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“El gran mercado”, dando forma al teatro

Una propuesta interesante, generosa y arriesgada. Ensayar una adaptación de una obra de Calderón de la Barca, combinada con momentos de Shakespeare, ante un patio de butacas ocupado. Una oportunidad única de ver cómo se convierten las palabras impresas de un texto en expresiones verbales, gestos y movimientos con que generar y transmitir un amplio y diverso abanico de sensaciones y sentimientos al público asistente. Un gran logro de los veinticuatro actores del Teatro de la Reunión dirigidos con gran acierto por Juan Carlos Corazza.

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El día del estreno de una obra teatral supone el eslabón final de un amplio trabajo que comenzó mucho tiempo atrás. Sin entrar en lo complicado del proceso de escritura, podríamos establecer el inicio de la producción del montaje en la selección –y si procede, adaptación- del texto. Posteriormente vendría la selección de intérpretes para cada papel y el desarrollo en paralelo de los ensayos actorales con el diseño escenográfico. Proceso éste en el que quedan incluidos capítulos muy exigentes en creatividad como escenografía, iluminación o música. El gran mercado nos da la posibilidad de ver cómo se pulen y encajan estas piezas para hacer que el resultado final sea más que la suma de todas ellas.

Momento delicado en el que lo que queda por hacer es una labor muy fina y delicada, como cuando Juan Carlos Corazza se levanta de su asiento para decirle a un actor que repita su última frase de una manera diferente, con un tono más extrovertido, elevando la mirada y utilizando su cuerpo como palanca de expresión. Instrucciones muy precisas y cuyo cumplimiento consigue que el significado de lo escuchado cambie totalmente y tras ello, tanto la percepción de la historia ya vista como las expectativas de la que aún está por conocer. Es entonces cuando al público asistente le queda claro la meticulosidad y artesanía que hay detrás de una buena actuación, el duro y constante trabajo en equipo que esta supone, así como el papel del director –exigiendo a la par que guiando- y del intérprete –cumpliendo con lo encomendado, dejándose moldear por su maestro, pero también aportando su impronta personal-.

Lo vibrante de este taller de creación escénica es que cada personaje es interpretado por varios actores, lo que nos permite ver cómo cuerpos y voces tan diferentes entre sí pueden resultar igualmente convincentes a la hora de ejecutar la misma misión. Esta tarea en grupo nos da también la oportunidad de ver sobre el escenario situaciones como la de un diálogo entre dos contendientes encarnado a la par por dos parejas, lo que le da pie a que este ensayo, que también es una clase práctica, nos permita experimentar momentos únicos, como si el teatro fuera una caja de resonancia que integra tanto a su eco como otras posibles maneras de ser.

Un efecto incrementado por las entradas y salidas de los actores desde y hacia el patio de butacas. Un elemento más del movimiento escénico con que está planteado El gran mercado (del mundo), en el que la continua fluidez de sus veinticuatro intérpretes se acrecienta con individualidades flamencas y coreografías en grupo con música en directo. Un minucioso trabajo con el que esta promoción del Teatro de la Reunión resulta exitosa en su objetivo de darle a cada uno de los versos de Calderón y de Shakespeare interpretados un dinamismo y una frescura con los que extraer de ellos tanto su profundidad narrativa como sus posibilidades poéticas.

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El gran mercado, en el Centro Cultural Conde Duque (Madrid).

“Otelo” de William Shakespeare

Cuando alguien triunfa y es reconocido, también despierta la envidia de los que están dispuestos a lo que sea con tal de llegar a ese puesto de liderazgo que consideran les corresponde a ellos. La estrategia es atacar al odiado en su flanco más débil, en este caso, en el de su inseguridad en el terreno del amor. Todo ello en el marco de una historia que viaja de Venecia a Chipre y nos habla, entre otros aspectos, sobre cómo se gestionaba el poder político, el sentido de las campañas bélicas y los roles de hombres y mujeres a principios del siglo XVII en la Serenísima República.

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Es fascinante leer a Shakespeare y ver, a medida que se van pasando páginas, cómo progresa la acción con más y más personajes y cómo lo que viven y protagonizan está interrelacionado, tanto a nivel narrativo como en lo referente a los vínculos familiares, laborales y afectivos que los unen. Como si fueran hebras de una cuerda que se van trenzando hasta dar como resultado una soga fuerte y resistente que lo puede todo, que no hay peso que venza su firmeza ni su resistencia. Esto que se podría decir de muchas de las obras del fallecido el mismo día que Cervantes, es perfectamente aplicable a Otelo.

