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“Imagina” de Juan Ramón Fernández, Yolanda Pallín y Javier García Yagüe

La “Trilogía de la Juventud” deja atrás el mundo rural de la posguerra para irse a vivir al despegue urbano e industrial de nuestro país durante la década de los 60. Con la misma brillantez que “Las manos” relató el hambre y el caciquismo de una España sometida, “Imagina” cuenta la lucha de la utopía de la libertad frente a la aceptación y connivencia con el régimen social, económico y laboral impuesto por el franquismo.

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A lo largo de un total de 43 escenas Imagina nos muestra las escasas opciones que tuvieron los más jóvenes de labrarse su futuro en aquella época en que la dictadura estaba tan consolidada que algunos daban por hecho que iba a ser perpetua y que otros pensaban que debía estar cerca de un final que no se veía por ninguna parte. El hombre sometido al sistema y la mujer cumpliendo lo dictado por el hombre. La oportunidad de oro de ellos estaba en entrar como aprendices en una fábrica y poco a poco, a base de acatar silenciosamente instrucciones, órdenes y riesgos, ganar puntos y antigüedad con los que subir en la escala jerárquica del sistema fabril y pluses con los que complementar su sueldo. De esta manera se adquiría una respetabilidad y se garantizaban los ingresos con los que, aunque con muchas dificultades, mantener a una familia.

En el caso de ellas, primero estaba obedecer el dictado de un padre y los modos y maneras de la generación anterior que tan bien arbitraba siempre una madre. Después llegaban las reglas que considerara el hombre del presente, el amigo interesado, el pretendiente, el novio y el finalmente marido que tenía tanto el respaldo de su salario como el de la sociedad para dictar lo que estaba bien y mal, lo que se debía o no hacer bajo el techo familiar, así como los cuándos y con quién.

Frente a la rigurosidad con que están trazados sus destinos, los personajes de Imagina se debaten, como la España de entonces, en la angustiosa y esperanzadora necesidad de luchar por sus derechos más elementales, como el de expresión, el de organización sindical o el del uso y disfrute de su propio cuerpo. Un deseo de progresar que se daba de bruces no solo contra la cerrazón y la fuerza del entramado burocrático que todo lo asfixiaba, sino con la, en muchos casos, incomprensión de unos mayores que tras haber sufrido una guerra consideraban la aparente paz presente como la mejor de las situaciones. Un mundo ingenuo de complejos conflictos al que le ponían letra las canciones de Joan Baez, Rolling Stones, The Beatles o Françoise Hardy, en el que se deseaba hablar inglés y conocer París.

Imagina es una sucesión de cuadros escénicos en los que su preciso texto es capaz de recoger la esencia de momentos que tienen tanto de espontáneo y cotidiano como de trascendencia y simbolismo. Teatro que no es solo representación, sino también interpelación a su espectador con el múltiple registro que en ocasiones se les exige a los actores, encarnando no solo su papel, sino ejerciendo también de narradores del compendio de emociones y diferentes puntos de vista de los momentos que protagonizan.

Tras descubrir tiempo atrás esta Trilogía de la Juventud con Las manos y encontrar hace poco este Imagina, ahora solo me queda localizar 24/7, la tercera parte con que José Ramón, Yolanda y Javier completaron este fantástico proyecto en 2002.

“Las manos” de José R. Fernández, Yolanda Pallín y Javier G. Yagüe

Una perfecta disección de la España rural de los años 40 a través de un grupo de jóvenes con toda la vida por delante. Un tiempo y un lugar en el que el hambre, el miedo, la influencia omnipotente de la religión, la desigualdad social y la lucha por la supervivencia cubren cada rincón de cuanto existe y acontece. Un asfixiante presente que tiene tanto de brillantez literaria como de retrato político, social y cultural.

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Las manos son cuarenta y cuatro escenas a través de las cuales conocemos cada aspecto, cada rincón y momento de la vida en un pequeño pueblo del interior de España una década después de la Guerra Civil. Un lugar en el que se pasean invisibles las víctimas de la contienda y la vida se gana cultivando una tierra de la que no se es propietario y cuyo resultado está, además, suscrito al capricho de la meteorología. Lo que no se consigue con esfuerzo y sudor, requiere también muchas lágrimas, como sucede en el campo de las relaciones personales para hacer frente a las imposiciones de las diferencias sociales –cuyo único fin es repartir entre ricos y pobres, entre terratenientes y trabajadores, derechos de un lado y deberes de otro- y de la superchería religiosa, cuya sombra llega a marcar hasta la distribución de días festivos y laborables en el calendario.

Un vivendus teatral en la estela narrativa y dialogada del gran Miguel Delibes (El camino, Diario de un cazador, Los santos inocentes) y con un punto de vista de vista similar al del médico protagonista de Un hombre afortunado con el que John Berger mostraba lo invisible de la comunidad local en la que este trabajaba. Un completo recorrido por todos los aspectos que conforman la cotidianidad de una serie de personajes a lo largo de las estaciones del año y las horas de cada día, así como por los pequeños mundos de su universo: los muertos que dejó el todos contra todos, la sumisión ante los que poseen la tierra y el miedo a las patrullas de la Guardia Civil, la esperanza puesta en lugares que no se conocen (Madrid o Argentina), las diferentes fórmulas del cortejo entre hombres y mujeres, las continuas cábalas para saber si con lo que hay en la despensa se matará el hambre, las posibilidades que da una mínima educación formal, si no arruinará la cosecha la helada, la falta de lluvia o su exceso,…

Las indicaciones del texto, con momentos en que los actores combinan el diálogo entre sí con acertadas y precisas interlocuciones directas al espectador desde dentro de la escena representada, revelan una propuesta en la que se nos habla desde nuestras raíces, desde aquellos que eramos a quienes somos ahora. Una evocación de la España rural que un día fuimos, de esos tiempos en que la mayor parte de los ciudadanos de este país teníamos contacto diario con unos padres o unos abuelos que vivieron en su piel lo que se nos cuenta en Las manos, con un pueblo del que éramos originarios y con el que manteníamos vivo el lazo que nos unía a él, en el que pasábamos vacaciones y al que realizábamos viajes llevados por la costumbre y el peso de la tradición familiar. Un pasado que recordar, que mantener vivo y presente y que honrar, también teatralmente con trabajos como este primer volumen de lo que sus autores denominaron Trilogía de juventud.