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“Amantes, poetas, víctimas y otros infelices” de Castro Lago

Hombres y mujeres que se cruzan sabiendo o no de la existencia de los otros. Historias de encuentros y desencuentros a través de la mirada aguda, audaz e incisiva de quienes les crea, observa y retrata. Microrrelatos que encajan entre sí por la capacidad de su autor de transmitir el libre discurrir de la vida en múltiples direcciones.

Tras leer estas setenta páginas es imposible no acordarse de las Vidas cruzadas de Raymond Carver llevadas al cine por Robert Altman en 1993. Una colección de momentos aparentemente anodinos, pero con una profundidad de lo más desconcertante tras la primera impresión de aburrida cotidianidad que transmitían sus protagonistas. Algo así es lo que sucede con la gente de Castro Lago, aunque él va más al grano y desde el inicio nos muestra la doble faz que tienen todos ellos, uniendo la de sus actos con la de sus motivaciones, la de lo que sienten con la impresión que generan en los demás, pero nunca fusionándolas, dejándonos así ver donde acaba una y comienza la otra.

Retratos, aventuras y andanzas de corto recorrido literario, pero albergando en el tiempo en que se prorrogan historias con giros asombrosos que nos demuestran que la realidad es lo que ella quiere ser, cuando y como ella diga y no lo que le dicte nuestra controladora ansiedad. Es de suponer una especial templanza de su autor en su faceta como creador, alguien sosegado y que se toma las cosas con la debida calma. Aunque también se le puede imaginar en pose maquiavélica pensando en el efecto que tenga en sus lectores eso que consigue y que es especialmente valioso, sorprender con aquello que esperabas que sucediera.

Este pequeño volumen alberga un universo en el que se aúna lo habitual con lo anecdótico, lo cotidiano con lo estrambótico y lo público con lo privado. Un mundo en el que los vacíos, los anhelos y las ausencias marcan más que las satisfacciones y las alegrías, dejando una impronta que marca y persigue a los que las sufren. Lo habilidoso es que resulta a la par espontáneo y preciso, ligero y minucioso. Se intuye que alberga tras de sí mucha información, pero no muestra más que la necesaria para que nos construyamos una imagen completa de lo que pretende transmitirnos, incidiendo únicamente en aquellos pequeños detalles que resultan valiosos por su peso narrativo.

Eso es lo que permite que funcione el mecanismo de la conexión, ese que hace que profundicemos en los personajes conociendo como protagonistas o secundarios a quienes antes fueron el otro, dando respuestas a las interrogantes que quedaron sin resolver sin necesidad de elaborarlas de nuevo, o dando un sentido diferente y ampliado a la vivencia de lo ya leído con el descubrimiento de nuevas e inesperadas interacciones. Así es como van surgiendo, trazándose y definiéndose hasta consolidarse como una compacta unidad -con sus toques de comedia, drama e intriga- los 25 personajes (unos más convencionales, otros de lo más variopinto), situaciones y capítulos de Amantes, poetas, víctimas y otros infelices.

Amantes, poetas, víctimas y otros infelices, Castro Lago, 2019, Talentura Libros.

10 películas de 2019

Grandes nombres del cine, películas de distintos rincones del mundo, títulos producidos por plataformas de streaming, personajes e historias con enfoques diferentes,…

Cafarnaúm. La historia que el joven Zain le cuenta al juez ante el que testifica por haber denunciado a sus padres no solo es verosímil, sino que está contada con un realismo tal que a pesar de su crudeza no resulta en ningún momento sensacionalista. Al final de la proyección queda clara la máxima con la que comienza, nacer en una familia cuyo único propósito es sobrevivir en el Líbano actual es una condena que ningún niño merece.


Dolor y gloria. Cumple con todas las señas de identidad de su autor, pero al tiempo las supera para no dejar que nada disturbe la verdad de la historia que quiere contar. La serenidad espiritual y la tranquilidad narrativa que transmiten tanto su guión como su dirección se ven amplificadas por unos personajes tan sólidos y férreos como las interpretaciones de los actores que los encarnan.

