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“Espacios de libertad” de Juan Pablo Fusi

La modernidad y creatividad cultural que en buena medida vivimos hoy en día no tienen nada que ver con la aridez que nuestro país vivió en este campo tras el inicio de la dictadura franquista. Este ágil ensayo nos recuerda cuáles fueron las claves, las etapas, los retos y los nombres que hicieron que la renovación que comenzó en torno a 1960 diera como resultado un sistema completamente diferente una vez consolidada la democracia en la década de los 80.

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El fin de la Guerra Civil trajo consigo un sistema de poder en el que el franquismo negó el pasado más reciente y buscó referenciarse en hitos como la Reconquista, la unión de los Reyes Católicos y el Imperio en el que nunca se ponía el sol, al tiempo que dejaba el sistema y los contenidos educativos en manos de la Iglesia. Súmese a esto la represión expresiva, informativa e ideológica que prorrogaba la ya efectuada durante la contienda y la falta de medios materiales (alimento, transporte,…) para convertir el país en un páramo en el que cualquier atisbo de creación artística no solo tenía limitada la motivación, sino también su materialización y qué decir de su divulgación. Solo era posible aquello que comulgara con los principios del régimen, el ora et labora de la economía agrícola, la exaltación política de lo español y el castrante nacionalcatolicismo en lo social como se podían ver en construcciones como la del Valle de los Caídos o el Arco de la Victoria en Madrid.

Así fue durante las dos primeras décadas, resultado de factores como el aislamiento internacional debido a la II Guerra Mundial y el inicio de la Guerra Fría y a que la mayoría social del país seguía afectada por su vivencia de la fratricida contienda. Sin embargo, los años 50 implicaron una ligera apertura del régimen –acuerdos con EE.UU., entrada en NN.UU.- y la incorporación al sistema social de una nueva juventud que poco a poco fue introduciendo en sus manifestaciones –cine (Juan Antonio Bardem), música (Joaquín Rodrigo), literatura (Camilo José Cela), pintura (Rafael Canogar), ensayo histórico (Claudio Sánchez Albornoz), pensamiento filosófico (Julián Marías), análisis económico (Luis Ángel Rojo),…- un punto de vista realista a la situación que vivían. Un saldar cuentas con el pasado reciente a partir del cual se comenzó a mirar al futuro de manera decidida.

Algo que el conjunto del país fue haciendo a medida que se industrializaba y urbanizaba, aunque de manera muy desigual, y comenzaba a recordar su pasado más reciente –el denostado liberalismo del siglo XIX y el convulso comienzo del XX- y a plantearse nuevamente su identidad regional y nacional -como en la poesía de Blas de Otero y Luis Cernuda-. Tiempos de agitación social con protestas estudiantiles y sindicales y primeras reivindicaciones femeninas que chocaban con la censura y el inmovilismo de un régimen que se anclaba en sus posiciones al no tener una verdadera alternativa, aunque sí cierta oposición política de una izquierda cuya única estructura era la clandestina del Partido Comunista. Mientras el sistema se preocupaba por su pervivencia una vez que estuvo claro que la vida del Caudillo se acercaba a su fin, la sociedad clamaba por la llegada de la democracia, siendo secundario el hecho de que fuera como República o como Monarquía.

Sin embargo, no fue fácil llegar a ello, la violencia de ETA junto a la de otros grupos, además de la justificada como acción policial o judicial del Gobierno, hicieron temblar los cimientos de la evolución hacia nuevas formas de organización y gestión social, política, económica y territorial. Un ambiente de nuevas metas y preocupaciones que los autores de aquel momento recogieron en sus obras, he ahí el cine de Carlos Saura, la pintura de Eduardo Arroyo, los títulos de Fernando Savater o las novelas de Juan Marsé.