La estructura narrativa de esta obra estrenada hace más de cuatro siglos es genial. Comienza en Venecia, donde Yago, uno de los ayudantes de Otelo, el moro de larga experiencia bélica al mando de las tropas de la ciudad-estado, amenaza con acabar con la carrera de este por haber ascendido a otro en lugar de a él. Para ello se alía con Rodrigo, el rechazado por Desdémona,  la joven que acababa de casarse con su superior, incitándole a asesinar a Cassio, el que se ha convertido en el segundo del líder. Al tiempo, ejerce de alcahuete dando la noticia del matrimonio a Brabancio, el padre de la muchacha, a cuyas espaldas ésta ha formalizado su compromiso junto a su ya esposo. Suegro que acude para poner fin a esta unión a la máxima autoridad política de la República, el Dux.

Este escuchará las acusaciones de brujería (bello eufemismo para denominar a la combinación, más bien fusión, de amor y deseo) contra Otelo, y no solo no le dará más importancia, sino que pondrá de relieve el importante papel que este hombre desempeña para el gobierno y la seguridad de la ciudad. La necesidad es obvia y le envía a defender la plaza de Chipre ante lo que parece el inminente ataque bélico de los turcos. Como cierre de este arranque y completando el círculo introductorio, el moro, que confía erróneamente en Yago, le pide a este que su mujer se convierta en la dama que acompañe siempre a su esposa.

De esta manera queda abierta la fisura por la que, ya trasladado a la isla mediterránea, Yago, a golpe de engaño y manipulación generará una herida que se infectará con la negra sombra de los celos. Una oscuridad que se convertirá en una violenta e intempestiva noche cerrada en la se verán involucrados todos los personajes, unos engañados y hasta vilipendiados, otros amenazados, atacados incluso.

Una sinfonía de falsedades y equívocos muy bien expuestas,  con unos textos que cumplen perfectamente su doble función. No son solo diálogos, sino que son también someras, pero precisas descripciones que nos sitúan en todo momento en la piel de sus hombres y mujeres, en su mentalidad y el rol que la sociedad de inicios del siglo XVII les asignaba en base a su género (sexual), estrato (social) o jerarquía (militar y política).

10 funciones teatrales de 2016

Obras representadas por primera vez y otras que ya han tenido varias temporadas a sus espaldas; textos actuales y clásicos; montajes convencionales e innovadores; autores españoles, ingleses, canadienses, italianos, argentinos,…

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Hamlet. Actores que hacen suya la fuerza de un texto considerado clave en la historia del teatro universal. Una puesta en escena que encadena escenas con una fluidez asombrosa. Un montaje que respeta lo escrito por Shakespeare, pero sabiéndole introducir momentos de modernidad que revelan tanto su atemporalidad como la grandeza de la dirección de Miguel del Arco.

Hamlet

Home. Parecen inalcanzables cuando están sobre el escenario de un gran teatro, sin embargo, los bailarines de la Compañía Nacional de Danza resultan tan o más grandes, y su trabajo aún más bello, hipnótico y seductor cuando puede ser disfrutado en un reducido espacio como es el de La Pensión de las Pulgas. En su interior no existen distancias ni jerarquías entre intérpretes y espectadores y todos juntos se integran en este hermoso espectáculo.

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Tierra del fuego. Los conflictos –ideológicos, religiosos, nacionales,…- acaban muchas veces por convertirse en absurdos delirios de violencia en un intercambio continuo entre víctimas y verdugos de sus roles hasta llegar a una mortal simbiosis. Ese viaje de ida al odio y de vuelta al difícil intento de la empatía con el opuesto y la reconciliación con el vecino, es el que propone Claudio Tolcachir en un texto tan brutal como cruda su puesta en escena e interpretación.

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Cinco horas con Mario. Miguel Delibes fue un genial escritor, plasmaba la realidad y sus personajes en sus páginas con una naturalidad asombrosa, quedándose él en un segundo y discreto plano como narrador. Lola Herrera es inconmensurable, no hay papel que interprete que no haga que el público se ponga en pie para aplaudirla. La unión de ambos, hace ya 37 años, hizo que una de las mejores novelas de la literatura española se convirtiera en un montaje teatral en el que texto y actriz se entrelazan en una simbiosis que solo se puede definir como perfecta.

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El laberinto mágico. Impactante de principio a fin. Un texto que repasa perfectamente las mil caras que tuvo nuestra guerra civil desde el lado de los violentados y finalmente perdedores. Un compenetrado elenco actoral que da vida a esos compatriotas que se sentían nación y acabaron siendo miles de víctimas anónimas enterradas nadie sabe dónde. Un soberbio uso de un casi vacío espacio escénico que se convierte en todos los lugares en los que desarrolló la contienda, desde el frente y los despachos policiales a los dormitorios, los museos y los teatros.

