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“Venus Bonaparte” de Terenci Moix

Una biografía que combina la magnanimidad de las múltiples facetas de la historia (política, arte, religión…) con lo más mundano (el poder, el amor, el sexo…) de los seres humanos. Un trabajo equilibrado entre los datos reales, basados en la documentación, y la libertad creativa de un escritor dotado de una extraordinaria capacidad expresiva. Una narrativa fluida que ahonda, analiza, describe y explica y unos diálogos ingeniosos y procaces, llenos de respuestas y sentencias brillantes.

Paulina Bonaparte es un personaje de lo más interesante. Hermana de Napoleón, nació en Córcega y vivió en Marsella, París, Haití y Roma, pasando de la simpleza, la escasez y la humildad al exceso, el capricho y el lujo. Casada primero con un general francés y después con el representante de una de las familias más poderosas de Italia, además de ser amante de muchos hombres. Posó para el maestro Antonio Canova, encarnando a la diosa del amor, la belleza y la fertilidad en la que es una de las piezas maestras que se puede ver actualmente en la Galería Borghese, la misma que da imagen a la portada de la primera edición de esta novela publicada en 1994. Una testigo de excepción de las decisiones geopolíticas de quien se creía heredero de Julio César y Alejandro, del resurgir de Roma como ciudad neoclásica, de las prácticas colonialistas de la metrópoli francesa y del esplendor de la ciudad de la luz en una de sus épocas de mayor grandiosidad.

Terenci Moix comienza introduciéndose de lleno en la peculiar personalidad de su protagonista en una de las etapas más voluptuosas de su vida. Cuando ejercía como princesa Borghese en la hoy capital italiana y a su alrededor todo era fiesta y exceso y sus actos estaban marcados por el impulso del deseo, la pasión y la sensualidad. Ya fuera mediante encuentros sexuales con otros hombres, ser el centro de atención en cuantos eventos sociales participara o verse ensalzada por cuanto subrayara su hermosura y juventud. Un marco en el que la desatada prosa de Moix construye, expone y se deja impregnar por la continua tormenta sensorial que suponen la arrolladora personalidad, la altiva actitud y el siempre desvergonzado comportamiento de su retratada.

De alguna manera, es como si la novela arrancara bajo la impresión de asombro y seducción que en cualquier espectador causa la referida escultura del maestro Canova en la que este, gracias a la perfección de su genio, unió de manera indisoluble la excelencia del Olimpo con la naturalidad de lo humano. Tanto la personalidad de Paulina como la escritura de Terenci son un torrente de opulencia, exquisitez y brillantez en el que lo excelso, lo elegante y lo deslumbrante están indisolublemente unidos a lo descarado sin llegar a ser vulgar, lo carnal sin resultar obsceno y lo provocador sin caer en lo chabacano.

El espejo que ofrecen lo artístico y la formalidad social romana cambia completamente de prisma cuanto la acción viaja hasta Haití, isla en la que Paulina residió como esposa de Leclerc, destinado allí como general en jefe y máxima autoridad en el entonces territorio francés. Sin dejar de lado la frivolidad, descaro y ligereza de su conducta, actitud y planteamientos vitales, el ambiente natural y salvaje, casi selvático lleva a que la otrora mujer expansiva y extrovertida se vea obligada también a la introspección y la reflexión. Una adaptación forzosa en su caso, pero en la que el también autor de Mundo macho (1971) o El sexo de los ángeles (1992) se desenvuelve hábilmente para, sin cambiar el propósito biográfico de su narración, darle otros enfoques y puntos de vista que enriquecen tanto a su personaje como a su literatura.

Y como si se tratara de una progresión, la Historia, aunque ya presente gracias al que parece un sesudo trabajo de documentación materializado en multitud de nombres, lugares y sucesos referenciados, eclosiona con su vuelta a Francia y su vivencia del Imperio. Etapa de máximo poder y liderazgo de Napoleón en la que, sin olvidar la informalidad y liviandad de su vida personal una vez que la madurez comienza a hacer mella en su pensamiento y pesar en su proceder, nos permite atestiguar su papel en la formulación, puesta en práctica y desarrollo de la imagen que tenemos de su hermano como militar, estadista y gobernante. Un desenlace en el que la confluencia entre la investigación académica y la ficción literaria hacen más evidente la simbiosis que Terenci Moix tomó como punto de partida y que mantiene hasta su conseguido cierre y punto final.

