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“Joker”, sonrisa perfecta

Simbiosis total entre director y actor en una cinta oscura, retorcida y enferma, pero también valiente, sincera y honesta, en la que Joaquin Phoenix se declara heredero del genio de Robert de Niro. Un espectador pegado en la butaca, incapaz de retirar los ojos de la pantalla y alejarse del sufrimiento de una mente desordenada en un mundo cruel, agresivo y violento con todo aquel que esté al otro lado de sus barreras excluyentes.

Que Joker no es una película para todos los públicos lo deja claro el que no sea recomendada para menores de 18 años. Por lo que muestra y lo que plantea. Gotham no es lugar para aquel que no tenga una cuenta corriente y una red social que le permita resistir los envites de una sociedad materialista y privatizada hasta el extremo. La ambientación callejera nos sitúa en finales de los 60 (en la marquesina de un cine se ve anunciada Blow up de Antonioni), pero también podemos ver en ello un escenario distópico que, cuando la tensión eclosiona, recuerda a los disturbios que por motivos políticos, sociales o económicos vemos cada día en muchas ciudades de todo el mundo.

Un ruido y una distorsión que Todd Phillips plasma en imágenes de una manera maestra, dominando a la perfección todos los medios para ello (dirección de producción, fotografía, efectos visuales y de sonido, edición…), pero lo que es más importante, dejando claras las circunstancias en las que se ha criado y habita en la actualidad una personalidad como la de Arthur Fleck. Un hombre extraño en su apariencia, enfermo en su interior y críptico en su manera de comunicarse y relacionarse. Evidentemente desequilibrado, al que el mundo en el que vive prefiere anularle farmacológicamente que asistirle psicológicamente, pero también profundamente dolido por cómo ha sido tratado -afectiva y socialmente- durante toda su vida.

Esa herida es la clave de Joker, el prisma desde el que Todd Phillips ha escrito y construido su película y las coordenadas desde las que surge la interpretación de Joaquín Phoenix. Un guión, una dirección y una actuación que nacen de las entrañas del sufrimiento y la desesperación y nos muestran la deriva por la que cae el futuro antihéroe cuando no puede más al sentirse aislado, abandonado y vilipendiando una y otra vez por el mundo en el que vive. Una evolución que recuerda lejanamente a películas como Un día de furia (Joel Schumacher, 1993) y un retrato psicológico que va mucho más allá de casos como el de de Henry, retrato de un asesino (John McNaughton, 1986).

Pero con Robert De Niro como secundario y la saturada nocturnidad de Joker es inevitable evocar a Taxi Driver (1976), con la que la ganadora del León de Oro del último Festival de Venecia comparte incluso algunos hilos narrativos (personaje solitario, la presencia de una chica, elecciones políticas de por medio). Sin embargo, ni Phillips ni Phoenix se quedan ahí. El primero hace completamente suyas esas coordenadas que una vez fueron de Scorsese, dándoles a su vez una ironía, sarcasmo y acidez que acentúan aún más la cruel sinceridad y la nula corrección política de su relato. El segundo, por su parte, deja claro –una vez más– su capacidad, alcance, entrega y poderío interpretativo, transformación física incluida, en una expresión cinematográfica de eso que Freud llamaba “matar al padre” con respecto a De Niro y situándole en la categoría de genio frente a la cámara.

Señoras, señores, Joker es de lo mejor que nos va a ofrecer la cartelera cinematográfica de 2019 y una señal de que, cuando se deja a un lado el ruido y las coacciones, aún hay creatividad y saber hacer a lo grande en Hollywood. Películas como esta, con su propuesta argumental y su exposición narrativa, son las que necesitamos tanto para entreternos y disfrutar como para reflexionar y tomar conciencia de las consecuencias de lo que quizás ya seamos o de aquello en lo que podemos convertirnos.

“Trapicheos en la Segunda Avenida” de Joyce Brabner & Mark Zingarelli

Propuesta gráfica sobre cómo se vivió el comienzo de la pandemia del VIH cuando aún no se sabía lo que era y Nueva York había dejado de ser la ciudad que nunca duerme para convertirse en una urbe oscura, sórdida y carente de humanidad. Un relato –por momentos diferente, aunque finalmente desemboca en terreno conocido- sobre cómo una pequeña parte de la sociedad se organizó para hacer frente a la enfermedad y al dolor.