Gracias a Dios. Una recreación de hechos reales más cerca del documental que de la ficción. Un guión que se centra en lo tangible, en las personas, los momentos y los actos pederastas cometidos por un cura y deja el campo de las emociones casi fuera de su narración, a merced de unos espectadores empáticos e inteligentes. Una dirección precisa, que no se desvía ni un milímetro de su propósito y unos actores soberbios que humanizan y honran a las personas que encarnan.

Los días que vendrán. Nueve meses de espera sin edulcorantes ni dramatismos, solo realismo por doquier. Teniendo presente al que aún no ha nacido, pero en pantalla los protagonistas son sus padres haciendo frente -por separado y conjuntamente- a las nuevas y próximas circunstancias. Intimidad auténtica, cercanía y diálogos verosímiles. Vida, presente y futura, coescrita y dirigida por Carlos Marques-Marcet con la misma sensibilidad que ya demostró en 10.000 km.

Utoya. 22 de julio. El horror de no saber lo que está pasando, de oír disparos, gritos y gente corriendo contado de manera magistral, tanto cinematográfica como éticamente. Trasladándonos fielmente lo que sucedió, pero sin utilizarlo para hacer alardes audiovisuales. Con un único plano secuencia que nos traslada desde el principio hasta el final el abismo terrorista que vivieron los que estaban en esta isla cercana a Oslo aquella tarde del 22 de julio de 2011.

Hasta siempre, hijo mío. Dos familias, dos matrimonios amigos y dos hijos -sin hermanos, por la política del hijo único del gobierno chino- quedan ligados de por vida en el momento en que uno de los pequeños fallece en presencia del otro. La muerte como hito que marca un antes y un después en todas las personas involucradas, da igual el tiempo que pase o lo mucho que cambie su entorno, aunque sea a la manera en que lo ha hecho el del gigante asiático en las últimas décadas.

Joker. Simbiosis total entre director y actor en una cinta oscura, retorcida y enferma, pero también valiente, sincera y honesta, en la que Joaquin Phoenix se declara heredero del genio de Robert de Niro. Un espectador pegado en la butaca, incapaz de retirar los ojos de la pantalla y alejarse del sufrimiento de una mente desordenada en un mundo cruel, agresivo y violento con todo aquel que esté al otro lado de sus barreras excluyentes.

Parásitos. Cuando crees que han terminado de exponerte las diversas capas de una comedia histriónica, te empujan repentinamente por un tobogán de misterio, thriller, terror y drama. El delirio deja de ser divertido para convertirse en una película tan intrépida e inimaginable como increíble e inteligente. Ya no eres espectador, sino un personaje más arrastrado y aplastado por la fuerza y la intensidad que Joon-ho Bong le imprime a su película.

La trinchera infinita. Tres trabajos perfectamente combinados. Un guión que estructura eficazmente los más de treinta años de su relato, ateniéndose a lo que es importante y esencial en cada instante. Una construcción audiovisual que nos adentra en las muchas atmósferas de su narración a pesar de su restringida escenografía. Unos personajes tan bien concebidos y dialogados como interpretados gestual y verbalmente.

El irlandés. Tres horas y medio de auténtico cine, de ese que es arte y esconde maestría en todos y cada uno de sus componentes técnicos y artísticos, en cada fotograma y secuencia. Solo el retoque digital de la postproducción te hace sentir que estás viendo una película actual, en todo lo demás este es un clásico a lo grande, de los que ver una y otra vez descubriendo en cada pase nuevas lecturas, visiones y ángulos creativos sobresalientes.

“Hasta siempre, hijo mío”

Dos familias, dos matrimonios amigos y dos hijos -sin hermanos, por la política del hijo único del gobierno chino- quedan ligados de por vida en el momento en que uno de los pequeños fallece en presencia del otro. La muerte como hito que marca un antes y un después en todas las personas involucradas, da igual el tiempo que pase o lo mucho que cambie su entorno, aunque sea a la manera en que lo ha hecho el del gigante asiático en las últimas décadas.

