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«Ennio: el maestro»

Documental que aúna la admiración por su protagonista y el reconocimiento a su extraordinaria labor en pro del séptimo arte con la excelencia de su dirección y su capacidad de emocionar e implicar al espectador en su propuesta. Material de archivo y entrevistas que repasan, analizan y explican la trayectoria de un genio musical, las peculiaridades de su estilo y los logros con que tanto nos hizo gozar desde la gran pantalla.

Inteligente, humilde, visionario, tenaz, imaginativo, incansable, innovador, apasionado. La lista de adjetivos con los que se puede definir a Ennio Morricone podría ser tan extensa como la concienzuda y pasional dirección que demuestra Giuseppe Tornatore en los 156 minutos que dura esta película. En una época en que casi todas las cintas parecen prolongadas en exceso, esta resulta breve, apenas un suspiro con el que se certifica cuán presentes están en nuestro imaginario muchas de las partituras de Morricone. He ahí las de los spaghetti western de Sergio Leone, La misión (1986), Los intocables (1987) o Cinema Paradiso (1988), o composiciones sinfónicas como la que concibió tras los atentados del 11 de septiembre de 2001.

La estructura narrativa de este documental es sencilla. A partir de una aproximación cronológica va desvelando capas, facetas y visiones del genio en lo que acaba siendo un recorrido circular al volver en su cierre a la pasión con que Ennio inició en la Roma de su niñez su relación con la música. Hijo de un trompetista, instrumento que aprendió a tocar antes de comenzar sus estudios de composición. Etapa académica en la que se formó con los grandes de su momento, pero a los que rápidamente superó integrando en sus creaciones cuanto vinculara la música con el ritmo que tomaba de lo que sucediera a su alrededor. Ya fuera la vida urbana, el fluir de una conversación o el instrumental de cualquier procedimiento mecanizado. Se adentró en la música popular como arreglista, resaltando aún más la voz de grandes como Mina y de ahí pasó al cine en 1961. Lo que parecía que iba a ser algo puntual y después temporal, acabó siendo una carrera con más de quinientas bandas sonoras.

Tornatore consigue que la figura de Ennio esté siempre en el centro de su cinta teniéndole como narrador principal. Entre él y otros muchos como Dario Argento, Oliver Stone, Hans Zimmer, John Williams o Quentin Tarantino nos revelan la sencillez de su manera de sentir y percibir, el modo en que procesaba y planteaba creativamente y el resultado que sus planteamientos causaban en los directores con los que trabajó, así como las películas a las que le dio otra dimensión.

Y lo logra combinando distintos enfoques con precisión, yendo de unos a otros consiguiendo que no suenen como una sucesión, sino como una exposición que crece a base de complementarse, ampliarse y profundizar en sí misma. La explicación técnica, el recuerdo de la anécdota a través de varias voces, el relato de cómo surgía el momento de la chispa o de la elección definitiva, el impacto que causaba ver lo que conseguía y cómo este perdura con la misma intensidad a pesar del paso del tiempo. Primeros planos, silencios y grabaciones en el estudio de los entrevistados. Cambios de lugares y personajes que denotan una producción muy elaborada y un minucioso trabajo posterior en la mesa de edición.

Ennio: el maestro es cine con mayúsculas, CINE, por partida doble. Por lo buen documental que es y por el sobresaliente homenaje que supone a quien se ganó por méritos propios el título de maestro con letras bien grandes. Gracias Tornatore. Gracias Ennio.

“Todas las noches de un día” de Alberto Conejero

Una historia de amor inconfeso convertido en obsesión, de pérdida de la noción del tiempo, de convivencia de planos de ensueño, realidad y fantasía. Un texto con una estructura magistral y un lenguaje lleno de belleza y poesía. Un libreto que destila magia y ferviente deseo de verlo representado.

TodasLasNochesDeUnDia

Basta leer la descripción que Alberto Conejero hace del invernadero en el que propone situar la acción de su obra para caer rendido ante su capacidad para hacer de la combinación de apenas unas palabras algo tremendamente efectivo en el plano formal y aún más evocador y sugerente en el sensorial. Tan solo unas líneas consiguen que abramos de par en par el corazón y la mente para empatizar con unos personajes que son emoción pura y entender las decisiones que han tomado para hacer que la vida sea para cada uno de ellos poco más que el otro.