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Ha pasado mucho tiempo desde que Randy Shilts publicara en 1987 And the band played on, excepcional ensayo en el que detallaba cómo fueron los primeros años de lo que inicialmente se llamó el cáncer gay. Curiosamente, mientras se mantuvo aquella denominación, la inacción de las administraciones públicas, de la industria farmacéutica y del conjunto de la sociedad fue casi absoluta. Tan solo los allegados dotados de esa virtud que es la empatía dejaban a un lado los prejuicios y el desconocimiento para atender y cuidar a los afectados. Uno de esos casos, el número 24, es el que se cruza en la vida del enfermero Ray. Su particular vivencia de lo que sucedió a partir de entonces es lo que le narra décadas después a Joyce Brabner, un flashback que ella ha convertido en esta novela gráfica.

A pesar de lo mucho que se ha relatado sobre aquellos días tan duros y complicados para la comunidad homosexual, todavía quedan muchas pequeñas historias por contar de lo que sucedió. En este sentido, Trapicheos en la Segunda Avenida complementa perfectamente desde el punto de vista bibliográfico el relato humano de textos teatrales como The normal heart de Larry Kramer o Angels in America de Tony Kushner. Y aunque no entre en ello en profundidad, también deja ver el momento social y político estadounidense en que está enmarcado su relato, coordenadas similares a las de películas recientes como la británica Pride o la francesa 120 pulsaciones por minuto.

El tándem Brabner & Zingarelli nos trasladan inicialmente a antes de aquel entonces en que los gays y lesbianas que habían salido del armario vivían su condición con orgullo tras la visibilidad alcanzada con los disturbios de Stonewall en 1969. Un mar de tranquilidad que se vio roto por una incertidumbre en el que la desinformación hizo creer que un fármaco llamado ribavirina podía ser la solución médica a la hecatombe, pastillas cuya consecución implicaban ir hasta México y salvar el obstáculo de las aduanas. A partir de este momento Trapicheos se centra en aquellos viajes al otro lado del Río Bravo y en el compromiso que Ray y su novio Ben asumieron con la causa y en todo lo que hicieron para mejorar las condiciones de vida de aquellos a los que el destino sentenció con lo que después se denominó como SIDA.

Lo que había comenzado como algo relajado y como el retrato de la vida de una pareja va adquiriendo, a medida que se conocen las casuísticas de las personas de su entorno, tintes cada vez más dramáticos. Un drama que resulta real por las circunstancias que complicaban cada una de esas tragedias, ya fuera la inmigración ilegal, el rechazo familiar, el mensaje apocalíptico de las organizaciones religiosas o la falta de medios económicos. Pero a medida que estas tramas se suceden, la de la ribavirina se va desdibujando haciendo que las viñetas de Segunda Avenida se conviertan en terreno conocido, compartiendo mensaje activista y reivindicativo –pero no fuerza narrativa-, con títulos como los antes referidos.

“The normal heart” de Larry Kramer

Un brutal ejercicio literario en forma teatral, un relato sociológico sobre los primeros años de la epidemia del VIH y el SIDA, una declaración política contra la discriminación asesina de las administraciones públicas estadounidenses sobre el colectivo homosexual. Una obra maestra del género dramático, un texto dotado de una fuerza extraordinaria que sigue sacudiendo la conciencia de sus espectadores y lectores a pesar de las más de tres décadas transcurridas desde su estreno en 1985.

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Las primeras noticias lo llamaban el cáncer gay por su especial afectación entre este público en sus primeros meses. No se sabía qué lo causaba ni cómo tratarlo, todo apuntaba a que los contagiados eran hombres con una intensa y promiscua vida sexual, sus síntomas eran muy visibles y la muerte solía llegar en cuestión de pocos meses. Momentos de una dura incertidumbre que rápidamente aumentó el estigma de la discriminación que el colectivo LGTBI ha sufrido históricamente. Algo con lo que no contaban aquellos que consideraban que los disturbios de Stonewall en junio de 1969 habían supuesto el punto de inflexión a partir del cual se progresaría hasta hacer realidad el sueño de la visibilidad y la normalización.

Ese es el momento de 1981 en que se sitúan las primeras escenas de The normal heart, plasmando con gran crudeza el desconocimiento de los médicos que no sabían determinar el origen ni las consecuencias de lo que estaba ocurriendo, la negación del colectivo homosexual que no quería reconocer lo que estaba sucediendo por ver en ello la exigencia de abandonar la libertad sexual que consideraban habían ganado una década atrás, y la ignorancia del resto de la sociedad que no solo se veía ajena a esta situación, sino que parte de ella juzgaba lo que pasaba como un castigo bíblico merecido por los desviados del camino de la corrección moral.

