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“El vicio del poder”

Adam McKay vuelve a carga con el mismo tono sarcástico entre el documental y la ficción con que ya nos sorprendió en “La gran apuesta”. Y con similar intención, contarnos las causas de aquello cuyas consecuencias seguimos sufriendo hoy en día. Si entonces expuso cómo se generó la crisis financiera de 2007, esta vez el foco de atención es el poder casi absoluto que Dick Cheney ejerció como vicepresidente de EE.UU. entre 2001 y 2009.

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Comienza siendo un biopic, algo que no deja de ser nunca para acabar convirtiéndose en su última parte en un thriller político sobre cómo se gestó la designación de Cheney como segundo de George W. Bush en las elecciones estadounidenses del año 2000 y la guerra norteamericana contra el terrorismo en territorio iraquí tras los atentados del 11S. Sobre el personaje protagonista sabremos más o menos, pero en cuanto a lo segundo está claro que a poco que nos refresquen la memoria, todo lo que nos cuenten nos resultará familiar. El estrecho margen por el que Bush derrotó a Gore en Florida, los ataques de Al Qaeda contra Nueva York y el Pentágono, las supuestas armas de destrucción masiva de Saddam Hussein,…

Entonces, ¿cuál es el interés cinematográfico de El vicio del poder? Si se hubiera quedado en el retrato biográfico, escaso, poco más allá de una correcta factura técnica y unas excelentes caracterizaciones e interpretaciones de Christian Bale y Amy Adams para relatar su relación y el ascenso político de Cheney –con ella siempre a la sombra, pero tan ambiciosa y justa de escrúpulos como su marido- desde la década de los 60.

Si apuramos, McKay podría haber sintetizado esta parte sin riesgo de que perdiéramos información. Pero hace de ella una trama correcta, evocativa del estilo de vida del sueño americano –pero sin llegar a retratarlo-, que liga con su segunda línea narrativa -la trastienda de la política- a través de un montaje ágil, dinámico y vibrante con el que le da a esta otra parte de la película un tono documental deliberadamente sarcástico.

Así, desde un punto cercano al humor y con un ritmo que evoca al de los videoclips, al lenguaje televisivo y a la contundencia del periodismo más amarillista nos cuenta la seriedad de lo que hasta ahora probablemente no conocíamos. Hechos en los que si la legalidad es más que dudosa, la ética nunca fue considerada, como la figura del poder ejecutivo unitario, los estudios de marketing para conseguir el apoyo del pueblo americano a la invasión de Irak que ya se estaba preparando o la reinterpretación de la Convención de Ginebra sobre el trato a prisioneros de guerra para emplear técnicas de tortura como sabemos que ocurrió en Guantánamo o Abu Ghraib.

Y mucho más en un marco de crítica sin límites en el que la característica principal de cada personaje es llevada al extremo, ya sea la socarronería con que se retrata a Donald Rumsfeld, el casi infantilismo de George W. Bush o la soberbia que define a Dick Cheney. Un derroche de imperialismo neoliberal que vive al margen de una sociedad a la que, tal y como expone El vicio del poder, manipula y utiliza de manera absolutista, sufre sus consecuencias y a la que quizás no le queda otra que plantearse cómo hacer para que gobiernos y situaciones así no se vuelvan a repetir.

 

10 películas de 2018

Cine español, francés, ruso, islandés, polaco, alemán, americano…, cintas con premios y reconocimientos,… éxitos de taquilla unas y desapercibidas otras,… mucho drama y acción, reivindicación política, algo de amor y un poco de comedia,…

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120 pulsaciones por minuto. Autenticidad, emoción y veracidad en cada fotograma hasta conformar una completa visión del activismo de Act Up París en 1990. Desde sus objetivos y manera de funcionar y trabajar hasta las realidades y dramas individuales de las personas que formaban la organización. Un logrado y emocionante retrato de los inicios de la historia de la lucha contra el sida con un mensaje muy bien expuesto que deja claro que la amenaza aún sigue vigente en todos sus frentes.

Call me by your name. El calor del verano, la fuerza del sol, el tacto de la luz, el alivio del agua fresca. La belleza de la Italia de postal, la esencia y la verdad de lo rural, la rotundidad del clasicismo y la perfección de sus formas. El mandato de la piel, la búsqueda de las miradas y el corazón que les sigue. Deseo, sonrisas, ganas, suspiros. La excitación de los sentidos, el poder de los sabores, los olores y el tacto.

Sin amor. Un hombre y una mujer que ni se quieren ni se respetan. Un padre y una madre que no ejercen. Dos personas que no cumplen los compromisos que asumieron en su pasado. Y entre ellos un niño negado, silenciado y despreciado. Una desoladora cinta sobre la frialdad humana, un sobresaliente retrato de las alienantes consecuencias que pueden tener la negación de las emociones y la incapacidad de sentir.

