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“Autorretrato de un macho disidente” de Octavio Salazar Benítez

Parar y valorar donde se está. Ponerse frente al teclado o ante el cuaderno de notas y hacer balance del recorrido vital transitado para disponerse con serenidad ante el futuro. Aprender de lo experimentado para sacarle aún más y mejor jugo a lo que esté por llegar. Una autobiografía formada por un conjunto de pasajes relatados con una prosa de tintes poéticos en la que lo trascendente se combina con lo efímero y las arrugas y las cicatrices, tanto físicas como espirituales, con las sonrisas y las satisfacciones.   

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Ayer hijo y en la actualidad padre a mitad de camino de dejar de ser un cuidador diario para convertirse en un referente de su hoy vástago adolescente. Tiempo atrás un marido heterosexual que cumplía con el canon androcentrista exigido por nuestro modelo de sociedad y hoy la mitad de una pareja homosexual que vive su afecto creando sus propias reglas. De ejercer como profesor con americana y corbata que sigue el curriculum formativo que marca la Facultad de Derecho en la que investiga y ejerce como docente a ser un hombre académico que viste vaqueros y comparte impresiones, reflexiones y vivencias personales con sus alumnos. Hasta aquí el presente de un hombre que afirma que le gustan muy poco o nada las etiquetas y que afronta el futuro como una hoja en blanco, dispuesto a dejarse trasladar a donde quiera que éste le quiera llevar.

Este autorretrato es el de un niño que se crió en un pueblo de la provincia de Córdoba, pasando su infancia entre mujeres llenas de vitalidad, pero que al tiempo fueron enclaustradas por un tiempo que solo las dejaba ser hijas entregadas, madres silenciosas y esposas calladas. Un joven curioso, deseoso de conocer y de entender, estudiante aplicado que se construyó su camino vital siguiendo un guión estructurado en sus primeros capítulos por su entorno, pero que poco a poco fue siendo escrito y conducido por él mismo a golpe de impulso e intuición ante los estímulos que su alrededor –el cine, los viajes, la literatura, el mar, las personas que se encontraba,…- le ofrecía.

Un individuo que ha reflexionado e indagado dentro de sí mismo, que como nos deja ver en el relato de momentos de mucha intimidad (amorosa, afectiva, amistosa, sexual,…) ha hecho un profundo ejercicio de conciencia hasta liberarse de la máscara tras las que se escondía como resultado de su educación formal –la reglada, la de la escuela y el instituto- e informal –la que transmiten los padres, la familia, los vecinos, el barrio-. Una barrera para las relaciones plenas y sinceras y un filtro para la segregación entre hombres y mujeres, para la castración emocional de los primeros y la discriminación machista de las segundas. Octavio ha llegado a un estadio de consciencia en el que es capaz de ver muchos de los registros, comportamientos y actitudes que nos parecen inocuos, libres o espontáneos, pero que son en realidad resultado del artificio conductual en el que llevamos sumidos desde el principio de nuestra especie.

Ante esta desigualdad generadora de frustraciones y sufrimiento, su respuesta y plan de acción, personal y político, es el del feminismo. Una actitud, unos valores y una manera de vivir que van más allá de la igualdad real entre hombres y mujeres y que constituye un cambio radical en la forma de reconocernos, contemplarnos y relacionarnos entre todas las personas, independientemente de nuestro género u orientación sexual.

Una propuesta que Octavio expone tanto teórica –con una narrativa clara, casi contundente- como prácticamente –a través de su propio ejemplo, relatándolo con una prosa que adquiere entonces tintes poéticos- con un resultado tan directo y expresivo como su propio título, Autorretrato de un macho disidente.

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“Vueltas al tiempo” de Arthur Miller

No son estas una memoria al uso. No es un relato cronológico cargado de fechas, lugares y nombres. Es más bien una reflexión sobre los principios que guiaron a Arthur Miller en cada momento y faceta de su vida en una dicotomía continua entre el pensamiento y la acción, los valores teóricos y la realidad práctica, sus circunstancias y deseos y el intento de imposición del entorno. Décadas de un escritor que son también las de un ciudadano político, empeñado en comprender cómo funciona el mundo.

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Arthur Miller tenía ya 73 años cuando publicó esta autobiografía en 1988. Para medio mundo era el fantástico dramaturgo que había escrito textos tan impactantes como Las brujas de Salem, El precio o Después de la caída. Para los amantes del cotilleo cinematográfico, uno de los ex maridos de Marilyn Monroe. Y para los estudiosos de la reciente historia americana uno de los muchos acusados de comunismo por el obsesivo senador McCarthy a principios de la década de los 50. Todos ellos encontrarán respuestas en este volumen que es también una demostración de la profunda, detallada e introspectiva prosa que tenía este autor cuando optaba por escribir narrando en lugar de dialogando.