Esa impotencia, rabia y dolor es el que mueve a la acción al personaje de Ned Weeks en Nueva York, el activista alter ego de Larry Kramer que apunta con gran claridad en sus intervenciones que toda reivindicación social es también política, que el tiempo vivido sin tener los mismos derechos civiles que el resto de tus conciudadanos –matrimonio, educación, sanidad- es tiempo robado a tu vida, y que no hay otra opción más que la de la lucha y hacerse notar ante aquellos –líderes políticos, administraciones públicas y medios de comunicación- que no respetan tu existencia ni reconocen la diversidad de nuestra sociedad.

Circunstancias que parecen haber cambiado en sus aspectos más formales –el reconocimiento legal-, pero que esconden tras de sí aspectos como los que muestran con gran crudeza los diálogos y situaciones elegidas por Kramer. Circunstancias con las que seguimos conviviendo y que hacen que este texto duela, agite y escueza, como la crueldad de la homofobia que puede aparecer en cualquier momento en nuestro entorno, el daño perenne sufrido por muchas personas por la no aceptación plena de sí mismos, el anhelo vital de ser escuchados y comprendidos y la necesidad humana de amar y ser amados.

El recorrido temporal que propone este gran dramaturgo en este ejercicio de concienciación acaba en 1984, cuando los EE.UU. ya habían reconocido oficialmente que el virus de inmunodeficiencia humana, ese que arrasa con nuestro sistema inmunitario, se transmitía también por la sangre, que no discriminaba por razón sexual (género u orientación) ni de edad y que se había extendido por todos los rincones del mundo. Para entonces miles de personas ya habían muerto de SIDA y muchas más se habían infectado de VIH sin que la administración Reagan, ni la de muchos otros países, hubiera hecho nada para evitarlo.

“La vida ante sí” de Romain Gary

Literatura de alto nivel, exquisita y elevada, pero accesible para todos los públicos. Por su protagonista, un niño árabe criado por una antigua meretriz judía, ahora metida a regente de una pequeña residencia de hijos de mujeres que ejercen la que fuera su profesión. Por su punto de vista, el del menor, espontáneo en sus respuestas y aplastantemente lógico en sus planteamientos. Pero sobre todo por la humanidad con que el autor nos presenta las relaciones entre personas de todo tipo, los retos cotidianos que supone el día a día y las dificultades de vivir al margen del sistema en el París de los años 60.

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Romain Gary sorprendió al establishment literario de Francia a finales de los 70. En 1975 ganó el Goncourt con esta novela que se dio a conocer como escrita por Émile Ajar, su sobrino. La verdad de su autoría se conocería tras el suicidio de Gary, en 1980. Una manera de reírse de la crítica que le acusaba de no haber sabido evolucionar lo suficiente tras haber ganado este galardón por primera vez en 1956. Una burla con la que también jugaba una vez más a cambiar de registro en una biografía personal que comenzó en Rusia en 1914, le llevó a París en 1928, a luchar del lado francés en la II Guerra Mundial para posteriormente convertirse en diplomático, carrera que dejó por la dirección cinematográfica y la escritura. Una trayectoria rica en miserias y riquezas, momentos altos y bajos, y seguro que profusa en encuentros de todo tipo y momentos de introspección en los que conoció y descubrió cosas de sí mismo que posteriormente reflejó en páginas como las de La vida ante sí.

Tras diez años de estancia en casa de la señora Rosa, el pequeño Mohammed, un hijo de puta tal y como él se dice a sí mismo, es ya más que un inquilino, es casi familia de esta madame que se gana la vida cuidando a hijos e hijas de mujeres que se ganan la vida en la calle. Viven en un sexto piso que pone a prueba la resistencia física de una dama que está más cerca de su final que de su principio tras haber sufrido los vapuleos de clientes, proxenetas y los campos de exterminio nazi que no acabaron con ella. Ella llegó de Polonia, a él le han contado que es hijo de argelinos y sus vecinos son marroquíes, tunecinos, senegaleses y negros del África Subsahariana. Allí cada uno aporta lo que tiene, lo que es y lo que sabe. Desde las tradiciones y valores que ha traído de su lugar de origen a sus trucos para subsistir en el callejero parisino.

Una ciudad en la que Momo, así es como le gusta a él que le llamen, se desenvuelve sin pudor, conociendo por sí mismo el mundo que le rodea, sin haber sido antes instruido por sus mayores y ayudándose para ello únicamente de los conocimientos que ya tiene, de los descubrimientos que realiza y de lo que aprende escuchando a los demás. Un variado panorama de situaciones –la convivencia en el piso y en el edificio, encuentros a pie de calle o en vías más lejanas, de día y de noche- que Romain Gary teje con precisión y detalle, pero siempre desde un lado humano, cercano al corazón, a la vivencia, a ese tesoro que son las emociones para aquellos que no tienen ni aspiran a nada en lo material. Un mapa en el que se mira al mundo con los ojos bien abiertos a pocos palmos del suelo y se ve que la vida es una combinación de amor, convivencia, respeto a los mayores, referentes culturales, enfermedad, deseo de pertenencia y aceptación de la muerte.