Yo, Tonya. Entrevistas en escenarios de estampados imposibles a personajes de lo más peculiar, vulgares incluso. Recreaciones que rescatan las hombreras de los 70, los colores estridentes de los 80 y los peinados desfasados de los 90,… Un biopic en forma de reality, con una excepcional dirección, que se debate entre la hipérbole y la acidez para revelar la falsedad y manipulación del sueño americano.

Heartstone, corazones de piedra. Con mucha sensibilidad y respetando el ritmo que tienen los acontecimientos que narra, esta película nos cuenta que no podemos esconder ni camuflar quiénes somos. Menos aun cuando se vive en un entorno tan apegado al discurrir de la naturaleza como es el norte de Islandia. Un hermoso retrato sobre el descubrimiento personal, el conflicto social cuando no se cumplen las etiquetas y la búsqueda de luz entre ambos frentes.

Custodia compartida. El hijo menor de edad como campo de batalla del divorcio de sus padres, como objeto sobre el que decide la justicia y queda a merced de sus decisiones. Hora y media de sobriedad y contención, entre el drama y el thriller, con un soberbio manejo del tiempo y una inteligente tensión que nos contagia el continuo estado de alerta en que viven sus protagonistas.

El capitán. Una cinta en un crudo y expresivo blanco y negro que deja a un lado el basado en hechos reales para adentrarse en la interrogante de hasta dónde pueden llevarnos el instinto de supervivencia y la vorágine animal de la guerra. La sobriedad de su fotografía y la dureza de su dirección construyen un relato árido y áspero sobre esa línea roja en que el alma y el corazón del hombre pierden todo rastro y señal de humanidad.

El reino. Ricardo Sorogoyen pisa el pedal del thriller y la intriga aún más fuerte de lo que lo hiciera en Que Dios nos perdone en una ficción plagada de guiños a la actualidad política y mediática más reciente. Un guión al que no le sobra ni le falta nada, unos actores siempre fantásticos con un Antonio de la Torre memorable, y una dirección con sello propio dan como resultado una cinta que seguro estará en todas las listas de lo mejor de 2018.

Cold war. El amor y el desamor en blanco y negro. Estético como una ilustración, irradiando belleza con su expresividad, con sus muchos matices de gris, sus claroscuros y sus zonas de luz brillante y de negra oscuridad. Un mapa de quince años que va desde Polonia hasta Berlín, París y Splitz en un intenso, seductor e impactante recorrido emocional en el que la música aporta la identidad del folklore nacional, la sensualidad del jazz y la locura del rock’n’roll.

Quién te cantará. Un misterio redondo en una historia circular que cuando vuelve a su punto inicial ha crecido, se ha hecho grande gracias a un guión perfecto, una puesta en escena precisa y unas actrices que están inmensas. Una cinta que evoca a algunos de los grandes nombres de la historia del cine pero que resulta auténtica por la fuerza, la seducción y la hipnosis de sus imágenes, sus diálogos y sus silencios.

“Yo, Tonya”, agria caricatura del sueño americano

Entrevistas en escenarios de estampados imposibles a personajes de lo más peculiar, vulgares incluso. Recreaciones que rescatan las hombreras de los 70, los colores estridentes de los 80 y los peinados desfasados de los 90,… Un biopic en forma de reality, con una excepcional dirección, que se debate entre la hipérbole y la acidez para revelar la falsedad y manipulación del sueño americano.

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Si te esfuerzas y consigues ser el mejor serás recompensado. Si no lo logras, serás un perdedor y culpado y castigado por ello. Así fue la vida de Tonya desde que nació. Si se dejaba la piel en la pista de patinaje quizás consiguiera el abrazo de su padre y subir al pódium del torneo en el que compitiera. Pero si no lo lograba, su madre la machacaba psicológicamente, una mala mirada, un desprecio, un insulto, un empujón,… Y cuanto más entrenaba y progresaba, más era la presión maternal. Un fallo en la pista suponía una tormenta de ruidos y silencios en casa, una derrota algo que no se podía permitir.

Una biografía y una historia aparentemente lineal, de planteamiento conductista, de estímulo y respuesta. Pero tras esta superficie tiene algo profundo en lo que solo es posible entrar detectando el silente mensaje tras los pequeños gestos de esas personas –genialmente interpretadas por la brutal Margot Robbie, el exacerbado Sebastian Stan y la oscarizada Allison Janey-  que viven bajo el método del ensayo y error, del gesto brusco y la voz elevada, del afecto mentiroso y el amor equivocado. Una simbiosis que al principio se presenta de forma unida, casi binaria -insulto va, golpe viene- pero que a medida que se suceden los minutos va generando una bola de nieve más grande y compleja -a la que se suma un marido maltratador-, haciendo de ese material ardientemente helado algo más sucio y peligroso, provocando una deriva verbal y física harto violenta de temible e imprevisible evolución.