Desde las primeras secuencias Hasta siempre, hijo mío deja claro que su propuesta no es solo narrativa, sino también emocional. No solo te cuenta qué sucede, sino que te traslada la atmósfera en la que se producen los acontecimientos que relata y la que estos generan. Puede parecer que algunas secuencias se alargan en exceso, pero en el momento en que te percatas del objetivo de Wang Xiaoshuai, cuanto se proyecta te resulta tan lógico como hermoso e hipnótico.

Esto nos lleva a darnos cuenta de que su cinta no combina dos historias, una privada, qué sucede tras el ahogamiento del joven protagonista, y una pública, la evolución económica y social de China desde los años 80 hasta hoy. La segunda ejerce un papel fundamental en la primera, no solo marcando sus coordenadas temporales y geográficas, sino también el carácter, el comportamiento y hasta muchas de las posibilidades vitales de sus protagonistas, tal y como hacía -y sigue haciendo- con la vida de cientos de millones de personas.

Un ambicioso fresco, perfectamente mostrado, que va desde la organización comunitaria de la vida laboral y personal de los trabajadores en las grandes fábricas en la que está marcado hasta qué poder hacer en el tiempo libre, a la eclosión del urbanismo de rascacielos, avenidas transitadas por coches de última generación, grandes aeropuertos y viviendas construidas con materiales de primera calidad. Un cambio radical que, sin embargo, queda en segundo plano en la vida de Yaoyun y Liyun cuando muere su hijo. Desde ese momento el dolor y el silencio lo llena todo, no solo les aísla y les traslada a cientos de kilómetros, sino que, incluso, les abstrae melancólicamente del mundo real, de las relaciones, el contacto y el diálogo con los demás.

Pero la película no se queda ahí, en las primeras consecuencias, sino que profundiza en ello y expone con sumo respeto cómo se actúa y se vive, incluso pasados los años, cuando el vacío impuesto por el destino -y las normas totalitarias del régimen comunista- se instala de manera permanente en la cotidianidad exterior y en el ánimo interior de quienes han visto eliminados de un plumazo sus roles de padre y madre hacia un tercero, y de integrantes de una familia ahora incompleta. Un universo desconocido para quien no se haya visto obligado a recorrerlo y en cuya profundidad Xiaoshuai se sumerge con total valentía para traernos hasta la superficie un relato cuya delicada y acertada exposición hace que resulte sublime.

Un círculo completo en el que queda claramente expuesto el rol y evolución de cada uno de los personajes, las relaciones -grupales e individuales- que mantienen en la constelación perfectamente diseñada que conforman, así como las múltiples formas que adquiere la vida para, a pesar de todo y aunque muchas veces ellos no lo sepan, no se percaten de ello o no quieran aceptarlo, mantenerles unidos.

“La vida a ratos” de Juan José Millás

Surrealista, onírico, ¿irreal?, sincero, absurdo, neurótico y hasta un poco paranoico. Diario, autobiografía, transcripción psicoanalítica e, incluso, un poco de juerga y fiesta daliniana. En primera persona como manifiesto de sí mismo, para comprobarse en el reflejo del papel, para liberar al yo que nunca permite mostrarse en público. Tres años de terapia y escritura automática, pero también de juegos con el lenguaje y el sentido de la realidad.

Juan José Millás no es solo el autor de esta novela, también es su protagonista. Pero aunque ambos tienen el mismo nombre y apellido, quizás no sean la misma persona. Puede que el Millás personaje no sea más que un recurso del Millás autor para liberarse y practicar una escritura menos narrativa, aunque sin dejar de serlo, y más estilística de la que se podría esperar de un novelista. O quizás el altavoz Millás sea el Millás escritor que quiere seguir en la ficción pero esta vez se ha dado el capricho de emplear horas y horas gastando tinta o aporreando el teclado pensando en un único lector, él mismo.

