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Cinco días en Lanzarote

Primera vez. Toma de contacto. Experiencia satisfactoria. Tranquilidad, paz y sosiego. Paisajes diferentes, lugares cuidados, entornos acogedores. Desconexión de todo y conexión con uno mismo. Naturaleza, César Manrique y Océano Atlántico. Vino blanco, queso y parrilladas de pescado. Motivos para volver.

Miércoles: El madrugón para coger un vuelo de madrugada recompensa viendo al sol levantarse sobre el agua salada. Veinte minutos de taxi hasta Costa Teguise. Check-in y desayunar nuevamente, esta vez en modo buffet entre ingleses, alemanes y gallegos. Las primeras tareas son las de intendencia, alquilar coche y comprar crema solar, y disfrutar de lo sencillo, pasear junto al Océano y tomar un café contemplando como los escultóricos quince metros de los Juguetes de Erjos, firmados por J. Abad en 1987, se alzan frente al Océano. Tarde de tumbona y piscina a veinticinco grados para recuperarse y vuelta al exterior de la burbuja hotelera. Llaman la atención los jardines, con su combinación de suelo negro y flora verde, grava y especies autóctonas; la geometría y los volúmenes, cual cubos, de las blancas viviendas unifamiliares, y su integración -vía cuidada iluminación y grandes ventanales- con el entorno.

Jueves: Despertar fresco. Da gusto salir a la terraza de la habitación y notar sobre la piel la brisa y los primeros rayos de un albor limpio y diáfano. Apenas unos kilómetros y nos colocamos en la casa del volcán que César Manrique se construyera en los años 60 en Tahíche, en el centro de la isla. Arquitectura y diseño, vivienda y museo, que incitan a la suposición y a la imaginación de cómo fue residir aquí, compartir espacio con su muy interesante propietario y ser testigo de su manera de ser, su creatividad y sus propuestas plásticas, escultóricas, arquitectónicas y activistas con las que promulgaba el respeto por el medio ambiente y la sostenibilidad de las intervenciones humanas en él. Rumbo hacia el norte, jardín de cactus en Guatiza. Hay turistas, pero en cantidad asumible, y aunque el lugar parece concebido para ellos, su diseño en varios niveles transmite su propuesta sensorial de convivencia armónica entre jardinería (más de 4.500 ejemplares de 500 especies de los cinco continentes) y paseantes. Nos volvemos a encontrar a muchos de ellos en los Jameos del Agua, capricho volcánico a partir del cual Manrique demostró su poderío visionando y materializando escenarios. Comida en La Casa de la Playa en Arrieta, a la vera del Atlántico, vino blanco local y una sabrosa parrillada de pescado. Cuarta y última visita del día, la Cueva de los Verdes, producto de la misma colada que los Jameos. Ruta de una hora por uno de sus siete kilómetros de galerías, en el que te sientes cual personaje de Julio Verne de camino al centro de la tierra. Después, llegada hasta el mirador de Guinate para contemplar el océano desde el lado oeste de la isla y, para acabar la jornada turística, Teguise. Si me dijeran que estoy en Sudamérica me lo creería. Interesante artesanía local a partir de cristal y vidrios reciclados. De vuelta al hotel observamos durante unos segundos el Monumento al Campesino, también firmado por Manrique. ¿La impresión? Quizás demasiado vanguardista.

Viernes: Esperaba algo sorprendente, pero no tanto. El Parque Nacional de Timanfaya, en el suroeste lanzaroteño, es ciencia ficción. El recorrido por parte del terreno que cubrió la lava durante seis años de erupciones (1730-1736) es en autobús. Aunque no bajas en ningún momento de él, la velocidad a la que avanza permite tomar conciencia de lo que allí ocurrió, las consecuencias que tuvo y el capricho natural en que derivó. Muy cerca de allí sí que se puede recorrer a pie el sendero que rodea el Volcán del Cuervo, su cráter y la elevación de piroclastos que acumuló tras él, para finalmente entrar en su interior, allí por donde surgió el magma. Veinte minutos de carretera y llegamos a El Golfo, más que un pueblo, una sucesión de restaurantes mirando al Atlántico. Paramos, por recomendación, en El Pescador. Zamburiñas, queso caliente con salsa de higos y aceite, parrillada de pescado (nos dicen que nunca es la misma, que varía en función de lo que haya en la lonja), bienmesabe como postre y vino local. Hambre resuelta y gula complacida, y en cinco minutos alcanzamos a pie el punto desde el que se ve el Charco Verde. Belleza total y recuerdo de la escena que Almodóvar rodara aquí de Los abrazos rotos. Para finalizar, panorámica de las salinas de Janubio, paisaje natural e industrial dominado por las líneas y las proporciones. El final del día es en el Vali, frente a la playa del Jabillo en Costa Teguise, degustando un cóctel sabroso, picante y refrescante a partes iguales.

