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“Drácula” de Bram Stoker

Novela de terror, romántica, de aventuras, acción e intriga sin descanso. Perfectamente estructurada a partir de entradas de diarios y cartas, redactadas por varios de sus personajes, con los que ofrece un relato de lo más imaginativo sobre la lucha del bien contra el mal. El inicio de un mito que sigue funcionando y a cuya novela creadora la pátina del tiempo la hace aún más extraordinaria.

Si a cada uno de nosotros nos preguntaran desde cuándo conocemos a Drácula, lo más probable es que coincidiéramos en la respuesta, desde siempre. El personaje ha tomado vida propia y forma parte del imaginario popular, pero todos sabemos que nace de las páginas de la novela publicada por Bram Stoker en 1897 en un trabajo literario con una imaginación desbordante por los múltiples niveles de relato y lectura que contiene.

Hay en ella algo de cuaderno de viajes con el recorrido inicial que el joven Jonathan Harker realiza por Europa Central hasta llegar al castillo de su cliente y anfitrión en Transilvania. También hay romanticismo con la exposición de sentimientos amorosos entre este profesional inmobiliario y su prometida, Mina, con confesiones y declaraciones de lo más entregado y devoto. Costumbrismo incluso, en el reflejo de la amistad de esta con su amiga Lucy Westenra. Hay, además, mucha intriga en la investigación que realiza el profesor Van Helsing -el único protagonista que no participa de la redacción de la novela- hasta dar con la forma de su enemigo, descubrir su manera de actuar y dilucidar la manera de combatirlo. Y, por supuesto, acción a raudales en Londres y en la vuelta al interior del viejo continente una vez que se desata el combate final en la guerra entre el bien y el mal.

Pero lo que le da sentido a todo ello es el terror, el horror, la encarnación tan fantástica que toma lo infernal con esa nueva clase de personas entre los vivos y los muertos que son los no-muertos, con sus peculiares características físicas, sus extraños procederes y sus macabros hábitos. Ahí es donde la imaginación de Bram Stoker dio de lleno -fuera original, fuera tomando ideas de relatos anteriores a él- creando unos seres que fascinan por lo que tienen de seductores (sensuales y sexuales) y que asombran (por su ejercicio del poder en el juego de la dominación/sumisión) y aterran a partes iguales (relacionarse con ellos implica poner en riesgo la vida).

Un material al que su autor dio una forma literaria extraordinaria, haciendo que sus personajes se presentaran, identificaran y mostraran su evolución a partir de sus propias palabras. Él no ejerce como narrador, sino que deja este papel en manos de la pareja protagonista, Jonathan y Mina Harker, y del doctor John Seward, aunque no sean los únicos a los que recurre (también hay noticias extraídas de periódicos locales). A través de sus testimonios, recogidos principalmente en sus diarios, aunque también en sus cartas, conocemos no solo lo que les sucede y cómo lo viven, sino las visiones complementarias que tienen de los acontecimientos tan extraordinarios en los que se ven involucrados.

Todo ello provoca desde la primera página una atmósfera de angustia que no cesa en ningún momento, haciendo que Drácula se convierta no solo en una lectura, sino en una experiencia que apela a partes iguales a la razón y a la fe, a la mente y al latido del corazón, así como a nuestra capacidad para ir más allá de los límites de lo conocido (algo muy en boga a finales del s. XIX) y entregarnos completamente a ello.

Drácula, Bram Stoker, 1897, Austral Ediciones.