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Los desvaríos del veraneo. Un texto clásico hecho actual con elementos que le aportan ritmo, gracia y frescura. Una compenetración entre sus nueve intérpretes que consigue que todo cuanto sucede sobre el escenario esté lleno de vida, que sea fluido y espontáneo, como si no tuviera otra manera de ser. ¿Resultado? Un público entregado y dos horas de sonrisas, risas y carcajadas sin parar.

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Incendios. El pasado está ahí, pidiendo ser conocido y clamando convivir con nuestro presente. Mientras no le demos el tiempo y espacio que reclama, el futuro será imposible, no tendrá raíces ni base sobre la que crecer. Enfrentarse a él y bucear en sus entrañas puede llegar a ser un proceso difícil y complicado, lleno de momentos no solo amenazantes, sino de realidades desconocidas de gran crueldad. Un texto brutal y una eficaz puesta en escena con un reparto que se deja la piel sobre el escenario y en el que destaca por su maestría Nuria Espert.

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Reikiavik. Lo que sucedió, lo que vimos y lo que la leyenda posterior ha decidido que quede, auténtico o no, de todo aquello. Con la misma precisión del ajedrez, con la combinación de estrategia, dinamismo y paciencia que exige su juego, como con la pasión con que lo viven sus jugadores y aficionados, así fluye esta obra. Una ficción que condensa de manera ágil y precisa las múltiples facetas de aquella mítica partida, así como de su antes y después, entre Bobby Fischer y Boris Spasski en la capital islandesa en 1972. Así son este texto y su puesta en escena de Juan Mayorga.

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La función por hacer. El teatro dentro del teatro como si se tratara de una imagen reflejada en un sinfín de espejos. La diferencia entre la realidad y la representación, entre lo verdadero y lo verosímil. Personajes que dejan de ser arcilla moldeada por su autor y pasan a ser seres independientes, pero que aún están en busca de un público que les dé carta de identidad. Este es el interesante planteamiento y el estimulante juego de esta propuesta que resulta casi más una ceremonia de inmersión teatral que una función de arte dramático.

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Todo el tiempo del mundo. Un texto que es presente, pasado y futuro, capaz de condensar todo aquello que nos ha dado carta de identidad. Las personas que nos engendraron, las que nos acompañaron a lo largo de los años y las que prorrogarán nuestro legado. Los acontecimientos que nos hicieron ser quienes somos, los que siguen provocándonos una sonrisa y los que nos ponen los ojos vidriosos. Las ilusiones de un futuro que está por venir, que ya sucedió o que estamos viviendo. Haciéndonos reír, llorar y suspirar, Pablo Messiez y sus actores logran emocionarnos  de una manera delicada y cercana, como si estuvieran estrechando su mano con la nuestra, como si nos abrazaran.

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Un “Hamlet” de muy alto nivel

Actores que hacen suya la fuerza de un texto considerado clave en la historia del teatro universal. Una puesta en escena que encadena escenas con una fluidez asombrosa. Un montaje que respeta lo escrito por Shakespeare, pero sabiéndole introducir momentos de modernidad que revelan tanto su atemporalidad como la grandeza de la dirección de Miguel del Arco.

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Ser o no ser es una sentencia que, a pesar de ser tan recurrente y tan recurrida, no ha sido capaz de trascender al hombre que la pronunció por primera vez, Hamlet, el príncipe de Dinamarca. Tan intensos, personales y llenos de emoción resultan los textos que el británico fallecido hace cuatrocientos años escribía para sus personajes, que parece que lo suyo fue más ejercer de intermediario de estas personas de tinta sobre papel que ser el creador de las mismas. Un material tan vivo y lleno de fuerza que cuando cae en las manos adecuadas, pasa del terreno de la imaginación al de la más absoluta realidad, tal y como sucede en esta puesta en escena a cargo de la Compañía Nacional de Teatro Clásico y Kamikaze Producciones.