Sábado: Toca relax combinado con la ley del mínimo esfuerzo, que nos lo den todo hecho. Ponemos rumbo al sur, a Playa Dorada en el término municipal de Playa Blanca, cuyas proximidades revelan que el boom y la crisis inmobiliaria también llegaron hasta aquí. Sol y arena, tumbona y sombrilla, horas mirando el perfil de las islas de Fuerteventura y Los Lobos en la lejanía y visitas al bar-chiringuito en busca de avituallamiento. En una de ellas conocemos el almogrote, paté de queso del que damos buena cuenta. Muy cerca, en el sureste de la isla, está la Punta del Papagayo, desde donde se ven varias playas (Mujeres, del Pozo, de la Cera) para volver en el futuro y sentir que la naturaleza -en su versión diáfana y árida, magnánima y silente- predomina sobre la humanidad. 

Domingo: Paseo matinal, viendo amanecer, hasta llegar a la ensenada de las Caletas y observar cómo confluyen la necesidad de la central térmica con las viviendas, prácticamente sobre el agua, de la punta de Lomo Gordo. Antiguas propiedades de pescadores y reconstrucciones de exterior pulcro y, supongo, interior antojadizo. Orzola es el municipio más septentrional de Lanzarote, nos acercamos a pasear por su reducido callejero y tomar nota de la frecuencia con que salen los ferris que cubren, en apenas quince minutos, el trayecto hasta la isla de La Graciosa. Pendiente queda, para la próxima visita, como la casa-museo de José Saramago en Tías o recorrer de arriba abajo los cinco kilómetros de la playa de Famara, con cuya vista casi nos extasiamos desde el mirador de El Bosquecillo. La última comida fue en Teguise, en el interior de la Casa Palacio del Marqués de Lanzarote, hoy convertida en el restaurante El Patio, construcción levantada originariamente en el siglo XV. Para el recuerdo queda una miscelánea de quesos y tapas locales ambientada con música en directo y decoración ecléctica con buen gusto. Antes de dirigirnos al aeropuerto, vagabundeo en sus cercanías desde la playa de Matagorda hasta la de la Concha, pasando por la de Honda, fantaseando con cómo tiene que ser vivir en un sitio tan, aparentemente, tranquilo, calmado y sosegado.

“Madrid en el cine de Pedro Almodóvar” de Gloria Camarero Gómez

Recorrido por la villa y corte a través de las películas del que llegó a ella desde Calzada de Calatrava. Evolución del urbanismo e imagen de la ciudad tomando como referente las cintas del ganador de dos Oscar. Ensayo técnico bien documentado y editado, síntesis de la selección y transformación, por parte del manchego, de lugares reales en localizaciones cinematográficas

En el cine de Almodóvar Madrid no es solo el complemento circunstancial de lugar en el que se desarrollan sus ficciones. Es el elemento que las envuelve, unas veces condicionándolas, otras reflejándolas y otras más amplificándolas. Mujeres al borde de un ataque de nervios no sería tal sin las extraordinarias vistas de la terraza de Pepa o sin sus persecuciones por los túneles de Azca. Personalmente suelo evocar la imagen de Carmen Maura regando sus plantas cuando paseo por Alonso Martínez y sus calles aledañas y miro hacia la última planta de sus edificios más señoriales, o me siento en el taxi con tapicería de leopardo de Guillermo Montesinos cuando me adentro en el subsuelo de Nuevos Ministerios.

Eso es lo grande y lo mágico del séptimo arte, cómo imprime su huella, aunque no sepamos a ciencia cierta si lo hace sobre los lugares que retrata o sobre nuestra mirada, afectando así al filtro con que vemos y observamos después. Las calles de La Latina me recuerdan siempre a Tacones lejanos, el Parque de las Avenidas a ¿Qué he hecho yo para merecer esto?, la fachada del Centro Cultural Conde Duque a Laberinto de pasiones y algunas zonas del Puente de Vallecas a Volver.

Gracias a Gloria Camarero he descubierto que el Restaurante-Asador Emilio de la última no llegó a existir como tal y que fue construido ex profeso, al igual que las vistas nocturnas desde la casa de Kika no se corresponden con la zona de Prosperidad donde esta vivía. Han pasado los años y la zona del rastro ya no es como se la ve en Laberinto de pasiones y no queda ni rastro de la degradación en que estaba sumido el barrio de la Ventilla cuando se rodó en él Carne trémula. Su ensayo no solo desglosa los puntos exactos en los que transcurren las diferentes tramas de cada película, sino que analiza cómo son utilizados, así como la intención de Pedro en cada título y la manera en que ha reflejado la evolución continua desde un punto de vista social, económico, cultural y hasta político experimentada por Madrid.

El excelente trabajo de Gloria no solo denota las múltiples veces que debe haber visto cada película, sino que incluye las referencias que le han ayudado a darle forma. Hemeroteca, bibliografía y documentación de diversos archivos que le dan una solidez y coherencia total a sus hipótesis e interpretaciones sobre el propósito de cada relato de Almodóvar. Más intimista, recogido e interior en sus últimos títulos, Dolor y gloria y Julieta, al contrario del desparpajo y frescura de sus inicios en Entre tinieblas o Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón.

