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“El hombre del norte”, peplum nórdico

Narración ambientada en la alta edad media relatada con la brutalidad humana y la exacerbación de la naturaleza que suponemos propia de esa época. Emociones primarias a un ritmo trepidante sin trazas de sensiblería alguna. Fotografía seductora, banda sonora omnipresente y efectos especiales azuzadores para envolvernos en una fantasiosa mitología.

El diseño de producción de El hombre del norte debe haber dejado encantados a muchos. A los islandeses por promocionar los paisajes y la geografía de su isla de un modo tan rotundo. A los que han trabajado en ella por haber dispuesto del ingente presupuesto que destila la excelencia técnica de sus escenarios, vestuario y caracterización. Y a su público por combinar en una sola mirada tantos deseos. La espectacularidad de su acción, gracias a sus continuos movimientos de cámara y a un montaje sin descanso. Y la musculatura de sus personajes masculinos, cruce entre el supuesto fenotipo vikingo y el cincelado propio de la exigencia crossfit de nuestros días.

Su argumento está en el catálogo de casi todas las mitologías. Un regicidio y un heredero al trono, dado por muerto, que alimenta su venganza durante años para volver dispuesto a materializar su propósito con el apoyo de las fuerzas del más allá. Un héroe de carne y hueso dotado de una inteligencia aguda y de unas capacidades físicas extraordinarias, consolidadas tras haber superado las pruebas que apariciones de toda condición le han puesto en su camino. Episodios plasmados en la pantalla con una voluntad de originalidad no habitual en las producciones de superhéroes que dominan la cartelera desde hace tiempo. Sin filtro que nos permita establecer símiles con los que sentir que controlamos lo que vemos, ni llevar la fantasía a la mera eclosión estética.

Robert Eggers trabaja la ilusión para hacer de ella una experiencia en sí misma, más onírica que conceptual, no con el objetivo de ofrecer razones, sino de generar atmósfera. Con giros de guión e intensidades enmarcadas en la oscura fotografía de Jarin Balschke y evocadores de las tragedias de Shakespeare, la narración progresa estrechando sus coordenadas hasta convertir su desenlace en una sucesión de retos, enfrentamientos y asaltos que, no por esperados, dejan de ser intrigantes y sorprendentes.  

Alexander Skarsgård cumple su objetivo de hipnotizarnos con su cuerpo, a la par que demuestra con su mirada que es capaz de interpretar. Misión en la que está muy bien acompañado por los siempre eficaces Nicole Kidman, Ethan Hawke y Willem Dafoe. Björk tiene una aparición que bien podría pasar por un descarte de uno de sus videoclips, pero su alineamiento con la visualidad que propone Eggers hace que deseemos que vuelva a la actuación por la puerta grande. Una dimensión en la que ya está instalada Anya Taylor-Joy, que gana enteros a medida que acumula minutos de aparición, hasta hacer que la sencillez de su presencia y la claridad de su rostro resulten casi tan protagonistas como la efigie de Amleth.

Al margen de la gratuidad de sus bienvenidos desnudos, supongo que habrá historiadores que se lleven las manos a la cabeza por el rigor de su ambientación y sus licencias argumentales, y aficionados que buscarán similitudes y diferencias con la archiconocida Juego de tronos. Pero en lo que toca al séptimo arte, El hombre del norte propone una conseguida combinación de espectáculo y entretenimiento a la manera de las grandilocuentes fantasías peplum del cine clásico, sirviéndose para ello muy eficazmente de las capacidades técnicas del virtuosismo visual y sonoro (atención a la partitura musical de Robin Carolan y Sebastian Gainsborough) más actual.

“La verdad ignorada” de Emilio Peral Vega

Explicitación de la homosexualidad de algunos de los autores más reconocidos de la literatura española a la hora de leer, analizar y relacionar su obra. No solo como una consideración biográfica sino como una característica personal que determinó los temas y enfoques de sus creaciones. Ensayo que ejemplifica la necesidad de ir más allá de lo establecido a la hora de determinar, considerar y valorar a nuestros referentes.

A Federico García Lorca le gustaban los hombres. Al igual que a Vicente Aleixandre o a Luis Cernuda. A estas alturas nadie se atreve a negar esto, pero en demasiadas ocasiones se deja aun a un lado a la hora de hablar sobre ellos, presentar su escritura o introducirnos en lo que pretendían relatarnos a través de esta. Por este motivo es importante contar con ensayos como este que se presenta bajo el subtítulo Homoerotismo masculino y literatura en España (1890-1936). Como señala su autor en su introducción, no se trata de una propuesta exhaustiva, pero sí de una muestra de lo que podemos descubrir si nos acercamos a los nombres a estudiar y conocer desde una perspectiva más íntima y honesta con quienes y cómo fueron, sintieron y vivieron.

Como ejemplo, me ha resultado muy interesante la confluencia entre las veladuras de los sonetos de William Shakespeare y los poemas de Jacinto Benavente que propone Peral Vega, así como entre las obras teatrales de ambos. En cuanto a su estructura, pero también en el papel que cumplen algunos personajes por su manera de proponerse y manifestarse. Asunto en el que se puede deducir aún más cuando se recurre a lo que sucedía en la vida personal de nuestro Premio Nobel, tal y como evidencian los fragmentos seleccionados de su correspondencia.