Tras el punto de inflexión que supuso el 20 de noviembre de 1975, el país supo hacer frente a las muchas dificultades que tuvo y pasó en cinco años de ser una dictadura a una joven democracia con una Constitución que la convertía en un estado formado por nacionalidades y regiones, regido por una Monarquía parlamentaria y organizado en diecisiete comunidades y dos ciudades autónomas. Una España que comenzó a mirar a su pasado más reciente, editando bibliografía al respecto prohibida hasta entonces (La guerra civil española, Hugh Thomas) o elaborándola ad hoc (Vida, pasión y muerte de Federico García Lorca de Ian Gibson, 1986), acogiendo iconos que la definían (llegada del Guernica de Picasso, 1981), dotándose de nuevas infraestructuras culturales (Museo Reina Sofía,  1986) y relatando nuevas historias (el cine de Pedro Almodóvar, la literatura de Eduardo Mendoza,…).

Tres décadas de nuestra historia formadas por las múltiples referencias que de manera ordenada Juan Pablo Fusil recoge en este ensayo de ágil y comprensible lectura, que se deben a todos los acontecimientos anteriores a los en él relatados y que tienen un epílogo que podemos extender perfectamente hasta nuestro presente.

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“The Lisbon Traviata” de Terrence McNally

Una grabación no oficial de Maria Callas es la excusa que detona el ágil repaso que en el primer acto hacen Mendy y Stephen de su agridulce amistad, así como de la manera que tiene cada uno de ellos de posicionarse ante el amor. A continuación Terrence McNally nos introduce sin piedad alguna en la triste, desgarrada y dolorosa realidad de la relación de pareja de Stephen con Mike. Un texto brillante, excesivo en sus pasajes operísticos y sobrio en los emocionales, pero siempre equilibrado en su retrato de una parte de la realidad homosexual de finales de la década de 1980.  

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Mendy ha de tener siempre la última palabra. No hay ocasión en que no haya un detalle que solo él es capaz de ver y que hace que considere inferior a quien no se percate de él. Por su parte, Stephen disfruta sabiendo, saborea el instante consigo mismo, dialoga sobre aquello que recuerda del pasado, que vive en el presente o que imagina sobre el futuro. Quizás esto explica por qué el conato amoroso que tuvieron tiempo atrás nunca se materializó y por qué ahora son capaces de conversar y tenerse en cuenta, aunque no lo parezca al no ponerse nunca de acuerdo.

El diálogo entre ellos es rápido, veloz, aparentemente sutil por servirse de la ópera –obras, autores, intérpretes y, sobre todo, el personaje de María Callas- como base para su desarrollo y argumentación. Pero en realidad McNally es muy claro y directo en su objetivo que es mostrar en un rato entre amigos de una noche cualquiera, distintas maneras de concebir y vivir el amor entre la comunidad masculina homosexual de una gran ciudad occidental como es Nueva York. Primero expone la fachada, el deseo de enamorarse de un hombre de consolidada madurez y la satisfacción de vivir esa realidad por otro unos años más joven que él.

Pero el autor de Corpus Christi o Mothers and sons no se queda ahí y ahonda para dar respuesta a lo que ninguno está dispuesto a admitir, pero que escuchan en boca del otro, que el primero se sabotea –haciendo culpables a los demás- y que el segundo se engaña a sí mismo –abanderando y promulgando valores en los que no cree-.

Estamos en la isla de Manhattan, en 1988 o 1989 (año de estreno de The Lisbon Traviata), en un Nueva York siempre culturalmente efervescente –justo cuando se estrenaba entonces la última película de Pedro Almodóvar-, cuando todavía mueren muchos hombres homosexuales a causa del SIDA, otros tantos esconden su orientación sexual en matrimonios heterosexuales y se disfraza como pareja abierta y libertad sexual el miedo a la soledad.

