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“Lady Macbeth” no tiene límites

La satisfacción personal por encima de todo. Conlleve lo que conlleve el deseo de amar y el impulso de poseer. Ya sea el goce de la manipulación, la hiel de la venganza, la interpretación de la mentira o la invisibilidad de la transformación. No hay registro que no domine a la perfección esta mujer empeñada en salirse siempre con la suya. Un contenido drama costumbrista que combinado con momentos más propios del thriller, se introduce hasta sus últimas consecuencias en las tinieblas y la oscuridad de la erótica del poder.

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Lo que comienza pareciendo una historia en la que se reivindica el derecho a la libertad individual acaba siendo una enrevesada niebla tras la que no hay más que la voluntad de tener lo que se quiere, consiguiéndolo cueste lo que cueste. En el inicio Lady Macbeth parece ser una fémina débil y atrapada, condenada por su condición de mujer a un matrimonio carcelario. Las cuatro paredes de su hogar la recluyen junto a sus espectadores, que la acompañan en su anhelo de libertad y la justifican y apoyan en los métodos que utiliza para hacerse respetar y ganarse su sitio. La llegada de ese instante no supone la consecución de una meta, sino haber alcanzado un punto de inflexión a partir del cual descubrimos que los modos y maneras que hasta entonces hemos justificado nos han convertido en cómplices de una trayectoria que seguirá en esa senda ante los nuevos obstáculos que surgirán en su camino.

Los tonos mate y los cielos nublados de la campiña inglesa del siglo XIX y la formalidad de sus costumbres sociales hacen recordar inicialmente las novelas de Jane Austen o las Cumbres borrascosas de Emily Bronte. Sin embargo, no son más que una correcta imagen de líneas sobrias y colores apagados muy bien equilibrados tras los que se esconden pulsiones como las del cine de Michael Haneke o Paul Verhoeven, sobrecogedoras sorpresas y giros argumentales como los de los relatos de Henry James y una atracción hipnótica por el deseo de ir más allá como la que sentían las protagonistas de los primeros títulos de Alfred Hitchcok en Hollywood (Rebeca o Recuerda).

Todo ello condensado en una mujer, Katherine, que tras la rectitud de su gesto esconde un volcán que entra en erupción cada vez que se despierta en ella la pasión por el hombre al que desea. Una medida y parca escenografía en la que este astuto camaleón sabe camuflarse y mover cuantas piezas haga falta para lograr que el resultado final sea el codiciado sin dejar huella de su intervención. Una progresión en la que parece que no hay manera de que se sienta saciada y cada hito conseguido no es más que el paso previo para la puesta en marcha de una mente maquiavélica que entra en acción cada vez que la insatisfecha fogosidad de su corazón así se lo requiere.

Su fría y displicente mirada, sus duros silencios, su cuerpo, sigiloso unas veces, ardoroso y demandante otras, hacen de Lady Macbeth un personaje de lo más inquietante y desconcertante (como un Jekyll & Hyde formado por Isabelle Huppert e Isabelle Adjani), a la par que atractivo y seductor. Es inevitable no dejarse atrapar y caer fascinado tanto por ella como por Florence Pugh.

“El viajante” que llegó desde Irán

Con un ritmo preciso en el que se alternan la tensión con la acción transitando entre el costumbrismo, el drama y el thriller. Consiguiendo un perfecto equilibrio el muestrario de costumbres locales de Irán y los valores universales representados por el teatro de Arthur Miller. Un relato minucioso que expone el conflicto entre la necesidad de justicia y el deseo de venganza y por el que esta película se ha llevado merecidamente el Oscar a la mejor película de habla no inglesa.