Tomo nota de las tres novelas galantes en las que se profundiza, El martirio de San Sebastián (1917) de Antonio de Hoyos y Vicent, Las locas de postín (1919) de Álvaro Retana y El ángel de Sodoma (1928) de Alonso Hernández Catá. Títulos que leer para indagar en lo que La verdad ignorada expone. Cómo se entraba de lleno en aquella época en la cuestión homosexual, las motivaciones y excusas con que se le daba protagonismo, y los prejuicios -y, en alguna ocasión, finalidad moralizante- con que se abordaba su tratamiento argumental. Otro tanto haré con Sortilegio, texto teatral de 1930 de Gregorio Martínez Sierra y María de la O Lejárraga, inédito editorialmente hasta ahora e incluido como apéndice en este volumen.

La certeza de que lo literario es personal queda claro en los capítulos dedicados a Luis Cernuda y Eduardo Blanco-Amor. En ellos, Emilio formula un triángulo explicativo conformado por lo escrito por ambos poetas, las relaciones que tuvieron y las conexiones entre uno y otro ángulo. No trata de establecer únicamente orígenes y consecuencias, sino de mostrar cómo su vida sentimental y los estados emocionales asociados a esta, además de la influencia del entorno social en el que se desenvolvían, marcó la obra por la que son conocidos. He ahí el contraste entre Los placeres prohibidos (1931) y Donde habite el olvido (1933), en el caso del sevillano, o lo que expuso el orensano en Horizonte evadido (1936).

La verdad ignorada, Emilio Peral Vega, 2021, Ediciones Cátedra.

“La tragedia de Macbeth” y el buen hacer de Joel Cohen

Enésima versión de la tragedia de Shakespeare en la que su responsable consigue crear una historia propia sin traicionar a su original. La soberbia, el regicidio y la paranoia retratadas con una estética minimalista y gris que hace cinematográfico lo teatral gracias a la capacidad de sus intérpretes, la expresividad de sus palabras y su ilusión escenográfica.

Conocer una historia de antemano te permite fijarte en otras cuestiones como los resortes que utiliza su director para introducirte en su adaptación y transitarte por las muchas vicisitudes de su narración. Joel Coen ha apostado fuerte y más que una recreación, ha realizado una reinterpretación muy personal de las andanzas de este noble que, cegado por la ilusión del poder y apoyado por la frialdad de su mujer, asesina a su rey y, posteriormente, a cuantos amenacen su futuro en el trono de Escocia. No se trata solo de el conocido por películas como Fargo (1996) o No es país para viejos (2007) haya optado por el blanco y negro, sino de la pureza de líneas, espacios y composiciones que conforman cada plano y del indudable protagonismo que le da al texto sobre todo ello.

Su logro es traspasar la intensidad formal de lo concebido originalmente por Shakespeare para mostrar el punto nuclear, íntimo y hondo, desde el que nacen las emociones que expone. La dirección de Coen no trata de impactar a través de la plasticidad o la estética de lo que se ve, sino de atrapar mediante lo que se siente al escuchar los diálogos, reflexiones y monólogos de su guión. Un fino trabajo de síntesis y edición de lo imaginado por el maestro de la literatura inglesa. Palabras que generan en su espectador un impacto soterrado y silente sin espectacularidad formal, pero on la convicción de estar ante verdades absolutas.

Así es como La tragedia de Macbeth consigue ser cine sin dejar de ser teatro. Lo cinematográfico es obvio en su dirección de fotografía (Bruno Delbonnel), en el simbolismo de los detalles que ensalza y en un montaje en el que lo visual, lo sonoro y la banda sonora de Carter Burwell crean una atmósfera tenebrosa en la que no hay lugar en el que la moral y la conciencia puedan esconderse. Marco en el que encaja a la perfección el trabajo de sus intérpretes gracias a la fuerza de sus primeros planos, en los que tienen tanto protagonismo la mirada y los gestos de Denzel Washinton y Frances McDormand como los encuadres que los funden atmosféricamente con las arquitecturas que los acogen.

Al tiempo, lo teatral está ahí constantemente, no hay nada que supere la fuerza y la autenticidad de la expresión oral, como tampoco la solemnidad, el hipnotismo y la atracción de la presencia física. Una visualidad que recuerda la sobriedad y la pureza espiritual de clásicos con un lenguaje propio como Carl Theodor Dreyer o Ingmar Bergman en los que Coen se inspira, pero a partir de los cuales ha construido exitosamente su propio universo. Un mundo formalizado como una caja escénica en el que los instrumentos fundamentales son la distribución del espacio, las posibilidades de iluminación y la creatividad sin límites con que maneja sus resortes. Tal y como él ha hecho con resuelta maestría en esta cinta que tras casi no pasar por las salas de exhibición ya se puede ver en Apple TV.

10 textos teatrales de 2021

Obras que ojalá vea representadas algún día. Otras que en el escenario me resultaron tan fuertes y sólidas como el papel. Títulos que saltaron al cine y adaptaciones de novelas. Personajes apasionantes y seductores, también tiernos en su pobreza y miseria. Fábulas sobre el poder político e imágenes del momento sociológico en que fueron escritas.

«The inheritance» de Matthew Lopez. Obra maestra por la sabia construcción de la personalidad y la biografía de sus personajes, el desarrollo de sus tramas, los asuntos morales y políticos que trata y su entronque de ficción y realidad. Una complejidad expuesta con una claridad de ideas que hace grande su escritura, su discurso y su objetivo de remover corazones y conciencias. Una experiencia que honra a los que nos precedieron en la lucha por los derechos del colectivo LGTB y que reflexiona sobre el hoy de nuestra sociedad.

