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“Verónica”

Hora y media de tensión muy bien creada, contada y mantenida sin descanso. Genera tanto o más horror y angustia la espera y la sensación de amenaza que el mal en sí mismo en ese escenario kitsch que es 1991 visto desde ahora. Una historia muy bien dirigida por Paco Plaza y protagonizada brillantemente por una novel Sandra Escacena.

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La etiqueta de inspirada en hechos reales le da a toda historia una impronta de verismo que juega a favor de su guionista, pero haciendo que nuestra incredulidad preste especial atención a cómo se han trasladado esos acontecimientos a la pantalla para comprobar si su representación tiene la solidez que cuenta la hemeroteca. Con este espíritu es como tomas asiento en la butaca para ver esta película que cuenta un fenómeno difícil de explicar –tal y como relata el informe policial sobre lo acontecido- en el barrio de Vallecas de Madrid allá por principios de los 90. Gracias a una muy lograda ambientación Paco Plaza nos traslada un cuarto de siglo atrás a golpe de teléfonos fijos, coches manuales rodando por las calles, pantalones vaqueros, pelos cardados, camisas de estampados hirientes para la vista y walkman en los que suenan sin cesar los Héroes del Silencio.

Los escenarios de esta historia son dos. Un colegio religioso donde las monjas que trabajan como profesoras, además de aquellas que ejercen como consejeras espirituales, son más caricaturas con un punto de mala leche que personajes reales. Son ellas, más que los quince años de Verónica, las que le dan el punto adolescente a esta película con sus descripciones sobre cómo se forma un eclipse y cómo plasman las leyendas de Bécquer las consecuencias de ir más allá de los límites. El segundo emplazamiento es la casa familiar, muy apropiada para una cinta de terror con esa costumbre nuestra de ventanas pequeñas tapadas doblemente con persianas y cortinas, así como habitaciones y pasillos llenos de mobiliario en la versión más actual del horror vacui barroco.

Paco Plaza va directo al grano, sin rodeos ni entretenimientos superficiales, a lo que nos quiere contar. Primero generando intriga con cómo abrimos la puerta al mal –vía ouija y manejando instrucciones de fascículos de kiosko sobre espiritismo- y comprobamos que este ha entrado en nuestro plano de la realidad. Un in crescendo al que le sigue la tensión al ver que viene a por nosotros, que sus intenciones no son nada positivas y que es difícil luchar contra un enemigo aparentemente invisible. La angustia y el miedo derivan en el horror y el pánico cuando ya no queda rincón físico ni hora del día en que Verónica ni sus tres hermanos se puedan sentir seguros o libres de una amenaza que lo mismo les asalta en sueños, les hace ver imágenes que no son reales o se muestra como sombras que atraviesan puertas y se desplazan sobre las paredes.

Sin ser una producción redonda, Verónica es efectiva por su acierto de casting y por saber manejar perfectamente todos los trucos del género. Las iluminaciones llenas de oscuridades que acongojan, penumbras que asustan y apariciones en modo relámpago que te dejan sin aliento. El silencio absoluto que paraliza al cuerpo, el ruido ambiental que encoje el  estómago y los efectos de sonido que disparan el ritmo cardíaco. Un guión preciso que trata a los niños y los jóvenes como lo que son, haciéndoles hablar a su manera tanto en su día a día como en su manera de afrontar lo que les desconcierta y aterra. Y por último, una dirección sobria y precisa, que se centra en lo que ha de mostrar, sin rodeos, decidida y exitosa en su propósito de contar y mostrar las horribles consecuencias que puede conllevar la inocencia mezclada con la ingenuidad, el desconocimiento y las ganas de saber.

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“Festen”, una celebración familiar

Una fachada en la que todo brilla con pulcritud. Una jerarquía donde el situado más arriba manda e impone. Una fiesta en la que todo es exultante alegría. Sin embargo, la verdad de esta familia es otra. Lo real son unos abusos que ya se han llevado por delante a una hija. Magüi Mira es la valiente directora que abre esa herida y la hace sangrar ante la vista de todos para comenzar a recuperar tanto la salud física como el equilibrio mental.