El único pero que se le puede poner a este Madrid en el cine de Pedro Almodóvar es que el paso del tiempo ha hecho que haya quedado ligeramente desactualizado al no incluir las referencias de sus dos últimos títulos, La voz humana y Madres paralelas. Ojalá veamos pronto una cuarta edición en la que Gloria, Doctora en Historia del Arte, haya podido analizarlos e incluirlos convenientemente.

Madrid en el cine de Pedro Almodóvar, Gloria Camarero Gómez, 2019, Ediciones Akal.

Haz brillar tu marca personal

Las redes sociales y la atomización de los medios de comunicación dieron pie en la última década a que se popularizaran conceptos hasta entonces reservados a personas, personajes y personalidades que, tanto por buenos como por malos motivos, fueran únicos y diferentes, peculiares y reconocibles. Muchos se lanzaron a conquistar los quince minutos de fama que les pronosticaba Andy Warhol y siguen haciendo todo lo posible tanto por lograrlos como por perpetuarlos en lugares como LinkedIn.

Tengo perfil en LinkedIn. Soy usuario por inquietud personal y por motivos profesionales. Lo primero para saber por dónde va el mundo, lo segundo porque la necesidad obliga y no se puede dejar de estar al tanto de los trenes que pasan por la estación. Me sé buena parte de la teoría, le dedico tiempo, publico contenidos y sigo a través de su muro la actualización laboral de amigos con los que tengo contacto por otras vías, los nuevos proyectos de antiguos compañeros de empresa y las opiniones de otros con los que nunca he tratado pero que, en algún momento, consideramos que nos podría ser de interés estar al uno al tanto del otro. Pasa el tiempo, acumulo minutos dedicados a LinkedIn y aun así no deja de sorprenderme cómo hay nombres, posts y peroratas que acumulan decenas, cientos y miles de likes sin aportar valor alguno.

Cosas del algoritmo. Esa es la respuesta en modo agujero negro, leyenda urbana y explicación metafísica para todo aquello en lo que intervienen hoy en día las tecnologías concebidas en Silicon Valley. La nueva barrera de control y entrada al reconocimiento. Un límite no basado en la sinceridad y la honestidad, no fundamentado en el mérito, el acierto y la capacidad. La utopía, sí. También la fachada, el escaparate y el entretenimiento a cuya construcción colaboramos todos y cada uno de nosotros. Ya sea con la disculpa de por qué no intentarlo, la impresión de que es el lugar en el que hay que estar sí o sí, o el miedo a que te puedas estar perdiendo algo por lo que pasa la viabilidad de tu futuro.

Le preguntas qué hacer a la inteligencia artificial que es LinkedIn, programada por personas humanas con nombres y apellidos, con sesgos, intereses y propósitos vitales nunca plenamente objetivos. La respuesta es clara. Pasta. Es una empresa que funciona como cualquier otra. Te pide que contrates alguno de sus funcionalidades con la promesa de que te hará parecer más atractivo, interesante y sugerente. La alternativa, si no estás dispuesto a entregarle tu dinero, es que le proporciones el material que necesita para mantener su juego, su modelo de negocio. Interactuar de continuo, publicar textos y fotos, vídeos e infografías. Actualizar tu perfil, transmitir tu opinión, narrar cualquier episodio de tu vida o jugar a ser micro ensayista. Da igual el tema, vale lo sociológico, el mindfulness o la educación, la historia, la ética o las recomendaciones de viajes. Seas experto, estudioso, profesional o aficionado del asunto, lo mismo da.   

El premio es la visibilidad. Consigues ser visto, conocido y reconocido. Y con eso, supuestamente, comentado y apreciado. Y lo más importante, valorado, lo que te hará formar parte de rankings y sentirte de manera acorde a los parámetros de tu personalidad. Sexy e importante. Responsable y coherente. Valioso y superior. Ya tienes tu marca personal. Qué transmites. Qué ven los demás en ti. Qué imagen das. Cómo eres interpretado, aludido y recordado.

Espejo de la realidad. El mundo 2.0, el digital y el metaverso estructurados, gestionados y orquestados bajo los mismos cánones, segmentos y categorías que el físico, el de verdad, el de carne y hueso. Desde este se traslada a aquel quienes son los que dirigen, señalan y enuncian. Desde aquel nos transmiten, también a este, los mensajes, valores y propósitos con que hemos de comprometernos, los que hemos de buscar y perseguir para mantener la rueda, la quimera y la hipérbole para ser alguien. Un referente. Un líder. Alguien con marca personal. Una entre tantas otras. Entre cientos, miles, millones. Ahora que ya la tienes queda el siguiente reto, paso e hito. Destacar más que los demás. Una marca personal verdaderamente excelente, no la transitoriedad y fugacidad que has conseguido. ¡A por ello!   

(Imagen: Antonia San Juan como La Agrado en Todo sobre mi madre de Pedro Almodóvar). 

«Madres paralelas», la historia que somos

Cogido de las manos de una soberbia Penélope Cruz y una sorprendente Milena Smit, Almodóvar se lanza al retrato de las esencias. De la maternidad, del vínculo biológico, afectivo y espiritual que une a toda madre con el fruto de su vientre. Y de la identidad familiar, aquella que va más allá de unos genes y que nos une indisolublemente con los que nos precedieron y con los que están por venir. Dos historias bien trazadas, aunque no plenamente unidas y más estructuradas que dejadas fluir.    