Venus Bonaparte, Terenci Moix, 1994, Editorial Planeta.

Jean Dubuffet, un bárbaro en Europa

Algo no encajaba para él. Todo estaba demasiado reglado, estructurado y definido. Y el arte no puede verse limitado por lo que no lo es, por esos discursos que pretendiendo entenderlo, explicarlo y divulgarlo, lo limitan y lo estrechan hasta asfixiarlo o falsearlo. La creatividad no es solo una cuestión de técnica -perspectiva, colores, volúmenes…-, también lo es de espontaneidad, búsqueda intuitiva y expresividad libre.

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Los artistas no son la cumbre. Ver tus obras colgadas en un museo no te hace mejor creador que aquel que (aún) no vive de ello. Ser reconocido por la crítica no te convierte en un pintor más válido y dotado que el que se recluye en su intimidad. Que el público conozca tu nombre puede ser un castillo de naipes que se derrumbe en el momento en que confrontes tu obra con la de aquel que está más centrado en manifestarse que en impactar.

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Pequeño Sargento Major, 61 x 50 cm, óleo/lienzo, 1943, Fundación Dubuffet.

En buena medida Dubuffet (1901-1985) se adelantó a aquellos que consideran que el mundo del arte se ha convertido en una entelequia manipulada, deformada y prostituida por buena parte de los que viven de ello -comisarios, críticos, gestores- sin dedicarse de verdad al magma del asunto artístico. En ese tiempo tras la I Guerra Mundial en que el epicentro de los pinceles, los lienzos y los caballetes seguía estando en la Europa Occidental, en que todo lo ajeno a ello se consideraba primitivo, Jean lo reivindicó etnográficamente considerándolo a su altura. Como manifestaciones tan únicas y diferentes entre sí como las muchas escuelas, épocas, estilos que se habían dado en el viejo continente, y no como un conjunto homogéneo etiquetable, si acaso, como artesanía.

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Afluencia, 89 x 116 cm, óleo/lienzo, Fundación Dubuffet.

De ahí que poco a poco fuera formando una colección de piezas procedentes de otras culturas en las que no solo buscaba inspiración formal, sino también dialogar con las motivaciones, los medios y los propósitos que aunaban. Que le prestara atención, respeto y empatía a los dibujos y pinturas de colectivos como el de los discapacitados mentales por lo que tenían de medio de expresión y comunicación personal, en contra de los que veían en ellos poco menos que atracciones de feria. Que sintiera simpatía por los surrealistas y su propósito de liberarse del imperio de la razón, pero que huyera de ellos en cuanto vio que aquello era salir de unas coordenadas limitadoras para entrar en otras igualmente opresoras.

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Trinité-Champ-Elysées, 115,8 x 89,7 cm, óleo/lienzo, 1961, Fundación Gandur para el arte.

En la década de los 40 ya es evidente su apuesta por lo que el denominaba El hombre común (1944), así como su ruptura con los cánones de las proporciones y las perspectivas que habían imperado desde el Renacimiento, promoviendo una actitud iconoclasta frente a la mistificación de la Historia del Arte. Llevando por su propio camino la superposición de imágenes, técnicas e inserciones topográficas en una misma composición para transmitir la simultaneidad de impresiones y pensamientos que sentía en vivencias como los trayectos en el metro parisino. Experiencia a la que sumó otras como las percepciones matéricas y sensoriales de sus viajes al Sahara (1947-1949) o la libertad que le inspiraron siempre los grafitis.

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Temblor, 21 x 17 cm, óleo/lienzo, 1963, Fundación Dubuffet.

Su obra es un continuo ejercicio de investigación, análisis, introspección y reflexión que también manifestó a través de los volúmenes y los materiales de la escultura y mediante la palabra escrita, tanto en publicaciones como en textos propios que redactaba e ilustraba huyendo de cualquier indicación o expectativa formal. Así fue como se convirtió en el formulador y adalid del Art Brut, más que una corriente, una reivindicación de lo auténtico, de lo que fluye sin exigencias ni filtros, sin condicionantes ni presiones, sin expectativas ni chantajes.

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Jean Dubuffet, un bárbaro en Europa (MUCEM, 24 abril – 2 septiembre, 2019; IVAM, 3 octubre 2019 – 16 febrero 2020; Museo Etnográfico de Génova, 8 mayo 2020 – 3 enero 2021).