Miller rememora su niñez como si fuera una secuencia cinematográfica encuadrada desde el suelo, el plano subjetivo desde el que se percibe lo que sucede a tu alrededor cuando apenas llegas a la cintura de tus progenitores. Una familia judía, emigrante del Este Europeo que tras el crack del 29 recordaría el pasado como un tiempo de holgura económica perdida y oportunidades empresariales –haber invertido en la 20th Century Fox- no aprovechadas. Los desesperantes años 30 marcaron el carácter de un joven que quedó impactado por la dificultad de encontrar un puesto de trabajo, lo que una vez conseguido, y tras muchos meses de ahorro, le permitió acceder a la educación universitaria. Años de pesimismo y de debacle social que EE.UU. pareció olvidar con la sobredosis de exacerbado patriotismo que supuso su liderazgo del bando aliado en la II Guerra Mundial.

Tras el conflicto comenzó la gran crisis ideológica. El capitalismo occidental había hecho, hasta entonces, del comunismo soviético su aliado, pero en ese momento comienza a ser visto como el nuevo enemigo y convertido, por obra y magia de la manipulación, en la gran amenaza, no solo bélica y política, sino también social. Por su parte, la URSS traicionaba a los que, como Miller, habían creído en ella y en su supuesto sistema de equidad para todos sus ciudadanos. Así fue como la locura conservadora del McCarthismo se ensañó especialmente con personalidades como la de este autor, empeñado en denunciar las desigualdades, pero al tiempo, viéndose defraudado por aquellos referentes que le habían valido para conformar su pensamiento.

El creador de La muerte de un viajante contaba para entonces con el favor del público que frecuentaba los circuitos teatrales que hoy llamaríamos off, pero no así el de la gran crítica –esa que seguía lo que marcaba el New York Times– y de los empresarios, que casi siempre pusieron frenos a sus obras por temor a que no fueran comerciales. Una falta de sensibilidad y miras culturales que parecía ser dueña de Broadway ya en la primera mitad del siglo XX, y al que Miller acusa de ser raíz de uno de los muchos males del infantil, simple y pacato pensamiento de buena parte de los norteamericanos.

Muchos de estos le descubrieron cuando él quedó prendado de Marilyn Monroe y comenzó a entender que la vida y el matrimonio tenían que ser más un carpe diem que un contrato indisoluble hasta el fin de la vida terrenal. Sin embargo, el vínculo que comenzó como un alivio de las inquietudes de cada uno no se sostuvo con el tiempo. La supuesta medicina que se proporcionaban recíprocamente resultó ser un placebo que, una vez descubierto, hizo que el uno para el otro no fueran más que fuente de desequilibrio e insatisfacción, y en consecuencia, también, de dolor. Una relación que dejó muchas páginas en la prensa amarilla, más fotos aún delante y detrás de los focos y un guión y una película, Vidas rebeldes, que demuestra que la capacidad creativa de Miller llegó también al séptimo arte.

Después llegaría su matrimonio con la fotógrafa Inge Morath y el sosiego interior que da la madurez. Con ella indagaría a través de sucesivos viajes en la huella que los conflictos bélicos habían dejado en Europa y como aquellas duras lecciones eran olvidadas poco tiempo después, tal y como quedaba demostrado con las sucesivas guerras, como Corea y Vietnam, en que se involucraba EE.UU. Esta es la etapa de su vida en que dedicó aún más energía a su convencimiento de que la creación literaria es un mecanismo para plantearnos qué modelo de convivencia estamos elaborando para relacionarnos, tanto con los que comparten una manera de ver la vida similar a nosotros, como con los que lo hacen de manera diferente. Desde su cargo como Presidente de la asociación mundial de escritores, PEN International, ejerció en la segunda mitad de la década de los 60 de vínculo entre autores de diversos lugares del mundo (desde Latinoamérica a la órbita soviética) para ayudar a tender puentes para la convivencia entre la libertad, tanto personal como de expresión, y las dos ideologías tan aparentemente opuestas en que se dividía Occidente.