«Angels in America» de Tony Kushner. Los 80 fueron años de una tormenta perfecta en lo social con el surgimiento y expansión del virus del VIH y la pandemia del SIDA, la acentuación de las desigualdades del estilo de vida americano impulsadas por el liberalismo de Ronald Reagan y las fisuras de un mundo comunista que se venía abajo. Marco que presiona, oprime y dificulta –a través de la homofobia, la religión y la corrupción política- las vidas y las relaciones entre los personajes neoyorquinos de esta obra maestra.

“La taberna fantástica” de Alfonso Sastre. Tardaría casi veinte años en representarse, pero cuando este texto fue llevado a escena su autor fue reconocido con el Premio Nacional de Teatro en 1986. Una estancia de apenas unas horas en un tugurio de los suburbios de la capital en la que con un soberbio uso del lenguaje más informal y popular nos muestra las coordenadas de los arrinconados en los márgenes del sistema.

«La estanquera de Vallecas» de José Luis Alonso de Santos. Un texto que resiste el paso del tiempo y perfecto para conocer a una parte de la sociedad española de los primeros años 80 del siglo pasado. Sin olvidar el drama con el que se inicia, rápidamente se convierte en una divertida comedia gracias a la claridad con que sus cinco personajes se muestran a través de sus diálogos y acciones, así como por los contrastes entre ellos. Un sainete para todos los públicos que navega entre la tragedia y nuestra tendencia nacional al esperpento.

«Juicio a una zorra» de Miguel del Arco. Su belleza fue el salvoconducto con el que Helena de Troya contó para sobrevivir en un entorno hostil, pero también la condena que hizo de ella un símbolo de lo que supone ser mujer en un mundo machista como ha sido siempre el de la cultura occidental. Un texto actual que actualiza el drama clásico convirtiéndolo en un monólogo dotado de una fuerza que va más allá de su perfecta forma literaria.

«Un hombre con suerte» de Arthur Miller. Una fábula en la que el santo Job es convertido en un joven del interior norteamericano al que le persigue su buena estrella. Siempre recompensado sin haber logrado ningún objetivo previo ni realizado hazaña audaz alguna, lo que despierta su sospecha y ansiedad sobre cuál será el precio a pagar. Una interrogación sobre la moral y los valores del sueño americano en tres actos con una estructura sencilla, pero con un buen desarrollo de tramas y un ritmo creciente generando una sólida y sostenida tensión.

“Las amistades peligrosas” de Christopher Hampton. Novela epistolar convertida en un excelente texto teatral lleno de intriga, pasión y deseo mezclado con una soberbia difícil de superar. Tramas sencillas pero llenas de fuerza y tensión por la seductora expresión y actitud de sus personajes. Arquetipos muy bien construidos y enmarcados en su contexto, pero con una violencia psicológica y falta de moral que trasciende al tiempo en que viven.

“El Rey Lear” de William Shakespeare. Tragedia intensa en la que la vida y la muerte, la lealtad y la traición, el rencor y el perdón van de la mano. Con un ritmo frenético y sin clemencia con sus personajes ni sus lectores, en la que nadie está seguro a pesar de sus poderes, honores o virtudes. No hay recoveco del alma humana en que su autor no entre para mostrar cuán contradictorias y complementarias son a la par la razón y la emoción, los deberes y los derechos naturales y adquiridos.

“Glengarry Glen Ross” de David Mamet. El mundo de los comerciales como si fuera el foso de un coliseo en el que cada uno de ellos ha de luchar por conseguir clientes y no basta con facturar, sino que hay que ganar más que los demás y que uno mismo el día anterior. Coordenadas desbordadas por la testosterona que sudan todos los personajes y unos diálogos que les definen mucho más de lo que ellos serían capaces de decir sobre sí mismos.

«La señorita Julia» de August Strindberg. Sin filtros ni pudor, sin eufemismos ni decoro alguno. Así es como se exponen a lo largo de una noche las diferencias entre clases, así como entre hombres y mujeres, en esta conversación entre la hija de un conde y uno de los criados que trabajan en su casa. Diálogos directos, en los que se exponen los argumentos con un absoluto realismo, se da cabida al determinismo y su autor deja claro que el pietismo religioso no va con él.

“El Rey Lear” de William Shakespeare

Tragedia intensa en la que la vida y la muerte, la lealtad y la traición, el rencor y el perdón van de la mano. Con un ritmo frenético y sin clemencia con sus personajes ni sus lectores, en la que nadie está seguro a pesar de sus poderes, honores o virtudes. No hay recoveco del alma humana en que su autor no entre para mostrar cuán contradictorias y complementarias son a la par la razón y la emoción, los deberes y los derechos naturales y adquiridos.   

No es igual la relación que se da entre un padre y sus hijas que la existente entre un monarca y sus herederas. Sin embargo, cuando ambas confluyen los afectos se entremezclan con la autoridad y el liderazgo que en el segundo caso ha de ejercer y mostrar el que ostenta la corona ante sus súbditos. A cambio, estos le obedecerán y rendirán pleitesía en la medida que exija el momento y las necesidades, ya sean las de defender su reinado de ataques externos y de intrigas internas, o la de acariciarle su estado de ánimo con halagos más o menos edulcorados y sinceros. Pero han de tener en cuenta que las diferencias entre hacerlo y no hacerlo pueden ser inmensas, de contar con su beneplácito a ser despreciado y desterrado.

