“Feria” de Ana Iris Simón

Narración entre la autobiografía, el fresco costumbrista y la mirada crítica sobre las coordenadas de nuestro tiempo desde la visión de una joven de treinta años educada para creer que cuando llegara a los treinta tendría el mundo a sus pies. Un texto que, jugando a la autenticidad de lo espontáneo, bordea el artificio de lo naif, pero que plasma muy bien la inmaterialidad que conforma nuestra identidad social, familiar y personal.

Saber quiénes somos pasa por reconocer de dónde venimos. No solo el lugar en el que nacimos y crecimos, también las personas que lo habitaban y protagonizaban, junto a quienes nos formamos y a quienes les debemos el modo en que hemos llegado hasta aquí. Un cúmulo de circunstancias que puede dar pie a tantas historias como personas, a cada cual más diferente, particular y reseñable. Ana Iris nos cuenta la suya tomando como punto de partida la frustración de tener treinta años y no saber muy bien si no tiene proyecto vital o si no tiene bases sobre las que construirlo, lo que le lleva a plantearse la hipótesis de si vive mejor o peor que sus padres cuanto estos tenían su edad. 

Una combinación de sentirse engañada mirando institucionalmente hacia el pasado (estudia para formarte y tener un trabajo acorde; trasládate a Madrid, ciudad de las oportunidades) y confusión cuando toca imaginar el futuro (mi sueldo no me da para más que mal llegar a final de mes; cuanto me ofrece la sociedad -Netflix, billetes de avión low cost y Primark- no tiene mayor fin que maquillar la precariedad) de la que busca evadirse a la par que encontrar un punto sobre el que estabilizarse. 

Para ello Simón se traslada a aquel tiempo en el que no concebía más mundo que el que le rodeaba y reglas que las que deducía de los hábitos e informalismos de su vecindario, familia y padres. Un absoluto que moldeó su personalidad, expectativas y actitudes de una manera mucho más profunda de lo que somos capaz de concebir. Un análisis y balance que tiene mucho de generacional con el telón de fondo de la espectacular transformación de nuestro país en las últimas décadas, sus desigualdades crecientes y las abismales distancias que ha generado la apuesta de nuestros gobernantes por el desarrollo urbano y su denostación de lo rural, lo costumbrista y lo folklórico. 

Más allá de las de las peculiaridades de los Simón y los feriantes, las dos ramas de la familia de Ana Iris, y su convergencia en la localidad toledana de Ontígona en sus progenitores postales (carteros), aparentemente Feria no aporta nada que no sepamos o que muchos no hayamos constatado en carne propia. Sin embargo, su recapitulación emocional de coloquialismos y modismos, así como su descripción diáfana de lo ambiental y recreación sensorial de lo ambiental no resulta una exaltación edulcorada del pasado sino un alegato por mantener la vigencia del legado, las tradiciones y los valores en los que fuimos educados. No con ánimo mitificador con cuyo reverso renegar del presente, pero sí como baluarte con el que no dejarnos arrastrar por la vacuidad, el cortoplacismo y el materialismo de los mensajes, ideales y promesas de nuestra empecinada contemporaneidad. 

Feria, Ana Iris Simón, 2020, Editorial Círculo de Tiza.

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