Archivo de la etiqueta: facebook

“Privacidad es poder” de Carissa Véliz

Hemos asumido con tanta naturalidad la perpetua interconexión en la que vivimos que no nos damos cuenta de que esta tiene un coste, estar continuamente monitorizados y permitir que haya quien nos conozca de maneras que ni nosotros mismos somos capaces de concebir. Este ensayo nos cuenta la génesis del capitalismo de la vigilancia, el nivel que ha alcanzado y las posibles maneras de ponerle coto regulatorio, empresarial y social.

El 11 de septiembre de 2001 puso sobre la mesa la necesidad de una actualización de los sistemas preventivos de seguridad para evitar atentados como los que aquel día acabaron con la vida de tres mil personas. Argumento con el que gobiernos como el de EE.UU. demandaron tener acceso a nuestros correos electrónicos, llamadas y mensajes telefónicos y cuanta transacción comercial realizáramos para, supuestamente, detectar intenciones terroristas. Al tiempo, tomaban forma compañías como Google que, tras comenzar como taxonomista de contenidos, tornó su modelo de negocio para convertirse en la mayor plataforma publicitaria del mundo y monetizar el conocimiento que obtenía de nuestros hábitos, intereses y personalidad con el uso que hacemos de su buscador.

Silicon Valley no se quedó ahí, surgieron otras empresas como Facebook y crecieron exponencialmente las maneras de obtener datos sobre nosotros. Domotizamos nuestros hogares, nos geolocalizamos a través de nuestros smartphones, compramos on line, vemos películas por streaming y manifestamos qué pensamos, gusta y desagrada a través de las redes sociales. Mientras tanto, las autoridades no hacían nada al respecto, la revolución digital era el perfecto aliado para avanzar en su propósito de controlar cuanto fuera necesario para seguir en el poder. Hasta que este tornó en su contra, como quedó demostrado en las elecciones estadounidenses de 2016, y evidenció el grave riesgo que puede suponer para la pervivencia de nuestras democracias.

En lo que respecta a nuestra cotidianidad individual, hemos comprobado cómo el progreso que conlleva esta tecnificación tiene un lado oscuro. Espían nuestras conversaciones (recuerda ese anuncio que te surgió en el navegador tras una charla informal), se nos evalúa laboral (procesos de selección) y médicamente (las compañías de seguros lo hacen) por algoritmos que tienen los mismos sesgos que las personas que quienes les programaron y se está obligando a muchas personas (he ahí los bancos con nuestros mayores) a pasar por el aro de la productividad en lugar de seguir relacionándose bajo coordenadas de diálogo, cercanía y empatía.

A pesar de todo esto, la obtención y comercio de datos sigue siendo un campo de actuación casi libre, en el que las empresas actúan impunemente por la falta de regulación y la escasa capacidad (y voluntad) de acción al respecto de las administraciones públicas. Desconocemos la exactitud de los datos que obtienen de nosotros, así como los medios que utilizan para ello, menos aún del tratamiento que hacen de los mismos, a quién se los facilitan. Lo que supone no solo un atentado a nuestra privacidad presente, sino un riesgo para nuestro futuro al no saber cómo se gestionan ni con qué fines.

Y tal y como afirma Véliz, la falta de transparencia nunca es una buena señal, no hay más que ver la creciente polarización en la que estamos sumidos y las situaciones de alto riesgo para nuestra convivencia que llevamos acumuladas en los últimos años. Por eso aboga por una regularización en la que prime la opción de ceder datos en lugar de solicitar que no se nos tomen, en la imposibilidad de poder utilizarlos para diseñar publicidad hiper personalizada, en no poder tomar más que aquellos estrictamente necesarios para fines tecnológicos y solo durante un tiempo limitado. En definitiva, hacer del mundo digital un entorno seguro en el que podamos movernos con el mismo anonimato y certezas que en el físico o presencial.

Privacidad es poder, Carissa Véliz, 2021, Editorial Debate.  