Si hay algo por lo que va a ser siempre recordada esta cinta es por el trabajo de Penélope Cruz. Decir que lo que la de Alcobendas logra aquí no lo había conseguido nunca antes sería falso, pero su encarnación de Janis es tan completa y sobresaliente, que será difícil separar el conjunto de lo que es Madres paralelas de su lección magistral de lo que supone mostrar, mirar y dejar ver más allá de la imagen que capta la cámara. Una mujer aparentemente sencilla, pero con sus contradicciones y complejidades; resolutiva, pero también con dificultades e imposibilidades; decidida en lo que tiene que ver con los demás, pero sumamente cautelosa con cuanto tiene que ver consigo misma.

Todo eso es quien ya trabajara a las órdenes del manchego en Carne trémula (1997), Volver (2006) o Dolor y gloria (2019). Una simbiosis en la que se llega a poner en duda si la historia es anterior a su personaje o si el guión fue escrito con el propósito de que ella desplegara semejante recital interpretativo. Una maestría a la que se acopla como un guante Malena Smit, complementándose con Penélope de una manera sutil, discreta y elegante, sin competir con ella ni pretender brillar por sí misma, lo que unido a su caracterización le da un protagonismo magnético e hipnótico que engrandece la película.

Algo así sucede con Rossy de Palma, son pocas las secuencias en que aparece, pero la presencia que transmite y el tono que le da a sus frases, bien pudieran ser la excusa para hacer un spin-off de su papel. Por su parte, Aitana Sánchez-Gijón resulta un conglomerado de reminiscencias con las que Almodóvar juega a los espejos. Interpreta a una actriz de teatro, a sí misma podría decirse, y el texto que tiene entre sus manos es Doña Rosita, la soltera de Federico García Lorca. Algo que recuerda a otra actriz con un conflictivo sentido de la maternidad, Huma Rojo, quien pusiera su voz y su cuerpo a disposición de la progenitora de Bodas de sangre en Todo sobre mi madre.

Pero más allá de este universo femenino perfectamente orquestado -con un necesario, pero eficaz Israel Elejalde como elemento masculino-, Almodóvar despliega también una narración política. El asunto de la memoria histórica está tratado no solo mirando al pasado -el deseo de Janis de localizar el cadáver de su bisabuelo fusilado durante la Guerra Civil-, sino a cómo ha sido denostado por alguno de nuestros gobiernos más recientes. Resalta la necesidad de defender públicamente aquello en lo que uno cree y la realidad que, según él, se esconde tras lo que se consideran apolíticos. Y súmese a esto la visibilidad activista en favor del colectivo transexual y la indefensión judicial, mediática y social que se encuentran las mujeres que denuncian haber sido víctimas de una violación.

Nada que objetar cuando estas cuestiones encajan plenamente con las tramas, la personalidad y la biografía de los personajes, lo que hace que resulten naturales y espontáneas. Pero se convierten en escollos cuando su enunciación suena a ejercicio racional de aquí y ahora es el momento de transmitir esta idea o cuestionar estos principios, afectando inevitablemente al tono emocional y la lógica de los acontecimientos proyectados. La sensación en el patio de butacas es que Almodóvar, tan buen escritor como director, no ha dedicado el suficiente tiempo a su guión y a su visualización. Impresión que transmite igualmente un diseño de producción excelente desde el punto de vista técnico, pero con recursos -planos gastronómicos detalle, interiorismo exquisito lleno de referencias personales- que resultan ya vistos en su cine -el divertimento de La voz humana está aún reciente- y que, al no darles matices nuevos o intenciones diferentes, no sorprenden.

10 películas de 2019

Grandes nombres del cine, películas de distintos rincones del mundo, títulos producidos por plataformas de streaming, personajes e historias con enfoques diferentes,…

Cafarnaúm. La historia que el joven Zain le cuenta al juez ante el que testifica por haber denunciado a sus padres no solo es verosímil, sino que está contada con un realismo tal que a pesar de su crudeza no resulta en ningún momento sensacionalista. Al final de la proyección queda clara la máxima con la que comienza, nacer en una familia cuyo único propósito es sobrevivir en el Líbano actual es una condena que ningún niño merece.


Dolor y gloria. Cumple con todas las señas de identidad de su autor, pero al tiempo las supera para no dejar que nada disturbe la verdad de la historia que quiere contar. La serenidad espiritual y la tranquilidad narrativa que transmiten tanto su guión como su dirección se ven amplificadas por unos personajes tan sólidos y férreos como las interpretaciones de los actores que los encarnan.

Gracias a Dios. Una recreación de hechos reales más cerca del documental que de la ficción. Un guión que se centra en lo tangible, en las personas, los momentos y los actos pederastas cometidos por un cura y deja el campo de las emociones casi fuera de su narración, a merced de unos espectadores empáticos e inteligentes. Una dirección precisa, que no se desvía ni un milímetro de su propósito y unos actores soberbios que humanizan y honran a las personas que encarnan.