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La primera secuencia te sacude en la butaca, antes de saber dónde estás y qué está ocurriendo, alguien a quien no ves te dice que hay que salir corriendo, que no hay tiempo, que el edificio en el que se sitúa la acción está en riesgo inmediato de derrumbe. Apenas unos minutos de un montaje soberbio que anticipan un desasosiego que cuando vuelva a aparecer lo hará para quedarse durante toda la proyección. Una eficaz apertura que sirve también para introducirnos en una sociedad donde tanto entre padres e hijos como entre cónyuges, los lazos que les vinculan son ad eternum.

Estamos en Irán, un país donde los profesores tienen autoridad en las aulas, son considerados referentes inspiradores por sus alumnos. Son focos que iluminan con su visión y cultura a aquellos que les escuchan, como Emad, que además es actor amateur en un montaje de Muerte de un viajante, el clásico de Arthur Miller en el que interpreta al triste y sin futuro padre de familia, Willy Loman. Un personaje a través del cual muestra una expresividad sobre las tablas que, probablemente por su condición de hombre, no tiene fuera de ellas.

El buen teatro no entiende de fronteras y por eso este texto escrito en EE.UU. dice tanto en un país tan aparentemente opuesto como es el sucesor de la antigua Persia. Un elemento que Asghar Fahardi –director y guionista- integra con gran finura para hacernos ver no solo que lo extranjero es susceptible de ser censurado por instancias oficiales, sino que hay necesidades y búsquedas que son inherentes al género humano, al margen de nacionalidades,  culturas o sistemas políticos y sociales.

Conflictos como descubrir que la anterior inquilina del piso en el que se comienza a vivir tenía una pésima reputación por sus continuas visitas masculinas. Residencia en la que ahora Rana es atacada por un desconocido y ella no quiere denunciarlo a la policía para no sentirse nuevamente humillada y violentada. Una agresión que hiere en su honor a su marido, quien está desde entonces alerta para dar con quien ha roto la paz y el bienestar de su hogar. Nada es ya lo mismo, no se duerme por la noche y durante el día han desaparecido la paciencia personal y la empatía conyugal. Cuesta mantener el equilibrio. Más cuando no se confía en la justicia oficial, todo es susceptible de ser puesto en duda y el insatisfecho deseo de reparación se torna en anhelo de venganza.

Una deriva que se siente inevitable y en la que El viajante va progresando –intrigando y tensando-  gracias al certero trabajo de su pareja protagonista. Desde lo social y lo exterior –las convenciones comunitarias- a lo más íntimo y personal –el orgullo-, desde lo más visible y evidente a lo más incierto y sensorial. Así hasta llegar al bloque final, a un impactante y sobrecogedor desenlace que no solo es un perfecto culmen desde el punto de vista de guión, sino que es también muestra de una sólida y excelente dirección.

10 funciones teatrales de 2016

Obras representadas por primera vez y otras que ya han tenido varias temporadas a sus espaldas; textos actuales y clásicos; montajes convencionales e innovadores; autores españoles, ingleses, canadienses, italianos, argentinos,…

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Hamlet. Actores que hacen suya la fuerza de un texto considerado clave en la historia del teatro universal. Una puesta en escena que encadena escenas con una fluidez asombrosa. Un montaje que respeta lo escrito por Shakespeare, pero sabiéndole introducir momentos de modernidad que revelan tanto su atemporalidad como la grandeza de la dirección de Miguel del Arco.

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Home. Parecen inalcanzables cuando están sobre el escenario de un gran teatro, sin embargo, los bailarines de la Compañía Nacional de Danza resultan tan o más grandes, y su trabajo aún más bello, hipnótico y seductor cuando puede ser disfrutado en un reducido espacio como es el de La Pensión de las Pulgas. En su interior no existen distancias ni jerarquías entre intérpretes y espectadores y todos juntos se integran en este hermoso espectáculo.

