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"Los buenos días perdidos" de Antonio Gala

Una capilla catedralicia convertida en la humilde morada de su sacristán y en alegoría de la España de los primeros años 70. Una síntesis de la tradición, las costumbres, las herencias y los absurdos de un país encarnados en cuatro personajes que no pretenden más que sobrevivir en unas coordenadas donde las posibilidades son escasas. Tras ellos, un escritor con una aguda y sagaz visión de la realidad y una capacidad retórica desbordante.

Leer el Premio Nacional de Literatura de 1972 es adentrarse en la realidad de un país de fachadas meapilas y de interiores de usureros. De una cotidianidad en la que casi cualquier situación exigía quedar a bien con lo que dictaba la represión y, al tiempo, encontrarle las fisuras por las que escapar de su control. Un cuadro que Gala despliega ante sus lectores y espectadores como si se tratara de un fresco viviente, con arte literario, embrujo dialéctico y genialidad teatral.

El patetismo de sus protagonistas no es más que el síntoma de un profundo cuadro de vacío, desapego y búsqueda existencial que no es exclusivo de ellos y que sirve como símbolo, metáfora y representación de la inmensa parte de los habitantes de una nación enclaustrada por la religión, la escasez material y la ilusión capitalista. Un diagnóstico al que esta obra llega tras una exposición de situaciones, encuentros y diálogos con mucho de absurdo escapista, pero también de sainete costumbrista y sátira descarnada.  

Las necesidades primarias, como el comer, el afecto (y el sexo) se combinan con pecados capitales como la vanidad, la avaricia y la erótica del poder. En el inicio, todo parece banal y ligero, casi lúdico, pero poco a poco la atmósfera se torna sarcástica, rozando el esperpento, para llegar a un final que está entre el patetismo y el más profundo, desnudo y crudo realismo. Todo ello en un marco a caballo entre lo cotidiano y lo pintoresco (una pareja que vive con la madre de él, sacristán y barbero, en la capilla de una iglesia), lo que lo hace, si cabe, más cercano a la par que más descabellado (cuando comienza a vivir con ellos un guardia que, además, ejerce como campanero).

Por el camino quedan las miserias de un pueblo entre obligado y tentado a engañar y abusar, robar y trapichear, explotar y prostituirse para mantener una dignidad que unos entienden como estabilidad mental, otros como orgullo y algunos, como una peculiar forma de valentía y rebelión. Un maremágnum de valores, planteamientos, reacciones y respuestas que su autor expone desde un prisma sin moralismos espirituales, centrado única y exclusivamente en lo que nos debería hacer y mantener como seres humanos libres.

La maestría de Gala fue, supongo, ser capaz de exponer esta complejidad dejando contentos tanto a censores del régimen como a sus críticos, consiguiendo el aplauso de los primeros por lo que presenta y el de los segundos por lo que representa. Afortunados aquellos que vieron representados Los buenos días perdidos en el otoño de 1972 por Juan Luis Galiardo, Amparo Baró, Mary Carrillo y Manuel Galiana. A los demás no nos queda otra que esperar un futuro montaje de este gran texto y disfrutar, mientras tanto, de su lectura.

Los buenos días perdidos, Antonio Gala, 1972, Castalia Ediciones.

10 películas de 2019

Grandes nombres del cine, películas de distintos rincones del mundo, títulos producidos por plataformas de streaming, personajes e historias con enfoques diferentes,…

Cafarnaúm. La historia que el joven Zain le cuenta al juez ante el que testifica por haber denunciado a sus padres no solo es verosímil, sino que está contada con un realismo tal que a pesar de su crudeza no resulta en ningún momento sensacionalista. Al final de la proyección queda clara la máxima con la que comienza, nacer en una familia cuyo único propósito es sobrevivir en el Líbano actual es una condena que ningún niño merece.


Dolor y gloria. Cumple con todas las señas de identidad de su autor, pero al tiempo las supera para no dejar que nada disturbe la verdad de la historia que quiere contar. La serenidad espiritual y la tranquilidad narrativa que transmiten tanto su guión como su dirección se ven amplificadas por unos personajes tan sólidos y férreos como las interpretaciones de los actores que los encarnan.

Gracias a Dios. Una recreación de hechos reales más cerca del documental que de la ficción. Un guión que se centra en lo tangible, en las personas, los momentos y los actos pederastas cometidos por un cura y deja el campo de las emociones casi fuera de su narración, a merced de unos espectadores empáticos e inteligentes. Una dirección precisa, que no se desvía ni un milímetro de su propósito y unos actores soberbios que humanizan y honran a las personas que encarnan.