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Pasan las horas y Festen sigue presente, aspectos a los que ayer no se les terminaba de ver el sentido tras salir del Teatro Valle-Inclán, hoy tienen un significado que va más allá de las palabras. Esta función no se basa tan solo en sus diálogos. Tan importantes como ellos son las presencias, entendidas no solo como el lenguaje corporal de cada uno de sus actores sino, también, como su movimiento escénico. Cómo se colocan los unos respecto a los otros, de quién más cerca y más lejos, detrás o delante, a la derecha o a la izquierda, así como con quién se forma grupo y a quién no se le da nunca la mano o la espalda.

En el inicio todo es excesivo, el que es atento roza lo protocolario, el informal resulta grotesco y quien pretende ser amistoso se convierte en esperpéntico en cuanto abre la boca. Así son los hijos de un matrimonio que cuando hacen acto de presencia, pretenden parecer más monarcas absolutistas que padres cercanos, más señores poderosos que creadores de un vínculo y una historia familiar. Todo es profundamente discordante, nadie parece escuchar a nadie, y la hermandad y la unión paterno-filial no es más que una excusa para el enfado y el desprecio.  Una amalgama de sentimientos y emociones desordenadas, en constante ebullición, lanzada sobre el escenario a discreción, como si este fuera un campo de batalla. Hasta que llega el momento de disparar a matar con la munición más eficaz para lograr este objetivo, la verdad que nadie quiere escuchar y que uno de los hijos va a revelar, la de los abusos sexuales de su padre tanto a él como a su melliza.

Esta celebración del sesenta cumpleaños del cabeza de familia tiene tanto de texto como de cuerpo y energía, de presencia y atmósfera. El guión dogma del Festen cinematográfico se ha convertido en la puerta de entrada teatral al epicentro de una tormenta que, tras la electricidad acumulada esperándola, finalmente irrumpe de manera seca, con truenos y viento, pero sin agua, no limpia, no arrastra la suciedad, lo que la hace aún más desconcertante. Un punto de inflexión tras el que ya no es posible dar marcha atrás, tras el que no hay otra opción que hacer frente al monstruo de la violencia del pasado y al horror del silencio del presente.

A partir de este momento se pide a los actores que conviertan sus cuerpos en un instrumento expresivo, no solo de sí mismos, sino también de la tensión creada. Como si fuera un ser vivo que, alimentándose de los miedos de unos y la ira de otros, se comunica a través de ellos. Sin embargo, al trasladar la acción de lo verbal a lo gestual se echa en falta que los movimientos de algunos miembros del elenco no sean más fluidos y orgánicos, aportándoles la plasticidad que demandan para materializar el potente e inteligente recurso estético que podrían ser.

Motivo este por el que en algunos pasajes este montaje resulta desigual, aunque a posteriori –y con la distancia del reposo- este desajuste se desvanece ante la hondura y lograda crudeza de lo expuesto. Cuán brutal es el poder que niega la violencia sufrida y cuán asesino el silencio que condena al que ha sido abusado una y otra vez por atreverse a ponerle fin al status quo asumido por todos.

Festen, en el Teatro Valle-Inclán (Madrid).

10 películas de 2016

Periodismo de investigación; mujeres que tienen que encontrar la manera de estar juntas, de escapar, de encontrar a quienes les falta o de sobrevivir sin más; el deseo de vengarse, la necesidad de huir y el impulso irrefrenable de manipular la realidad; ser capaces de dialogar y de entendernos, de comprender por qué nos amamos,…

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Spotlight. Tom McCarthy realizó una gran película en la que lo cinematográfico se mantiene en la sombra para dejar todo el protagonismo a lo que verdaderamente le corresponde, al proceso de construcción de una noticia a partir de un pequeño dato, demostrando cuál es la función social del periodismo y por qué se le considera el cuarto poder.

Carol. Bella adaptación de la novela de Patricia Highsmith con la que Todd Haynes vuelve a ahondar en los prejuicios y la crueldad de la sociedad americana de los años 50 en una visión complementaria a la que ya ofreció en Lejos del cielo. Sin excesos ni remilgos en el relato de esta combinación de drama y road movie en la que la unión entre Cate Blanchett y Rooney Mara echa chispas desde el momento cero.

La habitación. No hay actores, hay personajes. No hay guión, hay diálogos y acción. No hay dirección, hay una historia real que sucede ante nuestros ojos. Todo en esta película respira honestidad, compromiso y verdad. Una gran película sobre lo difícil y lo enriquecedora que es la vida en cualquier circunstancia.