Quizás fue esta la máxima que siempre persiguió Arthur Miller y que plasmó de distintas maneras en las obras que escribió tanto para ser representadas en un escenario como ante un micrófono radiofónico, además de alguna novela. Textos y montajes con los que, como en Vueltas al tiempo, a través de situaciones aparentemente pequeñas –la convivencia familiar o el enfrentamiento entre lo deseado y lo conseguido- nos traslada a conflictos, realidades y aspiraciones que no entienden de lugares ni de tiempos y tras los que está el deseo humano y universal de verse libre de cadenas y de imposiciones.

 

“Los Gondra (una historia vasca)”

Una familia, un pueblo, una nación a lo largo de un siglo. Del terrorismo practicado con pistolas y silencio, a la guerra civil entre hermanos, herederos de aquellos que se fueron por haber sido considerados traidores de una patria que no sentían suya. Un texto que llega a la esencia de las relaciones familiares y sociales en un montaje coral con una buena dirección de actores al que le sobran algunos artificios de su puesta en escena.

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Borja Ortiz de Gondra abre la función desde el centro del escenario como autor, narrador y actor novel. Antes que los demás actores –que interpretan, cantan y bailan- sale él para contarnos que lo que vamos a ver y escuchar no es la historia de una familia de ficción, es la de una auténtica, la suya. Un ejercicio de autobiografía colectiva cuyos resultados seguro han asombrado a Borja en muchos sentidos. No es lo mismo la sensación interior de lo vivido, y la recreación mental de lo escuchado, que la encarnación corporal de todo esto a cargo de terceros. Seguro que ha sentido una amalgama de emociones y ha tomado conciencia de realidades que antes le pasaron desapercibidas o para las que no tuvo la fuerza o las habilidades necesarias para hacerles frente. Un arriesgado reto en el que se sumerge este hermano, hijo, nieto y bisnieto buscando en lo más actual y cercano de su familia los hilos narrativos que la conforman. Un viaje que le lleva en una primera parada a la oscuridad etarra de 1985, de ahí a la opresión dictatorial de 1940 y finalmente hasta 1898,  año de vuelta de muchos de aquellos obligados a emigrar a América en 1874.

Una boda y un coche bomba ponen de relieve los vínculos biológicos que unen a los Gondra, pero también los ideológicos que les separan. En Algorta se convive con aquel que está cercano a los que asesinan, pero se es incapaz de hacer frente a esa realidad, se sabe que está mal, pero no se actúa frente a ello. Se responde con un silencio que el tiempo ha demostrado que no era mantenerse al margen, sino una enferma y cobarde complicidad que aun pide ser expiada y expurgada.

Sombras y pasajes sin iluminación de una falsa guerra que no era como la verdadera de casi medio siglo atrás en que quedó claro donde estaba cada uno, quién apoyaba a los nacionales y quién a los republicanos, quien optó por salvar su pellejo y quién por defender su ideales y principios, jugándose la vida en el frente, en la ruleta rusa de las redadas y en el terreno sin ley de la prisión. Una guerra civil que no solo enfrentó a españoles contra españoles, sino también a vascos contra vascos y a hermanos contra hermanos. Un conflicto del que no se podía escapar, o demostrabas cumplir las normas y hábitos del bando vencedor, o estabas condenado a castigo perpetuo. Una broma macabra que volvía a repetirse, la apisonadora del Estado centralista ya había intentado acabar con el sentido colectivo de las gentes de esta tierra bajo la excusa de haber optado por el bando equivocado en el momento de la sucesión monárquica (carlistas vs. isabelinos).

Todo un siglo, casi cien años en que los hijos evolucionan respecto a los padres y sus maneras de ver el mundo, y de tomar conciencia de su lugar en él, plantean conflictos a sus progenitores. Unas veces de valores (aceptación de la homosexualidad), otras ideológicos (la violencia como recurso para defender ideales) y en muchas ocasiones, combinándose con los anteriores, identitarios (contar con derechos adquiridos si se originario de la tierra que se pisa). Los Gondra es una lograda disección del costumbrismo euskaldún y de la convivencia de una familia que, aunque sea única, es también como muchas otras del País Vasco por el entorno cultural, social, ideológico y político tan intenso, exigente y presente en sus vidas cotidianas. Un marco del que difícilmente se podía uno mantener al margen, o se tomaba parte activa en él o este podría volverse en contra, respondiendo con una asfixiante opresión.

Casi dos horas de continuos diálogos en que todos estos aspectos quedan muy hilvanados y que no necesitan del recurso de las proyecciones a que son tan dados los centros con grandes equipamientos técnicos, como es el Teatro Valle-Inclán. No molestan, pero si no estuvieran harían que la palabra fuera aún más importante y protagonista de lo que Borja Ortiz de Gondra logra con su escritura y su apuesta por mostrarse, tanto a sí mismo como a su apellido.