Privacidad, falsedad y manipulación: el otro lado de la transformación digital

La revolución tecnológica en la que estamos inmersos ha metamorfoseado de tal manera las funcionalidades con que resolvemos nuestras necesidades diarias que no parecemos ser conscientes del cambio sistémico en el que estamos inmersos y de sus consecuencias. La evolución es positiva si nos beneficia a todos, algo que impide el modelo de negocio de las redes sociales, los usos inapropiados de la inteligencia artificial y la falta de debates éticos sobre los límites a establecer. Estos documentales de Netflix, HBO, Filmin y RTVE nos invitan a reflexionar sobre ello.

The perfect weapon (2020, HBO). ¿Cuánto pueden llegar a afectarnos los fallos en ciberseguridad? Tanto o más que la destrucción física, por eso las guerras hoy en día se juegan también en esa dimensión. La amenaza es dejarnos sin fondos económicos, dinamitar el funcionamiento de las infraestructuras más básicas o apretar el botón de stop en la operativa de cualquier industria o empresa en cualquier punto del mundo. No es una fantasía, es algo que ya ha ocurrido en un sinfín de lugares auspiciado tanto por gobiernos y servicios secretos, como por delincuentes aventajados en el uso de las nuevas tecnologías.

Posverdad: desinformación y coste de las fake news (2020, HBO). La intensidad, insistencia y eco de las mentiras puede ser tal que no solo oculte la verdad, sino que genere movimientos e iniciativas sociales que atenten contra la integridad y estabilidad de nuestras democracias. La realidad es que la falsedad nunca es producto del error o el desconocimiento, sino que está concienzudamente preparada y transmitida para generar desconcierto y polarización. Un ruido que, mientras entretiene y separa a los que se lo creen y a los que son víctimas de sus ataques verbales y físicos, es utilizado por sus organizadores para asaltar el poder político, mediático y económico.

Sesgo codificado (2020, Netflix). ¿De verdad los algoritmos son justos y neutrales, eficientes y eficaces, objetivos y asertivos? Los hechos nos demuestran que no, que están contagiados de los mismos prejuicios que los seres humanos. A fin de cuentas, son diseñados por personas, lo que hace que su funcionamiento y rendimiento estén teñidos por los mismos filtros, asunciones, inexactitudes y disfunciones que las decisiones humanas. Algo que, por norma, discrimina a quien no cumple el prototipo mayoritario marcado por la raza blanca sobre las demás, la heterosexualidad ante otras orientaciones sexuales u otros aspectos como la edad, el origen étnico o hasta el lugar de residencia. 

El gran hackeo (2019, Netflix). Disección del escándalo de Cambridge Analytics con el que quedaron claras dos cosas. El propósito de Facebook no es facilitar la comunicación entre personas sino obtener el mayor número de datos de sus usuarios y monetizarlos cuanto le sea posible, sin hacer caso a regulaciones ni a planteamientos éticos. Y que Donald Trump se sirvió de ello para manipular, engañar, violentar y radicalizar cuando pudo al electorado norteamericano para ganar las elecciones presidenciales de 2016. La consecuencia, un punto de no retorno del que tomar nota para no dejar que esto se convierta en norma.

El dilema de las redes sociales (2020, Netflix). ¿Cuán espontáneo y orgánico crees que es tu muro de Facebook o Twitter? No tanto como supones. ¿Qué determina lo que ves y en qué orden? Alguien que no eres tú. A partir del análisis de tus interacciones (me gusta, comentarios o click en un link) se te ofrecen contenidos alternativos que tienen como objetivo alimentar tu curiosidad y perpetuarte ante la pantalla o, peor aún, presentarte una visión de los asuntos que te atraen, interesan o preocupan acordes a tus sesgos con el fin de exaltarte o radicalizarte. El riesgo es que acabes teniendo una imagen del mundo no solo falsa, sino enfrentada con quien no la comparta.

I.nmortalidad A.rtificial (2021, Filmin). ¿Te imaginas crear un avatar o un androide que almacene todos tus recuerdos para que el día que no puedas comunicarte, o fallezcas, tu hijos y nietos puedan seguir relacionándose contigo? El punto de partida es registrar nuestras facciones, el tono de nuestra voz y los momentos, impresiones y sensaciones de nuestra biografía a partir de fotografías, vídeos, perfiles sociales y demás. A partir de ahí, la inteligencia artificial las interpretaría de manera que nuestro alter ego digital interactuaría con quien se situara frente a él respondiendo de manera análoga a como lo haríamos nosotros y haciéndole sentir que puede seguir contando con nosotros. Un medio de mantener viva la conexión de las futuras generaciones con su pasado, pero también, quién sabe, un riesgo de que la ciencia ficción en que la máquina supere al hombre, y se haga dueño y señor de su destino, se haga realidad.