10 novelas de 2016

No todas fueron publicadas este año, algunas incluso décadas atrás, pero casi todas ellas tienen el denominador común de contar con protagonistas deseosos de comprender qué está pasando a su alrededor y de buscar ese punto, ya sea un lugar o un tiempo, en el que diferentes maneras de entender la vida puedan convivir pacíficamente.

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“Para acabar con Eddy Bellegueule” de Édouard Louis. De una manera cercana, directa y clara, el joven Édouard supera las expectativas que suscitó la atención crítica y mediática que tuvo su relato cuando se dio a conocer hace algo más de un año. Esta no es tan sólo la historia de un joven homosexual en un entorno que le rechaza por su orientación sexual. Es la exposición de un mundo en el que se lucha por sobrevivir y no verse arrastrado al fondo del pozo de la dignidad humana por la ignorancia intelectual y los prejuicios culturales de aquellos con los que se convive, así como de un entorno social sin opciones de futuro.

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“Los nombres del fuego” de Fernando J. López. Dos mundos separados por quinientos años, dos protagonistas unidas por un mismo deseo vital. Una historia de intriga y misterio en un escenario habitado por personajes sólidos y completos gracias al tratamiento de igual a igual que su creador establece con ellos. Un relato protagonizado por adolescentes llenos de ganas de vivir y de deseos por cumplir, un espejo en el que pueden verse reflejados todos los públicos.

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“Algún día este dolor te será útil” de Peter CameronTener 18 años no ha sido fácil para casi nadie. Y escribir sobre ello con honestidad menos aún. Con Cameron lo primero queda bien claro. De su mano, lo segundo se convierte en una historia llena de respeto y cercanía, sin condescendencia ni juicio alguno. Algún día… resulta una lectura apasionante por su estilo directo y sin adornos y unos diálogos ágiles, frescos y prolíficos con los que nos hace llegar el conflicto que es la vida cuando no se dispone de experiencia ni de conocimientos contrastados para hacer frente ni a las interrogantes ni a las expectativas de los demás.

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“Sudor” de Alberto Fuguet. Un profundo retrato del lado más visceral de las relaciones homosexuales y una disección sin escrúpulos de la cara interior del negocio editorial en una historia contada sin pudor ni vergüenza alguna, con una prosa sin adornos, articulada y plasmada con la misma informalidad, contaminación y suciedad con que nos comunicamos verbalmente.

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“Los besos en el pan” de Almudena Grandes. La vida transcurre por las calles y hogares de esta novela con la misma naturalidad y espontaneidad que en las ciudades y pueblos que habitamos cada uno de sus lectores.  Un relato verosímil sobre la cara humana de la crisis que llevamos viviendo desde hace casi una década. Historias cruzadas que encajan con la misma fluidez con que discurren en un equilibrio perfecto entre la ficción inspirada en la actualidad y el docudrama cinematográfico.

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“A Virginia le gustaba Vita” de Pilar Bellver. El relato con el que se abría Ábreme con cuidado a principios de año crece para convertirse en una excitante novela corta. Un intercambio epistolar lleno de sensibilidad a través del cual conocer cómo vivieron estas dos mujeres el proceso de enamorarse, su materialización carnal y la, similar y a la par tan diferente, vivencia posterior del sentimiento del amor recíproco.

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“Soldados de Salamina” de Javier Cercas. La Guerra Civil que comenzó hace 80 años es un tremendo agujero negro con muchas piezas aún por conocer y conectar tanto a aquel entonces como a nuestro presente. Una de esas, la de la supuesta salvación de morir fusilado del fundador de la Falange, Rafael Sánchez Mazas, es la que despierta la curiosidad de Cercas. Investigación, periodismo y ficción se combinan, se unen y se separan en esta historia que atrae por lo que cuenta y que destaca por haber tan pocas como ella.

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“Matar a un ruiseñor” de Harper Lee. Una historia sobre el artificio y la ilógica de los prejuicios racistas, clasistas y religiosos con los que la población blanca ha hecho de EE.UU. su territorio, a través de la mirada pura y libre de subjetividades de una niña a la que aún le queda para llegar a la adolescencia. Una prosa que discurre fluida, con una naturalidad que resulta aún más grande en su lectura humana que en su valor literario y con la que Lee creó un título que dice mucho, tanto sobre la época en él reflejada, los años 30, como de la del momento de su publicación, 1960.