Los días que vendrán. Nueve meses de espera sin edulcorantes ni dramatismos, solo realismo por doquier. Teniendo presente al que aún no ha nacido, pero en pantalla los protagonistas son sus padres haciendo frente -por separado y conjuntamente- a las nuevas y próximas circunstancias. Intimidad auténtica, cercanía y diálogos verosímiles. Vida, presente y futura, coescrita y dirigida por Carlos Marques-Marcet con la misma sensibilidad que ya demostró en 10.000 km.

Utoya. 22 de julio. El horror de no saber lo que está pasando, de oír disparos, gritos y gente corriendo contado de manera magistral, tanto cinematográfica como éticamente. Trasladándonos fielmente lo que sucedió, pero sin utilizarlo para hacer alardes audiovisuales. Con un único plano secuencia que nos traslada desde el principio hasta el final el abismo terrorista que vivieron los que estaban en esta isla cercana a Oslo aquella tarde del 22 de julio de 2011.

Hasta siempre, hijo mío. Dos familias, dos matrimonios amigos y dos hijos -sin hermanos, por la política del hijo único del gobierno chino- quedan ligados de por vida en el momento en que uno de los pequeños fallece en presencia del otro. La muerte como hito que marca un antes y un después en todas las personas involucradas, da igual el tiempo que pase o lo mucho que cambie su entorno, aunque sea a la manera en que lo ha hecho el del gigante asiático en las últimas décadas.

Joker. Simbiosis total entre director y actor en una cinta oscura, retorcida y enferma, pero también valiente, sincera y honesta, en la que Joaquin Phoenix se declara heredero del genio de Robert de Niro. Un espectador pegado en la butaca, incapaz de retirar los ojos de la pantalla y alejarse del sufrimiento de una mente desordenada en un mundo cruel, agresivo y violento con todo aquel que esté al otro lado de sus barreras excluyentes.

Parásitos. Cuando crees que han terminado de exponerte las diversas capas de una comedia histriónica, te empujan repentinamente por un tobogán de misterio, thriller, terror y drama. El delirio deja de ser divertido para convertirse en una película tan intrépida e inimaginable como increíble e inteligente. Ya no eres espectador, sino un personaje más arrastrado y aplastado por la fuerza y la intensidad que Joon-ho Bong le imprime a su película.

La trinchera infinita. Tres trabajos perfectamente combinados. Un guión que estructura eficazmente los más de treinta años de su relato, ateniéndose a lo que es importante y esencial en cada instante. Una construcción audiovisual que nos adentra en las muchas atmósferas de su narración a pesar de su restringida escenografía. Unos personajes tan bien concebidos y dialogados como interpretados gestual y verbalmente.

El irlandés. Tres horas y medio de auténtico cine, de ese que es arte y esconde maestría en todos y cada uno de sus componentes técnicos y artísticos, en cada fotograma y secuencia. Solo el retoque digital de la postproducción te hace sentir que estás viendo una película actual, en todo lo demás este es un clásico a lo grande, de los que ver una y otra vez descubriendo en cada pase nuevas lecturas, visiones y ángulos creativos sobresalientes.

“Cafarnaúm”, dura y polvorienta

La historia que el joven Zain le cuenta al juez ante el que testifica por haber denunciado a sus padres no solo es verosímil, sino que está contada con un realismo tal que a pesar de su crudeza no resulta en ningún momento sensacionalista. Al final de la proyección queda clara la máxima con la que comienza, nacer en una familia cuyo único propósito es sobrevivir en el Líbano actual es una condena que ningún niño merece.

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Tras ver Carfarnaúm sales de la sala con una convicción que dos horas antes presumías podría ser tan solo un mensaje de los que te iban a exponer. Y es que no hay mejor manera de transmitir una realidad que la de hacerla sentir. Ese es el logro sin fisuras de Nadine Labaki gracias a la dureza con la que su protagonista de doce años sostiene la mirada durante todo su relato. Un logro doblemente asombroso, como ejercicio de interpretación y, más impresionante aún, por lo que transmite acerca de lo que supone ser en su país –y por extensión, en muchos lugares del mundo- niño o adulto sin papeles, alguien sin identidad reconocida ni social ni legalmente.

Las viviendas, los comercios, las calles,…, da igual donde esté Zain, cuanto le rodea está sumido en una miseria cromática siempre polvorienta. La escasez de recursos materiales, la falta de limpieza, la mínima cantidad y calidad de la alimentación, la nula atención de sus padres, las intenciones de la mayoría de los adultos, todo conlleva una agresividad tan manifiesta que hace muy difícil salir adelante. No le queda otra que ser fuerte y no ya solo defenderse, sino ser aún más belicoso que la explotación laboral, los abusos físicos, la violencia sexual o la malnutrición de su entorno para no dejar que la falta de madurez y de experiencia le jueguen una mala pasada.

