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“V y V. Violación y Venganza” de Pilar Bellver

Con la estructura y el desarrollo tranquilo y de amplio alcance de los clásicos de la literatura del XIX a los que hace referencia, uniéndole una profunda exposición de sus personajes protagonistas a través de unos diálogos –conversados, redactados a mano o tecleados como e-mail- escritos de manera maestra. La historia de dos hermanas de apellido noble a lo largo de un tiempo  –desde la pequeña España de los 80 hasta el mundo global del s. XXI- bajo la eterno freno y la pesada sombra del siempre omnipresente yugo invisible del heteropatriarcado.   

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Pilar Bellver no mira a la tradición como algo lejano, no se refiere al pasado con nostalgia ni con el desdén de la superación, sino que construye a partir de aquel entonces y lo integra como capas de su relato. Ya lo avisa en el prólogo de estas fantásticas ochocientas páginas, que parte de los arquetipos de los caracteres del mito griego de Procne y Filomeles, síntesis creativa que sigue siendo efectiva para transmitir realidades que ocurren hoy igual que un par de milenios atrás. A su vez, sus personajes unen a esta fuente –al igual que la autora con su estilo- la literatura del XIX (rusa, española o francesa), mencionándola por su afinidad a la hora ahondar de manera minuciosa y precisa en la construcción psicológica y en las motivaciones de quienes transitan por sus páginas.

Desde un punto de vista estrictamente literario estas son las dos premisas sobre las que Pilar cimenta con muy alto nivel su V y V. Pero a partir de ellas la escritora de A Virginia le gustaba Vita elabora un relato actual en el que el punto de vista femenino nos hace ver que nuestro mundo actual es heredero y continuador de una serie de construcciones conceptuales en las que el hombre blanco occidental se cree superior a cualquier otro ser humano, incluyendo, por supuesto, al conjunto de las féminas. Tal y como le sucede a las hermanas Bardazoso, que por el hecho de ser mujeres, han de hacer frente a un entorno y un sistema de valores –el rural de su Jaén natal, el internado monjil de su adolescencia, el urbano de su madurez en Madrid y el de la globalidad en que se mueven- en el que la desigualdad de género ha empapado tanto el suelo que pisan que parece que este es su estado natural, cuando no es más que una intervención artificiosa sobre el mismo.

Podría parecer que Violación y Venganza es una novela con intención feminista, pero va más allá de esta cuestión y nos ofrece una panorámica de nuestro mundo en el que los discursos oficiales de progreso y crecimiento se dan de bruces contra una realidad de enfrentamiento y desigualdades (hombre vs. mujer, norte vs. sur, Occidente vs. resto del mundo, cristianismo vs. islam,…) en la que la manipulación, la tortura y el abuso no solo están a la orden del día, sino que en buena medida están admitidos, normalizados y hasta legalizados.

Un escenario de desequilibrios e injusticias del que elige como muestra el medio ambiente y el capitalismo que desde Londres, Frankfurt o Nueva York provoca, con sus decisiones basadas en el libre mercado, la deforestación de reservas naturales como la del Amazonas. Una hecatombe a la que pretende ponerle freno un peculiar grupo terrorista que amenaza con quemar los parques nacionales de EE.UU., sin causar víctima humana alguna, si este país no lidera una conferencia internacional que cese inmediatamente la tala de todos los bosques.

Múltiples planos -drama, thriller, intriga, ácida comedia incluso- que Pilar Bellver expone manejando con suma eficacia múltiples registros en su escritura, desde la transcripción de una tertulia televisiva o una conexión informativa en directo, a la narración tanto en tercera persona como en primera. Un punto de vista singular al que dedica amplio espacio en forma de parlamentos de toda clase de personas y condición, desde adolescentes a adultos, individuos con formación a ilustrados por la vida, de actitudes transparentes y de búsqueda de encuentro a deudoras del maniqueísmo. Un mecanismo formal con el revela una asombrosa capacidad para dar vida al complejo mapa -de emociones y razones en unos casos, imposturas e intereses en otros- que es el interior de cada uno de sus personajes, el atlas en el que todos ellos se interrelacionan y el mundo actual en el que habitan junto a sus lectores.