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“París-Austerlitz” de Rafael Chirbes. Sin pudor alguno, sin nada que esconder, sin miedo ni vergüenza, sin lágrimas ya y sin más dolor que sufrir y padecer. Un relato con el corazón crujido, la mente explotada y el estómago descompuesto por la digestión nunca acabada del vínculo del amor, del fin de una relación imposible y del recuerdo amable y esclavo que siempre quedará dentro. Una joya esculpida con palabras en ese milimétrico punto de equilibrio entre el vómito emocional y el soporte de la razón, sabiéndose preso de las emociones pero también incapaz de ir más allá del vértice del acantilado al que nos llevan.

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“La ciudad de los prodigios” de Eduardo Mendoza. Una ficción que toma como base la historia real para con humor inteligente y sarcasmo incisivo mostrar cómo hemos evolucionado y crecido en lo material, pero siendo igual de desgraciados y canallas según nos toque vivir del lado de la miseria o de la abundancia. Un gran retrato de la ciudad de Barcelona y una aguda disección de los años que entre las Exposiciones Universales de 1888 y 1929 la proyectaron hacia la modernidad en una España empeñada en no evolucionar.

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“Todo el tiempo del mundo”, todos los momentos de tu vida

Un texto que es presente, pasado y futuro, capaz de condensar todo aquello que nos ha dado carta de identidad. Las personas que nos engendraron, las que nos acompañaron a lo largo de los años y las que prorrogarán nuestro legado. Los acontecimientos que nos hicieron ser quienes somos, los que siguen provocándonos una sonrisa y los que nos ponen los ojos vidriosos. Las ilusiones de un futuro que está por venir, que ya sucedió o que estamos viviendo. Haciéndonos reír, llorar y suspirar, Pablo Messiez y sus actores logran emocionarnos  de una manera delicada y cercana, como si estuvieran estrechando su mano con la nuestra, como si nos abrazaran.

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Cuando se apagan las luces de la función y Todo el tiempo del mundo llega a su fin, el corazón se te encoge y sientes que se está acabando una ilusión que a diferencia de lo habitual, no te ha trasladado a una fantasía, a una irrealidad. A donde descubres que te ha llevado es a tu interior, a ese punto único de tu corazón donde confluyen todas las conexiones que te hacen ser quien eres. Un viaje de algo más de hora y media que se me asemeja a ese instante anterior a la muerte en el que dicen que pasan por delante de ti los grandes momentos de tu biografía. Pues de manera parecida, pero homenajeando la sensación y las ganas de sentirse vivo es esta obra, un espejo que te pone frente a frente con tu propia vida, con tus sueños, tus esperanzas y tus anhelos, pero también con tus miedos, tus incomprensiones y tus incapacidades.

Te hace mirar de manera amable y cercana a aquel que fuiste ayer, al que querías ser hoy y al que esperas llegar a ser reconocido algún día, no solo por los que hoy te rodean, sino por aquellos que quizás aún no conoces. Una explosión emocional, pero no a la manera de un tobogán o una caída libre, sino controlada y delicada. El texto y la dirección de Pablo Messiez son un compañero de viaje –que resultas ser tú mismo- que te lleva de la mano para que te relajes, dejes a un lado prejuicios, máscaras, corazas y demás quimeras y te entregues al viaje interior que lo que estás viendo y escuchando te invita a realizar y que gustosamente aceptas y llevas a cabo.

En el escenario se escenifica una zapatería, pero da igual el lugar. Podría ser este como un bar, una escuela o una consulta médica. Cada espectador lo hace suyo gracias a la magia de los textos dialogados y monologados que escucha –graciosos, emocionantes, reflexivos, inspiradores,…, ágiles, líricos, sosegados, procaces,…- y  a las entradas y salidas de escena tan bien manejadas de unos personajes cuyas interpretaciones destilan autenticidad y transmiten una humanidad que es más que teatral, es verdad.

La maternidad y la paternidad vista desde el punto de vista del nieto y del hijo convertido después en padre. El cariño transformado en amor devenido en algo que está por encima de la salud y la enfermedad, de la riqueza y la pobreza, del bien y del mal. La fuerza y las mil posibilidades de la juventud conviviendo con el sosiego y la aceptación del fin de la madurez. Todo eso es lo que Pablo Messiez expone sobre el escenario, de una manera tan sublime que hace que Todos el tiempo del mundo no se sienta como una función pensada y representada para un ente abstracto llamado público, sino de manera exclusiva y personalizada por cada uno de sus espectadores.

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Todo el tiempo del mundo, en Naves del Español (Madrid).