Justicia artificial (2022, RTVE). ¿Aceptaríamos ser juzgados por un sistema de inteligencia artificial? ¿Confiamos en que vaya a ser justo y que sepa interpretar no solo la ley sino también el rol que tienen las emociones y las motivaciones -diferenciar entre error, despiste e intención- en su incumplimiento? Cuestiones que se añaden a la duda sobre la imparcialidad de los algoritmos y el desconocimiento de quiénes están tras ellos y los criterios que siguen para su diseño. Sin olvidar un asunto importante, si estos se fundamentan en el análisis del pasado, ¿cómo seríamos capaces de imaginar o visionar escenarios futuros a partir de la experiencia? (Link)

Cryptopia (2020, Filmin). ¿Son las criptomonedas el futuro de nuestras finanzas y la base sobre las que se sustentarán las transacciones económicas en el medio plazo? ¿Quiénes están tras ellas? ¿No supondrán realmente un trasvase de un modelo de regulación establecido por estados a otro controlado por determinadas personas físicas? A su vez, la tecnología blockchain promete descentralizar internet y devolver su control a cada uno de sus usuarios, dejando atrás la etapa de oligopolio de grandes compañías con un modelo de negocio fundamentado en la obtención y monetización de nuestros datos. ¿Utopía o vuelta de tuerca?

“Manipulados: La batalla de Facebook por la dominación mundial” de Sheera Frenkel y Cecilia Kang

Investigación periodística que abarca desde la génesis de la compañía hasta su papel protagonista en la polarización de la opinión pública a nivel mundial. Entrando en el detalle, en los objetivos perseguidos por Marck Zuckerberg, los argumentos utilizados para justificar sus decisiones y las coordenadas políticas en que ha medrado para conseguir sus pretensiones. Un trabajo que nos advierte del extraordinario poder que proporciona la tecnología, sobre todo cuando no es bien gestionada.

El culmen fue el 6 de enero de 2021. Ese día Twitter y Facebook bloquearon las cuentas de Donald Trump. El uso que el presidente saliente de EE.UU. estaba haciendo de las redes sociales era la última muestra de que estas eran utilizadas para un fin completamente opuesto a su publicitada misión social, facilitar la comunicación entre personas de todo el mundo. Quien se suponía el máximo garante de la democracia de la primera potencia se estaba sirviendo de ellas para socavarla. Sin embargo, lo que ocurrió no era algo acotado a una persona, un momento y un lugar. Era la norma de en lo que se había convertido la plataforma Meta, con su marca más conocida a la cabeza, Facebook, y también propietaria de Instagram y Whatsapp. Una herramienta con la que se engaña y manipula, enfrentando y polarizando hasta límites insospechados con consecuencias sistémicas potencialmente irreversibles.

Tal y como Frenkel y Kang exponen en una redacción ordenada, sustentada en hechos públicos y opiniones privadas, era algo que se veía venir por la evolución de su modelo de negocio, las contradicciones entre su proceder y sus supuestas políticas internas y la incapacidad del marco normativo, con la aquiescencia de parte del espectro político, para ponerle coto. Las evidencias eran claras, la manera en que durante años había acumulado datos de sus usuarios valiéndose de los subterfugios de la letra pequeña de su política de privacidad, permitiendo una microsegmentación que después se vendía a cualquier entidad, como los bots rusos que se sirvieron de ella para intervenir en contra de Hillary Clinton en las elecciones presidenciales de 2016.  

De mar de fondo una serie de cuestiones que Zuckerberg y su empresa han utilizado a su favor y que me hacen acudir a otros autores. En primer lugar, la fricción entre la globalidad económica y tecnológica y las fronteras geopolíticas. Tal y como señalaba Eric Hobsbawn, los estados tienen que ser más rápidos y hábiles estableciendo los mecanismos que hagan que el poder que albergan algunas corporaciones con dimensiones planetarias no vaya en contra del interés común. Algo que pasa, sin duda alguna, por revertir la prioridad de la productividad y la maximización de la cuenta de resultados del neoliberalismo que nos gobierna.