Los Gondra (una historia vasca), en el Teatro Valle-Inclán (Madrid).

“El amor del revés” de Luisgé Martín

Bajo el formato de autobiografía, un relato de la vivencia de la homosexualidad en la España de las últimas décadas. En un país retrasado, trasnochado, nacional católico primero e insensible, embrutecido y no tan progre como se creía aún mucho tiempo después. Una narración íntima y desnuda que muestra sin pudor, pero también sin lástima ni compasión, el dolor, las lágrimas y el terror que conlleva aceptarse, mostrarse y vivirse cuando se inicia ese proceso en la más absoluta soledad. Un ejercicio literario de sinceridad y honestidad en el que queda plasmado cómo se pueden sanar las heridas y hacer de la debilidad, fortaleza y de la vergüenza sufrida, orgullo de ser como se es y ser quién se es.

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En el principio de tu vida ves que no eres como los demás y que en tu entorno no solo no hay nadie como tú, sino que todo aquello con lo que convives –a diario, en todas partes, en casa, en el colegio, en la televisión- categoriza tu manera de sentir como algo negativo, menciones que desprecian, chistes que insultan, dogmas que condenan,… Y tú, que no aciertas con el término que te denomine justamente, solo tienes la opción del silencio para luchar contra un vacío que te niega, te come, te oculta y te aprisiona. Una cárcel muy sutil, sin paredes ni plazos de condena, que te hace creer que tú eres el culpable de tu no libertad, que no necesita guardianes ni jueces, tú mismo te sancionas, te pones multas que pagas con desgaste físico y desequilibrio psicológico.

Pero hay algo muy dentro de ti y que desconoces qué es, que luego aprendes a ponerle nombre y que se llama espíritu, quizás instinto, de supervivencia. Eso es lo que te lleva a no rendirte, a luchar contra el silencio y la oscuridad, a buscar no sabes qué, pero que te dice que tienes derecho a vivir, a existir, a ser respetado y  a ser feliz. Entonces comienza una nueva lucha, entre lo que sabes que mereces y el monstruo que ya está dentro de ti, entre lo que sueñas -tanto que lo conviertes en un espejismo que sientes casi tocar- y lo que se ha grabado a fuego en tu interior –sin ser tú consciente de ello- convirtiéndote en algo parecido a un mutilado, un impedido, un minusválido emocional.

Al principio callas, pero si sigues así te mueres, con lo que comienzas a buscar, a dar señales hasta que encuentras a alguien a quien torpemente le muestras que pretendes al que también es como tú. ¿Eso es homosexualidad? Sí, es anhelo físico, pero también es deseo de amor, de amar y ser amado. Y eso para ti es humano, es natural, eres tú. Ese pequeño hilo de agua crece y coge velocidad y caudal y descubres que no eres el único, que hay más, muchos más, a los que puedes conocer, en un café, tomando copas, haciendo planes juntos, con los que hablar y compartir –un momento, una noche, un tiempo indeterminado, un proyecto de vida-, dejándote sorprender por lo mucho y lo nada que tienes en común. A veces charlas, a veces te acuestas y en ocasiones hasta abrazas y te dejas acariciar mientras besas y te besan, no solo con ansia corporal, sino también con ilusión. Tu cabeza frena entonces y permite que se encienda esa gran luz y ese motor de tu persona que es tu corazón.

Esta fue durante sus primeras décadas la vida de Luisgé Martín y la de tantos otros que nacimos cuando en España el hecho de que un hombre besara a otro hombre era un delito penado judicial y socialmente. Lo que cuenta en El amor del revés podrá estar más o menos editado, pero da la sensación de que esa labor ha sido realizada únicamente por el efecto de la pátina del tiempo en sus recuerdos. Un ejercicio literario de calidad, sobrio, directo, sin metáforas que edulcoren la amargura vivida ni alegorías que oculten las sombras de lo protagonizado. Un testimonio honesto, desnudo, en carne viva, sin anestesias ni analgésicos, pero sin excesos, sobresaltos ni hipérboles de ningún tipo. Solo apto para los que hayan transitado el camino de la auto aceptación, para los no dispuestos a seguirse negando y para todos aquellos que entiendan que nuestra sociedad ejerce una violencia tan invisible como sistemática sobre muchas personas en base a prejuicios tan falsos como absurdos.