Julieta. Entra en el corazón y bajo la piel poco a poco, de manera suave, sin prisa, pero sin pausa. Cuando te quieres dar cuenta te tiene atrapado, inmerso en un personalísimo periplo hacia lo profundo en el que solo eres capaz de mirar hacia adelante para trasladarte hasta donde tenga pensado llevarte Almodóvar.

La puerta abierta. Una historia sin trampa ni cartón. Un guión desnudo, sin excesos, censuras ni adornos. Una dirección honesta y transparente, fiel a sus personajes y sus vivencias. Carmen Machi espectacular, Terele Pávez soberbia y Asier Etxeandía fantástico. Una película que dejará huella tanto en sus espectadores como, probablemente, en los balances de lo mejor visto en nuestras pantallas a lo largo de este año.

Tarde para la ira. Rabia y sangre fría como motivación de una historia que se plasma en la pantalla de la misma manera. Contada desde dentro, desde el dolor visceral y el pensamiento calculador que hace que todo esté perfectamente estudiado y medido, pero con los nervios y la tensión de saber que no hay oportunidad de reescritura, que todo ha de salir perfectamente a la primera. Así, además de con un impresionante Antonio de la Torre encarnando a su protagonista, es como le ha salido su estreno tras la cámara a Raúl Arévalo.

Un monstruo viene a verme. Un cuento sencillo que en pantalla resulta ser una gran historia. La puesta en escena es asombrosa, los personajes son pura emoción y están interpretados con tanta fuerza que es imposible no dejarse llevar por ellos a ese mundo de realidad y fantasía paralela que nos muestran. Detrás de las cámaras Bayona resulta ser, una vez más, un director que domina el relato audiovisual como aquellos que han hecho del cine el séptimo arte.

Elle. Paul Verhoeven en estado de gracia, utilizando el sexo como medio con el que darnos a conocer a su protagonista en una serie de tramas tan bien compenetradas en su conjunto como finamente desarrolladas de manera individual. Por su parte, Isabelle Huppert lo es todo, madre, esposa, hija, víctima, mantis religiosa, manipuladora, seductora, fría, entregada,… Director y actriz dan forma a un relato que tiene mucho de retorcido y de siniestro, pero que de su mano da como resultado una historia tan hipnótica y delirante como posible y verosímil.

La llegada. Ciencia-ficción en estado puro, enfocada en el encuentro y el intento de diálogo entre la especie humana y otra llegada de no se sabe dónde ni con qué intención. Libre de artificios, de ruido y efectos especiales centrados en el truco del montaje y el impacto visual. Una historia que articula brillantemente su recorrido en torno a aquello que nos hace seres inteligentes, en la capacidad del diálogo y en el uso del lenguaje como medio para comunicarnos y hacernos entender.

Animales nocturnos. Tom Ford ha escrito y dirigido una película redonda. Yendo mucho más allá de lo que admiradores y detractores señalaron del esteticismo que tenía cada plano de “Un hombre soltero”. En esta ocasión la historia nos agarra por la boca del estómago y no nos deja casi ni respirar. Impactante por lo que cuenta, memorable por las interpretaciones de Jake Gyllenhall y Amy Adams, y asombrosa por la manera en que están relacionadas y encadenadas sus distintas líneas narrativas.

“Un monstruo viene a verme”

Un cuento sencillo que en pantalla resulta ser una gran historia. La puesta en escena es asombrosa, los personajes son pura emoción y están interpretados con tanta fuerza que es imposible no dejarse llevar por ellos a ese mundo de realidad y fantasía paralela que nos muestran. Detrás de las cámaras Bayona resulta ser, una vez más, un director que domina el relato audiovisual como aquellos que han hecho del cine el séptimo arte.

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Al comienzo de la película Conor y su madre ponen en marcha un proyector antiguo para ver una película en blanco y negro, es el clásico de King Kong en el preciso momento en que el gigante es atacado en lo alto del Empire State Building de Nueva York. Uno de esos grandes momentos del cine clásico que, a pesar de haber quedado muy atrás técnicamente, siguen emocionando a sus espectadores. Esa es la propuesta de Bayona, contarnos una historia a la manera de antes, en la que lo importante son las emociones y vivencias de sus personajes y donde va a poner todo al servicio de lo que estos expresan y sienten. Un relato construido prestando atención a los pequeños detalles, sabiendo que el cine tiene mucho de artesanía, como demuestra con esos planos en los que vemos cómo comienza a a esbozarse el monstruo que después vendrá a visitarnos. En este sentido hay que hacer una especial mención a las piezas de animación a golpe de colorida acuarela con que se da imagen a los cuentos que este narra, una muestra del extraordinario ejercicio de producción que tiene tras de sí este título.