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Tierra del fuego. Los conflictos –ideológicos, religiosos, nacionales,…- acaban muchas veces por convertirse en absurdos delirios de violencia en un intercambio continuo entre víctimas y verdugos de sus roles hasta llegar a una mortal simbiosis. Ese viaje de ida al odio y de vuelta al difícil intento de la empatía con el opuesto y la reconciliación con el vecino, es el que propone Claudio Tolcachir en un texto tan brutal como cruda su puesta en escena e interpretación.

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Cinco horas con Mario. Miguel Delibes fue un genial escritor, plasmaba la realidad y sus personajes en sus páginas con una naturalidad asombrosa, quedándose él en un segundo y discreto plano como narrador. Lola Herrera es inconmensurable, no hay papel que interprete que no haga que el público se ponga en pie para aplaudirla. La unión de ambos, hace ya 37 años, hizo que una de las mejores novelas de la literatura española se convirtiera en un montaje teatral en el que texto y actriz se entrelazan en una simbiosis que solo se puede definir como perfecta.

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El laberinto mágico. Impactante de principio a fin. Un texto que repasa perfectamente las mil caras que tuvo nuestra guerra civil desde el lado de los violentados y finalmente perdedores. Un compenetrado elenco actoral que da vida a esos compatriotas que se sentían nación y acabaron siendo miles de víctimas anónimas enterradas nadie sabe dónde. Un soberbio uso de un casi vacío espacio escénico que se convierte en todos los lugares en los que desarrolló la contienda, desde el frente y los despachos policiales a los dormitorios, los museos y los teatros.

Páncreas

Los desvaríos del veraneo. Un texto clásico hecho actual con elementos que le aportan ritmo, gracia y frescura. Una compenetración entre sus nueve intérpretes que consigue que todo cuanto sucede sobre el escenario esté lleno de vida, que sea fluido y espontáneo, como si no tuviera otra manera de ser. ¿Resultado? Un público entregado y dos horas de sonrisas, risas y carcajadas sin parar.

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Incendios. El pasado está ahí, pidiendo ser conocido y clamando convivir con nuestro presente. Mientras no le demos el tiempo y espacio que reclama, el futuro será imposible, no tendrá raíces ni base sobre la que crecer. Enfrentarse a él y bucear en sus entrañas puede llegar a ser un proceso difícil y complicado, lleno de momentos no solo amenazantes, sino de realidades desconocidas de gran crueldad. Un texto brutal y una eficaz puesta en escena con un reparto que se deja la piel sobre el escenario y en el que destaca por su maestría Nuria Espert.

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Reikiavik. Lo que sucedió, lo que vimos y lo que la leyenda posterior ha decidido que quede, auténtico o no, de todo aquello. Con la misma precisión del ajedrez, con la combinación de estrategia, dinamismo y paciencia que exige su juego, como con la pasión con que lo viven sus jugadores y aficionados, así fluye esta obra. Una ficción que condensa de manera ágil y precisa las múltiples facetas de aquella mítica partida, así como de su antes y después, entre Bobby Fischer y Boris Spasski en la capital islandesa en 1972. Así son este texto y su puesta en escena de Juan Mayorga.

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La función por hacer. El teatro dentro del teatro como si se tratara de una imagen reflejada en un sinfín de espejos. La diferencia entre la realidad y la representación, entre lo verdadero y lo verosímil. Personajes que dejan de ser arcilla moldeada por su autor y pasan a ser seres independientes, pero que aún están en busca de un público que les dé carta de identidad. Este es el interesante planteamiento y el estimulante juego de esta propuesta que resulta casi más una ceremonia de inmersión teatral que una función de arte dramático.

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Todo el tiempo del mundo. Un texto que es presente, pasado y futuro, capaz de condensar todo aquello que nos ha dado carta de identidad. Las personas que nos engendraron, las que nos acompañaron a lo largo de los años y las que prorrogarán nuestro legado. Los acontecimientos que nos hicieron ser quienes somos, los que siguen provocándonos una sonrisa y los que nos ponen los ojos vidriosos. Las ilusiones de un futuro que está por venir, que ya sucedió o que estamos viviendo. Haciéndonos reír, llorar y suspirar, Pablo Messiez y sus actores logran emocionarnos  de una manera delicada y cercana, como si estuvieran estrechando su mano con la nuestra, como si nos abrazaran.