Este amargo panorama exterior e interior es el que hace que Stephen busque el conflicto con Mike cuando rompe el acuerdo entre ambos y llega a casa antes de la hora establecida. Es entonces cuando lo ya sabido, la existencia de un tercero, pasa de ser algo conocido y tolerado a real e incompatible y todo el edificio de palabras, justificaciones y virtudes impostadas se cae dejando patente que el amor había llegado a su fin hace tiempo, desde el momento en que el afecto tornó en dolor y el cariño en ceguera y rechazo.

En ese momento queda también claro el papel protagonista que la música tiene en esta obra, ya sea comentada, expuesta –como el vinilo de George Michael que descubre incrédulo en su casa el melómano Stephen- o escuchada de manera continua –formando una potente banda sonora-. Su papel es el de hacernos evitar el silencio que revela la tristeza y el vacío existencial en que vivimos.

10 películas de 2016

Periodismo de investigación; mujeres que tienen que encontrar la manera de estar juntas, de escapar, de encontrar a quienes les falta o de sobrevivir sin más; el deseo de vengarse, la necesidad de huir y el impulso irrefrenable de manipular la realidad; ser capaces de dialogar y de entendernos, de comprender por qué nos amamos,…

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Spotlight. Tom McCarthy realizó una gran película en la que lo cinematográfico se mantiene en la sombra para dejar todo el protagonismo a lo que verdaderamente le corresponde, al proceso de construcción de una noticia a partir de un pequeño dato, demostrando cuál es la función social del periodismo y por qué se le considera el cuarto poder.

Carol. Bella adaptación de la novela de Patricia Highsmith con la que Todd Haynes vuelve a ahondar en los prejuicios y la crueldad de la sociedad americana de los años 50 en una visión complementaria a la que ya ofreció en Lejos del cielo. Sin excesos ni remilgos en el relato de esta combinación de drama y road movie en la que la unión entre Cate Blanchett y Rooney Mara echa chispas desde el momento cero.

La habitación. No hay actores, hay personajes. No hay guión, hay diálogos y acción. No hay dirección, hay una historia real que sucede ante nuestros ojos. Todo en esta película respira honestidad, compromiso y verdad. Una gran película sobre lo difícil y lo enriquecedora que es la vida en cualquier circunstancia.

Julieta. Entra en el corazón y bajo la piel poco a poco, de manera suave, sin prisa, pero sin pausa. Cuando te quieres dar cuenta te tiene atrapado, inmerso en un personalísimo periplo hacia lo profundo en el que solo eres capaz de mirar hacia adelante para trasladarte hasta donde tenga pensado llevarte Almodóvar.

La puerta abierta. Una historia sin trampa ni cartón. Un guión desnudo, sin excesos, censuras ni adornos. Una dirección honesta y transparente, fiel a sus personajes y sus vivencias. Carmen Machi espectacular, Terele Pávez soberbia y Asier Etxeandía fantástico. Una película que dejará huella tanto en sus espectadores como, probablemente, en los balances de lo mejor visto en nuestras pantallas a lo largo de este año.

Tarde para la ira. Rabia y sangre fría como motivación de una historia que se plasma en la pantalla de la misma manera. Contada desde dentro, desde el dolor visceral y el pensamiento calculador que hace que todo esté perfectamente estudiado y medido, pero con los nervios y la tensión de saber que no hay oportunidad de reescritura, que todo ha de salir perfectamente a la primera. Así, además de con un impresionante Antonio de la Torre encarnando a su protagonista, es como le ha salido su estreno tras la cámara a Raúl Arévalo.

Un monstruo viene a verme. Un cuento sencillo que en pantalla resulta ser una gran historia. La puesta en escena es asombrosa, los personajes son pura emoción y están interpretados con tanta fuerza que es imposible no dejarse llevar por ellos a ese mundo de realidad y fantasía paralela que nos muestran. Detrás de las cámaras Bayona resulta ser, una vez más, un director que domina el relato audiovisual como aquellos que han hecho del cine el séptimo arte.