A continuación, lo señalado por Frédéric Martel, la diferente aproximación al sector de las autoridades norteamericanas y las europeas. Facebook, Twitter o Google son empresas de contenidos, de generación y transmisión de información, y no solo plataformas tecnológicas, y como tal deben ser reguladas y supervisadas. Quizás sea esta la manera de evitar que se conviertan en el medio con el que consolidar la involución democrática que gobernantes y cargos públicos de distintas partes del mundo, incluida España, están intentando desde hace años, según denunciaba recientemente Anne Applebaum. Presunción con la que coinciden las dos periodistas de The New York Times, responsables de este interesante ensayo.

Manipulados: La batalla de Facebook por la dominación mundial, Sheera Frenkel y Cecilia Kang, 2021, Editorial Debate.

“Smart. Internet(s): la investigación” de Frédéric Martel

Han pasado varios años desde la publicación de este ensayo, pero está bien volver a él para comprobar lo mucho que acertó su autor en su previsión sobre el futuro de la red. Plataforma global, pero contenidos parcelados en función de coordenadas políticas, lingüísticas y personales y un futuro en manos de quienes inviertan en su innovación, en su desarrollo tecnológico y en resolver las complejidades legales asociadas a ella.  

La consolidación de internet parecía que iba a acabar con todo, con los libros en formato impreso, con las reuniones presenciales en lo empresarial y con algo tan cotidiano como ir al supermercado. Cierto es que no ha supuesto el punto de no retorno que algunos pronosticaban, aunque sí una importante inflexión tras la que ya nada es igual, pero teniendo en cuenta que hay un elemento inalterable, la necesidad humana de comunicarnos y de compartir nuestras vivencias y necesidades con aquellos que sentimos cercanos o parte de nuestra comunidad.

Y esto, cuando se trata del alcance y las posibilidades de la red, implica condicionantes como compartir idioma y cultura (no solo en términos de valores sino de maneras de funcionar) o, incluso, estar en el mismo huso horario. Circunstancias que mitigan, o incluso anulan, el efecto tabula rasa que algunos temían causaría el dominio internauta del neoliberalismo norteamericano. Por lo pronto, señalar que hay zonas del mundo que no comparten nuestro internet, he ahí países como China, Rusia o Irán que han creado sus propios modelos, con sus correspondientes sistemas de supervisión y censura, con los que mantienen y acrecientan el control político sobre su territorio y su población.

Por otro lado, las telecomunicaciones no han dejado de ofrecernos nuevas posibilidades. En poco tiempo los smartphones se han convertido en poco menos que asistentes personales resolviéndonos multitud de cuestiones. Una labor en la que colaboramos permitiéndole a las empresas titulares del acceso que hemos contratado, de las apps que nos hemos descargado y de las webs que consultamos, conocer nuestra geolocalización en tiempo real y disponer de la información que encriptan las cookies a las que damos ok diciendo qué buscamos, qué nos gusta y qué no, qué preguntamos, cuánto tiempo le dedicamos, en qué momento del día.

Asunto que pone el foco en el uso que hacen de nuestros datos empresas como Google, Facebook, Twitter o Amazon. Interlocutores ante los que EE.UU. y Europa parecen tener posicionamientos distintos -libre competencia vs. privacidad de los usuarios-, también cuando se entra en cuestiones como la fiscalidad -tributar en el lugar de origen o allí donde se factura- y los dictados de propiedad intelectual que han de cumplir. Asuntos de gran importancia tanto para el comercio mundial como para sectores como el de la cultura que se han visto profundamente transformados por formatos como el streaming y la suscripción, haciendo que sus creaciones pasen de ser productos (libro, cd o dvd) a también servicios y contenidos (como sucede igualmente en los medios de comunicación).

Una verdadera revolución tras la que está una forma de trabajar en un lugar en el que todo el mundo pone sus ojos, Silicon Valley, deseando conseguir sus logros allí desde donde es observado. Se habla de smart cities, viveros de empresas o hubs digitales, pero muchos fallan por la rigidez con que son concebidos por las administraciones públicas, la insuficiente preparación de sectores colaterales como el de la educación o su contexto, falto de empuje en prácticas como la del emprendimiento o de un sector privado en el que escasean los inversores con visión de futuro.