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“Tierra del Fuego”, un lugar donde sanar las heridas

Los conflictos –ideológicos, religiosos, nacionales,…- acaban muchas veces por convertirse en absurdos delirios de violencia en un intercambio continuo entre víctimas y verdugos de sus roles hasta llegar a una mortal simbiosis. Ese viaje de ida al odio y de vuelta al difícil intento de la empatía con el opuesto y la reconciliación con el vecino, es el que propone Claudio Tolcachir en un texto tan brutal como cruda su puesta en escena e interpretación.

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Basta mover un pequeño elemento como una mesa sobre un escenario para entender lo que puede significar el cambio de lugar o la desaparición de una pieza cotidiana en nuestras vidas. Como ese momento en que de manera imprevista un puñado de balas acabaron con la persona que estaba sentada a tu lado en un azar que hizo que la asesinada fuera tu amiga en lugar de serlo tú. Una lotería en la que el elegido para disparar resultó ser aquel al que el dogmatismo y la manipulación le convencieron de que tanto él como su pueblo eran la verdadera víctima y de que apretando el gatillo tenía una posibilidad de resarcir a los suyos, de vencer y de glorificarse. Nadie le advirtió de que en el mundo real acabaría, probablemente de por vida, en prisión, donde décadas después recibiría la visita de aquella a quien truncó su biografía para preguntarle por qué.

Un lugar en el que suceden realidades como esta es Israel. Una tierra de fuego en la que judíos y palestinos conviven, se dan la espalda, desean confraternizar y se odian. Como ese territorio al sur de Argentina en el que el Océano Pacífico y el Atlántico se juntan, se tocan y se entremezclan hasta quedar unidos, sin saber cuál entra más en el terreno del otro y dónde se acaba esa unión para volver a ser uno solo, único, al lado, pero lejos del otro. Un país y una metáfora que quedan concentrados en su esencia en esta ficción con muchos elementos de realidad, en una recreación que tiene incluso más fuerza una vez acabada que durante su representación.

La puesta en escena que Mario Diament ha realizado de lo escrito por Claudio Tocalchir consigue el objetivo para el que parece estar pensada, llegar muy dentro de sus espectadores y fijar dentro de ellos la semilla y la conciencia de la esperanza y la destrucción. Ambas a la par. Viendo y escuchando lo que sucede sobre el escenario, ¿con qué nos quedamos? ¿Con la víscera de la venganza? ¿Con la redención del que reconoce que hizo mal? ¿Justificamos al herido? ¿Le encontramos explicación lógica al que es tan verdugo como víctima? ¿Nos quedamos únicamente con ellos? ¿Abrimos los ojos y atendemos al extenso territorio de violencia física y psicológica en el que habitan?

Apenas un muro, unas luces, unas sillas y un grupo de actores siempre presentes, sintetizan sin matiz condescendiente alguno este mundo de causa y efecto, origen y consecuencia con un mar de fondo de política, religión, mitología e historia en el que parece imposible tener nada en claro. Nunca hablarán más de dos, siempre con una sobriedad que resulta intencionadamente angustiosa, sin gritos expresivos ni lágrimas liberadoras, apenas algunos momentos de canción árabe y de percusión acústica. Que el espectador se lleve con él la ansiedad, la duda, el vacío y la incertidumbre de una madre a la que arrebataron a su hija, de un padre que quizás fue asesino antes que afectado, de un marido que no comprende a su mujer, de una víctima a la que sus preguntas le alejan de su presente, de un prisionero en paz consigo mismo.