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10 novelas de 2017

Historias escritas en España, EE.UU., Francia o Panamá, cuentos de apenas unas páginas y relatos largos, narraciones sobre el amor y la amistad, sobre el deseo de conocer y la ilusión de un futuro mejor, habitadas por personas que fueron importantes y por otras que llegan de nuevas a ellas,…

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Las impuras” de Carlos Wynter Melo. Una mujer que no sabe quién es y otra que imagina por ella sus recuerdos. Un ejercicio de creatividad que a esta segunda le vale para alejarse de aquellas vivencias en que el derrumbe de su país, cuando fue ocupado por las tropas norteamericanas en 1989, le hizo sentir que su vida había perdido su sentido, obligándola a huir. Una pequeña novela escrita con la verdad del corazón y contada desde el deseo de honestidad con que se procesan las emociones en el estómago.

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El amor del revés” de Luis G. Martín. Bajo el formato de autobiografía, un relato de la vivencia de la homosexualidad en la España de las últimas décadas. En un país retrasado, trasnochado, nacional católico primero e insensible, embrutecido y no tan progre como se creía aún mucho tiempo después. Una narración íntima y desnuda que muestra sin pudor, pero también sin lástima ni compasión, el dolor, las lágrimas y el terror que conlleva aceptarse, mostrarse y vivirse cuando se inicia ese proceso en la más absoluta soledad. Un ejercicio literario de sinceridad y honestidad en el que queda plasmado cómo se pueden sanar las heridas y hacer de la debilidad, fortaleza y de la vergüenza sufrida, orgullo de ser como se es y ser quién se es.

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La conjura de los necios” de John Kennedy Toole. Una lectura tan divertida como estimulante. Una ácida y corrosiva narrativa que no deja títere con cabeza en su disección de cada personaje y situación en mil piezas. Una abrumadora construcción de una serie de situaciones y entornos en los que se pone patas arribas múltiples aspectos de la sociedad actual (la familia, el trabajo, la educación,…). Una ironía y una sátira brutales con las que quedan al descubierto todas nuestras imperfecciones, contradicciones y paradojas.

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La vida ante sí” de Romain Gary. Literatura de alto nivel, exquisita y elevada, pero accesible para todos los públicos. Por su protagonista, un niño árabe criado por una antigua meretriz judía, ahora metida a regente de una pequeña residencia de hijos de mujeres que ejercen la que fuera su profesión. Por su punto de vista, el del menor, espontáneo en sus respuestas y aplastantemente lógico en sus planteamientos. Pero sobre todo por la humanidad con que el autor nos presenta las relaciones entre personas de todo tipo, los retos cotidianos que supone el día a día y las dificultades de vivir al margen del sistema en el París de los años 60.

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La canción pop” de Raúl Portero. La música tiene el mágico poder de ser capaz de contar una historia en muy pocos minutos, presentándote los personajes involucrados, relatando qué sucede entre ellos, qué viven y qué sienten, de dónde vienen y a dónde desean ir. Todos tenemos una canción de nuestra vida, esa que imaginábamos que hablaba de nosotros y que con su ritmo nos llegó muy hondo la primera vez que la escuchamos, haciendo que afloraran a la superficie emociones cuya intensidad no creíamos ser capaces de sentir pero que deseábamos vivir. Un sueño que ya no perseguimos pero al que no renunciamos. Eso es esta novela contenida, auténtica, una partitura fresca y ágil, aparentemente liviana, pero que dispara de manera certera y da de pleno en el blanco.