Como ya ocurriera en Lo Imposible, una de las claves para conseguir que lo que vemos en pantalla esté tan bien hilvanado es el montaje. Un recurso técnico que nuevamente es el gancho para llevarnos de un pasaje a otro sin que tengamos sensación de ruptura o de cambio y todo nos parezca tan lógico y natural que ni nos preguntemos por ello. En cada minuto de la proyección estamos donde debemos estar, en el lugar y momento en que procede, con el encuadre que corresponde, haciendo que cada plano dure los segundos adecuados y con el movimiento de cámara que requiera la acción y el diálogo de ese preciso instante. Así es como quedan perfectamente compaginados y equilibrados realidad y fantasía, miedos y deseos con lazos afectivos y vínculos familiares.

La valentía y el desconcierto de Conor ante la enfermedad de su madre es la ventana por la que somos introducidos en un mundo en el que la sensibilidad nunca es sensiblería ni la emocionalidad es infantil. Lo uno y lo otro son auténticos, características humanas que en él tienen la virtud de no estar contaminadas por los prejuicios y las huellas que en los adultos suele provocar la experiencia. Una autenticidad y una fuerza que hace que lo que en el guión funcione, lo haga aún más en pantalla con el excepcional trabajo de Lewis MacDougall, la siempre eficaz Sigourney Weaver y la no menos hábil Felicity Jones. Rostros cuyas miradas hacen que cada fotograma condense toda la creatividad y emocionalidad de esta película en una magia que recuerda a aquellos instantes de Spielberg en que se veía venir a los dinosaurios en Parque Jurásico o se descubría a aquel fantástico amigo que era E.T.

Quién sabe si al igual que décadas después continuamos recordando con admiración y cariño a aquellos seres irreales, sucederá lo mismo con este Un monstruo viene a verme con el que Juan Antonio Bayona sigue haciendo crecer su filmografía.

“Expediente Warren: el caso Enfield”

Una película que cumple perfectamente la premisa de estar basada en hechos reales, cuanto ocurre resulta verosímil. Una historia completa, con personajes creíbles y acontecimientos que van mucho más allá del susto, las apariciones inesperadas y los efectos especiales. La segunda entrega de Expediente Warren da argumentos para que haya un tercer título con el que continuar la saga.

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Como segunda parte que se precie, la nueva aventura demoníaca de los Warren se inicia haciendo mención al pasado en que les conocimos, prólogo en el que queda sembrada la semilla de uno de los elementos de tensión del momento presente. Pasan varios años y llegamos a 1976, fecha en que este matrimonio se ha convertido en un referente para aquellos que creen, investigan e interaccionan con el mundo paranormal. Motivo este por el que la Iglesia Católica les contacta cuando se descubre un caso en Inglaterra que tiene muchos visos de ser un nuevo episodio de aparición del maligno.

Ese es el punto de unión de dos historias muy bien iniciadas, dos inquietantes maneras de contactar con el más allá y dos maneras de hacerle frente, por otras tantas familias, que nos arrastran con ellas. Mientras en el lado inglés vivimos angustia, pánico y horror, en el lado americano la sorpresa no impide tener coraje para hacerle frente al mal que ha vuelto, incluso hasta sus casas, para iniciar una batalla que parece destinada a acabar con una de las partes.

En El caso Enfield lo turbador es mucho más que el resultado de momentos de tensión bien construidos. Es otra dimensión habitada por personajes con una identidad y personalidad que vamos conociendo a medida que interactúan con nosotros. El terror que provocan no está solo en que habiten en el lado oscuro, sino en su capacidad para dialogar con nosotros de múltiples maneras, tanto recurriendo a la conmoción y la violencia física y psicológica como hasta llegar a hacerse oscuramente cotidianos. Se llega a convivir con el miedo de tal manera que incluso hay momentos para el costumbrismo, el romanticismo o el más ácido humor británico.