Tras la sociedad de la información vino la del conocimiento. ¿Y después? No estaría de más que Frédéric Martel volviera a recorrer el mundo y entrevistara a toda clase de perfiles del sector -empresarios, ingenieros, inversores, reguladores, usuarios…- para dilucidar cuál será el siguiente estadio de nuestra evolución tecnológica y vislumbrar las oportunidades que ésta nos deparará.

Smart. Internet(s): la investigación, Frédéric Martel, 2014, Editorial Taurus.

Miss Beige se lanza a las calles

Un personaje llegado del cielo con gesto adusto y mirada incisiva nos planta cara poniendo el foco en cuestiones absurdas de nuestro mundo, destacando los prejuicios machistas y evidenciando banalidades varias de la modernidad inteligente en las que nos creemos vivir. Anacrónica e inquietante en su apariencia, pero certera e incisiva en su relato.

La familia no se elige, 2017.

Allí donde fueres haz lo que vieres. O no. Basta ya. Algo así debió pensar Ana Esmith (Madrid, 1976) cuando a la hora de concebir la imagen e identidad, la apariencia y la actitud de una personalidad como la de Miss Beige y darle rienda suelta performativa, decidió prescindir de cuántas características se le exigen a un arquetipo femenino. No es esposa ni madre ni superheroína. Los mal pensados se plantearán su orientación sexual, pero la pregunta no tiene respuesta, no es asunto de ellos. No tiene tipazo y si lo tiene no lo muestra. La moda no es lo suyo. No viste prêt-à-porter, ni tendencias de temporada ni un fondo de armario, sino un modelito cualquiera que encontró en el rastro de Madrid con el único fin de cubrir su anatomía y pasar lo más desapercibida posible.

No me gusta destacar, 2018

Ha habido posibilidades de encontrársela en ferias y festivales, en la playa de Benidorm congeniando con sonrosados guiris o llevando la glovolización hasta lugares recónditos de la España vacía. Estos días recibe con actitud entronizada a quienes quieran conocerla en la galería Ponce+Robles. Desde un pedestal tan deliberadamente ambiguo como su mudez y la imaginación a la que incita por el aturdimiento que provoca su silencio y la fijación de su retina en la tuya. ¿Será la distancia de seguridad que manda la pandemia? ¿Será el perímetro de terreno propio que exige toda estrella? ¿Será un truco para elevarse conceptualmente? ¿O un recurso sin más como tantos otros que conlleva el lenguaje expositivo?

A su alrededor, un vídeo que recoge algunas de sus acciones artísticas y fotografías en la que su ironía subraya cómo el heteropatriarcado acampa en nuestras calles en forma de sucias pintadas reproductoras de eslóganes patéticos; en símbolos de dimensiones hiperbólicas que las excelencias políticas que nos gobiernan consideran iconos de nuestro tiempo y legados para la posteridad de su gestión; y en frases de autoayuda que condenan y enervan más que apoyan.

Twenty 4 Seven, 2018.

Aunque su rictus parezca un tres en uno en el que confluyen el del ama de llaves de Rebeca, la mujer del leño de Twin Peaks y una ferviente y convencida creyente a pies juntillas de los principios del nacionalcatolicismo, Miss Beige, color anodino donde lo haya, también tiene sentido del humor. La literalidad de nuestro idioma y el costumbrismo vintage de nuestro imaginario visual dan en la mente de Ane Smith para mucho. Su dominio del arte de la mofa, la juerga, la sorna y la burla le permiten conseguir resultados que parecen un punto de encuentro, sin pudor ni vergüenza, entre una greguería y un esperpento. Su ingenio e inteligencia hacen que su criatura le trascienda, como si se tratara de un spin-off de sí misma, una nivola unamuniana que ha superado sus expectativas y propósitos. Estemos atentos a sus cuentas en Facebook e Instagram. Quién sabe hasta dónde llegará, a quién hará partícipe de sus impulsos y qué más hará objetivo de la acidez y la sentencia de su mirada.