Ese es el tablero de juego y de roles en el que están situados Lear, Rey de Britania, y sus tres descendientes, Goneril, Regan y Cordelia. Un conflicto intergeneracional del que nadie está libre como da fe lo que le sucede al conde Gloster, fiel servidor de su señor, con sus dos hijos, Edgar y Edmond. Con estos dos planos familiares y las tramas específicas con que alimenta cada uno de ellos, el político y las relaciones internacionales en uno, la legitimidad jurídica y el reconocimiento social en el otro, Shakespeare construye una acción trepidante desde su primera página. Una intensidad que comienza en un gran salón, salta a los diferentes castillos en los que residen sus protagonistas y acaba convirtiendo las planicies del sur de su país en un campo de batalla en el que los británicos lucharán entre sí para decidir no solo quien ha de ser el titular de su trono, sino el espíritu con el que gobierne desde él.

Un mundo que se resquebraja cuando se tambalea la razón que articula sus tradiciones y costumbres, dando pie a una realidad totalmente diferente, a un escenario donde la norma es la visceralidad de sus emociones, la retórica exaltada con que estas son expresadas -descripciones y definiciones profusas, agitadoras para el oído por la aceleración de su ritmo y para la mente por la violencia de sus símiles, así como por sus crueles y descarnadas materializaciones –humillaciones, duelos, torturas y asesinatos-.

Atmósfera a la que, al igual que hiciera en Hamlet (1602) o Macbeth (1625), su autor da dimensión meteorológica con una noche apocalíptica de tormenta e inundaciones, y paisajística con la alucinante visión que suscitan los acantilados de Dover. Pero sin dejar de lado la inevitable reflexión moral a la que nos conducen los juegos estilísticos y lógicos con que se manifiesta la figura del bufón, yendo más allá de las obviedades del momento presente y la aceptación silente de lo establecido para evidenciar las imprevisibles y trágicas consecuencias a que puede dar pie la irracionalidad, incoherencia e injusticia del comportamiento humano.

El Rey Lear, William Shakespeare, 1605, Editorial Austral.

23 de abril, un año de lecturas

365 días después estamos de nuevo en el día del libro, homenajeando a este bendito invento y soporte con el que nos evadimos, conocemos y reflexionamos. Hoy recordamos los títulos que nos marcaron, listamos mentalmente los que tenemos ganas de leer y repasamos los que hemos hecho nuestros en los últimos meses. Estos fueron los míos.

Concluí el 23 de abril de 2020 con unas páginas de la última novela de Patricia Highsmith, Small g: un idilio de verano. No he estado nunca en Zúrich, pero desde entonces imagino que es una ciudad tan correcta y formal en su escaparatismo, como anodina, bizarra y peculiar a partes iguales tras las puertas cerradas de muchos de sus hogares. Le siguió mi tercer Harold Pinter, The Homecoming. Nada como una reunión familiar para que un dramaturgo buceé en lo más visceral y violento del ser humano. Volví a Haruki Murakami con De qué hablo cuando hablo de correr, ensayo que satisfizo mi curiosidad sobre cómo combina el japonés sus hábitos personales con la disciplina del proceso creativo.  

Amin Maalouf me dio a conocer su visión sobre cómo se ha configurado la globalidad en la que vivimos, así como el potencial que tenemos y aquello que debemos corregir a nivel político y social en El naufragio de las civilizaciones. Después llegaron dos de las primeras obras de Arthur Miller, The Golden Years y The Man Who Had All The Luck, escritas a principios de la década de 1940. En la primera utilizaba la conquista española del imperio azteca como analogía de lo que estaba haciendo el régimen nazi en Europa, en un momento en que este resultaba atractivo para muchos norteamericanos. La segunda versaba sobre un asunto más moral, ¿hasta dónde somos responsables de nuestra buena o mala suerte?

Le conocía ya como fotógrafo, y con Mis padres indagué en la neurótica vida de Hervé Guibert. Con Asalto a Oz, la antología de relatos de la nueva narrativa queer editada por Dos Bigotes, disfruté nuevamente con Gema Nieto, Pablo Herrán de Viu y Óscar Espírita. Cambié de tercio totalmente con Cultura, culturas y Constitución, un ensayo de Jesús Prieto de Pedro con el que comprendí un poco más qué papel ocupa ésta en la cúspide de nuestro ordenamiento jurídico. The Milk Train Doesn´t Stop Here Anymore fue mi dosis anual de Tennessee Williams. No está entre sus grandes textos, pero se agradece que intentara seguir innovando tras sus genialidades anteriores.

Helen Oyeyemi llegó con buenas referencias, pero El señor Fox me resultó tedioso. Afortunadamente Federico García Lorca hizo que cambiara de humor con Doña Rosita la soltera. Con La madre de Frankenstein, al igual que con los anteriores Episodios de una guerra interminable, caí rendido a los pies de Almudena Grandes. Que antes que buen cineasta, Woody Allen es buen escritor, me quedó claro con su autobiografía, A propósito de nada. Bendita tú eres, la primera novela de Carlos Barea, fue una agradable sorpresa, esperando su segunda. Y de la maestra y laboriosa mano teatral de George Bernard Shaw ahondé en la vida, pensamiento y juicio de Santa Juana (de Arco).