El Hamlet que encarna Israel Elejalde es el verbo hecho carne, la orfandad convertida en presencia, el deseo de justicia que ocupa invisiblemente todo el espacio alimentado por la doble traición sufrida, tanto la de su tío al matar a su padre, como la de su madre al casarse con semejante asesino. Su cuerpo y su voz son el vehículo a través del cual se manifiesta la montaña rusa interior por la que discurre su vida: la devoción al progenitor ausente, la rabia que lleva al deseo ciego de venganza, el odio, la confusión por la intensidad de lo que le está ocurriendo, la incapacidad para gestionar ninguna otra relación, la renuncia al amor, la sospecha, la desconfianza,… Una suma y un discurrir tan veloz e interrelacionado que hace que el resto de los personajes que comparten tiempo, lugar y función con él, la tomen por locura. En su error, el proceso digestivo emocional del heredero al trono les arrastra en un huracán de acción y sensaciones múltiples en el que quedan también envueltos e involucrados sus espectadores.

Un torrente narrativo en el que no hay un segundo de tregua, en el que las escenas están entrelazadas siendo todo final también un principio. Las palabras marcan el ritmo con el que se mueven los intereses cruzados en las sombras de la corte danesa y su fluir da la pauta de las entradas y salidas de sus habitantes y de los cambios de escenografía sobre el escenario. Un flujo que demuestra la imposibilidad de establecer la fórmula de estímulo-causa, castillos de naipes e ilógica sinrazón que construyen y deconstruyen las relaciones humanas y que están también tras la difícil sencillez del deseo y el ejercicio del poder.

Una esencia tan bien conseguida en la que es posible introducir recursos del siglo XXI –una canción, un chiste, un quiebro lingüístico- en el siglo XIII que Shakespeare imaginó a principios del XVI. Una representación que es como la locura de Hamlet, aparentemente ilógica en su formalidad, pero llena de sensatez, deseosa de romper moldes y de recoger un legado sobre el que seguir edificando un reino y un teatro que honre a su pasado y lo proyecte hacia el futuro. Dos horas y cuarenta y cinco minutos de función que tienen tanto de catarsis como de maestría.

“Hamlet”, en el Teatro de la Comedia (Madrid).

Teatro: 10 funciones de 2015

Cantaba La Lupe que en algunos casos el teatro es falsedad bien ensayada. No en todos. En estos que recuerdo de los vistos a lo largo de este año fueron experiencias de un extremado verismo, pequeños mundos que duraron quizás más tiempo que su representación y que hicieron sentir y emocionarse a los que fueron testigos de su acontecer. 

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“La ola” (Centro Dramático Nacional). Texto, dirección y actores perfectamente engranados entre sí en un montaje que demuestra que uniendo buenas piezas, el todo conseguido es aún más que la suma de ellas.

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“Héroes” (La Pensión de las Pulgas). Una obra bien estructurada y  dialogada convertida en una gran representación gracias al versátil y entregado trabajo de sus tres actores.

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“Ivan Off” (La Casa de la Portera). Del drama a la tragedia, intensidad con momentos de hilaridad en un reparto coral con buenos secundarios y un soberbio Raúl Tejón como protagonista.

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“Invernadero” (Teatro de la Abadía). Tras aparentes diálogos recurrentes y situaciones absurdas se esconde la autoridad mal ejercida, el anhelo de poder y la tragedia y el drama de las injusticias a que juntos dan lugar.

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“Confesiones a Alá” (Teatro Lara). Una fantástica María Hervás se deja la piel sobre el escenario contándonos diferentes etapas en la vida de una joven musulmana en una sociedad injusta y discriminatoria.

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“El testamento de María” (Centro Dramático Nacional). Blanca Portillo desborda con su energía en un papel que le hace ser mujer y madre, compañera seguidora e incrédula a partes iguales, una veces narradora de una historia que vivió y otras fiscal de lo que creemos hoy que sucedió.

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“Yernos que aman” (La Pensión de las Pulgas). Un puzle familiar de diez personajes en el que cada uno de ellos cumple con creces su misión en un complejo engranaje en el que todo encaja: el conjunto de historias y sus tiempos, los diálogos, las entradas y salidas de escena, los cambios de ritmo,… Dos horas brillantes que dejan en el cuerpo sensaciones como las que provocan Tennessee Williams o Eugene O’Neill.

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“Tres” (Teatro Lara). Por separado podríamos considerar las interpretaciones del trío protagonista femenino como histriónicas, insulsa en el caso del hombre que las acompaña, y el libreto como una sucesión de gags de programa televisivo de variedades. Sin embargo, el buen trabajo actoral da la vuelta a la tortilla y lo que vemos sobre escena es a tres actrices solventes, un actor resultón y un texto que entretiene y que genera sonrisas de principio a fin.