Tierra del fuego nos hace abrir los ojos para que reconozcamos que una de las medicinas que necesitamos para que sanen las profundas heridas por las que llevamos sangrando tanto tiempo, está en manos de aquel que las provocó. Somos una pequeña sociedad de almas agrietadas que solo quieren dejar de sufrir y, nos guste o no, no hay otra posibilidad de hacerlo que reconociéndonos el daño que nos hemos causado los unos a los otros.

Tierra del Fuego, en las Naves del Teatro Español (Madrid).

Un “Hamlet” de muy alto nivel

Actores que hacen suya la fuerza de un texto considerado clave en la historia del teatro universal. Una puesta en escena que encadena escenas con una fluidez asombrosa. Un montaje que respeta lo escrito por Shakespeare, pero sabiéndole introducir momentos de modernidad que revelan tanto su atemporalidad como la grandeza de la dirección de Miguel del Arco.

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Ser o no ser es una sentencia que, a pesar de ser tan recurrente y tan recurrida, no ha sido capaz de trascender al hombre que la pronunció por primera vez, Hamlet, el príncipe de Dinamarca. Tan intensos, personales y llenos de emoción resultan los textos que el británico fallecido hace cuatrocientos años escribía para sus personajes, que parece que lo suyo fue más ejercer de intermediario de estas personas de tinta sobre papel que ser el creador de las mismas. Un material tan vivo y lleno de fuerza que cuando cae en las manos adecuadas, pasa del terreno de la imaginación al de la más absoluta realidad, tal y como sucede en esta puesta en escena a cargo de la Compañía Nacional de Teatro Clásico y Kamikaze Producciones.

El Hamlet que encarna Israel Elejalde es el verbo hecho carne, la orfandad convertida en presencia, el deseo de justicia que ocupa invisiblemente todo el espacio alimentado por la doble traición sufrida, tanto la de su tío al matar a su padre, como la de su madre al casarse con semejante asesino. Su cuerpo y su voz son el vehículo a través del cual se manifiesta la montaña rusa interior por la que discurre su vida: la devoción al progenitor ausente, la rabia que lleva al deseo ciego de venganza, el odio, la confusión por la intensidad de lo que le está ocurriendo, la incapacidad para gestionar ninguna otra relación, la renuncia al amor, la sospecha, la desconfianza,… Una suma y un discurrir tan veloz e interrelacionado que hace que el resto de los personajes que comparten tiempo, lugar y función con él, la tomen por locura. En su error, el proceso digestivo emocional del heredero al trono les arrastra en un huracán de acción y sensaciones múltiples en el que quedan también envueltos e involucrados sus espectadores.

Un torrente narrativo en el que no hay un segundo de tregua, en el que las escenas están entrelazadas siendo todo final también un principio. Las palabras marcan el ritmo con el que se mueven los intereses cruzados en las sombras de la corte danesa y su fluir da la pauta de las entradas y salidas de sus habitantes y de los cambios de escenografía sobre el escenario. Un flujo que demuestra la imposibilidad de establecer la fórmula de estímulo-causa, castillos de naipes e ilógica sinrazón que construyen y deconstruyen las relaciones humanas y que están también tras la difícil sencillez del deseo y el ejercicio del poder.

Una esencia tan bien conseguida en la que es posible introducir recursos del siglo XXI –una canción, un chiste, un quiebro lingüístico- en el siglo XIII que Shakespeare imaginó a principios del XVI. Una representación que es como la locura de Hamlet, aparentemente ilógica en su formalidad, pero llena de sensatez, deseosa de romper moldes y de recoger un legado sobre el que seguir edificando un reino y un teatro que honre a su pasado y lo proyecte hacia el futuro. Dos horas y cuarenta y cinco minutos de función que tienen tanto de catarsis como de maestría.

“Hamlet”, en el Teatro de la Comedia (Madrid).