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La noche del oráculo” de Paul Auster. El libro dentro del libro. El autor que se imagina la historia de un personaje que se propone iniciar una nueva vida, como si se colocara ante una hoja en blanco, tal y como hace desde este otro plano contrapuesto a la ficción que es la realidad. Un mundo de carne y hueso en el que suceden acontecimientos que adquieren un significado más allá cuando son contextualizados por un editor que sabe cómo relacionarlos entre sí. Ese es el laberinto mágico de paralelismos, espejos, verdades e irrealidades perfectamente trazado por el que nos hace transitar Paul Auster.

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La tierra convulsa” de Ramiro Pinilla. Del Getxo agrícola y ganadero de finales del siglo XIX al Gran Bilbao industrial, burgués y capitalista del XX. Del idealismo costumbrista con que se recuerda el pasado al que nos aferramos, al realismo social de un entorno cambiado tras un proceso de profunda agitación. La primera y bien planteada entrega de una trilogía, “Verdes valles, colinas rojas”, en la que su autor prima en ocasiones sus habilidades como escritor sobre la fluidez de su relato.

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Nubosidad variable” de Carmen Martín Gaite. La bruma del título es también la de la mente de las dos protagonistas de mediana edad de esta ficción que no aciertan a saber cómo enfocar correctamente sus vidas. Una revisión de pasado, entre epistolar y monologada, y un poner orden en el presente a través de una prosa menuda y delicada con la que llegar mediante las palabras hasta lo más íntimo y sensible. De fondo, un retrato social de la España de los 80 finamente disuelto a lo largo de una historia plagada de acertadas referencias literarias.

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Patria” de Fernando Aramburu. Una obra que toca todos los palos de lo que por distintos motivos unos y otros llamaron conflicto. La visión política, la realidad social y la vivencia personal en un entorno en el que todo se movía aparentemente en un amplio rango de grises tras el que se ocultaba la cruda realidad de la vida o la muerte, o conmigo o contra mí. Un relato ambicioso y muy bien estructurado al que se le echa en falta ir más allá de su hoja de ruta para emocionarnos no solo por lo que narra en su trama principal, sino también por lo que cuenta y propone en las secundarias.

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Un perro” de Alejandro Palomas. El bagaje de cuarenta años de biografía, el balance de todo lo vivido por Fer y de los capítulos que conforman el libro de su presente, el ajuste entre las distintas piezas que conforman el puzle de su familia. Alejandro Palomas plasma con gran belleza, equilibrio y naturalidad cuanto pasa por la mente de su protagonista durante unas horas de tensa y amarga, pero también sosegada y meditada espera. Desde lo más ligero y superficial, los lugares comunes en los que nos refugiamos, a los más íntimos y ocultos, aquellos que rehuimos para no volver a encontrarnos con el dolor que allí dejamos.

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“Manuel Bergman” de Pablo Herrán de Viu

La necesidad de encontrarte a ti mismo, de encajar en un lugar que no son solo unas coordenadas físicas y el canibalismo económico de la ciudad de Nueva York. Un triple relato en primera persona perfectamente encajado, con un estilo sobrio y directo, creador de atmósferas ambientales y emocionales que rebosan autenticidad. Una historia moderna y actual, que se vive en tiempo real,en la que el desconcierto convive con la determinación y el shock con la capacidad de no juzgar.

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Jorge estudió para formarse en una profesión que aspiraba a que se convirtiera en su manera de ganarse la vida. Se fue a Nueva York para encontrar lo que aún está buscando. Se enamoró y se dio cuenta de que el amor le enriqueció, pero también le robó aquello que no concebía que podía perder, su objetivo de convertirse en guionista cinematográfico. Quizás porque aún no se conoce tanto como él se cree. Nada es lo que parece y lo que creía que era resulta no ser. Toda evolución conlleva un período de crisis. El quiere lograr lo primero y por eso le abre la puerta a lo segundo. Lo que no sabe es que lo que le espera al otro lado no es un camino con opción a volver, sino un precipicio que le aboca a un salto al vacío en el que se convierte en Manuel Bergman.