Los días que vendrán. Nueve meses de espera sin edulcorantes ni dramatismos, solo realismo por doquier. Teniendo presente al que aún no ha nacido, pero en pantalla los protagonistas son sus padres haciendo frente -por separado y conjuntamente- a las nuevas y próximas circunstancias. Intimidad auténtica, cercanía y diálogos verosímiles. Vida, presente y futura, coescrita y dirigida por Carlos Marques-Marcet con la misma sensibilidad que ya demostró en 10.000 km.

Utoya. 22 de julio. El horror de no saber lo que está pasando, de oír disparos, gritos y gente corriendo contado de manera magistral, tanto cinematográfica como éticamente. Trasladándonos fielmente lo que sucedió, pero sin utilizarlo para hacer alardes audiovisuales. Con un único plano secuencia que nos traslada desde el principio hasta el final el abismo terrorista que vivieron los que estaban en esta isla cercana a Oslo aquella tarde del 22 de julio de 2011.

Hasta siempre, hijo mío. Dos familias, dos matrimonios amigos y dos hijos -sin hermanos, por la política del hijo único del gobierno chino- quedan ligados de por vida en el momento en que uno de los pequeños fallece en presencia del otro. La muerte como hito que marca un antes y un después en todas las personas involucradas, da igual el tiempo que pase o lo mucho que cambie su entorno, aunque sea a la manera en que lo ha hecho el del gigante asiático en las últimas décadas.

Joker. Simbiosis total entre director y actor en una cinta oscura, retorcida y enferma, pero también valiente, sincera y honesta, en la que Joaquin Phoenix se declara heredero del genio de Robert de Niro. Un espectador pegado en la butaca, incapaz de retirar los ojos de la pantalla y alejarse del sufrimiento de una mente desordenada en un mundo cruel, agresivo y violento con todo aquel que esté al otro lado de sus barreras excluyentes.

Parásitos. Cuando crees que han terminado de exponerte las diversas capas de una comedia histriónica, te empujan repentinamente por un tobogán de misterio, thriller, terror y drama. El delirio deja de ser divertido para convertirse en una película tan intrépida e inimaginable como increíble e inteligente. Ya no eres espectador, sino un personaje más arrastrado y aplastado por la fuerza y la intensidad que Joon-ho Bong le imprime a su película.

La trinchera infinita. Tres trabajos perfectamente combinados. Un guión que estructura eficazmente los más de treinta años de su relato, ateniéndose a lo que es importante y esencial en cada instante. Una construcción audiovisual que nos adentra en las muchas atmósferas de su narración a pesar de su restringida escenografía. Unos personajes tan bien concebidos y dialogados como interpretados gestual y verbalmente.

El irlandés. Tres horas y medio de auténtico cine, de ese que es arte y esconde maestría en todos y cada uno de sus componentes técnicos y artísticos, en cada fotograma y secuencia. Solo el retoque digital de la postproducción te hace sentir que estás viendo una película actual, en todo lo demás este es un clásico a lo grande, de los que ver una y otra vez descubriendo en cada pase nuevas lecturas, visiones y ángulos creativos sobresalientes.

“Cómo acabar con la contracultura” de Jordi Costa

El tiempo transcurrido nos ha hecho creer que la movida madrileña fue el culmen de lo contestatario, la eclosión de la libertad creativa y el punto de inflexión entre un pensamiento subversivo, espontáneo y anárquico y una práctica artística organizada y apoyada socialmente. Sin embargo, la realidad es que esta no fue más que el fin de algo que comenzó años antes y que aún está por ser estudiado, valorado y reivindicado como merece.  

No se trata de culpar a los nombres que han perdurado -como el de Pedro Almodóvar-, sino de verlos con perspectiva y tener en cuenta que el hecho de que sigan estando vigentes es, en buena medida, porque supieron adaptarse a las exigencias de las nuevas coordenadas políticas y sociales que se instauraron en nuestras fronteras, tras la Transición, para dar una imagen de modernidad como parte de lo que hoy denominamos “marca país”. Pero antes estuvieron otros que materializaron sus impulsos creativos y expresivos sin contar con estructuras administrativas ni redes profesionales, sin más recursos que los propios y aquellos que encontraban en su entorno más inmediato.

Cineastas, dibujantes, músicos, escritores… que fueron creando nuevos formatos y contenidos como resultado de la evolución que experimentaba el país –cuya génesis cabe datar en los acuerdos firmados con EE.UU. en 1953-, de las influencias y ejemplos extranjeros -el boom del turismo en los 60 tuvo algo que ver en ello- y los desarrollos tecnológicos que abarataron y facilitaron tareas como el hacer cine (cámaras Super 8). Tiempo en el que tuvieron que vérselas con la censura y las muchas y arbitrarias trabas legislativas, judiciales y policiales que el régimen les ponía en su camino en forma de distribución limitada o hasta secuestro de sus creaciones, además de la posibilidad de multas económicas e, incluso, penas de cárcel.

