“Alicia en el país de las maravillas” y “Alicia a través del espejo”, de Lewis Carroll

No es la obra infantil que la leyenda dice que es. Todo lo contrario. Su protagonista de siete años nos introduce en un mundo en el que no sirven las convenciones retóricas y conceptuales con que los adultos pensamos y nos expresamos. Una primera parte más lúdica y narrativa y una segunda más intelectual que pone a prueba nuestras habilidades para comprender las situaciones en las que la lógica hace de las suyas.  

La génesis de Alicia está en las historias que un día improvisó su autor para entretener a tres niñas que se aburrían. Carroll trabajó posteriormente de manera literaria esos bosquejos verbales hasta darles la forma en que desde 1865 podemos leer aquellas aventuras y desventuras. Lo que al principio parece una historia infantil por la edad de su protagonista deriva en un viaje sobre cómo cualquier persona es susceptible de actuar y de adaptarse cuando las circunstancias en las que se encuentra funcionan bajo parámetros no solo no conocidos, sino de manera totalmente contraria a lo que se podría suponer.    

Lo destacable no es que al otro lado de la madriguera en la que se adentra Alicia, persiguiendo al conejo blanco, los animales se comporten como humanos, sino que plantean cuestiones a las que no se puede responder de manera automática. Exigen reflexionar, pero no por la complejidad formal de su enunciación, sino porque su aplastante sencillez no permite eludir la verdad, autenticidad y sinceridad que demandan. Interrogantes que se encuadran en una narración que se construye con su sucesión, generando y haciendo crecer una atmósfera de inquietud, apertura mental y posibilismo a partes iguales que atrapa y seduce a nuestra guía y, por extensión, a nosotros, sus amigos, seguidores y lectores.

A pesar de la hipérbole de su relato y de la magnitud de su absurdo, su credibilidad no se ve en ningún momento puesta en entredicho. Más que trasladarnos al mundo por el que transita Alicia en el país de las maravillas, el propósito de Lewis Carroll parece ser que abandonemos los supuestos prodigios a los que estamos anclados por la costumbre, la rutina y la cortedad de miras. Es decir, que salgamos de nuestra zona de confort como humanos que somos, como protagonistas superiores y magnánimos que nos sentimos por encima del resto de seres con los que compartimos la vida terrenal y la abstracción de la universalidad.  Y también que nos olvidemos de nuestra mente, que dejemos a un lado la necesidad de control, de elaborar todo tipo de hipótesis y teorías para explicar aquello que no gobernamos y que apenas entendemos.

En Alicia a través del espejo la propuesta de Carroll es aún más arriesgada. El componente narrativo y la atmósfera de viaje y descubrimiento pesan menos, en pro del juego de comprensión al que nos somete. Más que a una ampliación del espectro de situaciones, lugares y personajes del mundo de ensoñaciones de Alicia, a lo que asistimos es a una espiral en la que ya no solo se juega a lo onírico y los sentidos paralelos o descontextualizados, sino a algo que desde ahí parece acercarse a mecanismos que eclosionarían con el surrealismo como el automatismo, el cadáver exquisito o el método paranoico crítico de Dalí.

Alicia en el país de las maravillas (1865) y Alicia a través del espejo (1871), Lewis Carroll, Alianza editorial.

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