su promesa de ser la tierra de las oportunidades. Un eslogan permanente, con luces y sombras también perennes, tal y como muestra la evolución del país a lo largo de episodios como la ley seca, la participación en la II Guerra Mundial, el consumismo capitalista, la eclosión de los movimientos de igualdad racial o el inicio de la apertura y el conocimiento sexual y la socialización de las drogas que llegó con los hippies en los años 60.

Ese es el hilo temporal que recorren las tres generaciones de los Stephanides a los que conocemos. Los primeros, los abuelos, griegos desplazados; los segundos, los padres, americanos con raíces extranjeras; los terceros, los hijos, ciudadanos plenamente estadounidenses. A través de ellos somos testigos de cómo viven las personas de a pie los grandes acontecimientos, cómo se transforma su entorno, evolucionan sus valores y hábitos de consumo, se amplía su catálogo de referentes, las maneras de relacionarse y, por tanto, sus propias vidas.

Pero la maestría de Middlesex está en cómo profundiza en el recorrido cronológico de las vivencias para adentrarse de lleno en la construcción de la identidad individual, concepto en el que se aúnan la herencia cultural, la influencia ambiental y la disposición genética. Una descripción del universo micro de las emociones y las sensaciones, de aquello que es individual e íntimo, invisible para los demás y que solo se puede vivir, expresar y compartir con autenticidad cuando se conoce y acepta plenamente.

La habilidad narrativa de Jeffrey Eugenides se hace aún más patente con su certera descripción de ese viaje más amplio y vertiginoso, arduo y complicado que cualquier otro cuando la circunstancia con la que toca convivir (intersexualidad) no solo no tiene modelos que la ejemplifiquen ni palabras actuales para ser identificada correctamente (tan solo el término clásico de hermafrodita), sino que las pocas alusiones al respecto (monstruosidad) son más que confusas y erróneas, son insultantes e hirientes. Una travesía paralela a las anteriores a la par que alegoría amplificada de los retos, logros y luchas pendientes de aquellas.

“Llámame por tu nombre” de André Aciman

Una lograda expresión del deseo y la pasión a los diecisiete años. Una narración obsesiva que quiere entender lo que está sucediendo, anárquica en su búsqueda de palabras con las que expresarse, desesperada por convertirlas en hechos que hagan que las emociones individuales se conviertan en sensaciones compartidas. Una historia guiada por el latido del corazón y el impulso de la libido de sus protagonistas.

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Las coordenadas que marcan los acontecimientos de esta novela son las de un verano de temperaturas sofocantes y con la humedad propia de los lugares junto al mar, a principios de los 80 en el norte de Italia. El marco en el que se circunscriben, y del que se contagian, es el de una naturaleza aletargada por un sol omnipotente bajo cuyo influjo todo se mueve laciamente. Durante el día el reloj parece no avanzar y por la noche lo hace de manera indolente. Un ritmo al que se adapta como un camaleón Elio, un adolescente resuelto, amante de la música, de escucharla e interpretarla, ávido lector y más reservado que introvertido.

Hasta que llega a su casa Oliver, un joven estadounidense recién licenciado, de atractivo atemporal y belleza clásica, presencia escultórica y sonrisa cinematográfica para trabajar en un proyecto literario junto a su padre las siguientes seis semanas. Tiempo en el que vivirá bajo su mismo techo dando pie a que la que hasta entonces había sido una vida tranquila y de evolución bajo control se convierta en un calendario sin fechas definidas y un mapa de trazado desconocido y sucesión de paisajes emocionales de lo más abrupto.

Llámame por tu nombre no responde a reglas literarias ni a lógicas relacionales. Su propuesta narrativa está plenamente guiada por los impulsos humanos que marcan su devenir. Sin duda alguna es una novela de sensaciones en la que las percepciones a través de los cinco sentidos tiene tanto o más protagonismo que cualquier planteamiento racional o reflexión intelectual. Algo que tiene especial mérito si se tiene en cuenta la vertiente erudita de la mayor parte de sus personajes y el ambiente humanista en el que conviven.