Pero aun salvando las dificultades, no todo era fácil. Siempre podía ocurrir que el régimen se apropiara de su creación -como hicieron con los pintores informalistas o fallidamente con la Viridiana de Buñuel en el Festival de Cannes de 1961- para transmitir al mundo exterior una irreal imagen de aperturismo. O que sus coetáneos en el páramo intelectual que era el territorio estatal les acusaran de colaboracionistas, calificando sus transgresiones y descontextualizaciones como atentados contra los cimientos espirituales (es decir, religiosos) e identitarios del país (como la historia de amor entre una abertxale y un guardia civil que pretendía rodar Eloy de la Iglesia).

Jordi Costa recuerda muchos de aquellos cómics, carteles, canciones, conciertos, películas y actuaciones; analiza qué había en ellos de novedad y de diferente, el efecto que causaban y las fuentes de las que bebían; y visibiliza influencias y relaciones que quizás hoy nos parezcan banales o kitsch, pero que en aquel contexto de páramo cultural tuvieron una importancia casi vital. El único pero que se le puede hacer a Una historia subterránea de España es que tratando sobre temas tan sensoriales (música, imágenes fijas y en movimiento) su expresión sea únicamente la palabra escrita, lo que hace que te pierdas buena parte de lo que cuenta si no conoces los referentes mencionados o el buscador de internet no te los muestra en paralelo.

Cómo acabar con la contracultura, Jordi Costa, 2018, Editorial Taurus.

Un domingo en Liverpool

El primer día de un viaje suele ser el más anodino por el asunto de los traslados, los tiempos de espera y la desubicación al llegar a destino. Si es domingo, se presupone que allá donde vayas reinará una calma total, pero basta que pienses de una manera para que la realidad -es decir, Liverpool- te demuestre que lo tranquilo no está reñido con lo interesante.

De Madrid a Liverpool haciendo parada intermedia en Manchester por capricho de las tarifas aéreas. Escala perfecta para disfrutar con el trayecto ferroviario de algo más de una hora pasando por el extrarradio de la capital de la revolución industrial y la llanura verde que une ambas ciudades. Como pequeño colofón de este prólogo, la llegada a Lime Station te hace sentir la magnificencia arquitectónica -piedra, hierro y cristal- de las grandes estaciones de tren del s. XIX.

Tras la elipsis temporal de poco más de 10 minutos a pie al alojamiento reservado observando la arquitectura moderna residencial -adjetivada por grandes ventanales, supongo que para aprovechar al máximo la luz, a la que los locales se asoman cual anuncios de Calvin Klein- comienza la verdadera aventura, la de descubrir la ciudad. Como es el primer día, dejándome llevar, sin rumbo fijo, cruzándome con casi nadie y tomando nota mental de los pubs en los que imagino que acabaré durante los próximos dos días tomando una pinta, una doble o lo que quiera que me pongan.

Será el destino, será la intención, pero atraído por la monumentalidad de su exterior he llegado al complejo del s. XIX -va a ser que Liverpool tiene mucho de decimonónica- en el que están ubicados el World Museum, la Liverpool Central Library y la Walker Art Gallery. La entrada de la biblioteca resulta de lo más tentadora, algo así como una alfombra roja formada por el título de grandes obras de la literatura y el cine -o de ambas artes a la vez- como Don Quixote, Gone with the wind, Rebecca, The maltese falcon o Rebecca. Promesa que no defrauda cuando la recorres y traspasas sus puertas automáticas accediendo a un atrio tan moderno como gótico. Su diafanidad -resultado de su reconstrucción, finalizada en 2013- te permite abarcar en un solo vistazo no solo sus varias alturas, sino hacerte una idea de cuánto albergan y ofrecen. Es más, el espacio parece estar concebido no solo para hacer uso bibliotecario de él, sino para que te pasees, para que transites por él.

Así que movido no solo por la curiosidad y el deseo, sino por el deber de cumplir lo que su arquitectura me sugería, he recorrido todas sus plantas. He subido a la primera en las escaleras mecánicas y a las demás a pie por rampas escalonadas hasta llegar a la cúpula de cristal desde donde puede salir a la terraza en la que, como el tiempo acompañaba, he disfrutado de una vista panorámica de esta urbe de medio millón de habitantes. Al volver al interior, lo mejor, disfrutar paseando cada uno de sus pisos, observando a la gente que lee, escribe o consulta en puestos individuales preparados para conectar el portátil, la tablet o el móvil (wifi incluido), caminando entre sus muchas estanterías dedicadas a historia de aquí y de allá, a arte, música y a toda clase de ensayos y géneros literarios.

Pero si hay una sección que siempre busco en estos templos es la del teatro, sin más ánimo que el de soñar, recordar lo ya leído y parafraseando una canción –so many books, so little time– tomar nota de lo que me gustaría leer en mis próximas siete vidas. Edward Albee, Cristopher Hampton, Oscar Wilde, T.S. Elliot, Federico García Lorca (verle traducido me causa ilusión), Ian McEwan (no sabía que había escrito textos teatrales para televisión), David Mamet… No podía irme sin más, así que he hecho tiempo de transición en la cafetería de la planta baja, leyendo el título con el que estoy ahora mismo (Drácula de Bram Stoker) mientras cuatro mujeres en la mesa de al lado hacían punto de cruz y destilaban una atmósfera de club de viejas conocidas que se reúnen cada domingo en este lugar para relatarse sus historias entre puntada y puntada.