Intenso drama el de “Los hermanos Karamazov”

Cada familia es un universo en sí misma, un mundo sometido a múltiples corrientes que cuando no fluyen de manera ordenada en una misma dirección desencadenan un escenario de luchas, de fuerzas y poderes, de un todos contra todos que no tiene como fin la victoria, sino la derrota. Tolstoi lo reflejó de manera maestra en sus novelas, Gerardo Vera lo ha llevado a escena en una gran adaptación teatral y Juan Echanove lo conduce sobre el escenario de manera brillante.

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Condensar las más de mil cien páginas de esta novela de Tolstoi no debe haber sido tarea fácil ni rápida para José Luis Collado. Sin embargo, tras ver su representación, solo queda decir que su labor de síntesis para recoger las tramas fundamentales de la trama concebida por el creador de Anna Karenina es un gran trabajo. No solo por haber sintetizado con efectividad narrativa sus líneas argumentales, sino más aún, por la rica personalidad con que ha dotado a cada uno de sus personajes. Un material a partir del cual Gerardo Vera ha creado una endiablada atmósfera que con el paso de los minutos se hace más hipnótica y envolvente en su discurrir de tres horas llenas de emociones y pasiones, una montaña rusa de visceralidad y bajas pasiones que sin el contrapeso de la razón, aboca a la familia Karamazov a un desenfreno de odios, envidias, humillaciones y venganzas sin posibilidad ni esperanza alguna de buen final.

Texto y dirección son, a su vez, los medios que han permitido a los actores dar vida a unos seres que rezuman autenticidad, llenos de contradicciones, sumidos en un cruce de direcciones encontradas, entre lo que les dicta su sentir y lo que ejecuta su hacer en un repertorio de motivaciones emocionales que va desde el amor y el deseo de poder a la venganza y el miedo a la soledad. En sus gestos, en sus movimientos y en sus cambios de registro quedan recogidos todos esos pequeños matices en los que está la intensidad de los grandes momentos, esos  detalles aparentemente nimios que se convierten en puntos de inflexión para esas vidas que duran más que el tiempo de la función a través del recuerdo que generan en los que hemos ido a verles representados.

Juan Echanove despliega como patriarca de los Karamazov un derroche interpretativo que hace de él no solo el señor de un clan, sino también un humillante padre, un amante que no ama, un despiadado ser humano, un tirano cruel y despiadado. Una brutalidad psicológica con la que gobierna a su familia y una riqueza actoral con la que hace suyo el patio de butacas. Fernando Gil demuestra que lo suyo es más que presencia física y capacidades atléticas, su cuerpo es el vehículo a través del cual el hijo Dimitri rezuma el hartazgo, la rabia y el deseo que desencadenan los acontecimientos de los que hemos de ser testigos. Oscar de la Fuente es muy sutil, y desde su secundario Smerdiakov, ese hijo bastardo despreciado por su limitada inteligencia, construye una presencia llena de destellos que le hacen coprotagonista, tanto del devenir de la familia retratada, como de su escenificación. Sin olvidar a Marta Poveda, la mujer que desata las pasiones incompatibles de un padre y su hijo, y Lucía Quintana, esa a la que se las niegan. Ellas son, cada vez que aparecen en escena, ese punto que acumula las energías que flotan en el ambiente para dirigirlas en una u otra dirección.

Hay algún aspecto menor que podría haberse evitado como el recurrir a músicas reconocidas (la banda sonora del Drácula de Coppola compuesto por Wojciech Kilar en la primera entrada de Juan Echanove), algunos momentos físicos de Fernando Gil que parecen más concebidos con un enfoque de encuadre cinematográfico que de movimiento escénico, o las proyecciones que resultan más rellenos estéticos que elementos narrativos. Apenas unos apuntes frente a los que hay que destacar una efectiva escenografía y una expresiva iluminación, medios con los que acentuar el brillo y excelencia del trabajo integral de texto, dirección e interpretación que se aúnan en esta adaptación teatral y puesta en escena de la que fuera la última novela de León Tolstoi.