Elle. Paul Verhoeven en estado de gracia, utilizando el sexo como medio con el que darnos a conocer a su protagonista en una serie de tramas tan bien compenetradas en su conjunto como finamente desarrolladas de manera individual. Por su parte, Isabelle Huppert lo es todo, madre, esposa, hija, víctima, mantis religiosa, manipuladora, seductora, fría, entregada,… Director y actriz dan forma a un relato que tiene mucho de retorcido y de siniestro, pero que de su mano da como resultado una historia tan hipnótica y delirante como posible y verosímil.

La llegada. Ciencia-ficción en estado puro, enfocada en el encuentro y el intento de diálogo entre la especie humana y otra llegada de no se sabe dónde ni con qué intención. Libre de artificios, de ruido y efectos especiales centrados en el truco del montaje y el impacto visual. Una historia que articula brillantemente su recorrido en torno a aquello que nos hace seres inteligentes, en la capacidad del diálogo y en el uso del lenguaje como medio para comunicarnos y hacernos entender.

Animales nocturnos. Tom Ford ha escrito y dirigido una película redonda. Yendo mucho más allá de lo que admiradores y detractores señalaron del esteticismo que tenía cada plano de “Un hombre soltero”. En esta ocasión la historia nos agarra por la boca del estómago y no nos deja casi ni respirar. Impactante por lo que cuenta, memorable por las interpretaciones de Jake Gyllenhall y Amy Adams, y asombrosa por la manera en que están relacionadas y encadenadas sus distintas líneas narrativas.

“Julieta”, un viaje a lo más íntimo

Entra en el corazón y bajo la piel poco a poco, de manera suave, sin prisa, pero sin pausa. Cuando te quieres dar cuenta te tiene atrapado, inmerso en un personalísimo periplo hacia lo profundo en el que solo eres capaz de mirar hacia adelante para trasladarte hasta donde tenga pensado llevarte Almodóvar.

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Cada nuevo estreno del hijo predilecto de Calzada de Calatrava trae siempre consigo la polémica. De un lado los que quieren ver en él una nueva muestra de su arte y su genio, del otro aquellos que ven ratificado que nunca lo fue o que ya dejó de serlo. Cuando la obra de un creador suscita este tipo de debate está claro que algo tiene de original y de auténtico. Así sucede con Almodóvar, con sus altos y sus bajos, pero con un estilo propio que en su evolución a lo largo de ya casi cuatro décadas, le define y le diferencia y que hasta el día de hoy le ha hecho único. Julieta es una muestra de ello en el sentido más positivo. Una gran historia en la que ahonda en su interés por llegar a la raíz de las emociones, hacer de los elementos técnicos –escenografía, fotografía, banda sonora,…- un elemento activo en la transmisión de su mensaje y dar a sus actores unos papeles que sin duda alguna supondrán un hito en sus carreras.

Julieta es un viaje en el tiempo, pero no en el calendario, sino en el corazón, a como se inician los grandes caminos de nuestras biografías y se enlazan con los que ya estábamos recorriendo. Juntos forman una trenza, cuando no una enredadera, en la que las virtudes y los defectos, los errores y los aciertos pasan de generación en generación de manera silenciosa, sin aparente evidencia, sin ver las causas hasta que estallan unas consecuencias sin posibilidad de enmienda. Hasta ahí es donde nos lleva Almodóvar, hasta la difícil y dura aceptación de lo inevitable, de tener que mirar frente a frente al dolor más brutal, al de las ausencias, al de la muerte y el del abandono. Solo entonces, observando lo que no veíamos, reconociendo aquello de cuya existencia no nos percatamos, dejaremos el hieratismo y la soledad emocional por la que hemos transitado durante años. Y si aprendemos a convivir con las cicatrices, tanto heredadas como causadas, daremos una oportunidad de auténtica vida a las relaciones con aquellos a los que, queramos o no, estamos unidos.