Sin querer mirar a lo lejos para no perder la conexión con el aquí y ahora, y sin ser capaz de ver más allá de lo inmediato, así es el relato que Pablo Herrán de Viu nos cuenta a través de la primera persona de Jorge. Pero sin angustias escapistas ni dramas emocionalmente expansivos, su narrativa es fiel a la situación en la que se encuentra su personaje. Veinteañero e independiente, queriendo encontrar, hacerse un sitio en el mundo, pero también solo y con el dinero justo para sobrevivir en el corto plazo, lo que hace que nos resulte alguien conocido y cercano, con quien podemos identificarnos.

Lo que le sucede a Jorge y a Manuel es de lo más neoyorquino, esa ciudad americana que es también capital del mundo y en la que viven personas, colectivos, grupos y sociedades de toda clase y condición. En ella, como en los títulos de Paul Auster –Trilogía de Nueva York, La noche del oráculo o Brooklyn Follies, entre otras- la cotidianeidad no está basada en unas reglas metódicamente estructuradas, compartidas y respetadas por todos, sino en una convivencia en la que lo mismo se comparte piso con ciudadanos bielorrusos que se vive a tres calles de una comunidad hebrea. Las páginas de Manuel Bergman reflejan con precisas descripciones y claros diálogos la autenticidad de ese escenario tridimensional en el que todo parece estar al alcance de la mano. Sin embargo, la realidad es que el abrumador urbanismo de los rascacielos y la múltiple oferta del capitalismo originan más espejismos sobre nuestras ambiciones e ilusiones que cualquier desierto.

La soledad -fantástico el personaje de Eve- y la cosificación del cuerpo -todo lo que sucede en el piso de la calle 58 es brillante- son dos de los escenarios que Herrán de Viu explora en profundidad para hacernos ver el exigente precio que exige, y las consecuencias que puede conllevar, materializar promesas que nadie nos hizo, pero que aun así nos comprometemos a alcanzar. Su narrativa se hace más profunda y lograda cuando introduce a sus personajes en estos territorios, cuando se desprende de aquello que le retiene en el mundo de lo habitual. Alcanza nuevas cotas al sumergirse en lo hasta entonces desconocido, en aquello a lo que ha de darle forma y presencia para, interactuando con ello, ver cómo les afecta, les transforma y les traslada a otras dimensiones dentro de ellos mismos. Un recorrido en el que Jorge crece y se desarrolla y su alter ego, Manuel Bergman despliega y materializa toda su fuerza y potencial literario.

“La nueva mujer”, relatos de escritoras estadounidenses del siglo XIX

Diez narraciones bajo el elegante, explicativo y emocionante canon decimonónico, pero con un enriquecedor punto de vista diferente y con personajes que no responden a las pautas con que solemos contemplar a este período de la historia de la literatura. Una decena de cuentos con las que acercarnos a la construcción de la identidad y el imaginario de los EE.UU. desde el sosiego y la sensibilidad de un prisma femenino.  

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Hay dos motivos para leer este recopilatorio de Dos Bigotes sobre literatura norteamericana del siglo XIX. El primero y más evidente, su calidad literaria. El segundo, hacerlo con un grupo de nombres, todos ellos femeninos, que no suelen aparecer en los listados sobre literatura estadounidense de este siglo y que probablemente nunca antes se habían reunido en un mismo volumen editado en lengua castellana.

Las diez autoras de La nueva mujer ofrecen un enriquecedor catálogo de protagonistas con comportamientos, actitudes y maneras de pensar que generalmente no son tratados por sus colegas masculinos o que dan por hecho que solo son propios de los de su mismo sexo. Creadoras que desde la condena y la oportunidad de la sombra del androcentrismo muestran que tienen un punto de vista propio a la hora de plasmar sobre el papel  las maneras de vivir en su joven nación, así como habilidades suficientes para dar forma a su propio estilo dentro de los cánones del momento.

