Archivo de la etiqueta: Houston

“Apolo 10 1/2: Una infancia espacial”

Los estadounidenses llevan más de treinta años revisando lo sencillos e ingenuos que eran en los años 60 y lo colorido y fascinante que resultaba el “american way of life” en todo su esplendor. Aun así, todavía hay maneras de acercarse a aquel tiempo, identidad y vivencia de una manera original y diferente. Tal y como lo ha hecho Richard Linklater en esta cinta de animación.

La nostalgia y el paso del tiempo son dos de los asuntos en los que Linklater se mueve como pez en el agua. Basta recordar la trilogía que comenzó con el encuentro de Ethan Hawke y Julie Delpy en un tren en Antes de amanecer (1995) y los doce años que duró el rodaje intermitente de Boyhood (2014) para transmitir fielmente en la pantalla cómo se transformaba física y psicológicamente su protagonista. Este Apolo 10 1/2 que ahora ha escrito, producido y dirigido para Netflix es una suerte de ambas cuestiones para la que se ha inspirado en sí mismo.  

La infancia especial del título es la suya. La de un chaval que nació en Houston en 1960, a pocos kilómetros del lugar en el que trabajaba su padre, el Centro Espacial de la NASA, en la época en que la ambición norteamericana era llegar a la Luna y conquistar cuanto girara alrededor del Sol. Una ilusión nacional, pero también personal de casi todos sus ciudadanos, y que en el caso de un niño tomaba forma de juego y de realidad paralela. Esas son las bases de un guión claro y sencillo en su propósito narrativo, aunque ambicioso en su despliegue audiovisual.

Primeramente, por su formato animado y el ingente trabajo que debe haber supuesto un montaje que asume la constante necesidad de secuencias cortas, movimientos de cámara y ritmo interno dentro de cada plano que exigimos los espectadores actuales. Después, por el completo repaso que hace de lo que fueron los años 60. Con cierta benevolencia, mas sin caer en la épica ni el néctar a que son tan propensos sus compatriotas.

La clave está en la conexión que establece entre su mirada de hoy y la de entonces. No parece que esté reinterpretando sus recuerdos, sino recuperándolos y ordenándolos para darnos una imagen completa de su cotidianidad a través de la música que se escuchaba en su casa, los juegos que practicaba con sus compañeros de clase y sus vecinos, así como los programas de televisión que veían todos juntos. Ficciones en las que se fantaseaba con los viajes en el tiempo y con seres de otros planetas, así como con ganar a los rusos en el frente espacial de la guerra fría.

Visualizaciones que -unidas a lo que se vivía en familia y se aprendía en la escuela- fomentaban la posibilidad de que cualquier ciudadano pudiera ser el héroe que liderara la misión que su país necesitaba de él. Y ahí es donde Linklater confluye consigo mismo. El adulto que se dedica profesionalmente a la creación cinematográfica se fusiona con el niño que hemos de presumir nunca ha dejado de ser y consigue que el relato que vemos sea de ambos a la vez. Riguroso técnicamente y resuelto artísticamente, a la par que tan entretenido e imaginativo como se soñaba, en acción, décadas atrás.  

“Tamara de Lempicka” de Laura Claridge

Mujer enigmática, dotada de una técnica extraordinaria que combinaba la belleza del Renacimiento con la sensualidad modernista a la hora de trabajar sobre el lienzo. Con una concepción de la vida y de las relaciones que le dio buenos frutos en el terreno personal, pero que la mantuvo alejada de los círculos oficiales del arte a los que se asomó en la década de los 20 y que no volverían a considerarla, aunque levemente, hasta los años 70.

TamaraDeLempicka.jpg

No debemos tomar como cierto mucho de lo que esta mujer dijo de sí misma en vida, partiendo incluso de su nacimiento. Ella dijo que fue en Varsovia, pero aunque su familia era polaca, todo apunta a que realmente llegó al mundo el 16 de mayo de 1898 en Moscú. Pasó las dos primeras décadas de su biografía en los círculos de la alta sociedad del Imperio Ruso gracias a la acomodada posición social de su familia. La revolución bolchevique la obligó a trasladarse a París, pero de alguna manera, en su mente y en sus posteriores residencias en Nueva York, Beverly Hills, Houston y Cuernavaca, así como en sus viajes por Europa y EE.UU., siempre intentó reproducir aquel estilo de vida elitista y hedonista.

En la capital francesa, sus aptitudes para la pintura eclosionaron y sus lienzos poco a poco se fueron haciendo un hueco en los salones oficiales y en algunas de las galerías a orillas del Sena. La originalidad de su propuesta -evocadora con sus pinceladas de las superficies y las luces del Quattrocento italiano- con su fastuoso tratamiento del color, sus compactas composiciones con fondos arquitectónicos y sus escultóricos volúmenes destacaron por su buena conjugación de la belleza clásica y la modernidad, pero sin romper con el pasado como promovían las vanguardias.

Así fue como se convirtió en uno de los nombres de la Escuela de París de los años 20, del modernismo y del art decó, pero sin llegar a compartir expresamente principios ni propuestas con ningún otro creador. No pretendía ser rupturista, sino ser valorada artísticamente y ganarse la vida con ello lo suficientemente bien como para llevar un alto tren de vida. Lo primero le falló en el momento en que se trasladó en 1939 a EE.UU. para evitar vivir bajo el yugo del fascismo, aunque nunca dejó de investigar ni de intentar superarse en lo pictórico. En lo segundo nunca tuvo problemas, tanto por lo que consiguió por sí misma como por los dos hombres con los que se casó. Con el apuesto Tadeusz Łempicki tuvo a su única hija, Kizette (con quien ya adulta, siempre tuvo una conflictiva relación), después, con el barón Raoul Kuffner vivió un matrimonio concebido más como compañerismo que como historia de amor.

En lo personal Tamara fue una mujer siempre pendiente de la imagen que proyectaba -y por eso cuidó con esmero todo lo estético, la decoración de sus residencias, su vestimenta…- pero al tiempo impulsiva a la hora de relacionarse, sin pudor en lo concerniente a lo sexual, con un comportamiento caprichoso en infinidad de ocasiones y con un ánimo depresivo que, de manera intermitente, la acompañó hasta que murió el 16 de marzo de 1980 en tierras mexicanas.

Para la posteridad quedan más de 500 obras como Adán y Eva o Madre superiora, así como multitud de retratos, bodegones, dibujos y apuntes en los que también jugó con la abstracción o la espátula como manera de aplicar los pigmentos que ella misma se fabricaba. Lempicka fue en vida una figura difícil de definir, que no encajaba en las categorías que establecieron los que escribían sobre la marcha la Historia del Arte, pero a la que -en buena medida gracias a su influencia sobre la moda y el diseño- con el tiempo se le está reconociendo la valía, originalidad y saber hacer que siempre tuvo.

Tamara de Lempicka, Laura Claridge, 1999, Circe Ediciones.