Un pasaje que se construye de manera delicada, capa a capa, igual que caen los granos de un reloj de arena. De manera casi imperceptible, todo va sumando y calando, expandiéndose y extendiéndose hasta alcanzar no solo cada rincón del interior de Julieta, sino también del de su espectador. Inoculando en él –al ritmo de los acordes compuestos por Alberto Iglesias- algo más grande que la vivencia de esta mujer, su ánimo por construir un futuro al que solo se puede llegar clarificando y ordenando el pasado. La evolución de su rostro –primero en la faz de Adriana Ugarte y después en el de Emma Suárez- es un registro tan objetivo como veraz de lo que se está contando. Un papel para dos actrices, una mujer con dos interpretaciones que se perciben como un único trabajo, una simbiosis que es la perfecta muestra de lo maestro que es Almodóvar creando personajes y dirigiendo actores. Y a su servicio, un equipo técnico que hace que la transición de un rostro a otro se perciba con la mayor de las naturalidades.

Cada encuadre está tan medido con tanta precisión como colocadas están las comas y los puntos en los diálogos. Todo dice algo, he ahí el retrato firmado por Lucien Freud complementándose con el rostro de Emma Suárez, las fotografías de Magnum en su mesa de centro o El amor de Marguerite Duras en su estantería. O los auto guiños que el manchego hace a su trayectoria como el cd de Ryuichi Sakamoto (el compositor de la banda sonora de Tacones lejanos) en un cajón o la mención a Angela Molina (secundaria en Carne trémula y Los abrazos rotos) como un sex-symbol de los 80 junto a Kim Basinger.

Detalles de un Almodovar más sosegado, que no busca la intensidad en diálogos descarnados y actuaciones con momentos expresionistas. Su drama es demasiado duro, es un lastre interno que imposibilitaría los arranques de Victoria Abril o Marisa Paredes en Tacones lejanos, la resolución de Penélope Cruz en Volver o fuerza de Cecilia Roth en Todo sobre mi madre. Un abismo de dolor en el que, a pesar de todo, hay lazos que no se rompen, lo que hace que los hombres –Darío Grandinetti y Daniel Grao- tengan un verdadero protagonismo, tanto argumental como en pantalla (a años luz de lo que sucedía con Juan Echanove e Imanol Arias en La flor de mi secreto). Una red en la que los secundarios –Rossy de Palma, Inma Cuesta, Michelle Jenner- son tan claves en el guión como en la pantalla.

Julieta es un paso adelante en la evolución de Almodóvar, en la que los años y la madurez se notan y ya no hace falta reflejarlo todo visualmente. Julieta es un Pedro que muestra aquello que tiene que contar y no se queda a esperar tu respuesta, que expresa lo que siente y deja que tomes cuanto tiempo necesites para realizar tu propio viaje y búsqueda interior y entonces elaborar tu respuesta, tanto a su película como a los vacíos y silencios en tu vida.

“El cielo en movimiento”, pasado, presente y futuro de Madrid

El tema es Madrid. Los autores son treinta. Y otros treinta los años de historia de la ciudad que se recorren con sus textos e imágenes. Desde el bando de las fiestas de San Isidro de 1985 en que Enrique Tierno Galván pedía a jóvenes y mayores que se entendieran y escucharan, al de hoy en el que las nuevas tecnologías, el cambio político en la alcaldía y los derechos conquistados parecen haber devuelto a la Cibeles las ganas de vivir su presente y construir su futuro a golpe de creatividad y participación ciudadana.