Steven Rogers debe haber invertido en el proceso de escritura de su guión muchas horas de hemeroteca y videoteca para dilucidar todos esos instantes casi invisibles en que se fue gestando la personalidad de la Tonya Harding, ganadora y víctima, deportista olímpica y camarera, genio y verdugo a la vez. Un retrato que posteriormente Craig Gillespie ha convertido en un personaje explosivamente neurótico en un relato que tiene mucho humor para evitar caer en la tragedia de lo que estamos viendo. Con un tono gamberro, casi macarra, muestra cómo se van generando los distintos conflictos que acabarán ocasionando una tormenta perfecta a cuyo fin nadie quedará indemne.

Una caricatura que no necesita más información que la que nos facilita para dejarnos claro el drama al que asistimos. Yo, Tonya confía en la transparencia de su exposición y en la inteligencia del espectador para que este entienda la brutalidad de lo que se le está contando a pesar de hacerle reír y carcajear. Aunque esta virtud es también su exceso en algunos momentos, se nos lleva tan allá en la parodia que cuesta volver a la realidad y permitirnos conectar plenamente con los momentos más crudos y desnudos de estilismos cinematográficos.

Quizás América sea también eso, un país que aparentemente te lo ofrece todo, pero si vas a por más de lo que te corresponde o puedes gestionar, tienes que asumir los duros costes de pasarte de frenada.

“Detroit” duele

Kathryn Bigelow ahonda en los aspectos más sórdidos de la conciencia norteamericana por los que ya transitó en “La noche más oscura” y “En tierra hostil”. Esta vez la herida está en su propio país, lo que le permite construir un relato aún más preciso y dolorosamente humano al mostrar las dos caras del conflicto. Detroit no solo es el lado oscuro de la desigualdad racial del sueño americano, sino que es también una perfecta sinfonía cinematográfica en la que intérpretes, guión y montaje son la base de un gran resultado gracias a una minuciosa y precisa dirección.

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De lo que ya es pasado a lo que es eterno, de lo que ocurrió en 1967 a lo que perdura, los sentimientos de las personas y las relaciones humanas. Un viaje de lo lejano a lo cercano, de lo específico de un lugar y un tiempo que a muchos nos es ajeno a aquello que somos todos. Esta es la equilibrada propuesta de Bigelow, sin caer en el academicismo historicista ni el melodrama épico propio de los norteamericanos, mostrar cómo nuestro hoy guarda muchas similitudes con el ayer de hace medio siglo.

Detroit sigue siendo una ciudad rota, entonces lo era racialmente y recientemente volvió a quebrar, en esta ocasión financieramente, siendo los más perjudicados los descendientes de su pasado. Las diferencias entre negros y blancos siguen a la orden del día en EE.UU., una mecha que acaba derivando en disturbios como los sucedidos este verano en Charlottesville o días atrás en St. Louis tras la absolución de un policía acusado de haber matado a un afroamericano de 24 años del que no se ha demostrado ni que portara armas ni que amenazara al agente.

Pero este Detroit no es un panegírico doliente sobre lo poco o nada que se ha cambiado. Su historia y mensaje es mucho más profundo, no se queda solo en lo visible, sino que va más allá para contarnos cómo se inicia la violencia, qué hay tras ella, de qué se alimenta, qué ocasiona y hasta dónde puede llegar su poder y capacidad de destrucción. Sin intenciones ni juicios moralistas, sin manipular ni posicionarse, dejando que los hechos hablen por sí mismos, pero contextualizándolos en las maneras y los valores del momento en que se produjeron.  Un espejo de cuyo reflejo no hay escapatoria porque no solo nos vemos en él como individuos, sino también como integrantes de una sociedad que, por activa o por pasiva, ha generado, permitido y convivido con ese tipo de realidades y comportamientos.

El ritmo de esta ciudad es trepidante, combinando el estilo del reporterismo periodístico cámara en mano con breves recursos documentales que dejan ver que la recreación no va más allá de lo que fue la realidad. Acto seguido el elemento protagonista es una cuidada fotografía que da forma a las atmósferas, personalidades y actitudes de los personajes que nos encontramos en los ambientes, mayoritariamente nocturnos, de esperanza y desilusión por los que se transita. Sentimientos y sensaciones que cuando se personalizan llenan la pantalla, ofreciendo el largo culmen emocional que ejemplifica a la perfección todos los elementos –sociales, institucionales, antropológicos, históricos, culturales, educativos,…- que conforman el caldo de cultivo y de actuación del racismo y del abuso policial.

Este Detroit solo tiene algo que serle echado en cara. Es una película tan buena y auténtica y con una dirección tan minuciosa, detallada y de resultados tan estremecedores que la consideremos solo como una obra cinematográfica y no, también, como un relato verosímil de lo que fuimos y quizás sigamos siendo.