Lo tenía anotado como uno de los planes de estos días, pero ya que estaba al lado -y la entrada es gratuita (donaciones bienvenidas)- me he asomado a la Walker Art Gallery. He decidido dejar su exposición permanente sobre la historia del arte desde el medievo hasta 1950 para mañana o pasado y echarle hoy un vistazo a sus temporales. As seen on screen, sobre las influencias recíprocas entre el arte y el cine, no deja de ser más que una corta colección de obras para exponer algo que ya sabemos. Lo más interesante, la pieza de vídeo de Bill Viola (Observance, 2002) elaborada a partir de grabaciones a actores interpretando emociones y manipuladas posteriormente, ralentizándolas, silenciándolas y proyectándolas en un formato diferente para acentuar su dramatismo.

Y cuando ya consideraba la visita por concluida, buscando la salida me he encontrado con lo mejor del día, con David Hockney y su Peter getting out of Nick’s pool. Lienzo con el que en 1967 ganó el Premio John Moore y motivo por el que este museo cuenta con su visión californiana de la salida del agua del hombre (Peter Schlesinger) con el que entonces comenzaba una relación. Una imagen pictórica concebida como si se tratara de una instantánea fotográfica (¿son sus proporciones las de una Polaroid?) que rezuma tanta luz como sensualidad. Normal que Pedro Almodóvar cayera -exitosamente- en la tentación de copiarle, reinterpretarle y homenajearle en las secuencias de la piscina de La mala educación.

«Dolor y gloria» de Pedro Almodóvar

Cumple con todas las señas de identidad de su autor, pero al tiempo las supera para no dejar que nada disturbe la verdad de la historia que quiere contar. La serenidad espiritual y la tranquilidad narrativa que transmiten tanto su guión como su dirección se ven amplificadas por unos personajes tan sólidos y férreos como las interpretaciones de los actores que los encarnan.

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Dolor y gloria permite al menos tres lecturas. Una por sí misma. Otra como continuación y síntesis de toda la filmografía de Almodóvar. Y una tercera en relación a Pedro, a su persona y su biografía. La primera basta por sí sola para considerarla como una cinta sobresaliente, pero la interconexión que tiene con las otras dos la hace aún más sublime. Se sirve de todo lo que hemos visto y conocemos de él para, sin faltar a su esencia, mostrarlo de manera diferente. Mientras en títulos pasados sumaba su mundo personal a la ficción que nos relataba, esta vez todo parece estar impregnado de él, yendo más allá de lo que ya mostró sobre su infancia bajo la sombra del clero en La mala educación y sobre su juventud en el marco de la movida madrileña en La ley del deseo.

No hay intermediarios entre lo que quiere contar y sus espectadores en esta historia de un director de cine que mira hacia atrás, tanto en lo profesional como en lo personal, para situarse en un presente en el que siente débil, sin ánimo ártistico ni ganas de futuro. No hay mujeres con una presencia visceral y un carácter enérgico ni diálogos con sentencias que se queden grabadas a fuego. Dolor y gloria es extraordinariamente esteta en todo lo creativo (escenografía, banda sonora, grafismos, fotografía,…), pero en lo que incumbe a sus personajes es profundamente serena, fluye sin necesidad de licencias dramáticas, con una emocionalidad plena y una vitalidad auténtica. Hace que conectemos con sus personajes, entendiendo lo que les ocurre, empatizando con lo que sienten y comprendiendo cómo actúan.

Antonio Banderas está perfecto, no solo como alter ego de quien ya le dirigiera en Átame o en La piel que habito, sino como actor. Es extraordinaria la cantidad de matices que es capaz de darle a su personaje con un trabajo tan contenido. Tan asceta en las secuencias en las que aparece él solo, y tan dispuesto a la complementariedad con Asier Etxeandía y la simbiosis con Leonardo Sbaraglia y Julieta Serrano cuando aparece junto a ellos. Tres secundarios de lujo que aportan a Dolor y gloria -tanto con sus personajes como con sus interpretaciones- la montaña rusa de la creatividad artística, la huella de la pasión que no pudo ser y las imperfecciones del amor materno-filial. Y aunque no comparta plano con ninguno de ellos, esto mismo es aplicable a la frescura que Penélope Cruz le aporta en su ir y venir a la historia de Salvador Mallo cada vez que viaja cincuenta años atrás para irse desde el urbanismo de Madrid hasta la ruralidad Paterna.

Dolor y gloria tiene argumentalmente cuanto necesitamos para conocer la intimidad y el momento de su protagonista, así como para entender su relación con las personas que forman y han formado parte de su vida. Un conjunto compacto trasladado a la pantalla con un tono siempre comedido y un ritmo acorde a los acontecimientos y emociones que se están relatando. Aunque haga guiños expresos al melodrama del Hollywood clásico y al lirismo del teatro de Jean Cocteau, Almodóvar vence la barrera del pudor para mostrarse tal y como es y se siente, en línea con lo que decía la Agrado en Todo sobre mi madre, “una es más auténtica cuanto más se parece a lo que ha soñado de sí misma”.