Una palabra tuya me hizo fiel a Elvira Lindo. Más vale tarde que nunca. La sacudida llegó con Voces de Chernóbil de Svetlana Alexiévich, literatura y periodismo con mayúsculas, creo que no lo olvidaré nunca. Tras verlo representado varias veces, me introduje en la versión original de Macbeth, en la escrita por William Shakespeare. Bendita maravilla, qué ganas de retornar a Escocia y sentir el aliento de la culpa. Siempre reivindicaré a Stephen King como uno de los autores que me enganchó a la literatura, pero no será por ficciones como Insomnia, alargada hasta la extenuación. Tres hermanas fue tan placentero como los anteriores textos de Antón Chéjov que han pasado por mis manos, pena que no me pase lo mismo con la mayoría de los montajes escénicos que parten de sus creaciones.

Me sentí de nuevo en Venecia con Iñaki Echarte Vidarte y Ninguna ciudad es eterna. Gracias a él llegó a mis manos Un hombre de verdad, ensayo en el que Thomas Page McBee reflexiona sobre qué implica ser hombre, cómo se ejerce la masculinidad y el modo en que es percibida en nuestro modelo de sociedad. The Inheritance, de Matthew López, fue quizás mi descubrimiento teatral de estos últimos meses, qué personajes tan bien construidos, qué tramas tan genialmente desarrolladas y qué manera tan precisa de describir y relatar quiénes y cómo somos. Posteriormente sucumbí al mundo telúrico de las pequeñas mujeres rojas de Marta Sanz, y prolongué su universo con Black, black, black. Con Tío Vania reconfirmé que Chéjov me encanta.

Sergio del Molino cumplió las expectativas con las que inicié La España vacía. Acto seguido una apuesta segura, Alberto Conejero. Los días de la nieve es un monólogo delicado y humilde, imposible no enamorarse de Josefina Manresa y de su recuerdo de Miguel Hernández. Otro autor al que le tenía ganas, Abdelá Taia. El que es digno de ser amado hará que tarde o temprano vuelva a él. Henrik Ibsen supo mostrar cómo la corrupción, la injusticia y la avaricia personal pueden poner en riesgo Los pilares de la sociedad. Me gustó mucho la combinación de soledad, incomunicación e insatisfacción de la protagonista de Un amor, de Sara Mesa. Y con los recuerdos de su nieta Marina, reafirmé que Picasso dejaba mucho que desear a nivel humano.

Regresé al teatro de Peter Shaffer con The royal hunt of the sun, lo concluí con agrado, aunque he de reconocer que me costó cogerle el punto. Manuel Vicent estuvo divertido y costumbrista en ese medio camino entre la crónica y la ficción que fue Ava en la noche. Junto al Teatro Monumental de Madrid una placa recuerda que allí se inició el motín de Esquilache que Antonio Buero Vallejo teatralizó en Un soñador para un pueblo. El volumen de Austral Ediciones en que lo leí incluía En la ardiente oscuridad, un gol por la escuadra a la censura, el miedo y el inmovilismo de la España de 1950. Constaté con Mi idolatrado hijo Sisí que Miguel Delibes era un maestro, cosa que ya sabía, y me culpé por haber estado tanto tiempo sin leerle.

La sociedad de la transparencia, o nuestro hoy analizado con precisión por Byung-Chul Han. Masqué cada uno de los párrafos de El amante de Marguerite Duras y prometo sumergirme más pronto que tarde en Andrew Bovell. Cuando deje de llover resultó ser una de esas constelaciones familiares teatrales con las que tanto disfruto. Colson Whitehead escribe muy bien, pero Los chicos de la Nickel me resultó demasiado racional y cerebral, un tanto tramposo. Acabé Smart. Internet(s): la investigación pensando que había sido un ensayo curioso, pero el tiempo transcurrido me ha hecho ver que las hipótesis, argumentos y conclusiones de Frédéric Martel me calaron. Y si el guión de Las amistades peligrosas fue genial, no lo iba a ser menos el texto teatral previo de Christopher Hampton, adaptación de la famosa novela francesa del s.XVIII.   

Terenci Moix que estás en los cielos, seguro que El arpista ciego está junto a ti. Lope de Vega, Castro Lago y Arthur Schopenhauer, gracias por hacerme más llevaderos los días de confinamiento covidiano con vuestros Peribáñez y el comendador de Ocaña, cobardes y El arte de ser feliz. Con Lo prohibido volví a la villa, a Pérez Galdós y al Madrid de Don Benito. Luego salté en el tiempo al de La taberna fantástica de Alfonso Sastre. Y de ahí al intrigante triángulo que la capital formaba con Sevilla y Nueva York en Nunca sabrás quién fui de Salvador Navarro. El Canto castrato de César Aira se me atragantó y con la Eterna España de Marco Cicala conocí los porqués de algunos episodios de la Historia de nuestro país.

Lo confieso, inicié How to become a writer de Lorrie Moore esperando que se me pegara algo de su título por ciencia infusa. Espero ver algún día representado The God of Hell de Sam Shepard. Shirley Jackson hizo que me fuera gustando Siempre hemos vivido en el castillo a medida que iba avanzando en su lectura. Master Class, Terrence McNally, otro autor teatral que nunca defrauda. Desmonté algunas falsas creencias con El mundo no es como crees de El órden mundial y con Glengarry Glen Ross satisfice mis ansiosas ganas de tener nuevamente a David Mamet en mis manos. Y en la hondura, la paz y la introspección del Hotel Silencio de la islandesa de Auður Ava Ólafsdóttir termino este año de lecturas que no es más que un punto y seguido de todo lo que literariamente está por venir, vivir y disfrutar desde hoy.