Oliver descoloca a Elio y su relato en primera persona. Desatando reclamaciones de lo más bárbaro por parte de su piel, poniendo a su vista al servicio de su osada imaginación, causándole ansiedad por degustarle. Una locura llena de sensualidad y sexualidad en la que su expresión interior se hace libre e impudorosa llevándole a territorios íntimos desconocidos que no elude. Pero ante los que no puede evitar un profundo desasosiego al no acertar a dilucidar sus motivaciones y no ser capaz de prever sus consecuencias ni sobre sí mismo ni sobre su relación con el mundo.

Ese es el mayor acierto, a la par que la mayor dificultad, de lo que propone y transmite André Amacin. En ningún momento hace de intermediario entre el adolescente al que le presta su voz y sus lectores, sino que nos convierte en sus compañeros de viaje. Una odisea que Elio emprende movido por su incansable empeño por experimentar y ubicarse ante la dimensión carnal, afectiva y amorosa que acaba de descubrir de manera totalmente inesperada.

Su atropellada, obsesiva e insistente búsqueda nos seduce sin remedio haciendo que nos identifiquemos con el caos de su inexperiencia, que hagamos nuestro el páramo de su inseguridad, que lloremos la impotencia de sus frustraciones y sonriamos sus logros. ¿Resultado? Que quedemos plenamente vinculados y unidos tanto a él como al hombre por el que se siente terriblemente atraído.

“Heartstone, corazones de piedra”

Con mucha sensibilidad y respetando el ritmo que tienen los acontecimientos que narra, esta película nos cuenta que no podemos esconder ni camuflar quiénes somos. Menos aun cuando se vive en un entorno tan apegado al discurrir de la naturaleza como es el norte de Islandia. Un hermoso retrato sobre el descubrimiento personal, el conflicto social cuando no se cumplen las etiquetas y la búsqueda de luz entre ambos frentes.

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En los últimos meses hemos visto en la cartelera dos grandes películas –Tierra de Dios y Call me by your name– en las que se retrataba el descubrimiento y la aceptación –con o sin dificultad- de la homosexualidad a través de la primera experiencia de la atracción física y de lo que podría llamarse amor. Partiendo de un propósito similar, Corazones de piedra traza su propio recorrido, y no solo por ser una historia sobre adolescentes que están aprendiendo a conocerse y a hacerlo en una localización tan agreste como es el medio rural islandés.

En esas coordenadas el transcurrir del tiempo no se rige necesariamente por el dictado de un reloj, es la naturaleza quien marca el ritmo con frecuencias como la de las estaciones o la alternancia del día y de la noche. Latitudes en las que la juventud es algo que se vive constantemente a la vista de todo el mundo, no se puede reservar lo que dictan los impulsos y la curiosidad a determinados momentos de la semana o espacios de la ciudad al margen del hogar familiar. La cuidada transmisión de lo que esto es y supone es lo que hace que Heartstone resulte tan sólida y creíble.

Su propósito no es únicamente plantear el posible drama que puede ser la aceptación, tanto personal como social, de la homosexualidad, sino hacernos vivir las mismas etapas por las que han de transitar sus dos jóvenes protagonistas en el descubrimiento y experimentación de su sexualidad hasta dar con las coordenadas que sienten que les definen. La competitividad con los otros chicos, los acercamientos a las chicas, las inseguridades físicas y emocionales por la falta de conocimiento, las diferencias con los más mayores, la puesta en duda de la autoridad de los padres,…  A todo esto es lo que se suma el conflicto de reconocerse o ser tomado como homosexual cuando no hay referentes cercanos y las alusiones al tema en el entorno son siempre despectivas.

Secuencias en las que se van mostrando con sumo tiento los distintos frentes que conforman vidas que para unos son fáciles y llevaderas, para otros confusas y para algunos incluso, extremadamente complicadas. Pasajes en los que la fotografía juega un papel fundamental, tanto estético como narrativo, aunando la belleza panorámica de los espacios abiertos de la isla con los detalles –miradas, el auto descubrimiento corporal o el lenguaje no verbal como forma de comunicación- en los que se refleja la búsqueda y formación de la identidad.

Comportamientos, unas veces siguiendo la intuición y otras cumpliendo lo que el grupo social espera de sus miembros, que se hilvanan en una perfecta simbiosis con las sensaciones y los retos y conflictos que provocan. Una lucha que el guionista y director de Heartstone,  Guðmundur Arnar Guðmundsson, no muestra como exclusiva de la adolescencia, sino como algo que se da por primera vez entonces y que si no se resuelve exitosamente, puede condicionar el resto de la vida.