O quién sabe, lo mismo lo que ha hecho en La vida a ratos es tratarnos como si fuéramos la psicoanalista a la que visita todas las semanas y contarnos todo aquello que ha supuesto nos relataría si estuviera tumbado en el diván de nuestra consulta. El resultado es algo que aúna el absurdo de lo que no siempre guarda una lógica que lo explique y mecanismos surrealistas como la irracionalidad de muchas de sus situaciones, la excusa onírica en que se encuadran otras tantas y la escritura automática con que se hilvanan.

Un cruce en el que no está claro dónde quedan la credibilidad, la verosimilitud y el realismo a la hora de contarnos lo que supuestamente le pasa en su día a día. De entrada sorprende, provocando incluso una amalgama de reacciones hasta enfrentadas por no tener la certeza de qué pretende Millás. Si mostrarse naif como resultado de su falta de pudor y de haberse liberado, con humor y sin miedo a rozar el patetismo, del filtro de las formalidades. Si liberarse de las convenciones y avanzar sin rumbo definido y dejarse sorprender por lo que le surja en el camino. Cabe pensar incluso si está construyendo un gran relato a base de microrrelatos en los que combina vivencia y reflexión, recuerdo e introspección, proyección y reinterpretación.

Pero según se suceden las jornadas de los algo más de tres años que abarca La vida a ratos, si nos liberamos de nosotros mismos como hace él, de nuestras exigencias de saber dónde estamos y a dónde vamos, qué se nos pide y qué se nos dará, qué tenemos y qué seremos. Si cuando nos surgen cualquiera de esas interrogantes optamos por ignorarlas, su lectura fluye de manera tan libre, alegre y espontánea como lo hace lo que le da título a su narración, la vida. Es entonces cuando comenzamos a ver que no hay diferentes Millás, sino distintas capas de uno mismo entre las que nos podemos adentrar para estar igual de cerca del hombre que es y siente que del que piensa y escribe y del que vive y se relaciona con su mujer, sus alumnos y sus amigos.

La vida a ratos, Juan José Millás, 2019, Editorial Alfaguara.

“La geometría del trigo” de Alberto Conejero

Un viaje a los orígenes, a la búsqueda del encuentro, a la necesidad de comprender, a la imposibilidad de ir en contra de las leyes de la vida. Un texto que aúna toma de conciencia, necesidad de desnudarse, anhelo de intimidad, luz y desconcierto en el diálogo y confrontación entre sus personajes a lo largo del tiempo. Una propuesta teatral en la que sus anotaciones escenográficas amplifican la intensidad de sus parlamentos, creando y transmitiendo una atmósfera tan sugerente como cautivadora.  

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En su nueva dramaturgia Conejero plantea de manera precisa varias dimensiones que se simultanean, el ahora y el hace tres décadas, el Jaén rural y la cosmopolita Barcelona, la comunicación en castellano con acento andaluz y francés o en catalán. Entre todas ellas, una coordenadas que queda claro que no son solo geográficas, sino también identitarias, hasta las que algunos se trasladan al sentirse o verse demandados por ellas, o de las que desean huir por no ser capaces de soportar la verdad que alberga sobre ellos.

La geometría del trigo expone con gran claridad la complejidad de una realidad solo apta para los valientes dispuestos a asumir que hay algo más grande que uno mismo, que la vida y el amor no son algo sobre lo que decidimos libremente desde nuestra absolutista individualidad, sino que son también corrientes que ejercen su fuerza sobre nosotros. Una influencia a la que nos podemos negar, pero esa huida generará unos efectos secundarios que sufriremos nosotros y los que vengan detrás de nosotros. Nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos hasta que no se recomponga ese equilibrio que no quisimos o no supimos asumir y que pasa por romper la dictadura del silencio y acabar con el inmovilismo de las costumbres.

A pesar del dramatismo que se esconde siempre tras el dolor, el que habita cada una de las escenas de esta geometría no tiene nada de sórdido en su origen ni de narcisista en su prórroga. Es un pesar que las estructura de manera muy solvente, llevándonos desde sus consecuencias más actuales hasta su nacimiento para descubrir que alberga el deseo de su fin. Un punto de inflexión cuya consecución implicaría dejar paso a una satisfacción –tanto personal como compartida- que acabe con su invisible sombra y la liberación de esa fuerza ahora atada con la que afrontar la vida con ilusión renovada.