«Macbeth», soberbia y muerte

La obra maestra de William Shakespeare sintetizada en una versión que pone el foco en la personalidad y las motivaciones de sus personajes. Dos horas de función clavado en la butaca, sin aliento, ensimismado, seducido e hipnotizado por un elenco dotado para la palabra y la presencia. Tras ellos, un escenario que subraya con la maestría técnica y creativa de cuanto confluye en él, la solemnidad, dureza y conflicto de los parlamentos de quienes lo habitan.

La tragedia de este rey de Escocia que llegó al trono con las manos manchadas de sangre es uno de los textos más apasionantes del de Stratford-upon-Avon. Todo está tan bien definido, estructurado y desarrollado en él que normal que cualquier dramaturgo ambicioso, apasionado y devoto por su profesión -como era el caso de Gerardo Vera- quiera llevarlo a escena. El destino hizo de las suyas dejando a Gerardo fuera de la recta final del proyecto el pasado 20 de septiembre, con la adaptación ya trabajada, el reparto seleccionado y habiendo comenzado a diseñar los elementos destinados a complementarles (escenografía, iluminación, sonido, música, vestuario…).

Aun así, la producción siguió bajo la dirección de Alfredo Sanzol hasta llegar finalmente a este buen puerto al que somos convocados. Queda la duda de cuánto de su factura final tiene de semejante a lo que Vera hubiera hecho. Recordando otros trabajos suyos, con los medios y las posibilidades que permite el Centro Dramático Nacional, son evidentes los vínculos de este Macbeth con lo bien trazadas que estaban las tramas y expuestos los impulsos y las razones de sus protagonistas en El Idiota (2019) o Los hermanos Karamazov (2015). Pero también hay diferencias, como pasajes en los que prima más el relato, la narración, que la acción, siempre constante (ya fuera a nivel de movimiento -entradas y salidas- como de temperatura emocional) con que recuerdo aquellas propuestas.

El punto de partida, el Shakesperare que José Luis Collado ha sintetizado es una joya. Cada cuadro es un punto alto, individuos con doble faz, apariciones oraculares, puntos de inflexión históricos, decisiones que acrecientan la tensión, conflictos que ponen a prueba la capacidad de resistencia de sus protagonistas… Esta es la base sobre la que Carlos Hipólito y Marta Poveda despliegan su saber hacer como Lord y Lady Macbeth, más comedido y contenido él, más explícita y manifiesta ella, convincentes cada uno en su papel y plenamente compenetrados en el matrimonio de tiranía y sangre en el que se retroalimentan.  

El resto de intérpretes conforman un grupo -algunos de ellos encarnan más de un personaje- que, sin embargo, nunca les homogeniza. Un apunte más del ingenio con el que está ideado y llevado a la práctica cuanto sucede sobre las tablas. Haciendo que confluyan lo formal y lo establecido de la palabra con un dinamismo que va más allá de lo teatral, tan envolvente como el de una instalación plástica, y rítmico y coreografiado como el que despliegan los grandes montajes operísticos.

Una escenografía aparentemente sencilla, pero que hace de su suelo y su aire un cerro y un cielo amenazante cuando se simulan exteriores y una tribuna y una decoración suntuosa en interiores. Plataformas de laminados con movilidad en las que la luz permite jugar a las horas del día, las sensaciones meteorológicas y las subjetividades de las sombras y las llamas de las antorchas. Música, espacio sonoro y videoescena sumándose, haciendo del escenario una fuente de energía a punto de eclosionar, de un lugar vibrante teñido por el rojo, en el que lo humano y lo telúrico se debaten en una lucha sin cuartel.

Macbeth, en el Teatro María Guerrero (Madrid).

«Macbeth» de William Shakespeare

Tragedia sobre el origen, evolución y consecuencias de una desmedida ambición política y los múltiples daños colaterales que provoca recurrir al crimen para hacerse con el poder. Un logro que abre en su protagonista un abismo personal y un vacío interior que deriva en una tormenta perfecta de horror y destrucción. Tras todo ello, el habitual arte y despliegue maestro de su autor en la creación y desarrollo de personajes y tramas.

Un drama monárquico sobre ocupantes, herederos y aspirantes a disponer del bastón de mando, combinado con dosis de fantasía de la mano de tres brujas que aventuran el futuro. Tres seres sobrenaturales que comparten su visión con un general del ejército del rey, el aventurero Macbeth, sembrando en él la semilla de la gloria, pero sin hacerle consciente de que el medio para materializarla será el engreimiento, la soberbia, el abandono de la ética personal y la comisión de todo tipo de delitos. Un hecho que hace que tras luchar contra el reinado de Noruega, Escocia siga en el conflicto. Primero el terremoto que implicará el regicidio del Rey Duncan, a lo que seguirá el despotismo de su sucesor y quien da título a esta obra. Finalmente, la lucha de Malcolm, el sucesor legítimo, contra el asesino para devolver la libertad y la esperanza a su tierra y a sus súbditos.