Días y noches de los años setenta iluminados a la manera de un cuento gótico, con un punto continuo de nebulosa, de sobriedad de colores y tonos mate y apagados que hacen aún más palpable la invisible presencia de cuanto estamos experimentando. Los personajes humanos resultan reales por su confusión ante lo desconocido y por cómo su comportamiento, tras superar el desconcierto, se convierte en una lucha por la supervivencia y defender lo que consideran que es suyo, tanto la propia vida como la de los que forman su familia.

La masculina presencia y la mandíbula de superhéroe de Patrick Wilson y la potente mirada de Vera Farmiga son los eficaces rostros a través de los cuales los protagonistas se ponen manos a la obra para resolver la intriga y el misterio de lo que al principio no se sabe si es verdad y después resulta demasiado increíble para ser veraz. Junto a ellos, Frances O’Connor realiza un espléndido trabajo como mujer sin recursos y madre coraje que hace que esta aventura de los Warren sea no solo una segunda parte, sino un título con gran valor por sí mismo.

Asesinato (Munch, 1906)

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Atrás quedaron los trazos a la manera de los impresionistas, como si fueran golpes de luz sobre el lienzo, momentos que había que capturar en el escaso margen de tiempo en que el sol se deja ver en las coordenadas deseadas. Quizás por eso Munch (1863-1944) no intentó captar la falsa ilusión, ese holograma de felicidad que apenas dura un instante al que nos conduce engañados la utopía. Quizás por eso él se propuso ser más auténtico y hacer de su pincel el instrumento con el que dar imagen a lo que no se ve, a algo etéreo que no tiene fin ni principio, que está en nosotros sin saber cómo surgió, que siempre está ahí, una veces haciendo que seamos quienes somos, otras, persiguiéndonos para no dejarnos ser quienes queremos ser. Munch pintaba lo que se siente.

Unos veían el mundo de fuera hacia dentro. Él no, él al revés. El filtro comienza por uno mismo. Edward dejó a un lado las convenciones e hizo de la introspección no solo su inspiración, sino también su lenguaje. La melancolía, el miedo, la angustia son las sensaciones que le imponían la lente con la que percibía el mundo que vivía. No es la niebla la que nos entristece, no, no son los elementos externos los que nos marcan, no. Es lo que ocurre dentro de nosotros lo que determina la expresión de nuestro rostro, nuestro ceño fruncido es la señal del abrazo que no llega. Las emociones que curvan hasta atrofiar nuestra espalda marcan el inicio de un camino oscuro, de perspectiva estrecha y de un cese al que se llega mediante corte abrupto, ruptura traumática o muerte inesperada, incluso. Como en este “Asesinato” de 1906 en el que no hacen falta detalles explícitos, formas definidas o líneas precisas para dilucidar lo que puede haber ocurrido.

Del amarillo luminoso que se cuela por la ventana de fondo hasta los verdes oscuros del primer plano, del azul del vestido de la mujer en el centro de la escena al del traje de su víctima y a la sombra de su sombrero. Dos triángulos, uno que nace arriba y otro que surge de abajo, forman la composición que nos obligan a tener miedo de ser los siguientes. De que esa Carmen, esa María Magdalena no arrepentida que está en la confluencia de ambos y que nos mira sonriente, casi pérfida, considere que no ha finalizado su misión acabando con el hombre que yace en la cama en que la esperaba y haga de nosotros las siguientes víctimas cuyo cadáver será silueteado sobre el suelo. Los trazos curvos y centrífugos de las pinceladas, más largas y estiradas en la parte superior, más cortas y superpuestas en la inferior, nos dejan claro donde fluye la vida y donde pesa la muerte. Y todos y cada uno de nosotros, cada espectador, solo frente a ella, descubierto, atrapado, apuntado por esa expresión sonriente y maléfica, por esa mirada difusa que nos apunta.

Hay algo profundamente expresivo, sugerente y seductor en obras como esta de Munch que las haría convertirse años después en inspiración de los fotogramas de Fritz Lang, de las composiciones de John Huston o de las apariciones estelares de Barbara Stanwyck en algunos de los momentos estelares y seña de identidad del cine negro.

“Edward Munch. Arquetipos” en Museo Thyssen (Madrid) hasta el 17 de enero de 2016.