ElCieloEnMovimiento

 

 

 

 

 

 

 

 

A los que llegamos a Madrid cuando ya teníamos unos añitos y llevamos aquí más de media vida, tenemos con esta villa una relación muy especial, de igual a igual. Sentimos que hemos crecido a la par, aportándonos mutuamente. Cuando la pequeña ciudad de provincias en la que residíamos anteriormente no respondía a nuestras inquietudes, el “de Madrid al cielo” resultaba ser sinónimo de “allí todo es posible”. Considerábamos a la capital del Reino la tierra de las oportunidades y por eso nos vinimos, como si al cruzar el túnel del Guadarrama o el de Somosierra fuéramos a comenzar nuestra particular conquista del oeste americano con el fin de hacernos sitio personal y profesional en el centro peninsular.

la ciudad de los sueños, el destino de nuestras esperanzas”, Iñaki Echarte

Miramos atrás y quizás hagamos como Iñaki Echarte, recordar los motivos que nos trajeron y las inquietudes que han marcado nuestro camino a lo largo de los años por el trazado de la que es la tercera urbe más grande de Europa. Un hoy en el que José Luis Serrano y María Castrejón ven, cada uno a su manera, que los ciudadanos sienten que lo que ocurre en sus calles puede ser nuevamente producto de sus decisiones y no de los decretos que edicten personas ajenas a sus vidas en despachos supuestamente oficiales. Calles, avenidas y plazas que se apelotonan en un entramado sociológico hábilmente explicado por Luis Cremades y en un callejero en el que destaca por encima de todo la Gran Vía. Transitada de la sensualidad que rezuma el poema de Oscar Espírita, en la que Oscar Esquivias vio por primera vez en su vida a finales de los 80 a dos hombres caminando de la mano, o a la que Abel Azcona homenajeó en una de sus performances recordando que su asfalto y sus aceras fueron durante mucho tiempo escenario de persecución de la dignidad de las personas LGTB.

Y aunque las leyes hayan cambiado, eso no quiere decir que tengamos gobernantes con actitudes tolerantes y demócratas, tal y como explican de manera clara y concisa en sus aportaciones Javier Larrauri y R. Lucas Platero. Políticos a los que hemos sobrevivido como apunta en sus últimos versos Juan Gómez Espinosa (“Nunca nos fuimos los resistentes, los vencedores. Y nunca nos iremos”). Porque hubo un tiempo en que Madrid se convirtió en una ciudad en la que se luchaba por hacer de la creatividad y la expresividad su leit motiv, eran los años 80, los de la ya mítica movida madrileña. Quizás la pátina del tiempo le ha dado un toque mítico y de vitrina de museo a lo que en realidad fue una exitosa eclosión por retirarse de encima la losa gris de muerte y defunción de las cuatro décadas de guerra civil y dictadura. Lo revelan los trazos de las fotografías coloreadas de Ouka Lele, las ilustraciones de Gerardo Amechazurra para El País Semanal y los fotogramas de las primeras películas de Pedro Almodóvar, obras que son más que arte, son identidad. He ahí ese aire socarrón y gamberro que tres décadas después destilan las ilustraciones de Miriampersand y Raúl Lázaro, el cartel de Ana Curra con Manuela Carmena como protagonista, las viñetas de Carla Berrocal o las del cómic de Luisgé Martín y Axier Uzkudun, “Mi novio es un zombie”, que comparte título con aquella divertida canción de Alaska y Dinarama.

En Madrid los caminos se cruzan con mil matices, como en el cómic “Chueca” de Miguel Navia, desprendiendo una magia similar a la del relato de Paco Tomás, o confluyendo de madrugada en una cama, como en la escena teatral cargada de sensibilidad de Fernando J. López. La esperanza rezuma en la letra de las canciones de Algora y de Alicia Ramos. Las ventanas del piso en la planta trece del Edificio España nos recuerdan que, Alberto Marcos mediante, ahí Iván Zulueta concibió “Arrebato”, una película que sin ser excelente, se ha convertido en obra maestra con el paso de los años. Un tiempo aquel cuyo espíritu podemos recordar en los fragmentos de la narrativa de Leopoldo Alas y Eduardo Mendicutti, prosa que discurre tan ágil como los versos de la poesía ácida de Luis Eduardo Aute y de la cargada de posibilidades de Ariadna G. García (“sigue siendo posible lo improbable”).