Un hilo narrativo que Shakespeare prolonga a lo largo de cinco actos en los que expone cuanto necesita que conozcamos para entender las múltiples dimensiones de lo que está en juego. Desde la geopolítica (reinos enfrentados y aliados), los egos (Lady Macbeth como encarnación máxima de este vicio) y la dimensión familiar de los protagonistas (las alianzas consanguíneas y los hijos como prolongación de los propios logros) hasta los valores que han de regir toda estructura de gobierno (justicia, templanza, veracidad, firmeza…) y jerarquía militar (lealtad, fortaleza, compromiso, entrega…).

Tras un inicio alegre, resultado de ganar el conflicto bélico con que se inicia la obra, poco a poco el autor de Hamlet (1601) y Otelo (1603) va generando una atmósfera que abandona la luminosidad inicial para adentrarse en una oscura, incierta y tenebrosa noche argumental en la que las desgracias y los sobresaltos se suceden sin piedad. Una atmósfera cada vez más opresiva que ejerce de espejo de los pensamientos y acciones de Macbeth, de la tiranía que despliega sobre sus dominios y la crueldad con que trata a su pueblo. Una pesadumbre resultado de su neurótico deseo de mantenerse en el trono, cueste lo que cueste, y su paranoica vivencia de los fenómenos espirituales y kármicos que le acompañan negándole la celebridad, la reputación y el reconocimiento al que aspiraba.

Una fábula sobre el egoísmo y las derivadas que puede conllevar, no el salirse de las coordenadas vitales que el destino te hubiera deparado -más aún cuando, desde fuera, eran aparentemente positivas-, sino el hacerlo sin respeto alguno por la vida y la convivencia social. Una vez más, como en Romeo y Julieta (1597) o en El Rey Lear (1603), Shakespeare despliega su extraordinaria capacidad para, aún contando algo circunscrito a un lugar y tiempo muy concreto, convertirlo en una alegoría sobre la condición humana.

Macbeth, William Shakespeare, 1606, Ediciones Cátedra.

23 de abril, día del libro

Este año no recordaremos la jornada en que fallecieron Cervantes y Shakespeare regalando libros y rosas, asistiendo a encuentros, firmas, presentaciones o lecturas públicas, hojeando los títulos que muchas librerías expondrán a pie de calle o charlando en su interior con los libreros que nos sugieren y aconsejan. Pero aun así celebraremos lo importantes y vitales que son las páginas, historias, personajes y autores que nos acompañan, guían, entretienen y descubren realidades, experiencias y puntos de vista haciendo que nuestras vidas sean más gratas y completas, más felices incluso.

De niño vivía en un pueblo pequeño al que los tebeos, entonces no los llamaba cómics, llegaban a cuenta gotas. Los que eran para mí los guardaba como joyas. Los prestados los reproducía bocetándolos de aquella manera y copiando los textos de sus bocadillos en folios que acababan manoseados, manchados y arrugados por la cantidad de veces que volvía a ellos para asegurarme que Roberto Alcazar y Pedrín, El Capitan Trueno y Mortadelo y Filemón seguían allí donde les recordaba.

La primera vez que pisé una biblioteca tenía once años. Me impresionó. Eran tantas las oportunidades que allí se me ofrecían que no sabía de dónde iba a sacar el tiempo que todas ellas me requerían, así que comencé por los Elige tu propia aventura y los muchos volúmenes de Los cinco y Los Hollister. Un par de años después un amigo me habló con tanta pasión de Stephen King que despertó mi curiosidad y me enganché al ritmo de sus narraciones, la oscuridad de sus personajes y la sorpresas de sus tramas.

Le debo mucho a los distintos profesores de lengua y literatura que tuve en el instituto. Por descubrirme a Miguel Delibes, cada cierto tiempo vuelvo a El camino y Cinco horas con Mario. Por hacerme ver la comedia, el drama y la mil y una aventuras de El Quijote. Por introducirme en el universo teatral de Romeo y Julieta, Fuenteovejuna o Luces de bohemia. Por darme a conocer el pasado de Madrid a través de Tiempo de silencio y La colmena antes de que comenzara a vivir en esta ciudad.

Tuve un compañero de habitación en la residencia universitaria con el que leer se convirtió en una experiencia compartida. Él iba para ingeniero de telecomunicaciones y yo aspiraba a cineasta, pero mientras tanto intercambiábamos las impresiones que nos producían vivencias decimonónicas como las de Madame Bovary y Ana Karenina. Por mi cuenta y riego, y con el antecedente de sus inmortales del cine, me sumergí placenteramente en el hedonismo narrativo de Terenci Moix. El verbo de Antonio Gala me llevó al terremoto de su pasión turca y la admiración que sentí la primera vez que escuché a Almudena Grandes, y que me sigue provocando, a su Malena es un nombre de tango.