“Suburbana” de Claudio Mazza, un viaje en busca de la identidad

Una de las novelas más íntima y humana, a la par que genialmente escrita, que haya leído en mucho tiempo. Un completo viaje hasta la esencia de lo que somos como personas y como miembros de una familia, y cómo nos influye en ambos planos el devenir del país que nos da la nacionalidad, en este caso la Argentina de las últimas décadas. Un volver narrado con una extraordinaria sensibilidad con el que cerrar el ciclo que se inició con la huida motivada por la imperiosa necesidad de vivir.

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Toda crisis es una oportunidad para evolucionar, y los grandes éxitos suelen llegar después de haber superado satisfactoriamente momentos difíciles. En Argentina conocen muy bien la primera parte de esta afirmación, les falta materializar la segunda. En “Suburbana” los argentinos que habitan en su país se mueven en la inestabilidad, el desconcierto y una continua incertidumbre que según el momento, no solo les ha limitado sus posibilidades o coartado sus deseos, sino que ha amenazado incluso sus vidas. Porque la historia no son únicamente las decisiones de los gobernantes o los documentos que se mencionan en los ensayos, es el efecto que ambos tienen en la cotidianidad, en el día a día, en los aspectos materiales como si habrá pan o no cuando se vaya al supermercado, o en las sensaciones, como la de tener la certeza de si se volverá sano y salvo a casa al final del día tras la jornada de trabajo.

Dirán algunos que es necesario haber vivido en primera persona realidades como estas o como la de perder un hijo en una guerra absurda, innecesaria y carente de sentido, para poder hablar de ello. Desconozco si Claudio Mazza ha vivido estas situaciones de primera mano, pero leyendo su “Suburbana” se accede a esos rincones del corazón y del pensamiento que no se expresan con palabras, sino que solo son accesibles mirando al fondo de los ojos, de las miradas de aquellos que incluso dudan haber vivido semejantes acontecimientos. Llegar hasta ese lugar íntimo y sin coordenadas es el sobrecogedor resultado de la narrativa y del perfecto uso del lenguaje que hace Mazza.

Las palabras que elige, el modo diferente en que las usa cada uno de sus personajes, la expresividad individual tan auténtica que tienen todos ellos, tan diferentes a la par que con puntos en común entre sí. Juntos forman una muestra de ese universo heterogéneo que son los habitantes de una nación, pero que en el fondo están unidos por unas mismas circunstancias, valores y catálogo de puntos de vista con los que se considera y afronta la vida. De igual manera muestra el concepto de la familia, una red flexible, elástica, donde el vínculo nunca se desvanece a pesar de la distancia, sino que esta es el descanso necesario para coger fuerza hasta tener la oportunidad o la necesidad de volver a ejercitarse, como es ese instante en que los mayores nos ceden con su muerte el testigo de liderar y hacer evolucionar lo que ellos trajeron hasta el presente.

De lo absoluto al más ínfimo detalle, ese es el acierto de las situaciones que forman la historia de “Suburbana”. Una comida familiar nos basta para conocer de manera sencilla, pero completa, las mil consecuencias que los acontecimientos políticos causan sobre los ciudadanos de a pie. Al tiempo, los momentos en que el retrato del sistema se hace dueño de sus páginas, Mazza da carta blanca al tren de las emociones que toda persona lleva consigo: ira, coraje, miedo, valor, orgullo, esperanza,… De esta manera, consigue un equilibrio total entre lo macro y lo micro, entre lo abstracto y lo concreto, lo ajeno y lo propio, que hace de la lectura de su creación una experiencia absoluta, un viaje en el tiempo y en la distancia hasta la Argentina, con puntos de conexión con España, de las últimas décadas del siglo XX y el inicio del XXI.

Desde las coordenadas del fin del peronismo, la dictadura y la vuelta de la democracia en el país sudamericano hasta llegar al corralito de diciembre de 2001; con hitos como los niños robados, las madres de la Plaza de Mayo, la farsa promocional del mundial de fútbol de 1978 o la guerra de las Malvinas; y mientras tanto cambian los modelos de familia, de la múltiple integrada a las prácticas prematrimoniales, al debate sobre el concepto de la fidelidad y la visibilidad de la homosexualidad, las nuevas generaciones llegan a cursar estudios universitarios, se manifiestan delante de la policía o ante las sedes gubernamentales y emigran –unas veces por motivos políticos, otros económicos-. Todo esto, junto con la búsqueda personal a través de lo que los demás nos transmiten de nosotros mismos, es el completo y entusiasta viaje que nos ofrece “Suburbana”.