“Los hermanos Karamazov” en el Centro Dramático Nacional (Madrid).

Una gran “Medea” a pesar de su contención

El texto de Vicente Molina Foix es bueno y Ana Belén está fantástica. Dándole la réplica, una gran Consuelo Trujillo, encabezando el resto del reparto. El saber hacer y la presencia de todos ellos resuelve de manera solvente el reto de darle brillo a una puesta en escena limitada por una dirección que ha optado por limitar los registros vocales y el movimiento sobre las tablas de sus actores. Una función sobre el orgullo, el poder y los vínculos que nos unen, no solo en los buenos momentos, sino aún más, en los malos.

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Esta es la historia de una mujer que es testigo de como Jasón, su marido, la deja de lado para unirse a otra, que no solo es más joven, sino que también le va a permitir sellar una alianza política con la que consolidar su poder. La humillación no es únicamente hacerla sentirse vieja e inútil, sino además, verse abandonada y físicamente desterrada una vez que deje de ser su esposa y él materialice su nuevo matrimonio. Ese vacío personal al que se ve abocada Medea desata en ella unas ansias de venganza sin límite alguno. Ante su destrucción, ella desata su fuerza. A su muerte en vida, responde arrasando la vida ajena.

Con la promesa de semejante tragedia griega como argumento y una actriz tan solvente como Ana Belén, uno espera asistir a una atmósfera revuelta, ruidosa y enmarañada de sensaciones que haga suyos a cuantos estén sentados en el patio de butacas. Sin embargo, con esta Medea lo que se experimenta es una excesiva contención que desde el lado del espectador resulta dura, excesivamente fría. Se escatima todo aquello que podría hacer que lo que se vive sobre las tablas descienda hasta los que están deseosos de verse involucrados en ese mundo de oscuros intereses y motivaciones, de mitologías convertidas en realidades humanas.

Los movimientos en escena son muy medidos, las figuras humanas parecen casi parte de la escenografía, cediendo incluso protagonismo a unas proyecciones sobre símiles marinos y el influjo lunar como intentos de aportar un sentido lírico a lo que está ocurriendo. Quizás funcionaron eficazmente en el teatro romano de Mérida, donde se estrenó este montaje el verano pasado, pero lo que estas aportan en el Teatro Español se hubiera podido conseguir, de igual o incluso más efectiva manera, con una gama de registros y detalles interpretativos de sus actores más amplia. Esta es la constante que se experimenta escuchando a Medea y a todos los que conviven con ella en este pequeño lugar cargado de desaires, ambiciones desmedidas y anhelo de resarcimiento. Entendemos que está pasando y qué se siente por lo que dice el texto, pero no por el lenguaje corporal de los que lo interpretan. Nos llega lo que acontece porque realizamos el ejercicio de procesar las palabras de Vicente Molina Foix, pero no porque José Carlos Plaza nos las transmita con su puesta en escena.

Quizás algo premeditado para poner de relieve la capacidad interpretativa de Ana Belén, que sin apenas moverse y con un reducido registro tonal construye una mujer que es un cúmulo de femineidad y animalidad, inteligencia racional y visceralidad sin parangón. Todo un reto para cualquier compañero que haya de compartir escenario y diálogos con ella, alguien que con solo estar, con su mera presencia física ya emana la historia y personalidad de su personaje. Sin embargo, Consuelo Trujillo demuestra que más allá de esa primera línea de intérpretes mediáticos, también hay actores y actrices dotados de una capacidad asombrosa para arrastrarnos a mundos, escenarios y acontecimientos que de su mano se convierten en verosímiles. Un lugar, como este de Medea, de difícil acceso y a cuyas puertas nos llevan para ver lo que sucede en su interior, pena que aquellos que han dispuesto de su creación escénica no nos dejen entrar en él.

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“Medea”, en el Teatro Español (Madrid).