‘Miss Beige: Taking The sTreeTs’, Ana Esmith, en Ponce+Robles (Madrid).

“El milagro” de Ariel Kenig

Una fábula sobre el papel que las redes sociales, los medios de comunicación y el poder de las imágenes tienen hoy en día. Una muestra de lo unidas, mezcladas y revueltas que están política, sociedad y tecnología en nuestro modelo de sociedad, tanto que no sabemos cuánto hay de fachada y cuánto de verdadera experiencia en lo que vivimos. Una narrativa fácil, recurrente por momentos, más cercana a la escritura automática que a la expresión literaria como medio de reflexión y exposición.

ElMilagro

Una catástrofe natural en una isla brasileña, una noticia que dice que una de las personas que se libró de milagro de la catástrofe fue el hijo del presidente Sarkozy y unas fotos que hasta ahora nadie ha visto y que demuestran que él no estaba allí. En torno a estos tres elementos pivotan una serie de acontecimientos a través de los cuales Ariel reflexiona sobre tres cuestiones. La primera es el uso personal que hacemos de facebook (o de cualquier otra red social). La segunda dónde se ha quedado el ejercicio de la objetividad y de la edición en la profesión periodística ante la inmediatez que exigen sus formatos online. Y por último, dónde está el punto en el que dejamos de ser como éramos –sin móviles, sin geolocalización- para comenzar a ser quienes somos  hoy –con cientos de amigos, encuentros virtuales  y comentaristas y opinadores de todo-.

Un relato en primera persona sobre la consecución –y puesta a disposición de los medios- de un material cuyo supuesto interés mediático se debe más a su morbo que a su contenido informativo.  Un claro ejemplo de la vacuidad que nos mueve, pero de la que somos también responsables por alimentarla en un sinfín del que parece que no hay manera de escapar. Como las noticias que se nos ofrecen carecen de interés real, no les dedicamos más que unos segundos de atención; pero sucede que como no somos capaces de fijar nuestra atención en un tema más que unos segundos, da igual lo que nos propongan, lo ingerimos todo de manera bulímica.

Así es como vamos pasando de una pantalla (teléfono, tableta, ordenador) a otra, de unas personas a otras, sin tener claro por qué o para qué lo hacemos, si estamos construyendo algo con ellas o si nos utilizamos mutuamente para evitar el silencio, ese monstruo que casi todos llevamos dentro, la soledad, el gran vacío interior.

Podría parecer que El milagro pretende ser una ficción con notas de análisis sociológico o crítica de nuestro presente, pero la gran paradoja es que ese tono de ligereza y superficialidad que expone, es también el de su narración. Kenig pasa de unas situaciones a otras sin un claro hilo conductor, como si fuese una cuestión de azar, de dejarse llevar, sin responder a un criterio u objetivo concreto. Su propuesta resulta ser el más claro ejemplo de lo que se relata en sus páginas, quizás espera que sus lectores sean como los parisinos con que se cruza en sus páginas, hedonistas, conformistas y acríticos. Una fachada tras la que no hay más que un gran vacío sin estímulo literario alguno.

Aspirante a referente cultural: el Museo Mohammed VI de Arte Contemporáneo de Rabat

El arte es expresión para el que lo realiza y reputación para el que lo financia, también es identidad para los coetáneos a ambos. Un cúmulo de estos tres aspectos resulta ser el que es el primer museo de arte moderno tanto de Marruecos como de África.

IMG_20141227_095419

Con el nombre del monarca vigente formando parte de su propia denominación queda claro uno de los objetivos de esta institución inaugurada el pasado 7 de octubre, ensalzar la figura del actual regente de la casa alauí como hombre moderno, preocupado por las inquietudes de su pueblo y promulgador del diálogo libre y crítico. Ese que promueve el arte más actual y no siempre tan correcto y apropiado como pueda ser el del círculo institucional y diplomático en el que Mohammed VI desempeñe su labor como monarca. Su pose occidental descorbatado en la retrato oficial con que preside distintos lugares del museo podría darnos esa impresión.