Silvia, la mujer dueña de la propiedad, es a la belleza lo que Samuel, el jardinero que cuida de su plantas, a la devoción. Ella aporta la presencia y él crea la atmósfera. Dos seres que se complementan sin tocarse, que se buscan y se demandan de manera vital. Cada uno con un pasado y una forma de amar de la que se alejan y se esconden –los hombres en el caso de ella, la familia en el de él- para más allá de la noción del tiempo y del espacio, hacer que su existencia gire en torno a la soledad compartida, un lazo invisible que les une como si fuera el más fuerte de los compromisos.

A medida que avanza la acción, cuanto se dicen y nos relatan ambos personajes va adquiriendo una profundidad llena de intimidad, una desnudez que deja atrás pudores y distancias. El verbo de Conejero fluye a través de sus bocas con una armonía casi musical, con un ritmo que es pura melodía y que a buen seguro será deleite acústico el día que sea representado. Junto al lenguaje corporal que debemos presuponer entre ellos (miradas, distancias, momentos de contacto físico) se va creando un ambiente lleno de energía, un campo magnético que les trasciende, seduciendo y atrapando a su lector hasta abducirlo completamente.

Las noches del título y el invernadero en el que se suceden gozan también de su protagonismo, son ese tiempo y ese lugar alejados del mundo real en el que viven Silvia y Samuel. Coordenadas que tienen su propia vida y que influyen de manera directa sobre las de ellos en una manera que recuerda a las novelas y relatos de uno de los maestros del retrato psicológico y del ambiente barroco de la literatura del XIX, Henry James. Una ambientación amplificada con la música de Corelli que Alberto propone en las anotaciones de algunas de las escenas de su texto, y a la que contrapone en algún momento la voz de Mina como un intento de oxigenar la claustrofobia emocional cada vez más oscura y asfixiante hacia la que nos dirige.

Las recién editadas “Todas las noches de un día” son una creación redonda en el plano literario y material de primera para el montaje que lo representará en Madrid en unos meses. Un título con el que creo puede ocurrir lo mismo que vi con su exitosa y reconocida “La piedra oscura” (2013) tras leerlo, encontrar una puesta en escena que teniendo su propia esencia, amplifica y da una nueva dimensión a la genial creación de su dramaturgo.

«Cerda»

cerda

La decoración de La casa de la portera (c/Abades 24, bajo derecha, Madrid) sugiere a sus visitantes con su color, decoraciones geométricas, tapizados e imaginería haber retrocedido en el tiempo 40 años. Sumergidos así en un ambiente retro comienza “Cerda” con la procesión de la cofradía del Santo Membrillo, evocando aquella colección de monjas de nombres absurdos que era la “Entre tinieblas” de Pedro Almodóvar. A partir de aquí comienza una función en la que tienen su protagonismo la Madonna de “Like a prayer”, la Mina de “Parole parole” y la Raffaella Carra de “Fiesta”; hay reflejos de “La mala educación” –otra vez el manchego-, “El sexto sentido” y Woody Allen; además de ecos mediáticos –o trending topics ya que estamos en la era de twitter- de la retórica Esperanza Aguirre, la transformada Renee Zellweger o la judicial Isabel Pantoja.

Todas estas referencias se mimetizan con el espacio kitsch en el que se desarrolla la acción para crear una irrealidad que tiene mucho de drag y de divismo, de absurdo y de naif a la par que de exageración hasta llegar a la hilaridad (¿seré yo o he visto también por un instante a la Rossy de Palma de la “Kika” de Almodóvar?). Atmósferas que confluyen en un espacio tan reducido como es un salón y un estudio de apenas unos metros cuadrados entre los que los espectadores van y vienen riendo y sonriendo, al igual que en otros instantes quedarse más silentes al ver como el delirio se pasa de rosca. Esa confluencia de muchos momentos álgidos con algún valle son los que provocan la sensación de que “Cerda” es, más que una historia, una recurrente e inteligente combinación de gags ideada y escrita por Juan Mairena.

El pequeño espacio de “La casa de la portera” es un sitio ideal para ver “Cerda”, hace de su experiencia escénica algo especial. No se cuenta con la magnificación de un escenario, pero se tiene a cambio la intensidad de vivir la acción desde dentro, percibiendo a apenas unos centímetros la fuerza del buen trabajo de los actores. En estas circunstancias todo efecto es multiplicador, como sucede con las carcajadas entre los espectadores por la divertida locura a la que están asistiendo o la admiración que provocan las sólidas interpretaciones de sus cinco intérpretes.