Todo esto es Madrid. Un caleidoscopio de formatos, lenguajes, puntos de vista, tonos y nombres que le da algo más que encanto turístico. Tras ello está la grandeza de su identidad cultural. Hasta ahí es donde han llegado Dos Bigotes (al igual que hicieron con su acertado enfoque sobre la diversidad de la identidad LGTB en “Lo que no se dice”) en un trabajo que rezuma compromiso de querer ofrecer algo más que un producto editorial. Su logro es ejercer de altavoces de creadores que tienen mucho que contar y compartir y con los que se supera el nivel del entretenimiento y el disfrute para acceder al del enriquecimiento personal. Esto es lo que convierte a “El cielo en movimiento” en un verdadero producto cultural que refleja muy bien el momento de balance y planteamiento de futuro que vive Madrid.

“La teoría del champiñón” provoca muchas risas

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Con una maleta en la mano Marilia llama a su amiga Marta, su novio Pocho (un activista que vive en la Moraleja) le acaba de dejar, no tiene dónde ir. Marta va de camino a una cita, al escuchar a su amiga le ofrece inconscientemente, como sin querer hacerlo realmente, que se instale en su casa. A partir de aquí, juntas bajo el mismo techo serán dos mujeres de 32 años de tintes almodovarianos que la mala educación de Marta define como “… dos polvos, dos rayas, dos amigas, dos en la carretera, dos cabalgan juntan…”.

Ellas hablan sin parar, no hay un segundo de descanso, ni pulmones con mayor capacidad de inspirar y exhalar de manera tan continua para pronunciar tantas palabras por minuto. Verbo con gracia, frases con inspiración, retórica desternillante en la que los diálogos parecen ser un cazo de agua puesto al fuego que en los momentos en que llega al punto de ebullición lanza una sobre otra burbujas ocurrentes, rimas tan fáciles como ingeniosas y sentencias populares de nuevo cuño –ya no se espera una señal de un mensaje en el contestador automático como hacía Pepa en “Mujeres al borde de un ataque de nervios”, hoy se espera el doble click de un whatsapp- sobre el sexo, los hombres, la autorrealización y la búsqueda de la felicidad a través de algo tan voluble y etéreo a la par que omnipresente como es el amor.

Anita del Rey es una delirante Marta que con garbo y descaro tira de la acción sin pudor alguno, procaz y desvergonzada, una chica rural a la que la universidad la ha convertido en una mujer urbana. Sara Gómez aporta la chispa de Marilia, puro nervio atacado, una Candela que no deja que la llama baje, toda candidez e inocencia, ingenuidad sexual puesta en el asador. Y juntas, Anita y Sara, se coreografían a la perfección, crecen, se suman, se fusionan, haciendo que uno más uno con ellas sea tres en una locura con toques de los tiempos sálvame deluxe televisivo y tests de personalidad distribuidos desde el kiosko en que vivimos. El trabajo de las dos actrices es un rally interpretativo detrás del cual es muy evidente un gran trabajo de dirección de Paco Anaya –suya es también la autoría del texto- para exprimir hasta la última gota a Marta y a Marilia, tanto con las frases concebidas para cada una de ellas como a través de un profuso lenguaje corporal y gesticular que las enriquece enormemente.

El amor da para muchas teorías, una de ellas es la del champiñón, sin validez científica pero con refrendo popular, de ese que reparten a ex puertas las madres y abuelas sentadas en una silla a la puerta de casa en los pueblos en las noches tórridas de verano. Los que crean que es un postulado irrefutable estarán durante una larga hora cambiándose de ropa, comiendo helado, bailando y bebiendo sin parar, sin olvidar para ello pequeñas dosis de ibuprofenos y piruletas. Los que lo vean desde la butaca reirán hasta la carcajada, por impulso propio y por contagio, y descubrirán que unas lentejas podrán estar cocinadas con mucho cariño, pero amor, lo que se dice amor, eso donde se encuentra de verdad es en una palmera de chocolate.