¿Qué ha llevado a Marruecos a crear este museo? Quizás sea el espíritu de mecenazgo de su rey y su visión de la cultura como motor de progreso y crecimiento de su pueblo, quizás la estrategia que el mismo puso en marcha para evitar que la primavera árabe de 2011 calara en el país (reforma constitucional y elecciones con un sistema más transparente fueran dos de las medidas que recogen las hemerotecas). O a lo mejor se han unido las dos cuestiones para dar forma a este nuevo foco cultural ya que sus obras se extendieron según la agencia EFE a lo largo de toda una década.

Cien años de creación (1914-2014)

Este es el título de la muestra inaugural con la que los visitantes pueden conocer lo que se presenta como lo más representativo del arte del país en el siglo que va desde poco después del inicio del protectorado español y francés (1912) hasta hoy. Un siglo en el que se ven las mismas corrientes que en el arte occidental: realismo, expresionismo, abstracción, naif, simbolismo,…, tratando toda clase de temas: retratos, paisajes, escenas costumbristas e históricas, conceptualizaciones,…, en soportes que van desde el tradicional óleo sobre lienzo a las técnicas mixtas también en pintura, la escultura con múltiples materiales, la video creación y el vídeo como testimonio documental de performances, las instalaciones o la fotografía.

obra2 obra3

El recorrido expositivo resulta estéticamente evolutivo con una muy bien resuelta museografía (espacios, iluminación y diseño del recorrido) que comienzan en la planta 1, para seguir en la 0 y acabar de manera rompedora en la -1, en el parking. Ahí es donde se encuentran las obras más actuales, en un espacio que parece más de feria de arte que de museo, no quedando claro si es una elección a propósito para conseguir más impacto –instalaciones a partir de basura, corazones esculpidos con vidrios rotos o wc’s floreros como espacios pop tridimensionales- o por haber sido un discurso elaborado cuando los espacios museísticos ya estaban ocupados.

salaparking

En cualquier caso, considerando por méritos propios esta última parte, la selección resulta muy interesante, provocando para el neófito en el arte marroquí –valga como referencia que no incluyo ningún nombre por serme todos desconocidos- continuamente una serie de preguntas: ¿Cuánto hay en los artistas expuestos de inspiración autóctona y cuánto de influencia exterior? ¿Lo expuesto es arte que se pueda adjetivar como nacional, occidental o universal? Y sea cual sea el término elegido, ¿qué hace que sea así? ¿Visto desde aquí –Rabat, Marruecos- dónde está el límite entre lo que es costumbrismo y lo que es exotismo? ¿Bajo qué ojo ve un marroquí a sus antepasados retratados por Delacroix? ¿Qué papel ha jugado el devenir de la historia nacional –influencia ambiental o discursos pautados- en el desarrollo de la expresión artística?

obra1

El edificio

El MMVI (acrónimo de Musée Mohammed VI) recibe a sus visitantes (de 10:00 a 18:00 y gratuitamente) en un edificio de nueva planta y de arquitectura evocadora de la tradición musulmana: decoración de formas geométricas y juegos de luces, invisibilidad del interior desde el exterior y espacios diáfanos en las tres plantas de su interior articulados en torno a un patio central que actúa como centro de recepción y punto informativo. En su planta 1 parte del recinto queda reservado para las oficinas de administración y dirección, y en la 0 en el momento de mi visita –mañana del sábado 27 de diciembre- el auditorio estaba ocupado por una instalación, la cafetería cerrada y la librería parecía más un almacén lleno de cajas por volúmenes esperando a ser dispuestos donde corresponda ya que las estanterías se veían ya ocupadas con aire de biblioteca por títulos de aire más o menos enciclopédico sobre Picasso, Gilbert & George o Gauguin, entre otros muchos.

En el mundo virtual impresión semejante de continente falto de contenido, www.museemohammed6.ma no deja de ser breves textos informativos sin ofrecer imagen o documento descargable alguno. En las redes sociales, el perfil del museo en facebook recoge en su muro tanto actualidad propia como cultural nacional y uno de sus álbumes de fotografías es “fotos subidas con el móvil”, twitter se nutre principalmente de RT’s –en diciembre solo cuenta con tres tuits originales-, y en instagram la mitad de sus 16 imágenes son sobre instalaciones o momentos de trabajo audiovisual.

