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“Todos eran mis hijos” y el sentimiento de culpa, de Arthur Miller

Una genialidad teatral sobre los distintos tipos de familias –las de padres, hijos y hermanos, así como las formadas entre vecinos, amigos o compañeros de trabajo- que conforman nuestro entorno habitual. Diálogos que fluyen con naturalidad en tres actos perfectamente estructurados que muestran la convivencia, las diferencias y el conflicto entre la fachada y el interior, tanto de cada uno de sus protagonistas, como de las relaciones entre ellos.

TodosEranMisHijos

Aún se sienten las vibraciones generadas por el estreno de Todos eran mis hijos en Nueva York en 1947. Aunque esté ambientada en una ciudad norteamericana habitada por una clase media que comienza a dejar atrás el recuerdo de la II Guerra Mundial, el mundo humano que alberga tras estas circunstancias es de una absoluta universalidad. Al hogar formado por Joe y Kate junto a su hijo Chris, le falta su otro vástago, Larry, un piloto militar en paradero desconocido desde hace más de tres años. Una ausencia que su madre espera que se resuelva positivamente, esperanza que sostiene exigiéndole a los suyos la pausa permanente de su reloj vital.

Una pantalla dramática que aparentemente consume todo el oxígeno del aire que se respira en este tranquilo hogar. Pero a medida que se suceden las escenas se revela como un filtro tras el que se esconden para evitar hacer frente a una realidad que todos conocen, pero de la que nadie habla y que va tomando forma progresivamente. Primero con el contraste que aportan los vecinos, personas con comportamientos más espontáneos y en cuyas intervenciones transmiten la variabilidad y evolución de sus vidas. Después, por la constante tensión que generan las imposiciones dinásticas, ruegos emocionales y peticiones de permiso en que se basa la relación entre los tres, tanto en su conjunto como en sus combinaciones binarias, ya sea entre los esposos como entre el padre o la madre y su descendiente y heredero.

Una situación que saltará por los aires con la entrada en escena de los hijos de sus antiguos vecinos, amigos y socios, los Deever, poniendo al descubierto los dos acontecimientos, con el común denominador de la muerte, allí obviados. La desaparición de un ser querido cuyo duelo aún no se ha realizado, y el homicidio de una serie de jóvenes soldados motivada por la codicia empresarial. Situaciones entrelazadas en una endemoniada simbiosis y sin posibilidad alguna de ser resueltas de manera independiente por las similitudes, puntos de unión y reflejos entre ambas.

Un pozo de dolor y culpa, así como de negación, tras el que se esconden un debate tan importante como es el de los límites de la lealtad a la familia –además de la misión de crear una, como Arthur Miller expondría tiempo después en El precio o Después de la caída– y a la patria –con su lado oscuro, algo que volvería a tratar en The archbishop’s ceiling-, valores muy norteamericanos y especialmente sensibles tras el conflicto acabado poco tiempo atrás.

Una complejidad que solo un genio como Miller es capaz de presentar, desarrollar y concluir con la pulcritud argumental con que él lo hace, ofreciendo la información necesaria y en el momento adecuado, aumentando de manera controlada la tensión y transmitiéndola y contagiándola con el mismo nivel de intensidad.

Todos eran mis hijos, Arthur Miller, 1947. Tusquets Editores.

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“Los universos paralelos”

La muerte es una gran paradoja, puede hacer que los fallecidos estén más presentes que cuando estaban vivos. El dolor que surgió inesperadamente supera con creces a la alegría que imperaba en ese lugar que ahora es un páramo inerte. Un texto muy potente que pone a prueba el equilibrio de un matrimonio y una familia con una puesta en escena que, aunque no materialice todo su potencial, cuenta con una Malena Alterio capaz de todo.

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Una sonrisa, incluso una carcajada, ayudan a entrar en la realidad que hay tras una cara seria, una faz aparentemente inexpresiva, sus gestos adustos y su vestimenta de color gris y marrón. Los universos paralelos se inicia con una aparente ligereza, exponiendo la verborrea de una hermana cómica y el lenguaje corporal de una madre que recoge la ropa de un niño que ya no está. Una escena que termina con la primera embarazada y enlaza con la segunda conversando distantemente con un marido sentado a apenas unos centímetros. Para entonces ya ha quedado claro que en esta función hay, aunque convivan, más sombra que luz, más drama que comedia.

El fallecido está en todo lo que se dice y hace, se interpone entre los que fueron sus padres a la par que los sigue uniendo, lastra sus actitudes individuales al tiempo que es el condicionante que intentan sortear en todo momento. Tan solo su abuela parece capaz de convivir con él como muerto igual que debemos suponer lo hacía cuando estaba vivo. Este es el complejo y delicado entramado emocional que va desplegando con mucho cuidado y acierto el texto de David Lindsay-Abaire, hasta hacerse invisiblemente con todo el oxígeno del escenario del Teatro Español.

Una vez llegada a ese punto, esta particular constelación familiar sigue evolucionando, dándonos a conocer más sobre el pasado, la actitud presente y los propósitos futuros de estas personas unidas y separadas tanto por el dolor como por el afecto. Un discurrir del tiempo que gira en torno a esa madre incapaz de superar la tragedia, herida por la pérdida interior sufrida y afligida porque su alrededor sea capaz de sobreponerse.

Un agotador ejercicio de levantamiento de muros, y búsqueda de fisuras a través de las cuales sonreír y respirar, ante todas las formas de afecto con las que convive -marital, fraternal, filial, amistoso-, llevado a cabo con eficaz sobriedad por Malena Alterio. Un viaje interior que también realizan a su manera su marido, su madre y su hermana, pero en su caso ellos son únicamente piezas necesarias para el desarrollo de esta historia, no llegan a convertirse en motor de acción.

En parte porque los actores que los encarnan despliegan registros más limitados, no vemos en ellos nada diferente a lo que puedan habernos ofrecidos en trabajos anteriores (ya sea en teatro, televisión o cine). Pero también porque este montaje parece haber apostado más por ellos que por la creación de una atmósfera que ya existiera antes de subirse el telón, que imprimiera sus caracteres y determinara su devenir. Quizás así los que ocupan el patio de butacas no se sentirían solo espectadores, sino que se verían dentro del hogar de esta familia que se esfuerza por recomponerse.

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Los universos paralelos, en el Teatro Español (Madrid).