La teoría del champiñón”, sábado y domingos de diciembre a las 19:00 en Sala AZarte.

30 años de “La historia interminable”

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Este 6 de diciembre se cumplieron tres décadas del estreno en España de esta película de Wolfgang Petersen basada en la novela de Michael Ende. La historia y su mensaje siguen igual de vigentes, tiene la misma fuerza. El mundo de Fantasía acechado por La Nada, y que solo puede salvarse si desde la Realidad se sueña. ¿Puede haber algo más atemporal y real a la par? ¿Algo que es tan propio de niños como y tan ausentemente presente en los adultos? Provocaba una sonrisa ver en el pase al que acudí ayer en el Artistic Metropol (Madrid) a padres con hijos en edades similares a las que ellos debían tener cuando  la vieron en el cine. Sonrisa aumentada al acabar la sesión y escuchar a los pequeños comentar con ilusión y asombro cómo los personajes de Baltasar y Atreyu están interrelacionados, la rapidez del caracol de carreras o el malvado lobo Gmork.

Desde 1984 los recursos técnicos de la industria cinematográfica han cambiado mucho, los efectos especiales que entonces nos asombraron hoy se miran desde la butaca con cariño y un punto de admiración al recordar cómo aquellos momentos artesanales -a base de maquetas e inserciones croma en momentos en que Photoshop y la edición digital eran alcances aún por inventar-, junto con una buena resolución en los temas de fotografía, vestuario y escenografía, podían hacernos sentir tanto como los hiperdesarrollos informáticos de hoy en día. Colin Arthur, el responsable de los efectos especiales de la película, contaba ayer en el previo a la proyección cómo el gigante comepiedras está inspirado en él mismo y el blanco dragón Fújur en su entonces mascota. “… Realmente entonces no hablábamos de efectos especiales, sino de efectos ópticos…”, señalaba este hombre de cine con una carrera tan amplia que abarca colaboraciones con figuras como Stanley Kubrick (“2001, una odisea del espacio”) o Pedro Almodovar (“Hable con ella”).

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Atención especial merece también  la banda sonora de Giorgio Moroder a golpe de sintetizador, como con los que revolucionó la música disco y lanzó al estrellato a Donna Summers, y su tema principal, “The never ending story”, una de esas canciones de la que podemos decir que no fue solo uno de los temas del año, sino de toda una época. De aquellos años son películas de factura similar sobre mundos fantásticos como “Dune” (David Lynch), personajes de leyenda como “Lady halcón” (Richard Donner) o historias entre la fantasía y la realidad como “La princesa prometida” (Rob Reiner). Títulos que también nos hicieron soñar e imaginar tanto que, a la par que se hicieron su sitio en la historia del cine, se convirtieron en parte del imaginario de los que entonces éramos niños.

Michael Ende no quedó nada satisfecho de la adaptación de su novela (publicada cinco años antes), hasta el punto de pedir que se retirara su nombre de los créditos del film, al contrario que los más de dos millones y medio de personas que la vieron en España. Como con tantos otros textos siempre existirá la diatriba de cuál está mejor, si el libro o la película, a lo que yo respondo, ¿y qué más da? Es interesante el debate sobre la fidelidad o no de la segunda hacia el primero, pero en cualquier caso son creaciones diferentes (he ahí “Las crónicas de Narnia”, “Harry Potter”, “El señor de los anillos”,…). Y como tal merece la pena disfrutar de ambas, pasando las páginas de, y con Wolfgang Petersen observando desde la butaca lo que en la oscuridad de una sala sucederá mágicamente sobre la pantalla, hoy como hace 30 años, que podemos volar a lomos de un dragón con cara de golden retriever achuchable al que desearíamos llevarnos a casa.

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