Unas coordenadas en las que tanto personaje principal como guión y dirección se mueven con suma destreza y seguridad en sí mismos para no caer en las garras del canibalismo aniquilador, en el caso de él, o las de la sensiblería o la frialdad excesiva en lo que respecta a la labor de Labaki tras la cámara. El trabajo de Zain Al Rafeea es de una sensibilidad, entrega y pasión que podría pasar más por el alegato de un comprometido con la causa que está denunciando que por un ejercicio actoral. En el caso de la directora y guionista hay que alabar el ritmo tan humano que imprime a su relato, la manera en que técnica –fotografía, montaje, banda sonora- y creatividad –dirección de actores y diálogos y silencios- combinan acción y emociones, relaciones e individualidades, el latido interior con la mirada exterior.

El único pero es que una de sus virtudes, no dejarse en el tintero ninguna de las situaciones y vivencias que forman parte de lo que nos muestra, alarga unos minutos de más la película. No sobra nada de lo que cuenta, aunque un cierto ejercicio de síntesis hubiera hecho que lo que resulta muy notable hubiera sido sobresaliente. Apunte que no desluce en absoluto una historia cuyo final hace crecer todo lo narrado anteriormente, dándole una profundidad que va más allá de la construcción cinematográfica para hacer de Cafarnaúm una muy lograda y objetiva exposición de lo mucho que nos queda por conseguir para que el mundo en el que vivimos sea verdaderamente humano.

Sobrecogedor “Ivan-Off”

Del drama a la tragedia, intensidad con momentos de hilaridad en un reparto coral con buenos secundarios y un soberbio Raúl Tejón como protagonista.

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Personaje, texto e interpretación se funden de manera tan completa y tan perfecta que el “Ivan-Off” de La Casa de la Portera te deja clavado al asiento con el estómago encogido, el corazón en un puño y la piel como escarpias. El drama no está en lo que sucede, no ocurre nada diferente a lo que podría ser la cotidianeidad de cualquier otro hombre, sino en lo que Chejov escribió, ahora versionado por José Martret y convertido en espectáculo por Raúl Tejón. La tragedia está en la desnudez con que se muestra la verdad de un hombre insatisfecho con el que mundo en el que vive y el papel que se le ha otorgado tanto en lo social, supuesto líder terrateniente, como en lo íntimo, esposo amantísimo.

Sinceridad brutal, sin límites en un texto del siglo XIX reconvertido en el XXI en emociones más allá de la piel, en un alma abierta que muestra el conflicto continuo que vive en su interior. El trabajo de Tejón es mucho más que gesticulación, voz y mirada. La sincera expresividad de su rostro es sobrecogedora, es el escaparate diáfano de un viaje que llega hasta las entrañas de un hombre que nos muestra la impotencia de no ser quien se espera de él, el dolor que esta realidad le causa y el que él causa a su alrededor, su honestidad reconociendo esta situación y el conflicto por no saber cómo darle solución. Desde el momento en que comienza la función Raúl Tejón crea a su alrededor un aura que llena la sala atrapando y arrastrando a los espectadores en su lucha por saber qué palabras poner a lo que siente, qué hacer, cómo vivir con ello.

Dándole la réplica destaca un alucinante Germán Torres poniendo cara a esos que con humor intentan ocultar la miseria espiritual que aun así se les escapa por las grietas de sus sonrisas. Y junto a él, un enérgico David González respondiendo con un sinuoso cinismo como manera de sobrevivir resueltamente ante las penurias y como parásito de los éxitos de los demás. En el lado femenino, Rocío Calvo y Carmen Navarro son el otro lado, las apariencias vacuas, las formas sin fondo,  los puntos de hilaridad en esos momentos sociales que están entre la comedia y el esperpento. Ellos cuatro son parte de un reparto coral que en su conjunto funcionan como una pieza única, perfectamente engranados.

Únase a todo esto la magia escénica que tiene la Casa de la Portera y el papel intensificador que sus reducidos espacios causan en su selecto aforo de 22 asistentes cuando el resultado es tan bueno como sucede en este caso.

Tres años después de su estreno “Ivan-Off” ha vuelto al lugar que le vio nacer y donde había sumado hasta ahora 287 representaciones. Algo que se queda en anécdota ante lo vivido en su reestreno este pasado 19 de febrero, noche en la que esta adaptación del Ivanov de Chejov rezumó una frescura, fuerza y energía que le hace digna merecedora de seguir en cartel por mucho tiempo.

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“Ivan-Off” en La Casa de la Portera (Madrid)