Unas veces son románticas, dando a la naturaleza un poder sobrenatural  (Harriet E. Prescott Spofford situándose entre Edgard Allan Poe y H.P. Lovecraft), otras costumbristas, reflejando con suma precisión la delicadeza de los pequeños detalles que conforman la nimiedad del día a día (Catharine Maria Sedgwick), e incluso naturalistas (Mary Austin y sus paisajistas descripciones), mostrando la comunión e influencia que se retroalimenta entre los ritmos vitales de las personas y el medio en el que habitan.

Autoras que saben jugar con las posibilidades experimentales y lúdicas del relato corto (Kate Chopin), capaces de condensar en unas páginas los valores por los que se rige su entorno (Sui Sin Far y Sarah Orne Jewett, con la misma sencillez y precisión emocional que en La tierra de los abetos puntiagudos) o de transmitir, sin llegar a explicitarlo, décadas de una historia (Susan Glaspell).

La nueva mujer está habitada por féminas que luchan contra los prejuicios sobre los roles de género de los suyos –y no solo de los hombres-, contra sus enemigos o contra el mal que adopta formas bestiales en el escondite de la noche. Mujeres que se solidarizan entre sí porque conocen y entienden lo que conlleva el yugo social bajo el que viven, que deciden no dejarse limitar por él y por las restrictivas reglas que este les supone o que optan por crearse su propio mundo alternativo.

Puntos de vista con los que conocemos los contrastes de una nación que en pocas décadas pasó de ser escenario de enfrentamientos entre tribus indias (Zitkala-Sâ) a pequeñas localidades levantadas por el esfuerzo de sus habitantes (Charlotte Perkins Gilman) hasta dar el imponente salto a la industrialización y la urbanización de las grandes ciudades de su costa este (Willa Cather).

 

“La canción pop” de Raúl Portero habla de ti

La música tiene el mágico poder de ser capaz de contar una historia en muy pocos minutos, presentándote los personajes involucrados, relatando qué sucede entre ellos, qué viven y qué sienten, de dónde vienen y a dónde desean ir. Todos tenemos una canción de nuestra vida, esa que imaginábamos que hablaba de nosotros y que con su ritmo nos llegó muy hondo la primera vez que la escuchamos, haciendo que afloraran a la superficie emociones cuya intensidad no creíamos ser capaces de sentir pero que deseábamos vivir. Un sueño que ya no perseguimos pero al que no renunciamos. Eso es esta novela contenida, auténtica, una partitura fresca y ágil, aparentemente liviana, pero que dispara de manera certera y da de pleno en el blanco.

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A los veinte años el futuro es una página en blanco sobre la que se puede escribir una y otra vez cómo creemos que vamos a ser, imaginando mil quiénes diferentes como compañía, otros tantos lugares en los que estar simultáneamente y cómos de lo más dispar. Pero el tiempo pasa y nada o muy poco de aquello ocurrió. La fantasía, el deseo, la ilusión de Simón no se convirtió en realidad. Quizás porque era irrealizable. Puede ser que él no fuera capaz de materializarla o que a sus 35 años aún no haya sido capaz de aceptar que la vida es esto que él tiene ahora, la nada, y no aquello que creía iba a poseer, el todo.

Hasta que el suicidio de uno de sus antiguos amigos, Carlos, le da la bofetada que le hace abrir los ojos y afrontar que ni ha cumplido nada de lo que se propuso ni consiguió retener lo bueno que un día creyó tener cerca de él, el amor y también la posibilidad de una manera de construir su propio futuro. La situación no es alegre, pero tampoco es un drama, es lo que toca, es lo que hay, resignación. ¿No es lo que le sucede a todos los de la generación educados y formados para ser capaces de lo que se propusieran y que después se vieron abocados sin anestesia ni remedio al fracaso y la decepción laboral, social, sentimental,…?