El futuro

En su time-line de twitter el MMVI daba el 2 de diciembre las gracias a las 44.000 visitas recibidas hasta entonces. El tiempo dirá si esa es una tendencia, un referente anhelado por no haber sido capaz de mantenerlo o el punto de partida sobre el que el primer museo de arte moderno de Marruecos y Africa seguirá creciendo.

Estadísticas aparte, está claro que la cultura es hoy una clave de identidad no solo antropológica y social, sino también política. Más en los tiempos actuales donde las infraestructuras culturales y su programación son también una herramienta turística –y por tanto de actividad económica- y de imagen de las ciudades y países que las acogen. He ahí ejemplos ya consolidados como el fenómeno Guggenheim de Bilbao, el polémico futuro Louvre de Abu Dhabi o las recién inauguradas en Astaná, la capital de Kazajistán. Queda por ver si este museo y otras instalaciones por venir situarán a Raba no solo en el plano internacional, sino también en el nacional –donde de momento solo aparece en el político por ser la capital- como foco cultural frente a la histórica Fez, la económica Casablanca y la turística Marrakech.

(Imágenes de las obras tomadas del perfil de Facebook del MMVI por no estar permitido realizar fotografías en su interior).

Reflexionando sobre el uso y papel de Internet: “Memecracia. Los virales que nos gobiernan” de Delia Rodríguez

Memecracia-Delia-Rodriguez-195x300

Meme… ¿qué? Aunque no lo sepas, recibes, utilizas y transmites muchos memes, muchas “ideas que saltan de mente en mente”, tal y como define este concepto la periodista Delia Rodríguez. En las 200 páginas de este ensayo su autora nos explica cómo esta es una conducta propia del ser humano que ha evolucionado a lo largo de la historia de manera paralela al hombre, hasta llegar al momento actual de aparente derrota intelectual frente a ellos. “Cómo las ideas contagiosas usan internet para manipular tu mente”, es el clarificador subtítulo este libro.

En su bien planteada exposición, Delia muestra como hasta hace unos años, apenas unas décadas, hemos vivido en sistemas verticales, jerárquicos, donde los valores, las ideas y los referentes solían establecerse en la cúspide del sistema (histórico, cultural, social y geográfico) en el que hubiéramos nacido y transmitirse de ahí hacia abajo. Sin embargo, hoy parece que todo ha cambiado. En el mundo de internet, y más aún con la llegada del 3G y los smartphone, la información viene de todos los frentes, sin jerarquía, aparentemente sin principios ni objetivos claros, han desaparecido los filtros profesionales (y éticos) que los medios de comunicación practicaban –en parte por su inadaptación al nuevo entorno tecnológico e informativo, y aumentado además por la crisis al que este les ha llevado.

Con muchos y muy claros ejemplos “Memecracia” responde a la pregunta de qué son los memes. Son los vídeos que nos enviamos unos a otros todos los días a través de whatsapp porque queremos que nuestros amigos vean lo mismo que nosotros, los mensajes con los que hacemos copiar y pegar avisando de que hotmail va a ser de pago, los sms o perfiles en Facebook o Twitter que nos convocan a manifestaciones políticas, los montajes fotográficos que parodian a personajes populares tras cualquier acontecimiento de mayor o menor –hasta ninguna- trascendencia,…

Como experimentada profesional en redacciones digitales y con el criterio que aportan más de diez años de investigación y vivencia del mundo internet, Delia Rodríguez expone cómo nacen los memes y qué hace que tengan éxito. Para ello analiza distintos casos en los que puede deducirse que surgen generalmente de manera intencionada a partir de la disculpa de sucesos espontáneos, generalmente de cabezas que tienen una intención subjetiva –sea por interés propio, corporativo o ideológico- y no de transmitir información objetiva, sino de generar estados emocionales con objetivos diversos: recaudar dinero, conseguir fama, hundir o ensalzar una reputación,…

“Memecracia” es una sesuda y trabajada reflexión, incitadora al debate, sobre el momento actual en el que vivimos inundados de información de todo tipo (relevante e irrelevante) y el papel y las consecuencias que este entorno –del que cada uno de nosotros somos tanto receptores como creadores- tiene para la convivencia colectiva y el desarrollo y progreso humano.

(imagen tomada de delia2d.com)