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“MBIG” (La Pensión de las Pulgas). Una valiente y creativa puesta al día del “Macbeth” de Shakespeare sin alterar su retrato de las consecuencias de la ambición humana sin límite. Una dinámica puesta en escena valiéndose de la escenografía vintage de la Pensión de las Pulgas. Un gran trabajo de texto y dirección de José Martret con un espléndido Francisco Boira como protagonista y un brillante elenco de secundarios.

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“El público” (Teatro de la Abadía). Un texto tan atemporal e hipnótico como deslumbrante la puesta en escena dirigida por Alex Rigoda. Un espectáculo profundamente poético en lo verbal y plástico, con ecos de surrealismo pictórico, en lo visual. Provocación inteligente en una autopsia humana, intelectual y social que pone patas arriba prejuicios sin lógica ni coherencia, planos de lectura establecidos y órdenes impuestos.

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Soberbio “MBIG”

Una valiente y creativa puesta al día del “Macbeth” de Shakespeare sin alterar su retrato de las consecuencias de la ambición humana sin límite. Una dinámica puesta en escena valiéndose de la escenografía vintage de la Pensión de las Pulgas. Un gran trabajo de texto y dirección de José Martret con un espléndido Francisco Boira como protagonista y un brillante elenco de secundarios.

MBIG

Lo vacuo del lenguaje corporativo empresarial es el gancho de entrada para traernos al día de hoy lo que el dramaturgo inglés escribió hace casi cuatro siglos. La ambición y la traición son conceptos que siempre han formado parte de la naturaleza humana, e igual que hubo un tiempo en que palacios monárquicos y sedes episcopales eran escenarios de insidias y luchas soterradas por el liderazgo, hoy –como desde que el capitalismo se estableció como el mecanismo que articula nuestra economía- las empresas son ese lugar cotidiano en el que muchos tienen la oportunidad de ser testigos, protagonistas o víctimas de la erótica del poder.

También en ellas se viven historias como la de Macbeth, quien acabó con su monarca porque deseaba para sí el puesto de rey, y que, aspirando a ser sucedido como líder por aquellos que llevaran su sangre, acabó hundido ante la predicción de que no era su apellido el que iba a quedar para la posteridad. Ese es el primer gran acierto de José Martret en su adaptación, con este ingenioso recurso deja claro que nos va a contar una historia que además de clásica es también contemporánea, quizás incluso atemporal.

Una vez enganchados con este planteamiento narrativo, su siguiente alarde de creatividad está en el tratamiento de los personajes. Resulta evidente con la intervención inicial de las dos brujas, Urd y Skuld, ejerciendo de oráculo, acompañadas en deslumbrante sintonía por unos efectos de luz y sonido llenos de significado. Con este brillante clic con el que comienza, “MBIG” nos tiene agarrados en el plano de las sensaciones y con la promesa de que lo que hemos visto no han sido solo unos cuantos recursos ingeniosos, sino una muestra de lo mucho, más y mejor, que está por venir.

Y como en el McBeth International Group no hay descanso, llega Francisco Boira y, derrochando fuerza y energía por doquier, se hace el dueño y señor de la escena. Él es Macbeth, este es su sitio y está dispuesto a lo que sea necesario para marcar su territorio y dejarnos claro que estamos en sus dominios. Su rotundo mando escénico se manifiesta con un recital de presencia física y lenguaje corporal, de registros de voz y de expresividad que llenan la atmósfera de los espacios de la Pensión de las Pulgas trasladándonos a los lugares de Escocia en los que se desarrolla esta tragedia.

Pero hay reparto más allá de Boira, “MBIG”  tiene una acción coral y cada personaje un rol fundamental que los actores que los encarnan interpretan de manera sobresaliente. El egoísmo de Lady Macbeth en las manos y el rostro de Olga Rodríguez, el fantasmal Banquo convertido en presencia inquietante por Andrés Gertrudix, el dolor del Macduff de Raúl Tejón, el enlace con el mundo empresarial a través de los pequeños monólogos de Raquel Pérez,…  Tras ellos, una gran dirección de actores que hace que cada uno de ellos brille por sí mismo y que juntos formen un conjunto que es más que la suma de su partes. Unidos hacen que lo que se plantea sobre el papel como una historia de falta de escrúpulos y valores, se vaya convirtiendo en un completo catálogo del comportamiento humano en situaciones de nubes negras cargadas de lluvia, cielos oscuros y noches de vientos fríos.

En resumen, más de dos horas y media de función en las que el espectador vive una experiencia total, la de estar en un mundo que hace suyo mientras dura la representación, que es real porque se siente y se vive, no solo en la mente, sino también en el corazón y la piel.

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“MBIG”, en La Pensión de las Pulgas (Madrid).