Y si leer es una manera de viajar, callejear una ciudad leyendo un título ambientado en sus calles y entre su gente hace la experiencia aún más inmersiva. Así lo sentí en Viena con La pianista de Elfriede Jelinek, en Lisboa con Como la sombra que se va de Antonio Muñoz Molina, en Panamá con Las impuras de Carlos Wynter Melo o con Rafael Alberti en Roma, peligro para caminantes. Pero leer es también un buen método para adentrarse en uno mismo. Algo así como lo que le pasaba a la Alicia de Lewis Carroll al atravesar el espejo, me ocurre a mí con los textos teatrales. La emocionalidad de Tennessee Williams, la reflexión de Arthur Miller, la sensibilidad de Terrence McNally, la denuncia política de Larry Kramer

No suelo de salir de casa sin un libro bajo el brazo y no llevo menos de dos en su interior cuando lo hago con una maleta. Y si las librerías me gustan, más aún las de segunda mano, a la vida que per se contiene cualquier libro, se añade la de quien ya los leyó. No hay mejor manera de acertar conmigo a la hora de hacerme un regalo que con un libro (así llegaron a mis manos mi primeros Paul Auster, José Saramago o Alejandro Palomas), me gusta intercambiar libros con mis amigos (recuerdo el día que recibí la Sumisión de Michel Houellebecq a cambio del Sebastián en la laguna de José Luis Serrano).

Suelo preguntar a quien me encuentro qué está leyendo, a mí mismo en qué título o autor encontrar respuestas para determinada situación o tema (si es historia evoco a Eric Hobsbawn, si es activismo LGTB a Ramón Martínez, si es arte lo último que leí fueron las memorias de Amalia Avia) y cuál me recomiendas (Vivian Gornick, Elvira Lindo o Agustín Gómez Arcos han sido algunos de los últimos nombres que me han sugerido).

Sigo a editoriales como Dos Bigotes o Tránsito para descubrir nuevos autores. He tenido la oportunidad de hablar sobre sus propios títulos, ¡qué nervios y qué emoción!, con personas tan encantadoras como Oscar Esquivias y Hasier Larretxea. Compro en librerías pequeñas como Nakama y Berkana en Madrid, o Letras Corsarias en Salamanca, porque quiero que el mundo de los libros siga siendo cercano, lugares en los que se disfruta conversando y compartiendo ideas, experiencias, ocurrencias, opiniones y puntos de vista.

Que este 23 de abril, este confinado día del libro en que se habla, debate y grita sobre las repercusiones económicas y sociales de lo que estamos viviendo, sirva para recordar que tenemos en los libros (y en los autores, editores, maquetadores, traductores, distribuidores y libreros que nos los hacen llegar) un medio para, como decía la canción, hacer de nuestro mundo un lugar más amable, más humano y menos raro.

«Ricardo III», procaz, gamberro, actual

Para casi todo lo que nos pasa y vivimos hay un título de Shakespeare al que acudir y comprobar la certeza y atemporalidad de su análisis sobre el comportamiento. Miguel del Arco y Antonio Rojano desmenuzan su texto para llenarlo de referencias de nuestros días, pero sin dejar de lado esa realidad nefasta que resulta de la unión de una ambición desmedida, la erótica del poder y la falta total y absoluta de escrúpulos.

Llegar a la cumbre dejando en el camino un reguero de sangre y de cadáveres. Argumento que hemos visto muchas veces en la Historia y que Shakespeare plasmó en esta tragedia escrita a finales del s. XVI. Una propuesta narrativa que de manera más o menos figurada sigue articulando muchos relatos, basta con abrir las páginas de cualquier periódico y leer el camino seguido por muchos de nuestros líderes políticos hasta llegar a la cúspide de las pirámides de los partidos, administraciones o instituciones que dirigen. Del Arco y Rojano no apuntan a ninguno en concreto, pero sí que nos lanzan guiños sobre la actualidad -Franco, la Monarquía o los medios de comunicación- que ejercen de puente entre la ficción representada en el escenario y la mochila de realidad que cada espectador lleva consigo en el patio de butacas.

Apuntes aparentemente espontáneos -pero con una coherente profundidad cuando se van sumando y uniendo- manejados con una agilidad y frescura que convierte su falta de pudor en una desvergonzada diversión con una inteligente procacidad. Porque, ¿dónde está el límite? ¿En el escándalo de los abusos físicos y psicológicos que se explicitan? ¿En la provocación que eso supone para nuestro sistema de valores? ¿O en el atentado al status quo de nuestra sociedad que suponen los medios sin escrúpulos -extorsión, asesinato- de los que se sirven en ocasiones quienes dicen o pretenden gobernarnos?

Preguntas que ni Shakespeare ni Del Arco ni Rojano explicitan, pero que el segundo nos lanza levantando un montaje en el que lo despiadado, lo grotesco y lo mordaz se suceden sin mayor orden y concierto que el de los impulsos de un aspirante al trono sin moral ni principios. Un Ricardo III encarnado por un Israel Elejalde histriónico e irritante, a diferencia de aquel zorro lleno de astucia que interpretó Juan Diego años atrás en el Teatro Español, al que dota de su característica presencia y capacidad corporal manifestada tanto en trabajos clásicos (valga recordar el Hamlet en el Teatro de la Comedia en el que también estuvo dirigido por Del Arco) como contemporáneos (La clausura del amor, Ensayo…).

Junto a él, una serie de secundarios entre los que destacan a Alejandro Jato (qué brío el suyo), Manuela Velasco (buena actriz camino de ser una grande) y Verónica Ronda (haciendo suyas las tablas cada vez que las pisa). Todos ellos envueltos por una iluminación que transmite a la perfección esa atmósfera en la que el objetivo es más sentir y percibir que ver y notar. Un ambiente en el que Miguel Del Arco se sirve tanto de la caracterización de algunos de sus intérpretes como de ciertos elementos escenográficos para alcanzar ese punto de irreverencia gamberra que completa el círculo de su propuesta.

Ricardo III, en el Teatro Kamikaze (Madrid).