A eso vuelve Simón a Barcelona. Todo lo que le rodea, ya sea en Londres como en la ciudad condal, es la monotonía agridulce de las posibilidades imposibles, de los sueños irrealizados y de un presente resignadamente carpe diem porque el futuro no es más que incertidumbre. Eso es lo que cuenta la narrativa de Raúl Portero, que tiene forma de novela pero que se lee con la misma pasión con la que hasta hace unos años devorábamos los libretos de los cd’s para memorizar las letras de las canciones. Cada uno de sus capítulos es un tema trabajado meticulosamente, con el fin de que tenga entidad propia, que pueda llegar a funcionar por sí mismo, pero que cumple un papel fundamental en el conjunto que es este álbum, La canción pop.

Las expresiones y reflexiones que contienen sus diálogos y el espíritu con que fluyen sus descripciones tienen su génesis en ese punto en que la poesía se libera de las reglas de la literatura y se convierte en letras musicales que desde su aparente sencillez exudan una expresividad llena de garra y fuerza, sin aspavientos, pero que por su fina y eficaz elaboración resultan tremendamente atrayentes y pegadizas. Seguro que muchos de los lectores de esta canción pop sentirán que, de alguna manera, esta habla de ellos y quién sabe, puede ser que con el paso del tiempo vuelvan a ella para recordar quienes fueron un día.

“Mil mamíferos ciegos” de Isabel González

El mundo visto desde el otro lado, desde dentro hacia fuera. Isabel González no describe lo que vemos, sino que cuenta cómo se formulan, viven y materializan las emociones y las sensaciones en la mente, el corazón y el cuerpo de Yago, Santi y Eva. Una historia inquietante y sugerente, hipnótica y desconcertante, kafkiana. Como si el David Lynch de “Twin Peaks” hubiera dejado la narración visual por la literaria y las imágenes de “El perro andaluz” de Buñuel y Dalí se transformaran en palabras.

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Una de las tramas de Mil mamíferos ciegos nos lleva a la naturaleza, a la profundidad de un bosque, como si pretendiera llevarnos a la génesis, al momento de la concepción. Instante en el que comienza la evolución y la formación de la persona, de sus creencias, deseos y metas. Pero en esta ocasión este no es un proceso social o tutelado, Yago marcha por decisión propia, y allí donde se refugia no es para retirarse con fines espirituales o anímicos sino para algo mucho más primario y sencillo, dedicarse tan solo a aquello para lo que se siente llamado, tallar troncos de árboles.

Una pulsión en la que la autora se sumerge para relatarnos cómo es el mundo y cómo se interactúa con él cuando se está en esas coordenadas que no se definen por el cuándo y el dónde, que es incluso más que un estado anímico y una actitud ante la vida. Una forma de mirar y de sentir materializada con una elaborada y meticulosa prosa a base de expresivas frases cortas que concatenan, como en un cuadro cubista, afirmaciones que se interrogan sobre el sentido de lo visto, impresiones sensoriales aun en estado puro y razonamientos producto de la experiencia de la soledad. Sentencias que se suceden porque no hay otra manera de ponerlas sobre el papel, pero que en el ambiente real desde el que nos son trasladadas se intuye que no son lineales, sino que resultan simultáneas.

Por su parte, en la ciudad en la que viven Yago y Eva, lo visceral, el mandato del hipotálamo, es diferente, adopta la forma de filia sexual. La obsesión del primero por los pies de la segunda hace que ella se sienta lejos de él, cosificada, en dimensiones diferentes y sin visos de diálogo. Una interlocución imposible porque él está siempre buscando el refugio, la grieta o la oscuridad en la que ocultarse, sea ya entre las piernas de ella, en el techo o en los lienzos que pinta.