«Espacios de libertad» de Juan Pablo Fusi

La modernidad y creatividad cultural que en buena medida vivimos hoy en día no tienen nada que ver con la aridez que nuestro país vivió en este campo tras el inicio de la dictadura franquista. Este ágil ensayo nos recuerda cuáles fueron las claves, las etapas, los retos y los nombres que hicieron que la renovación que comenzó en torno a 1960 diera como resultado un sistema completamente diferente una vez consolidada la democracia en la década de los 80.

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El fin de la Guerra Civil trajo consigo un sistema de poder en el que el franquismo negó el pasado más reciente y buscó referenciarse en hitos como la Reconquista, la unión de los Reyes Católicos y el Imperio en el que nunca se ponía el sol, al tiempo que dejaba el sistema y los contenidos educativos en manos de la Iglesia. Súmese a esto la represión expresiva, informativa e ideológica que prorrogaba la ya efectuada durante la contienda y la falta de medios materiales (alimento, transporte,…) para convertir el país en un páramo en el que cualquier atisbo de creación artística no solo tenía limitada la motivación, sino también su materialización y qué decir de su divulgación. Solo era posible aquello que comulgara con los principios del régimen, el ora et labora de la economía agrícola, la exaltación política de lo español y el castrante nacionalcatolicismo en lo social como se podían ver en construcciones como la del Valle de los Caídos o el Arco de la Victoria en Madrid.

Así fue durante las dos primeras décadas, resultado de factores como el aislamiento internacional debido a la II Guerra Mundial y el inicio de la Guerra Fría y a que la mayoría social del país seguía afectada por su vivencia de la fratricida contienda. Sin embargo, los años 50 implicaron una ligera apertura del régimen –acuerdos con EE.UU., entrada en NN.UU.- y la incorporación al sistema social de una nueva juventud que poco a poco fue introduciendo en sus manifestaciones –cine (Juan Antonio Bardem), música (Joaquín Rodrigo), literatura (Camilo José Cela), pintura (Rafael Canogar), ensayo histórico (Claudio Sánchez Albornoz), pensamiento filosófico (Julián Marías), análisis económico (Luis Ángel Rojo),…- un punto de vista realista a la situación que vivían. Un saldar cuentas con el pasado reciente a partir del cual se comenzó a mirar al futuro de manera decidida.

Algo que el conjunto del país fue haciendo a medida que se industrializaba y urbanizaba, aunque de manera muy desigual, y comenzaba a recordar su pasado más reciente –el denostado liberalismo del siglo XIX y el convulso comienzo del XX- y a plantearse nuevamente su identidad regional y nacional -como en la poesía de Blas de Otero y Luis Cernuda-. Tiempos de agitación social con protestas estudiantiles y sindicales y primeras reivindicaciones femeninas que chocaban con la censura y el inmovilismo de un régimen que se anclaba en sus posiciones al no tener una verdadera alternativa, aunque sí cierta oposición política de una izquierda cuya única estructura era la clandestina del Partido Comunista. Mientras el sistema se preocupaba por su pervivencia una vez que estuvo claro que la vida del Caudillo se acercaba a su fin, la sociedad clamaba por la llegada de la democracia, siendo secundario el hecho de que fuera como República o como Monarquía.

Sin embargo, no fue fácil llegar a ello, la violencia de ETA junto a la de otros grupos, además de la justificada como acción policial o judicial del Gobierno, hicieron temblar los cimientos de la evolución hacia nuevas formas de organización y gestión social, política, económica y territorial. Un ambiente de nuevas metas y preocupaciones que los autores de aquel momento recogieron en sus obras, he ahí el cine de Carlos Saura, la pintura de Eduardo Arroyo, los títulos de Fernando Savater o las novelas de Juan Marsé.

Tras el punto de inflexión que supuso el 20 de noviembre de 1975, el país supo hacer frente a las muchas dificultades que tuvo y pasó en cinco años de ser una dictadura a una joven democracia con una Constitución que la convertía en un estado formado por nacionalidades y regiones, regido por una Monarquía parlamentaria y organizado en diecisiete comunidades y dos ciudades autónomas. Una España que comenzó a mirar a su pasado más reciente, editando bibliografía al respecto prohibida hasta entonces (La guerra civil española, Hugh Thomas) o elaborándola ad hoc (Vida, pasión y muerte de Federico García Lorca de Ian Gibson, 1986), acogiendo iconos que la definían (llegada del Guernica de Picasso, 1981), dotándose de nuevas infraestructuras culturales (Museo Reina Sofía,  1986) y relatando nuevas historias (el cine de Pedro Almodóvar, la literatura de Eduardo Mendoza,…).

Tres décadas de nuestra historia formadas por las múltiples referencias que de manera ordenada Juan Pablo Fusil recoge en este ensayo de ágil y comprensible lectura, que se deben a todos los acontecimientos anteriores a los en él relatados y que tienen un epílogo que podemos extender perfectamente hasta nuestro presente.