En el apartado formal, destacar que la profundidad humana de esta constelación familiar se ve fielmente reflejada en las anotaciones con las que Alberto propone una escenografía que amplifique la narración y el lirismo de su historia. He ahí la imagen de Joan y de su madre haciendo la maleta con los mismos movimientos físicos y bajo un similar estado de ánimo. El escenario que encadena tiempos y localizaciones diferentes, o su ocupación por bandadas de pájaros o tormentas de hojas y polvo de arcilla alegorizan y esencian la herida abierta de esa intimidad de la que nos hace ser testigos. Anotaciones que tienen tanto de descripción argumental como de guía para la puesta en escena de este texto.

Ahora solo queda esperar que ese momento llegue y ver si la adaptación tiene la misma calidad que montajes de obras de su autor como la reciente Los días de la nieve o anteriores como La piedra oscura o Cliff.

La geometría del trigo, Alberto Conejero, 2018, Editorial Dos Bigotes.

“Reparar a los vivos”

Para que alguien que necesita un corazón lo reciba hace falta que previamente fallezca quien se lo vaya a donar. Ambas situaciones conllevan un drama familiar de difícil enunciación cuya realidad solo conocen los equipos médicos involucrados. Esa energía que se mueve entre unos y otros en unas circunstancias tan difíciles, únicas y rápidas en el tiempo es lo que sabe elaborar y transmitir con suma precisión esta cinta. Mucha sensibilidad y delicadeza en una narración salpicada de momentos de gran lirismo.

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Los primeros minutos son todo ritmo, un joven apuesto de melena rubia deja a su chica durmiendo y él se desplaza por la noche de una ciudad francesa combinando bici y monopatín hasta subirse a un coche en el que junto a dos amigos se desplaza hasta una playa en la que se enfunda en un traje de neopreno y y se lanza al mar a surfear. En ese momento la historia que estaba comenzando a ser proyectada se transforma en una inmersión sensorial que va más allá de la experiencia subacuática de sus protagonistas. Es el primer gancho que Reparar a los vivos lanza al espectador para que este se sienta dentro del torrente emocional que está a punto de comenzar.

A partir de este momento la película deja de verse con los ojos y pasa a ser seguida con los latidos del corazón que se acompasan a la cadencia con que se desarrollan y suceden los acontecimientos. En primer lugar en el hospital en el que asistimos a una serie de secuencias magistrales en las que se combina a la perfección el proceso de estabilización médica con el aviso a la familia, la certificación del diagnóstico con el shock al recibir la crudeza de la información y el momento que confirma que no hay marcha atrás con la propuesta de proceder a la donación de los órganos. La tensión de la situación, la angustia emocional que desprenden los protagonistas –Emmanuelle Seigner llena la pantalla con su madurez actual igual que lo hacía con su belleza hace dos décadas- y la dureza de aceptar que lo que está ocurriendo solo tiene como opción aceptar su final no permiten un segundo de descanso.

Fuera del hospital la realidad es diferente, es calmada y reposada, como la de la resignación de Claire –Anne Dorval enamora a la cámara igual que lo hacía en la Mommy de Xavier Dolan- al asumir que su corazón está en su recta final. La intensidad de la anterior trama torna aquí en un melodrama más convencional, y por ello menos sorprendente, en el que se intuye una carrera profesional truncada, la renuncia a una historia de amor y una maternidad que después de dos décadas de ejercicio sigue siendo para ella la máxima prioridad personal.

Tanto en una historia como en otra, Katell Quillévéré va un paso más allá, se sumerge en la oscuridad emocional de sus tramas, evitando la manipulación sensible y los convencionalismos médicos para hacer que su película resulte veraz y creíble. En su primera parte recuerda vagamente al pasaje hospitalario de la Manuela de Almodovar en Todo sobre mi madre. En la segunda, los personajes tienen tras de sí mucho más de lo que muestran y bien podrían haber sido concebidos por Paul Verhoeven, aunque a buen seguro él los hubiera llevado por otros derroteros.