Tanto una realidad como otra son relatadas a través de una serie de cuadros, escenas y secuencias con un profundo sentido audiovisual, generando con su ritmo una atmósfera envolvente más propia del discurso cinematográfico que del literario. La clave del estilo de Isabel González está en la perturbadora, poética –y por momentos psicodélica- experiencia que genera su lectura. Una sugerente y provocadora sucesión de imágenes que se superponen de manera hipnótica, con una lógica que poco a poco se deja descubrir y que hace que Mil mamíferos ciegos resulte un gran círculo temporal. Una línea sin principio ni final que une el presente como el pasado más cercano y el lejano, aquel que está, incluso, en las páginas anteriores a su inicio.

“El amante alemán” de Julián Martínez Gómez

Más que una historia, esta novela corta es un fantástico viaje sensorial y emocional que une dos personas, dos generaciones y dos ciudades, Berlín y La Habana, pasando por Madrid. Con una cálida y enriquecedora precisión, una naturalidad llena de verdad y una plenitud que llega muy hondo, la narración de las vivencias de Julio y Sebastián provocan el deseo y el logro de sentirse en comunión con ellos y partícipe de las conexiones que surgen entre ambos.

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Acostumbramos a definirnos por características como lugar de nacimiento o residencia, profesión y edad, pero en El amante alemán estas son datos superfluos que su autor deja atrás para llegar a lo que está siempre, al margen de etiquetas y códigos identificativos, pero que tanto nos cuesta reconocer como motores de nuestras vidas, las emociones y las sensaciones. Aquellas a las que por su intensidad y hondura las palabras no consiguen llegar en toda su verdad. Así que en lugar de situarse frente a ellas para intentar describirlas, Julián Martínez ha optado por algo más arriesgado, pero también más enriquecedor, como es ponerse a su servicio, dejarse llenar de ellas y hacer de su escritura su mejor representación.

Esta brillante primera novela está también guiada por los sentidos, por los olores y sabores de las recetas que sirven como acertado recurso para iniciar introspectivamente algunos capítulos; por las miradas al exterior que abren el relato a lo social y lo comunitario; y por el tacto de las manos que se rozan, acarician y entrecruzan moldeando lo que no es tangible para materializar aquello que solo los que lo construyen saben qué es. Así es como nos llega la mirada de Julio posándose suave y amablemente por cuanto le llama la atención en las calles y casas de su barrio en La Habana, en los detalles únicos que marcan su rumbo cuando visita Berlín y en todo lo que confirma su cotidianeidad en Madrid. Sitios que quedan marcados por las recetas que cocina en ellos, las canciones que escucha y los abrazos y los besos con Sebastián una vez que este aparece en su vida.

Un viaje entre Europa y el Caribe que comienza en 1981 con unos personajes, hace escala en 1989 para relatarnos una catástrofe aérea y acaba en 2014 con otros. Alejados estos en el tiempo, pero conectados por diversas circunstancias con los primeros en un relato conformado por distintas piezas. Tan diferentes en su forma – escritura narrativa, dramática o teatral y poética a modo de letras musicales, además de recursos visuales como fotografías y palabras utilizadas como potentes pinceladas expresionistas-  como perfectamente conectadas en su fondo.

Desde el primer capítulo, con esa visión profundamente humana del paisaje urbano de la capital cubana, hasta el bien logrado final, todo discurre con una fluidez que resulta de lo más natural, aumentada si cabe por detalles a caballo entre el simbolismo (las ya referidas a la gastronomía) y el realismo mágico (los espejos). Un punto medio en el que se crea una fina, pero sólida y constante atmósfera envolvente, llena de lirismo que hace que El amante alemán sea más que una lectura, una vivencia de lo más sugerente. Notando como lo que nos dirige y conduce por ella es el impulso de nuestro corazón en una constante búsqueda y anhelo no solo por saber, sino por experimentar hasta donde pueden llevarnos las emociones que nos brinda el presente y las conexiones con nuestro pasado que nos hacen ser quienes somos.